Los desnudos y los muertos [Fragmento]

Norman Mailer

 

 

 

Primera parte

La oleada

 

I

Nadie podía dormir. Al amanecer, se arriarían las lanchas de desembarco, un primer contingente de tropas cruzaría las aguas en ellas y atacaría la playa de Anopopei. En el barco, en toda la flota de asalto, los hombres eran conscientes de que, dentro de pocas horas, algunos de ellos iban a morir.

Un soldado está echado en su litera, cierra los ojos y sigue completamente despierto. A su alrededor, como un rumor de olas, oye en su duermevela el murmullo de los compañeros. «No lo haré; no lo haré», grita alguien en sueños, y el soldado abre los ojos y mira detenidamente la bodega. Su visión se pierde en el intrincado laberinto de hamacas, cuerpos desnudos y mochilas que se balancean. El soldado decide que tiene que ir al retrete y, mientras reniega, consigue sentarse, las piernas colgando en el aire, la espalda encogida bajo uno de los largueros de la litera superior. Suspira, alcanza los zapatos —que había atado a uno de los hierros del armazón — y se los pone lentamente. De las cinco literas superpuestas, la suya es la cuarta, y baja con incertidumbre en la oscuridad, con miedo de pisar a alguno de los hombres de las literas más bajas. Ya en el suelo, busca el camino entre una maraña de bolsas y fardos, tropieza con un fusil y camina hasta una puerta. Cruza otra sección de la bodega, igualmente abarrotada, y llega finalmente al retrete.

Dentro, el aire está impregnado de vapor. Incluso ahora hay un hombre en la única ducha de agua dulce: la ducha ha estado siempre ocupada desde que embarcaron. El soldado pasa junto a las duchas de agua salada, que no se usan, y se sienta en cuclillas sobre las tablas sueltas y mojadas del asiento de la letrina. Se ha olvidado los cigarrillos y pide uno a un compañero sentado a escasa distancia. Mientras fuma, mira el suelo negro, encharcado, cubierto de colillas, y escucha el ruido del agua que corre por la letrina. En realidad, no tenía motivo para ir, pero sigue sentado allí porque está más fresco y las emanaciones del retrete, del agua salada, del cloro, el olor viscoso y dulce del metal mojado, son menos sofocantes que la espesa hedentina de sudor que se respira en las bodegas donde duerme la tropa.

El soldado permanece allí mucho tiempo y después, lentamente, se pone de pie, se sube los pantalones verdes y piensa en los esfuerzos que tendrá que hacer para volver a su litera. El soldado sabe que se echará allí a esperar el alba y se dice: «Ojalá ya hubiera llegado la hora; me importa todo ya una mierda; ojalá ya fuera la hora». De regreso, piensa en un día de su infancia, muy temprano, por la mañana, en el que se quedó en la cama despierto, era su cumpleaños y su madre le había prometido una fiesta.

Esa noche, temprano, Wilson, Gallagher y el sargento Croft se pusieron a jugar una partida de cartas con dos ordenanzas del cuartel general. Se instalaron en el único lugar desocupado donde era posible ver las cartas después de apagarse casi todas las luces. De todos modos, se veían obligados a forzar la vista, pues la única luz encendida era una lamparilla azul, cerca de la escalera, y se hacía difícil distinguir los palos rojos de los negros. Llevaban jugando varias horas y ahora estaban medio ensimismados en el juego. Cuando el valor de las cartas era insignificante, las apuestas se hacían de forma inconsciente, maquinalmente.

La suerte de Wilson, buena desde el principio, se volvió excepcional cuando ganó tres manos seguidas. Estaba muy contento. Había un montón de libras australianas desparramadas descuidada y ostentosamente junto a sus piernas cruzadas y, aunque creía que contar el dinero traía mala suerte, estaba seguro de haber ganado cerca de cien libras. Esto le producía una intensa sensación voluptuosa en la garganta; la excitación que le daba cualquier forma de abundancia.

—Tenlo por seguro —le dijo a Croft con su melifluo acento del Sur—, este dinero va a ser mi ruina. Nunca podré entender estas malditas libras. Los australianos lo hacen todo al revés.

Croft no contestó. Estaba perdiendo un poco y, lo que más le mosqueaba, en toda la noche no había tenido una buena mano.

Gallagher gruñó.

—¡Qué coño! ¡Con esa suerte no tienes por qué contar el dinero! Basta con alargar la mano y cogerlo.

Wilson rió.

—Tienes razón, pero le hará falta una mano bien grande.

Rió de nuevo con una alegría fácil, casi infantil, y empezó a repartir las cartas. Era un hombre corpulento, de unos treinta años, con una abundante cabellera de pelo castaño dorado y una cara rubicunda, saludable, de rasgos grandes y definidos. Sorprendentemente, llevaba unas gafas redondas de montura fina y plateada que le daban a primera vista el aspecto de estudioso o, por lo menos, de metódico. Al repartir, sus dedos parecían deleitarse con el incitante contacto de las cartas. En ese momento soñaba con tomar una copa, le contrariaba que, con todo el dinero que tenía, no podía comprar ni siquiera una cerveza.

—¿Sabéis? —dijo entre risas—, con lo que he llegado a beber y nunca me acuerdo de cómo sabe hasta que lo vuelvo a probar.

Reflexionó un momento antes de echar la carta que tenía en la mano y luego hizo chasquear la lengua.

—Es lo mismo que joder. Cuando follas a menudo y vas bien servido, nunca te acuerdas de cuando pasas hambre. Y no hay nada más difícil que acordarse del gusto de un coño cuando tienes la cuestión resuelta. Una tía que yo conocía y que vivía en las afueras de la ciudad, que estaba casada con un amigo mío, tenía uno de esos meneos que te vuelven loco. He conocido muchas hembras, pero nunca me olvidaré de aquel conejo.

Meneó la cabeza en señal de reconocimiento. Pasó el dorso de la mano por su frente, alta, como esculpida, y se acarició sus dorados cabellos. Chasqueó la lengua con regodeo y dijo lentamente:

—Tío…, era como meterla en un tarro de miel.

Repartió dos cartas tapadas a cada hombre y volvió a concentrarse en el juego.

Por una vez, Wilson tuvo una mala mano y, después de una vuelta, que aguantó por ser el que iba ganando, se retiró. Cuando terminara la campaña, se decía, iba a inventar alguna forma de hacer alcohol. Había un sargento de cocina en la Compañía Charlie que debía de haber ganado unas dos mil libras australianas vendiendo a cinco libras el litro. Lo único que se necesitaba era azúcar, levadura y algunas latas de melocotones o albaricoques. Sólo de pensarlo, sentía cómo el entusiasmo le crecía en el pecho. ¡Quién sabe si no se podía hacer con menos! Su primo Ed, recordó, había usado melaza y pasas, y el resultado tenía un pase.

Por un momento, sin embargo, Wilson se desanimó. Tendría que robar todos los ingredientes de la tienda de suministros una noche, y luego buscar un lugar para ocultarlos un par de días. Y también necesitaría un buen escondrijo para guardar el mejunje. No debía estar demasiado cerca del campamento porque cualquiera podría encontrarlo, ni demasiado lejos, por si le venían a uno ganas de tomar una copa al momento.

Todo esto acarrearía muchos problemas, a menos que esperara hasta el fin de la campaña, cuando tuvieran un campamento permanente. Pero faltaba mucho para eso. Tal vez tres o cuatro meses. Wilson empezó a sentir cierto fastidio. Uno tenía que darse mucha maña para buscarse la vida en el ejército.

Gallagher había perdido aquella vuelta también y miraba a Wilson con resentimiento. ¡Sólo los idiotas como él ganaban todas las puestas grandes! Los remordimientos de conciencia comenzaban a molestar a Gallagher. Había perdido por lo menos treinta libras, unos cien dólares, y aunque la mayor parte lo había ganado durante el viaje, eso no le hacía sentirse mejor Pensó en su mujer, Mary, embarazada de siete meses, y trató de recordar su aspecto. Pero sólo logró sentirse culpable. ¿Qué derecho tenía él para tirar el dinero que debía enviarle? Le sobrevino una amargura profunda y familiar: todo le salía mal, tarde o temprano. Apretó la boca. Cualquier cosa que intentara, por mucho que se afanara, siempre terminaba por fracasar. La amargura se hizo más intensa, lo dominó por entero. Había algo que él deseaba, algo que casi podía tocar, y siempre acababa pegándosela y desapareciendo. Miró a uno de los ordenanzas, Levy, que barajaba las cartas, y la garganta de Gallagher se contrajo. Aquel judío estaba teniendo una suerte del demonio; súbitamente la amargura se transformó en rabia, le oprimió la garganta, y de ella brotó una crispada retahíla de tacos.

—Ya está bien, hombre, ya está bien. Volvamos a la partida, mierda. Basta de barajar las jodidas cartas y juguemos de una puñetera vez.

Hablaba con el feo acento de los irlandeses de Boston, alargando las «aes» y difuminando las «erres». Levy los miró e imitó su pronunciación:

—Estáaá bien. Repartiré laaas cartaaas y jugaaaremos.

—Muy gracioso —murmuró Gallagher, un poco como para sí.

Era un hombre bajo, con cuerpo robusto, y aspecto de ser áspero y desapacible en el trato. La cara, en consonancia con el cuerpo, era pequeña y fea, marcada con las cicatrices de un acné muy virulento, que le había dejado la piel picada y con prominencias. Tal vez fuera el color de su cara tal vez la forma de su larga nariz irlandesa, que se torcía a un lado, pero siempre parecía irritado. Pero sólo tenía veinticuatro años.

El siete de corazones. Miró cautelosamente sus dos cartas tapadas, vio que eran también corazones y se permitió abrigar esperanzas. No había ganado en toda la noche, y se dijo que le llegaba el turno. «Ni siquiera ellos van a fastidiarme esta vez», pensó.

Wilson apostó una libra y Gallagher acepto.

—Bueno, hagamos una puesta decente —gruñó.

Croft y Levy apostaron, pero el quinto hombre paso, y Gallagher se sintió burlado.

—¿Qué pasa? —preguntó—. ¿Te acojonas? De todos modos, nos vuelan la cabeza.

Su frase se perdió entre el rumor del dinero que arrastraban sobre la manta tendida que utilizaban como tapete y Gallagher fue presa de una ansiedad fría y estremecedora, como si hubiera blasfemado. «Santa María, madre de…», dijo para si rápidamente. Se veía tendido en la playa, con un muñón sangriento en lugar de la cabeza.

