Kabalcanty y yo y viceversa

Kabalcanty

 

 

Me llamo M. Jesús González pero también me llamo Kabalcanty, o Kabalcanty pero también  M. Jesús González. Ya no lo sé. El embrollo comenzó hace seis años, más o menos, era un lunes de invierno y me acababa de levantar de la cama para asearme e ir al trabajo que daba de comer a mi familia y a mí y que nada tenía que ver con la escritura. Tenía el malhumor de todos los lunes, excepto los que estaba de vacaciones, y un redolor de sien a sien que bien podía ser la ingesta desmesurada de cerveza de la tarde del domingo y que mi cuerpo, ya maduro, muy maduro, casi pasado a pocho, iba soportando cada vez peor. Mi mujer dormía a pierna suelta, sin inmutarse un ápice por el timbrazo del despertador, y andaba sigiloso, medio a oscuras, en busca del picaporte del aseo. Cuando encendí la luz me pareció que mi sombra tenía colocado un sombrero. Me restregué las legañas con fruición y, sin más zarandajas, me puse bajo el chorro de agua. Ni canto bajo la ducha, ni siento un especial deleite sintiendo mi piel mojada, voy al grano sin más adornos. Cuando descorrí la cortina de la ducha, allí le tenía sentado sobre la tapa de la taza del váter. Efectivamente llevaba puesto un gorro negro de fieltro, me sonreía irónicamente, y se parecía a mí de una forma insoportable. Iba vestido con una chupa de cuero negra y unos vaqueros del mismo color. “No pongas ese careto de sorpresa – me dijo, mirando mi desnudez cada vez más risueño -, nos conocimos en el Premio Adonais de poesía del año 83, cuando Luis García Montero arrasó y os dejó a todos con tres palmos de narices”. Desconcertado, me acerqué a la puerta y me puse un albornoz. “Soy Kabalcanty, tu seudónimo y tu irremediable alter ego. Estoy harto de dar garbeos por ahí y he venido para quedarme”, añadió ofreciéndome un pitillo que rehusé. “Fumar sólo después del café, ¿no, Jesu?” y soltó una risotada que terminó de hacer papilla mi cerebro. Entonces recordé en cascada mis tiempos de poeta por los barrios de Lavapies y de las Letras, mi esquinada militancia en grupúsculos izquierdosos, mi gran novela siempre por hacer…….y, por supuesto, a Kabalcanty un espectro de mí mismo que iba y venía en función de con quién estuviera y del grado de alcohol de la situación. Era de suponer, tras más de quince años de su desaparición, de su supuesta muerte como pensaba hasta ese instante, que alguna intención le había traído hasta mi casa. “Vengo a escribir por ti, capullo”, dijo antes de que mis sospechas aflorarán a mi rostro y lanzándome una descarada bocanada de humo.

Esperé más de una hora para presentárselo a mi mujer aún a sabiendas de que iba a llegar más que tarde al trabajo. Ella lo aceptó con cierto recelo pero con la resignación ejemplar de veinte años a mi lado. Al día siguiente, Ana, mi paciente esposa, compró un sofá-cama y le instaló en el salón junto a la ventana que da al jardín. “Estará más a gusto en este sitio”, me comentó ella , colocando en la trasera del sofá un juego de sábanas a estrenar y dando una palmada en el respaldo. Y desde entonces así seguimos, estimados lectores.

 

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