La feria del asilo [Fragmento] (I)

John Updike

 

I.

—¿Qué es esto?

—¿Qué es qué?

—Eso, mira.

Vistas bajo la fría pátina de luz del primer sol, cada una de las bringas que integraban las sillas se destacaba nítidamente de las demás, arqueada como una serpiente cuyo cuerpo ascendiera y volviera a meterse en el entretejido de cestería. Un singular destello metálico atravesó la frágil pared de los ojos de Hook y dio en el cerebro, que ordenó a su cuerpo inspeccionar más de cerca. En el brazo izquierdo de la silla que él solía ocupar de entre las que se alineaban en el porche destinado a los hombres, la dirección había fijado una plaquita metálica, de unos tres centímetros por seis, en la que habían sido impresas las letras Sr. y, al lado, escrito en tinta, su apellido. Un reflejo de orgullo crispó las comisuras de sus labios; siempre había preferido, en los tiempos en que se le concedían algunos honores, que escribieran su nombre completo, con la dignidad que da la inicial del otro apellido: John F. Hook. En la silla vecina habían puesto, igualmente, el apellido de su compañero, Gregg. No era difícil seguir con la mirada los brillantes cuadritos de cada una de las demás sillas de la fila.

—¿Qué nueva chifladura se le ha ocurrido a Conner? —preguntó Gregg a gritos, como si el hombre, más alto, que se encontraba con él fuera sordo—. ¿Nos están poniendo marcas para poder meternos en el camión y llevarnos al matadero?

—Bueno, ¿y qué? Hay que dejar a los niños que aprendan a usar las manos.

—Saltarán fácilmente —dijo Gregg sacando del bolsillo trasero de su informe pantalón de lana una navaja con empuñadura de asta negra, una de esas, antiguas, con una hoja especial para descapsular botellas. Con esta hoja roma empezó a aflojar con destreza una chapa, no la suya, sino la que llevaba el nombre de Hook.

Las manos de Gregg, pequeñas y morenas, de pulgares nudosos y espatulados y palmas cubiertas de líneas oscuras y finas como cabellos buscaron un punto donde hacer palanca, con una rapidez que le recordó a Hook que su compañero había sido, antes de que el alcohol y el progreso le echaran a perder, electricista.

—A ver —dijo Hook con voz enronquecida tanto por la incomodidad que le causaba fijar la mirada en una acción tan cercana, como porque desaprobaba aquel acto.

Lo cierto es que no sabía qué hacer. No gozaba en realidad de dominio alguno sobre Gregg, pese a que algún retorcido antojo o cierta debilidad habían hecho que últimamente aquel más joven, acostumbrara a pegarse a él. Para su desgracia, Hook poseía un aspecto que le confería autoridad, pero carecía de dotes de mando. Trató de encontrar una razón que impidiera seguir adelante a Gregg.

—Si olvidamos cuál es nuestro lugar, se nos llevarán las sillas y no tendremos más remedio que estar de pie.

—Y entonces moriremos todos de un ataque al corazón; ojalá sea así. Sería un buen chafarri en el historial de Conner, que la espicháramos todos por falta de sitio donde sentarnos.

—Es pecado hablar de esta manera —exclamó Hook categóricamente, pues la muerte, para su mentalidad de maestro de escuela, era un timbre que debía sorprender a los alumnos con las narices pegadas a sus pupitres.

—Además —continuó—, los viejos cometen una equivocación maltratando bienes ajenos. Los jóvenes, los jóvenes no tienen nada, y se puede hacer la vista gorda con ellos si roban una fruta para probarla; pero los que tienen lo que hay que tener deben estar por encima de semejantes tonterías. Nosotros, los que estamos tan cerca ya de la Línea —al pronunciar esta última palabra elevó el volumen de su voz, inclinó la cabeza y levantó la diestra con elegante ademán, índice y meñique señalando hacia arriba y los dedos intermedios doblados—, sabemos que nuestros libros de cuentas son vigilados muy de cerca.

Su instinto de hombre acostumbrado a imponer disciplina —que tenía bastante desarrollado, aunque siempre le había faltado la crueldad indispensable para ser el disciplinario supremo— le dijo que aquellas palabras bastaban para la finalidad que se había propuesto; suponía oscuramente que lo que Gregg buscaba en su compañía eran formas elevadas de pensamiento que le permitieran modelar y justificar a confusa ira que sentía contra el mundo que había terminado por descartarle. Además, en cierto modo, con aquella relación Hook enseñaba al más joven a ser viejo; a sus noventa y cuatro años, Hook llevaba siendo viejo una tercera parte de su vida, mientras que Gregg, que tenía setenta, apenas empezaba.

—Bah, podremos arrancarlas con los dedos cuando queramos —dijo Gregg despectivamente.

Y, con la misma agilidad que un mono que juega con un neumático en un zoológico pasado de moda, se dio la vuelta y se sentó en la silla de Hook, en lugar de hacerlo en la que tenía la plaquita con su nombre.

—Ya no hay obreros como los de antes —afirmó Hook satisfecho.

De pie junto a una de las columnas de los soportales, dejó descansar la mirada en las cómodas profundidades que veía al este y al norte: llanuras ligeramente cóncavas cultivadas en parcelas de científica irregularidad; las más cercanas pertenecían a la jurisdicción de Asilo; más a lo lejos, pequeñas colinas típicas de Nueva Jersey; arriba lo presidía todo un cielo cruzado por nervaduras y de un rosa que presagiaba lluvia. El golpe seco, pero apagado, producido por las hojas de Gregg al reinsertarse en la navaja hizo crecer su satisfacción. Al estirarse los músculos de sus globos oculares, para enfocar los puntos más lejanos, sintió no dolor, sino auténtico placer. Pese a la presencia del bajo sol anaranjado, que conservaba todavía la humedad del amanecer, había porciones de niebla, en forma de luna menguante y de textura parecida a la fina tela de la crisálida, pegadas a los horcajos de las colinas. Sobremanera sensible dentro de sus limitaciones, su visión reconoció las ordenadas esferas de un huerto situado en la más cercana de las azules pendientes, a diez kilómetros de distancia. Detrás, y detrás de las colinas más lejanas, sabía que corría el Delaware. Había pasado su vida junto a ese río, blanco por la mañana, amarillo a mediodía, negro a la hora de la cena. En la margen opuesta, había un filo verde: Pennsylvania. En aquella época —debió de ser durante la primera administración Roosevelt— recién llegado a la escuela normal, a fin de dedicarse a enseñar en un edificio que entonces albergaba a menos de cien alumnos, para ir a trabajar recorría un camino donde, del fondo de una de sus largas riberas, y por entre tallos de zumaque y jóvenes robles, le llegaban fugaces visiones del agua, que parecía tan blanca y lisa como una pared enlucida. El camino ascendía pasando bajo un roble rojo al que los niños habían atado una cuerda de nudos y en cuyo tronco habían clavado una escalerita. En el punto más elevado, tres cabañas que alojaban a los individuos más humildes de la ciudad dominaban un amplio panorama. En aquel punto la ribera se inclinaba tanto, que las copas de los árboles más altos quedaban por debajo de los pies del caminante. La aparente blancura del río se transformaba allí en su evidente transparencia: se podía ver fácilmente, bajo las deslizantes vestiduras de agua, los perfiles de las franjas de sedimentos y residuos industriales. Una botella sumergida reflejaba la luz del sol. De vez en cuando, entre los opacos abanicos de ondas producidos por el choque de la corriente contra la vegetación de la orilla, era visible la pesada imagen rectangular de un bagre arrastrado indolentemente por la corriente. La familia que vivía en una de las cabañas talaba árboles; en aquel lugar del camino, donde Hook se detenía siempre, olía a serrín incluso en invierno, cuando lo cubría la nieve. Y al otro lado de la ancha corriente colgaba un telón de árboles unidos con su reflejo, que no era interrumpido por ninguna casa ni humareda. Para Hook, Pennsylvania representaba la soledad del oeste, y cuando cruzó el puente de Trenton, le sorprendió encontrarse con casas y tranvías tan modernos como los de su Estado natal.