Siguiente carta, picas. ¿Embarcarían su cadáver?, se preguntó, ¿visitaría Mary su tumba? La compasión por sí mismo le resultó placentera. Por un momento anhelo la compasión de los ojos de su mujer. Ella lo comprendía, se dijo, pero, mientras trataba de pensar en ella, vio en su lugar una figura de «María, madre de…» que permanecía en su recuerdo desde que había comprado una estampita en la escuela parroquial. ¿Cómo era Mary, su Mary? Se esforzaba en recordar, en formar el rostro de ella en su mente. Pero ahora no podía, se le escapaba, como la melodía de una canción recordada a medias que insiste en transformarse en tonadas más conocidas.

Le tocó otra carta de corazones. Eso le daba cuatro corazones y habría dos oportunidades más de conseguir el quinto. Su ansiedad se apaciguó y se transformó en un intenso interés por el juego Miró alrededor. Levy pasó antes de que empezaran las apuestas, y Croft mostró un par de dieces. Croft apostó dos libras y Gallagher se convenció de que tenía un tercer diez. Si la mano de Croft no mejoraba, y Gallagher estaba seguro de ello, Croft no podría ganarle.

Wilson rió un poco y buscó descuidadamente su dinero. Al dejarlo caer sobre la manta, dijo:

—Va a ser una buena puesta.

Gallagher palpó los pocos billetes que le quedaban y se dijo que era la última oportunidad de rehacerse.

—Van dos más —murmuró, y sintió en seguida algo parecido al pánico. Wilson enseñó tres picas. ¿Por qué no se había dado cuenta? ¡Maldita suerte!

Pero el juego aún no había terminado, y Gallagher se tranquilizó. Wilson todavía no tenía la escalera. Sus cartas estaban a la par y tal vez Wilson no consiguiera más picas; hasta era posible que necesitara otra cosa. Esperaba no perder en la siguiente vuelta. Iba a apostar hasta que se le terminara el dinero.

Croft, el sargento Croft, sintió otra clase de excitación cuando se repartieron cartas de nuevo. Hasta aquel momento, había jugado aburrido, pero le tocó un siete, ahora tenía dos parejas. Entonces tuvo la firme y repentina convicción de que iba a ganar. Estaba seguro, le vendría un siete o un diez, tendría un full. Estaba convencido. Una certeza tan intensa como ésa tenía que significar algo. Generalmente jugaba al póquer teniendo una idea muy clara y realista de las pocas probabilidades de sacar una carta determinada, y con un conocimiento exacto de los hombres con quienes jugaba. Era el margen de casualidad existente en el póquer lo que, para él, le daba sentido a ese juego. Ponía en todo lo que hacía la habilidad y la experiencia de que era capaz, pero no ignoraba que, en último término, las cosas dependían del azar. Se alegró de que la suerte estuviera con él. Tenía un convencimiento inexplicable y profundo de que el azar estaba de su parte, y ahora, tras una larga noche de no ligar casi nada, tenía una buena baza.

Gallagher había sacado otra carta de corazones y Croft pensó que tenía una escalera de color. El as de picas que sacó no le sirvió para nada a Wilson, pero Croft adivinó que ya tenía la escalera y que jugaba sin arriesgarse. A Croft siempre le había sorprendido el juego artero de Wilson, en contraste con su aire de hombre bonachón y franco.

—Apuesto dos libras —dijo Croft.

Wilson puso dos billetes y Gallagher saltó.

—Dos más.

Croft tuvo la certeza de que Gallagher tenía una escalera. Dejó caer con parsimonia cuatro libras sobre la manta.

—Dos más.

Había una voluptuosa mueca de tensión en su boca.

Wilson rió con soltura.

—¡Diablos, va a ser una puesta de campeonato! —dijo—. Debería retirarme, pero nunca resisto la tentación de ver la última carta.

Ahora Croft ya no tenía dudas de que también Wilson tenía una escalera. Pudo ver que Gallagher dudaba… Una de las picas de Wilson era un as.

—Dos más —dijo Gallagher con cierto nerviosismo.

«Si ya tiene un full —se dijo Croft—, se las voy a ver todo el rato, aunque sería mejor guardar el dinero para la última vuelta».

Dejó caer dos libras más sobre el montón de la manta y Wilson lo imitó. Levy dio la última carta tapada a cada uno. Croft, conteniendo su excitación, miró en la penumbra de la bodega, vio la maraña de literas que se levantaban, una sobre otra a su alrededor, un soldado se dio la vuelta en sueños. Entonces cogió la última carta. Era un cinco. Barajó las cartas lentamente, sorprendido, no podía creer que hubiera estado tan equivocado. Contrariado, arrojó su mano sin comparar su juego con el de Wilson. Empezaba a estar irritado. En silencio los miró apostar; vio a Gallagher que ponía su último billete.

—Sé que no debo hacerlo, pero te las veo —dijo Wilson—. ¿Qué tienes?

Gallagher estaba huraño, como si supiera que iba a perder.

—¿Qué, te lo esperabas? Escalera de corazones, con la jota.

Wilson suspiró.

—No me gusta hacerte esto, macho. Pero estas picas te ganan, y llevo un solanas. —Y señaló el as.

Durante algunos segundos Gallagher permaneció silencioso, pero las rojas prominencias de su cara se volvieron violáceas. Después pareció estallar.

—¡Este hijo de puta tiene una suerte de cojones! —dijo mientras se erguía temblando.

Un soldado en una litera cerca de una puerta de la bodega se apoyó irritado sobre un codo y gritó:

—¡Coño, a ver si calláis y dejáis dormir!

—¡Qué te jodan! —gritó Gallagher.

—¿Por qué no lo dejáis de una vez?

Croft se puso en pie. Era un hombre flaco, de mediana estatura, pero iba tan tieso que parecía alto. Su enjuta cara triangular carecía totalmente de expresión bajo la luz azul; nada parecía sobrar en su dura y pequeña mandíbula, en las hundidas y firmes mejillas, en la breve nariz recta. Su escaso pelo oscuro tenía reflejos rojizos que se acentuaban bajo aquella luz y sus fríos ojos eran de un azul intenso.

—Oye, bulto —dijo en un tono frío y tranquilo—, ¿y tú, por qué no dejas de joder? Jugamos como nos da la gana, y no veo qué vas a hacer para impedirlo, a menos que quieras pelear contra los cuatro.

Hubo una réplica confusa desde la litera y Croft continuó:

—Si quieres algo, aquí estoy. —Pronunció aquellas palabras tranquila y claramente, con un dejo de acento del Sur. Wilson no le quitaba ojo.

Esta vez el soldado que se había quejado no respondió y Croft, con una leve sonrisa, volvió a sentarse.

—Estás buscando camorra —dijo Wilson.

—No me gustaba su tono —dijo Croft secamente.

Wilson se encogió de hombros.

—Bueno, sigamos —sugirió.

—Yo me retiro —dijo Gallagher.

Wilson se sintió mal. No era nada divertido sacarle a un hombre todo el dinero que tenía. Gallagher solía ser un buen tipo, y resultaba doblemente mezquino esquilmar a un compañero con el que se ha vivido tres meses en la misma tienda.

—Oye, tío, si a uno se le acaba el dinero no hay motivo para interrumpir el juego. Deja que te preste algunas libras —le ofreció.

—No, me retiro —dijo Gallagher de mal humor.

Wilson se encogió otra vez de hombros. No podía entender a hombres como Croft y Gallagher, se tomaban el juego demasiado en serio. A él le gustaba jugar y no veía otra forma de pasar el tiempo hasta la mañana; pero el juego no era tan importante. Tener un montón de dinero delante de los ojos estaba bien, pero hubiera preferido beber. O una mujer. Chasqueó la lengua con amargura. Una mujer… anda que no quedaba lejos.

Después de un largo rato, Red se cansó de estar echado en la litera y, tras esquivar a la guardia, subió a cubierta. El aire parecía frío después de permanecer tanto tiempo en la bodega. Red inspiró hondamente y durante unos segundos se movió con cautela en la oscuridad, hasta que empezó a distinguir los contornos del barco. La luna iluminaba las superestructuras de cubierta y las lanchas con un sereno resplandor plateado. Miró alrededor, consciente ahora del rumor sofocado de las hélices, el lento y contenido vaivén del barco que había sentido abajo, en la vibración de la litera. Se sintió mejor en seguida, la cubierta estaba casi desierta. Había un marinero de guardia junto al cañón más próximo, pero, comparado con la bodega, esto era el aislamiento.

Red caminó hacia la borda y miró el mar. El barco apenas se movía, toda la flota parecía detenerse y husmear su camino en el agua, como un sabueso no muy seguro de la pista. Lejos, en el horizonte, se alzaba abruptamente la silueta de una isla, una montaña que se elevaba entre una serie de colinas. Era Anopopei, dedujo, y se encogió de hombros. ¿Qué importaba? Todas las islas eran iguales.

De repente, pensó en la semana que tenían por delante. Mañana, cuando desembarcaran, los pies se les mojarían y los zapatos se les llenarían de arena. Una lancha tras otra iría desembarcando a los soldados; y una caja tras otra se iría apilando sobre la playa, a unos cuantos metros de la orilla. Si tenían suerte, no se encontrarían con la artillería de los japos y no habría demasiados defensores apostados. Sentía un miedo cansino. Vendría esta campaña, y luego otra, y otra más. Nunca terminarían. Mientras miraba el agua con el ceño fruncido se palpó el cuello; sentía flojear todas las articulaciones de su largo y delgado cuerpo. Era alrededor de la una. Dentro de tres horas empezaría el cañoneo. Y se chuparían un caliente y estomagante desayuno de plomo.

No había nada que hacer sino dejar que a un día le siguiera otro. El pelotón tendría suerte, mañana por lo menos. Habían calculado que las tareas que les habían asignado en la playa los mantendrían ocupados probablemente una semana; las primeras patrullas que se internarían por rutas desconocidas habrían cumplido sus misiones, y la campaña se reduciría a una rutina soportable y familiar. Escupió de nuevo, se tocó con sus dedos toscos y llenos de cicatrices sus pronunciados, hinchados, nudillos.

De pie, contra la amurada, el perfil de Red casi se reducía a una gran nariz y una mandíbula alargada, descolgada; pero a la luz de la luna, su aspecto era engañoso, pues no se veía lo rubicundo de su piel y de su pelo. Su cara siempre parecía encendida, colérica, salvo los ojos, que eran serenos, celestes, hundidos en una maraña de pecas y arrugas. Mostraba los dientes al reír, grandes, amarillos y torcidos; su áspera voz parecía relinchar cuando soltaba sus despreciativas y recias carcajadas. Todo en él era huesudo y nudoso, y, aunque medía más de un metro ochenta, apenas pesaba sesenta y ocho kilos.

Se rascó el estómago con la mano, palpó durante unos instantes y se detuvo. Se había olvidado el chaleco salvavidas. De inmediato pensó en volver a buscarlo, y se enfadó consigo mismo. «¡Jodido ejército! Te hace tener miedo hasta de darte la vuelta». Escupió. «Uno se pasa media vida tratando de acordarse de las instrucciones». Por un momento siguió preguntándose si debía ir a buscarlo, y luego, con una mueca, pensó: «Sólo pueden matarte una vez».

