La hermandad de la uva [Fragmento]

John Fante

 

 

1

Una noche del pasado septiembre me llamó mi hermano desde San Elmo para decirme que nuestros padres volvían a hablar de divorciarse.

—¿Y dónde está la novedad?

—Esta vez va en serio —dijo Mario.

Nicholas y Maria Molise llevaban casados cincuenta y un años, y aunque desde el principio había sido una relación infeliz, mantenida y conservada por el inflexible catolicismo de mi madre, que castigaba a mi padre tolerando de un modo irritante su egoísmo y su desprecio, ahora nos parecía una completa locura que quisieran separarse, ya que mi madre tenía setenta y cuatro años y mi padre setenta y seis.

Pregunté a Mario de qué se trataba esta vez.

—Adulterio. Mamá lo pilló con las manos en la masa.

Me eché a reír.

—¿Cómo va a cometer adulterio el pobre viejo?

La verdad es que hacía muchos años que no se le acusaba de una cosa así. La última vez había sido por coquetear con Adele Horner, una empleada de Correos («una arpía pequeñita y borde», según mi madre), una señora cincuentona que cojeaba un poco. Pero había transcurrido mucho tiempo desde entonces y papá ya no era el de antes. Sin ir más lejos, en abril, el día de su cumpleaños, lo había visto doblado en el suelo, gimiendo y golpeando la moqueta con los puños, hasta que se le pasaba el dolor de la próstata.

—Venga, Mario —repliqué—. Es un viejo que está para el arrastre.

Me contó que mamá había descubierto manchas de carmín en los calzoncillos de papá, y cuando le puso delante la prueba (me la imaginé restregándole los calzoncillos por la nariz), papá la asió por el cogote, la obligó a doblarse sobre la mesa de la cocina y le pateó las nalgas. Aunque iba descalzo, los puntapiés le produjeron una moradura en la cadera, y le quedaron señales rojas en el cuello.

Avergonzado de la cobarde agresión, huyó de la casa en el momento en que Mario entraba por la puerta trasera. Al ver los hematomas de mamá, Mario se enfureció tanto que salió corriendo, subió a la camioneta, fue a la comisaría y presentó una denuncia contra su padre, Nicholas Joseph Molise, acusándole de agresión y malos tratos.

El comisario Regan, de la policía de San Elmo, trató de convencer a Mario de que no fuera tan drástico. Regan era un viejo compañero de correrías de mi padre y, como él, socio del Elks Club. Pero Mario aporreó la mesa y obligó al comisario a cursar la denuncia. Acompañado de un ayudante, el comisario Regan se dirigió a la casa de los Molise, sita en Pleasant Street.

A Mario se le revolvieron las tripas cuando vio que el viejo se negaba a entregarse y se quedaba en el porche delantero, empuñando una pala. Los vecinos no tardaron en acudir en tropel. Mi padre y el comisario entraron en la casa, se sentaron en la cocina, se tomaron unos vinos y hablaron de la situación, mientras mamá lloraba con desconsuelo en el dormitorio.

El gentío apelotonado delante de la vivienda de los Molise inundaba ya la calle y hubo que llamar a dos coches patrulla para que acordonasen la manzana. La vieja amistad entre mi padre y el comisario terminó bruscamente en aquel punto y hora. El comisario sacó unas esposas y estalló la guerra. Mi padre pidió socorro a gritos, los ayudantes entraron inmediatamente y mi padre fue inmovilizado contra el suelo y esposado. Lo sacaron a rastras, jadeando, y lo metieron en el coche patrulla.

Mi madre, al ver a su cónyuge esposado, lanzó gritos de angustia. Se abalanzó sobre los policías, se revolvió y dio tales zarpazos con tanta furia que acabó sin conocimiento en la acera. Dos vecinas, las señoras Credenza y Petropolos, la metieron en su domicilio, con los pies arrastrando.

Mi hermano Mario, que había revivido el miedo cerval que le inspiraba nuestro padre, asomó la cabeza tras los cubos de basura del callejón y corrió al sofá donde habían tendido a nuestra madre, para consolarla y acariciarle la mano.

Devorada por el deseo de perdonar a su marido, mamá se levantó con torpeza, cruzó la habitación tambaleándose, cayó de rodillas ante la figura de Santa Teresa e imploró a la Florecilla que no castigara a su impetuoso marido, que una vez más tuviera compasión de sus pecados y rogara por su alma inmortal ante el tribunal de Dios Todopoderoso.

Pidió a Mario que retirase la denuncia contra el viejo para que lo dejaran salir del calabozo.

—Es un anciano, Mario. No era su intención hacerme daño, pero pierde la cabeza.

Mario, al principio, no quiso ni pensar en la posibilidad de liberar a papá y prefería que pasase unas horas en el trullo para que se calmara. Pero los lamentos de mi madre, su noble resolución y la advertencia de que papá lo descuartizaría si no lo sacaba pronto ablandaron a Mario. Los dos fueron al centro para poner al viejo en libertad.

—¿Qué otra cosa podía hacer? —me dijo Mario al teléfono—. Es un viejo con muy malas pulgas, y cuanto más tiempo pasa encerrado, más se cabrea. Es un perro rabioso.

Pero, ante su asombro y la indignación del comisario Regan, Nick Molise no quiso que lo soltaran ni que retiraran la denuncia. Cubriendo de insultos a Mario y a mamá y mirando con desprecio a sus captores, aceptó voluntariamente la reclusión y juró defender su inocencia ante todos los tribunales del país, incluso ante el Tribunal Supremo, para demostrar que aún existía la justicia en Estados Unidos.

—Y me escupió en la cara —dijo Mario—. Me llamó Judas, asesino de Cristo. Dijo que yo ya no era su hijo. Y me dio una patada en el estómago.

El comisario Regan perdió los nervios, rompió la denuncia y ordenó a papá, a mamá y a Mario que abandonaran la comisaría. Nick Molise no movió un músculo y siguió apretando los barrotes de la celda con las manazas. Tres agentes le golpearon los nudillos, lo sacaron, lo empujaron por el pasillo y lo echaron a la calle.

A continuación estalló una pelea entre el viejo y Mario, los dos cayeron rodando por los escalones de la comisaría, siguieron rodando por la acera y fueron a parar a la calzada. Los agentes los separaron, y habrían podido empaquetarlos por alterar el orden público, pero el comisario, deseoso de poner fin al asunto, ordenó a sus hombres que entraran y atrancaran la puerta. Mi hermano Mario, un cuarentón pacífico, algo jactancioso pero de ningún modo pendenciero, un hombre que golpearía antes a Nuestro Señor Jesucristo que a su padre, recibió en la cara un terrible puñetazo de este.

La reyerta concluyó con Mario tirado en la calzada, apretándose la nariz con un pañuelo ensangrentado, mientras mamá se desgañitaba ante los vecinos de San Elmo que se habían congregado y que miraban en silencio y guardándose mucho de intervenir.

La verdad es que no era la primera vez que el cabeza de la familia Molise se ponía en evidencia delante de la gente. Unos meses antes la había tomado con un joven camarero del Onyx Club, que le atizó a base de bien y lo echó a la calle, a raíz de lo cual el viejo estrelló una banqueta contra la ventana del establecimiento. La broma me costó cien dólares, que pagué con un cheque, y gracias a Regan no llegó a haber juicio.

Con el paso de los años Nick Molise se había enzarzado en tantas peleas, en esquinas, en bares, en locales electorales, que la reputación de la familia estaba seriamente en entredicho en San Elmo. Sin embargo, todos los vecinos daban muestras de tolerancia y buena voluntad, les caía bien el viejo y simpatizaban con su carácter vehemente. Cascarrabias, alborotador, tirano de la paciencia ajena, borracho casi siempre, hacía en San Elmo lo que le daba la gana, y por la noche lo oían dando bandazos por las calles, entonando versiones desafinadas de «O sole mio», sin que se sulfurasen los vecinos, acostados ya; todos decían: «Ahí va el viejo Nick», y sonreían, porque era parte de la vida colectiva.

Todos, exceptuando a sus hijos Mario y Virgil. Mi hermano Virgil era director del departamento crediticio del First National Bank y estaba convencido de que las bufonadas de papá habían echado a perder su carrera en el mundo de la banca. Mario lo acusaba de haberle impedido estudiar en la universidad y de no haberle dejado tampoco ser albañil y constructor. En cuanto a mi hermana Stella, nunca dejaba de hacerle reproches: que bebiera, que jugara a las cartas, que fuera con mujeres fáciles, que maltratara a nuestra madre. Stella tenía una habilidad siniestra para intimidarlo. Lo fulminaba con sus ojos negros y el viejo se encogía como un perro. Lo quería mucho, pero al mismo tiempo lo despreciaba y estaba decidida a recordarle todo lo que mamá no conseguía olvidar por más que se lo propusiera.

