MEMORIAS ÍNTIMAS [Fragmento]

George Simenon

 

 

CAPÍTULO II

Era alto,

Era flaco.

Grandes pies, gran nariz,

El ojo hambriento.

Era alto,

Era flaco.

¡Qué ridículo era, santo Dios!

 

Siempre algo hambriento, desde luego, como todos los belgas que no eran ricos y no podían comprar alimentos en el mercado negro. Yo tenía entonces poco más de quince años, y el médico de la familia dijo, como más tarde y por error me lo dirían a mí mismo, que a mi padre sólo le quedaban dos años de vida. En aquella ocasión estaba en lo cierto, pues desde hacía tiempo mi padre padecía angina de pecho, enfermedad que en aquel tiempo era incurable.

Y, no obstante, este pequeño poema, cuya continuación no recuerdo y que escribí en un pedazo de papel en el desván donde solía refugiarme, tenía, pese a mi inmensa admiración hacia mi padre y a la casi adoración que sentía por él, cierto tono alegre.

Corría el verano de 1917, y como yo sabía que no podría pasar los dos años que me faltaban para terminar el bachillerato en los Jesuitas de la rue Saint-Gilles, vagabundeaba de la mañana a la noche por las populosas calles o entre el verdor de las colinas.

Tenía hambre, sí, hambre de todo, de las manchas de sol sobre las casas, de los árboles y de los rostros, hambre de todas las mujeres con quienes me cruzaba y cuyas grupas ondulantes bastaban para provocarme erecciones casi dolorosas. ¿Cuántas veces aplaqué esta hambre con chiquillas mayores que yo, en el umbral de una casa o en algún callejón tenebroso? O bien entraba, furtivamente, en alguna de aquellas casas en cuyas ventanas una mujer más o menos gorda y deseable hacía punto, plácidamente, para correr luego la cortina amarillenta a toda prisa en cuanto entraba un cliente.

Caída la noche, otras cortinas me hacían soñar cuando, tras su pantalla apenas luminosa, percibía en sombra chinesca a un hombre y a una mujer, que iban y venían como si la pareja que formaban estuviera fuera del alcance del mundo y de sus realidades.

Tenía yo hambre de vida y vagaba por los mercados contemplando aquí verduras, allá frutas multicolores, en otra parte puestos de flores.

«Gran nariz», sí, mi pequeña Marie-Jo, porque yo aspiraba la vida por la nariz, por todos los poros, así como los colores, luces, olores y ruidos de la calle.

He contado ya todo esto a otra edad, en otro contexto, y, esta vez, lo evoco con la seguridad de que hará vibrar en ti ciertas fibras; y también lo evoco para tus hermanos, que no me han conocido tan bien como tú.

Éramos pobres. No unos verdaderos pobres, no en lo más bajo de esa escala social que los burgueses, los bien provistos, los ricos, se han inventado en todas partes, en todo el mundo, y que provocaba mi indignación. ¿Acaso no somos hombres todos?

En lo más bajo de la escala, estaban a la sazón los obreros de las fábricas, a cuyos hijos trataba siempre mi madre de golfos por estar jugando todo el día ruidosamente en la calle. En el escalón siguiente, los artesanos, pues éstos también trabajaban con sus manos y se manchaban. Nosotros estábamos justo en el escalón superior, el tercero. Mi padre era empleado administrativo, contable, siempre vestido de oscuro, digno e inmaculado. Hoy, les llaman «los cuellos blancos». Por aquel entonces, los tachaban de «intelectuales», porque se ganaban la vida con la cabeza. Además, a diferencia de sus hermanos, ¿acaso no había cursado el bachillerato, latín y griego incluidos?

En realidad, estos intelectuales eran más pobres que los artesanos y que los obreros. Para convencerse de ello, bastaba con recorrer las calles la mañana de San Nicolás, la fiesta de los niños, que los norteamericanos, traduciendo el nombre del santo, han convertido en «Santa Claus», el Papá Noel de barba blanca que conduce por encima de los tejados su trineo tirado por renos.

En las calles populosas, veía a los niños, llenos de orgullo, jugando con sus coches de pedales, bicicletas de su talla, «mecanos» complicados, mientras que yo sólo había recibido, aparte del tradicional pan de especias, un platito de frutos secos con una naranja en medio, unos tubos de pintura que sustituían los ya gastados de mi caja, la cual llevaba ya muchos años a cuestas. Tenía por aquella época pasión por la pintura, como tú misma la sentiste también. Pero yo me limitaba a copiar, sin ninguna imaginación, tarjetas postales.

¿Comprendes por qué, mucho más tarde, cuando tú y tus hermanos abríais en Navidad vuestros paquetes con regalos suntuosos, yo sonreía a veces con nostalgia? Erais unos niños ricos. Nada os maravillaba y, en esto, teníais menos suerte que yo. A menudo, he sentido miedo por vosotros. Y he llegado incluso a compadeceros. En el fondo, es una suerte nacer pobre y saber apreciar en todo su valor una simple naranja.

Trabajé como dependiente de librería y no sentía vergüenza alguna en despachar a mis amigos del colegio Saint-Servais. Fui luego reportero, y al fin pude comprarme la bicicleta con que soñaba desde mi infancia. Mis medios seguían siendo, ciertamente, muy limitados. Vestía trajes que parecían elegantes en los escaparates, pero que se encogían en cuanto caían cuatro gotas, de manera que llevaba siempre unos pantalones que me quedaban cortos y unas chaquetas que me iban estrechas.

Pero esto no era sino una sombra ligera en la vida, con la que luchaba a brazo partido y en la que todo contaba: una silueta de mujer apenas entrevista, los rostros que desfilaban como los de los cuadros en una exposición de pintura, el amarilleo del follaje y el verde sedoso del césped brillando al sol.

¿Has conocido, habéis conocido acaso esto vosotros cuatro en los amplios jardines que rodeaban nuestras casas y nuestros castillos? No me atrevería a jurarlo, y me siento algo culpable por ello. Un chófer os llevaba en coche a la escuela o al colegio y os recogía para traeros a casa. Una niñera o un ama de llaves os recibía a la vuelta, dispuesta a satisfacer vuestros menores deseos.

¿Cuál iba a ser mi suerte? Lo desconocía, y este interrogante provocaba a menudo en mí una desagradable angustia. Sin embargo, este interrogante también os lo habéis formulado vosotros cuatro. Para mí, no se trata de genes sino de herencia, y el libro de un profesor, que ha recorrido tres provincias para remontarse en mis orígenes; me ha revelado que mis más lejanos antepasados conocidos, en el siglo XVII, eran campesinos, y no granjeros prósperos sino jornaleros agrícolas que alquilaban sus brazos por semanas, meses o años.