Sus ojos estaban sedientos de agua; pero, por mucho que observara las colinas no hubiera podido convertirlas en un río, e incluso si las tierras que se interponían hubieran sido lisas como la superficie de una mesa, el Delaware hubiera permanecido oculto a sus ojos por la curvatura de la tierra: doce centímetros y medio por kilómetro, como todavía recordaba. Su educación sobresalía en dos temas: la historia de Roma, que había aprendido en el instituto, y la política norteamericana del siglo XIX, tema central de las conversaciones en casa de su padre.

Más cerca de donde estaba, a este lado de la tosca pared de piedra arenisca, las mujeres empezaban a atarearse recogiendo palos y transportando mesas por la oscura hierba; imprudentes mujeres; el rocío iba a empaparles los pies.

—Parece que va a llover —dijo dirigiendo su voz hacia Gregg, aunque sin moverse.

—¡El cabrón de él…! Estoy por arrancar hasta la última de esas malditas chapas y tirárselas a la cara a ese chiflado.

Estas brutales palabras no merecían ninguna respuesta, pues cualquiera le hubiera enemistado más aún con Gregg. Gregg no le gustaba: era como ese estudiante que, objeto de la atención que debe el profesor a toda oveja descarriada, se niega después a ponerse en su lugar y convierte la consideración del hombre de más edad en ocasión de familiaridades indebidas. Sin embargo, el aspecto físico de Gregg, y especialmente aquella cara pequeña, manchada, grabada por las arrugas, austera y peligrosa, en la que parecía no haber ojos, le inspiraba un persistente afecto, porque le recordaba a Harry Petree. Ante el recuerdo de Harry Petree, Hook dejó bruscamente de pensar.

—¿No es una tontería que las mujeres estén preparando una feria, con la tormenta tan cerca? Antes de mediodía tendrán que entrar otra vez las mesas. Seguro que se lo ha encargado Conner —dijo.

En todas partes se notaba la ascensión de la humedad: en las paredes de piedra arenisca, donde algunas piedras permanecían secas sin razón aparente; en el olor de la hierba refrescada; en el amplificado sonido de los grajuelos que había en los arces de la izquierda y del parloteo femenino, más abajo; en los vagos y pesados movimientos de las mujeres. Hook había visto ya decenas de millares de mañanas como aquella.

Pero había algo especial en la que vivía en ese momento. Era la oscuridad del cielo por encima del cielo por encima del horizonte, hacia el sudeste, justo donde más claro debía ser su azul, y el anunciador peso del lento viento que soplaba a ráfagas.

—Hace un momento —afirmó— el cielo estaba rojísimo.

—Lo que tendríamos que hacer —siguió desvariando Gregg— es sacar una de esas plaquitas cada día y enviársela por correo; en correos no rechazarán nuestros paquetes.

—Qué cosas dices —se lamentó Hook según se agachaba filosóficamente para sentarse como solía, en la silla que estaba a la izquierda de Gregg.

Como Gregg había sido lo suficientemente pérfido para no sentarse en la silla que llevaba su nombre, sino en la de Hook, tampoco Hook ocupó la que le correspondía. Cuando George Lucas llegó al porche, procedentes del lado de los arces, se sentó, sin pensarlo, junto a Hook, tal como hacía siempre.

—¿Te has fijado en estas plaquitas? —preguntó Hook a su otro amigo.

—Ese maldito bastardo de Conner —gritó Gregg desde el otro lado—; estoy medio decidido a arrancarlas una a una.

Lucas era un hombre gordo, de tez amarillenta y corta nariz aguileña. Para la media del lugar, era joven. Había trabajado como hortelano en el extremo sur del condado de Diamond. Le había requisado sus tierras un monopolio de la soja organizado por el Departamento Federal de Conservación. Con el dinero que le pagaron, Lucas puso en marcha una inmobiliaria en la ciudad más cercana, donde era muy conocido, y fracasó. Sabía mucho de terrenos, pero no gustaba a la gente. El propio Hook, caritativo y hasta excesivo en su gregarismo, encontraba difícil solazarse en su relación con Lucas, no por lo abrupto de su carácter, sino porque parecía seguir preocupado por los hilos del mundo exterior y se mantenía distante de la mayoría de los internados. La amistad que había buscado, pensaba Hook, debía de perseguir alguna finalidad oculta. Lucas había llegado al asilo en cuanto le declararon legalmente en bancarrota, hacía menos de tres años, durante el invierno del funeral de Mendelssohn. Se pasaba todo el día escarbándose la oreja con una cerilla de madera, para mantener vivo el dolor de oído.

—No —dijo—, ¿dónde están las plaquitas?

Mientras hablaba levantó instintivamente la muñeca, bajo la cual brillaba un rectángulo plateado.

—Las han puesto en las sillas, para que no nos perdamos —declaró irónicamente Hook.

—Pero esta no es la mía, es la de Benjie —dijo Lucas después de haber leído el nombre que había en el brazo de la silla.

—Los niños como Conner andan siempre haciendo el chapuzas — continuó Hook, abstraído en sus propios pensamientos.

Notó que le levantaban la muñeca y sus labios violáceos temblaron de sorpresa mientras volvía gradualmente los ojos hacia el hombre que estaba a pocos centímetros de él.

—Esta es mi silla —dijo Lucas—. Te has sentado en la mía.

—Bueno, también Billy se ha sentado en la mía.

—Venga, Gregg, levántate —dijo Lucas.

Furioso, Gregg gritó con los dientes apretados:

—Me gustaría meterle a ese hijo de puta una de estas plaquitas garganta abajo y oír sus jodidos gritos cuando intentara tragársela.