Pero volvamos al telefonazo de mi hermano.

Tras golpear a Mario, mi padre volvió a la escalera de la comisaría y desde allí dirigió un violento discurso a la multitud. Acusó de traición a su hijo por haberlo denunciado, llamó criminales a los policías por maltratar a un ciudadano que respetaba la ley y calificó a mamá de vieja chocha y demente por acosar a un hombre honrado que solo deseaba vivir en paz.

Mario se ahogaba en su propia cólera al describirme los alaridos de mamá, que negaba las acusaciones mientras corría con desesperación hacia los mirones, les tiraba de las mangas y les explicaba lo del carmín en los calzoncillos de su marido.

—¿Verdad que un hombre casado no debe comportarse así? —les imploraba—. ¿Quién le lava la ropa, le limpia la casa, le hace la comida? ¿Es ese el agradecimiento que recibo, pintalabios de la boca de alguna puta?

La multitud se alejó horrorizada. Incluso papá huyó de aquella vulgaridad, bajó como una flecha por Oak Street, cruzó las vías del tren y entró en el Café Roma, un refugio para italianos de la tercera edad.

Cubierto de sangre y vergüenza, Mario ayudó a mamá a subir a la camioneta. Como por una maldición del destino, la batería estaba descargada y el vehículo se negó a arrancar. Madre e hijo cruzaron penosamente el pueblo, como refugiados de guerra, hasta la casa de secoya de Pleasant Street. Mario fue a la estación de servicio Shell, pidió prestada una batería y volvió a la camioneta. En el parabrisas había una multa de aparcamiento. Volvió a Pleasant Street.

Nada más llegar a casa, mamá se puso a hacer la maleta, con intención de tomar el autobús de Denver, donde pensaba instalarse en casa de su hermana Carmelina. Sabía que la recibiría con los brazos abiertos, porque nuestra anciana tía Carmelina detestaba a nuestro padre y había convertido en pasatiempo vitalicio sabotear su matrimonio.

Mientras hacía la maleta entraron como una tromba mis hermanos Virgil y Stella, que se habían enterado por fuentes diversas de la desagradable escena que había tenido lugar delante de la comisaría. Mi madre, que nunca escatimaba las improvisaciones dramáticas delante de sus hijos, cayó redonda en el suelo de la cocina, posponiendo así el precipitado y mal concebido viaje a Denver a través de las montañas, un viaje que le habría resultado muy fatigoso, ya que sufría dolores de espalda e incontinencia crónica.

Un ajo machacado bajo las fosas nasales la devolvió a la vida y, con el coraje de una Santa Bernadette, empezó a moverse, a llevar vino y tartas genovesas a la mesa, alrededor de la cual se celebró una conferencia sobre sus problemas con papá.

Recuerdo perfectamente que celebrábamos estos simposios con mucha frecuencia y que nunca llegábamos a nada útil. Sacábamos a relucir las viejas ofensas, todos hablábamos a voz en cuello y tras el desahogo emocional nos quedábamos resentidos y mustios. Al igual que el misterio de la Inmaculada Concepción, el problema de mi padre era insoluble, se oponía a la lógica y carecía de sentido por completo.

Mi hermano Virgil era víctima de una indignación especial. Su jefe, J. K. Eicheldorn, presidente del banco, había presenciado el espectáculo que había tenido lugar delante de la comisaría, y aquel distinguido ciudadano de primera de San Elmo estaba disgustado. Tras llamar a Virgil a su despacho, J. K. le dijo sin rodeos que las payasadas de Molise y señora eran una afrenta para la reputación del banco y que, si proseguían, el puesto de Virgil peligraba.

Virgil golpeaba la mesa y derramaba lágrimas mientras acusaba a papá y mamá de estar como cencerros, de ser socialmente irresponsables y de comportarse como viejos chochos a los que habría que encerrar.

Mi madre, al oír aquello, redobló sus quejas, crispó las manos y rogó a Nuestro Señor que bajara y se la llevase. Mario saltó en su defensa, insultó a Virgil, lo acusó de ser un finolis y un cobarde que renegaba de sus propios padres por razones de conveniencia social.

Virgil, que tenía una lengua de víbora, puso a Mario en su sitio inmediatamente, recordándole que era «la variedad más baja de ser humano que ha conocido el hombre: un guardafrenos». Aquello fue demasiado. Mario le cruzó la boca y Virgil respondió con un puñetazo en la nariz. Se agarraron y forcejearon por toda la cocina, tirando sillas, derribando botes y cacerolas de la despensa, mientras mamá chillaba y Stella corría a su casa, al otro lado del callejón, para pedir ayuda a su marido, el albañil John DiMasio. Cuando volvió con John, ya había terminado la pelea. Virgil había desaparecido y Mario estaba doblado ante el fregadero, curándose la nariz por segunda vez en aquel accidentado día.

Volvió la calma, aunque mamá no tardó en avivar el fuego.

—¿Qué voy a hacer con ese viejo chivo asqueroso?

Fue una forma desagradable de promover un tema que nadie quería tratar ya y DiMasio se sintió tan asqueado que se fue. Desde el callejón llamó a su mujer para que volviera a casa.

Stella no le hizo caso.

—Mamá, no tienes ninguna prueba real de que papá te haya sido infiel. Solo pruebas circunstanciales.

Mamá, consternada, levantó las manos.

—¿Pruebas circunstanciales? ¡Ay, Virgen Santa, protégeme de mis hijos!

Fue al dormitorio con paso vacilante y volvió con los calzoncillos delatores, apartó platos y vasos, y extendió la prenda sobre el mantel de cuadros como un centro de mesa impúdico. La mancha roja se veía perfectamente en la horcajadura.

—Te puedo asegurar que era lápiz de labios —dijo Mario al teléfono—. El beso de una fulana.

Mi hermana Stella, casada con un veleidoso y educado albañil, dijo que la mancha era de un colutorio rojo que había visto en el cuarto de baño.

—Solo es eso…, una simple mancha de colutorio.

Fue como si a mamá le hubieran dado un mazazo. Cayó de bruces sobre la mesa, golpeándose la frente.

—Estoy muy cansada —dijo con voz quejumbrosa—. Dios del cielo, líbrame de esta cruz. Ya no puedo soportarlo. He hecho lo que he podido durante cincuenta y un años y se me ha agotado la paciencia. Quiero irme. Quiero paz a mis años. Quiero el divorcio. —Se puso en pie de súbito, electrizada por sus propias palabras—. ¡El divorcio! ¡El divorcio! —Cruzó la casa corriendo, salió por la puerta, bajó los escalones del porche y se quedó en medio de la calle, gritando a pleno pulmón y tirándose del pelo—. ¡El divorcio, el divorcio! ¡Voy a divorciarme!

A ambos lados de la calle se abrieron puertas y asomaron las amas de casa, las jóvenes y las maduras, mirándola en silencio y con comprensión, porque los problemas de la casa Molise eran también suyos desde hacía muchos años.

La señora Romano, que vivía al lado, sacudió el dedo en señal de aprobación.

—Harás bien, Maria. ¡Líbrate del viejo cabrón!

Mario y Virgil salieron corriendo, sujetaron a mamá y tiraron de ella hacia los escalones del porche y la obligaron a entrar en la casa.

Centro de la atención e inspirada, mamá descolgó el teléfono y llamó a Harry Anderson, el abogado de la familia.

—Prepara los papeles, Harry. Esta vez va en serio. Voy a divorciarme de ese animal.

Anderson, como siempre, quiso disuadirla; Stella le arrebató el auricular a mamá, pero mamá lo recuperó.

—Firmaré lo que sea, Harry. Ten los papeles preparados. Quiero la casa. No quiero que vuelva a entrar aquí. Que duerma en el cobertizo de las herramientas. Dile que venga a llevarse la ropa. Voy a tirar todas sus cosas al callejón y eso incluye sus asquerosos calzoncillos. La hormigonera que hay en el patio de atrás la quiero fuera de allí mañana, o la daré a la beneficencia.

Anderson quedó en recibirla en su despacho al día siguiente.

—Así están las cosas —dijo Mario para terminar, con voz trémula y desolada—. No puedo creerlo, Henry. Es el fin de nuestra familia. Se morirán si están un mes separados.

—No va a pasar nada —dije.

—Tienes que salvarlos, Henry. Eres el único que puede.