Eso era lo que le había dicho a Hennessey, un chaval que se había unido al pelotón unas semanas antes de que la fuerza expedicionaria se hubiera embarcado. «Un chaleco salvavidas: que se preocupe Hennessey de chorradas como ésa… Un chaleco salvavidas…».

Estaban juntos en cubierta una noche en la que sonó una alarma de ataque aéreo y se acurrucaron bajo un bote de salvamento, contemplando los barcos en formación deslizándose sobre las negras aguas, mientras la dotación del cañón más cercano aguardaba tensa junto al cargador. Un Zero atacó y una docena de reflectores intentó enfocarlo. Centenares de proyectiles luminosos trazaron sus arcos en el cielo. Había sido muy diferente del combate que había visto anteriormente, sin calor, sin cansancio, hermoso e irreal como una película en color o una lámina de calendario. Lo había contemplado absorto; y ni siquiera se había agachado cuando una bomba estalló en un barco a unos centenares de metros formando un abanico amarillo plomizo.

Su estado de ánimo había sido interrumpido por Hennessey.

—¡Dios mío, ahora que me acuerdo! —había dicho.

—¿Qué?

—Tengo el chaleco salvavidas desinflado.

Red soltó una carcajada.

—Te diré lo que puedes hacer. Cuando el barco se hunda, te agarras a una rata bien maciza que te lleve hasta la costa.

—Esto es muy serio. Lo mejor que puedo hacer es inflarlo.

Y en la oscuridad tanteó buscando el tubo de aire, lo encontró e infló el salvavidas. Divertido, Red lo miraba hacer. Era un crío. Dado cómo los educaban, ahora todos los chavales querían obedecer las normas. Red casi se entristeció.

—Ahora ya estás preparado para todo, ¿eh?

—Oye —respondió Hennessey muy digno—, no quiero correr riesgos. ¿Qué pasa si hunden el barco? Quiero estar preparado por si acabo en el agua.

En la distancia, la costa de Anopopei parecía deslizarse lentamente, casi como un gran barco. No, pensó Red, Hennessey no se iba a meter en el agua sin tenerlo todo preparado. Era de esos chavales que ahorran dinero para casarse antes de tener novia. Ése es el resultado de seguir las normas.

Red inclinó el cuerpo sobre la borda y miró el mar que iba quedando atrás. A pesar del aletargamiento del barco, su estela burbujeaba con viveza. La luna se había ocultado detrás de una nube y el agua parecía oscura, muy profunda, siniestra. Una aureola parecía rodear al barco y extenderse unos cincuenta metros alrededor de él, pero más allá sólo había oscuridad, tan vasta, tan densa, que ya no podía divisar la línea montañosa de Anopopei. Por la popa, las aguas espumarajeaban grises y espesas, estremeciéndose en remolinos allí por donde el barco abría el oleaje al avanzar. Después de un rato, Red sintió ese estado de triste comprensión en que uno cree entenderlo todo, todo lo que los hombres buscan y no consiguen. Por primera vez en muchos años recordó su regreso de la mina en el crepúsculo invernal, su carne de un color pálido y sucio contra la nieve; recordó la vuelta a casa, la comida en silencio, mientras su madre lo servía con hosquedad… Había sido un hogar gélido y agrio, donde cada persona se volvía una extraña para las otras, y que tras todos los años transcurridos, él siempre recordaba con amargura. Y sin embargo, ahora, al mirar el agua, podía sentir un poco de compasión, podía acordarse de su madre y de sus hermanos, que casi había olvidado. Entendió muchas cosas, recordó hechos tristes o desagradables de los años en que había estado vagabundeando, se acordó de un borracho al que habían robado en los escalones que llevan a Bowery Park, cerca del puente de Brooklyn. Era una clase de comprensión que sólo podía venirle en este momento, fruto de toda su experiencia, de la impaciencia forzada de dos semanas a bordo y del ambiente de esta noche, mientras se acercaban a las playas del desembarco.

Pero esta compasión duró sólo unos minutos. Lo comprendió todo, supo que ya no podía hacer nada y ni siquiera se sintió tentado de hacerlo. ¿Para qué? Suspiró, y la aguda percepción de su estado de ánimo se perdió con su suspiro. Había cosas que nunca podrían arreglarse. Era demasiado complicado. Un hombre tenía que arreglarse por su cuenta o se convertía en una especie de Hennessey, siempre preocupándose por tonterías.

Se sentía distante de todo aquello. Si podía evitarlo, él no hacía daño a nadie, y no toleraba que se lo hicieran. Nunca lo había tolerado, se dijo con orgullo.

Permaneció mirando el agua largo rato. Nunca había encontrado nada. Lo único que sabía era lo que no le gustaba. Resopló. Se quedó oyendo cómo el viento rozaba contra el barco. Todo su cuerpo sentía el paso de los segundos que corrían al encuentro del alba ya cercana. Ésta era la primera vez que estaría solo en meses y saboreó la sensación. Siempre había sido un solitario.

Se sentía distante de todo, volvió a repetirse, no quería nada. Ni dólares, ni una mujer, ni a nadie. Sólo una putilla cuando tenía ganas de estar acompañado. De todos modos, nadie más lo querría. Hizo una mueca y se asió a la borda. El viento le azotaba la cara al tiempo que le traía a través de las aguas los cada vez más intensos olores de la vegetación de la isla.

—Me es igual lo que digas —dijo el sargento Brown a Stanley—, no se puede confiar en ninguna.

Conversaban en voz baja desde sus literas. Stanley había tenido cuidado de elegirlas contiguas cuando subieron a bordo.

—No se puede confiar en ninguna mujer —concluyó Brown.

—No sé. Eso que dices no es del todo verdad —murmuró Stanley—. Mira, yo confío en mi mujer.

No le agradaba el giro que tomaba la conversación, alimentaba algunas dudas en su mente. Además, sabía que al sargento Brown no le gustaba que no estuvieran de acuerdo con él.

—Bueno —dijo Brown—, tú eres un buen muchacho y espabilado, pero de nada sirve confiar en una mujer. Mira la mía. Es guapa. Te enseñé su foto.

—Sí, es una mujer muy atractiva —asintió Stanley rápidamente.

—Sí que lo es, sí. ¿Y crees que va a esperarme sentada? Claro que no. Procurará pasárselo bien.

—Yo no me atrevería a decir eso —sugirió Stanley.

—¿Por qué no? No me hace daño si lo piensas. Sé lo que está haciendo y, cuando regrese, arreglaremos cuentas. Primero le preguntaré: «¿Has salido alguna noche?» y si dice que sí, en dos minutos le sacaré toda la verdad. Y si dice: «No cariño, ya me conoces», entonces haré averiguaciones entre mis amigos y si descubro que ha mentido, bueno, entonces la habré pillado y ¡menuda paliza le voy a dar antes de echarla a patadas!

Brown sacudió la cabeza solemnemente. Era de mediana estatura, un poco gordo, con cara de muchacho, nariz chata y respingona, pecas y pelo castaño claro. Pero se le habían formado arrugas alrededor de los ojos y tenía algunas pústulas en el mentón, recuerdo de la selva. Mirándolo detenidamente, se advertía que no llegaba a los treinta años.

—Sí, es una putada para el tío que vuelve a casa —concedió Stanley.

El sargento Brown asintió con gravedad; luego, su cara se avinagró.

—¿Qué te esperas? ¿Qué te van a recibir como un héroe? Cuando hayas vuelto, la gente te dirá: «Arthur Stanley, has estado mucho tiempo fuera», y tú contestarás: «Sí…», y entonces te dirán: «Aquí lo hemos pasado bastante mal, pero las cosas están empezando a arreglarse. Has tenido suerte, te has librado de lo peor».

Stanley rió.

—Yo no he visto mucho de esta guerra —comentó a renglón seguido con modestia—. Pero sé que esos pobres civiles ni siquiera han empezado a enterarse de lo que pasa.

—No saben nada —dijo Brown—. Pero tú viste en Motome lo suficiente para hacerte una idea. Mira, cuando pienso que mi mujer se está divirtiendo, probablemente en este mismo instante, mientras yo estoy aquí, sudando sólo de pensar en lo que nos espera mañana, me pongo negro, negro… —Hizo crujir sus nudillos nerviosamente y asió la tubería metálica que había entre las dos literas.

—No creo que mañana la cosa se ponga fea para nuestro pelotón, aunque tendremos que trabajar como bestias, pero en fin, un poquito de trabajo no nos va a matar —gruñó—. Si el general Cummings viniera mañana y me dijera: «Brown: lo voy a destinar a trabajos de descarga mientras dure la guerra», ¿crees que protestaría? Estaría más contento que un cerdo en una charca. Sabes, tengo bastante experiencia para sobrevivir a diez hombres, y te aseguro que, aunque en el desembarco de mañana nos hicieran volver a cañonazos desde la playa hasta el barco, lo que se dice ida y vuelta, no empezaría aún a parecerse a Motome. Ese día creí que me iban a matar. Aún no entiendo cómo me libré.

—¿Qué pasó? —preguntó Stanley. Dobló las rodillas con cuidado para no golpear la espalda del hombre que estaba en la litera de arriba, a sólo unos treinta centímetros de su cabeza. Desde que lo asignaron al pelotón había oído la historia una docena de veces, pero sabía que a Brown le gustaba repetirla.

—Bueno, desde el principio, cuando asignaron el pelotón a la compañía de Baker para aquella mierda de las lanchas neumáticas, estaba cantado que nos iban a joder, pero ¿qué ibas a hacerle?

Continuó contando la historia de cómo descendieron desde un acorazado hasta las lanchas neumáticas y de cómo los sorprendió la marea baja y los descubrieron los japoneses.

—Tío, no sabes lo prieto que tenía el culo cuando las baterías de los japos empezaron a hacer fuego sobre nosotros. Ni una de las lanchas quedó sana, se hundían. En la que estaba al lado de la mía iba el oficial al mando, creo que se llamaba Billings, y el pobre hijoputa había perdido la cabeza. Lloraba, gemía y trataba de hacer una señal luminosa al acorazado, para que éste abriera fuego y nos cubriera, pero temblaba tanto que no podía mantener la pistola en la mano.

»Y en medio de todo esto, Croft se pone de pie en la lancha y grita: “Vamos, capullo, dame esa pistola, no seas terco”; Billings se la dio y Croft se levantó y, bien a la vista de todos los japos de la playa, disparó dos veces y volvió a cargar el arma.

Stanley meneó la cabeza, como quien se hace cargo.

—Ese Croft es un tipo que se las trae —dijo.