Éstos son también vuestros antepasados, al menos por parte paterna. Los de la línea materna tienen importancia también, pero, en lo que se refiere a Tigy, mi primera mujer, o mi segunda mujer canadiense, mis conocimientos son menos completos.

Tú conociste a Tigy en casa de Marc, hija mía; y, como tus hermanos, la llamaste afectuosamente Mamiche. Sin duda, fuiste a su casa, en Nieul-sur-Mer, en la Charente-Maritime, a dos pasos de La Rochelle. ¿Sabéis, hijos míos, que esta antiquísima casa, que durante siglos fue un priorato, la acondicioné pensando que mis hijos pasarían quizás algún día sus vacaciones allí? Esto es lo que, más o menos, ha ocurrido, pero ya no estoy allí para veros, porque Tigy y yo nos divorciamos, aunque sigamos siendo buenos amigos.

Yo la conocí… Esto parece que sólo tenga que ver con Marc y con sus hijos, pero, en realidad, os concierne a los cuatro, pues estoy convencido de que lo que nos rodea, todos los contactos mantenidos en nuestra infancia y en nuestra adolescencia, tiene influencia sobre nuestro carácter y nuestro destino.

Como reportero de la Gazette de Liège, el azar hizo que me relacionara con un grupo de jóvenes pintores recién salidos de la academia o a punto de terminar sus estudios. A través de ellos, conocí a una muchacha, Régine Renchon, cuyo nombre no me gustaba y que acabé por rebautizar con el de Tigy, vocablo que no quiere decir nada y, en todo caso, no Reina.

Era bastante alta, llevaba un abrigo marrón de hechura holgada y zapatos de tacón bajo. El pelo era castaño, partido con raya en medio y enrollado en dos moñetes, y lucía un sombrero marrón, del mismo tejido, con forma de boina. Nada de encajes, de bordados, de perifollos. Andaba con zancadas decididas, sin mirar a su alrededor, y sus ojos, sombreados por espesas cejas, miraban recto hacia adelante.

Tenía una inteligencia vivaz, una amplia cultura, sobre todo en materia de arte, y en el pequeño cenáculo que habíamos formado mis amigos y ella, todo el mundo estaba impresionado por sus réplicas incisivas, siempre alegres, a veces matizadas de una ironía sin malevolencia.

¿Fue un flechazo? No, pero yo buscaba su compañía, seguía soñando con dos sombras recortándose en una cortina ligeramente iluminada y pensé que sería agradable hallarme por la noche con ella, al abrigo de esta cortina, ser una de aquellas dos sombras.

Al cabo de tres meses, durante los cuales pasábamos una velada por semana en su estudio, que había reemplazado a la «Caque» de la que he hablado tan a menudo, me acostumbré a esperarla, a las nueve de la noche, a la puerta de la academia de pintura donde ella seguía unos cursos de «modelo desnudo». Cogidos del brazo, la acompañaba a su casa por unas calles elegidas de entre las menos iluminadas y menos transitadas, y, aunque a veces nos deteníamos para besarnos, hablábamos sobre todo de Fidias y de Praxíteles, de Rembrandt y de Van Gogh, de Platón, de Villon, de Spinoza y de Nietzsche.

¿Amor? Sí, sin duda, pero sobre todo intelectual, en el que la carne acabó sin embargo por jugar su papel, pero sin frenesí ni éxtasis.

Ella residía con su familia en una casa amplia e impresionante, con un portal que databa de los tiempos de los coches de tiro, un pórtico inmenso, antiguas caballerizas al fondo del patio y, para acceder a la planta principal, una amplia escalera de mármol de tramo doble. La familia vivía sobre todo en el segundo piso, al que pronto empecé a acudir para permanecer allí hasta las diez.

Un salón con mobiliario de estilo, una hermana pequeña, Tita, al piano, con la trenza aún cayéndole sobre la espalda, mientras el padre, con aspecto de burgués acomodado y respetable, iba pasando las hojas de la partitura. Su madre, bajita y rechoncha, siempre en movimiento, y una niña hermosa como una porcelana china, que bailaba para ella sola y que moriría muy pronto por ser mongólica.

Mi futuro suegro tenía casi los mismos orígenes que los Simenon. Huérfano desde niño, se ganaba la vida como aprendiz de ebanista y había sido adoptado por una familia vecina que tenía ya numerosos hijos. ¡Qué importa uno más, cuando ya se tienen siete u ocho y no hay ninguna herencia por repartir…! Mi futura suegra era una de estos cinco o siete hijos y acabó enamorándose del muchacho recogido por su familia.

El padre era un tipo bastante fuera de lo común. Mientras trabajaba, como obrero o capataz, en una fábrica de calderas, en Valenciennes, al otro lado de la frontera belga, pues le gustaba desplazarse con todos los suyos, inventó un nuevo sistema para la limpieza de las calderas que tuvo mucha aceptación. Convertido, pues, en inventor, y viviendo desde entonces de su invento, abandonó todo trabajo activo y se pasaba el día en un sillón, con aire grave y reflexivo. Cuando le preguntaban en qué pensaba, respondía simplemente: «Estoy inventando…»

Pero el caso es que, desgraciadamente, no inventó nada más y llegó el día en que tuvo que volver a buscar empleo para mantener a la familia. Como tenía una hermosa voz de barítono, acabó de cantor en la iglesia parroquial. Curiosa coincidencia: el padre de mi segunda mujer —la llamaré D., como lo vengo haciendo desde hace quince años— también había sido cantor de iglesia, aunque él en Canadá, poco después de su matrimonio.

En cuanto a mi suegro Renchon, una vez casado logró una progresión rápida y, cuando lo conocí, era decorador, ebanista y productor de muebles de gran lujo que él mismo diseñaba, y como tal, el más renombrado de la ciudad. Mi tío Henri-de-Tougres, Henri-el-rico, hermano de mi madre, se dirigió a él, como tantos otros, cuando decidió decorar y amueblar su quinta de Limburgo.

Mi suegro tenía cuatro hijos, lo mismo que yo; se le murió uno, una hija, igual que a mí. ¿Pero acaso te hemos perdido? ¿No ha permanecido en nosotros, quizá más viva aún, la hija que se nos fue? Este caso es muy frecuente; fue el de mi suegro. Y también el mío, hija mía querida.

Tenía yo diecisiete años cuando conocí a Tigy. Tenía dieciocho cuando, adelantándome a mi quinta, hice el servicio militar y me enviaron, en un invierno gélido y formando parte de las tropas de ocupación, a la Root Kasern (el cuartel rojo) en Aquisgrán. Allí, vería a las mujeres ir al mercado empujando una carretilla llena de billetes de cien, de mil, luego de millones de marcos, y allí, pelados al cero, podíamos comer mis camaradas y yo en los más suntuosos restaurantes de la ciudad con nuestra soldada de veinticinco céntimos belgas.

