Dos mujeres

Amos Oz

 

 

Por la mañana temprano, antes del amanecer, empieza a entrar por su ventana abierta un zureo de palomas. Esas palomas producen un sonido gutural, grave, continuo y monótono que le infunde tranquilidad. Una suave brisa sopla en las copas de los pinos y en la ladera de la colina canta un gallo. Un perro callejero ladra y otro perro le responde. Esos sonidos sacan a Osnat de su sueño antes de que suene el despertador, entonces se levanta de la cama, apaga el reloj, se lava y se pone la ropa de trabajo. A las cinco y media se va a trabajar a la lavandería del kibutz. De camino pasa por delante de la casa de Boaz y Ariela, que parece cerrada y oscura. Se dice que ambos estarán todavía durmiendo y ese pensamiento no le produce envidia ni dolor, sino un vago asombro: como si todo lo ocurrido no le hubiese pasado a ella sino a personas desconocidas, y no hubiesen transcurrido tan solo dos meses, sino muchos años. En la lavandería enciende la luz, ya que la luz del día aún es demasiado pálida. Después se inclina sobre los montones que esperaban a ser lavados y empieza a separar la ropa blanca de la de color, y la de algodón de la sintética. Intensos olores corporales salen de la ropa sucia y se mezclan con el olor a detergente. Osnat trabaja aquí sola, pero tiene un aparato de radio que está encendido desde por la mañana para atenuar la soledad, aunque el ruido de las lavadoras impide captar las palabras y también las melodías. A las siete y media termina la primera colada, saca el contenido de las máquinas, las carga de nuevo y se va a desayunar al comedor. Siempre camina despacio, como si no estuviese segura de adónde se dirige o no le importase. Nosotros la consideramos una chica muy apacible.

A comienzos del verano, Boaz le confesó a Osnat que Ariela Barash y él mantenían una relación desde hacía ya ocho meses y que había llegado a la conclusión de que ninguno de los tres debía seguir viviendo en una mentira. Por tanto, había decidido dejar a Osnat y trasladarse a casa de Ariela. «Ya no eres una niña pequeña», dijo. «Osnat, ya sabes que cosas así ocurren ahora cada día en todo el mundo y también aquí en el kibutz. Menos mal que no tenemos hijos. Podría habernos resultado mucho más difícil». Se llevó su bicicleta, pero le dejó la radio. Su deseo era que la separación se produjese de forma civilizada, de la misma forma en que habían vivido durante todos esos años. Si se enfadaba con él, por supuesto que la comprendía. Aunque en el fondo no tenía mucho por lo que enfadarse, «después de todo, el vínculo con Ariela no se ha creado para herirte. Cosas así sencillamente ocurren sin más». En cualquier caso, le pedía perdón. Recogería hoy mismo sus cosas y no solo le dejaría la radio sino todo lo demás, incluidos los álbumes de fotos, los cojines bordados y el juego de café que les habían regalado en su boda.

Osnat dijo:

—Sí. Está bien.

—¿Sí, qué?

—Vete.

Y luego dijo:

—Vete ya.

Ariela Barash era una divorciada delgada y alta, tenía un cuello delicado, el cabello largo y los ojos risueños, y en uno de ellos se apreciaba un ligero estrabismo. Trabajaba en el gallinero y también era la responsable del comité de cultura del kibutz: se ocupaba de fiestas, ceremonias y bodas, así como de organizar las conferencias de los viernes por la tarde y las películas que se proyectaban los miércoles en el comedor. Tenía la costumbre desde pequeña de pronunciar la zeta como ese. Tenía en su casa un gato viejo y un perro joven, casi un cachorro, que convivían en paz. El perro temía un poco al gato y le cedía cortésmente el paso. El gato viejo ignoraba al perro y cruzaba delante de él como si fuese transparente. Pero los dos se pasaban casi todo el día durmiendo en casa de Ariela, el gato en el sofá y el perro en la alfombra, sin hacerse ningún caso. Durante un año, Ariela Barash estuvo casada con un oficial de carrera, Efraim, que la dejó por una joven recluta. La relación entre Boaz y ella comenzó cuando un día Boaz fue a su habitación con una camiseta de trabajo sudada y llena de manchas de grasa. Ella le había pedido que se pasase a arreglar un grifo que goteaba. Llevaba ceñido un ancho cinturón de cuero con una gran hebilla de metal. Mientras estaba inclinado sobre el grifo, ella le acarició suavemente la espalda bronceada hasta que él se volvió sin dejar el destornillador ni la llave inglesa. Desde entonces, Boaz se colaba a hurtadillas en su habitación durante media hora o poco más, pero en el kibutz Yikhat alguien había visto esas entradas y salidas furtivas y no dejó de hacer partícipes a los demás de su descubrimiento. Se dijo: qué extraña pareja, él tan flemático, apenas abre la boca, y ella que no para de hablar. Roni Shindlin, el guasón, dijo: «La miel se ha comido al oso». Nadie se lo contó a Osnat, pero sus amigas la arropaban con mucho cariño y encontraban formas de recordarle que no estaba sola, y que si necesitaba algo y todo eso. Después, Boaz cargó su ropa en la cesta de la bicicleta y se trasladó a casa de Ariela. Regresaba por la tarde de trabajar en el taller mecánico, se quitaba la ropa de trabajo e iba a lavarse. Desde la puerta del cuarto de baño le decía siempre:

