Sangre

María Staudenmann

 

 

Elisa caminó hasta su sillón con pasos cortos, equilibrando la tacita de té.

Ese chico es la peste, pensó con disgusto mientras se sentaba con algún esfuerzo y encendía el velador. Capricho tras capricho, pataleta tras pataleta y lágrimas de cocodrilo que se le secaban antes de llegarle al mentón. No entiendo cómo la madre no se da cuenta del mocoso insoportable que está criando. En realidad seguro que se da cuenta pero no se quiere dar por aludida. No le conviene. Estas chicas modernas que andan todo el día taconeando de aquí para allá, trabajando, dicen, todo lo excusan con el trabajo. ¿Y trabajar, para qué? ¿Qué necesidad tienen de trabajar? Antes las mujeres no trabajaban, se quedaban en sus casas criando a sus hijos como Dios manda, ése era su único trabajo. Pero no ahora resulta que todas quieren realizarse, como se dice ahora, quieren sentirse alguien, ganar su propio dinero y disponer de él como se les dé la gana. Qué pavada. Mientras tanto los maridos empiezan a sentirse desplazados y no tardan en salir a dar vueltas por ahí en busca de alguna que les caliente la cama. Y cuando eso pasa, ellas se quejan. Pobre chico, en definitiva no es su culpa ser como es, la culpa es de la madre. Cuando sea mayor, ¿quién lo va a aguantar?

Elisa estaba cansada. Miró por la ventana mientras revolvía lentamente su té. Ya se estaba haciendo de noche y en media hora tenía que ir a lo de Bea. “Tengo que contarte algo, Ela”, le había dicho su hermana al salir del pelotero. “Venite a casa a eso de las siete que Osvaldo a esa hora ya salió para el club”. Elisa se había sentido intrigada y le había prometido que iría. Pero ahora no tenía ganas. Le dolía la espalda y le estaba agarrando sueño. No era para menos: había perdido toda la tarde en ese pelotero, incómoda en esa silla de plástico y aturdida por la música, el entusiasmo de la animadora y los chillidos de los chicos. No se escuchaba nada, había que hablar a los gritos, no había manera de entablar una conversación coherente. En su época no había peloteros. Los cumpleaños se festejaban en casa con la familia y algunos amiguitos del barrio, que eran amigos de uno porque eran hijos de amigos de los padres de uno, como corresponde. Igual, pensó Elisa, y su mandíbula contraída se relajó, Fede se merecía una fiesta de cumpleaños así. Fede… tan sano, tan afectuoso, tan educado. Cucho (Federicucho) y Sucha (Elisucha), así se decían entre ellos, así de compinches eran. Cucho y Sucha, sobrino nieto y tía abuela; aunque Elisa se sentía más abuela que tía, y Federico más nieto que sobrino: ella lo sabía muy bien. El amor que sentía por Federico era una flor nacida en el invierno perenne que era su vida. El amor, la ternura, el orgullo… sí, el orgullo de haber sido ella quien había sentado las bases para la construcción de lo que hoy era Federico. Porque había sido ella, sí, ella, quien le había enseñado a Magalí a ser la madre espléndida que era. Ella la que le había inculcado cómo piensa, siente, vive y actúa una dama. Y también ella la que la había alentado a elegir un hombre excepcional como Tomás, trabajador, serio y honorable; un hombre como los que ya no había.

Elisa sonrió involuntariamente al recordar el porte fino y elegante de Maga en el pelotero. La gracia con que se expresaba y se movía, la distante cordialidad con que recibía y despedía a los invitados. Maga, su sobrina querida, su sobrina adorada… una nena preciosa, respetuosa e inteligente que se había convertido en una mujer de primera clase. Gracias a ella.

Elisa asintió para sí, ratificando su convicción.

Pero la placidez del recuerdo de sus seres más queridos no fue suficiente para disipar el mal humor de Elisa. Su mandíbula volvió a tensarse; la insolencia de aquel mocoso le había crispado los nervios. ¿Cómo se le había ocurrido a Maga ubicarla en la misma mesa que a esa familia? Yanina y Mariano, los padres de ese piel de Judas, era muy amigos de Magalí y de Tomás, muy amigos. Pero no tenían nada que ver con ella. Hubiera estado mucho mejor con Bea y Osvaldo, a pesar de que ellos estaban con los Hernández; incultos y vulgares, pero buena gente al fin.