Todos los días, con los dedos helados, escribía una larga carta a Tigy, a veces dos. Supongo que las habrá conservado. Estas cartas constituían un himno al amor, del que mi corazón rebosaba. Comprendí más tarde que era un himno a la mujer, más que un himno a una persona determinada. Me gustaría, lo reconozco, volver a leer aquellas frases apasionadas, las más románticas que haya escrito en mi vida, según creo.

Para no seguir separado de Tigy, pedí y obtuve mi traslado a Lieja, al cuartel de Lanceros, a menos de cuatrocientos metros de la casa de mi madre; y todas las noches, a las ocho, subía los dos pisos que llevaban al salón de mis futuros suegros.

Mi padre murió cuando, en Amberes, donde estaba como enviado de la Gazette, hacía yo el amor con una prima lejana en un hotel de citas. Al volver a Lieja, encontré en la estación a Tigy y a su padre que me estaban esperando para darme con mucho tacto la noticia.

Mi padre estaba tendido, vestido y con las manos cruzadas sobre el pecho. Tuve que hacer un esfuerzo para posar mis labios sobre su frente fría.

Tenía yo entonces diecinueve años. Días más tarde, salía de Lieja hacia París, donde me habían prometido el empleo de secretario de un escritor muy conocido a la sazón, hoy día olvidado.

Este libro, Marie-Jo, es el tuyo, y, por consiguiente, también el libro de tus hermanos. No lo olvido, y siento haberme remontado tan lejos en mi pasado, pero creo que era necesario, aunque me haya entretenido narrando cosas ya dichas. Aunque pasaron muchos años antes del nacimiento de Marc, tu hermano mayor, en quien tantas veces has encontrado apoyo y refugio, a él me voy a referir ahora.

Buenas noches, mi querida hija.

 

CAPÍTULO III

Un corto resumen, hijos míos, de lo que fue, desde mi salida de Lieja, mi vida en París; y, luego, convertido ya en «padre de familia», término que emplearía desde el nacimiento de Marc cuando algún periodista me preguntaba cuál era la que consideraba mi actividad principal.

—¡Padre de familia!

Estaba orgulloso de serlo, y en el fondo sabía perfectamente lo que estas palabras entrañan en cuanto a alegrías, responsabilidades e inquietudes.

Un andén mal iluminado, de noche, en Lieja, con la bruma añadiéndole dramatismo a la escena. En el andén, Tigy y su padre. Yo veía borrosos sus rostros y sus gestos de despedida a través de los cristales sucios y húmedos. Era el 14 de diciembre de 1922, fecha que debe pareceros muy lejana y que a mí, sin embargo, me parece muy próxima.

Al amanecer, los arrabales de París, casas como acantilados a uno y otro lado de las vías, casas pobres y grises con la mayor parte de sus ventanas iluminadas y en las que personas sencillas se vestían apresuradamente para dirigirse a toda prisa hacia sus lugares de trabajo. La estación del Norte, horrible, en la que no sé cuántos trenes vertían su contenido de seres humanos, que, torpes y apenas despiertos, caminaban en rebaño hacia las salidas.

Llovía, y el agua helada no tardó en atravesar mi impermeable de algodón y mis suelas gastadas. Mi maleta de cuero de imitación, que contenía todos mis haberes, pesaba lo suyo y me hacía andar escorado.

—Discúlpeme, señora, ¿tendría usted alguna habitación libre y a un precio asequible?

—Todo completo.

Siempre estaban llenos los hoteles de París en aquellos tiempos de la posguerra.

A mi alrededor, casas diferentes de las que yo conocía, un tráfico ensordecedor, tranvías, coches de caballos y taxis, todo mezclado. Una larga calle en cuesta. Cinco, seis, quizá diez hoteles más o menos acogedores.

—¡Completo!

La respuesta caía, seca e inhumana, y la lluvia helada me iba calando cada vez más.

Una encrucijada. A la izquierda, un bulevar, el de Rochechouart, cuyo nombre me resultaba familiar a través de las novelas que había leído. ¡Ya estaba en Montmartre! Un Montmartre gris y sucio.

—Discúlpeme, señora…

Un molino de viento al otro lado del bulevar. El Moulin Rouge. Cabarets vacíos y cerrados: Le Rat Mort, L’Enfer et le Paradis… Place Pigalle. Place Blanche. Iba arrastrando los pies. En mi mano, la maleta me resultaba pesadísima, pero me sentía feliz.

Place Clichy. La cervecería Weber, en cuya terraza se habían sentado tantos pintores y, sobre todo, escritores célebres. Pero corría el mes de diciembre y no había terraza. Ni siquiera se vislumbraban, a través de la lluvia, las luces del interior.

… Boulevard des Batignolles. Un viejo estribillo oído en las esquinas de las calles de Lieja:

«Marie, Marie, el terror de Batignolles…»

Una calle a la derecha, y el rótulo de un hotel.

—Discúlpeme, señor, tienen ustedes…

Y ¡sí!, había una habitación libre, una buhardilla, en un piso al que no llegaba la alfombra roja de la escalera.

Dejo el equipaje y, a continuación, me precipito a la dirección que me había dado por escrito el novelista, cuyo secretario aspiraba a ser yo.

En el fondo de un callejón, una casa pequeña, desmedrada. La puerta estaba abierta de par en par. Una voz me gritó, desde lo alto de la escalera:

—¡Suba!

Todo gris, todo sucio, todo triste como las covachuelas administrativas abiertas al público. Dos mujeres jóvenes, un hombre de rostro sanguíneo y de pelo rojo; otro, mayor, más atildado, con un fino bigote castaño.

Se presenta:

—Capitán T…

—He venido para ocupar el puesto de…

—¡Ah! ¿Es usted el joven belga? ¿Habla usted francés?

Nunca llegaré a ser secretario del escritor. Una de las dos muchachas, la que tiene una cara alargada de madona y unos ojos claros, ocupa ya este puesto. En realidad, lo que me ofrecen es un empleo de ordenanza. ¡Al diablo mis sueños! Pero me siento feliz por estar en París y ganarme la vida allí, al contrario que tantos jóvenes, chicos y chicas, que los trenes de provincias traen cada día a las estaciones de la capital.

¡París! Esto es lo que cuenta.

—Ganará usted seiscientos francos al mes.

—Sí, señor.

—Llámeme capitán…

En realidad, estoy al servicio de una liga política de extrema derecha, cuyo presidente es el novelista. Vive en el entresuelo.