—¿Y bien? ¿Qué ha pasado hoy?

Y Ariela le respondía sorprendida:

—¿Qué tendría que pasar? No ha pasado nada. Dúchate y tomaremos un café.

En su buzón, que estaba en el extremo inferior izquierdo del casillero situado a la entrada del comedor, Ariela encontró una nota doblada escrita con la caligrafía redonda y serena de Osnat:

 

A Boaz se le olvida siempre tomarse las pastillas para la tensión. Debe tomárselas por la mañana y por la noche antes de acostarse, y por la mañana también media pastilla para el colesterol. Lo mejor es que coma ensaladas sin pimienta negra y casi sin sal, y también quesos suaves, y nada de carne roja. Puede tomar pescado y pollo, pero sin especias fuertes. Y que no abuse de los dulces. Osnat. P. D.: Que tome menos café.

 

Ariela Barash le dejó otra nota a Osnat en su buzón, escrita con caligrafía puntiaguda y nerviosa:

 

Gracias. Es muy noble por tu parte. Boaz también tiene ardor de estómago, pero dice que no es nada. Intentaré hacer todo lo que me pediste, pero no es una persona fácil, le da igual su salud, le dan igual muchas cosas. Ya sabes. Ariela B.

 

Osnat escribió:

 

Si no le das de comer cosas fritas, ácidas ni picantes, no tendrá ardor. Osnat.

 

Ariela Barash le respondió al cabo de unos días:

 

