Era humo

María Staudenmann

 

 

Aparecía y desaparecía del bar casi sin dejar señales. Apenas el aroma lejano de su taza de chocolate recién terminada, y un aire frío en mis brazos y mi cuello, un temblor de vida. Se sentaba siempre en la misma mesa, la que está junto a la ventana que da al lago y al perfil más boscoso del cerro, y miraba las primeras blancuras de la luna. Llegaba un par de noches antes de cada plenilunio y se iba dos o tres noches después, cuando la luna ya empezaba a desandar su brillo hacia el cuarto menguante. Nunca lo vi entrar al bar, nunca lo vi ocupar y desocupar su mesa.

Todo él estaba hecho en escala de grises; sus ojos no tenían pupilas. No comía, no leía, no fumaba ni hablaba con nadie. Sólo aparecía, miraba la luna mientras tomaba su chocolate de a sorbos cortos, y desaparecía. En el bar decían: está loco, está prófugo, es un melancólico, es un hechicero, es un leñador del alto monte. Para mí era un auténtico solitario, un espíritu sin pasado, un extranjero en todas partes, una leyenda.

Un día vino a mi mesa, yo que estaba tan vacía, él que estaba tan lleno de sí mismo. Me leyó la borra del café; su voz era el murmullo nocturno de un arroyo de montaña. Acercó sus manos heladas al hogar encendido, tomó una brasa muriente y me tiznó los labios con un ardor rojo y negro, un dolor atónito, como puntadas de hielo.

Nos encontramos sobre la nieve, bajo una lenga. Mientras me arrancaba la ropa a zarpazos la boca se me llenó del olor dulzón de un ciprés ardiendo en un fogón invisible. Él fue todos los hombres que pasaron por mi cuerpo y no fue ninguno; él era chispas escurridizas y era humo. Más tarde me llevó en brazos hasta la orilla del río y con sus dedos finos lavó la sangre seca entre mis piernas. La luna llena derramaba su bruma sobre las piedras, los árboles y las aguas. Los pájaros dormían y él tarareaba algo como confiándole un secreto a las estrellas. Sentado en un tronco, los pies en el río, desnudo, traslúcido.

Todos los plenilunios espero en el bar sentada en la mesa junto a la ventana. Espero a que la taza de chocolate sin probar se enfríe, salgo y sigo sus pisadas a lo largo del sendero que lleva al río. Los del bar ya casi no hablan de él; ya casi no dicen que nunca más lo han visto, que se ha extraviado en el cañón, que se ha despeñado desde la cima del cerro, que ha muerto. Pero yo sé que no son más que habladurías, porque una noche le susurró a mi vientre que ya no quiere que lo vean porque las miradas contaminan y corrompen, que ya no quiere que lo escuchen porque las palabras deforman y distancian, que ya no quiere que lo sientan porque los sentidos embotan y engañan. Y yo le supliqué otra vez, la última vez, no me importa, por favor, de dónde venís, a dónde vas, en dónde estás, tu nombre, te lo ruego, tu nombre. Entonces él sonrió con sus ojos sin pupilas, levantó su índice de humo y rozó mi boca, avivando la cicatriz de mis labios siempre rojos.

 

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