El recital de piano

Hebe Uhart

 

 

 

—Y va a tocar la mazurca N.º 2 de Chopin —dijo su madre a la vecina, mirando el programa.

—¡Qué bien! —dijo la vecina con cierta obsecuencia, como para agradarla, pero como si la que tocara el piano fuera su madre.

—Y ya, ya, tendría que estar en el piano porque no llega. Yo no digo que no sea capaz, ¡pero es tan dejada!

Hebe no ponía en duda lo que decía su madre, pero le quedaba una sensación difusa, de que algo no estaba bien.

Además con lo de dejada sabía a qué se refería: dejar la ropa tirada, no bañarse a menudo y poner los pies en los sillones; en cuanto a la capacidad, no sabía en qué la podría aplicar. Si su madre decía que no llegaba, no iba a llegar a tiempo para prepararse; ella adivinaba todo: hace poco había adivinado que el viejito de al lado se iba a morir en dos o tres días, y dicho y hecho; el viejito se murió.

Por lo tanto, ahora iba a ir al piano, silenciosamente, sin decir nada. Ella no podía decir:

—Mamá, no voy a tocar el piano.

Porque la madre le decía:

—Que yo sepa, trombón no hay en esta casa.

En esa casa había piano y lo había comprado su madre en un remate. Lo había comprado porque era un piano viejo de teclas amarillas, igual que el que tenía el tío Abel.

El tío Abel tocaba el piano y muchas veces la policía lo perseguía por los techos. Cuando fue a comprar el piano en el remate, su madre discutió tanto que ella pensaba que su madre era como una gitana y le dio vergüenza.

Otras veces pensaba que era una gitana gorda, que la había robado, pero no se sabía muy bien para qué. Hacía unos años, había pensado que su madre era otra y que ésta, por ser una gitana, no era tan mala.

Algunas veces la gitana lloraba y a ella le daba un poco de pena pero no podía acercarse para consolarla o para decirle algo cariñoso, siempre que lloraba salía enseguida con un domingo siete que revelaba que mientras lloraba estaba pensando en otra cosa.

Interrumpía de llorar para preguntar, por ejemplo:

—¿Le diste de comer al gato?

Entonces ya no le parecía más una gitana. Le parecía que era un ser débil y omnipotente al mismo tiempo. Pensaba en cómo un emperador romano puede tener momentos de debilidad. Como emperador romano era imponente. Su cuerpo gordo estaba en una silla —su silla— cerca de la luz para leer el diario. Levantaba el diario bien alto, un poco lejos, como para examinar algo absolutamente objetable, iba examinando las noticias con espíritu crítico, selectivo y pasaba con rapidez de una hoja a otra para leer lo que le interesaba. Donde ponía el ojo, ponía el entendimiento.

Cuando leía el diario Hebe hacía un gran rodeo alrededor de la silla, era como una zona erizada.

Pero también era una dama de gran presencia de ánimo.

Presencia de ánimo quería decir que uno debía estar a la altura de cualquier circunstancia: sea para comprar un par de zapatos, ante una enfermedad, uno debía salir airoso siempre.

Quizá más que la gitana o el emperador romano, la dama de gran presencia de ánimo es lo que más la intimidaba a Hebe. Cuando era gitana, era una extraña, ella podía descansar de algún modo, como emperador romano era terrible pero era cuestión de no ponerse a tiro. La presencia de ánimo era incomprensible para Hebe. ¿De dónde surgían esas respuestas oportunas, esa facilidad para poner el dedo en la llaga?

La presencia de ánimo era misteriosa porque parecía que ella tuviera un plan de acción, una estrategia con las personas. En cuanto al plan que tuviera respecto de ella, lo ignoraba.

Ahora ella necesitaba un vestido nuevo para el festival. Los vestidos que tenía eran para cubrirse pero no para resplandecer o impactar. Y todas se iban a hacer vestidos para resplandecer. Cuando le dijo a su mamá que precisaba un vestido, ella estaba evocando su infancia en el campo. Antes todo era más nítido, parece. Los inviernos eran como deben ser, bien crudos, y en el verano el sol rajaba la tierra, como es lógico. Las bestias eran más feroces, la escarcha como nunca se volvió a ver igual. Ella tenía en ese tiempo, si fuera posible, más presencia de ánimo aún que ahora, porque era una época de gente fuerte, que luchaba, no pensaba en pavadas. Además antes la gente no cambiaba de vestido siempre, uno en el campo identificaba de lejos a una persona por la ropa, y eso era una ventaja, nunca se podía equivocar uno. Por eso en su casa no se hablaba de la ropa, se hablaba de la segunda guerra mundial, que ya había pasado y de la línea Maginot.