A menudo me pregunto qué hemos hecho. Sus sentimientos están reprimidos y los míos son cambiantes. Le tiene cierto cariño a mi perro, pero no soporta al gato. Por la tarde, cuando vuelve de trabajar en el taller mecánico, me pregunta, ¿y bien? ¿Qué ha pasado hoy? Luego se ducha, se toma un café y se sienta en mi sillón a leer el periódico. He intentado darle té en vez de café, pero se ha enfadado y me ha soltado que deje de una vez de ser su madre. Luego se queda adormilado en el sillón, con el periódico caído a sus pies, y se despierta a las siete para oír las noticias de la radio. Durante las noticias acaricia un poco al perro y le dedica unas palabras afectuosas apenas inteligibles, pero si el gato se sube a sus piernas para pedir algún mimo, lo echa violentamente, con asco, y yo me crispo de arriba abajo. Cuando le pedí que arreglase un cajón que se atascaba, no solo me arregló el cajón, sino que también desmontó las dos puertas del armario que chirriaban y me preguntó riéndose si arreglaba también el suelo o el tejado. Me pregunto qué me atrajo de él, y qué me sigue atrayendo a veces, y no tengo una respuesta clara. Incluso después de ducharse sigue teniendo las uñas negras de grasa y las manos ásperas y agrietadas. Y después de afeitarse siempre le quedan pelos. A lo mejor es por su constante somnolencia, porque incluso cuando está despierto parece algo adormilado, y eso me incita a intentar despertarlo. Pero solo consigo despertarlo por un instante, ya sabes cómo, y no siempre. No pasa un día sin que piense en ti, Osnat, sin que me diga que soy una mujer despreciable y me pregunte si lo que te he hecho tiene perdón. A veces me digo, ¿y si realmente a Osnat no le ha importado demasiado?, ¿y si no le quería? Es difícil saberlo. Cabría pensar que pude elegir entre hacerte esto o no. Pero en el fondo no tenemos elección. Todo eso de la atracción entre un hombre y una mujer me resulta de pronto extraño y hasta un poco ridículo. ¿A ti también? Si hubieseis tenido hijos, las dos habríamos sufrido mucho más. ¿Y él? ¿Qué siente él? Cómo saberlo. Tú sabes perfectamente lo que puede comer y lo que no, pero ¿de verdad sabes lo que siente? Si es que siente algo. Una vez incluso le pregunté si estaba arrepentido y él farfulló algo y luego dijo: tú misma puedes ver que estoy aquí contigo y no con ella. Que sepas, Osnat, que casi todas las noches, cuando él se ha dormido, yo permanezco despierta en la cama contemplando en la oscuridad la luz de la luna que penetra entre las cortinas y preguntándome qué habría pasado si yo hubiese sido tú. Admiro tu calma. Ojalá pudiese absorber algo de tu calma. A veces me levanto, me visto y me acerco a la puerta con la intención de ir a verte en mitad de la noche y explicártelo todo; pero ¿qué tengo que explicar? Me quedo diez minutos en la terraza, contemplo el cielo claro de la noche, localizo la Osa Mayor, luego me desnudo y vuelvo a tumbarme en la cama, él ronca tranquilamente y a mí me ataca la nostalgia de estar en un lugar completamente distinto. Puede incluso que en tu habitación, contigo. Pero entiende que eso me ocurre solo por la noche, cuando estoy despierta en la cama sin poder conciliar el sueño y no entiendo lo que ha pasado, ni por qué, y solo siento de pronto una imperiosa necesidad de estar cerca de ti. Me gustaría, por ejemplo, trabajar contigo en la lavandería. Solo tú y yo. Llevo tus dos breves notas siempre en el bolsillo y las vuelvo a releer una y otra vez. Quiero que sepas cuánto valoro cada una de las palabras que me has escrito y que también, y aún más, me impresiona lo que no me has escrito. La gente habla de nosotros en el kibutz, están asombrados con Boaz, dicen que yo sencillamente pasé, me agaché y te lo quité, y que a él, a Boaz, no le importa demasiado a qué casa vuelve después del trabajo ni en qué cama se acuesta. Roni Shindlin me guiñó un ojo junto a la oficina de la secretaría, se rio y dijo, qué, Mona Lisa, en aguas tranquilas, demonios se agitan, ¿eh? No le contesté y me fui de allí avergonzada. Luego, en la habitación, lloré. Ahora lloro a veces por las noches cuando él se ha dormido, no por él, o no solo por él, sino por mí y por ti. Como si a ambas de pronto nos hubiese ocurrido algo malo y feo que es imposible arreglar. A veces le pregunto, ¿qué pasa, Boaz? Y él dice: Nada. Me atrae esa sequedad, es como si él no tuviese nada, como si llegase directamente de un desierto de soledad. Y luego… Pero por qué te cuento esto, seguro que te hace daño oírlo y yo no quiero causarte más dolor, todo lo contrario, quiero compartir ahora tu soledad igual que quise tocar por un instante la suya. Es casi la una de la madrugada, él duerme en la cama en posición fetal, el perro permanece a sus pies y el gato, desde encima de la mesa donde te estoy escribiendo a la luz de un flexo encorvado, acompaña con sus ojos amarillos el movimiento de mi mano. Sé que no tiene sentido, que hay que dejar de escribir, que no vas a leer esto, que vas a romper y a tirar esta nota que ya tiene cuatro hojas y que tal vez pienses que estoy desvariando, y realmente lo estoy. ¿Podríamos quedar y hablar? No sobre la dieta de Boaz ni sobre las pastillas que debe tomar (yo intento de verdad que no olvide tomárselas. Lo intento, pero no siempre lo consigo. Ya conoces esa obstinación suya que parece desprecio, pero que en el fondo es más indiferencia que desprecio, ¿no?). Podríamos hablar de cosas completamente distintas. Tal vez de las estaciones del año, por ejemplo, o incluso del cielo lleno de estrellas durante estas noches de verano: tengo cierto interés por las estrellas y las constelaciones. ¿No lo tendrás tú también? Osnat, quedo a la espera de que me digas en una nota lo que opinas. Dos palabras bastarán. Quedo a la espera. Ariela B.

 

A esa carta, que la estaba esperando en su buzón, Osnat decidió no responder. La leyó dos veces, la dobló, la dejó en un cajón y permaneció un rato en completo silencio asomada a la ventana: tres gatitos junto a la tapia, uno de ellos se mordisquea repetidamente el lomo, otro está tumbado y tal vez dormido, pero tiene las orejas tendidas hacia delante con suspicacia como si captasen un ligero sonido, y el tercero está persiguiendo su propia cola pero, como aún es muy pequeño, cae y rueda delicadamente. Una suave brisa sopla como si tuviera que enfriar un vaso de té. Osnat se aparta de la ventana y se sienta erguida en el sofá, con las manos sobre las piernas y los ojos cerrados. Pronto anochecerá, escuchará música ligera en la radio y leerá un libro. Luego se desnudará, doblará con cuidado su ropa de calle, preparará junto a la cama la ropa de trabajo para mañana, se lavará y se irá a dormir. Estas noches no sueña y se despierta antes de que suene el despertador. Las palomas la despiertan.

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