Sábado

María Staudenmann

 

 

Ellos se acaban de acostar. Somos familia y mañana, domingo, hay que hacer lo que hacen las familias: el de once tiene un partido a las diez y hay que estar.
El de once ya duerme. El treinta y siete también; está cansado por haber trabajado todo el día, como cada día excepto los domingos. Cansado pero bien, creo. Todo lo bien que se puede estar, a pesar de que nunca sea suficiente.
Yo, creo, estoy pasando por uno de los peores momentos de mi vida. No hay grandes movimientos afuera; el cataclismo está adentro, bien adentro, enterrado vivo bajo un bloque de cemento que comienza a resquebrajarse, y las réplicas del temblor ya alcanzan la superficie. La ansiedad, por momentos, es insoportable. Pero no pienso recurrir a pastillas, no. Recurro al llanto cuando se hace inminente, a la piel lisa del hombre que duerme en la habitación grande, al olor a bebé que aún conserva mi hijo, a mis amigos, al cigarrillo, a la cerveza y a ratos como éste, donde el significado de la palabra felicidad hace pie en lo real.
Prendo un cigarrillo y destapo una botella de cerveza. Estoy leyendo pero hago un alto para escribir.
Doy una pitada, tomo un trago.
Pienso la felicidad, me toco el pecho del lado del corazón, lo siento calmo, oigo a mi gato maullar del otro lado de la ventana, miro el fuego artificial de la estufa a gas, añoro el fuego auténtico de las noches de verano en pleno corazón del bosque, corazón, otra vez corazón, respiro hondo y lo siento calmo.
Al fin.
Fumo, tomo. Vuelvo a fumar.
Pienso en el padre de mi hijo, pienso en mi padre, me arde el corazón y me vuelvo a tocar el pecho.
El humo del cigarrillo se me mete en un ojo. Ya se consumió más de la mitad.
Pienso en la primera infancia de mi hijo, en los nueve meses en que lo amamanté, en la risa inevitable, en la risa salvaguardada de todo mal que se le escapaba entonces. Pienso en todo lo que siguió: la risa desvanecida, la risa eufórica, el llanto, el dolor, la angustia y luego el silencio, ese silencio que por dentro era alarido y por fuera temor y conflicto.
Tomo otro sorbo. Mato el cigarrillo y apago la colilla. Es raro: al corazón lo siento calmo.
Recuerdo la noche del día en que su padre y yo le dijimos que ya no viviríamos juntos porque nos peleábamos mucho. Recuerdo que él asintió sin entender nada y siguió levantando un castillo multicolor con su juego de bloques.
Recuerdo la noche de ese día, que dónde está papi con los ojos y la mandíbula desencajados, que no me gusta con los ojos como mares turbulentos, que no quiero con la mandíbula a punto de salirse de sus goznes y sus dientes de leche reluciendo en la oscuridad como la mirada fluorescente de un gato salvaje. Su cuerpecito de cuatro años rebotando sobre la cama diezmada y sus brazos convulsionados revoleando almohadas y almohadones, derribando adornos inútiles.
Prendo otro cigarrillo. Me sirvo un segundo vaso de cerveza y miro la espuma avanzar inexorable y retroceder lentamente.
Pienso en cómo lo acuné, cómo lloré con él, cómo traté de sujetar sus emociones, cómo deseé absorber toda su inquietud, su confusión, su miedo. Pienso en cómo fracasé y en cómo en ese instante me hermané con mi hijo en la desesperanza y la desolación.
Doy una pitada.
Y también en el amor. Mi corazón está calmo.
Vuelvo al vaso; la espuma revive. Me lo merezco, este placer.
O quizás no.
Evoco aquel diciembre. Él apenas me pasaba de la cintura. Estábamos armando el arbolito de navidad los dos solos por segundo año consecutivo. Me había quedado sin cigarrillos y estaba deseando verme libre de su amor exclusivo, asfixiante, de su necesidad de mí. Quise ir al kiosco sola. Le pedí que me esperara; protestó y se lo ordené. Traté de tranquilizarlo diciéndole que no tardaría ni cinco minutos. Él se puso a llorar, a gritar, a patalear. Aún debíamos poner las guirnaldas y las luces.
Fumo, tomo. El tabaco y la cerveza no tienen gusto a nada. El corazón me patalea. Respiro profundo. Le doy otra pitada al cigarrillo, vacío el vaso un poco más. Agarro otra vez la birome. Escribo.
No quería quedarse solo. Tenía cinco años y apenas me pasaba de la cintura. Me fui dando un portazo; sus gritos de desesperación me acecharon hasta la reja que da a la calle. Todavía teníamos que poner las guirnaldas y las luces. Ah, y el pesebre.
Vuelvo al cigarrillo, vuelvo al trago. El corazón me aprieta la garganta.
Que esto le haría bien. Que tenía que aprender a ser independiente, que ya era hora. Pedazo de ignorante insensible egoísta hija de puta.
Apago el cigarrillo y enciendo otro al hilo. Me sirvo de nuevo.
Cuando volví, cinco minutos después, el arbolito de navidad estaba tirado en el piso, los adornos rotos, el muñeco de Papá Noel destartalado. Y él, que no se quería quedar sólo, que apenas me pasaba de la cintura, estaba paradito en un rincón del living, petrificado de terror.
Cinco años. Nada. Cinco minutos. Demasiado.
Tomo un trago largo, largo, largo con los párpados contraídos. Mi corazón no sé dónde está. Tal vez ya no esté. Tal vez haya muerto esa tarde de diciembre.
Dos o tres años después, él mismo me recordó lo sucedido aquella tarde. Desenterró aquella vivencia antes de que quedara sepultada en lo más recóndito de su cabeza. Él mismo me lo contó. Sin reproches, sin resentimiento, sin rencor. Yo sólo supe pedirle perdón.
Le doy al cigarrillo una pitada larga, larga, larga. Miro el vaso a medio terminar y no lo agarro.
Pienso en este sábado en cuya trasnoche me puse a leer y terminé escribiendo. Adentro me reverbera el sonido de su risa inevitable. Me toco el pecho en busca del corazón y lo encuentro. Se siente calmo.
Pienso en la felicidad, que no es más que esto: una risa inevitable haciendo eco y un corazón calmo.
Ahora ellos duermen y yo apago, prendo, destapo, sirvo, me toco el pecho y ahora, en este instante, estoy en paz.

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2 Respuestas a “Sábado

  1. Tremendísimo, me entantó. Estaré mas al tanto del trabajo de la autora. Mis grandes felicitaciones.

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