—¿Un tipo que se las trae? Está hecho de hierro. No me gustaría tenerlo de enemigo. Probablemente es el mejor sargento de todo el ejército, y el más cabrón. Tiene nervios de acero, así de sencillo —dijo Brown con sequedad—. De todos los veteranos del pelotón, no hay uno solo que no tenga los nervios deshechos. Te lo confieso: tengo miedo a todas horas, y Red también. Y Gallagher, ése no ha estado aquí más que seis meses, pero estuvo cuando lo de las lanchas neumáticas y otro tanto le pasa, y Martínez, que es el mejor explorador de todo el ejército, todavía tiene más miedo que yo, y el mismo Wilson, aunque apenas lo demuestra, no es que esté muy animado. Pero Croft…, créeme, a ése le gusta el combate, le gusta. Nada peor que estar a sus órdenes, o nada mejor, según se mire. Perdimos once hombres de diecisiete, contando al teniente de entonces, algunos eran los mejores chavales del mundo, y el resto estuvimos para el arrastre durante una semana, pero Croft pidió ir con una patrulla al día siguiente, y lo asignaron temporalmente a la Compañía A, hasta que tú, Ridges y Toglio llegasteis como refuerzos, y tuvimos suficientes hombres para formar al menos un destacamento.

Al llegar a ese punto, a Stanley sólo le interesaba una cosa de lodo lo que tenía que ver con aquello.

—¿Crees que conseguiremos refuerzos suficientes para completar el pelotón de reconocimiento? —preguntó.

—Si es por mí —dijo Brown—, ojalá nunca tengamos los refuerzos. Mientras eso no ocurra, seremos un destacamento suelto, pero, si alguna vez nos envían los suficientes hombres para formar otro, no seremos más que dos piojosos escuadrones de ocho hombres cada uno. Ése es el inconveniente de formar parte de un pelotón de reconocimiento: no somos más que dos escuadrones menores de caballería y nos mandan a misiones que requieren un verdadero pelotón de infantería.

—Sí, y también estamos jodidos con los grados —dijo Stanley—. En cualquier otro pelotón del regimiento, tú y Martínez seríais sargentos mayores y Croft teniente.

Brown sonrió.

—No sé, Stanley —dijo—, no sé… Si conseguimos los refuerzos, quedará vacante un puesto de cabo, y tú no le harías ascos, ¿verdad?

A pesar de sus esfuerzos, Stanley sintió que se ruborizaba.

—¡Joder! —murmuró—. ¿Quién soy yo para pensar en esas cosas?

Brown amagó una risa.

—Bueno, son cosas en las que uno puede pensar.

Stanley, cabreado, se dijo que tendría que ser más cauto con Brown en el futuro.

En un experimento famoso, un psicólogo hacía sonar un timbre cada vez que daba de comer a un perro. Naturalmente, a la vista de la comida, el perro segregaba saliva.

Después de algún tiempo el psicólogo suprimió la comida, pero no dejó de hacer sonar el timbre. El perro continuó segregando saliva al oírlo. El psicólogo dio un paso más: suprimió el timbre y lo reemplazó por varias clases de ruidos violentos. El perro seguía salivando.

Había un soldado en el barco que se parecía al perro. Hacía mucho tiempo que estaba en el ejército y había visto muchas batallas. Al principio, el ruido de una bomba y el estallido iban a la par con su miedo. Pero después de varios meses había pasado tanto terror que ahora cualquier ruido repentino le producía pánico.

Se había pasado toda aquella noche en la litera, temblando cuando oía voces atropelladas hablando alto, o algún cambio en el repiqueteo de las máquinas del barco, o el ruido que producía algún objeto cuando alguien le daba una patada. Sus nervios estaban más tensos que en cualquier otra ocasión que pudiera recordar y, echado en su litera, empapado de sudor, pensaba aterrorizado en la próxima mañana.

El soldado era el sargento Julio Martínez, explorador del pelotón de información y reconocimiento del Regimiento de Infantería 460.

II

A las cuatro, pocos minutos después de desvanecerse la aurora, comenzó el bombardeo de Anopopei. Todos los cañones de la flota de asalto atacaron a intervalos de dos segundos y la noche se agitó y estremeció como un gran tronco a merced de las olas. Los barcos retemblaban y se balanceaban por efecto de las descargas, sacudiendo furiosamente las aguas. Por un instante, la noche pareció romperse en su inmensidad, convulsionarse como una posesa.

Después, tras las primeras andanadas, el fuego se hizo irregular y el cañoneo casi volvió a enmudecer entre las sombras. El retumbar de los cañones se distinguió cada vez más, parecía el ruido que producirían enormes trenes de carga que avanzaran a trompicones. Después se pudo oír el susurro de las balas pasando sobre las cabezas. En Anopopei, se apagaron las pocas fogatas que se veían dispersas.

Los primeros proyectiles cayeron en el mar, levantando columnas de agua, pero luego, algunos impactaron en la playa, y Anopopei cobró vida y brilló como el ámbar. Aquí y allá, donde la selva se unía a la playa, prendieron pequeños fuegos, y ocasionalmente un proyectil que llegaba demasiado lejos encendía unos centenares de metros de matorral. La línea de la playa se fue definiendo y parpadeando como un puerto entrevisto a lo lejos durante la noche.

Un depósito de municiones empezó a arder, extendiendo un resplandor rojizo sobre una parte de la playa. Varios proyectiles dieron en medio de aquel fulgor y las llamas cobraron una altura fantasmagórica, para desvanecerse luego en nubes de humo. Los proyectiles siguieron arrasando la isla y cada vez hacían blanco más en el interior. El fuego ya se había transformado en una escena regular, casi natural. Unos barcos lanzaban por turno sus proyectiles y luego retrocedían mar adentro, mientras una nueva fila de la formación atacaba. El depósito continuaba ardiendo, pero la mayor parte de los incendios de la playa había amainado y, a la luz que llegó con el primer despunte del alba, se vio que el humo no ocultaba, ni mucho menos, toda la orilla. A eso de dos kilómetros tierra adentro, algo se incendiaba en la cumbre de una colina, y en la lejanía, el monte Anaka se elevaba por encima de un humo ocre. Imperturbable, pese a los nuevos atavíos de color escarlata que adornaban su falda, la montaña descansaba sobre la isla y contemplaba el mar. Ante ella, el bombardeo resultaba insignificante.

En la bodega donde dormía la tropa, los ruidos eran más apagados y persistentes; crepitaban y retumbaban como un tren subterráneo. Las luces eléctricas, de un pálido tono amarillento, habían sido encendidas después del desayuno y se balanceaban torpemente en lo alto, arrojando sombras sobre las entradas de la bodega y las filas de literas, alumbrando las caras de los hombres congregados en los corredores y apiñados alrededor de la escalera que conducía a la cubierta superior.

Martínez escuchaba inquieto los ruidos. No se habría sorprendido si la tapa de la escotilla sobre la que estaba sentado se hubiera deslizado bajo sus pies. Sus ojos enrojecidos parpadeaban frente al resplandor cansado de las luces: trataba de insensibilizarse a todo. Pero sus piernas le flaqueaban cada vez que un ruido más fuerte que los precedentes golpeaba contra la estructura de acero. Sin razón aparente, se repetía la última frase de un antiguo chascarrillo: «No me importa si la palmo, empalmo, empalmo». Allí sentado, bajo aquella luz ictérica, su piel parecía parda. Era un mexicano pequeño, delgado y bien parecido, de pelo ondeado y rasgos finos y bien dibujados. Su cuerpo, aun en este momento, tenía la actitud y la gracia de un ciervo. Por muy rápidamente que se moviera, su movimiento era siempre grácil y natural. Y como un ciervo, su cabeza nunca estaba del todo quieta, y sus claros ojos pardos no descansaban nunca del todo.

Por encima del continuo traquido de los cañones, Martínez podía oír voces que se destacaban un instante y luego se perdían de nuevo. Distintas babeles de ruidos emergían de cada pelotón; la voz de los oficiales zumbaba en sus tímpanos como un insecto de paso, indefinida y sin embargo molesta.

—No quiero que ninguno se pierda cuando lleguemos a la playa. Manteneos unidos, es muy importante.

Apretó aún más las rodillas y se echó hacia atrás, sobre las caderas, hasta que los huesos se frotaron contra la carne firme de sus nalgas.

Los hombres de su pelotón parecían pequeños y perdidos en comparación con los otros. Croft hablaba ahora del embarque en las lanchas de desembarco y Martínez escuchaba con la atención distraída, aburrido.

—Bien —dijo Croft en voz baja—, será como la última vez que lo hicimos. No hay ninguna razón para que las cosas salgan mal, y no van a salir mal.

Red rió sardónicamente.

—Sí, iremos a esa playa —dijo—, pero tan seguro como que me he de morir que algún jodido imbécil vendrá para decir que nos volvamos a esta bodega.

—¿Crees que protestaría si tuviéramos que quedarnos aquí el resto de la guerra? —dijo el sargento Brown.

—A callar —dijo Croft—. Sólo si sabéis mejor que yo lo que hay que hacer, podéis hablar vosotros. — Frunció el ceño y continuó—: Nos corresponde la lancha número 28 de cubierta. Ya sabéis dónde está, pero, de todos modos, iremos juntos. Si alguien descubre que ha olvidado algo, peor para él. No vamos a volver.

—¡Tíos, que nadie se olvide los condones! —exclamó Red, y el pelotón prorrumpió en risas.

Croft pareció enfadarse un segundo, pero después dijo, arrastrando las palabras:

—Seguro que Wilson no va a olvidar el suyo.

Y todos rieron de nuevo.

—Ya estáis pensando en joder —gruñó Gallagher.

Wilson rió contagiosamente.

—Di que sí —terció—, preferiría olvidarme el fusil, porque si encuentro un coño en esa playa y no tengo un condón, me pego un tiro.

Martínez sonrió, pero la risa de los otros lo irritaba.

—¿Qué te pasa? —preguntó Croft en voz baja.

Sus miradas se encontraron, con la íntima expresión de viejos amigos.

—Este maldito estómago mío no está bien —dijo Martínez. Hablaba claramente, pero en voz baja y vacilante, como si tradujera del español. Croft volvió a mirarlo y después siguió hablando.

Martínez miró alrededor de la bodega. Los huecos entre las literas parecían amplios y extraños ahora que habían retirado las hamacas, y eso lo dejó un tanto intranquilo. Se le ocurrió que parecían las estanterías de la gran biblioteca de San Antonio, y recordó algo desagradable; una muchacha le había reprendido duramente. «No me importa si la palmo, empalmo», la idea atravesó su cabeza. Se estremeció. Algo terrible iba a pasarle hoy. Dios en su infinita bondad nos hace saber las cosas por anticipado y uno tiene que…, que estar alerta, que cuidarse. Se dijo la última parte en inglés.