Cuando le volvió a repetir que precisaba un vestido, su madre dijo:

—Sí, ya le hablé a Carmen.

Carmen era su prima y ella heredaba los vestidos de Carmen. Le quedaban grandes de hombros y chicos de cadera. Hebe no dijo nada. Sabía que no habría vestido nuevo y pensó: «Ya van a ver».

Cuando se decía «ya van a ver» no aparecía nadie concretamente. Eran multitudes. Cuando decía «ya van a ver» inmediatamente después pensaba en su propio velorio. Porque lo anterior era una amenaza enorme pero sin contenido, el sentimiento la ahogaba y no sabía ni ella misma qué es lo que iban a ver. Pero su velorio sí era concreto. Estaba ella en el cajón, muerta, y al lado la madre y a veces la vecina. La madre decía qué arrepentida que estaba por haberla tratado así, cómo había tratado así a una chica tan buena como Hebe, qué equivocada estaba y le pedía perdón. Hebe muerta la perdonaba y después venía como una especie de paz. Se iba a poner el vestido de su prima, cómo no.

Se rió sola y la invadió un placer nuevo y amargo, sentía una sorda obstinación. Ella estaba en la sombra más sombría, no tenía un lugar al sol, pero tenía una gran obstinación.

El vestido de Carmen no era fresco ni agradable al cuerpo; era de una tela muy costosa pero que se apelotonaba toda en puntitos muy chicos. Era una seda compacta, cubierta de pequeñas pelotitas brillosas, como para cubrir una gran superficie. Era como para una señora grande y sabia que supiera combinar el casi imperceptible olor que emanaba de esa tela con algún perfume adecuado y difuso, como si dijera: Aquí estoy yo, bien plantada, un poco gorda y con alguna melancolía, cómo no.

Pero Hebe era una chica y el brillo de esas pelotitas la hacía parecer apurada y enojada.

Su madre para ir al concierto se puso la plaqueta. La plaqueta era un rectangulito de tamaño un poco mayor que una hoja de afeitar cubierto con falsos brillantitos que se llevaba en el pecho. La plaqueta era muy chiquita para ese pecho tan grande; pero igual se destacaba porque ella la llevaba como un escudo; como si hubiera dicho: llevar el escudo es incómodo, hace calor, pero por lo menos saben que tengo escudo y saben a qué atenerse.

Cuando entró al escenario, Hebe pensó que iba a hacer una breve inclinación de cabeza, muy digna, a modo de saludo; pero antes de entrar al escenario, antes de que la vieran, tropezó con una viga que estaba entre bastidores y eso la descorazonó como para no hacer ningún saludo.

Avanzó derecho al piano y se sentó. Sabía aunque no las veía, que estaban su madre, la prima Carmen y la vecina.

Y no empezó a amansar el piano como en su casa, a tantearlo. Empezó a tocar azorada como si ella fuese dos personas; una aterrorizada que mira a la otra parte, un animal domesticado pero imprevisible que tocaba por su cuenta.

Después de la primera pieza —absurdamente, pensó ella—, vinieron aplausos. Entonces no se dan cuenta de nada —pensó—. Por lo tanto podía tocar más tranquila. Ya más tranquila, pudo simular que se conectaba con Chopin, como lo hacía de veras en su casa y vinieron aplausos mayores. Esos aplausos le permitieron echar una rapidísima mirada a la platea, de reojo: lo primero que vio, en el primer asiento, era el brillo de la plaqueta; eran los brillantitos que brillaban.

Ella odiaba esa plaqueta, nunca le gustó; ese brillo le produjo una sorda bronca y pensó «ya van a ver».

Empezó a tocar con toda precisión y maldad y cuando ya sabía ella que había tocado bien, al final de la pieza, aporreó el piano dos o tres veces con las manos abiertas, produciendo el desastre. Se levantó y salió sin saludar. No le dieron ningún premio, pero pudo pensar tranquila en la idea de su velorio, que era la que más paz le producía, la que más la reconciliaba con el género humano.

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