CARTERO [Fragmento]

Charles Bukowski

 

1

Empezó por una equivocación.

Estábamos en navidades y me enteré por el borracho que vivía calle arriba, y que lo hacía todos los años, que contrataban a cualquiera que se presentase, así que fui y lo siguiente que supe fue que tenía una saca de cuero a mis espaldas y que me dedicaba a pasear a mis anchas. Vaya un trabajo, pensé. ¡Tirado! Sólo te daban una manzana o dos y si te las arreglabas para terminar, el cartero regular te asignaba otra manzana para repartir el correo, o también podías volver y el jefe te mandaba a otra parte, pero lo mejor que podías hacer era tomarte tu tiempo y meter relajadamente las tarjetas de Navidad en los buzones.

Creo que fue en mi segundo día como auxiliar de Navidad cuando esta mujerona salió y se puso a andar a mi lado mientras yo repartía las cartas. Cuando digo mujerona me refiero a que tenía un culazo y unas tetazas y en general era grande en todos los lugares adecuados. Parecía estar un poco chiflada, pero me ponía a mirar su cuerpo y no me importaba demasiado.

Hablaba y hablaba y hablaba. Entonces salió la cosa.

Su marido trabajaba en una isla lejana y se sentía sola, ya sabes, y vivía en aquella casita de allá atrás, toda para ella.

—¿Qué casita? —pregunté.

Ella escribió la dirección en un pedazo de papel.

—Yo también estoy solo —dije—, me pasaré esta noche y charlaremos.

Yo estaba liado con una tipa, pero ella a veces desaparecía durante unos días y yo realmente me sentía solo. Solo y deseoso de aquel culo que tenía a mi lado.

—De acuerdo —dijo ella—, te veré esta noche.

Estuvo bien, tenía un buen polvo, pero como todos los buenos polvos, al cabo de la tercera o cuarta noche empecé a perder interés y no volví.

Pero no podía dejar de pensar: « Caramba, todo lo que hacen estos carteros es dejar unas cuantas cartas en el buzón y echar polvos. Éste es un trabajo para mí, oh sí sí sí» .

 

2

Así que hice el examen, lo aprobé, pasé luego las, pruebas físicas y allí estaba, de cartero suplente. Empezó fácil. Me enviaron a la estafeta de West Avon y fue igual que durante las navidades, a excepción de que no ligué nada. Todos los días esperaba acabar acostándome con alguna tipa, pero nada. Pero el curro era fácil y lo único que hacía era recorrer alguna manzana que otra repartiendo cartas. Ni siquiera llevaba uniforme, sólo una gorra. Iba con mi ropa habitual. Del modo como mi novia Betty y yo bebíamos era difícil que sobrase dinero para vestidos.

Entonces me trasladaron a la estafeta de Oakford.

El jefe era un tío con cabeza de buey llamado Jonstone.

Necesitaban auxiliares y comprendí por qué. A Jonstone le gustaba llevar camisas de color rojo oscuro, lo que significaba peligro y sangre. Había 7 auxiliares: Tom Moto, Nick Pelligrini, Herman Stratford, Rosey Anderson, Bobby Hansen, Harold Wiley y y o, Henry Chinaski. Había que entrar a las 5 de la mañana y el único borracho era yo. Siempre bebía hasta pasada la medianoche, y allí nos sentábamos, a las 5 de la mañana, esperando a que pasaran las horas, esperando a que alguno de los carteros regulares llamara diciendo que estaba enfermo. Los regulares normalmente llamaban diciendo que estaban enfermos los días de lluvia, o durante una ola de calor, o después de un día de fiesta cuando el volumen del correo era doble.

 

3

Había 40 o 50 rutas diferentes, quizá más, cada caso era distinto, nunca llegabas a poder aprenderte ninguna de ellas, tenías que ordenar el correo antes de las 8 de la mañana para el reparto, y Jonstone no admitía excusas. Los auxiliares marcábamos las rutas de los paquetes de revistas, nos quedábamos sin comer y moríamos por las calles. Jonstone nos ponía a ordenar en cajas las rutas con media hora de retraso, dando vueltas en su silla, con su camisa roja.

—¡Chinaski, coge la ruta 539!

Empezábamos con media hora de retraso, pero se suponía que aun así había que ordenar y distribuir el correo a su tiempo y estar de vuelta a la hora prevista.

Y una o dos veces por semana, ya bien rotos, apaleados y jodidos, teníamos los repartos nocturnos, cuyo horario era imposible, la furgoneta no podía ir tan deprisa. En la primera ronda tenías que repartir cuatro o cinco cajas y cuando volvías ya estaban de nuevo desbordantes de correo y tú apestabas, bañado en sudor, metiéndolo todo en las sacas. No echaba polvos, pero acababa hecho polvo. Todo gracias a Jonstone.

Eran los mismos auxiliares los que hacían posible a Jonstone, al obedecer sus órdenes imposibles. Yo no podía comprender cómo a un hombre de tan obvia crueldad se le podía permitir ocupar ese puesto. A los regulares no les importaba un carajo, el enlace sindical no servía, así que rellené un informe de treinta páginas en uno de mis días libres, le envié una copia a Jonstone y la otra la entregué en el Edificio Federal. El empleado me dijo que esperara. Esperé y esperé y esperé.

Esperé una hora y media y entonces me llevaron a ver a un hombrecito con el pelo gris con ojos de ceniza de cigarrillo. Ni siquiera me pidió que me sentara. Empezó a gritarme nada más cruzar la puerta.

—¿Eres un listillo hijo de puta, no?

—¡Preferiría que no me insultara, señor!

—Listillo hijo de puta, eres uno de esos hijos de puta con mucho vocabulario que te gusta dar lecciones.

Me agitó mis papeles delante de las narices y gritó:

—¡EL SEÑOR JONSTONE ES UN BUEN HOMBRE!

—No sea absurdo. Obviamente es un sádico —dije yo.

—¿Cuánto tiempo lleva usted en Correos?

—3 semanas.

—¡EL SEÑOR JONSTONE LLEVA EN EL SERVICIO DE CORREOS 30 AÑOS!

—¿Y eso qué tiene que ver?

—¡He dicho que EL SEÑOR, JONSTONE ES UN BUEN HOMBRE!

Creo que el pobre tipo estaba realmente deseando matarme. Él y Jonstone debían haberse acostado juntos.

—Está bien —dije—, Jonstone es un buen hombre. Olvídese de todo el jodido asunto.

Luego salí y me tomé el resto del día libre. Sin paga, por supuesto.