Entendía por qué tenían miedo de aquel ridículo divorcio, del caos que produciría en su tranquila existencia pueblerina. Ya no eran jóvenes, sus esperanzas para el futuro se habían agotado y ya tenían martirio suficiente con enjambres de niños encerrados en casas unifamiliares de tres dormitorios, un pequeño patio trasero, un limonero en la esquina, tomateras en la valla trasera e hijas ya adolescentes que suspiraban por tener una habitación individual. Si nuestros padres se divorciaban, ¿adónde irían? ¿Quién tenía habitaciones libres para alojarlos?

Es verdad que mamá había planeado vaga y confusamente vivir en Denver en el piso de su hermana, pero un arreglo así no podía durar ni cuarenta y ocho horas, porque la idiota de Carmelina (que siempre llevaba el mismo vestido negro y el mismo chal negro) era una artrítica de malas pulgas que tenía que ir en silla de ruedas y necesitaba atención continua, y era una déspota peor que Nick Molise. Un par de noches en el mal ventilado domicilio de Carmelina y mamá volvería corriendo a San Elmo para vivir sola en la destartalada casa de Pleasant Street, indiferente a las llaves del gas de la cocina y propensa a quedarse dormida con la estufa a tope. Mi viejo era un desastre como marido, pero por lo menos tenía seso suficiente para bajar la estufa y abrir una ventana para no morirse por la noche.

¿Y él? ¿Adónde iría después del divorcio?

—Eres el mayor —dijo Mario—. Es problema tuyo.

—No va a pasar nada —dije con cansancio—. Un hombre y una mujer que llevan juntos cincuenta y un años son inseparables, como hermanos siameses. Si se separan morirán, y ellos lo saben.

—Ya te he dicho que mamá va a hablar mañana con el abogado.

—No va a pasar nada. Hablará con él, pero para hacer teatro. No hay que preocuparse.

—Una cosa, Henry. Tú tienes una casa preciosa en Redondo Beach, con muchas habitaciones; tus hijos ya son mayores y no viven con vosotros, estáis bien instalados, tenéis espacio, y nos preguntábamos, Stella y yo, si podrías ayudarnos hasta que pase la crisis; no sé, podrías quedarte con el viejo unos días.

—Me quedaré con los dos.

—Eso no. Están tramitando un divorcio. Se pelearían todo el tiempo. No te gustaría.

—Me quedaré con ellos de todos modos, casados o divorciados.

—Consúltalo antes con Harriet.

—No tengo que consultar nada. En mi casa mando yo.

—Solo el viejo. Prométemelo.

—Mario, esto es una conferencia a cobro revertido. Llevamos hablando una hora y la voy a pagar yo.

Sus silbidos de cólera inundaron la línea.

—¡Una crisis como esta y solo piensas en la factura del teléfono! ¿Tanto te importa el dinero? ¿No sientes ninguna compasión por la mujer que te trajo al mundo ni por el hombre que te crio con el sudor de su frente, te compró zapatos y ropa, te puso el pan en la boca y te pagó los estudios? ¿Crees que serías escritor actualmente si no fuera por esos dos seres maravillosos? Siempre fuiste el preferido. Pero ¿y yo, y Virgil, y Stella? ¿Crees que nos gustaba ver que siempre eras el favorito? ¿Crees que me hacía gracia ponerme las camisas y los calcetines que ya habías usado tú? También me ponía tus pantalones, pero como eras muy bajito, apenas me llegaban a las rodillas. ¿Crees que he olvidado que tú tuviste bicicleta, y yo no, ni Virgil? Yo y el pedorro de Virgil teníamos que dormir en la misma habitación. Pero tú no, ah, no, tú tenías tu propio cuarto en el porche trasero, con tus libros, tu máquina de escribir y la lámpara especial. ¡No lo he olvidado, Henry! ¡Yo nunca olvido nada! Sé cómo vives, farsante. Tirado en la playa todo el día, haciéndote el importante solo porque eres escritor, escribiendo mentiras sobre tu familia, mientras yo me mato trabajando en las cocheras, ocho, diez horas al día…, ¿y para qué? Para nada, salvo para tener problemas y deudas, mientras que tú estás libre de preocupaciones y lejos, escuchando las olas, y cuando te llamo para contarte que tus padres se van a divorciar, lo único que se te ocurre es protestar por la factura del teléfono. O sea que vete a la mierda, macho.

Y colgó con furia.

Encontré a Harriet tapada con una manta en el pequeño porche que daba a la playa. Hacia la orilla avanzaban montañas de niebla como una manada de osos polares trashumantes. La noche era fría y sin luna; ni siquiera las estrellas figuraban en ella. Me metí bajo la manta y le conté la conversación con mi hermano.

—Hurra por tu madre —dijo Harriet—. Tendría que haberse divorciado del viejo hijo de puta hace cincuenta años.

—Es católica practicante. No habrá divorcio.

—Espero que sí. Piénsalo, libre por fin del viejo sátiro.

—Harriet, tiene setenta y cuatro años.

—Sabrá apañárselas. Están Stella y tus hermanos, y desde luego también la ayudarás tú. Es tu obligación.

—¿Qué será de Nick?

—¿Crees que notará la diferencia? Siempre ha vivido como si estuviera soltero.

Medité alguna forma inocente de decirlo, pero como no di con ninguna, le dije con toda sencillez:

—Estoy pensando en traerlo para que pase aquí una temporada.

Noté que se ponía rígida. Volvió la cabeza y me miró con cara de pasmo, mientras iba empalideciendo. Mirar los pozos de sus ojos era como contemplar un paisaje ártico, helado, silencioso; incluso dejó de respirar.

—Hace frío —dijo—. Voy a prepararme algo fuerte.

Debió de preparárselo a conciencia, porque cuando me senté ante la máquina de escribir una hora más tarde, apareció en la puerta como un fantasma, con un salto de cama blanco y una sonrisa titubeante, un cigarrillo en una mano y un vaso en la otra.

—He cambiado de opinión —dijo, mirándome fijamente—. No tiene sentido que tus padres se divorcien.

—Claro que no.

—Lo mejor será que vayas a San Elmo. Habla con ellos.

—¿Has intentado hablar con mi padre alguna vez?

—Pues con tu madre. Al fin y al cabo, la idea es suya.

—¿Has cambiado de opinión porque no quieres que venga mi padre?

—Naturalmente. Y será mejor que vayas antes de que cometan una tontería. Los dos están chiflados y tú lo sabes.

Tenía razón. Éramos un clan impulsivo e imprevisible, dados a las decisiones precipitadas y a terribles remordimientos. Aun en el caso de que mi madre se olvidara del divorcio, mi padre podía vengarse yéndose de casa y presentándose sin avisar en Redondo Beach. Harriet, muy seria, se acercó al teléfono y tiró del cordón empotrado mientras ponía el aparato encima de mi escritorio.

—Llama a tu hermano. Dile que vas para allá.

Marqué el número. Mario respondió al instante, como si tuviera ya la mano en el auricular, como si esperase la llamada.

—¿Qué coño quieres ahora? —dijo gruñendo.

Le expliqué que tomaría un avión por la mañana.

—¿Qué clase de estratagema es esta?

—No es ninguna estratagema. Creo que debería estar ahí, eso es todo. Tomaré el avión de las once. Recógeme en Sacramento a mediodía.

—¿Cómo es que has cambiado de opinión, Henry?

—Tengo mis motivos.

—¿Harriet? —Se echó a reír—. Lo suponía.

—A las doce. En el aeropuerto de Sacramento.

—Allí estaré.

Colgué y me volví para mirar a Harriett. Se acercó sonriendo. Me abrazó por detrás, por la cintura.

—Gracias —dijo, deslizándome las manos por el ombligo y dentro de los pantalones.

Me acarició, me hundió la punta de la lengua en el oído, apretó y con diez hábiles y expresivos dedos interpretó una fuga en mi flauta, y cuando murmuró «Vamos a follar», corrí tras ella hacia el dormitorio, bregando por quitarme los pantalones, temiendo que la música cesara de pronto, como venía sucediendo en los últimos meses.

Nos enroscamos como serpientes y Harriet se puso a jadear.

—¿Quieres hacerme un favor? —susurró.

—Sí, cariño, lo que quieras. ¡Lo que quieras! —dije, pensando que quería que se lo comiese.

—Cuando estés en San Elmo, prométeme que irás a visitar a mi madre. Ha cambiado. Ahora le caes bien.

Ahora sí. La flauta se arrugó, la música cesó y yo monté en cólera.

—No —dije apartándome, y me levanté de la cama.

—¿Qué te pasa?