La muchacha era bibliotecaria y había creído que él trataba de robar un libro. Él era muy pequeño entonces, se había asustado y respondió en español, y ella lo reprendió. Sintió picazón en la pierna. Recordó que lo había hecho llorar. ¡Maldita muchacha! Hoy podría hacer el amor con ella. La idea lo sumió en un agradable sentimiento perverso. Aquella tetas planas…, ahora podría escupirle a la cara. Pero aquellos estantes de la biblioteca todavía eran la bodega, y su miedo volvió. Sonó un silbato, y Martínez se sobresaltó.

—¡Los de la lancha número quince! —gritó alguien, y uno de los pelotones trepó por la escalerilla.

Martínez pudo sentir el nerviosismo de cada uno de los hombres que lo rodeaban por la forma en que las voces se habían sosegado. ¿Por qué no podían ir ellos primero?, se dijo, y maldijo la redoblada tensión que provocaba la espera. Algo iba a sucederle. Ahora estaba seguro.

Después de una hora llegó la señal y el pelotón se precipitó por la escalerilla. Y ya fuera de la bodega, los hombres se arremolinaron durante un minuto antes de que se les ordenara subir a la lancha que les correspondía. La cubierta estaba muy resbaladiza y trastabillaron y juraron mientras avanzaban torpemente por ella. Cuando llegaron junto a las grúas que sujetaban la lancha de desembarco, se pusieron en una fila desordenada y esperaron de nuevo. Red tiritaba en el frío aire matinal. Todavía no eran las seis y el día tenía ya el deprimente aspecto que los amaneceres tienen siempre en el ejército. Ese aspecto que le decía a uno que ya estaban en acción, que les aguardaba algo nuevo, algo desagradable.

En todo el barco las operaciones para el desembarco no seguían el mismo ritmo. Algunas lanchas estaban ya en el agua, cargadas de soldados y girando alrededor del barco como una trailla de perros. Los hombres de las lanchas saludaban al barco, y el color de la carne de sus caras parecía irreal frente a la pintura gris de las lanchas y el alba pálida sobre el mar. Aquellas aguas calmas parecían de aceite. Cerca del pelotón algunos hombres subían a una lancha de desembarco, y otra, ya cargada, comenzaba a descender, mientras las poleas de los pescantes rechinaban de vez en cuando. Pero en casi todo el barco los soldados aguardaban, como los hombres del pelotón de reconocimiento.

Los hombros de Red empezaban a entumecerse por el peso de la mochila, y el cañón del fusil le seguía golpeando el casco. Se estaba irritando por momentos.

—Por mucho que se lleve una mochila, uno nunca se acostumbra — dijo.

—¿La has ajustado bien? —preguntó Hennessey. Su voz parecía agarrotada y temblaba un poco.

—A la mierda con los ajustes —dijo Red—. Sólo hacen que me acabe doliendo en otro lado. No sirvo para llevar bultos: tengo demasiados huesos.

Siguió hablando y miraba de cuando en cuando a Hennessey, para ver si estaba menos nervioso. El aire era gélido; el sol, a su izquierda, estaba aún bajo y no daba ningún calor. Dio una patada contra el suelo y respiró los extraños efluvios de la cubierta de un barco: petróleo, brea y el olor a pescado del agua.

—¿Cuándo subimos a las lanchas?—preguntó Hennessey.

El cañoneo aún continuaba sobre la playa, y a la luz del amanecer la isla tenía un color verde pálido. Una delgada línea de humo corría a lo largo de la costa.

Red rió.

—¿Qué? ¿Crees que hoy va a ser diferente? Me parece que vamos a pasar la mañana en cubierta.

Pero, mientras hablaba, reparó en un grupo de lanchas de desembarco que giraban en el mar, a un kilómetro y medio de ellos.

—El primer grupo de lanchas todavía está dando vueltas —dijo para tranquilizar a Hennessey.

Por un instante, recordó otra vez la invasión de Motome, y un resto de aquel pánico volvió a apoderarse de él. La yema de sus dedos todavía se acordaba de la textura de los costados de la lancha neumática a la que se había agarrado. En el fondo de la garganta volvió a sentir el sabor del agua salada; y le sobrevino de nuevo el mudo gimoteo del miedo a hundirse en el agua cuando se está exhausto y los cañones del enemigo disparan sin cesar. Miró otra vez el mar y su cara hirsuta se ensombreció.

A lo lejos, la selva cercana a la playa había cobrado el aspecto desnudo y devastado que siempre deja un bombardeo. Las palmeras se erguían como columnas, despojadas de sus hojas, y ennegrecidas como si hubiera habido un incendio. En el horizonte, el monte Anaka era casi invisible en la neblina, de un pálido color azul grisáceo que era casi un término medio entre los tonos del agua y del cielo. Mientras Red miraba, un proyectil cayó sobre la playa y levantó una nube de humo más grande que las dos o tres que hacía un momento lo habían precedido. Éste iba a ser un desembarco fácil, se dijo Red, pero seguía pensando en las lanchas neumáticas.

—Me gustaría que nos dejaran un poco de esa isla —dijo a Hennessey—, vamos a tener que vivir en ella.

La mañana llevaba el torvo sello de la espera. Red aspiró y se puso en cuclillas.

Gallagher comenzó a jurar.

—¡Coño! ¿Cuánto tendremos que esperar?

—Aguántate —dijo Croft—. Medio pelotón de comunicaciones viene con nosotros y ni siquiera han subido a cubierta.

—¿Y por qué no han subido? —preguntó Gallagher. Se echó el casco hacia atrás—. Es una cabronada hacernos esperar aquí, pueden volarnos la cabeza.

—¿Acaso estás oyendo la artillería japonesa? —preguntó Croft.

—Eso no quiere decir que no la haya —dijo Gallagher. Lió un cigarrillo y empezó a fumarlo de mala gana, cubriéndolo con la mano, como si temiera que se lo arrebataran en cualquier momento.

Un proyectil silbó sobre sus cabezas e inconscientemente Martínez se resguardó contra los cañones. Se sentía desvalido.

El mecanismo de los pescantes era complicado y parte de los eslabones colgaban sobre el agua. Cuando un hombre va cargado con mochila y cartucheras, cuando lleva un fusil, dos cananas, varias granadas, una bayoneta y un casco, tiene la impresión de que una prensa le oprime el pecho y los hombros. Se hace difícil respirar y los miembros tienden a entumecerse.  Avanzar por el puente de las cuadernas que llevaba a la lancha de desembarco era una hazaña no muy diferente a la de caminar sobre una cuerda floja llevando una armadura.

Cuando el pelotón recibió la señal para subir a la lancha de desembarco, el sargento Brown se mojó los labios nerviosamente.

—Podrían haber planeado esto mejor —gruñó en dirección a Stanley, mientras avanzaban por el puente de las cuadernas. La cuestión era no mirar el agua.

—¿Sabes? Gallagher no es mal tipo, pero está un poco loco —confesó Stanley.

—Sí —dijo Brown distraído. Estaba pensando que sería vergonzoso que él, un sargento, se cayera al agua. «Dios mío, me iría al fondo», pensó—. Ésta es la parte que no me gusta.

Llegó al borde de la lancha de desembarco y saltó dentro; el peso de su equipo casi le hizo caer y se lastimó el tobillo. Todo el mundo pareció súbitamente alegre en la lancha, que se balanceaba suavemente entre las poleas.

—¡Ahí llega Red! —gritó Wilson, y todos rieron mientras Red caminaba con cuidado por el puente, con la cara contraída como una pasa. Cuando llegó al lado, los miró burlonamente y dijo:

—¡Mierda, me he equivocado de lancha! ¡Aquí no hay nadie con la suficiente cara de bobo para ser del pelotón de reconocimiento!

—¡Venga, cabrito! —dijo Wilson, con su risa nasal y fácil—. Que el agua está buena y fresquita.

Red hizo una mueca.

—Tú, tranquilo, que con lo pichafría que eres no se te arrugará.

Brown rió más y más. ¡Qué chavales más majos había en el pelotón!, se dijo. Parecía que ya hubiera pasado lo peor.

—¿Cómo se mete el general en estas lanchas? —preguntó Hennessey—. Él no es joven como nosotros.

Brown rió.

—Tiene dos ordenanzas que lo llevan en volandas.

Se regodeó con las carcajadas que saludaron su broma.

Gallagher se dejó caer en la lancha.

—Este jodido ejército —dijo—… apuesto a que la mayoría de las bajas se producen al subir a estas barcas.

Brown reía a carcajadas. Seguramente, Gallagher también tenía mala folla cuando hacía el amor con su mujer. Por un momento, estuvo tentado de decirlo, y eso le hizo reír aún más. En medio de las risas tuvo una súbita imagen de su propia mujer, en ese preciso instante, con otro hombre, en la cama; y hubo en sus carcajadas un prolongado instante vacío en el que no sintió nada.

—¡Eh, Gallagher! —dijo excitado—, apuesto a que tienes cara de jodido hasta cuando estás con tu mujer.

Gallagher pareció enfadarse, pero, de pronto, empezó también a reír.

—¡Pues sí, jódete!

Y eso hizo que todos rieran más y más.

Las lanchas de desembarco, con sus proas chatas, parecían hipopótamos mientras bufaban y resoplaban atravesando las aguas. Tendrían tal vez unos doce metros de longitud, por tres de ancho, y forma de cajas abiertas de zapatos, con un motor en la parte de atrás. En el espacio reservado a la tropa, las olas restallaban broncamente al golpear contra la compuerta de desembarco. El agua ya se había infiltrado por las junturas e iba meciéndose por el fondo y salpicando. Red dejó de esforzarse en mantener los pies secos. La lancha había estado girando hacía más de una hora y empezaba a marearse. De cuando en cuando, la fría espuma caía sobre ellos, contundente, brusca y un punto hiriente.

La primera oleada había desembarcado hacía unos quince minutos y la batalla de la playa crepitaba débilmente, a lo lejos, como una fogata. Parecía remota e insignificante. Para aliviar la monotonía, Red se inclinaba sobre la borda y oteaba la orilla. Aún quedaban unos cinco kilómetros de playa por ocupar, pero ya se veía el ornato de toda batalla: un tenue humo neblinoso que se arrastraba sobre el agua. En ocasiones, un grupo de tres bombarderos pasaba zumbando en dirección a la orilla, mientras el ruido de los motores se prolongaba con un leve rumor. Era difícil seguirlos cuando descendían en picado hacia la playa, pues entonces eran casi invisibles y aparecían como puntitos resplandecientes. Las vaharadas que levantaban las bombas parecían pequeñas e inofensivas y los aviones se volvían casi invisibles cuando el ruido de las explosiones relumbraba sobre el agua.