 

4

Cuando Jonstone me vio al día siguiente a las 5 de la mañana, giró sobre su silla y su cara mostraba el mismo color que su camisa. Pero no dijo nada. No me importaba. Había estado hasta las 2 de la madrugada bebiendo y follando con Betty. Me eché hacia atrás y cerré los ojos.

A las 7 de la mañana, Jonstone se volvió de nuevo. A todos los otros auxiliares se les había asignado trabajo o habían sido enviados a otras estafetas que necesitaban ayuda.

—Eso es todo, Chinaski. No hay nada hoy para ti.

Observó mi cara. Mierda, no me importaba. Todo lo que quería era irme a la cama y dormir un poco.

—Vale, Roca —dije. Entre los carteros se le conocía como « La Roca» , pero yo era el único que me dirigía a él de esta forma.

 

5

Salí, mi viejo coche consiguió arrancar y pronto estaba de vuelta en la cama con Betty.

—¡Oh, Hank! ¡Qué bien!

—¡Y tan bien, nena! —Me pegué a su cálido trasero y me quedé dormido en 45 segundos.

Pero a la siguiente mañana ocurrió lo mismo.

—Eso es todo, Chinaski. No hay nada hoy para ti. Siguió así durante una semana. Me sentaba allí todas las mañanas desde las 5 a las 7 de la mañana y me quedaba sin paga. Mi nombre había sido borrado incluso de los repartos nocturnos. Entonces Bobby Hansen, uno de los auxiliares que llevaban más tiempo de servicio, me dijo:

—A mí me hizo eso una vez. Trató de matarme de hambre.

—No me importa, no pienso besarle el culo. Lo dejaré o me moriré de hambre, ya veré.

—No tienes por qué. Preséntate en la estafeta de Prell todas las noches. Le dices al jefe que no te dan trabajo que hacer y que puedes ayudar como auxiliar especial.

—¿Puedo hacer eso? ¿No hay reglas en contra?

—A mí me daban un cheque cada dos semanas.

—Gracias, Bobby.

 

6

No me acuerdo cuándo se empezaba, a las 6 o las 7 de la tarde, o algo así.

Todo lo que hacías era sentarte con un puñado de cartas, coger un plano de calles y planear la ruta. Era fácil. Casi todos los repartidores tardaban más de lo necesario en planear sus rutas y yo me ajustaba a su ritmo. Me iba cuando se iba todo el mundo y volvía cuando todo el mundo volvía.

Luego hacías otro reparto. Había tiempo para sentarse en cafés, leer periódicos, sentirse como un señor. Incluso tenías tiempo para cenar. Cuando quería un día libre, me lo tomaba. En una de estas rutas había una jovencita que todas las noches recibía un envío especial. Era modista de vestidos sexy y camisones, y los usaba. Subías por su escalerilla hacia las 11 de la noche, llamabas al timbre y le entregabas el envío especial. Ella soltaba una exclamación de sorpresa, como ¡OOOOOOOOhhhhhhhHHH!, y se quedaba a tu lado, muy cerca, sin dejarte marchar hasta que lo leía, y luego decía ¡OOOOOooooh, buenas noches, muchas GRACIAS!

—De nada, madame —decías, marchándote con la polla como la de un toro.

Pero no podía durar. Llegó en el correo después de semana y media de libertad.

Querido Sr. Chinaski:

Debe presentarse en la estafeta de Oakford inmediatamente. La negativa a hacerlo supondrá posibles acciones disciplinarias o despido.

  1. E. Jonstone, Superintendente de la estafeta de Oakford.

Otra vez de vuelta a la cruz.

 

7

—¡Chinaski! ¡Coja la ruta 539!

La más dura de la estafeta. Casas de apartamentos con innumerables buzones con los nombres medio borrados, o sin nombres siquiera, bajo la luz de miserables bombillitas en oscuros corredores. Viejas en las puertas, de un lado a otro de las calles, haciendo la misma pregunta como si fueran una sola persona con una sola voz:

—¿Cartero, tiene alguna carta para mí?

Y te daban ganas de gritar:

—¿Señora, cómo coño voy a saber quién es usted o quién soy yo o quién es nadie?

El sudor corriendo, la resaca, la imposibilidad de cubrirlo todo, y Jonstone allí con su camisa roja, sabiéndolo, disfrutando, pretendiendo que lo hacía para reducir gastos. Pero todo el mundo sabía por qué lo hacía. ¡Oh, qué buen hombre era!

La gente. La gente. Y los perros.

Dejadme que os hable de los perros. Era uno de esos días con una temperatura de casi 40 grados y yo estaba haciendo el recorrido, sudando, enfermo, al borde del delirio, resacoso. Me paré en un pequeño edificio de apartamentos con los buzones abajo, a lo largo del corredor. Abrí con mi llave. No se oía una mosca. Entonces sentí algo que me hurgaba en la entrepierna, iba subiendo hacia arriba. Miré y vi un pastor alemán, bien crecido, con su hocico debajo de mi culo. Con un movimiento de mandíbulas me podía arrancar las pelotas. Decidí que aquella gente se iba a quedar sin recibir el correo aquel día, y quizás para siempre. Hostia, lo que quiero decir es que aquel bicho no paraba de hundir el hocico por allí. ¡SNUFF! ¡SNUFF!

¡SNUFF!

Volví a poner el correo en el capazo de cuero y luego muy lentamente, mucho, di medio paso hacia atrás. El hocico me siguió. Entonces di un paso completo lento, muy lento. Luego otro. Luego me quedé quieto. El hocico quedó fuera. Estaba allí delante mío, mirándome. Quizá no había olido nunca nada igual y no sabía bien lo que hacer.

Me alejé sin prisas.

 

8

Hubo otro pastor alemán. Era un verano abrasador y vino SALTANDO desde un patio trasero y entonces se ABALANZÓ volando por el aire. Sus dientes chocaron, fallando por un pelo en seccionarme la yugular.

—¡OH, CRISTO! —chillé—. ¡OH, DIOS MÍO! ¡ASESINO! ¡ASESINO! ¡SOCORRO!

¡ASESINO!

La bestia se revolvió y saltó de nuevo. Le pegué en la cabeza en pleno vuelo con la saca del correo, haciendo volar cartas y revistas. Estaba preparándose para abalanzarse otra vez cuando dos tipos, los dueños, salieron y lo agarraron.

Entonces, mientras me miraba y gruñía, me agaché y recogí las cartas y revistas que tenía que repartir en la siguiente casa.