Me indican mi lugar de trabajo. Una mesa de cocina cubierta con papel de embalar sujeto con chinchetas. Dos horas después, soy admitido en el sancta sanctórum, y un hombre gordo, de voz ronca y monóculo en el ojo, me mira de pies a cabeza.

—¿Usted es ese chico belga?

—Sí, señor.

—El capitán T. será su jefe directo. He leído sus referencias.

Un noble gesto con la mano, indicándome la puerta. Sólo volveré a entrar una vez más en aquella estancia que, para los del primer piso, de los que yo ahora formo parte, tiene algo de sagrado.

Tengo hambre. Tendré hambre siempre, pero esta vez no por culpa de la guerra y de la ocupación, sino porque sólo gano seiscientos francos mensuales y le he prometido a mi madre mandarle doscientos cincuenta. Me alimento sobre todo de pan, camembert o callos, cuya salsa grasienta me ayuda a tragar una buena cantidad de miga.

En la esquina del boulevard des Batignolles, me atrae irresistiblemente una gran tienda de comestibles. Todo un escaparate brindando fiambres, ensalada de langosta, medios bogavantes con mayonesa o en gelatina, platos de embutidos variados. Con la frente pegada a la luna, se me llena la boca de saliva, como a mis caballos, en el cuartel, tras los ejercicios de equitación. Algún día…

No soy ambicioso. No lo seré jamás a lo largo de toda mi carrera, que se inicia tan humildemente. Ahora, me siento feliz al recordar estos comienzos tan modestos, que me acercaban a las pobres gentes de mi barrio, de mi ciudad natal. No desembarqué en la estación del Norte «a conquistar París», como me decía orgullosamente un compatriota que tuvo que abandonar Francia y todas sus esperanzas al cabo de dos meses. Yo vine porque… En el fondo, y sobre todo, porque Tigy es pintora y tiene ganas de sumirse en la atmósfera de Montparnasse, donde a la sazón se codeaba uno con todos los pintores del mundo.

Los conocimos en el Dôme, en La Coupole, en The Jockey, y algunos, como Vlaminck, Derain, Kisling, Picasso, acabarían siendo amigos nuestros.

Pero antes tuve que pasar tres meses pesando y sellando cartas y paquetes, llevándolos a correos, poniendo direcciones en sobres dirigidos a los militantes de la Liga, en caso de reunión urgente.

Cuando las huelgas, por ejemplo las del metro y tranvías, alumnos de la Escuela Politécnica conducían con uniforme de gala y guantes blancos hasta que los huelguistas volvían al trabajo.

Mi novelista me recibe de nuevo en el sancta sanctórum.

—¿Le gustaría ser secretario particular de uno de nuestros mejores amigos, que acaba de perder a su padre? Lleva uno de los nombres más ilustres de Francia y…

¡Vaya por el aristócrata! Llamo a la puerta de su casa, un impresionante palacete en la elegantísima rue de La Boétie. Portero uniformado. Amplio vestíbulo con auténticos muebles de estilo. Un salón por cuya puerta vislumbro una sala de baile en la que cabrían doscientas personas, con sillas y sillones dorados adosados a las paredes, arañas cuyos colgantes de cristal apagado por el tiempo tintinean cuando aventuro un paso tímido por ella.

No estoy en el presente, sino en un pasado que sólo me podía imaginar a través de Saint-Simon, Stendhal y Balzac. Todo data, cuando menos, de Luis XIII y, de Luis en Luis, hasta el Luis decapitado.

—Si el señor hace el favor de seguirme…

Un ayuda de cámara, jovencillo y rubio, que huele a campo y a quien han vestido con unos calzones negros y una chaqueta blanca almidonada, me lleva hasta otra sala, que podría ser un despacho, donde me espera un hombre apuesto, de cara abierta, que tendrá unos cuarenta y cinco años y luce ya algunas canas en las sienes. A las once de la mañana, va aún con una bata de seda, pijama de seda, más claro, y me mira con cierta simpatía.

—¿Veinte años?

—Los cumpliré en febrero.

—Soltero, supongo.

—Me casaré en marzo.

Su rostro se pone ceñudo.

—Yo viajo mucho, y mi secretario tiene que acompañarme. Paso gran parte del año en uno u otro de mis castillos.

No lo dice por ostentación. Para él, es natural. Su familia es noble desde el siglo XVIII. Él mismo, que nació con el título de vizconde, heredó el de conde al morir en la guerra su hermano mayor y, a la muerte de su padre, el título de marqués.

—No quisiera tener que llevar a una mujer conmigo…

—Mi mujer y yo somos, sobre todo, unos buenos amigos. Ella es pintora y quiere seguir su carrera…

—En estas condiciones, le contrato a prueba… Pero tiene que prometerme que…

Prometo. Le compro un esmoquin a un muchacho de Lieja que vive en París, que seguirá luego la carrera de Derecho y llegará a académico en Bélgica. El mismo que, un día, me obligará también a mí a convertirme en académico y será mi padrino.

Una boda muy modesta, pese a la imponente mansión de los Renchon. Tres coches de caballos esperan a la puerta. Tigy y su padre ocupan el primero; la madre y la abuela, el segundo; mi madre y yo, el tercero. De camino, no sé qué decirle a mi madre, que lloriquea, y, por entretenerla, le explico cómo preparan en Francia las patatas fritas, o sea, con aceite en vez de manteca de cerdo.

Iglesia de Sainte-Véronique. Nada de grandes órganos. Sólo unas beatas en los bancos. Los Renchon son ateos, y su dios es Zola.

Por cierto, debían de estar presentes también el hijo mayor, Yvan, su mujer y Tita, pero no los recuerdo allí.

Al no estar bautizada, antes de casarse Tigy tuvo que seguir durante tres meses unos cursos de catecismo. La bautizaron ayer, esta mañana ha recibido la primera comunión y ahora está casada por la Iglesia, como lo ha exigido mi madre. Por eso, hijos, aunque no soy creyente, tomé la precaución de haceros bautizar a los cuatro.

Hay gentío en la alcaldía, porque aquí soy el pequeño Sim, el periodista que escribió durante tres años crónicas diarias bastante mordaces. Están presentes mis compañeros. Es el primer regidor comunista en la historia de Lieja quien, empleando a veces el valón, nos echa un largo discurso y nos une en matrimonio. Mis compañeros han pagado a escote el regalo con que nos han obsequiado: un gran corazón de cristal tallado, rojo y blanco.

Los coches de caballos. Esta vez voy con Tigy y ya no con mi madre, que debe de ir en otro coche con la gente del clan enemigo. Jamás ha podido tragar a los Renchon, ni a Tigy. «¡Dios mío, Georges, qué fea es!», exclamó después de haberle presentado a mi novia.

