Sufrían por la luz [Fragmento]

Tahar Ben Jelloun

 

 

3

En el edificio B, éramos veintitrés, uno por celda. Además del agujero del suelo para hacer las necesidades, había otro sobre la puerta de hierro para dejar pasar el aire. No teníamos ya nombre, no teníamos ya pasado ni porvenir. Habíamos sido despojados de todo. Nos quedaba la piel y la cabeza. Aunque no a todos. El número doce fue el primero que perdió la razón. Muy pronto se volvió indiferente. Quemó las etapas. Entró en el pabellón del gran dolor depositando su cabeza o lo que de ella quedaba a las puertas del campo. Algunos pretendieron haberle visto hacer el gesto de dislocarse la cabeza e inclinarse para meterla entre dos grandes piedras. Entró libre. Nada le alcanzaba. Hablaba solo, sin detenerse nunca. Incluso cuando dormía, sus labios continuaban farfullando palabras incomprensibles. Rechazábamos llamarnos de otro modo que por nuestros apellidos y nuestros nombres. Y eso estaba prohibido. El número doce se llamaba Hamid. Era delgado y muy alto, con la piel mate. Era hijo de un brigada que había perdido un brazo en Indochina. El ejército se encargó de la educación de sus hijos, que fueron todos militares. Hamid quería ser piloto de línea y soñaba con abandonar el ejército.

De día, era imposible hacerle callar. Su delirio nos tranquilizaba un poco. Éramos aún capaces de reaccionar, de querer oír un discurso lógico, palabras que nos hicieran reflexionar, sonreír o incluso esperar. Sabíamos que Hamid se había marchado a otra parte. Nos había abandonado. No nos veía ya ni nos oía. Sus ojos se clavaban en el techo mientras hablaba. Hamid era en cierto modo nuestro probable porvenir, aunque bastantes veces nos hubieran repetido que el futuro ya no existía para nosotros. Tal vez algunos médicos lo habían drogado para que se volviese loco, y nos lo habían enviado como ejemplo de lo que podría sucedemos. Era posible, pues durante los meses pasados en sótanos, sufriendo toda clase de torturas, algunos perdieron la vida y otros, como Hamid, la razón.

Su voz resonaba en las tinieblas. De vez en cuando, reconocíamos una palabra o incluso una frase: «mariposa», «pupila de la pasión», «por posible», «popelín», «partido», «pelusa», «penfermedad», «pui penfermo», «porir de pambre y de ped»… Era el día de la letra p.

Los guardias le dejaban hablar, contando con nuestra exasperación para que su presencia fuera más penosa aún. Para no hacerles el juego, Gharbi, el número diez, comenzó a recitar el Corán, que se sabía de memoria. Lo había aprendido en la escuela coránica, como la mayoría de nosotros, salvo que él quería ser el mufti del cuartel. Había participado incluso en un concurso de recitadores y había obtenido el tercer premio. Era un buen musulmán, no olvidaba sus oraciones y siempre leía unos versículos antes de dormirse. En la Escuela de alumnos oficiales le llamaban el «Ustad», el Maestro.

Cuando el Ustad comenzó a recitar el Corán, la voz de Hamid se hizo cada vez más baja, hasta extinguirse. Habríase dicho que la lectura del Libro santo le apaciguaba o, al menos, difería su delirio. Cuando el Ustad acabó de recitar el Corán, pronunciando la fórmula: «Así es Verdad la palabra de Dios el Omnipotente». Hamid reanudó su discurso con la misma vehemencia, el mismo ritmo lacerante, la misma confusión. Nadie se atrevía a intervenir. Necesitaba sacar todas aquellas palabras en árabe y en francés. Era su modo de abandonarnos, de aislarse y llamar a la muerte. Ésta vino a recogerlo cuando entró en trance y se golpeó varias veces la cabeza contra el muro. Lanzó un largo grito, luego no escuchamos ya su voz ni su aliento. El Ustad leyó la primera azora del Corán. Cantó, más bien. Era hermoso. El silencio que reinó luego era magnífico. El Ustad fue designado para negociar con los guardias las condiciones del entierro de Hamid. Fue largo y complicado. Era preciso remitirse al comandante del campo, que debía aguardar órdenes de la capital. Querían arrojar el cuerpo a una fosa, sin ceremonia, sin oración, sin lectura del Corán. Nuestro primer acto de resistencia consistió en reclamar un entierro digno para uno de nosotros. Éramos veintidós vivos en torno a aquel cuerpo, cuya voz resonaba aún en nuestras cabezas. Invocamos la tradición musulmana, que desaprueba el entierro diferido, pues el sol sólo se debe poner una vez sobre el difunto. Era preciso actuar deprisa, tanto más cuanto el calor asfixiante, estábamos en el mes de septiembre, no tardaría en ensañarse con el cadáver.

Los funerales se celebraron a la mañana siguiente. Pese a las circunstancias, éramos felices. Veíamos de nuevo la luz del día tras cuarenta y siete días de tinieblas. Parpadeábamos, algunos lloraron. El Ustad dirigió la ceremonia, reclamó agua para el aseo del cuerpo y una sábana como sudario. Uno de los guardias, aparentemente conmovido, trajo varios bidones de agua y una sábana blanca, nueva.

Fue, para cada uno de nosotros, la ocasión de intentar situar el lugar donde estábamos. Busqué puntos de orientación. Nuestro edificio estaba rodeado de murallas gruesas y de, al menos, cuatro metros de altura. Una cosa era segura: no estábamos cerca del mar. Alrededor del campo había montañas grises. Nada de árboles. Un cuartel a lo lejos. La nada, el vacío. Nuestra prisión estaba semienterrada. Los guardias debían de vivir en dos pequeñas barracas, a unos centenares de metros del lugar donde estábamos enterrando a Hamid.

Durante casi una hora, abrí de par en par los ojos, la boca incluso, para tragar el máximo de luz posible. Aspirar la claridad, almacenarla en el interior, guardarla como refugio y recordarlo cada vez que la oscuridad pese en exceso sobre los párpados. Me desnudé el torso, para que mi piel se impregnara y acaparara aquel bien precioso. Un guardia me ordenó que me pusiera la camisa.

Por la noche, me avergoncé por haber sido feliz gracias al entierro de un compañero. ¿Carecía acaso de piedad? ¿Era monstruoso hasta el punto de aprovecharme de la muerte de uno de nosotros? La verdad era ahí amarga y brutal. Si la muerte de mi vecino me permite ver el sol, aunque sea sólo unos instantes, ¿tengo que desear su desaparición? Y, sin embargo, no era el único que lo pensaba. Driss, el número nueve, tuvo el valor de hablar de ello: el entierro fue para nosotros la ocasión de salir y de ver un rayo de luz. Era nuestra recompensa, nuestra esperanza secreta, la que no nos atrevíamos a formular, pero en la que pensábamos.

Y la muerte se transformó en un soberbio rayo de sol. Nos habían arrojado allí para morir, es cierto. La misión de los guardias era mantenernos hasta donde fuera posible en estado de premuerte. Nuestro cuerpo debía sufrir una descomposición miembro a miembro. Era preciso extender en el tiempo el sufrimiento, permitir que se esparciera lentamente por el cuerpo, sin olvidar órgano alguno, parcela de piel alguna, que subiera de los dedos de los pies hasta los cabellos, circulara entre los pliegues, por las arrugas, que se insinuara como una aguja que busca la vena para verter su veneno.

¡Que llegue la muerte! ¡Que los supervivientes la aprovechen para ver el día! Su trabajo había comenzado bien. Hamid fue el primero que nos ofreció una bocanada de luz. Era su regalo de despedida. Se fue sin sufrir, o casi.

Tras un año en aquel agujero, la pregunta que nos obsesionaba a todos era: «¿A quién le toca, ahora?». Driss tenía una enfermedad de los músculos y los huesos. No debía formar parte de nuestro comando. Debían dejarlo, incluso, en el hospital militar de Rabat. El jefe lo olvidó. Su destino era ir a morir a aquella prisión bajo tierra. Sus descarnadas piernas se habían encogido y estaban pegadas al pecho. Todos sus músculos se fundieron. Le era imposible levantar la mano. Los guardias consintieron en que le diera de comer y le ayudara a hacer sus necesidades. No podía masticar ya. Yo mascaba el pan y se lo daba a pequeños bocados, seguidos de un trago de agua. A veces se atragantaba y no podía toser. Doblaba la espalda, ponía la cabeza entre las piernas, y rodaba por el suelo para hacer pasar el agua por el lado bueno del esófago. Había adelgazado tanto que parecía un pájaro desplumado, con los ojos vidriosos y la mirada vacía. Dormía en cuclillas, con la cabeza apoyada en la pared, y las manos puestas bajo los pies. Tardaba tiempo en encontrar la posición, que le permitía dormirse sin sentir en exceso los dolores articulares. Perdió poco a poco el habla. Era preciso adivinar lo que intentaba decir. Yo sabía que reclamaba la muerte. Pero no podía ayudarle a morir. En último término, si hubiera tenido una píldora azul para liberarle, tal vez se la habría dado. Ya hacia el final, se negaba a alimentarse. Sentí que la muerte se instalaba en sus ojos. Intentó decirme algo, tal vez una cifra. Creí comprender que se trataba del número cuarenta. Al parecer, la muerte tarda cuarenta días en ocupar todo el cuerpo. En ese caso, se lo llevó muy pronto.