—Malditos hijos de puta, están locos —les dije a los dos tipos—, ese perro es un criminal. ¡Desháganse de él o apártenlo de la calle!

Me hubiera pegado con ellos, pero el perro seguía gruñendo y debatiéndose entre los dos. Me fui al porche siguiente y volví a ordenar el correo sobre las rodillas.

Como de costumbre, no tuve tiempo de comer, y aun así regresé con cuarenta minutos de retraso.

La Roca miró su reloj:

—Llega 40 minutos tarde.

—Tú no llegarás nunca —le dije.

—Eso le va a valer un expediente.

—Cómo no, Roca.

Ya tenía el impreso en la máquina de escribir y lo estaba rellenando. Mientras yo estaba sentado ordenando el correo y sellando los recibos, se levantó y me tiró el papel delante de las narices. Estaba harto de leer sus expedientes de amonestación, y sabía por mi viaje a la central que cualquier protesta era inútil. Sin mirarlo, lo arrojé a la papelera.

 

9

Cada ruta tenía sus trampas y sólo los carteros regulares las conocían. Cada día era una maldita cosa nueva, y tenías que estar siempre listo para alguna violación, asesinato, perros, o alguna locura de cualquier clase. Los regulares no te contaban nunca sus pequeños secretos. Ésa era la única ventaja que tenían, aparte de conocerse su ruta a ciegas, con la consiguiente facilidad para ordenar sus cajas de correo. Era la muerte para un empleado nuevo, especialmente para uno que se pasaba la noche bebiendo, se iba a la cama a las 2 de la mañana, y se levantaba a las 4:30 después de follar y cantar prácticamente durante toda la noche, bueno, lo que se podía.

Un día estaba en la calle y el reparto estaba yendo bien, aunque la ruta era nueva para mí, así que pensé, Cristo, quizá por primera vez en dos años pueda tomarme el almuerzo.

Tenía una resaca terrible, pero todo siguió yendo bien hasta que llegó un puñado de correspondencia dirigida a una iglesia. En la dirección no venía el número de la calle, sólo el nombre de la iglesia y el bulevar al que daba. Subí, resacoso, los escalones. No pude encontrar ningún barzón ni a nadie. Sólo algunas velas encendidas. Pequeños cuencos para mojar los dedos y el púlpito vacío contemplándome, y todas las estatuas, de color rojo pálido, y azul y amarillo. Las claraboyas cerradas, la mañana apestosa y tórrida.

Oh, Cristo, pensé.

Y salí fuera.

Di la vuelta a la iglesia hasta un lateral y encontré unas escaleras que bajaban. La puerta estaba abierta y bajé. ¿Qué fue lo que descubrí? Una fila de retretes. Y duchas. Pero estaba oscuro. Todas las luces estaban apagadas. ¿Cómo demonios esperaban que un hombre pudiese encontrar un buzón en la oscuridad? Entonces descubrí el interruptor de la luz. Lo presioné y las luces de la iglesia se encendieron, dentro y fuera. Entré en la siguiente habitación y encontré ropas de cura extendidas en una mesa. Había una botella. De vino.

Cogí la botella y eché un buen trago, dejé las cartas sobre los ropajes y volví hacia los retretes. Apagué las luces y eché una cagada en la oscuridad mientras fumaba un cigarrillo. Pensé en darme una ducha, pero podía ver los titulares: CARTERO SORPRENDIDO BEBIENDO LA SANGRE DE CRISTO Y DUCHÁNDOSE, EN UNA IGLESIA CATÓLICA ROMANA.

Así que, finalmente, no tuve tiempo de almorzar y, cuando volví, Jonstone redactó una amonestación por haber llegado 23 minutos tarde.

Descubrí tiempo después que el correo de la iglesia se dejaba en la casa parroquial que había en la esquina. Pero al menos ya conozco un sitio donde cagar y ducharme cuando vengan malos tiempos.

 

10

Comenzaron las lluvias. La mayoría del dinero se iba en beber, así que mis zapatos tenían agujeros en las suelas y mi gabardina estaba rota y gastada. Con cualquier chubasco que durase un poco me quedaba empapado, calado hasta los huesos con los calzoncillos y calcetines mojados. Los carteros regulares llamaban diciendo que estaban enfermos, se enfermaban a montones en todas las estafetas de la ciudad, así que los auxiliares nos teníamos que matar a trabajar, sobre todo en Oakford.

Incluso algunos auxiliares también se ponían enfermos. Yo no llamaba diciendo que estaba enfermo porque estaba demasiado cansado para pensar de forma cabal.

Una mañana me enviaron a la estafeta de Wently. Era durante una de esas tormentas de 5 días en las que cae el agua como una cortina continua y toda la ciudad claudica, todo se interrumpe, y las alcantarillas no pueden tragarse el agua lo bastante rápido y el agua inunda las aceras y en algunos casos los jardines y las casas.

Me enviaron a la estafeta de Wently.

—Han dicho que necesitan a alguien bueno —me dijo La Roca, nada más entrar yo hecho una sopa.

Cerré la puerta. Si el viejo coche arrancaba, y lo hizo, llegar a Wently sería una odisea. Pero no importaba, si el coche no podía llegar, te metían en un autobús. Mis pies ya estaban calados.

El jefe de Wently me puso delante de aquella caja. Ya estaba repleta y empezó a llenarse más con la ayuda de otro auxiliar. ¡Nunca había visto una caja así! Parecía una jodida broma de mal gusto. Conté doce paquetes de cartas en la caja. Debía cubrir media ciudad. Sólo me faltaba descubrir que la ruta era colinas abajo. Quien lo hubiera concebido estaba loco.

Empezamos a ordenarlas y cuando estaba a punto de rendirme y dejarlo, el jefe se acercó y dijo:

—No puedo conseguir más ayuda para hacer esto.

—No importa —dije yo.

No importa, y una leche. No fue hasta más tarde cuando descubrí que el tipo era el mejor amigo de Jonstone.

La ruta comenzaba en la estafeta. El primero de doce viajes. Atravesé una cortina de agua y bajé por la colina. Era la parte pobre de la ciudad, pequeñas casas y patios con buzones llenos de arañas, buzones colgando de un clavo, viejas al otro lado de las ventanas liando cigarrillos, mascando tabaco y canturreándoles a sus canarios y contemplándote, un idiota perdido en la lluvia.

Al empaparse los calzoncillos resbalaban hacia abajo, se iban abajo y más abajo deslizándose por las nalgas, se quedaban colgando de la entrepierna del pantalón.