Y de los ocupantes de la mansión de la rue Louvrex, dice: «Son unos grandiveux.» Ésta es una palabra valona de difícil traducción. Mi suegro no tenía la culpa de poseer la estatura que se atribuye a los grandes burgueses, o de, por mor de su profesión, verse obligado a vestirse en los mejores sastres.

Una comida para apenas diez personas. Todas de la familia. Mi madre tiene los ojos enrojecidos y esboza, a veces, una sonrisa crispada. La conversación está plagada de largas pausas desagradables.

Afortunadamente, Tigy y yo tomamos el tren de la tarde. Antes, tenemos que ir a cambiarnos a su cuarto. Oímos, tras la puerta, la respiración fuerte de mi suegro, que adora a sus hijos, y a Tigy en particular.

Cuatro hijos, también él, tantos como tendría yo; luego, sólo tres. Él, y en esto era muy distinto de mí, soñaba con hacer de cada uno de ellos un artista, y lo más curioso del caso es que lo logró.

Yvan, su hijo mayor, que tenía unos diez años más que yo y era arquitecto, fue uno de los primeros, al menos en Bélgica, en estudiar la resistencia del hormigón, en una época en que los arquitectos tenían aún preocupaciones puramente estéticas. Se puso a estudiar el problema a la sazón poco conocido de la insonorización, lo que le valió, instalado ya en Bruselas tras haber trabajado con su padre, el nombramiento de arquitecto de la reina Isabel, esposa del rey Alberto, gran protectora de los artistas, sobre todo de los músicos, pues ella tocaba el violín.

Yo la vi, al lado de su marido y en un lando enteramente cubierto de dorados, con motivo de su primera visita a Lieja, cuando era sólo un niño a quien mi padre alzaba sobre sus hombros. La volví a ver, muchos, muchos años después, cuando mi recepción en la Academia de Bélgica.

Yvan construyó para la reina un amplio edificio, con estudios insonorizados, que se llamó algo así como Fundación de la Reina Isabel. Todos los años, ingresan allí jóvenes músicos prometedores, que estudian, perfeccionan su técnica y dan conciertos en auditorios de dimensiones diversas sin tener ninguna preocupación de orden material.

Yvan, que tuvo dos hijos a su vez, pudo ver, antes de morir hace unos diez años, cómo su hijo, a quien yo apreciaba mucho, obtenía también el título de arquitecto. Hoy es, según tengo entendido, un profesional famoso.

A Tigy, la mayor de sus hijas, le interesaba sobre todo la pintura, la Academia de Bellas Artes, las exposiciones. ¿Pinta aún? No lo sé, pues nunca me habla de ello en las cartas amistosas que me escribe, pese a nuestro divorcio.

Tita, de quien yo estaba secretamente enamorado, obtuvo un primer premio en el Conservatorio y dio luego conciertos en numerosas ciudades y en la radio francesa. Se casó con un… afinador de pianos, hijo de un comisario de policía, ¡oh, Maigret! Fue luego profesora, y, ya viuda, se afincó en la región de Touraine.

La última vez que nos vimos fue en Lieja, cuando fui con Teresa. Su marido vivía aún, lo que no nos impidió —en un café— caer uno en los brazos del otro. Teresa y ella se miraron con simpatía, incluso con cierta complicidad, y se sonrieron afectuosamente.

Mi marqués era un verdadero marqués de Carabás; poseía varios castillos en Francia, viñedos en el valle del Loira, bosques, campos y alquerías (veintiocho alrededor de uno de sus castillos), terrenos en los alrededores de París, arrozales en Italia, una amplia quinta de estilo islámico en Túnez, palacetes en varias ciudades… ¡qué sé yo qué más!

Hasta la muerte de su padre, había dividido su tiempo entre el Jockey Club, la caza, las reuniones en los castillos aristocráticos, pues su familia, a base de brillantes matrimonios, había emparentado de cerca o de lejos con la rancia nobleza de Francia y de otros países.

La muerte de su padre le enfrentó con su enorme batiburrillo de papeles y problemas, de los que no entendía nada. Y yo, que sólo contaba veinte años de edad, tenía que aclarar aquel gigantesco embrollo.

Primera etapa, Aix-les-Bains, donde pasaba todos los años una temporada de cura termal y donde había instalado, con enormes gastos, un bungalow traído del ejército de las Indias. Tigy estaba allí, desde luego, sin que él lo supiera. Yo solía acompañar al marqués al lago a pescar farras.

Tenía allí un castillo, el más pequeño, el más antiguo, rodeado por un viñedo muy renombrado y con una biblioteca en la que se habían ido acumulando libros con el correr de los siglos. En esta biblioteca, disfrutaba yo de lo lindo.

Tigy se alojaba en una excelente posada, en la otra orilla del Loira. Y yo seguía escribiendo, como había escrito antes de mi salida de París, pues necesitaba escribir. Pero ahora escribía para vivir, para comer, y no se trataba de literatura sino de pequeños cuentos para Le Rire, La Vie parisienne, Sourire, Sans Gêne, Frou-Frou y, también, Le Matin, donde conocería y llegaría a ser amigo de la gran Colette.

—Demasiado literario, mi pequeño Sim… Más sencillo, siempre más sencillo…

¡Ella, cuyo estilo tenía la elegancia de los zarcillos de la vid!

Otro castillo, el de las veintiocho alquerías, con bosques abundantes en caza y estanques que había que vaciar todos los años para sacar toneladas de carpas y de lucios.

Había que organizar festines de cacerías, colocar a cada cual en el lugar exacto que le correspondía por su rango, pues esas personas son muy puntillosas; y no faltaba nunca el gran bufé de la mañana, mientras los ojeadores esperaban y los diez guardas de caza del marqués permanecían, en posición de firmes, al pie de la escalinata, con los perros ladrando.

Yo ignoraba que un buen día tendría también mi coto de caza mayor en el bosque de Orleans, y que me sentiría asqueado desde el primer día tras haber rematado un joven gamo herido. También ignoraba que, obligado por el pliego de condiciones, tendría que seguir cazando todas las semanas durante un año, aunque, gracias a Dios, no en persona, pues me hice reemplazar por mi excelente amigo Constantin- Weyer.

Llamadas telefónicas, a veces de noche, a algún banquero de París, de Londres o de cualquier otra parte, con quien el marqués quería discutir una operación financiera que acababa de ocurrírsele.

Me enteré entonces de que un hombre de alta cuna sólo paga sus facturas de Cartier, de Van Cleef y de Arpels, de su sastre o de los modistas de la marquesa, al cabo de uno o dos años de insistencia por parte de los interesados. Y que no hay que pagar a los pequeños proveedores y artesanos hasta después de cierto tiempo, y aun entonces revisando cada una de las cifras de la factura, tachándolas con lápiz rojo y reemplazándolas por otras inferiores en un diez o en un veinte por ciento.