Me daba vergüenza decirle que todavía me reconcomía el antiguo rencor. Un hombre maduro, de instintos en teoría humanitarios y totalmente desnudo no podía decirle a su mujer: «Detesto a tu madre». Vestido es posible que sí; pero, en vez de vestirme, fui al pasillo, abrí el armario de la ropa de cama, cogí una manta y pasé la noche en el sofá.

Por la mañana nos cruzamos en el pasillo.

—Buenos días —dije.

—No sé qué tendrán de buenos.

Entré en el cuarto de baño para afeitarme. La cara que vi en el espejo era la de un loco de atar. El paso del tiempo ya no traía paz, sino fealdad, ojos surcados de venas, bolsas en los carrillos. Eché un vistazo a la cama deshecha en la que habíamos vivido la imperfecta sesión de amor, las almohadas aplastadas, las sábanas arrugadas. Tenía el mismo aspecto que la cama de mis padres cuando yo tenía siete años, y recordaba que había odiado a mi padre, por el olor rancio de sus puros y por los pantalones de faena tirados grotescamente en el suelo, y que había deseado matarlo.

2

Fuimos al aeropuerto en silencio, veinte minutos de hediondo óxido nitroso por la autopista de la costa, yo al volante y Harriet en el rincón opuesto, enfurruñada, enfadada, fumando un cigarrillo tras otro. Siempre me hacía gracia su forma de fumar porque no se tragaba el humo, se limitaba a acumularlo en la boca y a expulsarlo por las fosas nasales, pero aprisa, con el cigarrillo casi llameando.

—¿Puedo decirte algo sobre tu padre? —preguntó con tranquila indiferencia.

—Qué.

—Algo que no te había dicho hasta ahora.

— ¿Y qué es?

—Prométeme que no lo contarás.

—Joder, Harriet…

—Una vez me metió mano.

No me inmutó la revelación; fue como si me dijeran que mi padre empinaba el codo. Seguí mirando al frente, esperando que concretara la fecha y la ocasión.

—¿No me has oído? —preguntó—. He dicho que tu padre, Nick Molise, me metió mano.

—Ya he te oído.

—Hijoputa de mierda. ¿Es lo único que tienes que decir?

—¿Cuándo fue?

—El día de nuestra boda. En el porche trasero de la casa de tu madre.

Yo no salía de mi asombro. Harriet tenía la cara contraída por la furia. Por lo visto llevaba años dándole vueltas al asunto.

—¿Quieres decir que fue hace veintiséis años?

—¿Qué importa cuándo fuera? Ocurrió y basta. Yo era tu mujer, la mujer de su hijo, llevaba puesto el vestido de novia, era un día sagrado en mi vida, y el asqueroso hijo de puta va y me mete mano. ¿Es que no te afecta en absoluto?

—Perdona, Harriet. Pero me parece que no es para tanto. ¿Por qué no me lo contaste entonces?

—¿Y estropear aquel magnífico día?

—A lo mejor no te metió mano. Puede que fuera un gesto afectuoso. Recuerdo que bebió mucho champán. ¿Estás segura de lo que dices? ¿Qué hizo exactamente?

—Me pellizcó el trasero. —Aquello era típico de Harriet: era capaz de decir «joder» e «hijoputa de mierda», pero cuando se trataba de «culo», siempre era «trasero» o «nalgas».

Me eché a reír.

—Eso no fue meterte mano. Fue un cumplido. Lo hacen todos los italianos. Yo te he pellizcado el culo miles de veces. Es gracioso.

—No quiero que esté en mi casa —masculló con la respiración agitada—. Es un viejo verde asqueroso, con ojos negros de macarroni, que me pone la carne de gallina. No pienso tenerlo bajo mi techo. Es mi última palabra.

El tráfico abarrotaba la carretera cuando entramos en el complejo del aeropuerto. Harriet exhaló otra bocanada de humo, enfadada, peligrosa, con los ojos entornados como los de un gato.

—Hazme un favor cuando estés allí.

—Con mucho gusto.

—Ve a ver a mi madre.

—Ni hablar.

Aparqué pegado a la acera, delante de Western Airlines, y bajé del vehículo.

Harriet se puso al volante. Le di un beso en la mejilla, que me supo a piedra fría.

—Ve a ver a mi madre, por favor.

—No.

Pisó el acelerador y casi me decapitó cuando se alejó para incorporarse al tráfico.

3

Fue un viaje cómodo, sereno, lleno de reflexiones, por el Valle de San Joaquín, paralelo al curso del río, sobrevolando campos verdes y poblaciones conocidas, Bakersfield, Fresno, Turlock, Stockton, una ocasión para paladear una cerveza y regresar flotando al pasado, para adaptarse a las emociones que suscita volver a la casa familiar. Pensaba principalmente en mi padre, más que nada porque ya era un anciano; sus días se estaban agotando, y cuanta menos vida le quedaba, más rebelde se volvía, mientras que mi madre, a pesar de que tenía mal la vista, los dedos artríticos y dolores de espalda, parecía que aún iba a durar muchos años.

Mi padre habría sido más feliz si no hubiera tenido descendencia. Si no hubiera sido por sus cuatro hijos, se habría divorciado hacía mucho y se habría ido a otra parte. Le gustaba mucho Stockton, que estaba lleno de italianos, y Marysville, donde se podía jugar a la lotería china las veinticuatro horas del día. Sus hijos habían sido los clavos que lo habían crucificado a mi madre. Si no hubiera tenido hijos, se habría sentido libre como un pájaro.

No sentía ninguna simpatía especial por nosotros, y desde luego no nos quería. Eramos niños normales, mediocres y del montón, y él esperaba más. Eramos una obligación con la que había que cumplir, no productos selectos, espárragos, higos, dátiles, sino un plato más humilde, patatas, maíz y judías, y el trabajo le ató las manos, y maldijo y dio patadas al suelo hasta que maduró la cosecha.

Era un montañés cazurro, de manos gordas, un metro sesenta y siete, ancho como una puerta, natural de los Abruzos, una región de Italia donde la pobreza era tan vistosa como los glaciares de los alrededores y donde los niños que llegaban a los cinco años vivían hasta los ochenta y cinco. Como es lógico, pocos llegaban a los cinco años. De trece hermanos solo sobrevivieron él y mi tía Pepina, que era ya octogenaria y habitaba en Denver. Aquel estilo de vida endureció a mi padre. Pan y cebollas, decía fanfarroneando, pan y cebollas; un hombre no necesita más. Por ese motivo he aborrecido el pan y las cebollas toda mi vida. Pero él era mucho más que el cabeza de familia. Era juez, jurado y verdugo; Yavé en persona.

Nadie le llevaba la contraria sin que hubiera pelea. Le fastidiaba casi todo, en particular su mujer, sus hijos, sus vecinos, su iglesia, su párroco, su pueblo, su estado, su país de adopción y su país de origen. También el mundo le importaba un pimiento, y el sol y las estrellas, y el universo, y el cielo y el infierno. Pero le gustaban las mujeres.

También le gustaba su trabajo y simpatizaba con media docena de paisanos de Italia que, como él, se habían forjado en el crisol de los dictadores. Era un artesano impecable cuya imaginación e inteligencia parecían concentradas en unas manos asombrosamente fuertes, y aunque le gustaba llamarse contratista de obras, para mí acabó siendo como un escultor, ya que era capaz de transformar la piedra en hombre o animal. Era un albañil soberbio, rápido, limpio, y trabajaba muy bien con la madera, el yeso y el hormigón.

Se despreciaba profundamente, aunque era hombre orgulloso e incluso presumido. Nick Molise estaba convencido de que cada ladrillo que ponía, cada piedra que tallaba, cada acera, pared o chimenea que construía, cada lápida que labraba, pasaba a la posteridad. Sentía verdadera ansia por el trabajo y tenía cierta inquina al sol, que, en su opinión, cruzaba el cielo demasiado aprisa. Cuando acababa una faena se quedaba triste y abatido. Su amor por la piedra le proporcionaba más placer que su pasión por el juego, el vino y las mujeres. Por lo general trabajaba hasta después de terminar la jornada, incluso de noche, y tenía mala fama entre los peones y ayudantes de oficial, porque les hacía trabajar demasiado. Siempre estuvo a malas con el sindicato de la construcción.

San Elmo era su Louvre, la exposición donde el mundo podía ver sus obras. Le enfurecía que el pueblo no reconociese sus méritos. Su vida entera se habría transformado si el ayuntamiento le hubiera concedido una medalla o un diploma. Qué coño, la Cámara de Comercio otorgaba distinciones a los vecinos todos los años; a Cramer, el concesionario de la Ford, le dieron un diploma de Hombre del Año, y le dieron otro igual a G. K. Laurel, el farmacéutico; ¿por qué no se habían fijado nunca en lo que Nick Molise había hecho por aquel pueblo apestoso?