La lluvia hacía que se corriese la tinta de algunas de las cartas, los cigarrillos no conseguían seguir encendidos. Tenías que buscar continuamente revistas en la saca. Era el primer viaje y ya estaba agotado. Mis zapatos estaban empastrados de barro y pesaban como botas. Cada dos por tres pisaba algo resbaladizo y estaba a punto de caerme.

Se abrió una puerta y una vieja hizo la pregunta que había que escuchar cien veces al día:

—¿Qué le ha pasado al cartero de siempre?

—Señora, POR FAVOR, ¿cómo lo voy a saber? ¿Cómo coño voy a saberlo? ¡Yo estoy aquí y él está en algún otro sitio!

—¡Oh, es usted un grosero!

—¿Un grosero?

—Sí.

Me reí y puse una carta hinchada y empapada de agua en su mano, luego seguí.

Quizás en lo alto de la colina sea mejor, pensé.

Otra vieja cotorra, tratando de ser amable, me preguntó:

—¿Le gustaría entrar y tomarse una taza de té mientras se seca?

—Señora, ¿no se da cuenta de que no tenemos tiempo ni para subirnos los calzoncillos?

—¿Subirse los calzoncillos?

—¡SÍ, SUBIRNOS LOS CALZONCILLOS! —grité, y volví a sumergirme en la cortina de agua.

Acabé la primera ronda. Me había costado alrededor de una hora. Once viajes más, eso son once horas más. Imposible, pensé. Este primero ha debido ser el más complicado.

Colina arriba era peor porque tenías que arrastrar tu propio peso.

Llegó el mediodía y se fue. Sin almuerzo. Estaba en el 4.ª o 5.ª viaje. Incluso en un día seco la ruta hubiera sido imposible. De esta forma era tan imposible que ni siquiera podías pensar en ello.

Finalmente estaba tan mojado que pensé que me estaba ahogando. Encontré un porche y me refugié un rato a encender un cigarrillo. Había dado unas tres caladas tranquilas cuando oí una vocecilla de anciana detrás mío:

—¡Cartero! ¡Cartero!

—¿Sí, señora? —dije yo.

—¡SE LE ESTA MOJANDO EL CORREO!

Miré mi saca y vi que la había dejado abierta. Parte del correo había caído en un agujero en el suelo del porche.

Me fui. Ya está, pensé, sólo un idiota puede hacer lo que estoy haciendo. Voy a buscar un teléfono para decirles que vengan a coger su correo y metérselo por el culo. Jonstone gana.

En el momento que decidí abandonar me sentí mucho mejor. A través de la lluvia vi un edificio al final de la colina que tenía aspecto de poder tener teléfono. Estaba a mitad de la cuesta. Cuando bajé vi que era un pequeño café. Había una estufa funcionando. Bueno, mierda, pensé, podré también secarme. Me quité la gabardina y la gorra, dejé caer la saca del correo en el suelo y pedí una taza de café.

Era un café muy negro. Sacado de viejos posos. El peor café que había probado nunca, pero estaba caliente. Me bebí tres tazas y me quedé allí sentado durante una hora, hasta que estuve completamente seco. Entonces miré afuera: ¡Había parado de llover! Salí, subí la colina y comencé a repartir de nuevo el correo. Me tomé mi tiempo y acabé la ruta. En el duodécimo viaje iba andando bajo una luz crepuscular. Para cuando volví a la estafeta era ya de noche.

La entrada de carteros estaba cerrada.

Di golpes en la puerta metálica.

Un empleaducho bajito apareció y abrió la puerta.

—¿Cómo cojones ha tardado tanto? —me gritó.

Fui hasta la caja y tiré la húmeda saca llena de recibos, correo equivocado y correo recogido. Luego saqué mi llave y la arrojé contra la caja. Se suponía que tenías que firmar y guardar a buen recaudo la llave. No me importaba. Él estaba quieto a mi lado.

Le miré.

—Tío, si me dices una sola palabra más, si tan sólo estornudas, que Dios me perdone, ¡porque te mato!

El tipo no dijo nada. Me largué.

A la mañana siguiente estuve esperando que Jonstone se volviera y dijera algo. Hizo como si no hubiera pasado nada. Acabó la lluvia y todos los regulares dejaron de estar enfermos. La Roca mandó a casa sin paga a tres auxiliares, entre ellos yo.

Casi me dieron ganas de darle un beso.

Volví a la cama y me pegué al cálido culo de Betty.

 

11

Pero entonces empezó a llover de nuevo. La Roca me destinó a una cosa llamada Colecta Dominical, y si estáis pensando en que tenía algo que ver con la Iglesia, olvidadlo. Cogías en el garaje Oeste una furgoneta y una carpeta. En la carpeta te ponían las calles, a la hora en que debías estar allí y cómo llegar al siguiente buzón de colecta. Como: Beecher a las 2:32 p. m. y Avalon, I3 D2 (lo que quería decir tres manzanas a la izquierda y dos a la derecha) a las 2:35 p. m. y tú te preguntabas cómo podías recoger el correo de un buzón, luego atravesar cinco manzanas en 3 minutos y volver a vaciar otro buzón. A veces te llevaba más de 3 minutos solamente dejar vacío un buzón. Y en las carpetas había errores. A veces confundían un callejón con una calle y otras veces una calle con un callejón. Nunca sabías dónde estabas.

Era una de esas lluvias continuas, no fuerte, pero que nunca paraba. La zona por la que estaba conduciendo era nueva para mí, pero al menos había bastante luz para leer la carpeta. Pero a medida que iba oscureciendo se iba haciendo más difícil leer (con la bombillita del interior de la furgoneta) o localizar los buzones. También estaba creciendo el agua en las calles, y varias veces, al bajarme, me había llegado por encima del tobillo.

Entonces se fundió la bombillita de la cabina. No podía leer la carpeta. No tenía la menor idea de dónde estaba. Sin la carpeta era como un hombre perdido en el desierto. Pero la cosa aún no era tan trágica, todavía no. Tenía dos cajas de cerillas y antes de ir a cada nuevo buzón, encendía una cerilla, memorizaba las direcciones y conducía hasta allí. Por una vez, había vencido a la adversidad, con Jonstone allí arriba en el cielo, mirando hacia abajo, contemplándome.

Entonces doblé una esquina, salté para vaciar un buzón y cuando volví, vi que la carpeta. ¡HABÍA DESAPARECIDO!