—Esta gente, al ver nuestro nombre, nos sube los precios…

Me enteré también entonces de que, en aquella biblioteca inexplorada y transmitida de padres a hijos, había, y aún hay quizá, primeras ediciones rarísimas de Pascal y de otros autores ilustres.

Me enteré de muchas cosas en dos años, y aunque mi marqués me caía bien, le notaba a veces una sonrisa a lo Talleyrand cuando me hablaba, pues yo seguía siendo el muchacho de Outremeuse, y mis reacciones eran tanto más vivas.

Sentía la necesidad de volver a París para continuar escribiendo mis cuentos, venderlos e intentar, quién sabe, escribir una novela popular.

Tigy siempre estaba allí, de incógnito, a veces a unos veinte kilómetros, y yo iba a verla por la noche, en bicicleta, para estar de vuelta en el castillo a las ocho de la mañana. No creo que el marqués haya sabido nunca que Tigy estaba allí.

Nos separamos como buenos amigos el marqués y yo, y volví a verlo varias veces en circunstancias diferentes. Incluso, una vez fui a proponerle comprar uno de sus castillos; de los más pequeños, lógicamente.

Buenas noches, Marie-Jo. Buenas noches, chicos.

 

CAPÍTULO IV

Por muy atrás que me remonte en mis recuerdos, hallo siempre en mí una sed jamás saciada de conocerlo todo, lo que vive y lo que no vive, ¿pero acaso no vive todo? Hubiera querido ser no sólo yo, tan joven e insignificante, sino todos los hombres, los de la tierra y los del mar, el herrero, el jardinero, el albañil, y hasta aquellos a quienes se encuentra encaramados en los peldaños de esa famosa escala social, desde el pequeño aprendiz que era yo hasta el marqués, de lo más alto a lo más bajo, incluso hasta la prostituta de los barrios malditos —a los que llamo así a disgusto porque detesto los peyorativos— y el vagabundo de los muelles del Sena o de los puertos de mar.

¿No te recuerda esto nada, hija mía?

Aprender mi oficio, un oficio que estaba iniciando entonces, e imponerme el aprendizaje por el que tiene que pasar todo el mundo, desde los virtuosos que hacen escalas hasta los atletas profesionales que se pasan años ejercitando sus músculos y sus reflejos.

Me pregunto hoy, a los setenta y siete años de edad, si no me habré pasado la vida aprendiendo y haciendo escalas, cursando a la vez estudios en la universidad de la calle y leyendo todos los libros hasta aturdirme.

Y reencuentro aquí la alegría de expresarme con la misma angustia que conocí durante sesenta años, y no ya por medio de una máquina de escribir, o del manejo de un magnetófono, sino de la pluma; vuelvo a manejar la pluma, y siento una verdadera exaltación, como si mi vida volviera a empezar.

Hace apenas una semana, uno de mis lectores extranjeros, que dice haber leído toda mi obra, tenía un problema con su hijo y me tomaba como árbitro, pidiéndome que respondiera a esta pregunta:

—¿El trabajo es una alegría o, al contrario, una pena infligida que sólo aceptamos con un sentimiento de sordo rechazo?

En contra de lo que la Biblia hace decir al Dios de los judíos y de los cristianos: «En adelante, te ganarás el pan con el sudor de tu frente…», yo respondí que el trabajo nos proporciona a la vez alegría y orgullo, con la condición, no obstante, de que uno haya sabido elegir un trabajo que le interese o le apasione, cosa que, desgraciadamente, no es el caso de todos los hombres en esta sociedad nuestra.

Tú sabes algo de esto, querida hija, tú que desde muy joven te impusiste disciplinas diversas y que, después de abandonarlas, volvías a veces a ellas, incluso en los últimos días de tu vida.

Al iniciar estos cuadernos, te dije que hablaría de ti y de lo que te rodeó, en particular de tu madre y de tus hermanos.

Pero, antes de llegar a todo lo que escribiste en tu corta pero muy plena existencia, creo necesario situarte y exponerte todo lo que hizo de ti el ser excepcional que fuiste; que continúas siendo para mí y sin duda para algunos otros. Necesito, pues, decirte, a ti y también a tus hermanos, con toda franqueza, quién he sido yo, dado que la imagen que nos forjamos de nuestros padres es siempre forzosamente incompleta.

Algunas de mis confidencias no son nuevas. A menudo he hablado de mí en mis libros, e incluso a través de los personajes de mis novelas. Los que han leído todo lo que he escrito son cada vez más numerosos. Sus cartas me demuestran que, pese a todo, no se han formado la misma imagen de mí.

¿Y los demás? ¿Y vosotros cuatro?

Tú, realmente, has leído e incluso releído todo lo que he escrito, has realizado anotaciones al margen, y las preguntas que me hacías, tus reflexiones, me demuestran que, desde siempre, intentaste comprenderme. En cuanto a tus tres hermanos, no sé qué han leído, pues son hombres y los hombres suelen resistirse a formular preguntas y a entregarse a confidencias. Me han visto con sus ojos de niños, de adolescentes. No son ellos quienes eligieron las imágenes que acabaron imprimiéndose de manera indeleble en sus cerebros y, sin embargo, ante un anciano, les resulta más difícil que nunca abrirse.

No temas, Marie-Jo querida, no voy a hablar mucho más tiempo de mí, aunque represente para mí una alegría el poder hablar libremente con vosotros cuatro. Voy a intentar exponer lo que vosotros no supisteis, lo que no sabéis más que parcialmente sobre mi vida, y lo haré, no siguiendo el calendario, sino entregándoos algunas imágenes apresuradas, unos simples croquis de lo que, para mí, ha contado.

Estábamos en el momento en que dejo al marqués y alzo el vuelo, como lo había alzado en Lieja, a la aventura. Con él aprendí mucho, y me enseñó de una manera discretamente afectuosa.

Hay aún una imagen, un gesto, que os recordará a los cuatro algunas de mis reacciones. Durante un tiempo, en Lieja, cuando frecuentaba a jóvenes pintores, a los que llamaban rapins, adopté el sombrero negro de ala ancha y la chalina, negra también, y dejé que me creciera el pelo, ondulado y abundante. ¿No era acaso ponerme un uniforme, yo que experimento una desconfianza instintiva hacia todos los uniformes, lo mismo que hacia medallas, diplomas, títulos y honores?