Ganapán impenitente, mi padre tenía un problema y es que nunca llevó pan a su casa. Las partidas de póquer del Elks Club se tragaron miles de dólares con los años. Recuerdo haberlo visto apartar setecientos ochenta dólares para la construcción de una casa de piedra, montones de billetes de diez y veinte dólares en la mesa de la cocina y él humedeciendo con la lengua la punta del lápiz y anotando las cantidades en un papel. Cuando mi madre le pedía dinero para comprar comida, mi padre le alargaba un billete de cinco y contraía la cara de dolor mientras mi madre se lo guardaba en el delantal. Su crédito entre los tenderos estaba bajo mínimos, ya que nunca pagaba las facturas a menos que lo pusieran contra la pared. No creía en la banca. Le gustaba la sensualidad de tener en el bolsillo un buen fajo de billetes verdes. Enseñaba el dinero, un buen puñado, y los depredadores de los bares se relamían mientras esperaban a que se sentase a las mesas de juego. En el Elks Club, en el Onyx, en el Café Roma, en Kelly’s, en todos los tugurios que flanqueaban el ferrocarril que pasaba por Atlantic Street. Nick iba de uno a otro, esforzándose por cambiar su suerte: jugaba al póquer en el Elks, al blackjack en Kelly’s, al pinacle en el Café Roma y por último a corazones, a centavo la partida, en el vestíbulo del Hotel Elmo, donde perdía hasta la camisa o casi. Tenaz, incansable, esperanzado, se quedaba hasta que le vaciaban los bolsillos. Entonces volvía a casa dando tumbos, cansado y saturado de vino, se dejaba caer en la cama y mi madre lo desnudaba, le registraba los bolsillos y encontraba clavos, cerillas, el cabo de un lápiz, pero ni una triste moneda.

A la mañana siguiente ya estaba en el tajo una hora antes que los demás, con la camiseta empapada en sudor mientras cribaba arena, o mezclaba la argamasa, o subía un capazo de ladrillos al andamio, peligroso como un perro con moquillo, atribulado por la angustia de su desgraciada situación. ¿Por qué aquella pasión por el juego? Virgil creía que era consecuencia de la pobreza que había pasado en la infancia. Pero era una explicación demasiado fácil. Yo pensaba que era una manifestación de su enfado con el mundo, de su deseo de vencer al Sistema, de su sentido emigrante de ser un marginado.

Pero nunca tuvo una oportunidad, porque era un jugador pésimo, desesperado, inadmisible; iba con una pareja de doses como si fuera una buena jugada, no pasaba nunca, y subía la apuesta una y otra vez hasta que se quedaba sin fichas en la mesa. Como es lógico, a veces tenía suerte, por ejemplo cuando ganaba todo lo que había en la mesa y se terminaba la partida. Alegre y jubiloso, invitaba a beber a todos los presentes y se iba corriendo en busca de otra timba, ya que era incapaz de dejarlo. Tenía que proseguir hasta la destrucción definitiva, como un hombre resuelto a sacrificarse en aras de una pasión mortal. Mi madre, que sabía cuándo llevaba mucho dinero encima por haber terminado tal o cual trabajo, nos envió más de una noche a buscarlo por los bares. Nunca dábamos con él, porque Nick había dicho a los encargados que cuando estuviera jugando a las cartas no dejaran entrar a sus hijos en el reservado.

A veces, por la noche, después de cenar, abordaba a uno de nosotros mientras estábamos sentados en el porche delantero, salía contoneándose por la puerta, se detenía a encender una tagarnina negra y larga y decía:

—Niño, levántate. Nos vamos.

—¿Adónde?

—Tú sígueme.

Echaba a andar con rapidez por la calle mientras yo correteaba para no quedarme atrás. Era la Gran Gira por las obras completas de Nick Molise. Todos la hicimos menos mamá y mi hermana. Al parecer no la consideraba apta para mujeres.

En aquella época, San Elmo era un pueblo de doce mil habitantes, partido en dos por las vías del tren: el sector empresarial y los aristócratas a un lado, los talleres ferroviarios, las cocheras y los campesinos al otro. La primera parada del trayecto paterno estaba en la otra punta del pueblo, en el barrio de los ricos, donde se alzaba la biblioteca municipal, un edificio blanco de ladrillo, puro estilo Nueva Inglaterra, con cuatro columnas de piedra encima de una catarata de peldaños de arenisca roja.

Se detenía en la acera de enfrente, con las manos en las caderas, y observaba el edificio con la cara ablandada por la devoción.

—Ahí está, niño. ¿Verdad que es bonito? ¿Sabes quién lo construyó?

—Tú, papá.

—No está mal. No está nada mal.

—Es una belleza, papá.

—Durará mil años.

—Por lo menos.

—Fíjate en la piedra, en los escalones. Descienden como si fueran de agua.

—Es magnífico.

—Es la hostia.

Me ponía la mano en el hombro.

—Vamos, niño. Quiero enseñarte otro.

Dos manzanas más allá, en Maywood, estaba la iglesia metodista, toda de piedra, el chapitel, el campanario abierto y los muros sepultados bajo la enredadera. Cinco minutos de contemplación silenciosa, ritual y admirativa, con los ojos clavados en el chapitel, y el aire mágico de la satisfacción de mi padre, que acariciaba con la mirada aquel fruto de sus manos, con la cara radiante.

—Lo hice yo —puntualizaba—. Sí, señor. Lo hice yo.

—Claro que lo hiciste tú.

En marcha y a corretear otra vez, pisándole los talones. El ayuntamiento. El Banco de California. La Hidroeléctrica Municipal, de estilo colonial español, con columnatas de adobe y techumbre de tejas rojas. El Tanatorio Haley. El cine Criterion. El cuartelillo de bomberos, todo de ladrillo rojo, impecable, con algunos tramos de hormigón perfecto. El Instituto San Elmo de Enseñanza Media, con pausas respetuosas en los puntos de interés turístico, los sinuosos senderos de hormigón, las fuentes de agua potable…

—Detente, niño. —Me inmovilizaba con la mano—. A tus pies. ¿Qué parece?

—Una acera.

—¿Una acera de quién?

—Tuya.

—Te equivocas. Es del pueblo. Tu padre la construyó para que nadie se mojara los pies.

El Instituto San Elmo. Ladrillo rojo. Grandes escaleras de piedra, y papá, con las manos en la espalda, parpadeando a causa del humo del cigarro, observaba lo que nosotros acabamos llamando «la maravilla invisible».

—¿No te has percatado?

Yo negaba con la cabeza. Solo era una cochina escuela.

—Mira con atención —añadía—. No lo ves, nunca lo verás, pero voy a enseñártelo.

Mi mirada resbalaba hasta la inscripción que cruzaba el friso de la puerta principal. INSTITUTO SAN ELMO DE ENSEÑANZA MEDIA. 1936.

—¡Eso no! —exclamaba escandalizado—. ¡Mira el edificio! ¿Qué tiene de especial?

—Que lo construiste tú.

—¿Qué más? ¿Qué tiene que no puedes ver?

—¿Cómo voy a saberlo si no lo veo?

—Lo verás… si usas la cabeza.

Yo me acercaba al muro exterior, tocaba aquí y allá, lo inspeccionaba hacia arriba, hacia abajo, de costado, harto ya de aquel alarde de vanidad y de representar aquella farsa.

—No veo nada.

—Lo que ves es un edificio que ha resistido cuatro terremotos. Ahora mira de cerca y dime qué es lo que no ves.

—A los muertos.

Negó con la cabeza, asqueado.

—Eres tonto del culo. ¡Me refiero a grietas! Grietas de terremoto. Busca una grieta en estas paredes. Anda.

—No encuentro ninguna, porque no las hay.

—Pues eso. ¿Qué hay en este edificio que salta a la vista porque no se ve?

—Grietas.

—¿Por qué?

—Porque lo construiste tú.

Metía la mano en el bolsillo.

—Toma un cuarto de dólar. No te lo gastes todo en un solo lugar.

Yo cogía la moneda y echaba a correr, libre por fin.

En otras ocasiones nos llevaba de gira por el Cementerio Valhalla, que estaba al otro lado de los límites del municipio. Podía suceder inesperadamente un domingo por la tarde, y era un torturante juicio de Dios cuando uno tenía trece años, había quedado a las dos para enfrentarse a los Tigres de Nevada City y ya era la una y media; y le daba igual vernos andar detrás de él con el equipo puesto, con el guante y las botas, sabiendo que el campo de béisbol estaba a diez manzanas de allí.