Me costó mucho asearle. Las rodillas dobladas habían hecho un agujero en su caja torácica. Las costillas habían penetrado en las articulaciones. Era imposible estirar las piernas y los brazos. Su cuerpo era una bola muy huesuda. Debía de pesar menos de cuarenta kilos. Se había vuelto una cosita extraña. Nada tenía ya de humano. La enfermedad le había deformado. Antes incluso de terminar su aseo, fui empujado por dos guardias que pusieron el cuerpo en una carretilla y salieron tras haberme devuelto a mi celda. Estaba sin aliento. Habían desaparecido sin siquiera tener tiempo de decir una palabra.

 

4

En las pruebas difíciles, la más simple de las trivialidades se vuelve excepcional, la cosa más deseada del mundo.

Comprendí enseguida que no teníamos elección alguna. Había que renunciar a los gestos simples y cotidianos, olvidarlos, decirse: «la vida está a mis espaldas» o «nos han arrancado de la vida» y no lamentarse por nada, no añorar ni esperar nada. La vida se quedó al otro lado de la doble muralla que rodea el campo. Es todo un aprendizaje deshacerse de los hábitos de la vida, aprender por ejemplo que los días y las noches se confunden y que se parecen en su execrable mediocridad. Renunciar a hacer como antes: levantarse por la mañana pensando en la jornada y en las sorpresas que nos reserva. Dirigirse hacia el cuarto de baño, mirarse el rostro en el espejo, hacer una mueca para burlarse del tiempo que deposita, sin darnos cuenta, algunas huellas en la piel. Extender la espuma en las mejillas y afeitarse pensando en otra cosa. Canturrear tal vez, o silbar. Pasar luego a la ducha y quedarte más de un cuarto de hora, por el pequeño placer de recibir una masa de agua caliente en los hombros, frotarse con un jabón que huele a lavanda. Secarse y ponerse unos calzoncillos limpios, una camisa bien planchada, elegir luego el traje, la corbata, los zapatos. Leer el periódico bebiendo un café… Renunciar a esas pequeñas cosas de la vida y no mirar ya atrás. Variar ese guión y pasar revista a todo lo que ya no va a sucedemos. Ah, ¿cómo acostumbrarse a no cepillarse ya los dientes, a no sentir ese agradable olor del flúor en el fondo de la boca, a recibir el mal aliento, los olores que desprende un cuerpo mal cuidado…? Utilizaba la casi totalidad de los cinco litros de agua que nos daban para mi aseo. Lavarme a pesar de las condiciones fue para mí un imperativo absoluto. Pienso que sin agua me hubiera derrumbado. Hacer mis abluciones para la plegaria y para sentirme limpio, no secarme con la manta sino esperar a que las gotas de agua se evaporasen.

Este aprendizaje fue largo pero muy útil. Me consideraba como alguien que hubiera sido enviado de nuevo a la edad de las cavernas y que debía reinventarlo todo con tan pocos medios.

Al principio, para distraerme, imaginaba que una providencia excepcional iba a producir un milagro, un poco como esos finales felices de las películas americanas. Pensaba en hipótesis plausibles: un terremoto, el rayo que fulminaría de pronto a todos los guardianes cuando se pusieran bajo un árbol para fumar; el jefe del campo, el Kmandar, que tendría eternamente el mismo sueño en el que una voz procedente del cielo le ordenaría desobedecer a sus superiores y liberarnos o, de lo contrario, un castigo divino se apoderaría de su miserable vida… Pero a la providencia le importaba un comino nuestra suerte. Se reía de nosotros. Yo escuchaba gruesas carcajadas y gritos de cólera.

 

Mientras soñaba, dos guardias abrieron la puerta de mi celda, se arrojaron sobre mí y me metieron por la fuerza en un saco. Arrastraron el saco hacia la salida. Yo pataleaba, mis gritos eran ahogados por sus comentarios:

—A éste, vamos a enterrarle vivo. Eso os enseñará a comportaros mejor.

Todos los detenidos aullaron golpeando las puertas. Yo me debatía con todas mis fuerzas en el fondo de aquel saco de material muy resistente. Tuve la presencia de ánimo de iniciar el recitado de la Fatiha. Tuve una fuerza excepcional. Gritaba los versículos hasta hacer callar a todo el mundo. Llegados a un extremo del pasillo, me soltaron. Oí a uno de los guardias diciendo a su compañero que se habían equivocado.

—No, hemos cumplido nuestra misión.

—Pero el Kmandar ha insistido en que le hiciéramos cavar su propia tumba.

—No, era una imagen. Sólo teníamos que darle miedo.

—No estoy de acuerdo.

—Sí, no tenemos orden de matar, salvo si hay un intento de evasión.

—¡Imbécil, es lo que debíamos provocar!

—No, no has comprendido nada.

—Se lo explicaremos al Kmandar.

Mientras discutían, seguí recitando el Corán. Abrieron el saco y me devolvieron a mi celda.

Al encontrar de nuevo mi soledad, fui presa de una risa enloquecida y nerviosa. No conseguía contenerme y calmarme. Reía, reía y golpeaba el suelo con los pies. Sabía que era provocación e intimidación.

El hombro derecho me dolía. Al debatirme, debía de haberme golpeado contra una piedra. Tenían todos los derechos sobre nosotros. ¿Quién les impediría regresar algún día y tomarla con alguien más, simular una ejecución, arrojarlo a una fosa o hacerle sufrir el suplicio de la inmovilidad? Es un castigo corriente en el ejército: se entierra el cuerpo sin dejar que sobresalga más que la cabeza y se expone la cara al sol en verano o a la lluvia en invierno, con las manos y los pies atados.

Tal vez nuestros carceleros tenían en sus tablillas una serie de malos tratos para hacernos sufrir a voluntad, según su fantasía. Curiosamente, unos días más tarde, los dos guardias llamaron a mi puerta y me pidieron que no les guardara rencor:

—¿Sabes?, nos equivocamos. De hecho, cuando alguien está enfermo o muerto, nos dan la orden de librarnos de él. Un consejo, pues: no te pongas enfermo. Si mueres, la cosa estará entre Dios y tú. De todos modos, enfermo o no, de aquí no se sale vivo. Te interesa tener buena salud.

No respondí. Me hablaban, pero de hecho se dirigían a todo el mundo. Estábamos todavía bajo los efectos del cambio de prisión. Luego, me corregí mentalmente: «aquí, no estoy en prisión. Aquí, nadie es un preso con una pena para purgar. Estoy, estamos, en un penal del que no se sale. Eso me recuerda la historia de Papillon, aquel penado francés que había logrado escapar de la prisión más dura del mundo. Pero yo no soy Papillon. Me importa un comino ese tipo y su historia. Aquí somos, soy, seré un resistente. Estamos en guerra contra un enemigo invisible que se confunde con las tinieblas. ¿Qué he dicho? Lo rectifico: aquí, no tengo enemigo. Debo convencerme de eso: nada de sentimiento, nada de odio, nada de adversario. Estoy solo. Y sólo yo podría ser mi propio enemigo». Me detengo. Lo coloco todo en una casilla y no pienso más en ello.

 

5

Recordar es morir. Tardé tiempo en comprender que el recuerdo era el enemigo. Aquel que convocaba sus recuerdos moría justo después. Era como si tragara cianuro. ¿Cómo saber que en aquel lugar la nostalgia daba la muerte? Estábamos bajo tierra, definitivamente alejados de la vida y de nuestros recuerdos. A pesar de las murallas, alrededor, las paredes no debían de ser bastante gruesas para impedir la infiltración de los efluvios de la memoria, era grande la tentación de abandonarse a una ensoñación donde el pasado desfilaba en imágenes a menudo embellecidas, difuminadas unas veces, precisas otras. Llegaban en orden disperso, agitando el espectro del regreso a la vida, empapadas en perfumes de fiesta o, peor aún, en aromas de sencilla felicidad: ¡ah, el olor del café y el del pan tostado por la mañana!; ¡ah!, la dulzura de las sábanas calientes y la melena de una mujer que se viste… ¡Ah!, los gritos de los niños en el patio de recreo, la danza de los gorriones en un cielo límpido, un atardecer. ¡Ah, qué hermosas y terribles son las cosas sencillas de la vida cuando ya no están ahí, cuando se han hecho imposibles para siempre! La ensoñación a la que yo sucumbía al principio había sido una suerte de deshonestidad. Maquillaba adrede los hechos en bruto, ponía color sobre el negro en la negrura. Era un juego que me parecía insolente. Y, sin embargo, el calvario podía atenuarse con un poco de provocación. Necesitaba aún de esos espejismos para enmascarar la indulgencia que me afectaba. No me engañaba. El camino era duro y largo, un camino incierto. ¿Con qué derecho iba a exigir una salida para el trabajo que debía hacer sobre mí mismo?

Era preciso aceptar perderlo todo y no esperar nada para estar mejor armado y desafiar la noche eterna, que no era del todo la noche sino sus efectos, su envoltura, su color y su olor. Estaba allí para recordarnos nuestra fragilidad.

Resistir absolutamente. No desfallecer. Cerrar todas las puertas. Endurecerse. Olvidar. Vaciar el propio espíritu del pasado. Limpieza. No dejar que nada se arrastrase por la cabeza. No seguir mirando atrás. Aprender a no recordar. ¿Cómo detener esa máquina? ¿Cómo hacer una selección en el desván de la infancia, sin volverse por completo amnésico, sin caer en la locura? Se trataba de cerrar las puertas anteriores al 10 de julio de 1971. No sólo era preciso no abrirlas ya, sino que era imperativo olvidar lo que ocultaban.