Al llegar a casa del marqués, me había dejado crecer de nuevo el pelo, aunque de manera moderada en comparación con los hippies de ayer y de anteayer. Cierta noche en que estábamos cenando él y yo en uno de sus palacetes —ambos teníamos debilidad por los arenques a la parrilla, que pedíamos a la cocina con más frecuencia de lo conveniente—, él se acercó y, con ademán paternal, me levantó la melena rubia que me cubría la nuca. No sé decir si su gesto fue irónico o despreciativo, pero entendí que quería decirme: «¿Realmente necesita usted esto?»

Al día siguiente, fui al peluquero.

Como contrapartida, yo pensaba de él algo que, probablemente, no le habría gustado nada. El marqués había heredado un periódico en la región de Berry. ¿Por qué este hombre del pasado, que vivía con sus antepasados ilustres y sólo frecuentaba a sus pares, decidió, a los cuarenta y cinco años, convertirse en senador? Cierto es que uno de sus antepasados había sido Par de Francia, pero en tiempos de la monarquía. Se trataba, en su caso, de un puesto político en una república democrática, más democrática que ahora, y él intrigaba para acceder al cargo; yo, con su firma, escribí verdaderos artículos electoralistas antes de que se diera cuenta de que no tenía la menor posibilidad de salir elegido.

Pequeña debilidad de uno; pequeña debilidad del otro. Me acordé del día del cabello largo, y esto me consoló.

Un pequeño cuarto de hotel, en la rue des Dames, de nuevo en el bullicioso barrio de Batignolles. Esta vez, éramos dos los que pasábamos, si no realmente hambre, sí por lo menos escasez, y teníamos que privarnos de no pocas cosas. Tigy, que nunca supo cocinar, recalentaba, en el alféizar de la ventana, los platos que comprábamos ya preparados, pues un cartelito en el portal advertía a los inquilinos que no podían cocinar en las habitaciones, bajo pena de expulsión inmediata.

Mis cuentos se multiplicaban, y como no podía permitirme el lujo de comprar una máquina de escribir, alquilé una, muy vieja, que sonaba como una ametralladora. El número de mis seudónimos iba aumentando a medida que el número de los periódicos en los que colaboraba crecía, y podíamos ir ya, con bastante frecuencia, a Montparnasse, a alternar con los pintores de quienes todo el mundo hablaba y a contemplar las exposiciones de la rue du Faubourg Saint-Honoré y de la rue La Boétie.

¡Cuántos cuadros me entusiasmaban y cómo hubiera querido comprarlos! Pero hasta los menos caros lo eran demasiado para mi bolsillo, y hoy son cuadros que se ven en los museos, o que valen fortunas.

Aún no había llegado mi hora. Ni siquiera tenía lo que se llama una tarjeta de visita. No podía decir que escribía, porque no era más que un aprendiz que firmaba con nombres como Gom Gut, Plick y Plock, Poum y Zette, Aramis. Estos cuentos de entonces se los disputan ahora los coleccionistas, cuando soy ya un anciano.

Yo trabajaba muy rápido. A veces, escribía ocho relatos en un día, y así pudimos alquilar una amplia habitación y otra más pequeña, en la planta baja de uno de los magníficos edificios Luis XIII de la antigua place Royale que, con la Revolución y por unas razones que desconozco, se convirtió en place des Vosges.

Unas cortas vacaciones a orillas del mar, en Normandía, donde somos acogidos por una amiga reciente que tenía allí una casa alegre y sencilla, como de juguete. La amiga sugiere que nos quedemos, insistiendo para que pasemos nuestras vacaciones en su pueblo, cerca de Etretat. No tiene cuarto de invitados, y alquilamos una habitación vacía en una granja próxima.

No tenemos muebles. Y, por unas pocas semanas, no los vamos a comprar, ni siquiera una cama. Le pido a la granjera, que hablaba el viejo normando, que nos ceda dos o tres haces de paja que extendemos en el suelo Tigy y yo. Nos presta un par de sábanas, una mesa de madera sin barnizar, una sola silla, y quedamos instalados para varios meses, pues nos sentimos tan felices, tu madre y yo, que decidimos prolongar nuestra estancia. Ya ves, Marc. ¿No te recuerda nada esto?

Diríase, ¿no es verdad?, que la vida copia la vida, incluso a largo plazo.

Los granjeros se preguntaban si no saldríamos de la cárcel, ya que nos aveníamos tan bien a dormir en la paja. Como las dos ventanitas estaban desprovistas de cortinas y sólo teníamos una débil lámpara de petróleo, la hija de los granjeros y sus amigas, incluida la que luego iba a ser nuestra Boule y llegaría a formar parte de nuestra familia, de la que hoy es el centro aún en mayor medida que yo, venían por la noche a espiarnos mientras hacíamos el amor y luego a observar cómo procedía a mis abluciones en un barreño delante de la ventana.

—¿Qué te recuerda eso?

Se lo piensan. Se ponen de acuerdo:

—Un champiñón.

Boule, que se llamaba Henriette, trabajaba unas horas al día en casa de nuestros amigos. A los trece o catorce años, había dejado la escuela para trabajar como niñera en el castillo.

Apenas sabía, pues, nada de la vida, a no ser lo del «champiñón», y pronto experimenté curiosidad, afecto y deseo hacia ella. Cuando, llegado ya el otoño, volvimos a la place des Vosges, ella nos acompañó, y allí viviríamos los tres en una gran intimidad.

Tigy, con sus cejas oscuras y espesas, era intransigentemente celosa y me había advertido que, el día en que se enterara que yo la engañaba, se suicidaría. Veinte años viví con esta amenaza planeando sobre mi cabeza.

Con Boule, durante los primeros años, sólo la engañamos a medias; luego en las tres cuartas partes; después en las nueve décimas partes, pues éramos tres a vivir en dos habitaciones.

Siempre he evitado, pese al cambio de hábitos producido desde mi adolescencia, arrebatarle a una muchacha lo que su marido esperaría hallar en ella un día. Como si esto fuera un derecho, sin contrapartida, bien es verdad.

Tú te reirás, mi pequeño Pierre, que mides un metro ochenta y cinco pero eres el benjamín de la familia. Tú necesitas tanto a las mujeres como yo, pero has tenido la suerte de que te tocase vivir una época en la que esas manías han desaparecido.

Yo no he tenido relaciones íntimas con vírgenes más que tres veces en mi vida. La primera fue con Tigy, mi primera mujer. La segunda, con Boule, en el viejo castillo del bosque de Orleans donde vivíamos en los años treinta. La tercera fue con una muchacha de senos duros con quien tuve unas relaciones tiernísimas y que, aún hoy en día, es una de mis mejores amigas y también de Teresa.

Como yo le explicara a Boule la razón de mi prudencia y de nuestras relaciones sexuales incompletas, ella se echó a reír con aquella risa cálida, hermosa y graciosa que ha conservado a través de los años, y, tres o cuatro días más tarde, cuando nos estábamos abrazando, me anunció, triunfante:

—Ahora, ya puede.