Jonstone que estás en los cielos, ¡ten piedad! Estaba perdido en la oscuridad y la lluvia. ¿Era yo realmente el idiota? ¿Tenía la culpa de las cosas que me ocurrían?

Era posible. Quizás yo fuese un subnormal que bastante suerte tenía con estar vivo.

La carpeta estaba pegada al salpicadero. Supuse que debía haber salido volando de la furgoneta en el último giro brusco que hice. Salí de la furgoneta con los pantalones enrollados hasta las rodillas y empecé a vadear por un río de agua de dos palmos de profundidad. Estaba oscuro. ¡Nunca encontraría la maldita cosa!

Seguí caminando, encendiendo cerillas, pero nada, nada. Se había ido flotando a la deriva. Al doblar la esquina tuve el sentido suficiente para mirar hacia dónde se movía la corriente y seguirla. Vi un objeto flotando, encendí una cerilla ¡Y ALLÍ ESTABA! La carpeta. ¡Imposible! Me dieron ganas de besarla. Regresé vadeando hasta el camión, subí, me bajé las perneras de mis pantalones y ajusté bien la carpeta al salpicadero. Por supuesto iba retrasado, pero al menos había recuperado su sucia carpeta. No estaba perdido en los suburbios de ninguna parte. No tendría que llamar a un timbre y preguntarle a alguien el camino de vuelta al garaje de la Oficina de Correos.

Ya veía a algún gilipollas sonriendo sardónicamente desde su puerta calentita.

—Bueno, bueno. ¿Usted es un empleado de correos, no? ¿No sabe cómo volver a su propio garaje?

Así que seguí conduciendo, encendiendo cerillas, saltando sobre remolinos de agua y vaciando buzones. Estaba cansado, mojado y resacoso, pero normalmente solía estar así y podía vadear la fatiga tal como vadeaba las corrientes de agua. Pensaba continuamente en un baño caliente, en las bonitas piernas de Betty y, algo que me hacía seguir, en la imagen de mí mismo en un sillón, con una copa en la mano, y el perro levantándose para acercarse a mí, mientras yo le daba palmaditas en la cabeza.

Pero quedaba mucho. Las escalas en la carpeta parecían interminables, y cuando por fin se acabaron y dije « Ya está» , arrancando el papel de la carpeta, vi que detrás había otra lista de paradas.

Con la última cerilla llegué a la última parada, deposité el correo en la estafeta indicada, y era un buen cargamento, y después regresé al garaje Oeste. Estaba en el extremo Oeste de la ciudad y por aquella zona la tierra era muy blanda, el sistema de drenaje no podía con el agua y cada vez que llovía durante un rato tenían lo que se llama una « inundación» . Exacto.

Yendo hacia allí, el agua iba alcanzando más y más altura. Vi coches medio sumergidos y abandonados por todas partes. Muy bestia. Todo lo que quería era sentarme en ese sillón con el vaso de whisky en mi mano y contemplar el culo de Betty meneándose por la habitación. Entonces me encontré en un semáforo con Tom Moto, uno de los otros auxiliares de Jonstone.

—¿Por qué camino vas? —me preguntó Moto.

—La distancia más corta entre dos puntos, según me enseñaron, es una línea recta —le contesté.

—Mejor que no lo hagas —me dijo—. Conozco esa zona. Parece un océano.

—Tonterías —dije—, todo lo que hace falta es un poco de cojones. ¿Tienes una cerilla?

Encendí un cigarrillo y lo dejé en el semáforo.

¡Betty, nenita, ahí voy !

Sí.

El agua se hizo más y más profunda, pero las furgonetas de correos tenían buena altura de ruedas. Tomé el atajo a través de la zona residencial, a toda velocidad, haciendo volar el agua a mi alrededor. Seguía lloviendo, muy fuerte. No había ningún coche a la vista. Yo era el único objeto móvil.

Un tipo que estaba de pie en su porche me gritó riéndose:

—¡EL CORREO HA DE LLEGAR SIEMPRE!

Le insulté y le enseñé el dedo tieso.

Me di cuenta de que el agua estaba creciendo por encima del suelo de la furgoneta, haciendo remolinos alrededor de mis zapatos, pero seguí conduciendo. ¡Sólo faltaban 3 manzanas!

Entonces la furgoneta se paró.

Oh, oh. Mierda.

Intenté volverla a poner en marcha. Arrancó una vez, pero luego se caló. Después ya no respondió de ningún modo. Me quedé allí sentado mirando el agua, debía tener más de 80 centímetros de profundidad. ¿Qué debía hacer? ¿Seguir allí sentado hasta que enviaran una escuadrilla de rescate?

¿Qué decía el Manual de Correos? ¿Dónde estaba? No había conocido a nadie que hubiera visto jamás ninguno.

Cojones.

Cerré la furgoneta, me metí las llaves en el bolsillo y me metí en el agua, que me llegaba casi por la cintura, empezando a vadear hacia el garaje Oeste. Estaba todavía lloviendo. De repente el agua subió aún más. Me di cuenta de que estaba andando por un jardín al tropezar con una cerca. La furgoneta estaba aparcada en mitad del césped frontal de una casa.

Por un momento pensé que nadar sería más rápido; luego pensé, no, parecería ridículo. Conseguí llegar hasta el garaje, y me fui al despacho del encargado. Allí estaba yo, todo lo mojado que podía estar, y él me miró.

Le lancé las llaves de la furgoneta y las de contacto. Luego escribí en un pedazo de papel: 3435 de Mountview Place.

—Su furgoneta está en esta dirección. Vayan a recogerla.

—¿Quiere decir que la dejó allí fuera?

—Quiero decir que la dejé allí fuera.

Me fui y luego me quedé en calzoncillos y me puse delante de una estufa. Coloqué mi ropa junto a la estufa. Entonces miré al otro lado de la sala, y allí, junto a otra estufa, estaba Tom Moto en calzoncillos.

Los dos nos reímos.

—Es un infierno ¿no? —dijo él.

—Increíble.

—¿Crees que lo planeó La Roca?

—¡Demonios, sí! ¡Hasta se encargó de poner la lluvia!

—¿Te has quedado atascado ahí fuera?

—Ya lo creo —dije.

—Yo también.

—Escucha, chico —le dije—, mi coche tiene 12 años. Tú tienes uno nuevo. Estoy seguro de que el mío estará calado. ¿Te importaría empujarme para que arranque?

—De acuerdo.

Nos vestimos y salimos. Moto se había comprado un coche nuevo tres semanas antes. Esperé a que su motor arrancara. Ni un sonido. Oh, Cristo, pensé.