Agachándose e incorporándose, formando diversas figuras de friso, los tres hombres se desplazaron a la silla inmediata a la que ocupaban en la larga lila que a esa hora temprana caía plenamente en una franja de terreno iluminado por un pálido sol broncíneo.

—Lluvia —dijo Lucas una vez sentado de nuevo.

—Maldita sea, ojalá llueva a cántaros y fastidie todo el asunto. Veremos entonces si Conner se siente tan importante.

—¿Y que no haya feria? —dijo Lucas—. Les gusta tanto a las mujeres.

Su esposa también estaba en el Hogar.

Una vez instalado en su propia silla, Hook se sintió más dueño de la situación.

—Podéis estar seguros —dijo—, ya no hay obreros como los de mis tiempos. Los carpinteros de hace cincuenta años podían clavar, de tres martillazos, un grueso clavo tan largo como mi dedo. Menudas ensambladuras hacían: clavetas y cuñas en el extremo de un tablón, tan finas como un pelo, y sin rajar la madera aunque tropezaran con un nudo; y para hacer las varas de los carruajes de aquellos tiempos, andaban en busca de la mejor madera y no paraban hasta encontrar un vástago que tuviera justo la curvatura necesaria. Utilizar la madera de una rama estaba tan mal visto como poner dos clavos donde solo era necesario uno. Clavos cortados, ya sabéis. Después empezó a usarse mucho el alambre, y en lugar de pensar ellos, lo hacían los fabricantes.

—Ahora todo es plástico de soja — dijo Lucas.

—Sí: hacen un jugo, lo tiran al molde, y contemplan cómo se endurece. ¿Qué dificultad tiene eso? Rafe Beam, el hombre que le hacía los trabajos de carpintería a mi padre, era capaz de partir una semilla de girasol con el hacha en dos mitades exactamente iguales. Solía decirme: «¿No te da miedo acercarte tanto?», y entonces me tocaba la nariz con la hoja, jugando, y me enseñaba la punta del pulgar entre dos dedos.

Hizo una demostración práctica y sonrió.

—¿No te parece —dijo Gregg dirigiéndose a Lucas— que tendríamos que hacer algo con esto de que nos pongan los nombres en las sillas, como si marcaran ganado?

A Hook le fastidió que Gregg prescindiera de él para dirigir su pregunta al otro. Lucas, embebido en su oreja, no parecía estar dispuesto a contestarle, así es que Hook anunció:

—Al emprender una acción, no hay nada tan importante como la precaución. No cabe duda de que, en parte, lo que Conner quiere es que nadie abandone su lugar. Cualquier paso nuestro que amenace su seguridad le hará mostrarse mucho más inflexible. Antes se decía que «el perro listo deja que cuelgue la correa». Me parece que sería más diplomático insinuarle algo al gemelo y ver qué dice. De una cosa puedes estar seguro: como quites la chapa, antes de mediodía te habrán puesto otra.

—¡El gemelo…! —dijo Gregg despectivamente—; ese sabe aún menos que nosotros lo que pasa por la cabeza de Conner.

—No estés tan seguro —dijo Hook—. Nosotros, los viejos, no nos enteramos ni de la mitad de las cosas.

—El gemelo es un imbécil perdido. Me parece que tendríamos que subir a ver a Conner todos juntos y decirle: «Mira, Chiflado Conner, o nos tratas como seres humanos en vez de como a apestosos animales, o mandaremos nuestras quejas a Washington». En correos no pueden rechazar nuestras cartas, aún no hemos caído tan bajo.

Hook corrió apenas. El sol se había levantado tanto, que la sombra del alero del porche cruzaba ya la altura de sus ojos, mientras que labios y mentón los tenía aún bajo la luz broncínea de un sol cubierto por la neblina. Por ello, parecía que sus labios hablaban con vida propia:

—Tenemos que esperar a que llegue nuestro momento. Cualquier paso de nuestra parte hará que Conner se sienta mucho más inseguro. Mira, Rafe Beam solía recitar:

 

Había una vieja lechuza

sentada en un roble,

cuanto más escuchaba,

menos hablaba,

cuanto menos hablaba,

más escuchaba:

imitemos, pues,

al viejo pájaro.

 

Lucas, todo muecas, había seguido escarbándose su oreja y ahora, con los ojos acuosos a causa del dolor, observaba a sus dos compañeros. Luego, con la mirada fija en la punta azufrada de la cerilla, dijo:

—Si queréis, subo yo a ver a Conner y le pregunto qué pretende.

La única respuesta de Hook consistió en incorporarse completamente en la silla; toda su cara quedó en la sombra. Los bordes de sus labios apuntaban hacia abajo, delgados como la mina de un lápiz muy afilado. Lucas no le tenía miedo a Conner; todo el mundo se había dado cuenta. Hook lo había olvidado por un momento.

—Dale esto —dijo Gregg elevando y haciendo vibrar un magro y blanco puño que parecía amarillo al sol— y dile que es de mi parte.

Para llegar a la oficina de Conner había que subir cuatro tramos de escaleras, algo muy molesto para aquellos ancianos. En consecuencia, muy pocos iban a verle. Conner tenía intención de cambiar aquello con el tiempo; una de las obligaciones del prefecto, tal como él concebía ese puesto, era la de ser accesible. No había sido él, sino Mendelssohn, su predecesor, quien había elegido la cúpula como lugar donde centrar el poder ejecutivo. ¿La razón? Algo que había podido deducir a la vista del aspecto que tenía Mendelssohn en el ataúd y de la disposición de los edificios. El cuarto tramo —escaleras color canela sin pintar que ascendían entre verdes paredes apenas separadas, de manera que pasaba justo una persona— era el último y más estrecho y solo conducía a la cúpula. También era la única forma de salir de ella. Ahora bien, tras este breve descenso diagonal, la persona que saliera de la cúpula podía fácilmente deslizarse, sin ser vista, por el tercer piso ocupado, la mitad, por las puertas cerradas de los dormitorios —hasta la escalera trasera—, y ganar el exterior y, por detrás de las pocilgas, a lo largo del muro occidental, llegar a la vecina ciudad de Andrews, donde Mendelssohn era muy conocido por su afición a beber desde por la mañana. La altura de la oficina garantizaba la escasez de las visitas, como no fueran de los subordinados de Mendelssohn, gente que le comprendía. Además, la vista que se dominaba desde la cúpula era amplia y magnífica. Por lo que Conner había podido ver en el ataúd — la pesada y calva cabeza, las huellas de la raza judía en la vitalidad de los orificios nasales y en la sonrisa que los embalsamadores no habían podido borrar de aquellos labios, como de una cuchillada curada hacía mucho tiempo, las cejas imperceptibles, los párpados untuosa y dolorosamente bajados— Mendelssohn se creía un dios.

