Cosas de familia

Marcelo Filzmoser

 

 

Gabriel está parado en el balcón. La chica de la inmobiliaria le había dicho sonriendo que ese era un balcón con monoambiente y el inquilino anterior, al que conoció una semana después de mudado, cuando apareció preguntando si no había visto un retrato de él con una mujer, su ex, que no lograba encontrar desde la mudanza, le dijo que ese era sin dudas el mejor lugar del departamento. Para Gabriel es horrible. Angosto, con varias macetas llenas de tierra endurecida y restos secos de plantas, caluroso e impregnado del olor a comida de las otras casas, ni siquiera le sirve de mirador. Da a un fondo sin pileta, con árboles crecidos y mal cuidados.

Entra. Más que entrar sale. Se escapa del balcón y prende la tele. Pasa unos diez o doce canales, le saca el volumen y va hasta la heladera con el control remoto en la mano. Abre la puerta, mira la cerveza, deja el control en uno de los estantes y agarra una botella de Coca. Cierra, busca un vaso y se sirve. Tiene sed. Siente que le quedaron las achuras atragantadas.

A la tía se le escapó justo antes del matambrito a la pizza. Él había esperado toda la semana para comer ese matambre. No sólo era su plato favorito, era el lugar de reconciliación con su padre. Un descanso de tantas discusiones inútiles, acumuladas durante los últimos años, que terminaron apurando la mudanza a ese monoambiente donde apenas entra.

Un par de veces al mes se sientan uno al lado del otro. Él le da una mano para servir y abren el vino de ricos, como lo llama su padre. Se cocinan achuras, asado, bondiola, vacío y la infaltable provoleta de entrada. Si hay invitados que comen raro, otra frase familiar, se asa algún morrón, papines y demás verduras, porque no sólo son ellos, su madre y sus hermanas, también está la tía, varios primos, algún vecino, los amigos de la familia y los novios o invitados de ocasión.

Ese domingo no habían sido tantos y primero Gabriel piensa que menos mal, aunque después le parece que en una de esas el ruido le hubiese servido para no escuchar.

Eran casi las dos, el sol de octubre se estaba portando, el humo con olor a quebracho se perdía rápido en un cielo limpio y las brazas mantenían el ritmo de la charla. Ya habían comido las achuras. Como de costumbre Gabriel iba a repartir los diferentes cortes de carne mientras su padre se encargaba del matambrito, casi con disimulo, esperando que todos tuvieran el plato lleno para ofrecerlo sin ganas y terminar dividiéndolo en tres partes. Una, la más chica, para los que sin saber de qué se trataba prometían probarlo después. Las otras dos, iguales hasta en la proporción de la mozzarella, eran para ellos. Fue justo ahí cuando la tía, justo ella, piensa Gabriel mientras exprime medio limón en otro vaso lleno de Coca salpicándose la cara y la remera, fue a decir eso de que a su amigo le había dado un infarto de verdad. Alguien preguntó entre risas cómo eran los infartos de mentira y ella, que no sabía que Gabriel no sabía, salió con eso de los que vienen en frasquitos como los que tomó el abuelo.

Costó varios segundos retomar la conversación que su madre llevó para el lado de las vacaciones. Gabriel trató de hacer como si nada. Como si no hubiese escuchado o como si su abuelo no hubiese sido el héroe de la infancia, un amigo en la adolescencia y una de las mejores personas que había conocido en lo que llevaba viviendo. Sirvió la carne según la rutina, comió junto a su padre y después de la sobremesa se disculpó diciendo que tenía que preparar unos exámenes para la semana siguiente.

Con el tercer vaso lleno de Coca y de hielos a medio derretir, Gabriel camina hasta la cama y se sienta. Busca sin demasiado interés el control remoto a su alrededor, entre las sábanas y las almohadas. Recorre con la vista el departamento hasta que da con la pantalla encendida enfrente suyo. Sin volumen las caras se deforman en gestos arbitrarios y expresiones vacías.

En el plato había quedado el final de su porción. Pocas veces pasaba y nunca con el matambre. Pudo ver la mirada de su madre detenida unos segundo sobre los restos. Por suerte, piensa, no hubo comentarios. Ni siquiera su padre se atrevió a bromear sobre el tema.

Toma otro trago abundante sintiendo la picazón del gas en la nariz, que sigue incluso después de haber alejado el vaso. Afuera anochece. El balcón se desdibuja de a poco atrás de la puerta ventana. Gabriel sospecha el final de la tarde con el rabillo del ojo y gira el cuello para no verlo. Tiene un hielo entero en la boca. Lo hace girar con la lengua, lo muerde, lo corre de un lado a otro mientras mira la tele en silencio.

 

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