El agua llegaba al guardabarros.

Moto salió.

—No hay manera. Está muerto.

Probé con el mío sin la menor esperanza. Hubo un poco de acción por parte de la batería, un pequeño chispazo, un gruñido ronco. Pisé el acelerador y probé de nuevo. Arrancó. Lo dejé rugir. ¡VICTORIA! Dejé que se calentara. Luego me puse a empujar el coche de Moto. Lo empujé durante kilómetro y medio. El cacharro ni siquiera echó un pedo. Lo empujé hasta un garaje, lo dejé allí y, cogiendo las calles más altas y secas, regresé al culo de Betty.

 

12

El cartero favorito de La Roca era Matthew Battles. Battles jamás se presentaba con una sola arruga en la camisa. De hecho, todo lo que llevaba era nuevo, parecía nuevo. Los zapatos, las camisas, los pantalones, la gorra. Sus zapatos relucían realmente y nada de su ropa parecía que hubiera pisado todavía una lavandería.

Una vez que una camisa o un par de pantalones se arrugaban o manchaban un poco, los debía tirar.

La Roca nos decía a menudo mientras pasaba Matthew:

—¡Bueno, esto es un cartero!

Y lo decía en serio. Sus ojos casi se estremecían de amor.

Y Matthew trabajaba en su caja, erecto y limpio, lozano y bien dormido, con sus zapatos brillando victoriosamente, clasificando las cartas en la caja con alegría.

—¡Tú eres un cartero de verdad, Matthew!

—¡Gracias, señor Jonstone!

Una vez a las 5 de la mañana entré y me senté a esperar detrás de La Roca.

Parecía un poco hundido dentro de la camisa roja.

Moto estaba a mi lado. Me dijo:

—Cogieron a Matthew ayer.

—¿Que le cogieron?

—Sí, robando en el correo. Ha estado abriendo cartas para el Templo de Nekalay la y sacando dinero. Después de 15 años en el trabajo.

—¿Cómo le han cogido? ¿Cómo lo descubrieron?

—Las viejas. Las viejas mandaban cartas a Nekalay la con dinero y no recibían ninguna respuesta de agradecimiento. Nekalay la se lo comunicó a la Oficina de Correos y la Oficina puso sus ojos en Matthew. Le sorprendieron abriendo cartas abajo en el retrete, sacando el dinero.

—¿Con las manos en la masa?

—En pelotas. Le pillaron a plena luz del día.

Me eché hacia atrás.

Nekalaya había construido este gran templo y lo había pintado de un color verde espantoso, supongo que le recordaría al dinero, y tenía una oficina con un personal de 30 o 40 personas que no hacían nada más que abrir sobres, sacar cheques y dinero, anotar la cantidad, el remitente, la fecha y cosas así. Otros se ocupaban de enviar libros y panfletos escritos por Nekalayla, y su foto estaba en la pared, una gran foto con ropajes religiosos y larga barba. También había un cuadro muy grande suyo en lo alto de la oficina, observando.

Nekalayla aseguraba que una vez, mientras caminaba a través del desierto, se había encontrado con Jesucristo y que Jesucristo se lo había contado todo. Se habían sentado los dos en una roca y J. C. le había iluminado. Ahora él pasaba los secretos a todo aquél que pudiese pagarlos. También daba una misa todos los domingos. Sus ayudantes, que también eran sus discípulos, tenían que fichar en relojes de control.

¡Sólo había que imaginarse a Matthew Battles intentando burlarse de Nekalayla, el hombre que había estado con Cristo en el desierto!

—¿Se lo ha dicho alguien a La Roca? —pregunté.

—¿Estás bromeando?

Seguimos allí sentados alrededor de una hora. La caja de Matthew fue asignada a un auxiliar. Al resto se les asignaron otros trabajos. Me quedé solo, sentado detrás de La Roca. Entonces me levanté y me acerqué a su escritorio.

—¿Sr. Jonstone?

—¿Sí, Chinaski?

—¿Qué le ha pasado hoy a Matthew? ¿Está enfermo? La cabeza de La Roca cayó hacia abajo. Miró el papel que tenía en su mano y pretendió que lo seguía leyendo.

Volví a sentarme en mi sitio.

A las 7 de la mañana La Roca se dio la vuelta.

—No hay nada hoy para ti, Chinaski.

Me levanté y fui hacia la puerta. Me paré en el umbral.

—Buenos días, señor Jonstone, que tenga un día feliz. No contestó. Bajé hasta una tienda de licores y compré media pinta de whisky Grandad para el desayuno.

 

13

Las voces de la gente eran iguales, no importaba dónde llevaras el correo, siempre oías las mismas cosas una y otra vez.

—¿Llega tarde, no?

—¿Qué le ha pasado al cartero de siempre?

—¡Hola, Tío Sam!

—¡Cartero! ¡Cartero! ¡Esto no es para aquí!

Las calles estaban llenas de gente pánfila y demente.

La mayoría vivía en bonitas casas y no parecía que trabajasen, y tú te preguntabas cómo lo habían logrado. Había un tipo que no te dejaba poner el correo en su buzón. Salía a la calle y te veía llegar desde dos o tres manzanas más allá. Se quedaba allí quieto y extendía la mano.

Les pregunté a algunos carteros que hacían habitualmente esa ruta:

—¿Qué le pasa a ese tío que se queda quieto en la calle y extiende la mano?

—¿Qué tío que se queda quieto y extiende la mano? —contestaron ellos.

Todos tenían también la misma voz.

Un día que hice aquella ruta, el tío-que-extendía-la-mano estaba media manzana más arriba. Estaba hablando con un vecino, entonces desvió la vista hacia mí, que estaba a más de una manzana de distancia, y supo que tenía tiempo para volver y esperarme en su sitio. Cuando me dio la espalda, empecé a correr. No creo que nunca hubiera repartido el correo tan rápido, a toda mecha, sin parar ni hacer pausa, iba a joderle. Tenía la carta medio metida por la hendidura de su buzón cuando se dio la vuelta y me vio.

—¡OH NO NO NO! —gritó—. ¡NO LA META EN EL BUZÓN!

Corrió como un loco calle abajo hacia mí. No podía ni verle los pies. Debió recorrer cien metros en 9 segundos.

Puse la carta en su mano. Le vi abrirla, caminar hacia el porche, abrir la puerta y entrar en su casa. Alguien tenía que explicarme aquello.

