Coyas y hojas de coca

Marcelo Filzmoser

 

 

Haberse transformado en el preferido del viejo le había complicado la vida. Ahora los otros lo respetaban más pero ya no le proponían ningún trabajo extra y ni siquiera lo invitaban al puterío. El Pico sí, pero cada vez menos. Me abandona con culpa el infeliz, pensó mientras tomaba vino en la vereda, sentado a la barra de una parrilla en Camino de cintura. A su derecha el pibe comía un choripan. Por atrás pasaban camiones crujiendo sobre el asfalto mojado y la madrugada juraba que era mejor irse a dormir. Por lo menos había dejado de llover.

—¿Qué vamos a hacer?

Él no respondió. Ni siquiera lo había escuchado.

—¡Eh! ¿Te estás quedando sordo? Te pregunté qué vamos a hacer.

Lo miró seco, sin girar demasiado la cabeza, apoyando el vaso despacio sobre el tablón de la barra.

—¿Cuándo?

—Ahora, hoy.

—Nada.

—¿Y mañana? ¿Mañana tenemos algo?

—No

—No te creo. Hace tres días que no hacemos nada. ¿Qué pasa?

—Hay que esperar.

—¿Qué? ¿Sacarse la grande?

—No estaría mal.

—Te digo en serio. ¿Qué pasa, no hay nadie dulce?

—Calculo que sí. Ya nos van a decir.

—¿Por qué no le preguntás al viejo? Él seguro tiene algo.

—Porque eso no se pregunta. Hay que esperar y listo. Aprendelo. ¡Aprendé algo y dejá de romperme las pelotas!

—Entonces me voy por ahí y cualquier cosa me avisás.

—Te quedás acá. Las cosas son claras. Vos te me pegás todo el día. No hacés nada solo. Comé otra cosa.

—Estoy lleno.

—Entonces fumá.

Corrió el atado que tenía del lado izquierdo y se lo puso al costado del plato. El pibe lo agarró, sacó un cigarrillo y lo encendió.

—No entiendo.

—No hay nada que entender.

El pibe se siguió quejando. Como a esa hora estaban solos y el parrillero era conocido, lo dejó chillar como a una novia borracha.

Tenía que deshacerse de ese pibe. Desde el día en que se lo trajeron todo salía mal. Samuel había sido, de parte de Zaldívar, diciéndole el viejo quiere que aprenda el oficio. Todavía no hacía una semana del problema con los chinos. Si no hubiese sido por los coreanos… Pero esos chinos eran unos hijos de puta, a los coreanos los respetaban pero a él lo iban a hacer cagar si no se cuidaba durante un tiempo.

En eso estaba cuando al nieto del viejo se le dio por entrar a la estación de servicio de las cinco esquinas. Fue un segundo, se dio vuelta y de repente sintió el ruido adentro. Cuando miró, el gordo de seguridad le tiraba al pibe. Tuvo que meterse. Conocía al gordo, desde que estaba ahí nunca había tenido que dispararle a nadie. Ahora estaba envalentonado porque el pibe no sabía qué hacer y se le notaba. Miró por encima de la góndola. Tenía el uniforme marrón muy transpirado, la cara enrojecida y el ceño tan fruncido que los ojos parecían cicatrices. No le quedó otra. Sintió pena por el gordo pero era lo que le tocaba hacer. Sacó el seguro, miró al pibe con ganas de tirarle a él y dobló al guardia con dos balazos en el estómago.

—Otro vinito me tomaría.

Miró al parrillero una vez y se desentendió del asunto. Fue suficiente para que a los pocos minutos estuvieran llenos los dos vasos. Cuando sintió el humo lo miró al pibe pero prefirió dejarlo hacer.

Este pibe no tiene idea de lo que maneja el viejo. Se cree vivo porque no rinde lo que saca y se pasa el día fumando mierda. Con la que tiene su abuelito podría tomar la mejor mandanga de América. Dios le da pan…

Estaba preocupado. Era claro que si le llegaba a pasar algo al pibe, el viejo se lo iba a hacer pagar a él. En el transcurso de esa semana había intentando hablarle más de una vez. Quiso explicarle aunque sea lo elemental del trabajo, le dijo eso de no disparar si no hacía falta, de conocer bien la zona antes de hacer nada para que no se enojaran otros abuelitos como el suyo, de no confiar nunca en la policía por muy de su lado que dijeran estar. Le había dicho, una rata es siempre una rata, así que en cuanto tenga miedo y hambre seguro te va a morder.

Se acordó del Tanque Solís. Todo lo que él sabía se lo había enseñado el Tanque. Si no hubiera caído en la batida del camión de caudales ahora estaría vivo y se hubiese quedado con todo. Era probable que el viejo hubiese estado atrás de eso, él también lo vería venir. De todas formas su historia y la del pibe no tenían nada que ver. Él había salido de la villa, ya venía a medio cocinar. Ese pibe era otra cosa. Debería estar estudiando como el hermano. No necesitaba afanar. Lo que pasaba era que el viejo ya estaba de vuelta y se le había metido en la cabeza que necesitaba un heredero. Y en el medio de la chochera apareció el nietito, un vago de catorce años con la cabeza a medio quemar por la basura que fumaba. Mientras encendía otro cigarrillo se dijo que tenía que ir viendo lo que iba a hacer cuando el viejo cayera. Era un mal momento para cortarse solo y él sabía que no estaba hecho para mandar. Hacía tiempo que el turco lo quería con su gente y también estaban los coreanos, pero cualquiera de las dos cosas iba a ser peor que lo que tenía en ese momento.