No debía ya sentirme concernido por la vida de antes de aquel día fatal. Aunque unas imágenes o unas palabras vinieran hasta mi noche y merodearan a mi alrededor, las despediría, las rechazaría, porque no estaría ya en condiciones de reconocerlas. Les diría: os equivocáis de persona. Nada tengo que hacer con estos fantasmas. No soy ya de este mundo. No existo ya. Sí, soy yo el que habla. Es absolutamente eso: no soy ya de este mundo, del vuestro al menos, y sin embargo conservo la palabra, la voluntad de resistir e incluso de olvidar. Lo único que debería evitar olvidar es mi nombre. Lo necesito. Lo conservaré como un testamento, un secreto en una fosa oscura donde llevo el fatídico número siete. Era el séptimo en la hilera cuando nos arrestaron. Aquello no quería decir gran cosa.

Mis sueños eran fecundos. Me visitaban a menudo. Pasaban parte de la noche conmigo, desaparecían, dejando en el fondo de mi memoria retazos de vida diurna. No soñaba con la liberación, ni en el pasado de antes del encierro. Soñaba con un tiempo ideal, un tiempo suspendido entre las ramas de un árbol celeste. Si en el miedo, es el niño que hay en nosotros; quien despierta aquí eran el loco y el prudente que hay en mí los que se revelaban como ardientes discutidores: ¿quién me llevaría más lejos en el viaje? Yo asistía, sonriente y apacible, a esos tira y afloja entre dos excesos.

En cuanto los recuerdos amenazaban con invadirme, movilizaba yo todas mis fuerzas para apagarlos y cerrarles el paso. Había tenido que poner a punto un método artesanal para librarme de ellos: primero hay que preparar el cuerpo para alcanzar el espíritu; respirar largo rato por el vientre; concentrarse tomando buena conciencia del trabajo respiratorio. Dejo que surjan las imágenes. Las enmarco apartando lo que se mueve a su alrededor. Entorno los ojos hasta que se vuelven difusas. Me fijo luego en una de ellas. La miro largo rato, hasta que se inmoviliza. Ya sólo veo esta imagen. Respiro profundamente, pensando que lo que veo es sólo una imagen que debe desaparecer. Con el pensamiento introduzco a otro en mi lugar. Debo convencerme de que nada tengo que hacer en esa imagen. Me digo y me repito: este recuerdo no es el mío. Es un error. No tengo pasado, no tengo memoria. Nací y morí el 10 de julio de 1971.

Antes de esta fecha, yo era otro. Lo que soy en este momento nada tiene que ver con ese otro. Por pudor, no hurgo en su vida. Debo mantenerme aparte, alejado de lo que ese hombre vivió o vive actualmente. Me repito esas palabras varias veces, hasta que veo a un desconocido ocupar lentamente mi lugar en la imagen que había inmovilizado. Este desconocido ha tomado mi lugar junto a esa joven que fue mi prometida. Sé que es ella, mi antigua prometida. ¿Cuándo rompimos? En el momento en que otro se deslizó en ese recuerdo y se instaló a su lado, con aspecto feliz. Debo decir que no tenía medio alguno de entrar en contacto con ella. Mi aislamiento era total. Sólo me quedaba el pensamiento para comunicar con el mundo por encima del foso. ¿Cómo decirle a mi prometida que no me esperara ya, que hiciese su vida y tuviera un hijo porque yo ya no existía? Había que ser radical: ya no tengo prometida. Nunca he tenido prometida. La mujer del recuerdo es una intrusa, entró ahí por error o con fractura. Es una desconocida. Totalmente ajena a mi vida. Ella y el desconocido que ha ocupado el lugar en la imagen son extraños para mí. Es una foto que debí de tomar un día en el que paseaba por un jardín público. ¿Qué jardín? No. Ni eso siquiera. ¿Por qué iba yo a recordar a una persona que me fuese ajena?

Me repetía estas evidencias hasta fatigar la imagen, hasta que se desvanecía y caía en el olvido. Así, cuando otras imágenes intentaban resurgir, las anulaba haciendo el gesto de quemarlas. Me decía: no me conciernen, se han equivocado de casilla y de persona. Es sencillo, no las reconozco y no tengo que reconocerlas. Si insistían, hasta el punto de hacerse obsesivas, agotadoras, me golpeaba la cabeza contra el muro hasta ver las estrellas. Haciéndome daño, olvidaba. El golpe en la frente tenía la ventaja de quebrar aquellas imágenes que me acosaban y querían arrastrarme al otro lado del muro, al otro lado de nuestro cementerio clandestino.

A fuerza de golpearme se me había hinchado la cabeza, pero se había vuelto ligera al vaciarse de tantos y tantos recuerdos.

 

Mi celda era una tumba. Un abismo hecho para devorar lentamente el cuerpo. Habían pensado en todo. Ahora, comprendía mejor por qué nos habían aparcado, los primeros meses, en una cárcel normal de Kénitra. Normal, es decir, una cárcel de donde se puede salir algún día, tras haber purgado la pena. Celdas desde las que se puede ver el cielo, gracias a una ventana muy alta. Una cárcel con un patio para el paseo, donde los presos se encuentran, hablan e incluso hacen proyectos. La cárcel de Kénitra es conocida por la severidad de su régimen, por la dureza de sus guardianes. Allí encerraban a los políticos. Una vez conocida Tazmamart, Kénitra, a pesar de todo lo que se decía, me parecía una cárcel a escala humana. Había luz de cielo y un rayo de esperanza.

Diez años. Era la pena a la que nos habían condenado. No éramos los cerebros, sólo unos suboficiales que cumplían órdenes. Pero, mientras la fosa era convertida en moridero, mientras unos ingenieros y unos médicos estudiaban todas las eventualidades para hacer que durasen los sufrimientos y retrasar al máximo la muerte, estábamos en Kénitra, una cárcel terrible pero normal. Cuando nos habían transportado, de noche, con los ojos vendados, esperábamos recibir cada cual su bala en la nuca. No. Nada de favores. La muerte prometida, claro, pero no enseguida. Había que soportar, vivir minuto a minuto todos los dolores físicos y todas las crueldades mentales que nos hacían sufrir. ¡Ah, la muerte súbita, qué liberación! ¡Un corazón que se detiene! ¡Un aneurisma que se rompe! ¡Una hemorragia general! ¡Un coma profundo! Había llegado a desear un fin inmediato. Pero pensaba en Dios y en lo que el Corán dice sobre el suicidio: todo está en manos de Dios. No odiar un mal que podía ser un bien. Quien se dé la muerte irá al infierno y morirá hasta el infinito del mismo modo como se suprimió. El colgado se colgará eternamente. El que se mata quemándose vivirá por siempre entre llamas. El que se arroja al mar se ahogará indefinidamente…

Era una cálida noche de agosto de 1973. Me costaba dormirme. Escuchaba los latidos de mi corazón. Y eso me molestaba. Sentía una confusa aprensión. Recité algunas oraciones y me acosté sobre el lado izquierdo para no seguir escuchando el latir de mi corazón. Hacia las tres, abrieron la puerta de mi celda. Tres hombres se lanzaron sobre mí, uno me ató las manos con unas esposas, otro me puso una venda negra en los ojos y el tercero me registró, me quitó el reloj y el poco dinero que llevaba encima. Me empujó por el pasillo donde oí los gritos de otros hombres que sufrían el mismo tratamiento. Nos reunieron en el patio. Los motores de los camiones estaban en marcha. Pasaron lista. Al oír tu nombre y el número de matrícula, tenías que avanzar. Un soldado me empujó hacia la pequeña escalera para subir al camión. Algunos protestaban. No les respondían. En unos minutos estuvimos todos en los camiones con toldo, en camino hacia un destino desconocido. Morir. Tal vez era hora de terminar. Partir con los ojos vendados y sin poder mover las manos. La imagen de la ejecución sumaria. Todos pensaban en eso. Mi vecino rezaba y decía incluso su profesión de fe, las últimas palabras antes de la muerte:

—Afirmo que no hay más Dios que Alá y que Mahoma es su profeta.

Repetía la frase cada vez más deprisa, hasta no distinguir ya nada. Las palabras no eran ya pronunciadas sino balbuceadas. Éramos sacudidos como cajas de legumbres. El camión no debía de circular ya por la carretera asfaltada. A los militares no les gusta que se observen sus desplazamientos, ni que se adivinen sus intenciones. El viaje había durado tantas horas que yo había renunciado a contar el tiempo. Tuve por un momento la impresión de que los vehículos giraban en redondo. En la oscuridad, las imágenes eran blancas. Se sucedían a un ritmo acelerado. Todo volvía a pasar por mi pantalla: la luz insostenible de Skhirate, la sangre secándose al sol, la grisalla del tribunal, la llegada a la cárcel de Kénitra y, sobre todo, el rostro de mi madre a la que no había visto desde hacía más de dos años pero que se me aparecía en sueños, de vez en cuando.

Como es natural, también yo pensaba que aquel viaje hacia lo desconocido era el de nuestra muerte. Curiosamente, aquello no me daba miedo. Ni siquiera intentaba saber dónde estábamos. ¿Podía el ejército librarse de cincuenta y ocho personas, hacerlas desaparecer en una fosa común? ¿Quién se levantaría para tomar nuestra defensa y reclamar justicia? Vivíamos en un estado de excepción. Todo era posible. Era dejar así de especular. Los camiones seguían girando en redondo. Por el ruido del motor, debíamos de estar subiendo una cuesta, tal vez estábamos sobre una montaña. Hacía calor. El aire era irrespirable. Nos ahogábamos. El toldo, demasiado grueso, dejaba pasar el polvo pero muy poco aire. Tenía sed. Todos teníamos sed. Como reclamábamos agua con insistencia, el suboficial que estaba junto al chófer aulló: «¡Cerrad la boca o haré que os la tapen con esparadrapo!». Llegamos a destino por la noche. El aire era fresco, con esa frescura que sucede al gran calor del día. Oímos voces que no comprendimos. Otros militares debían de tomar el relevo. Fuimos divididos en dos grupos. Comprendí que en el edificio A había algunos oficiales. A mí me destinaron al edificio B. Seguíamos con los ojos vendados y las manos atadas. Sólo al día siguiente vinieron los guardias para desatarnos y quitarnos la venda.