Conner no tomaba a nadie por un dios. Las franjas de luz que entraban por las ventanas del este y del sur, franjas rotas hasta quedar convertidas en un código por las hojas y tallos de las plantas de los alféizares, no hablaban un lenguaje que él comprendiera. Había perdido todo sentido de lo ominoso. Al levantarse, tan temprano como Hook, había mirado al mismo cielo y visto que prometía un día perfecto para la feria. Algo joven para el importante cargo que ocupaba, entregado al servicio de la humanidad, Conner no lograba seducir a quienes se le acercaban: el profundo e inmerecido dolor que sentía en presencia de personas a quienes no gustaba era notado por estas y ello le hacía antipático. Los ignorantes que acudían a él cosechaban más ignorancia; carecía del don de convertir a los demás. El teatro donde actuaba estaba lleno de gente a la que nunca conocería —los administradores, los encargados de leer los informes—, y detrás de aquellas negras cabezas inexpresivas colgaban las blancas paredes del universo, la apática madre tolerante de la que Conner no sentía ni pizca de miedo aunque, ortodoxo a la manera de los oradores humanistas populares, afirmara lo contrario. Pero había algunos… amigos, suponía. Buddy era uno de ellos, el gemelo que encintaba las hojas de las cuentas presupuestarias en su mesa de porcelana, en la esquina de la espaciosa habitación. Frecuentemente Conner advertía la admiración y gratitud de Buddy como algo vegetal que creciera dentro de sí mismo, algo alimentado por cada uno de sus actos, especialmente los que hacía menos a propósito: los chistes, las quejas por un asunto complicado, el tener que levantarse cansado, al final de la jornada, para echar con un vaso de papel un poco de agua a las raíces de las plantas que adornaban el lugar y que, como las nuevas persianas metálicas, eran una innovación post-Mendelssohn. Cuando comenzó a trabajar en el asilo, encontró la oficina desnuda, gris, sucia, desordenada: un agujero que servía para que dormitara un vagabundo.

—¿Conner? ¡Eh, Conner!

Lucas tenía por costumbre subir hasta la mitad del último tramo y entonces ponerse a gritar; su voz sonaba muy fuerte en aquel sitio tan angosto. Conner no sabía cómo corregirle; no había timbre; no sabía cómo lo hacían en tiempos de Mendelssohn, ni tampoco lo sabía Lucas, ya que él y su mujer habían llegado un mes después que el nuevo prefecto.

—Sí, George, suba.

Frunció el ceño de manera que Buddy pudiera verlo y mantuvo las manos en el papel que había estado leyendo, una carta remitida por una persona anónima de la ciudad vecina. Buddy siguió tabaleando de manera ostensible, sin reducir el ruido por la llegada del visitante. De muchacho, el gemelo se había abarrotado la cabeza de novelas policíacas, y para él Lucas era el confidente, indispensable, pero despreciable.

Lo cierto es que, en medio de una hostilidad tan generalizada, ver a Lucas mostrarse relativamente natural con él resultaba intranquilizador para Conner. Quizá pensara que de esa manera conquistaba amabilidades para su esposa, aunque nada confirmaba que fuera eso lo que pretendía; para Conner la imparcialidad era una virtud esencial. Como si quisiera comentar su jadeo, Lucas dijo:

—Muchas escaleras. Cualquiera diría que se esconde usted.

Conner sonrió maquinalmente, los ojos puestos en la carta; no quiero estorbar, sino ayudar, yo mismo, y derechos saltaban entre sus dedos. Pero le faltó presencia de ánimo para no interrumpir el silencio.

—¿Qué tal Martha con la tarta? —preguntó economizando palabras y sintiendo cierto embarazo por haberse mostrado convencionalmente cordial.

—Sí, ya sé que anda a vueltas con algo.

—Debe haberle alegrado —dijo Conner— tenerla de nuevo en pie.

Inmediatamente advirtió la fatuidad de su comentario; era evidente que Lucas se alegraba. Y, sin embargo, su intención había sido buena, y se sintió irritado contra el invisible aparato que, situado entre él y cualquiera de los internos, juzgaba de esa manera tan escrupulosa el contenido de expresiones que solo pretendían ser despreocupadamente amables.

Para alivio suyo, Lucas desvió su conversación hacia el asunto que le preocupaba:

—Han visto los nombres en las sillas del porche.

El corazón de Conner dio, absurdamente, un traspié. Hacía mucho tiempo que hubiera tenido que abandonar toda esperanza de gustarles, y conformarse con ayudarles. Teóricamente, su entrega hubiera debido ser ciega; pero era demasiado débil para no mirar a los lados en busca de signos de aprobación. El escultor tiene su piedra y el santo el silencio de su Señor, pero un hombre como Conner, que ha hecho votos de producir orden y belleza a base de la sustancia humana, carece de un tercer factor; en principio, es un esclavo de la gratitud. Sabía muy bien que con el tiempo este punto blando se encallecería; había oído a hombres más viejos que él, y de quienes era discípulo, referirse, y no del todo en broma, al asesinato en masa como último favor que los ilustrados podían prestar al prójimo.

—Por el tono —le dijo a Lucas— supongo que ese hecho debería inquietarme.

—Bueno, están confusos. No entienden sus motivos.

—¿Quiénes?

Lucas se introdujo un pequeño objeto de madera en la oreja e hizo una mueca de dolor; su piel arcillosa quedó bruscamente erosionada en surcos.

—No hace falta que diga sus nombres —añadió Conner.

—Fue a Hook y a Gregg a quienes oí hablar de ello.

—Hook y Gregg. El pobre Gregg, claro, está al borde de la locura. Lo de Hook no es lo mismo. Dígame, ¿le parece que Hook da muestras de senilidad?

—¿Mentalmente? No.

—Entonces debe haber alguna razón para que esté en contra mía.

—Oh, no está en contra de usted. Solo que habla de lo primero que le viene a la cabeza.

—Y yo siempre estoy en su cabeza. ¿Acaso cree que tiene algún amigo mejor que yo? Hook lleva aquí quince años; sabe muy bien cómo iban las cosas con Mendelssohn.

A Lucas pareció asombrarle notar el filo de aquella apología que, como veía el propio Conner, había sido provocada fundamentalmente por la carta absurda e insultante que había estado leyendo.

—Hook habla bien de Mendelssohn —dijo Lucas mirándole con extraña fijeza—. Yo no tengo opinión; llegué cuando usted ya estaba aquí.

—La mitad de las tierras del Hogar estaban en barbecho, baldías. Y los cobertizos, repletos de basuras y porquería. El ala oeste era una trampa mortal. Si Mendelssohn hubiera estado todavía de director el otoño pasado, cuando Hook se comió aquel melocotón sin lavar, Hook hubiera muerto.