 

14

Me cambiaron la ruta otra vez. La Roca siempre me ponía en rutas duras, pero de vez en cuando, debido a inevitables circunstancias, se veía forzado a asignarme alguna menos criminal. La ruta 511 era bastante sencilla, y allí estaba yo pensando de nuevo en almorzar, el almuerzo que nunca podía zamparme.

Era un barrio residencial de verdad. Sin casas de apartamentos. Sólo casa tras casa con céspedes bien cuidados. Pero era una ruta nueva y yo me preguntaba continuamente, mientras caminaba, dónde estaría la trampa. Hasta el tiempo era agradable.

¡Dios mío, pensaba, voy a conseguirlo! ¡Un buen almuerzo y volver a mi hora! La vida, al fin, era soportable.

Aquella gente ni siquiera tenía perros. Nadie se asomaba a esperar el correo. No había oído una voz humana desde hacía horas. Quizás hubiera alcanzado mi madurez postal, fuese esto lo que fuese. Seguía mi camino, eficientemente, casi con dedicación.

Recordaba a uno de los carteros más viejos señalándose el corazón y diciéndome:

—Chinaski, algún día te atrapará ¡y te atrapará de aquí!

—¿Un infarto?

—Dedicación al servicio. Ya verás. Te enorgullecerás de ello.

—¡Cojones!

Pero el hombre lo decía sinceramente.

Pensé en él mientras seguía mi paseo.

Entonces apareció una carta certificada con acuse de recibo.

Subí y llamé al timbre. Una mirilla se abrió en la puerta. No podía ver la cara.

—¡Carta certificada!

—¡Apártese! —dijo una voz de mujer—. ¡Apártese para que pueda ver su cara!

Bueno, ya está, pensé, otra chiflada.

—Mire, señora, usted no tiene que ver mi cara. Sólo dejaré esta notificación en el buzón y usted podrá recoger su carta en Correos.

Traiga su documentación.

Dejé la notificación en el buzón y empecé a salir del porche.

La puerta se abrió y ella salió corriendo. Llevaba uno de esos camisones transparentes y no llevaba sostén. Sólo unas bragas azul oscuro. Tenía el pelo despeinado y erizado hacia afuera como si quisiera escapar de ella. Parecía que tenía puesta alguna especie de crema en la cara, especialmente debajo de los ojos.

La piel de su cuerpo era blanca como si nunca hubiese visto la luz del sol y su rostro tenía un aspecto insano. Su boca colgaba abierta. Llevaba un toque de lápiz de labios y tenía unas buenas tetas.

Capté todo esto mientras se abalanzaba sobre mí. Yo estaba metiendo la carta certificada de nuevo en la saca.

Ella gritó:

—¡DEME MI CARTA!

—Señora, tendrá que… —dije yo.

—Agarró la carta y se fue corriendo hacia la puerta, la abrió y entró.

¡Maldición! ¡No podías volver sin la carta certificada o el recibo firmado! Los cabrones siempre pedían firmas para todo.

—¡EH!

Fui tras ella y metí el pie en el quicio de la puerta justo a tiempo.

—¡EH, MALDITA SEA!

—¡Váyase! ¡Váyase! ¡Es usted un obseso sexual!

—¡Mire, señora! ¡Trate de comprender! ¡Tiene que firmarme el recibo de esa carta! ¡No se la puedo dar así! ¡Está usted robando el correo de los Estados Unidos!

—¡Váyase, maníaco!

Apoyé todo mi peso contra la puerta y entré de un empujón. Estaba oscuro.

Todas las persianas estaban bajadas.

—¡NO TIENE DERECHO A ENTRAR EN MI CASA! ¡SALGA!

—¡Y usted no tiene derecho a robar el correo! ¡O me devuelve la carta o me firma el recibo, entonces me iré!

—¡Está bien! ¡Está bien! Firmaré.

Le señalé dónde tenía que firmar y le di un bolígrafo. Miré sus tetas y el resto del cuerpo y pensé, qué pena que esté chiflada, qué pena, qué pena.

Me devolvió el bolígrafo y el papel firmado con un simple garabato. Abrió la carta y empezó a leerla mientras yo me disponía a irme.

Entonces se cruzó delante mío en la puerta, con los brazos extendidos. La carta estaba en el suelo.

—¡Obseso, obseso, obseso! ¡Ha venido aquí para violarme!

—Mire, señora, déjeme…

—¡SE LE VE LA MALDAD ESCRITA EN LA CARA!

—¿Cree que no lo sé? ¡Ahora déjeme salir!

Con una mano intenté apartarla a un lado. Me clavó las uñas en una de las mejillas, bien. Solté la saca, se me cayó la gorra y mientras me ponía un pañuelo para limpiarme la sangre, ella me lanzó otro zarpazo y me rasgó la otra mejilla.

—¡TÚ, ZORRA! ¡QUÉ COÑO PASA CONTIGO!

—¿Lo ve? ¿Lo ve? ¡ES USTED UN MANÍACO!

Estaba pegada a mí. La agarré por el culo y pegué mi boca a la suya. Notaba sus tetas pegadas contra mi cuerpo. Ella apartó su cabeza hacia atrás.

—¡Violador! ¡Violador! ¡Maníaco violador!

Bajé con mi boca y agarré una de sus tetas, luego pasé a la otra.

—¡Violación! ¡Violación! ¡Me están violando!

Tenía razón. Le bajé las bragas, me desabroché la cremallera y se la metí, luego la llevé en volandas hasta el sofá. Caímos sobre él.

Levantó sus piernas bien alto.

—¡VIOLACIÓN! —gritaba.

Acabé, me abroché la cremallera, recogí el correo, y salí, dejándola mirando lánguidamente el techo…

No pude almorzar, y aun así llegué tarde.

—Lleva 15 minutos de retraso —dijo La Roca.

Yo no dije nada.

La Roca me miró.

—Dios todopoderoso. ¿Qué le ha pasado a su cara? —preguntó.

—¿Qué le ha pasado a la suya? —respondí.

—¿A qué se refiere?

—Olvídelo.

 

15

Estaba de nuevo con resaca y estábamos pasando otra ola de calor, una semana a 40 grados todos los días. Seguía bebiendo cada noche, y por las mañanas temprano estaba La Roca y la imposibilidad de todo.

Algunos de los chicos llevaban salacots africanos con una tela para hacer sombra, pero yo iba siempre igual, lloviera o hiciera sol, con vestidos harapientos y unos zapatos tan viejos que los clavos me pinchaban continuamente los pies.