Comprendí. Para superar mis escrúpulos, ella se había hecho desflorar por… sabe Dios quién.

Place des Vosges. Tigy tenía, al fin, espacio para pintar. En la place Constantin-Pecqueur, en Montmartre, tenía lugar en aquel entonces lo que se daba en llamar la «Foire aux Croûtes», una exposición de pintura al aire libre en la que los jóvenes pintores colgaban sus telas y sus dibujos de los árboles, o los sujetaban a unas cuerdas tendidas entre los troncos.

Para complacer al posible comprador, las obras debían estar enmarcadas, y yo iba a la rue de Bondy a comprar a metros listones de enmarcar. Luego, valiéndome de sierra, cola y clavos, confeccionaba el marco. No siempre resultaba a escuadra, ¿pero quién se interesaba en esto? Para aquellos pequeños burgueses, que iban de pintor en pintor, lo único que les importaba era descubrir a un futuro Renoir o Modigliani que labrase su fortuna.

Los modelos los elegíamos en los bailes populares de la rue de Lappe, la cual no figuraba aún en el Paris-by-Night, y era allí, y también en un ventorrillo de La Villette, donde se reunían los llamados «gigolos» y «gigolettes», los de verdad; a menudo, chicas jóvenes que, recién llegadas de provincias, trabajaban la calle en el boulevard Sebastopol y, como recompensa, iban por la noche a bailar la java con sus chulos. Nosotros llevábamos a casa a mujeres para que posaran para los desnudos y, alguna que otra vez, a algún hombre, por su pinta de ser «uno de verdad», y cuya cabeza Tigy dibujaba al carboncillo.

—¡Tienes una expresión tan tensa que asustas a los clientes! —me dijo Tigy en la place Constantin-Pecqueur—. Vete a dar una vuelta, o siéntate en una terraza…

Seguí su consejo y me senté en una terraza de la rue Caulaincourt; allí escribí mi primera novela popular, Roman d’une dactylo, no sin antes haber leído algunas novelas publicadas por el mismo editor para ponerme al tanto de sus gustos.

Fue aceptada por Ferenczi, quien me encargó otras, de diversa longitud y formato, y como yo seguía escribiendo muy rápidamente, fui extendiendo mi pequeño negocio a las cuatro o cinco editoras especializadas que había en París.

Cada colección tenía sus tabús. En algunas, la palabra «amante» no estaba tolerada, y en otras no se hacía el amor, sino que «los labios se juntaban» o, en las más osadas, permitían hablar de «abrazo».

Había colecciones para jóvenes, y yo había comprado un Grand Larousse para documentarme sobre la flora y la fauna de cualquier región de África, de Asia o de América del Sur, así como sobre las tribus indígenas. Se Ma Tsien, le Sacrificateur, Le sous-marin dans la forêt y otras, y muchos, muchos títulos más. ¡Qué maravilloso era aquel universo del Grand Larousse, en el que se pasaba revista al mundo entero!

Novelas rosa para modistillas, con muchas desgracias, pero, sobre todo, con mucho amor y, al final, la boda. La fiancée aux mains de glace, Miss Baby, pues yo me había convertido en el amigo, como se decía en aquella novela, de Joséphine Baker, con quien me habría casado si no me hubiera negado, siendo como era un desconocido, a convertirme en el señor Baker. Fui con Tigy a refugiarme en la isla de Aix, frente a La Rochelle, para intentar olvidarla. Nos volveríamos a encontrar treinta años después, en Nueva York, siempre tan enamorados uno del otro.

Hasta ochenta páginas mecanografiadas al día, novela tras novela. Realmente, éramos casi ricos, si comparábamos nuestra situación con la de nuestros inicios.

Un apartamento está libre en el segundo piso de la casa en que vivimos, y lo alquilamos, conservando la planta baja, que pasa a ser el estudio de Tigy.

La Exposición de Artes Decorativas nos deja fascinados y encargo a un decorador de vanguardia el mobiliario y la disposición de nuestro nuevo alojamiento. Bar americano cubierto de cristal esmerilado, iluminado desde abajo por no sé cuántas bombillas, convirtiendo así los cócteles, cuando éramos muchos, en unos fuegos artificiales.

Yo, de barman, con un jersey blanco de cuello vuelto, cogiendo las botellas una tras y otra y dosificando los licores. Representantes de Montparnasse, desde Foujita a Vertés y a… Pero ¿para qué enumerarlos? A veces, Joséphine en persona, en todo su esplendor, bailarinas rusas, la hija de un embajador asiático y, a las tres de la madrugada, un cierto número de cuerpos desnudos, otros tendidos sobre los cojines de terciopelo negro donde pasarán el resto de la noche. Pero, a las seis de la mañana en punto, yo me sentaba ante la máquina de escribir para llenar mis ochenta páginas diarias…

Luego, Porquerolles, donde no había entonces más que un puñado de veraneantes y donde permanecimos bastantes meses, gracias a que Tigy logró vender un gran desnudo, por ochocientos francos, a un aficionado armenio. Y allí, para mí, yendo de roca en roca al borde de un agua de una transparencia absoluta, la contemplación, la fascinación ante la vida de los peces y de otros animales marinos, siempre ojo avizor, siempre al acecho, para comer o para no ser comidos por los otros.

Peces multicolores a los que no sólo espera la bullabesa, cangrejos, morenas, congrios y rayas, una fauna infinita que no tiene un instante de reposo, que come a los más pequeños o es comida por los más grandes. Un drama permanente en el agua que el sol irisa y que acaba a veces por darme vértigo.

Y yo, sin recibir la transferencia prometida que me debe alguno de mis editores, chupando durante una semana una pipa vacía por no disponer de treinta o cuarenta céntimos para comprar tabaco.

¡La eterna lucha por la vida, qué se le va a hacer!

Porquerolles, donde tendría mi casa y mis barcos, sigue siendo uno de los lugares memorables de mi vida. Conocía a cada uno de los ciento treinta habitantes de entonces. Me sentía como en mi casa. Después de la guerra, me dijeron que la isla había cambiado tanto que nunca me atreví a regresar.

La vuelta a Francia por ríos y canales. Tigy, Boule, el perro Olaf (un gran danés) y yo, a bordo de un pequeño bote, y una tienda para resguardar a Boule por la noche, que, por la mañana, me servirá de despacho. Mi máquina de escribir sobre una mesa plegable. Yo, tras ella, en una silla plegable también. Y una canoa a remolque, con los colchones, las provisiones y las cacerolas.

Una página de mi vida, pero, por escrito, las páginas pueden acabar resultando insoportablemente largas.

 

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