El Cementerio Valhalla estaba lleno de ángeles marmóreos de mi padre, con las alas extendidas, los brazos y los largos dedos estirados, la cara falcónida y lúgubre, con un aire amenazador, como buitres protegiendo la carroña. Estuvieran donde estuviesen encaramados, tenían aspecto de haber profanado ya las tumbas.

En el sendero flanqueado de cipreses se alzaba el macizo busto del alcalde Hal Shriner, severo, de quijada férrea, un rostro cruel y amenazador de político corrupto que miraba al visitante desde arriba, desde el pedestal que presidía la fosa, con las órbitas vacías y unas cuantas cagadas de pájaro en el pelo esculpido en piedra. Mi padre se quitaba el sombrero y lo contemplaba arrobado, como quien se extasía ante el David de Miguel Angel, mientras yo golpeaba el guante de béisbol con impaciencia.

—Lleva muerto nueve años —murmuraba mi padre—. Ya ha desaparecido por completo, del todo. —Miraba a los ojos del alcalde—. Hola, alcalde, viejo hijo de puta. ¿Cómo te tratan ahí abajo?

Yo apartaba los ojos, miraba la llanura de lápidas y gemía. Me parecía que aún nos faltaban por recorrer muchas hectáreas. El mundo entero se había convertido en un cementerio. ¡Vaya forma de calentar antes de un partido! Él sabía por qué me quejaba y refunfuñaba, por qué daba coces a la grava con las botas de clavos, pero le daba igual y avanzaba solemnemente por el sendero hasta la tumba de la anciana Loretta Stevens, la bibliotecaria, simbolizada por un libro abierto, con sus datos vitales cincelados en la página de piedra.

4

Mi padre nunca había querido tener hijos. Había querido tener peones de albañil y ayudantes de cantero. Tuvo un escritor, un cajero de banco, una hija casada y un guardafrenos. En cierto modo se esforzó por moldear a sus hijos, para que fueran constructores, tal como moldeaba la piedra: a martillazos. Fracasó, como es sabido, porque cuanto más nos golpeaba, más nos hacía detestar el oficio. Cuando éramos pequeños, Nick Molise tenía una obsesión sublime y en su interior titilaba un indicio de su grandioso porvenir: MOLISE E HIJOS, CONSTRUCTORES.

Los hijos varones teníamos sus ojos castaños, sus manos gordas, su estatura de boca de incendios, y él daba por sentado que también habíamos heredado de manera natural su devoción por la piedra, su pasión por desriñonarse trabajando. Soñaba con un modesto principio en San Elmo, luego con una ampliación de las operaciones hasta Sacramento, Stockton y San Francisco.

El único hijo que se esforzó seriamente por materializar el sueño de mi padre fue Mario, que lo intentó heroicamente al terminar el bachillerato. Como era un aprendiz muy verde y no estaba sindicado, papá lo sometía a unas pruebas insuperables, le hacía trabajar de sol a sol seis días a la semana, y por un sueldo mísero que le daba cuando estaba de humor para ello. Pensaba que Mario trabajaría en serio gratis, solo por el privilegio de tener un maestro tan ilustre. Según él, el período de aprendizaje duraba cinco años, pero en el caso de Mario, que era idiota y aprendía despacio, debía prolongarse a siete.

—De acuerdo —decía siempre Mario—. ¡Pero enséñame algo! Para picar piedra me voy a Folsom.

—Esa es la idea —decía papá—. Primero te desbastamos hasta que no quede nada de ti. Luego te formamos, te construimos, hasta que puedas llevar la cabeza bien alta y proclamar ante el mundo que eres un oficial de primera, el hijo de Nicholas Molise.

—Pues qué bien.

A los tres meses de trabajar de aprendiz, Mario recibió una oferta para jugar al béisbol profesional con las Focas de San Francisco, en la Liga de la Costa del Pacífico. A los diecisiete años era ya un lanzador extraordinario, había ganado dos partidos con cero bases para el equipo del Instituto San Elmo y era la estrella zurda del equipo del pueblo. El béisbol era la única aptitud que hacía destacar a Mario de entre la masa, la pasión de su vida. Aunque ya había terminado el bachillerato, aún era menor de edad y, para ficharlo, la directiva del San Francisco necesitaba el consentimiento de sus padres.

Mamá firmó de buena gana, pero el viejo se negó. Mario, dijo, era demasiado joven y, además, el béisbol era una forma absurda de ganarse la vida. Al cabo de cinco o seis años estabas acabado, eras un cero a la izquierda, un simple peón caminero. Era mucho mejor tener una profesión honorable, por ejemplo albañil, para construir con ladrillo y piedra, que ganar dinero con juegos de adolescentes que no tenían porvenir.

Qué período tan brutal, Dios mío: peleamos con él durante semanas, Stella, Virgil y yo, le rogamos que diera a Mario una oportunidad, le gritamos, y luego nos negamos a dirigirle la palabra. Pero era un macho cabrío de los Abruzos, más obstinado que nadie, y no cedió. Sabía qué le convenía a su hijo, y algún día Mario se lo agradecería. No hace falta decir que en el alma de Mario no había gratitud, solo resentimiento y furia.

Volvió a las piedras y al cemento con los dientes apretados, con la esperanza de que llegara el día en que fuera mayor de edad y pudiera sortear el escollo legal que ponía su padre a su futuro beisbolístico. Pero aquel día no llegó. Aquel invierno, los Gigantes de Nueva York se trasladaron a la zona de la Bahía y las Focas de San Francisco desaparecieron. La gran oportunidad de Mario se esfumó con el revuelo que se produjo. Cuando se dio cuenta, era otra vez un don nadie. Es verdad que nuestro padre le había enseñado los rudimentos de la albañilería, pero aún era un aprendiz, todavía debía humillarse y arrastrarse ante la voluntad del viejo, y las semillas del parricidio germinaban en sus entrañas. En cuanto se enteró de que no había nada que hacer con las Focas, Mario bajó del andamio del edificio que estaba levantando mi padre y se fue. Papá quedó consternado y se mostró implacable. Estuvo años sin hablarle y cambiaba de acera cuando veía acercarse a Mario. En realidad era Mario quien cambiaba de acera cuando veía acercarse a nuestro padre.

—Me ha traicionado —decía papá—. Ha abandonado a su propio padre.

En verano, los domingos por la tarde, se iba al estadio para desconcentrar a Mario, que estaba a la sazón en el béisbol semiprofesional y fue lanzador del equipo local frente a Marysville, Yuba City, Grass Valley, Auburn y Lago Tahoe. Remojado en cerveza, a causa del calor vespertino, era un hincha solitario que animaba al equipo rival a vapulear a quien era sangre de su sangre.

—¡Derríbalo de un pelotazo! ¡Reviéntale los sesos! —gritaba a los bateadores que estaban enfrente de Mario.

Yo fui con el viejo a un partido crucial entre San Elmo y Yuba City. Al final de la novena vuelta, con empate en el marcador, Mario consiguió una carrera que significaba ganar el campeonato. Cuando llegó a la tercera base, entre los aplausos de sus paisanos, mi enfurecido padre saltó al césped y se lanzó contra el sonriente Mario. La policía lo sacó a rastras del campo y Mario se puso en pie y se adjudicó la carrera ganadora.

5

El avión aterrizó en Sacramento a la hora prevista y los pasajeros nos desabrochamos el cinturón de seguridad. Fui el primero que bajó y el primero que recibió la ráfaga de calor septembrino que barría la pista, deformando el paisaje como un televisor con la imagen mal ajustada. Había olvidado el calor del Valle de Sacramento. Ya estaba en casa otra vez.

Vi gente apelotonada en la puerta para recibir a quienes llegaban en el vuelo de Los Ángeles, pero no a mi hermano Mario. Entré en la refrigerada terminal y me senté a esperar. Al cabo de quince minutos salí al aparcamiento en busca de la camioneta de Mario. No había el menor rastro de mi hermano y el calor era sofocante. Volví a la sala de espera, entré en el bar, fresco y con mucha sombra, y pedí una cerveza. A la una y media empecé a dudar que Mario apareciese. Llamé a San Elmo, a su casa, y respondió Peggy, su mujer. Siempre hablaba con el jadeo propio de una madre que corre detrás de sus hijos.

—¿Quién ha dicho usted que es?

—Henry Molise. Tu cuñado.