Lamentablemente, cuando me quitaron la mía sólo vi la negrura. Creí que había perdido la vista. Estábamos en un penal concebido para permanecer definitivamente en las tinieblas.

 

6

«La fe no es el miedo», me decía. El suicidio no es una solución. La prueba es un desafío. La resistencia es un deber, no una obligación. Mantener la dignidad es un imperativo absoluto. Eso es: la dignidad, es lo que me queda, lo que nos queda. Cada cual hace lo que puede para que su dignidad no se vea afectada. Ésa es mi misión. Permanecer de pie, ser un hombre, nunca un harapo, un trapo, un error. Nunca condenaré a los que ceden y abandonan el combate, a los que no soportan lo que les hacen sufrir y acaban sucumbiendo a la tortura y se dejan morir. He aprendido a no juzgar nunca a los hombres. ¿Con qué derecho iba a hacerlo? Sólo soy un hombre, semejante a todos los demás, con la voluntad de no ceder. Eso es todo. Una voluntad cruel, firme y que no acepta compromiso alguno. ¿De dónde viene? De muy lejos. De la infancia. De mi madre, a la que siempre vi luchando para educarnos, a mis hermanos y hermanas. No renunciar nunca, no bajar nunca los brazos. Mi madre no contaba ya con nuestro padre, un vividor, un monstruo de egoísmo, un dandi que había olvidado que tenía una familia y se gastaba todo el dinero en sastres que le confeccionaban una chilaba de seda por semana, en camisas importadas de Inglaterra, en babuchas de Fez. Se encargaba el perfume a Arabia Saudita, unas veces, otras a París y se pavoneaba en los palacios de la familia de El Glaui. Mientras, mi madre se deslomaba, trabajaba todos los días de la semana para que no nos faltara de nada. Teníamos lo estrictamente necesario. Sólo el benjamín, aquel a quien ella llamaba «pequeño hígado», tenía derecho a ser mimado. Mi madre perdía su severidad ante su principito, sorprendente niño de luminosa inteligencia e innumerables caprichos. Tenía derecho a todo, incluso a una moto cuando cumplió quince años, y a la confesión hecha en la mesa, entre dos carcajadas: «Mamá, prefiero los hombres a las mujeres; ¡estoy enamorado de Roger, mi profe de Letras!». ¡Ah, el principito! Todos le queríamos, tal vez porque nuestra madre lo adoraba, y no deseábamos contrariarla o discutir su modo de obtener alegría y felicidad con aquel hijo que la maravillaba por su belleza, por su excepcional vivacidad. El día en que echó a mi padre de casa, nos reunió a todos y nos avisó: «No quiero holgazanes en casa, no quiero al último de la clase, ¡ahora soy vuestra madre y vuestro padre!».

Cuando se casó con mi madre, mi padre era un joyero de la medina de Marrakech.

Había heredado la tienda de su tío materno que no tuvo descendencia y lo consideraba su propio hijo.

Pasaba el tiempo leyendo y aprendiendo de memoria la obra de los grandes poetas árabes. Sólo paraba para encandilar a las mujeres hermosas que se detenían ante su vitrina a admirar las joyas expuestas. Era conocido por sus dotes de seductor y su falta de sentido comercial. De todos modos, daba clases de literatura en la universidad de El Qarauiyne, en Fez, aunque cuando a su padre lo reclamaron de la corte del pachá El Glaui, cerró la tienda y le siguió a palacio, donde se dedicó a impartir cursos de lengua árabe a los hijos y a los nietos del pachá.

Esto ocurría a principios de los años cincuenta. El pachá era amigo y colaborador de los franceses. Mi padre debía simular que no estaba al tanto de lo que se hablaba en círculos nacionalistas, como hacía su propio padre, que decía que no había que meterse en política.

Ese padre, al que conocí poco, era un poeta, amigo de los poetas, le gustaba la elegancia y el fasto, la amistad de los poderosos y el placer de hacerles reír. No tenía sentido de la familia ni se sentía responsable en absoluto de los numerosos hijos que tuvo. Dada su fenomenal memoria, su humor espontáneo y siempre muy vivo, dada su cultura tradicional —era capaz de recitar miles de versos de Ben Brahim sin equivocarse—, se convirtió en el bufón y, más tarde, en el amigo del Rey. Yo estaba ya en el ejército cuando uno de mis hermanos me comunicó la noticia: «El Rey no quiere ya separarse de nuestro padre. ¡Se han convertido en amigos íntimos! Así pues, ya no le vemos nunca. Está todo el tiempo en palacio. Incluso cuando viaja, el Rey se lo lleva consigo».

Así pues, el dandi de Marrakech, el seductor donjuanesco, la memoria viva de la poesía popular, aquel que tanto había hecho sufrir a mi madre, el que sólo pensaba en su placer, el joyero de la medina, nostálgico de la corte del pachá El Glaui, aquel hombre que sería capaz de no reconocer a uno de sus hijos si se lo encontrara por la calle, aquel a quien llamaban «el sabio», «el maestro», en el fondo sólo era un bufón del Rey. Para mi madre, aquel hombre ya no existía. Había decidido vivir como si hubiera muerto. Nunca hablaba de él. Por lo que a nosotros respecta, nos estaba prohibido evocar a aquel padre ausente, hombre más preocupado por combinar el color de las babuchas con el de la chilaba, que del caos escolar de su último hijo.

Servir al Rey. Estar a sus pies. Estar a sus órdenes. No cerrar los ojos ante él. Contarle historias, hacerle reír cuando tiene la moral baja. Encontrar las palabras justas, las palabras adecuadas a la situación. Renunciar a tener vida propia. Estar permanentemente a disposición de sus caprichos y, por encima de todo, no dejar nunca de tener humor.

Pese a lo burlesco de la función, desempeñaba junto al Rey un papel importante. Ciertas personas del entorno real confiaban a mi padre sus quejas para que las transmitiera a su señor cuando éste mostrara disposición para escucharlas. Con él se informaban del estado de su humor. Mi padre lucía una ancha sonrisa para hacer pasar el mensaje: ¡Su Majestad está hoy de buen humor!

Era un bufón y debía de estar muy orgulloso de serlo. Era la culminación de una larga carrera. Era la realización de otro sueño: ser para el Rey lo que su padre había sido para el pachá El Glaui. Evoco a aquel hombre porque había recordado que yo era su hijo, el 10 de julio de 1971. Estaba entre los invitados, en aquella fiesta de aniversario en el palacio de Sjirate, donde los cuerpos de dignatarios, de diplomáticos, de hombres poderosos iban a caer como moscas bajo el ametrallamiento de toda una sección de jóvenes alumnos oficiales. Yo no disparé. Estaba en estado de choque. La locura se había apoderado de nosotros y nos habíamos rebelado, asqueados y rotos ya, tal vez muertos, y no lo sabíamos. Eso era lo que yo había comprendido. Estaba muerto en el mismo instante en que hice mi entrada en el Palacio de verano. Estaba muerto y no lo lamentaba. Todo giraba a mi alrededor: la gente, las mesas, las armas, la sangre en el agua de la piscina, las estrellas de la mañana y, sobre todo, el sol, que no dejaba de perseguirnos.

Unos días después, cuando mi padre supo que yo formaba parte de los asaltantes, se arañó las mejillas para mostrar su vergüenza, se arrojó a los pies del Rey, los besó llorando. Cuando la mano del Rey le hizo levantarse, renegó de mí en esos términos:

—Dios me dio un hijo hace veintisiete años. Pido a Dios que se lo lleve. Que lo llame a Su lado y lo arroje al infierno. En nombre de Alá el Todopoderoso, en mi alma y conciencia, con toda serenidad, reniego de ese hijo indigno, lo condeno a las gemonías, al olvido eterno, le arranco mi nombre, lo arrojo a la fosa de las inmundicias para que las ratas y los perros rabiosos le desgarren el corazón, los ojos, el hígado, y lo despedacen para arrojar sus jirones en la mar del olvido definitivo. Dios es mi testigo, y vos, Majestad, sois mi testigo, lo digo y lo repito: ese hijo no es ya mi hijo. No existe ya. Nunca ha existido. Que Vuestra Majestad me arroje, también a mí, al gran océano del olvido, porque he sido ensuciado por esta indignidad y no merezco ya ser vuestro servidor, vuestro esclavo, expulsadme, decidme una sola palabra y no volveréis a ver nunca este rostro que no se atreve a miraros de frente, este rostro que no es ya rojo, que ha perdido sus rasgos y se ha convertido en la propia vergüenza. Para mí, este hijo indigno ha muerto. Que lo devuelvan a la vida para que sufra, para que pague hasta su última hora la innombrable ofensa que ha intentado hacer a la realeza, a Dios y a Su humilde servidor. ¡Reniego de él, reniego de él, reniego de él! ¡Le maldigo, le maldigo, le maldigo! ¿Cómo solicitar tu perdón, oh Dios mío? ¿Cómo, oh Majestad, solicitar vuestra ayuda, no para salvar a ese hombre, que ha traicionado a Dios, que ha apuñalado a la patria y ha tenido la extremada audacia, la inimaginable locura de querer atentar contra vuestra vida, tan noble, tan buena, tan alta como el cielo, vos, Comendador de los creyentes, vos, descendiente directo de nuestro Profeta, cómo Majestad solicitar vuestra ayuda para seguir viviendo, para no tener ya los ojos bajos, los ojos magullados por la ofensa, la injuria, la traición de la propia progenie? ¡Oh dueño mío, oh señoría nuestra, Vuestra Majestad, me entrego a vos con las manos atadas. Que Su Majestad haga de su esclavo lo que desee. Suyo soy. No tengo ya familia. No tengo ya hijos. Estoy a los pies de Su Majestad!