Ponía pedazos de cartón, pero sólo ayudaban temporalmente, al poco tiempo los clavos se me comían de nuevo las plantas de los pies.

El whisky y la cerveza corrían fuera de mí, hechos una fuente en mis axilas, y yo continuaba con esta carga a mis espaldas, como una cruz, sacando revistas, repartiendo miles de cartas, tambaleándome, soldado a los rayos del sol.

Una mujer me gritó:

—¡CARTERO! ¡CARTERO! ¡ESTO NO ES PARA AQUÍ!

Me di la vuelta. Ella estaba una manzana más abajo y yo ya iba retrasado.

—Mire, señora, deje la carta en el buzón. ¡La cogeré mañana!

—¡NO! ¡NO! ¡QUIERO QUE LA COJA AHORA!

La agitaba aparatosamente en el aire.

—¡Señora!

—¡VENGA A POR ELLA! ¡NO ES DE AQUÍ!

Oh, Cristo.

Dejé caer la saca. Me quité después la gorra y la arrojé contra la hierba. Se fue rodando hasta la calzada. La dejé y regresé andando hasta donde estaba la señora.

Media manzana.

Llegué y le arranqué la carta de la mano, me di la vuelta y regresé.

¡Era un folleto de publicidad! Correo de 4.ª categoría. Algo acerca de unas rebajas de ropa.

Recogí mi gorra y me la puse. Volvía a colocar la saca sobre el lado izquierdo de mi columna y me puse a caminar. Cuarenta grados.

Pasé por delante de una casa y una mujer salió corriendo detrás mío.

—¡Cartero! ¡Cartero! ¿No tiene ninguna carta para mí?

—¿Qué le hace suponerlo?

—Porque mi hermana me ha llamado por teléfono y me ha dicho que iba a escribirme.

—Señora, no tengo ninguna carta para usted.

—¡Sé que la tiene! ¡Sé que la tiene! ¡Sé que está ahí dentro!

Empezó a agarrar un puñado de cartas.

—¡NO TOQUE EL CORREO DE LOS ESTADOS UNIDOS, SEÑORA! ¡HOY NO HAY NADA PARA USTED!

Me di la vuelta y me alejé.

—¡SÉ QUE TIENE MI CARTA!

Otra mujer estaba de pie en su porche.

—¿Llega tarde, no?

—Sí, señora.

—¿Qué le ha pasado al cartero de siempre?

—Se está muriendo de cáncer.

—¿Muriendo de cáncer? ¿Harold se está muriendo de cáncer?

—En efecto —dije.

Le entregué la correspondencia.

—¡FACTURAS! ¡FACTURAS! ¡FACTURAS! —gritó ella—. ¿ESO ES TODO LO QUE PUEDE TRAERME? ¿ESTAS FACTURAS?

—Sí, señora, eso es todo lo que puedo traerle.

Me di la vuelta y seguí andando.

No era culpa mía que usasen el teléfono y el gas y la luz y comprasen todas sus cosas con tarjeta de crédito. Encima, cuando les llevaba las facturas me gritaban a mí, como si yo les hubiera pedido que instalasen un teléfono, o tuviesen un televisor de 350 dólares sin tener dinero para pagarlo.

La siguiente parada fue un edificio de dos pisos, bastante nuevo, con diez o doce apartamentos. Los buzones estaban en fila bajo el porche. Al fin un poco de sombra. Metí la llave en el buzón y lo abrí.

—¡HOLA, TÍO SAM! ¿QUÉ TAL ESTAMOS HOY?

Aullaba. No me esperaba aquella voz detrás mío, me cogió desprevenido. El tío me había chillado, y yo estaba resacoso, me encontraba nervioso. Pegué un salto del susto. Era demasiado. Saqué la llave de la cerradura y me di la vuelta.

Todo lo que pude ver fue una puerta con una cortina. Alguien estaba allí detrás. Invisible y climatizado.

—¡Maldito cabrón! —dije—. ¡No me llames Tío Sam! ¡No soy Tío Sam!

—¿Oh, eres uno de esos tíos chulitos, eh? ¡Por dos perras saldría y te zurraría la badana! —dijo la voz.

Cogí mi saca y la arrojé al suelo. Cartas y revistas salieron volando por todas partes. Tendría que reordenar todo el cargamento. Me quité la gorra y la estampé contra el cemento.

—¡SAL DE AHÍ, HIJO DE PUTA! ¡OH, DIOS TODOPODEROSO! ¡SAL DE AHÍ! ¡SAL, SAL DE AHÍ!

Estaba dispuesto a matarle.

Nadie salió. No se oyó un solo sonido. Miré la puerta con la cortina. Nada. Era como si el apartamento estuviera vacío. Por un momento pensé en entrar.Luego me di la vuelta, me agaché y comencé a reordenar el correo. Era una tarea dura sin una caja de clasificación. Veinte minutos más tarde tenía todo ordenado. Metí algunas cartas en el buzón, dejé las revistas en el suelo del porche, cerré el buzón, me volví y miré de nuevo la puerta con la cortina. Seguía sin oírse nada.

Acabé la ruta, caminando, pensando, bueno, telefoneará y le dirá a Jonstone que le he insultado. Cuando llegue será mejor que esté preparado para lo peor.

Abrí la puerta y allí estaba La Roca en su escritorio, leyendo algo.

Me quedé allí de pie, mirándole, esperando.

La Roca me miró, luego volvió a bajar la vista hacia lo que estaba leyendo.

Yo seguí allí plantado, aguardando.

La Roca siguió leyendo.

—Bueno —dije finalmente—, ¿qué pasa?

—¿Cómo que qué pasa? —La Roca levantó la mirada.

—¡SOBRE LA LLAMADA TELEFÓNICA! ¡HÁBLEME DE LA LLAMADA TELEFÓNICA! ¡NO SE QUEDE AHÍ SENTADO COMO SI NADA!

—¿Qué llamada telefónica?

—¿No ha recibido una llamada telefónica acerca de mí?

—¿Una llamada telefónica? ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha estado haciendo ahí fuera? ¿Qué ha hecho?

—Nada.

Me alejé y dejé la saca.

El tipo no había llamado. No había tenido valor. Probablemente pensó que yo volvería a por él si telefoneaba.

Pasé junto a La Roca al volver hacia la caja.

—¿Qué ha hecho ahí fuera, Chinaski?

—Nada.

Mi conducta había confundido de tal manera a La Roca, que se olvidó de decirme que había llegado con 30 minutos de retraso y amonestarme por ello.

 

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