—Pero ¿es que nadie se da cuenta —medió Buddy con su voz de muchacho, ligeramente frenética— de lo que el señor Conner ha hecho aquí? Este hogar está entre los cinco primeros del sector nordeste.

—Ya lo leí en el tablón de anuncios. Nos ha enorgullecido a todos.

Lucas llevó otra vez las manos a un lado de su cabeza y su cara volvió a arrugarse. Pasado un momento preguntó sensatamente:

—Pero, vamos a ver, ¿cómo se le ocurrió esa idea de las placas con los nombres?

Obstinado, fue la palabra que se le ocurrió como un relámpago a Conner, la que mejor podía describir a Lucas.

Conner pensó que quizá sería mejor permanecer en silencio. Las palabras, cualesquiera que sean, muestran a la otra persona una parte de uno mismo. Rápidamente fueron sumándose razones contra aquel impulso, tan impropio de él:

—Nunca hay que hacer exhibiciones de autoridad.

Lucas, a pesar de ser gordo y basto, y de tener aquella piel de anchos poros, aunque desbaratara el orden de la oficina y estropeara la rutina de la mañana, merecía ser tratado con cortesía, por el hecho de ser uno de tantos desgraciados.

Si Conner trataba de hacer algún amaño, Lucas se lo comunicaría a los otros.

La pregunta no era, como parecía (tan fuerte fue la impresión que tuvo Conner en ese momento, de estar rodeado por todas partes de actitudes desafiantes e ingratas), una impertinencia indigna de respuesta.

Había una respuesta; todo lo que hacía, Conner lo hacía por algo; sus actos eran de una transparencia cristalina.

Conner recordó los motivos; contempló el brillo de la tiesa nariz aguileña de Lucas, después dirigió la mirada hacia las franjas de azul visibles por la ventana y dijo:

—Ha habido quejas, una queja: una de las mujeres vino a verme de parte de su marido, y, según ella, los días de lluvia los hombres que trabajan las tierras no encuentran sillas en los soportales, o, al menos, no encuentran las que ellos creen suyas. Las sillas vacías andan una aquí y otra allá y algunos no pueden sentarse junto a sus amigos. Es algo infantil, naturalmente. Mendelssohn se le hubiera reído y no le hubiera hecho caso, seguro. Pero yo tengo el deber de tomarme en serio todas las quejas. Parte de mi política ha consistido en dar, dentro de lo razonable, cierto margen de propiedad a las personas que aquí residen. Tengo en cuenta especialmente a hombres que, como Hook, han sido respetados y prósperos. Creo firmemente que todo tejido comunitario no se debilita sino que, por el contrario, se refuerza, con un entramado de propiedad privada. Lucas: quiero ayudar a esos hombres a llevar la cabeza bien alta, a conservar hasta el final la dignidad que en justicia corresponde a todo ser humano, sea o no importante.

Dio media vuelta a su silla giratoria y vio que en una esquina, junto a la máquina de escribir, Buddy se sonrojaba de celos oyendo hablar a su superior con un intruso de un modo tan vehemente. El muchacho (qué conmovedora aquella revelación suya, sobre el elevado puesto que ocupaba en la institución) había supuesto quizá que la imagen del entramado de propiedad privada y de la esperanza respecto a la conservación de la dignidad hasta el final, era una confidencia que solo debían compartir ellos dos. No hubiera servido de nada que Conner explicara, ni aun con un reflejo de la mirada, que en este caso, y sin renunciar a su sentido, esas palabras no las había utilizado tanto por lo que significaban en sí, como por el efecto que podían causar; que no fueron tanto para transmitir un credo, como por mantener a Lucas a distancia. A la edad de Buddy, Conner hubiera sentido repulsión si le hubieran dicho que la concha exterior del idealismo de un hombre tenía incrustada otra, de escepticismo, que dentro de esa había una tercera más contraída respecto a la primera, y así sucesivamente, alternándose el negro y el blanco hasta el indivisible centro, y que solo guía el curso de la vida de un hombre el color de la estrella que hay en ese núcleo.

Tratando de mitigar de forma indirecta la ofensa causada involuntariamente a Buddy, Conner mencionó su nombre al dirigirse de nuevo a Lucas.

—El señor Lee, ayudado por algunas mujeres, estuvo muy atareado poniendo las plaquitas en la silla favorita de cada uno. En algunos casos, los propios viejos se sentaban en una silla distinta cada día. Esta iniciativa ha sido un amable servicio de su parte. Y Hook considera, en cambio, que es un motivo de queja. Tal es el pago que recibe el señor Lee por la entrega que pone en su trabajo en esta institución; en la industria privada o semiprivada su talento le hubiera valido un salario tres veces mayor que el que ahora gana.

—Bueno, se lo diré —dijo Lucas, aunque durante el último minuto su atención se había centrado en sus pensamientos.

Tratando, quizá, de apaciguar todavía a Buddy, Conner preguntó bruscamente:

—¿Qué diablos se está usted haciendo en la oreja?

—La tengo un poco dolorida.

Lucas pasó a la defensiva; inclinó la cabeza y mostró la piel rosada de su voluminoso labio inferior.

—¿Cuánto hace?

—No mucho.

—¿Un día? ¿Dos?

—Me parece que más.

—Hace más de dos días que tiene dolor de oído. ¿Qué medicación le han dado?

No hubo respuesta.

Conner contestó por él.

—No se ha puesto usted nada.

—El dolor sé va y vuelve, desde hace algún tiempo.

Era como si hubiese estado hablando con un animal con el que acabara de amistar.

—Bueno, ¿podrá ir usted al ala oeste, ahora, por favor? Y tire esa cerilla a la papelera. A esta papelera. Dios mío, va a coger una otomicosis.

No había nada que Conner odiara tanto como un dolor soportado en silencio. La opresión, la superstición y la miseria tienen sus raíces en la resignación.