Red trató de aliviar el peso de su equipo apoyándolo contra el borde de la lancha. Aquel continuo girar era un incordio. Al mirar a los treinta hombres que se apretujaban con él y comprobar cuán poco natural resultaba el verde de sus uniformes contra el gris azulado de la caja de la lancha, respiró profundamente y se quedó inmóvil. El sudor le empezaba a correr por la espalda.

—¿Cuánto va a durar esto? —preguntó Gallagher—. ¡Maldito ejército! ¡Date prisa y espera! ¡Date prisa y espera!

Red estaba encendiendo un cigarrillo, el quinto desde que habían arriado la lancha; su sabor era soso, desagradable.

—¿Tú qué crees? —preguntó Red—. Apuesto a que no llegamos a la playa hasta las diez.

Gallagher soltó un juramento. Todavía no eran las ocho.

—Si realmente supieran hacer las cosas —continuó Red—, ahora estaríamos tomando el desayuno y hubiéramos subido a las lanchas dos horas más tarde. —Hizo caer la punta de ceniza que se había formado en el cigarrillo—. Pero no, algún hijoputa, que ahora está durmiendo, quería sacarnos del puñetero barco para no tener que preocuparse más de nosotros.

Deliberadamente, hablaba bastante alto para que el teniente de comunicaciones que iba en el bote lo oyera, y sonrió cuando el oficial se dio la vuelta.

El cabo Toglio, en cuclillas, miró a Red.

—Estamos mucho más seguros en el agua —explicó Toglio excitado—. Este blanco es bastante pequeño si se compara con un barco, y cuando nos movemos es mucho más difícil alcanzarnos de lo que te crees.

Red gruñó.

—¡Tonterías!

—Prefiero mil veces el barco, allí sí que no podrían darnos —dijo Brown—, es mucho más seguro.

—Me he informado —protestó Toglio—, las estadísticas demuestran que éste es el lugar más seguro en un desembarco.

Red odiaba las estadísticas.

—No me vengas con números —dijo al cabo Toglio—, si uno tuviera que hacerles caso, nadie se bañaría porque es demasiado peligroso.

—No, te lo digo en serio —afirmó Toglio.

Era un hombre de estatura media, de ascendencia italiana, grueso y con una cabeza en forma de pera, más ancha en las mandíbulas que en las sienes. Aunque se había afeitado la noche antes, la barba le oscurecía toda la cara hasta justo debajo de los ojos, salvo la boca, que era ancha y cordial.

—Va en serio —insistió—, he visto las estadísticas.

—Ya sabes lo que puedes hacer con ellas —dijo Red.

Toglio sonrió, pero se molestó un poco. Red no era mal tipo, pero demasiado independiente. ¿Adónde iríamos si todos fueran como él? A ninguna parte. La colaboración es necesaria en todo. Una invasión como ésta había sido planeada para ser eficiente, estaba ajustada a un horario. Los trenes no andarían si el maquinista se fuese cuando le diera la gana.

La idea lo impresionó, y ya levantaba uno de sus gruesos y fuertes dedos para replicar a Red, cuando de repente un proyectil de los japos, el primero en media hora, levantó una columna de agua a unos centenares de metros. El ruido fue inesperadamente violento y todos torcieron el gesto. En el silencio absoluto que siguió, Red gritó lo bastante alto para que todo el mundo pudiera oírlo:

—Mira, Toglio, si mi vida dependiera de ti, haría un año que estaría en el infierno.

La risotada general fue lo bastante sonora para incomodar a Toglio, que se esforzó en sonreír. Wilson completó el efecto al añadir con su voz grave:

—Toglio sabe cómo han de ser las cosas, pero su sistema siempre acaba jodiéndose. Nunca he conocido un tío tan experto en todo lo inútil.

No era cierto, se dijo Toglio, a él le gustaba que las cosas se hicieran bien y éstos no parecían apreciarlo. Nunca faltaba un Red para fastidiar haciendo reír a todo el mundo.

El ronroneo del motor de la lancha se hizo más ruidoso de repente; empezó a rugir y, después de trazar un círculo, la lancha se dirigió hacia la orilla. Inmediatamente, las olas empezaron a golpear contra la compuerta y una cascada de espuma empapó a los hombres. Hubo unos gruñidos de sorpresa y luego silencio. Croft descolgó su fusil y puso un dedo sobre el cañón para impedir que entrara agua. Por un instante, le pareció que estaba sobre un caballo al trote.

—¡Coño, esta vez va en serio! — dijo alguien.

—¡A ver si despejan la playa de una vez! —murmuró Brown.

Croft se sentía superior. Había sido una decepción enterarse semanas atrás de que, durante la primera semana, el pelotón debería dedicarse a tareas en la playa. Y sintió un desprecio silencioso cuando los hombres del pelotón demostraron su alegría ante la noticia.

«Cagados —murmuró para sí—. Un hombre que tiene miedo de asomar la nariz en la línea de fuego no sirve ni para una mierda». La responsabilidad del mando le consumía; en esos momentos se sentía fuerte y seguro. Ansiaba estar en la batalla que transcurría en la isla y sentía rabia contra la orden de asignar el pelotón a operaciones de descarga. Pasó la mano por su mejilla dura y enjuta y miró en silencio a su alrededor.

Hennessey estaba de pie cerca de la popa. Croft observó el rostro blanco y silencioso; llegó a la conclusión de que Hennessey estaba asustado y eso lo divirtió. Al muchacho le resultaba difícil quedarse quieto; no hacía más que moverse hacia adelante y atrás, y una o dos veces se sobresaltó visiblemente ante un ruido repentino. Sintió picazón en una pierna. Se rascó con violencia. Luego, observó Croft, Hennessey sacó el pantalón fuera de la polaina, lo arremangó hasta el muslo y, con mucha minuciosidad, tras humedecerse con saliva los dedos, los frotó sobre la roncha de la rodilla. Croft miró su carne blanca, cubierta de vello rubio; prestó atención al trabajo que se daba Hennessey para volver a meter el pantalón en la polaina y sintió una extraña agitación, como si aquellos movimientos tuvieran un significado. Ese muchacho es demasiado cuidadoso, se dijo Croft. Luego, en un arrebato de certeza, pensó: «Hoy lo van a matar». Tenía ganas de reír para liberarse de aquella inquietud que lo reconcomía. Esta vez estaba seguro.

Pero, de pronto, se acordó de la partida de póquer de la noche anterior, cuando no había logrado hacer un full, y se sintió confundido, luego contrariado. «Me parece que te estás volviendo demasiado inteligente». Su fastidio provenía, más que de la convicción de que sus emociones no tuvieran sentido, de que ya no pudiera confiar en ellas.

Meneó la cabeza y se sentó sobre las caderas, sintiendo cómo se deslizaba la lancha hacia la costa, con la cabeza vacía y esperando acontecimientos.

Martínez pasó el peor momento un poco antes de desembarcar. Todas las angustias de la noche anterior, todos los terrores que le habían asaltado al amanecer, habían alcanzado su punto culminante. Temía el momento en que bajara la compuerta, el momento de dejar la lancha. Le parecía que una bomba los haría volar a todos, o que una ametralladora emplazada frente a ellos iba a abrir fuego en el momento que quedaran al descubierto. Ninguno de los hombres hablaba y cuando Martínez cerró los ojos, el rumor de las aguas golpeando los flancos de la lancha le pareció aterrador, era como si estuviera ahogándose en ellas. Abrió los ojos y hundió las uñas con desesperación en las palmas de las manos. «¡Dios mío!», murmuró.

El sudor le corría desde la frente hasta los ojos. Se lo secó con brusquedad. ¿Por qué no se oía ningún ruido?, se preguntó. Y es que realmente no se oía nada. Sus compañeros estaban en silencio, y la calma había descendido sobre la playa; la ametralladora solitaria que hacía fuego en la distancia sonaba hueca e irreal.

De improviso, un avión rugió sobre sus cabezas, se internó en la selva y descargó sus proyectiles. Martínez casi gritó al oír el ruido. Sentía de nuevo que las piernas le flaqueaban. ¿Por qué no desembarcaban de una vez? En ese momento, casi tenía ganas de encontrarse con la tragedia que le esperaba cuando bajaran la compuerta.

Con su voz aflautada, Hennessey preguntó elevando la voz:

—¿Creéis que tendremos correo pronto?

Y su pregunta se perdió en una súbita explosión de risotadas. Martínez rió a carcajadas, luego con menos fuerza y terminó con nuevas carcajadas.

—¡Será jodido el tío! —le oyó decir a Gallagher.

De repente, Martínez comprendió que la lancha estaba a punto de detenerse. El ruido del motor había cambiado, se había vuelto más ensordecedor e inconstante, como si la hélice ya no estuviera en contacto con el agua. Tras un momento, comprendió que habían llegado.

Durante unos largos segundos, quedaron inmóviles. Cuando se abrió la compuerta, Martínez avanzó con dificultad por el agua, y casi tropezó cuando una ola, a la altura de la rodilla, rompió a sus espaldas. Caminaba con la cabeza baja, la vista fija en el agua, y solamente al llegar a la costa se dio cuenta de que no le había ocurrido nada. Miró alrededor. Otras cinco lanchas habían arribado al mismo tiempo, y sus hombres se alineaban en la playa. Vio a un oficial que se acercaba. Oyó que le preguntaba a Croft:

—¿Qué pelotón es éste?

—Información y reconocimiento. Se nos han asignado trabajos de descarga.

Y les dio instrucciones para esperar en un bosquecillo de cocoteros cerca de la playa. Martínez se puso en la fila y marcho detrás de Red; todos caminaban torpemente por la blanda arena. No tenía ningún sentimiento en especial, únicamente la certidumbre de que su condena se había aplazado.

El pelotón marchó unos doscientos metros y luego se detuvo en el bosquecillo de cocoteros. Ya hacía calor y la mayor parte de los hombres se quitaron las mochilas y se tumbaron en la arena. Antes de ellos, otros hombres habían pasado por el lugar. Unidades de la primera oleada se habían agrupado por allí, pues se veía que muchos zapatos habían pisado aquella arena aplanada y compacta; y, además, estaban los inevitables restos: paquetes de cigarrillos y una o dos raciones abandonadas. Ya se habían dirigido hacia el interior, estarían avanzando entre la jungla: no se veía a nadie.