Elisa levantó el saquito de té, lo estrujó dos veces contra la pared de la taza y lo depositó en el plato de porcelana. El plato le hizo acordar a la torta, la torta le hizo pensar en el mocoso y se estremeció de indignación; estaba acostumbrada a sentir asco y rechazo, pero la magnitud de esas sensaciones respecto a ese chico le extrañó. Evocó sus manos pringadas en dulce de leche tocando todo lo que había sobre la mesa y alrededor de ella, incluido su tapado. En ese momento el mocoso parecía divertirse mucho haciéndose servir una porción de torta tras otra y tirándolas al suelo después de haberles dado un solo mordisco. Yanina no hacía más que levantar pedazos de bizcochuelo con una servilleta, murmurar débiles amenazas y, de vez en cuando, bocetar una nerviosa sonrisa de disculpa frente al rostro impávido de Elisa. Y Mariano se limitaba a presenciar la escena con gesto resignado. Daba pena.

Elisa no había podido soportarlo más. La palma de la mano le ardía de ganas de darle a ese mocoso el sopapón que se merecía. Si Humberto le hubiera dado hijos, ella se hubiese encargado de que saliesen bien derechitos. Ella hubiera sabido cortar los caprichos de raíz, ella no hubiera permitido ningún tipo de desafío a su autoridad. Pero Humberto se había ido antes de sembrar en ella su semilla. La había dejado en su noche de bodas con el vestido blanco puesto, la bombacha ansiosa y el pudor intacto… ¡bah! ¡Mejor! Qué infeliz, qué poco hombre, qué desgraciado, qué… ¡Ojalá estés muerto, hijo de puta, bien muerto!

Mientras el mocoso lamía con fruición el dulce de leche chorreado sobre la mesa, Elisa había logrado dominarse, como siempre. Se había vuelto hacia Yanina con gesto comprensivo y le había preguntado cómo se llamaba el nene.

–Augusto –le había respondido Yanina con ojos llenos de gratitud. –¿No se acuerda del bautismo, Elisa? En Santa María Misericordiosa, y después la fiesta en lo de Maga y Tomy, que nos prestaron la casa porque nosotros estábamos con los albañiles…

–¡Tenés razón, querida! Disculpame, a mi edad una se empieza a olvidar de las cosas… el otro día dejé los anteojos…

Pero un nuevo desmán del chico había interrumpido la conversación. Entonces Elisa se había levantado y se había dirigido al baño buscando algo de soledad. En el camino por poco no se chocó de frente con Magalí, que llevaba una bandeja de chips de jamón y queso. Elisa trastabilló y tuvo que agarrarse del respaldo de una silla.

–¡Cuidado, tía, no se me va a caer! –le dijo Magalí con una sonrisa brillante mientras la esquivaba.

Cerca del baño había divisado la mesa donde Bea y Osvaldo charlaban sosegadamente con los Hernández. ¡Qué envidia!

El té empezó a enfriarse. Elisa apuró lo que quedaba y dejó la tacita sobre la mesa ratona. ¡Qué humedad! Del otro lado de la ventana, una tormenta se agolpaba en el cielo bajo.

¿Por qué Maga me habrá sentado con Yanina y Mariano?, volvió a preguntarse Elisa. Era cierto que ella había estado en el bautismo del mocoso –ahora lo recordaba bien– y también en la fiesta de quince de Yanina y en su casamiento con Mariano. Las dos chicas se conocían desde el jardín de infantes y eran tan amigas que las familias de una y de otra forzosamente habían tenido que entablar relación. Pero Elisa nunca había terminado de aprobar esa amistad: Yanina era demasiado independiente, demasiado despreocupada y ahora sabía que también demasiado tonta. Bea y Osvaldo, sin embargo, la querían como a una hija más.

Elisa evocó el bautismo de Augusto, cinco o seis años atrás. Había asistido a la ceremonia religiosa y se había retirado temprano del festejo. El papel de madre devota que Yanina había desempeñado en esa ocasión no la había engañado a ella. Y había estado en lo cierto, por supuesto. Mirala ahora, dándole al chico todos los gustos habidos y por haber sólo para lavar sus culpas y sus ausencias.