Lucas, convertido en un niño por aquella inmerecida regañina, se fue, tal como le habían ordenado. Conner, apenado por el mal humor causado por la intranquilidad de conciencia que le provocaban el aspecto mohíno de Buddy y la carta que tenía sobre la mesa, se levantó y acercóse a las ventanas que daban a levante, desde donde miró, a través de las aberturas de la persiana, a la gente que aparecía en escorzo sobre la hierba. En los lados este, sur y oeste, la cúpula tenía ventanales dispuestos en grupos de tres, con la parte superior en forma de arco y la ventana central más alta que las otras dos. Los metálicos marcos de las persianas impedían ver bien las líneas señoriales, y los semicírculos adornados con molduras de madera que coronaban las horizontales, de fabricación industrial, eran como remates de un fresco pintado en una pared en la que posteriormente se ha abierto una puerta. En el cuarto lado, el norte, desembocaba, desde el piso inferior, la inclinada escalera incluida dentro de la silueta exterior de la cúpula de manera que la puerta se abriera hacia el despacho dejando a ambos lados espacios que alojaban ventanas más sencillas. La luz, que entraba allí a todas horas, hacía de cada objeto un reloj de sol que nadie era capaz de leer. Walter Andrews, el hombre que setenta años antes construyera la mansión, había visto en aquella pieza el cuarto de piano; todo el envigado quedó al descubierto, de modo que gruesos maderos diagonales y finas tablas transversales formaran rincones donde pudiera entretejerse la música, y sus intérpretes, agrupados en tomo al piano, pudieran tocar ininterrumpidamente y alimentar la nube cada vez más grande que se iría formando encima de ellos, sin que el sonido rebotase en las paredes y les aplastara. El piano seguía instalado en la habitación, bajo pisos de armarios metálicos color verde. No había manera de sacarlo de allí; lo habían subido con una grúa y dispuesto sobre el suelo desnudo cuando la habitación no estaba todavía terminada. En el sitio donde al día siguiente debían colocar las ventanas de levante, la pared se abría al cielo azul y los extremos de los dorados tablones enmarcaban un agujero asimétrico por el que apareció la romántica forma del negro piano, como un milagro, las sogas aparentemente demasiado delgadas, los obreros recelosos, al tiempo que soplaba la brisa y las ahusadas patas trazaban en el vacío una frase de fuga en un tiempo largo, a medida que el enorme instrumento giraba lentamente en su segura cuna de cuerdas. Introducido el piano, los obreros terminaron el compacto muro. Andrews no tenía en cuenta ni el día de mañana ni su posteridad.

Aquel encumbramiento y su envigado no creaba un ambiente propicio ni a las decisiones del ejecutivo ni al trabajo de oficina. Conner procedía de un mundo de techos bajos, de color gris cebolla o azul marchito, que las estructuras de los fluorescentes hacían más bajos aún. También el espacio subyacente le inquietaba.

—Malditos sean —dijo, con los labios a un centímetro del afilado borde rubio de una de las varillas sutilmente curvadas de la persiana—. Ahí abajo está Hook, haciendo sus rondas como si fuera el alcalde, hablando con todos, incitándoles a una cruzada.

Para Buddy, que le observaba, el perfil de su superior resaltaba sobre las iluminadas persianas: la varicilla redondeada sobre su largo, protuberante labio de irlandés, en triste reposo. El ímpetu afectuoso que sentía le impelía a decir algo, lo que fuera, y lo primero que se le ocurrió tenía que ver con lo que ocupaba su mente:

—¿No le parece que Lucas no nos hace ninguna falta? Nos sonsaca mucho más que nos informa, y no irá a decirme que, físicamente, no es un aborto.

—Ah, señora Jamiesson —dijo Hook—, ¡cómo brillan las manzanas en sus mejillas esta mañana! Esto solía decir Ed Herzog cuando saludaba a las mujeres a la salida del oficio religioso.

Ella estaba clavando unos volantes de hule al borde frontal de la mesa desnuda que había puesto en la hierba, y él se interponía en su camino.

—¿Podría sostenerme esto con los dedos? —le pidió.

—Encantado, absolutamente encantado —dijo él imitando a otro, un compañero de la escuela normal, muerto hacía cuarenta años, que se llamaba Horace Frye.

Cuando miraba hacia abajo veía tan poco, que apoyó los dedos sobre la madera de la mesa, y, cuando la señora Jamiesson apartó las manos, para recoger el martillo y las tachuelas, la tira festoneada cayó, por su extremo suelto, en la hierba empapada. Igual que si estuviera enseñando a un niño a comer con cuchara, ella dejó a un lado las herramientas y apretó los dedos de Hook contra el borde de la mesa, la tira de hule sujeta debajo. Él esperó a que la mujer clavara una tachuela y se apartó un poco, con la mirada fija en la copa del plateado arce que había junto al ala oeste.

—Ese sonido —anunció— es música para mis oídos; los carpinteros de mis tiempos eran capaces de clavar un grueso clavo de tres rápidos golpes.

—Sí, pero yo no soy de esos —dijo la señora Jamiesson.

Era una mujer gorda a la que la fealdad había enseñado a vivir con paciencia y afecto. Para su madre era una auténtica maravilla que su hija, con aquella barbilla monstruosamente protuberante, se hubiera casado y hubiera sido capaz de conservar al marido y criar a sus hijos. Mary Jamiesson había heredado de su madre un temperamento mordaz que tuvo que reprimir, pues era un lujo que no podía permitirse. Pero una lengua afilada nunca muere del todo.

—Son raras las veces —continuó— que veo trabajar a un hombre en algo; si no, supongo que hubiera aprendido un poco.

A Hook no se le escapó el sentido de su comentario, pero sí que pudiera dirigírselo a él.

—Es por culpa de la administración —confió a su interlocutora—. No se puede dejar a un hombre que elija, según su capricho, si quiere trabajar o hacer el vago. Desde luego, en tiempos de Mendelssohn no se hubiera visto nunca nada así. Personas capacitadas como Gregg y Lucas…; es asombroso que no se hayan hecho tan perezosos, que ya no puedan ni llevarse la comida a la boca.

—Pero Lucas tiene los cerdos.

La esposa de Lucas era compañera de ella.

—¿Y es necesario todo un día para hacer ese trabajo, de llevar la basura de la cocina al comedero?

—Bueno, menos hacen otros —observó la señora Jamiesson.

Hook sintió que le invadía la inquietud. Lo que ella había dado a entender —que allí eran las mujeres las que trabajaban— le resultaba desagradable, como un olor que hace que al animal se le erice el pelo.

—Es curioso, ¿no?, que el único músculo que no se cansa sea la lengua —dijo y siguió su camino olvidado ya de quién había iniciado aquel intercambio de mordacidades.

Con el sol más alto, el prado de crecida hierba parecía ahora amarillo. En el centro del paseo principal, dos viejos se dedicaban tranquilamente a desenredar cables eléctricos. A su espalda había cajas de cartón con bombillas de colores. Una escalera yacía en la hierba. Uno de los dos hombres hurgaba con un nudo, como si eso fuera cuanto le quedara por hacer en el tiempo que los planes divinos le asignaban todavía. Un petirrojo le reñía con un tuit-tuit desde el árbol inmediato. Al otro lado del muro sur, el paisaje se extendía generosamente; grupos de árboles plantados ordenadamente salpicaban como islotes la tierra; algunas casas, pertenecientes a las afueras de Andrews, manchaban de colores la izquierda de su campo visual. Hook tosió y afirmó:

—Ahora me acuerdo… —Y solo entonces advirtió que se encontraba solo.

Dio unos pasos hacia los hombres que estaban junto al paseo. El que no luchaba con los enredados cables sacaba bombillas del acolchado de papel y las iba depositando, de manera que no coincidieran dos del mismo color, en el banco.