—Válgame Dios. ¡Henry Molise! ¿Y qué te trae por aquí, Henry? ¿Sigues escribiendo esas novelas de mierda? La última me hizo vomitar. La quemé para que no corrompiera a mis hijos. Señor, vaya forma de ganarse la vida. —La novela trataba de un joven guardafrenos que deja a su mujer y a sus hijos para dedicarse al béisbol profesional. Era imposible que le gustara a Peggy.

—¿Está Mario en casa?

—Tal vez. ¿Por qué?

—Quiero hablar con él.

—Es tu hermano el listillo —dijo en voz alta—. ¿Quieres hablar con él?

Se oyó un rugido al fondo, como cuando transmiten un encuentro deportivo por televisión. Al cabo de un rato descendió el volumen de los rugidos y oí la voz de Mario.

—Hola, Henry. ¿Qué tal? ¿Estás viendo el partido?

—¿El partido? ¿Qué partido? Habíamos quedado en que vendrías a recogerme al aeropuerto.

—Olvídalo. No hace falta que vengas. Iba a llamarte. Todo se ha arreglado. Han hecho las paces. Todo aquello que hablamos del divorcio… es agua pasada.

—¿Serás gilipollas? ¿Por qué no me lo dijiste?

—Quise hacerlo, Henry. Pero me olvidé.

—Ven a recogerme.

—¿A recogerte? ¿Dónde estás?

—En el aeropuerto de Sacramento.

—O sea que has venido.

—¿Cómo coño podría estar en el aeropuerto de Sacramento si no hubiera venido? ¡He venido en avión, Mario! Estoy aquí, en un teléfono público, hablando contigo. ¡Ven a recogerme!

Gruñó.

—No puedo, Henry. Son los Gigantes contra los Dodgers. El bateador es Bobby Murcer y tiene dos hombres en bases. ¡Por el amor de Dios, Henry, busca un televisor! ¡Date prisa! ¡El partido acaba de empezar!

—¡Rata de alcantarilla!

—Lo siento, Henry. Puedes hacer otra cosa: a las cinco sale un autobús para San Elmo. Iré a recogerte a la estación.

Hice un esfuerzo para contenerme.

—No quiero volver a verte en la vida —dije—. Pero hazme un favor, ¿quieres? No les digas a papá y mamá que he venido. No quiero que estén en la estación de autobuses esperándome. No quiero escenas. ¿Entendido?

—Mieeerda —dijo—. Han eliminado a Murcer.

Colgué y volví al taburete del bar, frustrado y deprimido. Mario era un cenizo nato. No me extraña que papá estuviera siempre enfadado con él, que siempre lo despreciara.

Por los altavoces anunciaron el siguiente vuelo a Los Ángeles. De pronto presentí que habría graves problemas en San Elmo y decidí volver a mi casa. Pero mientras corría hacia la puerta de embarque cambié de idea. Si había llegado hasta allí, ¿por qué no recorría otros veinticinco kilómetros y completaba el viaje? Se lo debía a la familia, aunque solo fuera por unas horas.

Fui a Sacramento en el autobús del aeropuerto, entré en un cine, me entretuve en una librería, tomé una cerveza en un bar, jugué unas partidas en la máquina del millón, y por último abordé el autobús de San Elmo. En resumen, un día de lo más fructífero y gratificante, gracias a un hermano caprichoso que no solo había motivado el viaje, sino que además me había dejado tirado al final del trayecto.

Entrando por Main Street se apreciaba el cambio que se había operado en San Elmo desde que habían desviado la autopista 80 unos tres kilómetros al norte. San Elmo quedaba aislado ahora, habían segado su única vía de comunicación y el pueblo se moría. Exceptuando los coches estacionados delante de los supermercados, la calle principal estaba vacía. Los Billares El Colmo, donde había recibido los primeros barruntos de mi formación existencial, estaban cerrados. Lo mismo le pasaba al Cine Ventura, donde veía todas las películas de Elizabeth Taylor por lo menos cuatro veces.

El autobús salió de Main Street, giró a la derecha, luego a la izquierda y siguió por el callejón trasero hasta que se detuvo. Bajé en compañía de dos chicanos y entré detrás de ellos en la estación de autobuses (antes había sido una tienda de ropa), donde vi unos bancos de madera de cara al ventanal que daba a Main Street. La taquilla estaba abierta, pero en la estación no había nadie de servicio. En todo el desolado local no había más que dos personas. Una era mi madre, sentada cerca del ventanal, y la otra mi padre, sentado en el banco más alejado de mi madre que había por allí.

Los dos me vieron al mismo tiempo. Mi madre habló primero.

—¡Mi pequeño Henry! —exclamó con los brazos abiertos.

Aunque caía la tarde y hacía un calor espantoso, mi madre llevaba un grueso abrigo negro con el cuello forrado de piel. Conocía el dichoso abrigo (nosotros lo llamábamos «el abrigo de Colorado»), una prenda ya usada que le había cedido la tía Carmelina hacía treinta años, un abrigo chillón, casi de puta, que le sentaba como un tiro a mi pequeña y canosa madre. Debajo llevaba un vestido de algodón de cuadros. La estreché entre mis brazos, besé su cara caliente y aspiré el olor de las especias italianas que siempre impregnaba su pelo.

—Gracias a Dios —murmuró, pegada a mí—. ¡Gracias a Dios! Mi único deseo era ver a mi querido hijo por última vez.

De pronto se dobló y se desmayó en mis brazos, con la cabeza colgando hacia atrás, la boca abierta, los ojos cerrados. No pesaba más de cincuenta kilos, pero era un peso muerto y difícil de sostener, y trastabillé con ella mientras pedía ayuda a mi padre.

—Suéltala —dijo con el ceño fruncido y un purito negro en la boca—. Deja que se caiga al suelo.

Pero se acercó corriendo, la cargó como un costal de trigo y la recostó en un banco.

—Tía hijaputa, ¿por qué no la liberará nadie de sus desgracias?

En su cuello palpitaron burbujas de ira y el humo del purito se le metió en los ojos.

Mamá yacía despatarrada, como si estuviera inconsciente, los ojos cerrados, la boca abierta y una mano tirando remilgadamente del vestido para cubrirse los muslos. Llevaba las medias sujetas con ligas de camisa. Las reconocí: eran desechos del guardarropa de papá.

—No es nada —dijo papá—. Es lo de siempre, es decir, nada.

—Agua —gimió mamá.

Miré a mi alrededor en busca de un grifo.

—Aquí no hay —dijo papá.

Salí corriendo a Main Street, entré en el Café Colfax y pedí a la camarera un vaso de agua. Cuando volví a la estación de autobuses vi a mi madre ya sentada, con la cabeza echada hacia atrás; mi padre, con cara de asco, se daba golpes en la sien. Acerqué el vaso de cartón a los labios de mamá, que bebió con delicadeza, como una gatita. Se repuso a una velocidad sorprendente. Sonrió y me inspeccionó con sus ojos castaños y vivos.

—No tienes buen aspecto, Henry. ¿No te trata bien?

—Mi mujer me trata bien, bastante bien. ¿Te sientes mejor?

—Es el corazón, Henry. No me durará mucho. Puedo morir en cualquier momento. Me ha dado una vida terrible. Me ha dado patadas. Me ha apretado el cuello. Últimamente es como un animal salvaje. No sabes lo que he tenido que soportar. Está desconocido, Henry. Tengo miedo de acostarme por la noche.

Papá se desplomó en el banco y se quedó como abatido, moviendo la cabeza con cansancio mientras miraba el desnudo suelo de madera. Lo miré con compasión y nuestras miradas se cruzaron.

—No puedes imaginártelo, muchacho —dijo—. Nunca sabrás ni la mitad de lo ocurrido.

Mi madre gimió al oír aquello. Le cogí la mano reseca.

—Descansa un poco. Llamaré a un taxi.

Negó con la cabeza.

—El taxi cuesta cincuenta centavos.

—El taxi dejó de circular hace dos años —dijo papá.

—Llama a Stella —dije a mi padre—. Que venga con el coche.

—A esta mujer no le pasa nada. Que vaya andando.

Lo dijo con toda sinceridad, estoy convencido, pero fue una observación cruel, porque una anciana tenía derecho a ser maniática, y más tratándose de mi madre, que tenía poco más en la vida. Mamá hizo un esfuerzo por levantarse.

—Lo intentaré —dijo. La rodeé con el brazo—. No puedo —murmuró, volviendo a sentarse.

—Está mintiendo —dijo papá.

—¡Maldita sea! ¡Llama a Stella!