Al recordar el bautismo Elisa recordó también que fue justamente ése el día en que Magalí y Yanina se reencontraron. Maga, Tomy y Fede, que por entonces era sólo un bebé, se habían ido a vivir a Italia durante casi un año. La empresa donde trabajaba Tomás lo había enviado a Florencia a dictar un curso de capacitación, con todos los gastos cubiertos y un astronómico aumento de sueldo. No era para menos: era uno de los mejores empleados de la firma. Como Magalí no trabajaba y Tomás no quería estar tanto tiempo alejado de ella y de Federico, viajaron los tres.

Al momento del bautismo hacía casi tres meses que Maga había vuelto de Florencia. Elisa la había notado algo rellenita; se veía que había sucumbido a la gastronomía italiana. Pero estaba bien, muy bien. Como ella vivía en una punta de Buenos Aires y Yanina en la otra, no habían tenido ocasión de verse hasta el día del bautismo. El abrazo del reencuentro, apretado, eterno, mudo y húmedo de lágrimas, se había producido justo frente a Elisa. Evidentemente se querían mucho.

Elisa volvió al presente. Ya no estaba en el pelotero; esa tortura había terminado, a Dios gracias. Miró la hora en el reloj de pared y se puso de pie trabajosamente. La espalda le seguía doliendo y la humedad era espantosa; pronto empezaría a llover. Así no podría caminar hasta lo de Bea, aunque su casa quedaba sólo a cinco cuadras. Y de ninguna manera iba a tomarse un taxi. De modo que volvió a sentarse, puso el teléfono sobre su regazo y discó el número de su hermana.

Casi una hora estuvo Elisa al teléfono. Casi una hora mirando por la ventana, siguiendo la carrera errante de una gota vidrio abajo, luego de otra, luego de otra. Casi una hora viendo las nubes anaranjadas revolverse y el resplandor de la ciudad expandirse y los rayos azotar el suelo y hacer vibrar las paredes. Casi una hora escuchando. Escuchando a su hermana hablar a borbotones. Escuchando sin decir una palabra. Con la oreja colorada y la mano agarrotada.

–Al principio no quería creerle, viste cómo es Marta… –le dijo Bea al cierre de su monólogo –pero algo de verdad tenía que haber, estos rumores no surgen así como así, no hay humo sin fuego, como dice el refrán. Entonces ayer la agarré a Maga, la puse entre la espada y la pared y me tuvo que confesar todo. ¡No sabés cómo lloraba la pobre! Tendría que haberla consolado, soy la madre, es buena y la quiero con toda mi alma… pero en ese momento lo único que quería era darle un chirlo y encerrarla en su cuarto como cuando era chiquita. A ver si entendí bien, le dije, ¿vos te acostaste con el marido de Yanina, quedaste embarazada, te fuiste a Florencia a tener al chico y cuando volviste se lo diste a ella para que lo críe? ¿Y sabés lo que me dijo? Me dijo: Es que Yanina no puede tener y es lo menos que podía hacer por ella, después de lo que le hice. Y ahí se deshizo en lágrimas, pobre criatura. No lo hizo de mala, lo hizo de tonta nomás… Igual no sé cómo Tomás la perdonó, es un santo ese chico. ¡Y ni hablar Yanina! Está criando al hijo que su marido tuvo con su amiga, nada menos… ¡Ah! Ojo que el nene no sabe nada, ¿eh? Bueno, imaginate la noche que pasé ayer, dando vueltas en la cama hasta las cinco de la mañana… hasta que me dije: ¿quién soy yo para juzgarla? ¿Acaso no cometí errores yo? ¿Acaso no hice cosas terribles yo? Y cuando me di cuenta de que todos somos seres humanos y podemos equivocarnos, me puse contenta… ¡Imaginate! ¡Soy abuela otra vez! ¡Augusto es mi nieto! ¡Es tu sobrino nieto, Ela! ¡Tu sobrino nieto!

–¿Mi sobrino nieto?

–Sí, viejita, sí, tu sobrino nieto… ¿No estás chocha? ¿No es un nene amoroso?

–¿Amoroso?

–¡Sí, amoroso, Ela! Un poquito revoltoso, caprichoso, ¡pero hermoso! Es igualito a vos de chica, Ela –dijo Bea con emoción. –Igualito, igualito a vos…

 

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