El Rey murmuró una orden y desapareció, dejando a mi padre derrumbado, agachado, con las manos por delante, signo de la mayor sumisión.

No creo que el Rey estuviera en condiciones de escuchar otra cosa. Supe más tarde que pidió a mi padre que le hiciera compañía por la noche, en adelante, y le recitara poemas de Ben Brahim hasta que llegase el sueño. Aquello ocurría muy avanzada la noche, entre las cuatro y las cinco. Mi padre, tras haberse asegurado de que su señor caía lentamente del otro lado de la noche, se levantaba y, sin hacer ruido, salía de la alcoba a reculones, de puntillas.

Sólo supe todo aquello unos meses después de mi salida del penal.

Ahora, me hago la pregunta que me obsesionó durante dieciocho años sin atreverme nunca a formularla, por miedo a volverme loco o a atrapar la mortal melancolía, la que se había apoderado de algunos y les había empujado a perecer lentamente. La pregunta no me da ya miedo hoy. La encuentro inútil, incluso, pero no carente de interés: al desembarcar con los demás cadetes en el Palacio de verano del Rey, ¿a quién intentaba yo matar, al Rey o a mi padre?

 

7

Regreso a la fosa. La oscuridad es total. Incluso la abertura en el techo es indirecta. El aire entra, pero no vemos la luz.

Karim llevaba el número quince. Era bajo, rechoncho, originario de El Hajeb. La región ha proporcionado gran número de soldados, de suboficiales e incluso de oficiales. En su casa, eran militares por tradición. No tenía elección. Todos sus hermanos eran soldados rasos. Él quería ser oficial. La Escuela de Ahermemou llenaba sus sueños mientras hacía su formación en el cuartel de El Hajeb.

Era alguien que hablaba poco y sonreía menos aún, pero estaba obsesionado por una sola cosa: el tiempo. Podía decir la hora casi al minuto, tanto de día como de noche. Era pues ideal para ser nuestro calendario, nuestro reloj y nuestro vínculo con la vida que habíamos dejado detrás o sobre nuestras cabezas. Temía, si iniciaba una discusión con alguno de nosotros, perder el hilo del tiempo. Algunos se divertían poniéndole a prueba: «¿Qué hora es?» y sobre todo «¿En qué día y mes estamos?».

Como si hubiera apretado un botón, el reloj parlante se ponía en marcha: «Estamos en 1975, 14 de mayo, son exactamente las nueve y treinta y seis minutos de la mañana».

Propuse a los compañeros que no le molestaran ya inútilmente, y que diera la hora tres veces al día, sólo para que pudiésemos orientarnos mentalmente en aquel agujero negro, y tener así la ilusión de que teníamos el dominio del tiempo.

Karim había encontrado en ello un trabajo que le ocupaba permanentemente. Era para nosotros el Tiempo, sin la angustia que engendraba la ciega persecución de un fantasma dividido en minutos, luego en horas, más tarde en días… Era tranquilo y sereno. Ser el guardián del tiempo que pasa le procuraba la ilusión de no formar parte del grupo. No tenía pretensión ni arrogancia alguna. Había encontrado su lugar en las tinieblas. Su discreción y su puntualidad nos impresionaban. No hacía comentario alguno sobre la situación. Se había convertido en el calendario y el reloj, y por nada del mundo habría abandonado ese puesto. Era su modo de sobrevivir: ausentarse vigilando el ritmo de un tiempo que nos estaba prohibido. Curiosamente, el hecho de haberse convertido en esclavo del tiempo le había hecho libre. Se hallaba fuera de alcance, encerrado por completo en su burbuja, liberado de todo lo que podía disiparle y hacerle perder el hilo de su contabilidad. Estaba obligado a ser metódico y riguroso. Era su misión, su boya de salvamento.

Por mi parte, supe muy pronto que el instinto de conservación no me ayudaría a sobrevivir. También ese instinto que tenemos en común con los animales se había roto. ¿Cómo mantenerse vivo en ese agujero? ¿Para qué arrastrar ese cuerpo hasta la luz, un cuerpo quebrado, desfigurado? Nos habían puesto en condiciones bien estudiadas para impedir que nuestro instinto divisara el porvenir. Por una vez, comprendí que el tiempo sólo tenía sentido en el movimiento de los seres y las cosas. Ahora bien, estábamos reducidos a la inmovilidad y a la eternidad de las cosas materiales. Estábamos en un presente inmóvil. Si alguien tenía la desgracia de mirar hacia atrás o proyectarse hacia el futuro, precipitaba su muerte. El presente sólo dejaba espacio para su propio desarrollo. Limitarse al instante inmutable, y no pensar en ello. Haberlo comprendido, sin duda, me salvó la vida.

 

Nunca hubiera pensado que una simple escoba pudiera prestar tantos servicios. Los guardias se negaban a entrar en la fosa para barrer nuestros detritus. Nos tocaba hacer la limpieza por turnos. Los guardias abrían la puerta de un cubil y se marchaban. Decían que no querían contaminarse por nuestros microbios. Estábamos sucios, sin afeitar, y todo se mantenía en un estado de suciedad para que atrapáramos todas las enfermedades. Mientras barría, Lhoucine, el número veinte, lanzó un gritó, casi un grito de alegría. Se acercó a mi celda y me dijo:

—¿Sabes?, ¡la escoba tiene una contera de hierro!

—¿Y qué? ¿Por eso gritas?

—¡Pero si es metal! Si consigo retirarlo, podremos hacer un cuchillo, una navaja y luego…

De este modo, durante unos diez días, Lhoucine y yo trabajamos por turnos aquel pedazo de hierro. Lo aplanamos, lo aguzamos luego sobre una piedra dura. Cuando la hoja era ya fina y cortante, decidimos cortarnos el pelo y, algunos, la barba, por turnos. Entretanto, Abdallah, el número diecinueve, había recuperado la contera de otra escoba. Yo conocía la expresión que significa que a alguien le han engañado bien. En mi caso, no era algo figurado: me «tomé» el pelo y me afeité sin jabón y con muy poca agua. Mi barba era espesa. Me la corté mechón a mechón. Evidentemente, no tenía espejo. Y aunque lo hubiera tenido, no había luz. Me afeité como un ciego. Me había vuelto ciego. ¿Y cómo demostrarme lo contrario? Veía sin ver. Imaginaba, más que ver.

La hoja circuló de mano en mano. La operación peinado duró más de un mes. Con la otra hoja, Lhoucine, el más hábil de todos nosotros, fabricó cinco agujas. Se pasó horas aguzando la hoja, hasta que quedó muy fina, tan fina que cortó de ella, con la otra hoja-navaja, unos pedazos en los que consiguió, incluso, hacer un minúsculo agujero para que pasara el hilo.

Teníamos frío y ninguna prenda de recambio. Íbamos vestidos ligeramente cuando nos arrestaron. Estábamos en julio y llevábamos ropa de verano.

Tuvimos la presencia de ánimo de guardar la camisa y los pantalones de los que morían. Con una aguja, podíamos remendar las partes desgarradas, confeccionar incluso dos o tres chalecos para los más débiles.

El frío era un enemigo temible. Nos atacaba con un rigor que nos producía tembleques o diarrea. No puede explicarse. En principio, el frío no da diarrea, el miedo sí. Cuando llegaba el gran frío, las manos se ponían rígidas y las articulaciones se helaban también. Ni siquiera podíamos frotarnos las manos o pasarlas por el rostro. Teníamos la rigidez de los cadáveres. Era necesario ponerse de pie, yo me levantaba, con la cabeza y los hombros encorvados. A veces permanecía agachado y caminaba por la celda siguiendo la diagonal. El excesivo frío me impedía razonar. Me hacía oír voces amigas. Como un espejismo del hombre perdido en el desierto. El enorme frío enmarañaba todas las pistas. Era una taladradora eléctrica que hacía agujeros en la piel. La sangre no brotaba, se había helado en las venas. Sobre todo no cerrar los ojos, sobre todo no dormir. Quienes tuvieron la extrema debilidad de dejarse vencer por el sueño, murieron en pocas horas. La sangre no circulaba ya por las venas. Estaba helada. Hielo en el cerebro y en el corazón. Permanecer despierto, mover los pies, dar saltitos, hablar, hablarse, así luchábamos contra el gran frío. No pensar ya en su mordedura, negarla, rechazarla.

Baba, el saharaui que se nos unió una noche, murió helado. Eran dos, grandes y delgados. El otro se llamaba Jama’a. No hablaba. Habían llegado extenuados, probablemente tras haber sufrido tortura. Apenas caminaban. Un guardia arrojó a cada uno de ellos en una celda y gritó: «Hijos de puta, os traigo compañía, unos hijos de puta mayores que vosotros, porque son traidores, más traidores que vosotros aún. Dicen que el Sahara no es marroquí».