La vergüenza le hizo agachar la cabeza. Era brusco con los demás, pero no soportaba que le hablasen con malos modos. Tenía ya blanco el bigote y mechas grises en el pelo castaño, que recordaba a las hojas de otoño. Tenía las mejillas abolsadas de los bebedores crónicos de Chianti y en sus ojos castaños había sendas telarañas de capilares rojos. Tras un momento de silencio meditabundo se dirigió al teléfono público de la pared, con presteza pero cojeando un poco, como si le dolieran las plantas de los pies. Aún parecía fuerte, pero de sus movimientos había desaparecido la pátina de vitalidad. Había adelgazado y la culera del pantalón caqui le colgaba tristemente.

Introdujo una moneda en el teléfono y empezó a marcar, mientras con los dedos índice y corazón apuntaba a mi madre, un gesto campesino para desear mala suerte.

Al verlo, mi madre murmuró:

—¿Sabes una cosa, Henry?

Vi que sus ojos brillaban con astuta inocencia.

—Dime.

—Tu padre se está volviendo loco.

Le dije que no me daba esa impresión, que era el de siempre.

—Stella no contesta —dijo papá desde el teléfono.

Recogió la moneda y marcó otra vez. De pronto se puso a gritar, con cara de bulldog, a gruñir al aparato, agitando el puño para subrayar sus amenazas.

—¡Te mataré! —bramó—. ¡Te romperé todos los huesos! ¡Te lo advierto, no te metas!

Era la locura, el delirio total.

—¿Lo ves? —dijo mi madre con cara de satisfacción.

No podía estar hablando así a su propia hija. Me acerqué al teléfono y le quité el auricular.

—¿Stella?

No era Stella. Era Mario. Acababa de sostener con mi padre una de sus típicas discusiones académicas.

—Escucha, Henry —dijo con voz suplicante—. Ponle un bozal a ese perro rabioso. Lo único que he dicho es que no puedo salir ahora. Están en la segunda parte de la séptima vuelta, Henry, y los Gigantes tienen dos hombres en base. Dios del cielo, Matthews ya tiene dos acumuladas, Rader tres y Murcer vuelve a estar de bateador. ¡Por los clavos de Cristo, es ahora o nunca! No puedo ir, Henry. Lo siento…, lo siento…

—¿Todavía estás viendo esa mierda de partido? —pregunté gritando.

—¡Es increíble! ¡Es el no va más! Adiós, Henry. —Colgó.

Me volví para mirar a mi padre. Lo vi encender una colilla de puro. Tiró la cerilla con indignación.

—Mi hijo Mario —gruñó. Se volvió hacia mamá—: ¿Estás ya preparada para volver a pie?

—Vámonos —dijo mamá con voz animada, recorriendo con los ojos el perímetro de aquel local que parecía un granero—. ¿Dónde está el lavabo?

Vio la puerta con el rótulo correspondiente y se dirigió a ella sin la menor muestra de cansancio. Papá la siguió con la mirada.

—No durará mucho. Le doy un año a lo sumo.

—¿De qué hablas?

Se llevó el dedo a la sien.

—De su cabeza. Está loca.

—Los dos estáis locos.

Rechazó el comentario como si espantara una mosca.

—¿Y tu maleta?

—No he traído maleta. Me vuelvo esta misma noche.

Sus ojos enrojecidos vomitaron fuego.

—De eso nada. Vas a quedarte unos días.

—No puedo. Tengo trabajo.

—¿Trabajo? ¿Tú? ¿Qué trabajo?

—Un libro.

Dio un bufido.

—¡Un libro! ¿A eso le llamas tú trabajar? —Arrojó el puro a una escupidera y falló—. Está bien, vete. Largo de aquí. Sube al próximo autobús. Y no vuelvas.

Giró sobre sus talones y se dirigió a la puerta. Corrí tras él.

—Espera. Me quedaré hasta mañana.

Lo así del brazo, pero se soltó, cruzó la puerta, pasó por delante del ventanal y se alejó por la calle. Mamá salió del lavabo y entrevio a su marido cruzando la calle a toda velocidad.

—¿Qué nueva locura le ha dado?

Se lo dije.

—¿Te ha dicho algo del trabajo? — añadió.

—¿El trabajo?

—Él lo sabe. Dile que te lo explique.

Aquello sonaba a secreto, a misterio, a conspiración, pero no dijo más y salió a la acera. La acompañé por la tórrida calle hasta el cruce donde estaba el banco. Me atrajo hacia el ventanal del establecimiento y señaló un escritorio, el escritorio de mi hermano Virgil, donde había una placa: VIRGIL T. MOLISE – PRÉSTAMOS. El banco estaba cerrado a aquella hora.

—Fíjate qué ordenado es —dijo con satisfacción—. Qué limpia tiene la mesa. Es un buen muchacho.

—Siempre fue un chico ordenado —dije. Estuve a punto de añadir que siempre fue también un poco gilipollas.

Cruzamos la calle. Mi madre sudaba y la obligué a quitarse el abrigo burdelesco, que me colgué del brazo.

—Te he preparado una cena de rechupete —dijo—. Berenjenas con requesón, gnocchi di latte y ternera. ¿Te acuerdas de las berenjenas? Era tu plato favorito.

—Entonces sabíais que iba a venir.

—Nos llamó Mario.

—¡Vaya con Mario!

Andaba a pasitos cortos y rápidos, pegada a las tiendas del sector sombreado de Lincoln Street. Con aquel calor infernal había muy poca gente en la calle. Estaba vacío incluso el vestíbulo del Hotel Ritz, donde solía haber empleados del ferrocarril repantigados en sillones de cuero. Un pueblo enfermo. Daba la impresión de que en los límites del municipio había excavadoras esperando sus últimos estertores.

—Lleva a tu padre al médico —dijo—. A su edad nunca se sabe.

—Yo lo veo bien. Más delgado, pero eso está bien.

—Demasiado vino. Se pasa la noche yendo al retrete. He comprado una mozzarella exquisita. Mañana te haré croquetas. A Mario le encantan.

Cruzamos las vías del tren y alcanzamos la otra acera de Atlantic Street, el sector más antiguo del pueblo, con cochambrosos comercios de ladrillo, una calle con unos cuantos establecimientos chinos, una lavandería, un restaurante y una tienda de ropa de confección. Al final de la calle, que no tenía salida, estaba el Café Roma.

—Ahí es donde está —dijo, mirando el local con una mueca—. Arriba hay puttane.

—¿En serio?

Siempre había habido putas en el piso superior del Café Roma. Yo siempre iba allí al salir del instituto, me gustaban en particular las tardes lluviosas de invierno, ponía discos en la máquina y me jugaba al gin rummy el precio de las chicas.

Allí estaba yo una noche en que se organizó un tremendo alboroto en la escalera, y oí a mi padre gritar mientras la madama y tres putas lo echaban al callejón, por borracho, por sucio y por no tener dinero. Aquella noche me avergoncé de él, y cuando la madama me preguntó si lo conocía, le dije que no, que no conocía a aquel hombre, que no lo había visto en la vida; un macarroni chiflado, dije, están por todo el pueblo, por todo el pueblo, y mientras tanto mi padre se desgañitaba en el callejón y gritaba a las ventanas: «¡Os voy a denunciar a la policía! ¡Voy a hacer que os cierren el local!».

Sí, yo conocía muy bien el Café Roma y las habitaciones de arriba. Aún veía los colchones desnudos de los catres, aún olía las habitaciones frías y sin amor, y aún me acordaba de aquellas mujeres tristes, deshechas e idiotizadas, porque la red de prostitución que abastecía a San Elmo abastecía también a Marysville, Yuba City y Lodi, y cuando el gremio enviaba a una chica a San Elmo, tenía que ser una guarra que no valía ni para trabajar en Yuba City, que sin duda era el fin del mundo.

Mientras miraba el rótulo de neón que decía CAFÉ ROMA entre parpadeos en la parte superior de la entrada, los ojos de mi madre se inundaron de rectitud cristiana.

—Menos mal que todos estáis casados. Así os mantenéis alejados de estos lugares.

Me eché a reír y le di un beso por aquella escandalosa ingenuidad.

—Vete a casa —le dije—. Yo buscaré a papá.

—No os peleéis.

—No habrá pelea.

—Mañana te haré scampi fritos con coliflor.

—Estupendo.

—¿Aún te gusta el repollo?

—Me encanta.

—Ya veremos. Quizá pasado mañana. Y el domingo, raviolis.

Su cabeza no cesaba de urdir estratagemas suculentas para retenerme.

La vi alejarse con aquel ritmo amanerado de sus pies rápidos y pequeños, con el abrigo a cuestas.

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Una respuesta a “La hermandad de la uva [Fragmento]

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