Las voces disonantes

Miguel Rodríguez

 

 

Yo nunca he sido así, minucioso y ordenado, me pierdo en los detalles y se me escapan multitud de cabos sueltos. Los informes que iba leyendo de mí afirmaban que yo hacía mis trabajos siguiendo el mismo procedimiento, aunque éste no era sistemático, sino al azar. De hecho, era siempre al azar. Lo único interesante de esto es que a la policía le resultaba imposible identificar un patrón de actuación con el que tenderme trampas y situar cebos. No sabían por dónde cogerme. Por mi parte, yo no actuaba por maldad, ni siquiera por encargo, sino aleatoriamente, que supongo que es lo peor que le puede pasar a un detective y al premuerto, porque así no hay quien sea eficaz ni se proteja de nada. Hubo momentos en los que me sentí cercado, tenían mi rastro, y pensé que en poco tiempo darían conmigo. Sin embargo, su olfato resultó ser igual de aleatorio que mi oficio. Yo me iba un tiempo a otra ciudad en la que poder reproducir mi patrón desordenado de muertes, y ellos seguían pensando y armando deducciones lógicas que contradecían sus propias investigaciones. No es que yo estuviera loco, es que no lo podía evitar: yo oía voces en mi cabeza que – más que darme órdenes – me guiaban, y estos dictámenes anulan el funcionamiento de una mente que podía ser racional. Haz esto, o esto otro. Y yo lo hacía.

Pero un día cambió algo, se produjo un desacuerdo interno de tal virulencia entre las voces de mi cabeza que desembocó en una guerra civil, de la que yo – igual que antes – solo he sido testigo, ni siquiera víctima. La guerra la ganó una de las voces, que a partir de ahora comenzó a darme instrucciones precisas y directas. Así pues, todo en mi cabeza adquirió un orden y una secuencia milimétrica, un interés escrupuloso por la limpieza a la hora de ejecutar mi trabajo. Así, aunque antes nadie percibía la disonancia de voces en mi cabeza, ahora los detectives al cargo están encantados conmigo, los periódicos dicen que ya tienen explicaciones razonables y médicas para todos mis crímenes. Me han aceptado como a uno de los suyos. Ya están tranquilos.

Dios mío… ¿en qué me he convertido?

 

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