—Ahora me acuerdo de que cuando yo era niño, subía a una montaña y, mirara adonde quisiera, no veía una casa en ninguna dirección. Ahora —volvió a toser, puesto que ninguno de los dos hombres había movido la cabeza— no hay ni un rincón, al este de los Alleghenies, donde pueda lanzar uno un grito sin que le oigan desde alguna casa. Hemos sometido mucho a la tierra.

Hook adelantó la cabeza inquisitivamente. Se le ocurrió que había elegido a dos sordos. No sabía en aquel momento cómo se llamaban.

Al darse la vuelta tuvo la sensación de quien, al ir ascendiendo por una pendiente de tierra sin cultivar, ve aparecer de repente una extensión que, cuajada de margaritas, parece unirse al cielo. Todos los movimientos y preparativos que le rodeaban le ponían contento. Contento por la ausencia de Gregg, que se había ido a la cocina con la esperanza de ganarse con zalamerías un segundo desayuno. Solo una cosa faltaba, solo había una mella en la superficie de su placer: le faltaba un habano. Se permitía cuatro al día, y en la discusión sobre las plaquitas había olvidado encender el de la mañana. Lo subsanó encendiendo un White Owl. El olor a granero le llenó la boca. Y, acodado el brazo del habano en la mano contraria, y ese antebrazo cruzando con gracia su cuerpo sobre el abdomen, se quedó estático.

Las mesas de madera —las que habían usado en el comedor hasta que lo equiparon con mesas cuadradas, de mármol sintético, procedentes de una cafetería en renovación— estaban puestas, en parte, a lo largo del paseo principal, pero sobre todo en dos caminos perpendiculares al paseo, sobre la misma hierba. Como eran viejos los que las habían dispuesto, las hileras no eran del todo rectas. Hook se paseó lentamente por uno de esos caminos inclinando el cigarro ora a un lado, ora a otro, en señal de amistad. Al llegar junto a la mesa de Amelia Mortis, se detuvo. Era una mujer vieja y bajita, octogenaria y, por tanto, casi contemporánea de Hook. Llevaba un antiguo gorro almidonado y tenía un bocio que se le bamboleaba por el cuello. Cosiendo trapos hacía cada año unas cuantas colchas, unas seis en total, que luego vendía, en agosto, el día de la feria. El año anterior un hombre de Tren ton le había comprado cuatro.

—¿Qué, vendrá otra vez el estafador de Tren ton?

—Ruego a Dios para que no venga. Es muy aburrido venderlas tan pronto.

—Ese tipo, le apuesto lo que quiera, era uno de esos anticuarios que después las iría vendiendo al triple de lo que le pagó a usted.

—Fue una lástima, el año pasado; me compró todo lo que me quedaba y no tuve más remedio que irme a la cama y perderme la música.

Su voz parecía de cantante, como si brotara de un punto más profundo que las demás y subiera atravesando una pantalla; era tan impaciente, que acostumbraba a dejar en el aire el final de sus frases, y eso obligaba a Hook a inclinarse hacia ella.

—Seguro —dijo él— que sacó un magnífico beneficio.

—Me gusta que las compren parejas jóvenes, pero ya ve: solo le gustan las cosas nuevas. De joven, yo también era así.

Una de sus colchas aparecía doblada sobre la mesa. El resto estaban metidas en dos cajas con etiquetas de una marca de leche en polvo. Después de un año de enhebrar y coser y combinar, se pasaba toda una mañana colocándolas sobre una mesa, doblándolas una vez y otra, dándoles palmaditas, volviendo a ponerlas en las cajas, todo muy despacito y sin parar, hasta que, mareada, tenía que pedir que le acercaran una silla. En la colcha exhibida un cuadrado de tela estampada mostraba una colina verde cubierta de flores descomunales, con un río que discurría a sus pies. En la cima, un pequeño templo abierto a través de cuyas columnas se veía el azul del cielo. Esta imagen se repetía varias veces en el retal. El cuadrado contiguo era oscuro, de color púrpura de alverja. Al lado de este había otro, a cuadros, tosco, multicolor pero no abigarrado, en él predominaba una franja verde que atravesando otra, del mismo color, formaba, tal como había sido puesto el recorte en la colcha, una cruz. El primer retazo de la fila siguiente, debajo del templo y la colina, podía ser seda, de un azul que parecía ocultarse bajo la superficie de la tela, salpicado de medias lunas y rectángulos de tonos cálidos. El trozo vecino era de un rojo intenso; encima, sembradas violentamente, había unas extrañas formas doradas, como de un alfabeto cincelado o de molduras de muebles. En otro recuadro se veía a unos niños jugando con un cubo. Otro era de pana parda; otro, de algodón verde. Y en el próximo, algo que Hook no pudo creer: el fondo violeta, los cinco óvalos amarillos en torno a una estrella azul de cinco puntas inscrita en un rectángulo castaño, repetido todo una y otra vez, se parecía inverosímilmente a la colcha que había usado de niño: el mismo tono, de uva polvorienta; las flores sin nombre vistas en perfecta perpendicular desde arriba. En la confusión de recuerdos tan antiguos, se vio a sí mismo, niño otra vez, recorriendo los rectilíneos caminos del tejido en busca del hilo teñido de un color más fuerte, que, a veces, se arqueaba por encima de los otros. En la habitación de toscas paredes, bajo la luz de la lámpara de petróleo, la mecha frugalmente baja, vio el cubrecama, que le esperaba; era de noche, y él, niño. Sus padres estaban abajo; la voz de su padre subía suavemente, remontando los escalones. No estaba muy resentido, porque era un chico serio y, aunque temía la oscuridad, sabía que, llegada la hora, debía dormir. Mientras observaba el dibujo de la tela notó que el pequeño pesar concentrado —de que el pasado estuviera tan lejos y su final tan próximo— que reposaba escondido siempre en un rincón de su sistema, brotaba y se le subía a la cabeza con tal fuerza, que los delgados arcos de los ojos le escocieron. Parpadeó rápidamente y borró el fulgor de aquella lámpara de petróleo.

—De haber estado aquí, Mendelssohn hubiera acariciado estas colchas —dijo Hook.

—Desde luego. ¡Me animaba tanto…!

—Era su forma de ser.

—Me recordaba a McKinley —exclamó la señora Mortis, invocando a uno de los ídolos de su juventud—; qué dignidad; y sin embargo, nunca estaba tan ocupado que no pudiera decir algo amable.

Bajo la sombra de su gorro, el rostro se alzó con gesto de rapsoda:

—Por cosas así se les conoce, John.

El elevado tono que ella había empleado, y su propio instinto de viejo polemista, le movieron a hacer, pese a estar básicamente de acuerdo, un distingo:

—Dicen que en lo que se refiere a la administración se le escapaban algunas cosillas. Pero en sus tiempos no había tanto vago como ahora.