—Aunque sea vamos a caminar. Me acalambro acá sentado.

Era peor que una novia borracha.

Pagó y agarraron para el lado de Morón. Caminaban despacio por la banquina. El pibe iba callado. De a poco se fue adelantando y él lo dejó ir para no tener que escucharlo. Prendió un cigarrillo y levantó la cabeza. Le gustaba caminar mirando el cielo. De chico jugaba a ver cuánto podía andar sin chocarse con nada o caerse. A los pocos pasos la bajó, la banquina estaba llena de pozos y de basura. Buscó al pibe con la mirada y lo encontró hablándole a un hombre que esperaba el colectivo. Se había alejado más de cincuenta metros así que no llegó a escuchar lo que se decían. Recién entendió cuando vio el forcejeo, sintió la explosión del disparo y vio al pibe salir corriendo. Él empezó a correr hasta alcanzarlo, justo después de doblar en la calle de la sodería. Mientras se escapaban de nada y de nadie él pensó que en cuanto pararan le iba a bajar por lo menos un diente. Este hijo de puta tiene que entender que hay cosas… Estaba en eso cuando dejó de escuchar los pasos del pibe que acompañaban a los suyos en la corrida. Se había quedado atrás tratando de abrir un auto. En un segundo apareció el ruido del motor y se acercó hasta donde él estaba.

—¿Te acerco a algún lado, linda?

Subió sin responder, aguantándose las ganas de pegarle un balazo que lo dejara clavado a la butaca de cuero plástico.

—¿Qué mierda pensás hacer? ¿Querés caer en cana por cinco pesos en monedas?

—Necesitaba el cambio.

—¡La concha de tu madre, pendejo! ¿Y ahora? ¿A dónde vamos con este auto?

—Tranquilizate. Ya que no hay laburo vamos a divertirnos un poco.

—¿Pero vos te pensás que estás en una de esas películas yanquis? Hay que largar este auto antes de que lo empiecen a buscar. Agarrá para la estación, lo tiramos por ahí y nos subimos al tren.

El pibe no contestó y dobló por Provincias Unidas a más de cien. Después del crujido de las gomas en la curva apareció la sirena.

—¡No! No… Agarrá por adentro hasta la villa.

De la cara oscura del pibe desapareció el gesto de triunfo. Con los labios apretados y las uñas clavadas en el volante se fue poniendo amarillo.

—En la que viene doblá a la derecha y después seguís hasta el fondo.

Antes de llegar a la esquina salió un guardia de su garita y empezó a disparar. El coche llegó a doblar pero le había dado una bala en la rueda y se fueron derecho contra un poste. Bajaron y empezaron a correr. Faltaba para la villa. Saltaron una tapia que daba a un jardín y se quedaron en silencio. El pibe estaba a punto de llorar. Le temblaba todo el cuerpo pero más que nada las manos. Él sacó su pistola y le hizo señas para que se quedara ahí. La casa seguía a oscuras y en silencio. O no había nadie o estaban tan asustados que no se animaban a moverse. Afuera, los policías y el de seguridad gritaban y hacían espamento. Todavía no sabían en qué casa estaban ellos. En cinco minutos iba a estar la manzana rodeada y en cuanto los de adentro perdieran el miedo iban a avisar. Podían tardar a lo sumo quince minutos en tenerlos subiendo al patrullero. El viejo iba a sacar al pibe y él se iba a pudrir adentro. Se acordó de Solís. Por la casa que tenían a la derecha se podía subir a los techos. Empezaron a moverse. Tenían que llegar dos casas más allá. Había que andar con cuidado, las tejas mojadas casi no se podían pisar. A medida que fueron apareciendo los patrulleros el ruido de las sirenas les hacía más fácil caminar sin que se escucharan sus pasos. Cuando estuvieron frente al tanque le pareció que no entraban. Después de tantear la tapa lo hizo meter al pibe. Despacio, dejando chorrear el agua con suavidad para no hacer ruido. Después se metió él. Solamente había que mantener el flotante levantado.

Un par de días después le dijo al pibe que el viejo tenía algo para ellos en Jujuy.

—¿Jujuy? ¿Qué vamos a sacar de ahí? Coyas y hojas de coca.

—Más o menos.

—Ah. Ya entiendo. El abuelo nos habilitó para lo grande.

—Puede ser.

Le dijo que tenían que ir en micro para pasar desapercibidos y que no llevara nada porque allá los esperaban con todo lo que pudieran necesitar.

En la terminal de Jujuy sacaron otro boleto para Humahuaca.

—No podemos descansar un día. Quiero dormir en una cama. Tengo el culo liso.

—Humahuaca es acá nomás.

Subieron al colectivo. Dejó pasar al pibe, esperó que se sentara y le habló al chofer en voz baja. Después de media hora salieron de la ciudad siguiendo la ruta nueve. Promediando la hora de viaje y en el medio de la nada el chofer paró el micro.

—Es acá. Vamos.

—¿A dónde?

No lo esperó. El pibe bajó apurado detrás de él. Más allá de la banquina había dos autos.

—Son esos. Seguime.

Se acercaron a los coches. El pibe se quedó unos pasos atrás y él golpeó apenas con la punta de los dedos sobre el techo de uno. Apareció entonces la cara redonda y cobriza de un hombre que sonrió. Le dio un arma y le dijo que el tanque estaba lleno. El acompañante todavía dormía cuando volvió a arrancar. Ni siquiera se debe haber despertado con el ruido del disparo. El pibe cayó despacio, como derritiéndose. Él se subió al otro coche y agarró la ruta para el lado de Bolivia.

 

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