 

No estábamos al corriente de esta historia del Sahara. Estábamos incomunicados y las raras veces que conseguimos alguna información fue cuando a algún guardia le apetecía hablarnos de sus amigos en el frente. Durante la Marcha verde estábamos bajo tierra. De vez en cuando, un guardia nos amenazaba:

—Podríais ser útiles: caminar por delante para balizar la ruta sembrada de bombas colocadas por esos cabrones traidores, esos mercenarios pagados por Argelia para robarnos nuestro Sahara. Al menos, así, si alguien salta por los aires tras haber pisado una bomba, no será uno de nuestros valerosos soldados, sino uno de vosotros, un traidor a la patria.

 

La muerte de Baba nos ocupó algunos días. Los guardias creyeron que dormía. Su vecino de celda les dijo que no oía ya su respiración. Con el cañón de su arma, intentaron despertarle. No se movía ya, estaba bien muerto. Uno de los guardias dijo, sin embargo: «Pertenecemos a Dios y a Él regresamos». Iniciamos en voz alta la lectura del Corán. Puesto que no soportaban esta letanía fúnebre, nos dejaron. El cielo era de un gris oscuro. Llovía. Lo enterramos a toda prisa. Hacía menos frío fuera que en el interior.

Baba había llegado envuelto en una túnica azul. Era ancha y larga, era el vestido tradicional de la gente del desierto. La habíamos recuperado, más concretamente, arrancado de las manos de los guardias. Con aquella tela, Lhoucine y yo habíamos confeccionado tres pantalones, cinco camisas y cuatro calzoncillos. ¿Cómo no pensar que su muerte fue benéfica para quienes le sobrevivieron? Le bendecimos y rogamos largo rato por la salvación de su alma. Había llegado del extremo sur de Marruecos para morir entre nosotros. Jama’a tenía el rostro duro, huraño. Cuando se dio cuenta de la situación en la que se hallaba, al comprender que aquella fosa era nuestra tumba común, lanzó un grito muy potente y muy largo. Comenzó luego a cantar los cantos de su tribu, luego se sumió durante varios días y noches en un profundo silencio. No dormía. Incómodo por su gran altura, permanecía agachado y, de vez en cuando, murmuraba entre dientes frases incomprensibles.

Cuando oyó a Karim diciendo el mes, el día y la hora, se apaciguó. Tras ello, nos habló: —El otro día grité porque no conseguía saber si era de día o de noche. Es para volverse loco. Ahora sé lo que ocurre. Perdonadme, hermanos míos, aquel grito que debió de lastimaros los oídos. Sentía rabia. Nos dejamos agarrar tontamente. Una trampa. Una traición. Tras la muerte de Baba, el ser al que más amaba en el mundo, todo me da igual. Creí en la revolución. Pensábamos incluso arrastrar con nosotros al pueblo marroquí. Pero nos equivocamos, hemos sido manipulados por los argelinos, los cubanos… Yo nací en Marrakech. Soy como vosotros. Cuando vinieron a buscarme, me entusiasmé. Me dijeron: «La revolución llega siempre del sur». Entonces fui al sur, me cambié el nombre y me convertí en un combatiente del ejército saharaui.

 

Hablaba para no dormirse. Y nosotros le escuchábamos. Yo pensaba siempre en otra cosa. Soñaba en recuperar un jirón de su túnica azul. Lo había dado todo a los demás y tenía frío y me dolían mucho los testículos. Intenté calentármelos con las manos, pero mis articulaciones estaban casi bloqueadas, las manos no podían sostenerme por mucho tiempo los genitales. Al menos, con un poco de tela, me haría una especie de vendaje y los cubriría así. Esperé a que terminara su historia para pedírselo. Cuando, en el silencio de las tinieblas, escuché el hermoso ruido de la tela desgarrándose, di un salto de alegría, golpeándome la cabeza con el techo. Me dijo: «Hago una bola con eso y te la tiro».

Como en las películas de suspense, la bola de tejido no cayó en mi celda sino justo delante. ¿Qué hacer para recuperarla? ¿Con qué objeto? Si los guardias la veían, iban a confiscarla. Lhoucine me recordó que habíamos conservado la escoba y consiguió pasármela, de celda en celda. Comenzó luego la búsqueda del tejido. ¡Una escoba ciega en unas manos ciegas! Yo estaba boca abajo, sacando lentamente el mango de la escoba, para que detectase o encontrase aquel pedazo de tela. Al cabo de más de una hora, la operación fue un éxito y, a mi vez, lancé el grito saharaui, que se parece al grito de los indios cuando obtienen una victoria sobre el ejército americano.

Aquella noche, no dormí. Me envolví en el pedazo de tela que protegía un poco del frío. Al día siguiente, me puse a trabajar y confeccioné lo que necesitaba para luchar contra el intenso frío.

 

8

En la vida, cuando un café es malo, suele decirse: «Este café está muy aguado». Al comienzo de nuestro encierro, yo utilizaba esa expresión. No era justa. El café aguado tiene sabor, olor, malo, es cierto, pero puede beberse y repetir incluso. Lo que nos servían por la mañana, era agua tibia mezclada con alguna fécula en polvo quemada. Imposible saber de qué fécula se trataba. Tal vez garbanzos, tal vez habichuelas rojas. No era en absoluto café, ni té. La pregunta quedaba sin respuesta, la cosa caía en el estómago como un vomitivo. ¿Una lavativa? ¿Meados de camella mezclados con orines del comandante? Lo tragábamos y ya no nos preguntábamos qué era.

El pan. Sí, teníamos derecho a un pan blanco como la cal. Calorías mínimas garantizadas para no morir de hambre. A menudo he imaginado a un médico calculando el número de calorías que necesitábamos, haciendo un informe que mecanografía por una secretaria con brillante carmín en los labios y el clásico moño, y llevándolo al oficial que se lo había exigido. El pan tenía forma de rueda de coche. Duro. Grueso. Sin sabor. Con aquel pan, diestramente lanzado, se podía matar a alguien. Aquel pan era puro cemento. No lo cortábamos, lo rompíamos. No lo mascábamos, lo triturábamos. Como la mayoría de nosotros tenía mala dentición, comer aquel pan era una prueba suplementaria. Algunos se guardaban el seudocafé matinal para mojar su ración de pan. Otros lo rompían a pedacitos y derramaban encima el diario plato de fécula.

Fécula. ¡Oh fécula, tristeza mía, compañera mía, visitante mía, mi forzada costumbre, mi supervivencia, mi odio íntimo, mi amor desgastado, abrasado, arrojado, mi ración de calorías, mi obsesiva locura! Fécula que devoro y expulso del estómago con algo que se parece al placer.

Féculas mañana y tarde. Era como la receta de un médico. Ningún cambio, sobre todo. Nada de variedad. El cuerpo tiene que acostumbrarse a las mismas féculas hasta la muerte. Pan seco y féculas cocidas con agua, sin especias, sin aceite. Una vez a la semana, la cocían con grasa de camello. Hedía. Yo comía tapándome la nariz. Prefería —si la palabra tenía aún sentido en aquel agujero— la fécula cocida con agua. Hacíamos todos el mismo régimen: las mismas féculas, servidas hasta que la muerte llegara.

Así durante dieciocho años, más concretamente durante seis mil seiscientos sesenta y tres días, sólo fui alimentado con féculas y pan duro. Nunca carne. Nunca pescado. «Alimentado» no es la palabra, sino «mantenido con vida». Olvidé muy pronto el cigarrillo. Ni siquiera conocí ese terrible deseo que volvió loco a Larbi, el número cuatro. Aullaba, desgarraba su única camisa, llamaba a los guardias, les ofrecía cualquier cosa a cambio de un cigarrillo. Decía:

—Aunque te niegues a darme un cigarrillo, ven y fúmatelo a mi lado, déjame inhalar ese humo que tanta falta me hace. Toma todo lo que quieras… Sí, ya sé, no tengo nada… Tal vez mi culo… Te lo doy, sólo tiene huesos, pero una calada, sólo una calada, luego me rematas, me metes una bala en el culo, partiré como un cohete hacia el infierno de los eternos fumadores. Ven, olvida que somos enemigos, recuérdalo, somos del mismo pueblo, por un cigarrillo podrás ir a mi casa y te darán plata y ropa…

El pobre Larbi hizo huelga de hambre y se dejó morir. Durante un mes, oímos sus gemidos en voz baja:

—Quiero morir. ¿Por qué tarda tanto en llegar la muerte? ¿Quién la retiene, quién le impide bajar y deslizarse bajo la puerta de mi celda? Es el bigotudo, el guardia inhumano. Le cierra el paso. ¡Qué duro es morir cuando se reclama la muerte! Es indiferente a mi suerte. Pero dejadla pasar, hacedle un buen recibimiento. Esta vez, viene a por mí. Me libera. Tened cuidado los demás, no la captéis a su paso. La veo, por fin ha respondido a mi llamada. Adiós, cadetes; adiós, revolucionarios; adiós, compañeros. Me voy, seguro que me voy, y allí me fumaré un cigarrillo interminable…

La muerte le dio largas. No se lo llevó hasta pasada más de una semana desde aquella noche en la que creyó haberla visto. Larbi era un buen chico, angustiado desde siempre, servicial y algo pobre de espíritu. En clase, en Ahermemou, era de los últimos. Justo antes del golpe de Estado, debía ser degradado y enviado a El Hajeb, donde hubiera sido un suboficial, era cuestión de días, no conseguía seguirnos. Su expediente se había olvidado y, el día de la partida, había subido al camión como los demás, sin saber adónde iba ni para qué. Cuando fumaba un cigarrillo, parecía que lo mascara. Debía de ser su único placer.