—Ah, y a menudo le recuerdo bendiciendo la mesa —continuó ella mientras su bocio se agitaba como la pechuga de una gallina que cloquea—, con la mirada graciosamente baja, y la voz, fuerte, para que pudieran oírle hasta los más sordos; recuerdo que al verle en el ataúd le dije a la señora Haines, parece como si acabase de decir una oración, con las ventanillas de la nariz llenas todavía de aliento. El corazón me pidió inclinarme y besarle la mano; pero los de detrás empujaban.

—Tenía una fe natural…

—Aunque parezca extraño, cruzarse con la gente le basta a uno para conocerla. Oh, también nosotros tuvimos nuestra buena época, John.

A Hook no le parecía que formase parte de las obligaciones de una mujer decirle que también él había tenido su buena época. Amy Mortis era de su generación —él hubiera podido elegirla a la hora de casarse— y, junto a sus posibles virtudes estaba la charlatanería, la ligereza, el estilo confianzudo típicos de las mujeres de entonces; llamarle «John» a él… Hook disfrutaba hablando con ellas, pero no tanto como ellas con él ni durante tanto tiempo. Pero, al igual que con su difunta esposa, era demasiado débil, necesitaba demasiado que le escucharan, para dejarla con la palabra en la boca y perderse la oportunidad de dar una conferencia.

—Pero ese McKinley no era sino el traje de gala de Mark Hanna; el hombre al que derrotó valía veinte veces más que él, y lo consiguió gracias al dinero de Nueva York y Boston.

—Sí, uno de esos que querían quitárselo todo a los ricos, para darlo a los pobres; y, ahora que ya lo han hecho, ¿vivimos mejor? ¿Están vacíos los asilos? Qué va: construyen otros nuevos y siguen todos llenos. Me dan tanta pena las más jóvenes, las que tienen que compartir esas habitaciones tan pequeñitas… Bessie Jamiesson duerme en el mismo cuarto que Liz Gray, y no hay ser humano que recuerde cuál fue la última vez que Liz se lavó. Y los Lucas y ese pajarito tienen una habitación para ellos solos en la que cabrían cuatro.

Como había olvidado lo que quería decir, Hook sacudió negativamente la cabeza y chupó, pensativo, el cigarro. La nube metálica, tan válida como cualquier razonable argumento masculino, quedó colgada entre ambos y luego se fue. Aprovechando la ventaja conquistada, Hook afirmó:

—Si Mark Hanna gobernara aún el país, mi buena señora, la gente como nosotros hubiera muerto hace ya mucho tiempo.

—Sí, y quizás así iría todo mejor —dijo ella en seguida, cual si hubiera estado viendo, impaciente, cómo se formaba la frase en la cabeza de él—. Aguantamos y aguantamos y perdemos el tiempo en tonterías —con un ademán señaló los cubrecamas—; pero, Si tuviéramos un poco de sentido común, dejaríamos que el Señor se nos llevara para volver a empezar.

—Luego ¿cree usted que no va a tener dificultades en el otro mundo?

Ella se irritó, porque el tono sugería que sus sentimientos religiosos eran muy burdos.

—Bueno, si las encuentro —repuso—, ¿qué decir de los demás? —De esta manera mostraba que podía ser tan firme con el Señor como cualquier hombre, a la hora de reclamar sus derechos—. No he sido peor que la mayoría.

—Ajá, sí —dijo él mientras exhalaba el humo como para reprenderla.

Luego, comprendiendo la broma, el bigote se le ensanchó y le prometió a la mujer que si, tal como era probable, él llegaba arriba antes que ella, le guardaría un sitio en el mejor sofá. Después se inclinó con afectada galantería sobre la enana talla de la buena señora. Entre ellos vibró algo parecido a la atracción que en tiempos había ejercido él sobre el sexo contrario.

La puerta que daba acceso al ala oeste se cerró con un susurro detrás de Lucas y él se quedó helado. A ambos lados dominaba el blanco, que se extendía como la repetición de unas cuantas camas en espejos dobles, cada vez más confusamente, hasta las que estaban situadas bajo las ventanas estilo Palladio que filtraban sobre las sábanas una luz perlada e indistinta. En el ala oeste el sol no daba directamente hasta la tarde. Las figuras que había bajo las sábanas se movían de forma imperceptible; un brazo esquelético se alzó para llamar la atención, y una enmarañada cabeza rosa se volvió apáticamente para mirar al recién llegado. Daba la impresión de que bajo las sábanas no había personas, sino conos desde cuya punta bajaban pliegues que parecían perderse en el colchón. Lucas imaginó partes orgánicas —pies, pelvis, hombros sin brazos— unidas por tubos de cristal flexible, transparente para que el gorgoteante fluir de la sangre y de los amarillos humores corporales pudieran ser examinados. Esa imagen le atrapó antes de que pudiera apartar la mirada. Incapaz de emprender la retirada, fijó la vista en el suelo temiendo, sobre todo, encontrar accidentalmente entre los rostros apacibles de aquellos enfermos y condenados el de algún conocido, alguien con quien hubiera estado conversando al sol bajo los soportales, o que le hubiera acompañado hasta Andrews. Sus desamparados ojos advirtieron en el suelo las marcas dejadas por las blandas ruedas de la camilla. Más que la negra muerte, temía el acceso y sus detonantes colores: la mascarilla de goma roja, las luces violetas del techo, el traqueteante recorrido por los limpísimos pasillos, los aparatos humeantes y goteadores, las cubetas con el rosado líquido esterilizador, la firme sujeción de las correas en cada miembro, la inmaculada indumentaria blanca de los cirujanos, donde solamente los ojos asomaban; los bisturíes y las tijeras curvas; el latido del propio corazón, que bombea a través de la brillante maquinaria; el verde de los enormes ojos compasivos del operador, enmarcados; su rápida respiración que ahueca e hincha la gasa de su mascarilla mientras él trincha. Trincha. Cirujanos que se inclinan sobre uno como leones que se ceban en los intestinos de un ciervo. Lucas había visto morir de cáncer intestinal a su padre. Era lo que se llevaba a los varones de la familia. Muchas de las cabezas que estaban suspendidas sobre las blancas olas ya se habían vuelto hacia él. Lucas, con su corpachón y su extraña piel, no pasaba inadvertido. El doctor Angelo se le acercó silenciosamente:

—¿Sí?

El doctor era un italiano de edad madura, muy guapo pese a la cabeza, demasiado grande para su cuerpo, y a los ojos, demasiado grandes para su cabeza. Era como si los años de servicio y fatiga que habían reducido su buena educación latina a una simple gentileza en su fija y hasta deslumbrada mirada, le hubieran afectado, además, los párpados inferiores: el verde de su iris navegaba en un barco de leche bajo un blanco cielo. Así, sus ojos eran dianas.

—Conner me dijo que viniera a verle.

—¿Y por qué?

—Por nada, para quitárseme de encima.

 

(Continuará…)

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