Vamos carajo, vamos

Marcelo Filzmoser

 

 

Federico llega a su casa antes de lo habitual. Juega la selección y en la fábrica los dejaron salir antes. El patrón había dicho por celular a alguien, a estos negros dejálos sin morfar pero dales fútbol, es la única manera de que te laburen más o menos contentos.

A él no le interesa el fútbol pero le viene bien salir más temprano. Cortar al mediodía pasa solamente para las fiestas, a fin de año. Sus compañeros estaban como locos, hasta se habían olvidado de preguntar lo de las horas extras. Como nadie dijo nada él tampoco se animó, pero en cuanto tuviera oportunidad iba a preguntar si no las habían liquidado mal. Varias veces había sacado la cuenta y no le daba. Según lo hablado, faltaba plata.

Camina por su casa de un lado para el otro. Acomoda la ropa, toma agua de una botella de la heladera, prende un cigarrillo. Lo que le molesta es el silencio. La luz del mediodía entrando por las ventanas, la cocina vacía, la tele apagada. Quizás debió haber ido con los demás al bar a ver el partido, por más que no supiera qué decir. En su casa ni siquiera se le ocurre qué hacer. Los hijos en el colegio, la mujer vaya uno a saber en dónde. En el celular de ella responde la grabación de apagado o fuera del área de cobertura.

Le cuesta encontrar el control remoto. Revuelve el sillón y revisa la mesa ratona llena de papeles para pagar. Lo encuentra en la cocina, sobre la tabla de planchar. Mira la pila de ropa arrugada arriba de la mesa grande. Toca la plancha con el índice humedecido en saliva y siente el metal frío. Por ahí su mujer había salido a hacer las compras y se había quedado sin batería. Podría llegar de un momento a otro. Va al baño, se ducha rápido, se peina. Busca en la pieza la colonia para que la sorpresa de encontrarlo a esa hora en casa termine en la cama.

De vuelta en el comedor prende la tele. Cuando era pibe su viejo se sentaba cada domingo a mirar los partidos. Bochini, la Chancha Rinaldi, El loco Gatti, Marangoni. Ni siquiera sabe en qué equipos jugaban pero se acuerda de esos nombres que suenan solamente con la voz ronca, de fumador de 43/70, que tenía su padre. Él a veces se sentaba a su lado y trataba de entender. Se distraía con cualquier cosa pero esperaba los goles para que su padre gritara y lo abrazara fuerte y dijera vamos carajo, vamos. Las primeras veces se había asustado un poco. Después entendió, pudo verle en la cara que se trataba de alegría y empezó a disfrutarlo.

Mira la transmisión y prende un cigarrillo. No huelen a los de su papá pero el humo es igual. Ya están jugando. Ni siquiera sabe cómo se llama el otro equipo. Se corre para la punta del sillón dejando lugar. Si se mantiene atento el relator va a decir cómo se llaman, de qué país son. La abreviatura del marcador no le sirve para nada. Espera. Su padre no lo abrazaba ni para los cumpleaños, ni cuando traía una buena nota del colegio. Sólo los domingos de fútbol.

Su mujer no vuelve. Mira por la ventana sin acercarse. En la fábrica todos decían que esta vez salían campeones. Va hasta la heladera y saca una cerveza. La abre con el encendedor, agarra un vaso y se sienta. El relator se queja. Parece que ese morocho de Costa de Marfil, ahora sabe quienes son aunque no tiene idea de dónde queda ese país, estaba adelantado pero el árbitro les dio igual el tiro libre. Igual patean a cualquier lado, hasta él se da cuenta. El arquero saca tranquilo. Si su padre no se hubiese muerto tan joven ni dios lo enganchaba a él para trabajar en una fábrica. Hasta hubiese terminado la escuela. Ahora usaría camisa y zapatos, quien te dice hasta tendría un auto como el pibe que trabaja en la oficina. Ese por saber usar una computadora seguro que gana más que él. No necesitaría hacer extras. Llama de nuevo a su mujer pero el celular sigue apagado.

Levanta la botella del piso. Vuelve a servirse y se queda con el vaso en la mano. Di María encara para adelante y parece un video en fast forward. Federico mira la pelota en el aire con el vaso todavía levantado como si con esa misma mano estuviera dirigiendo la trayectoria. El relator grita cada vez más y cuando la agarra Messi él se para y la cerveza empieza a salpicar el piso. El travesaño y la madre de diosssss. La cabeza le queda vibrando como si fuese el caño donde pegó la pelota. Deja el vaso en la mesa ratona, arriba de los recibos impagos y va hasta el patio a buscar el trapo de piso. Cuando vuelve, la selección avanza otra vez. No sabe el nombre del jugador que la tiene. Se queda parado frente al televisor. Uno de los rivales se le tira a los pies y corta la jugada con una falta.

Messi acomoda la pelota. Agüero espera con varios más. Sabe que no está Tévez ni Riquelme. Lo aprendió por las burlas que le estuvieron haciendo sus compañeros. Messi patea pero el arquero la tira al córner. Baja los ojos. En el piso las salpicaduras de cerveza. No se agacha. Vuelve a mirar el televisor. La cámara enfoca a Di María que parece en otro lado. Tira el trapo al piso y con el pie va secando sin mirar. Vuelve a sentarse. Agarra el vaso y toma hasta dejarlo casi vacío. Hay un pase desde el fondo. Faltan tres minutos para que termine el primer tiempo. El relator nombra a Mascherano. Corren varios. La agarra Agüero, de nuevo el pique, de nuevo Messi, de nuevo los otros como postes, otra vez el relator que se vuelve loco, él que se para otra vez y que grita dale, dale, hacélo, revoleando el vaso con lo que le quedaba, salpicando el piso, el sillón y la pantalla, hacélo por dios, HACELOOOOOOL, GOL, GOL, GOL, GOOOOOOOOOOOOOOLLLLLLLLLLLLLLL, VAMOS CARAJO, VAMOOOOOOS.

Federico llora. Parado en medio del comedor, salpicado de cerveza, llora y se atraganta con su propio llanto mientras los jugadores salen al entretiempo.

 

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