La habitación imperceptible

Miguel Rodríguez

 

 

Nos buscábamos en la habitación de en medio para querernos, o para matarnos. Nunca sabíamos de antemano qué ocurriría una vez dentro, uno no siempre es consciente de cómo una cosa envuelve o engendra otra. A veces incluso salíamos de ella sin saber tampoco muy bien lo que había ocurrido: hay muertes apenas perceptibles, igual que hay amores cuyas naturaleza y profundidad solo comprendemos mucho tiempo después, cuando ya casi no importa. Cada uno dormíamos a ambos lados de esta habitación, a la que teníamos acceso por dos puertas laterales. A menudo entraba en ella a solas, accedía por mi puerta y me sentaba a leer, a mirar la lluvia, a pensar en la vida común que tenía con ella, con Jill. El cuarto olía a nosotros, aunque un poco más a ella. Sí, tal vez ambos moríamos un poco en aquella habitación, pero uno es los momentos y lugares en los que ha vivido y también en los que ha muerto. No los revivíamos, no buscábamos una reedición, simplemente estaban ahí, como todas las cosas de la vida que en un momento espiritualmente lúcido se manifiestan al mismo tiempo. Todo sucedía allí, con Jill.

El resto de estancias de la casa nos resultaban anodinas. Hacíamos uso de ellas, compartíamos tareas, pero nunca hacíamos allí el amor. Nunca moríamos allí tampoco. No había tormentas. Es casi como si allí no sucediera nada: pasábamos por ellas, coincidíamos en la cocina o en el baño, pero todas eran ajenas al mundo salvaje e íntimo que se desarrollaba a su lado, en la habitación de en medio. Y así, estas habitaciones, al igual que lo que Jill y yo habíamos sido antes en la vida, comenzaron a resultarnos algo extraño, algo que nos facilitaba un acceso pero que ya no era importante. Ya no éramos lo que fuimos. Tampoco aquellas habitaciones.

Al principio, cuando la conocí, Jill solo venía a mí cuando había tormentas. Luego empezó a venir cuando llovía débilmente, y acabó por quedarse en mi casa de continuo. Durante ese tiempo, yo seguí pensando que vivía solo, es decir: con Jill en los momentos en que nos veíamos en nuestro cuarto, y que el resto del día mi vida transcurría a solas por las otras habitaciones de la casa. Ellas me observaban celosas, dolidas por no ser el centro de mi vida y ser simplemente un mirador, un pasillo sin tormentas y sin amor. Es triste vivir así, sin amor y sin tormentas, ser solo un corredor, un momento de paso en la vida de alguien. Ellas no sabían que yo daba vueltas por la casa con excusas infantiles para reconocerme allí, en aquel cuarto al cual daban todos los pasillos y tormentas de mi vida. Abrir aquella puerta era acceder a palabras pequeñas, a veces diminutas, que se posaban imperceptiblemente en mí, que me acompañaban al salir por el resto de lugares de la casa. Todo cobraba sentido y se reordenaba en mí. Uno comienza a amar los minutos, las cosas pequeñas, las líneas breves de las personas.

Cuando Jill murió, se llevó con ella todos los demonios. Quizás la muerte vino de alguna de las otras habitaciones y no nos dimos cuenta. Yo, al menos, no. Vivimos tan próximos a ella que no percibimos su presencia ni sus señales. Me he quedado huérfano de amor y de demonios, duele tanto echarlos de menos. Creo que ellos tenían su propia vida al lado de la nuestra, que se citaban en la habitación de en medio para amarse, o para matarse, como hacíamos nosotros. No somos tan distintos. Cuando vuelven las tormentas, de vez en cuando sueño con ella, o que vuelve en tardes ligeras de lluvia para hacerme un poco de compañía, leer un libro juntos, recordar el amor. No sé si dar vida a alguno de mis demonios o seguir huérfano.

Me busco en esta casa múltiple y contradictoria, en los lugares imposibles que he vivido, en los demonios que a veces me visitan. Me he convertido en un hombre lleno de lluvia y de palabras, en una habitación de en medio en la que abro las puertas a las líneas breves de mi vida. He tirado la llave al mar.

 

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