Había adelgazado tanto que ya no parecía un ser humano. Tenía los ojos desorbitados e inyectados en sangre, espuma en la comisura de los labios. Toda la angustia y el odio del mundo podía leerse en aquel rostro huesudo. Gharbi, el Ustad, leía el Corán mientras lo enterraban. La luz era terrible, quiero decir soberbia, magnífica, era primavera. Me llené los ojos y los pulmones de aquella luz. Todo el mundo hizo lo mismo. Gharbi se detuvo unos minutos, cerró los ojos, respiró profundamente, luego abrió la boca como si comiera aire.

Los guardias nos dejaron aprovechar un poco más aquel entierro. Le dimos las gracias a Larbi, dijimos: «¡Adiós, hasta la vista, hasta pronto! Nos encontraremos allí, nos someteremos a Dios y a su clemencia, somos suyos y a Él regresamos». De aquello no cabía duda alguna. Yo no pertenecía al Rey, ni al comandante del cementerio subterráneo, ni a los guardias armados hasta los dientes. Sólo pertenecía a Dios. Sólo él recibirá mi alma y me juzgará. La crueldad de aquellos militares no me atañía ya. Creía cada vez más en Dios, Alá el Omnipotente, Alá el Misericordioso, el más grande, el Muy Clemente, Aquel que conoce la tierra y los cielos, Aquel que sabe lo que hay en los corazones y adónde van las armas.

Aquella luz, en aquel día de abril, era un signo de Su bondad. Después yo estaba sereno, apaciguado y dispuesto a volver a mi agujero.

Me ofrecí como voluntario para limpiar la celda de Larbi. Para vencer los hedores de mierda y vómitos, pensé de nuevo en la luz y en la primavera. Ni siquiera necesitaba retener la respiración. Estaba allí y, al mismo tiempo, en otra parte. Canturreaba como si estuviera alegre. Había decidido repudiar la tristeza y el odio, como había hecho con el recuerdo.

Lavé el suelo donde habían fermentado cortezas de pan mezcladas con féculas. Reinaba un hedor de vómito y moho. Debía de tener un color. Lo imaginé verdoso con manchas rojizas. Tal vez todo era negro y yo me empeñaba en poner color donde sólo había grisalla y podredumbre.

Fue para mí un buen ejercicio. De regreso a mi celda, me aseé y sentí un leve bienestar. Habríase dicho que el bienestar consistía en no respirar la comida fermentada.

 

9

La mayoría de quienes murieron no lo hicieron de hambre sino de odio.

Odiar nos hace menguar. Corroe desde el interior y ataca al sistema inmunitario. Si albergáis el odio, éste acaba siempre por destrozaros. Fue necesaria esa prueba para que yo comprendiese algo tan sencillo. Recuerdo un instructor de la escuela de Ahermemou que era malvado, malo y triste. Tenía los ojos amarillos. Es el color del odio. Cierto día, no vino a clase. Supimos que estaba en el hospital por un largo período. No recuerdo lo que le había pasado, pero se decía que lo había embrujado una mujer de la montaña a cuya hija había violado.

¿Cómo no sentir odio, con todo lo que nos hacían sufrir? ¿Cómo ser más grande, más noble que aquellos torturadores sin rostro? ¿Cómo ir más allá de esos sentimientos de venganza y destrucción?

Cuando comprobé que algunos de los primeros muertos llevaban en sí el odio, comprendí que eran sus primeras víctimas. Ruchdi, el número veintitrés, un hombre dulce y pausado, inteligente y fino, fue el que me confirmó en esa idea. Yo me decía que se había equivocado de oficio. ¿Qué estaba haciendo en el ejército? Había nacido en una gran familia de Fez, burgueses que detestaban el ejército. Creo que pensaban que sólo los hijos de los campesinos y los montañeses debían ser soldados. Sus hijos estaban destinados a hacer estudios superiores para ser grandes servidores del Estado o, como mínimo, grandes hombres de negocios. Ruchdi procedía de aquel medio y no le gustaba que se lo recordaran. Se había enrolado en el ejército para contradecir a sus padres, para olvidar sus orígenes, y desprenderse de sus raíces, para apartarse de su educación algo aristocrática y mezclarse con gente de otros ambientes. Había entre nosotros amistad y complicidad. Creo que sólo Ruchdi y yo presentíamos que el comandante A. preparaba un golpe de Estado. Cuando se nos dio la orden de subir a los camiones, nos miramos. Nos brillaban los ojos. Tal vez fueran las lágrimas, o la fiebre de una aventura desconocida. Percibimos un largo cara a cara entre el comandante y el brigada Atta, su hombre de confianza. Durante todo el trayecto, reinó un pesado silencio. Ruchdi fumaba un cigarrillo tras otro. Tenía la cabeza gacha. Creo que lloraba.

 

Ruchdi quedó escandalizado, traumatizado. Al invadir el palacio, me dijo que iba a rendirse. Temblaba. Cayó, encogido sobre su arma, recibió una bala en el hombro y perdió el conocimiento. Cuando volvimos a encontrarnos en la cárcel de Kénitra, me dijo que no comprendía por qué estaba allí. Decía que no había hecho nada y que era un horrible error, una injusticia. Renuncié a discutir. Sólo hablaba de venganza y de matanza. Había agarrado el odio como una enfermedad incurable. Quería matar a todo el mundo, a los guardias, al juez, a los abogados, a la Familia Real, a todos los que habían sido origen de su encarcelación. Cuando nos transfirieron a Tazmamart, perdió muy pronto la razón. No sabía ya lo que decía, pero seguía obsesionado por el odio. Le minaba, le corroía, le hacía ajeno a sí mismo. Nadie murió en aquella época, no podíamos vernos entonces. Yo le llamaba a menudo. Sin respuesta. Sólo gritos, aullidos de animal herido. También él quería apresurar su muerte. Pero ella, cómplice de nuestros carceleros, se tomaba su tiempo.

Cierto día, pedí a uno de los guardias que nos dejara verle, sólo un momento. No se trataba de salir del agujero, sólo de visitarle y de que el guardia nos prestara su linterna. La negativa fue terminante, acompañada de amenazas e insultos. Entonces hicimos huelga.

Huelga de palabras. Manteníamos un silencio perfecto en la fosa. Ni una palabra, ni un gesto. Y dejábamos incluso de respirar. Unos minutos de silencio profundo, pesado y extraño enloquecían a los guardias. Gritaban, daban culatazos en las puertas con sus armas. Nosotros nos hacíamos los muertos. El silencio y las tinieblas son propicios a la aparición de los djinns. No fallaba. Uno de los guardias aulló: «¡Vámonos! ¡Larguémonos! Este lugar está habitado. Os juro que he visto a un djinn de ojos brillantes. Dejemos a esos cabrones con los djinns, son de la misma raza, de la misma ralea. Rápido, marchémonos».

Se marcharon, con el miedo en el vientre, y nosotros expresamos nuestra satisfacción riendo como habrían hecho los djinns.

No vimos a Ruchdi antes de su muerte. El guardia que fue a comprobar el fallecimiento tenía miedo. Al iluminar el rostro del difunto, retrocedió, lanzó un grito de horror y partió olvidando su linterna. Con el mango de la famosa escoba, intentamos acercarla a una de las celdas. Pero no podía pasar bajo la puerta. Cuando llegó otro guardia para poner orden, no hizo ningún comentario, me designó al igual que a Lhoucine, para el aseo del muerto, y se las arregló para que el entierro se celebrara de noche. Debía de ser un oficial. Se llamaba M’Fadel. Cuando estuvimos todos reunidos alrededor del cuerpo tomó la palabra: «La próxima vez, soltaré los escorpiones. Entonces se verá quién es el verdadero djinn, vosotros o yo. Vamos, echadme esa mierda a la fosa».

Respondimos, como un solo hombre, con la lectura de la Fatiha, la primera azora del Corán. Los guardias nos empujaron violentamente hacia la puerta del agujero mientras M’Fadel meaba contra una gran piedra.

Nuestro reloj parlante se había estropeado. A Karim debía de haberle conmovido mucho aquel entierro nocturno y, sobre todo, perturbar las amenazas del oficial. Había perdido el hilo del tiempo. Le oíamos lamentarse en su celda, recapitulando los días y horas de la semana. Le aconsejaba que se calmase, asegurándole que las cosas volverían a su lugar. Se durmió y, a la mañana siguiente, nos despertó imitando el canto del gallo: «Son las cinco, es la oración del alba, oh creyentes, hermanos míos, musulmanes, despertad, la plegaria no espera».

Luego, tras unos momentos, dijo:

—No sigáis durmiendo, no sigáis durmiendo, hermanos, prestad atención, estamos en verano, estamos a 3 de julio de 1978, son las cinco y treinta y seis minutos, es la hora de los escorpiones. Prestad mucha atención, han llegado, los siento, los oigo. Tras el intenso frío, llega el estío, el estío de los escorpiones. Tenemos que organizamos. Mi máquina ha estado a punto de estropearse, porque sentí en mí una presencia ajena. No, no son los djinns. No, son asesinos, bestezuelas que pican y sueltan su veneno.

 

Me había convertido en un campeón para eso de los escorpiones. Los conozco sin haberlos estudiado. Sé cómo se mueven, el ruido que hacen, a qué temperatura pican, dónde les gusta ocultarse y cómo engañan al adversario.