Podían abarcar con la mirada una distancia de doscientos metros en todas las direcciones antes de que la playa se perdiera de vista: todo estaba tranquilo, relativamente vacío. Más allá de las dos revueltas que dibujaba la playa tal vez hubiera mucha actividad, pero ellos no podían saberlo. Aún era demasiado temprano para que llegaran los suministros, y los otros grupos de soldados que habían desembarcado con ellos ya se habían dispersado. A la derecha, a eso de unos cien metros, se había instalado un puesto de mando que consistía simplemente en un oficial apostado ante una pequeña mesa plegable, y en un jeep estacionado en el desenfilado que formaba la linde de la selva con la playa. A la izquierda, justo en un recodo de la playa, a unos doscientos metros, empezaba a funcionar el Cuartel General de la Fuerza Expedicionaria. Algunos soldados cavaban trincheras y dos hombres, cada uno por un extremo y avanzando de espaldas, desenrollaban un ovillo de alambre telefónico. Un jeep se puso en marcha sobre la arena mojada y firme de las márgenes del agua y desapareció más allá del puesto de mando. Las lanchas de desembarco que habían alcanzado la orilla junto a las banderolas al otro lado del Cuartel General ya se habían retirado y ponían rumbo hacia la flota de asalto. El agua era muy azul y los barcos parecían temblar un poco en la neblina matinal. De cuando en cuando, uno de los acorazados disparaba uno o dos cañonazos, y medio minuto más tarde se oía el silbido del proyectil al trazar su trayectoria por encima de sus cabezas en dirección a la jungla. A veces, una ametralladora empezaba a tabletear en la selva, y ocasionalmente recibía en respuesta un tiroteo agudo y persistente de un arma japonesa automática.

El sargento Brown miró los cocoteros desmochados por los proyectiles. Más lejos, otro bosquecillo estaba intacto, y Brown meneó la cabeza. «Muchos hombres podrían haber sobrevivido al bombardeo», se dijo.

—Este bombardeo no ha estado mal en comparación con el de Motome —dijo.

Red parecía indiferente.

—Sí…, Motome. —Se dio la vuelta y encendió un cigarrillo—. Ya huele mal.

—¿Cómo es posible que ya huela mal? —preguntó Stanley—. Es demasiado pronto.

—Pues huele mal —contestó Red. No le gustaba Stanley, y aunque había exagerado el ligero olor salobre que venía de la selva, estaba dispuesto a defender su afirmación. Un abatimiento ya conocido hacía presa de él; estaba aburrido e irritable, era demasiado temprano para comer y había fumado demasiados cigarrillos—. Esto no es un desembarco —dijo—. Es un ejercicio militar. Maniobras anfibias. —Escupió con amargura.

Croft se ajustó la cartuchera a la altura de la cintura y se colgó el rifle.

—Voy a recibir órdenes —dijo a Brown—. Quédate con los hombres hasta que yo vuelva.

—Se han olvidado de nosotros —masculló Red—. Nos podríamos echar a dormir.

—Por eso mismo voy a buscar órdenes —dijo Croft.

Red gruñó:

—¿Por qué no nos dejas apoltronar el culo todo el día?

—Mira, Valsen —dijo Croft—, deja de joder.

Red se lo quedó mirando con precaución.

—¿Qué te pasa? —preguntó—.¿Quieres ganar la guerra tú solito?

Se aguantaron las miradas unos segundos y luego Croft se alejó.

—Si buscas pelea, te equivocas de hombre —dijo el sargento Brown.

Red escupió de nuevo.

—No aguanto desaires de nadie.

Podía sentir el acelerado latir de su corazón. Había algunos cuerpos entre la resaca, a unos cien metros, y mientras Red miraba, un soldado del Cuartel General empezó a retirarlos del agua. Un avión sobrevoló sus cabezas.

—Esto está bastante tranquilo —dijo Gallagher.

Toglio asintió.

—Voy a cavar una zanja.

Desató su pala de la mochila. Wilson rió por lo bajo.

—Sería mejor que ahorraras tus fuerzas.

Toglio no hizo caso y empezó a cavar.

—Yo haré otra —dijo la voz aflautada de Hennessey, y se puso a cavar a unos veinte metros de donde estaba Toglio. Durante algunos segundos, sólo se oyó el raer de las palas contra la arena.

Oscar Ridges suspiró.

—¡Qué diablos! ¿Por qué no he de hacer otra yo también?

Después de decir esto, lanzó una carcajada no sin cierto embarazo y se inclinó sobre su equipo. Su risa había sonado como un rebuzno.

Stanley lo imitó:

—¡Hiaa, hiaa, hiaa!

Ridges se irguió y dijo melifluamente:

—¡Qué diablos! No puedo reírme de otro modo. No veo qué tiene de malo mi risa.

Rió de nuevo para demostrar su franqueza, pero sus carcajadas fueron mucho más moderadas esta vez. No hubo respuesta y empezó a cavar. Tenía un cuerpo corto y vigoroso en forma de pilar achaparrado, pues la cabeza apenas le sobresalía por encima de los hombros. Su cara era redonda y carnosa, con una mandíbula larga y floja que le hacía tener siempre la boca abierta. Sus ojos, saltones y mansos, aumentaban la impresión de simpleza y bonhomía. Al cavar, sus movimientos eran exasperadamente lentos: echaba cada palada exactamente en el mismo lugar, hacía una pausa cada vez y miraba alrededor antes de agacharse de nuevo. Todo él tenía un aire precavido, como si acostumbrara recibir bromas pesadas y las esperara.

Stanley lo observó con impaciencia.

—Seguro que si un incendio te pilla sentado —le dijo a Ridges mientras miraba al sargento Brown buscando aprobación—, te daría pereza orinar para apagarlo.

Ridges esbozó una sonrisa.

—Supongo —dijo tranquilamente, mientras Stanley se acercaba y se detenía junto a la zanja, examinando los progresos realizados. Stanley era un adolescente alto, de complexión corriente, con una cara estirada que por lo general expresaba vanidad, desdén y cierta inseguridad. Hubiera sido buen mozo de no ser por lo largo de su nariz y lo escaso de su bigote negro. Sólo tenía diecinueve años.

—Joder, te vas a pasar el día cavando —dijo Stanley con fastidio. Su voz era artificialmente tosca, como la de un actor que tratara de imitar la manera de hablar de los soldados.

Ridges no contestó. Pacientemente, continuó cavando. Stanley lo observó durante otro minuto, tratando de encontrar algo inteligente que decir. Empezaba a sentirse ridículo en esa situación y cediendo a un impulso echó arena en la zanja de Ridges. En silencio, Ridges la sacó con la pala, sin interrumpir su ritmo de trabajo. Stanley notaba que los hombres del pelotón lo estaban observando. Lamentó un poco haber empezado aquello, no estaba seguro de que los otros estuvieran de su parte. Pero había ido demasiado lejos para echarse atrás. Echó más arena con el pie.

Ridges bajó la pala y lo miró. Adoptó un gesto de estoicismo, pero traslucía tensión.

—¿Qué estás tratando de hacer, Stanley?

—¿No te gusta?

—No, no me gusta.

Stanley sonrió con parsimonia.

—Ya sabes lo que puedes hacer.

Red había observado la escena con indignación. Ridges le caía bien.

—¡Oye, Stanley! —gritó Red—. ¡Límpiate los mocos y trata de portarte como un hombre!

Stanley giró sobre los talones y lanzó a Red una mirada de rabia. Le había salido mal. Tenía miedo de Red, pero ya no podía echarse atrás.

—¡Vete a la mierda! —exclamó.

—Hablando de mierdas —dijo Red arrastrando las sílabas—, ¿tendrías la bondad de decirme por qué te molestas en cultivar esa pelusa que te crece debajo de la nariz, si ya la tienes bien crecida en el culo?

Hablaba con un tono sentencioso y sarcástico que hizo reír a todos antes de que terminara.

—¡Este Red! —dijo Wilson chasqueando la lengua.

Stanley enrojeció y dio un paso hacia Red.

—A mí no me hables de esa forma.

Red estaba cabreado y dispuesto a pelear. Sabía que podía vencer a Stanley. Pero no quería enfrentarse con él en este momento y dejó que se le pasara su arrebato.

—Si quiero te parto en dos —le advirtió a Stanley.

Brown se incorporó.

—Oye, Red —interrumpió—, no estabas tan valiente cuando tocaba pelearse con Croft.

Red se detuvo y se irritó consigo mismo. Así era. Siguió de pie, indeciso.

—No, es verdad —dijo—, pero yo no le tengo miedo a nadie.

Se preguntó si había tenido miedo de Croft.

—¡Mierda! —dijo alejándose.

Pero Stanley se dio cuenta de que Red no iba a pelear y fue tras él.

—Esto no se acaba aquí.

Red lo miró.

—¡Vete a tomar por el culo!

Ante su propia sorpresa, Stanley se oyó decir:

—¿Qué te pasa? ¿Tienes miedo?

Y supo que había hablado demasiado.

—Stanley —dijo Red—, podría romperte la cara, pero hoy no tengo ganas de pelea.

Su cabreo estaba volviendo y trató de controlarlo.

—Terminemos de una vez.

Stanley lo observó y luego escupió en la arena. Tuvo tentaciones de decir algo más, pero sabía que la victoria era suya. Se sentó junto a Brown.

Wilson meneó la cabeza y se dirigió a Gallagher.

—Nunca creí que Red pudiera arrugarse —murmuró.

Ridges, al ver que nadie lo molestaba, continuó cavando. El incidente le preocupaba un poco, pero el contacto de la pala en la mano lo calmaba. «Nada más que una palita», se dijo. Papá se reiría si lo viera. Se concentró en su trabajo, sintiéndose a sus anchas en él. «No hay nada como el trabajo para poner a un hombre en su lugar», pensó. La zanja estaba casi terminada y empezó a nivelar el fondo saltando con los pies juntos sobre él.

Se oyó un abejorreo repetido, como el que podría producir un matamoscas cuando golpea contra la mesa. Miraron alrededor con inquietud.

—Es un mortero de los japos — masculló Brown.

—Está muy cerca —murmuró Martínez.

Era lo primero que decía desde que habían desembarcado.

Los hombres del Cuartel General se habían echado a tierra. Brown aguzó el oído y oyó un zumbido cada vez más intenso y escondió la cara en la arena. El proyectil del mortero estalló a unos ciento cincuenta metros, y él permaneció inmóvil mientras oía el ruido nítido y aterrador de la metralla barrenando el aire, machacando el follaje de la selva. Brown sofocó un gemido. La bomba había caído a una distancia considerable, pero… Era presa de un pánico irracional. Siempre que se iniciaba un combate había un minuto en que le resultaba totalmente imposible dominarse, y en que hacía lo primero que le pasaba por la cabeza. Ahora, cuando el eco de la explosión se perdía en el aire, se puso en pie de un salto.

—¡Vamos! ¡Larguémonos de aquí!—gritó.

—¿Y Croft? —preguntó Toglio.

Brown trató de pensar. Sentía una necesidad desesperada de alejarse de esa parte de la playa. Se le ocurrió una idea y se aferró a ella sin dudarlo.

