Estatua de cera

Marcelo Filzmoser

 

 

La cara del más gordo se desdibujó atrás de su puño. Justo en la mandíbula. El otro todavía se agarraba la nariz, rota para siempre, o al menos hasta que pudiera pagarse un cirujano. Desde atrás le llegaba la risa de Fabrizio. Alguien tiró una botella que él vio justo a tiempo para esquivarla. Le dolían las tripas. No pudo reconocer quien le había acertado ese golpe. Cuando la cosa se calmaba un poco aprovechaba para tomar aire. Eran como cinco, aunque parecía que algún otro se había sumado a último momento. Un buen número diría más tarde Fabrizio mientras tomaban cerveza en el quiosco del Tano.

***

Frenó de golpe. No había visto cambiar el semáforo. Bajó desde el volante el volumen de la música y empezó a peinarse el bigote canoso con los dedos índice y pulgar, moviéndolos hacia abajo, como hacía siempre que le tocaba esperar hasta que la luz volviera a darle paso.

***

Había uno que era duro. Ya lo había sacudido Fabrizio y sin embargo volvió de su lado para probar suerte. Él quiso entrarle con un cabezazo para zanjar el tema pero el otro se cubrió y casi le devuelve en la mandíbula, desde abajo. Sabía pelear. Por fin alguien. Lo midió un segundo pidiéndole espacio a Fabrizio con la espalda. Iba a tener que arriesgarse. Era un sólo golpe pero lo obligaba a dejar la cara descubierta. Amagó un par de movimientos para distraer y cuando el otro estuvo confiado se adelantó, abrió los brazos y le descargó los dos puños sobre las sienes. Infalible. Cayó de rodillas sin entender nada. Lo sacaron entre dos que se llevaron algunas patadas suyas de yapa.

***

Paró en una esquina para dar paso a una mujer embarazada. Calculó que afuera del auto harían más de treinta grados. La mujer sonrió a modo de agradecimiento y empezó a cruzar con pasos lentos.

***

Cuando Fabrizio se fue contra él entendió que alguno le había acertado una patada voladora de esas que se empezaban a usar por culpa de las películas de karate. Pensó en darse vuelta pero su amigo nunca se lo habría perdonado. Lo buscó con la mirada. A este karate kid de mierda lo van a tener que juntar por partes le dijo levantándose de un salto y en menos de un segundo volvió a escucharse la risa salvaje.

***

Pensó que el automovilista de adelante no debería tener el carnet. Le pegó el auto al paragolpes pero no sirvió de nada. Tampoco los parpadeos con las luces altas. Lo adelantó entonces por la derecha para encerrarlo unos metros y seguir marcha a toda velocidad.

***

La mano izquierda le sangraba. Supo que era su sangre por el calor que sentía pero le llamaba la atención el tipo de corte. Entonces miró alrededor y vio a un petiso con una navaja manchada de rojo. Los odiaba. Maricones como los malevos y los gauchos. Ojo que hay una nena le avisó a Fabrizio.

Dejámelo a mí.

No. Es mío, mirá que caricia.

Le mostró la mano con sangre y volvieron a pararse como si la cosa recién empezara.

***

La avenida estaba llena de autos. Le pareció que pocas personas sabían manejar y que el calor empeoraba las cosas. Empezó a pasar autos en zigzag, serpenteando impaciente a pesar de no tener nada en que ocuparse por el resto de la tarde.

***

De los cinco a los que ellos habían molestado hasta conseguir la pelea ya no quedaba ninguno. Éstos de ahora era tipos camorreros que habían visto la agarrada y se habían sumado por gusto. Como ellos, disfrutaban de pelear aunque ya no hubiera razones para hacerlo. Eso complicaba las cosas. De hecho el petiso había aparecido de la nada y a esa nada debería haber vuelto porque no lo encontraba por ninguna parte. Imaginó que estaría escondido, esperando para volver a cortar cuando no lo vieran. Las piernas empezaban a pesarles. Tenían el pelo empapado, poco más que el resto del cuerpo, pero el pelo era peor porque se pegaba a la cara y molestaba para ver. Alguien, un tipo flaco y duro, le volvió a pegar en el estómago y casi lo dobla. Fabrizio lo sintió, se dio vuelta y le descalabró la cara con un golpe rápido. Él le guiño un ojo y volvió al ruedo cubriéndose justo para después dar una trompada al pecho, de esas que hunden por un rato el esternón.

***

Lo paró un agente por cortar un semáforo que saltaba del amarillo al rojo. Bajó el vidrio polarizado y sin más extendió un billete grande. Hubo un segundo de silencio. El agente levantó despacio la cabeza, miró para adelante, por encima del auto y para atrás. Después lo miró a él intentando retener los rasgos más sobresalientes de su cara por si se trataba de una trampa o alguna cámara oculta. Finalmente agarró el billete y lo dejó seguir.

***

La cosa se estaba alargando demasiado. Tenían que recordar para la próxima vez que esa calle no era un buen lugar. Muchos novatos aprovechaban para probar suerte y eso les sacaba las energías que necesitaban para pelear con los que sabían y se metían con ganas. En eso vio la cabeza enrulada del petiso que apareció corriendo desde un costado. Gritó el marica y se ladeó. Sintió el aire agitado por la navaja a milímetros de su cara. Fabricio dejó espacio y él agarró con las dos manos la cabeza del petiso y la reventó contra su rodilla.

***

Hacía dos cuadras que una camioneta de lujo no lo dejaba pasar y entorpecía cada maniobra que pensaba hacer. Fastidiado aceleró tirándole el auto encima a otros conductores hasta conseguir el espacio suficiente para pasar, ponerse adelante y frenar. El tránsito sufrió una convulsión que no terminó en desastre por cuestión de suerte.

***

Los gritos del petiso congelaron la escena. El círculo de mirones quedó boquiabierto y los diez o doce tipos que los rodeaban, en cueros o con las remeras hechas jirones y manchadas de ese color marrón rojizo que tiene la sangre en cuanto se mezcla con el algodón, empezaron a dispersarse. Hubo dos que subieron al petiso en un auto y se lo llevaron. En cuanto el coche se alejó, un silencio macizo, casi irrespirable, ahogó cualquier sensación. Ellos siguieron parados espalda contra espalda hasta que se quedaron solos. Mucho después sonaron las primeras sirenas.

***

La avenida era un caos. Los automovilistas insultaban y tocaban bocina. Él no escuchaba nada. Se bajó del auto despacio. El calor era sofocante. Dejó el saco y la corbata sobre el asiento y mientras se desabrochaba la camisa vio salir de la camioneta a un hombre de unos cuarenta años, un metro ochenta y bien formado. Él, con casi sesenta y tres, volvió a sentir la sangre acelerando como un tren a vapor por sus arterias. Le faltaba Fabrizio y eso le iba a pesar, pero eran uno contra uno, no tenía derecho a quejarse. Una vez que estuvo en cueros se miró en el polarizado. Una estatua de cera olvidada mucho tiempo al sol. Caminó unos metros, eligió el pedazo de asfalto donde plantarse y pidió en silencio que le tocara una enfermera joven y tetona.

 

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