—Tú ya tienes tu zanja, quédate aquí. Nosotros nos vamos a un kilómetro de aquí, y cuando Croft vuelva, nos encontramos allá. —Empezó a recoger su equipo, lo dejó caer de repente y murmuró—: ¡Mierda! Después lo busco.—Y comenzó a caminar. Los otros hombres lo miraban sorprendidos. Se encogieron de hombros y luego Gallagher, Wilson, Red, Stanley y Martínez lo siguieron formando una larga fila. Hennessey los observó alejarse y luego miró a Toglio y a Ridges. Había cavado su zanja a sólo unos metros de los márgenes del bosquecillo de cocoteros, y ahora trató de mirar a través de los troncos, pero la espesura no dejaba ver más allá de quince metros. La zanja de Toglio, a su izquierda, estaba a unos veinte metros, pero parecía mucho más distante.

Ridges, al otro lado de Toglio, también parecía estar a una gran distancia.

—¿Qué hago? —preguntó en voz baja a Toglio. Había tenido ganas de irse con los otros, pero tuvo miedo de decirlo, temía que se rieran de él. Toglio miró alrededor y luego, agazapándose, corrió hasta la zanja de Hennessey. Su cara, ancha y morena, estaba sudando.

—Menuda situación —dijo con dramatismo, y luego miró hacia la selva.

—¿Qué ocurre? —preguntó Hennessey. Sentía una tensión en la garganta que no podía calificar de agradable o desagradable.

—Creo que los japos han puesto un mortero cerca de la playa y que nos van a atacar.

Toglio se enjugó el rostro.

—Ojalá los otros hubieran cavado aquí zanjas y se hubieran quedado —dijo.

—Eso de que se hayan ido es una marranada —dijo Hennessey. Y se sorprendió de su espontaneidad.

—No sé —dijo Toglio—, Brown tiene más experiencia que yo. Tienes que confiar en tus superiores.

Dejó que la arena de su mano se deslizara entre los dedos.

—Vuelvo a mi zanja. Siéntate y espera. Si llegan los japos, tenemos que detenerlos.

La voz de Toglio era solemne y Hennessey asintió vivamente. «Parece una película», pensó. Imágenes confusas cruzaban por su mente. Se vio poniéndose en pie y rechazando un ataque. «Bien, chaval, bien», le decía Toglio palmeándole la espalda. Tras agazaparse de nuevo, Toglio corrió hasta su zanja para hablar con Ridges.

Hennessey recordó que Red le había dicho que Toglio había llegado al pelotón después de pasar lo peor de la campaña de Motome. Se preguntó si podía confiar en él.

Hennessey se acurrucó en su zanja y observó la jungla. Tenía la boca seca y continuamente se humedecía los labios; cada vez que parecía ver un movimiento en los matorrales, el corazón se le encogía. La playa estaba muy tranquila. Pasó un minuto y empezó a aburrirse. Oyó el motor de un camión que cambiaba de velocidad en la playa, y cuando decidió echar un vistazo y se giró, pudo ver que se aproximaban más lanchas de desembarco, estaban a una milla de la costa. «Refuerzos para nosotros», se dijo, y comprendió que era absurdo.

El áspero abejorreo surgió de nuevo de la selva, y le siguió otra descarga, y otra, y otra. «Son los morteros», pensó, y consideró que estaba aprendiendo con rapidez. Entonces oyó un penetrante restallido, casi encima de su cabeza, como el chirrido de un automóvil que frena de repente para evitar un choque. Instintivamente, se acurrucó en la zanja. A continuación, no supo qué pasó. De repente, oyó una espantosa explosión que pareció invadir todo su cerebro, y la tierra tembló bajo sus pies. Agarrotado como estaba, sintió que una nube de broza le caía encima al tiempo que la detonación estremecía todo su cuerpo. Vino otra explosión, más broza y una nueva sacudida; y luego otra explosión, y otra. Se encontró sollozando en la zanja, dominado por el terror y el resentimiento. Cuando estalló otro proyectil, gritó como un niño:

—¡Basta! ¡Basta!

Permaneció allí temblando durante casi un minuto después de que cesaran las bombas. Sintió los músculos calientes y húmedos y lo primero que pensó fue: «Estoy herido». Era agradable y tranquilizador e imaginó vagamente una cama de hospital. Se llevó la mano atrás y comprendió, entre el asco y la alegría, que se había cagado.

Se quedó inmóvil. «Si no me muevo, no me ensuciaré más», pensó. Recordó que Red y Wilson hablaban de «mantener el culo prieto» y ahora entendió lo que querían decir. Le acometió una risa nerviosa. Las paredes de su zanja se desmoronaban y tuvo un instante de angustia al pensar que tal vez se desliarían con la próxima explosión.

Empezaba a notar el tufo y sintió una ligera náusea. ¿Se cambiaría de pantalones? No sabía. Sólo tenía otro par en la mochila y quizá tuviera que usarlos durante un mes. Si tiraba éstos, tal vez le hicieran pagar por ellos.

Pero no, qué absurdo, se dijo, uno no tiene que pagar el equipo que se pierde durante la guerra. Le sobrevino de nuevo una risa tonta. ¡Qué historia para contarle a papá! Por un momento, vio la cara de su padre. Una parte de sí mismo procuraba armarse de valor para atreverse a mirar por encima del borde de la zanja. Se irguió con cuidado, con tanto miedo de ensuciarse más los pantalones como del enemigo.

Toglio y Ridges debían de estar dentro de sus zanjas. Hennessey empezó a sospechar que lo habían dejado solo.

—¡Toglio, cabo Toglio! —intentó gritar, pero sólo pudo emitir un susurro ronco y ahogado.

No hubo respuesta; no se preguntó si lo habrían oído. Estaba solo, completamente solo, se dijo, y sintió terror de aquella intensa soledad. Se preguntó si los otros también tendrían miedo. Nunca había estado en combate, y no era justo dejarlo solo; Hennessey empezó a sentir rencor porque le hubieran abandonado. La jungla parecía oscura, inquietante, como un cielo que se va cubriendo de nubes de tormenta.

De repente, comprendió que no podía seguir allí. Salió de la zanja, agarró el rifle y comenzó a arrastrarse.

—Hennessey, ¿adónde vas? —gritó Toglio, sacando la cabeza fuera de su zanja.

Hennessey se estremeció y luego comenzó a balbucear:

—Voy a buscar a los otros. Es importante. Me he ensuciado los pantalones —dijo, y empezó a reírse.

—¡Eh! ¡Vuelve! —gritó Toglio.

El muchacho miró la zanja y vio que no era posible volver a ella. La playa parecía tan despejada, tan inmaculada…

—No, tengo que irme.

Y empezó a correr. Oyó gritar a Toglio una vez más, y luego sólo fue consciente de su respiración. De golpe, se dio cuenta de que algo se deslizaba y bailaba por el pliegue que formaban sus pantalones en el arranque de la polaina. En un frenético impulso, se desabrochó, dejó caer los excrementos y empezó a correr de nuevo.

Hennessey pasó por donde se ponían las banderolas para advertir a los barcos que podían acercarse, y vio al oficial del puesto de mando en un pequeño refugio, de bruces, cerca de la selva. De pronto, oyó disparos de morteros y luego, inmediatamente, los de una ametralladora cercana. Un par de granadas explotaron con el retumbo hueco con que revientan las bolsas de papel. Por un instante pensó: «Son los nuestros atacando a los japos del mortero». Luego oyó el zumbido de la bomba que descendía sobre él. Hizo una pirueta y se tiró al suelo. Quizá oyó la explosión antes de que un fragmento de bomba le partiera la cabeza en dos.

Red lo encontró cuando el resto del pelotón volvía para reunirse con Toglio. Esperaron que terminara el bombardeo en una larga trinchera, en forma de zigzag, que había sido cavada más lejos por una compañía de reserva. Después de que les llegara la noticia de que los japos del mortero habían sido liquidados, Brown decidió regresar. Red no sentía deseos de hablar con nadie, e inconscientemente asumió el mando. Enfiló un recodo de la playa y vio a Hennessey boca abajo en la arena, con una hendidura profunda en el casco y un cerco de sangre en la cabeza. Una de sus manos tenía la palma hacia arriba, y sus dedos agarrotados parecían querer asir algo. Red sintió náuseas. Le caía bien Hennessey, pero el afecto que sentía por él era el mismo que sentía por muchos del pelotón, un afecto en el que iba incluida la posibilidad de que todo terminara así. Lo que le molestaba a Red era el recuerdo de la noche que habían estado en cubierta durante la incursión aérea, cuando Hennessey había inflado su chaleco salvavidas. Red sintió un pasmo de temor, era como si alguien, algo, los hubiera estado observando de reojo esa noche mientras se reía. Parecía haber una pauta allí donde no debería haber nada.

Brown se acercó por detrás y contempló el cuerpo con el rostro desencajado.

—No sé si debí dejarlo aquí —se lamentó.

Trataba de no pensar en su posible responsabilidad.

—¿Quién se ocupa de los cadáveres?

—El Registro de Bajas.

—Bueno. Voy a buscarlos, así se lo llevarán —dijo Red.

Brown arrugó el ceño.

—Se supone que debemos permanecer juntos.

Se detuvo y luego dijo sin dominar su rabia:

—¡Mierda, Red, hoy te has portado como un cobarde todo el día, provocas peleas y luego te achantas, y cuando nos atacan, abandonas a…! —Miró a Hennessey y no terminó.

Red ya se había alejado. Durante el resto del día, no volvería a ese lugar. Escupió, tratando de exorcizar la imagen del casco de Hennessey y la sangre que aún fluía por la hendidura.

El pelotón lo siguió y cuando llegaron al lugar en que habían dejado a Toglio, empezaron a cavar zanjas en la arena. Toglio daba vueltas nerviosamente, repitiendo todo el tiempo que le había gritado a Hennessey que regresara. Martínez trató de tranquilizarlo.

—Está bien, ¿qué quieres hacer? —dijo varias veces.

Cavaba con rapidez y sin esfuerzo en la blanda arena, sintiéndose tranquilo por primera vez ese día. Su terror se había calmado con la muerte de Hennessey. Ahora ya nada podía ocurrir.

Cuando Croft regresó, no hizo ningún comentario acerca de las noticias que Brown le dio. Éste se sintió aliviado y decidió que no tenía que echarse la culpa. Dejó de pensar en ello.

Pero Croft pensó todo el día en el incidente. Más tarde, mientras descargaban en la playa el material, se descubrió varias veces pensando en lo ocurrido. Su reacción era similar a la que tuvo cuando descubrió que su mujer le era infiel. En ese instante, antes de que le acometieran la ira y el dolor había sentido una agitación sorda y palpitante, y la conciencia de que su vida había cambiado en cierta medida, que algunas cosas ya nunca serían como antes. Ahora sintió lo mismo. La muerte de Hennessey había provocado en Croft tales imágenes y sensaciones de omnipotencia que tenía miedo de considerarlas abiertamente. El hecho le rondó todo el día por la cabeza, atormentándolo con extraños sueños e inquietantes presagios de que había sido dotado de un poder.

 

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