Supe todo aquello por intuición. En la oscuridad en la que estábamos, no podíamos verlos. Fue el primer verano cuando hicieron su aparición. No fue de modo natural. No fue por azar. El oficial los había introducido en la fosa. Yo estaba seguro de ello. Porque, ¿cómo explicar que durante cinco veranos no hubiéramos tenido que vérnoslas con esas terribles bestias? Sin embargo, ¿cómo había podido hacer aquel tipo semejante cosa? Me costaba imaginar a un teniente coronel o a un general convocando una reunión con otros oficiales de estado mayor para darle a alguien la orden de ir a recoger escorpiones e introducirlos en nuestra fosa. No, tuvo que ser una iniciativa personal.

Aquel oficial, tal vez sargento mayor, se vengaba, no por amor a la monarquía sino por odio a sus jefes que le habían enviado a aquella región para custodiar a unos muertos vivientes o, más exactamente, a unos supervivientes destinados a una muerte lenta.

Como dijo Karim, debíamos organizamos. Hicimos una reunión tras la fécula vespertina. Estábamos de pie, cada cual en su celda. Yo, debido a mi alta estatura, permanecía agachado. El número veintiuno, el buen Wakrine, nos comunicó que jugaba con los escorpiones cuando era niño, en Trafraout, región particularmente árida y cálida. Nos dijo que el escorpión es un animal traidor, aunque no inteligente, al que le gusta agarrarse a las piedras; pero si cae, pica.

Tenía razón. Era preciso permanecer en silencio, un silencio total, para descubrir el lugar por donde se desplazaban los escorpiones. Mientras les oíamos moverse, sabíamos que los teníamos sobre la cabeza y, si caían, era preciso descubrir por el ruido de qué lado estaban y alejarse de allí. Para ello era preciso no dormirse. A mi amigo Lhoucine le picaron cuando se adormeció. Llamamos a los guardias, pero no vinieron hasta por la mañana, a la hora de servir lo que llamaban el café. Wakrine suplicó a los guardias que le dejaran aspirar el veneno por succión. La fiebre había subido ya. El pobre Lhoucine deliraba. Al escupir el veneno, Wakrine nos dijo: «La fiebre durará cuarenta y ocho horas. Es la regla. Sobre todo no os durmáis».

—¡La falta de sueño está matándonos! —gritó una voz.

—¡Nos acecha la locura! —dijo otra.

—Esta historia de escorpiones es una conspiración para matarnos enseguida —observó mi vecino de la derecha.

—Pero no conviene a las autoridades, cuyo objetivo es vernos morir a fuego lento —dije yo.

—¡Nos importa un pimiento lo que piensen las autoridades! Estoy seguro, incluso, de que todo el mundo nos ha olvidado, los que nos condenaron, los que nos arrojaron a esta fosa. El problema es, ahora, exigir a los guardias luz para sacar de nuestras celdas esas bestias asesinas —dijo en tono tranquilo Gharbi, al que llamábamos El Ustad.

 

¡Luz, evidentemente! Pero todo el sistema estaba basado en el principio de la negrura, de aquella oscuridad insondable, de las tinieblas que alimentaban el miedo a lo invisible, el miedo a lo desconocido. La muerte merodeaba. Allí estaba. Pero no debíamos saber por dónde iba a herir, ni cómo, ni con qué arma. Teníamos que estar a merced de lo invisible. Aquello era la tortura, la sofisticación en la venganza.

Cuántas veces me había dicho: «De acuerdo, quisimos atentar contra su vida, le buscamos por todas partes, entre sus invitados, para matarle. Perdimos, sólo éramos soldados, suboficiales atrapados en el vértigo de aquel infierno, ejecutando órdenes. ¿Por qué no nos mataron enseguida? Incluso en un país como Francia, al hombre que disparó contra el coche del general De Gaulle lo pasaron por las armas. Es normal. ¿Por qué entonces nos juzgaron en un tribunal y nos condenaron a diez años de reclusión para entregarnos luego a la muerte lenta? ¿Por qué los generales, los que habían planeado el golpe de Estado, fueron ejecutados por un pelotón de soldados, tras haberlos degradado, y nosotros, los cuadros, los instructores de los alumnos oficiales, debíamos sufrir la interminable prueba de la muerte perezosa, viciosa, perversa, la muerte que juega con los nervios, con lo poco que nos quedaba: nuestra dignidad? ¿Para qué rumiar todo eso? Seguíamos la estela de quienes habían cometido una falta, un crimen: ¿por qué mantenernos con vida?, ¿por qué enterrarnos vivos, dejando pasar el oxígeno justo para sobrevivir y sufrir?»

«Llegará un día en que no odiaré, en el que por fin seré libre y diré todo lo que he padecido. Lo escribiré o haré que alguien lo escriba, no para vengarme sino para informar, para añadir un documento al expediente de nuestra historia. De momento, intento hablar, hablarme para evitar caer en el sueño y ser una presa fácil para los escorpiones. Hablo, doy saltitos, me golpeó un poco la cabeza contra el muro, creo saber dónde está agazapado mi escorpión. Debe de estar entre la tercera y la cuarta piedras, en la fisura por donde entra la lluvia cuando es muy fuerte. Mi fino oído me ha informado, me acurruco al otro lado. Es una apuesta. Confío en mi intuición. Si me pica, Wakrine vendrá a aspirar. Está acostumbrado. Comienzo a dormirme.

Aguanto la respiración. Nada se mueve. Peor para mí, ya no resisto más, cedo al sueño, agachado».

Me despertó un agudísimo dolor en la espalda. No era una picadura de escorpión.

Mi dolor de espalda había reaparecido. ¿Reumatismo? ¿Hernia discal? ¿Calambre muscular? ¿Cómo saberlo? El hecho de estar permanentemente inclinado debía de acarrear una deformación de la columna vertebral. ¿Para qué encontrar el origen de ese dolor? Había que soportarlo, vivir con él e intentar olvidarlo. Cada uno de nosotros tenía una parte de su cuerpo o de su cerebro completamente deteriorada. Todas nuestras enfermedades, todos nuestros males se habían agravado. Nada de médicos. Era la regla. El médico no tenía nada que hacer en aquel lugar. Es bien sabido que el papel del doctor es luchar contra la muerte, hacerla retroceder e, incluso, lograr que fracase. Allí se había previsto todo lo contrario. Si la enfermedad llega, hay que dejar que se instale, se desarrolle y ocupe todo el cuerpo, que contamine los órganos sanos, es preciso que haga su trabajo e inflija al cuerpo todas las facetas del sufrimiento. No estaba autorizada ninguna intervención. De todos modos, no teníamos a nadie con quien hablar, a quien dirigir reclamaciones como se hacía en la cárcel de Kénitra.

Había un oficial, un comandante. Jamás le vimos. Debía de ser un fantasma, una sombra, alguien que debía de estar allí pero que no necesitaba aparecer. Debía de ser una voz soltando una serie de órdenes crueles y terminantes. Una voz grabada, tal vez la voz de un actor. Los guardias, cuando eran amables, nos prometían hablar con el Kmandar, como lo llamaban, pero nunca teníamos respuesta a nuestras peticiones. De ahí la conclusión: el Kmandar no existía. Sólo era un espantajo, y hacíamos como si estuviera allí, a pocas decenas de metros de la entrada camuflada de nuestro agujero. ¿Cómo confiar esos prisioneros tan especiales a un Kmandar que cualquier noche podría acodarse en el mostrador de un bar de Marrakech o Casablanca y, por efecto del alcohol y de los remordimientos, comenzara a hablar, y pronunciara el terrorífico nombre de aquella aldeucha marroquí, Tazmamart, entre Rachidia y Rich?

El Kmandar, el oficial invisible, era el terror. Los guardias hablaban de él como si fuera un pedazo de metal, inflexible, inhumano, y tuviera todos los poderes. Decían:

«El Kmandar, es puro hierro, Hédid».

Más tarde, mucho más tarde, cierto día en que me di de narices con el Kmandar, comprendí que aquel personaje había sido esculpido en una materia especial, un tipo de bronce o de metal incorruptible.

Nacido para servir, para ejecutar todas las tareas, de las más ordinarias a las más atroces. Ni el menor sentimiento. Ni la menor duda. Recibía órdenes y las aplicaba con la firmeza del metal. Antes de ocuparse de nosotros, había degollado ya a algunos infelices, había enterrado vivos a otros, torturado a los opositores del régimen, minucioso como un especialista. Había perdido un ojo en un accidente de coche. Decía que Dios lo había querido. Sin más.

Dos de los ocho guardias eran especialmente malignos. Estaba Fantass, el hombre de la dentadura de oro, flaco y alto; escupía a cada minuto y era muy malvado.

Cuando hablaba, sólo utilizaba palabras groseras e insultos. Nosotros no le respondíamos, le abandonábamos a su cólera. Supimos más tarde que hacía informes sobre sus colegas que no eran con nosotros lo bastante malvados, acusándoles de debilidad e incluso de sentir simpatía.

Cierto día, Fantass desapareció. Durante dos meses, no oímos su voz ronca ni sus sibilantes escupitajos. Cuando regresó, nos costó reconocerle. Abrió cada celda y pidió perdón. Pude ver su cara gracias a la linterna que llevaba en las manos y que dirigía hacia su rostro. Lloraba y decía cosas extrañas:

—Te pido perdón, he sido malvado, horriblemente malvado. Escupía en vuestro rancho, añadía arena. Os odiaba porque me habían enseñado a odiar. Os deseaba una muerte lenta y dolorosa. Merecía el infierno por todo el mal que os he hecho. Dios me ha castigado. Acaba de arrebatarme a mis dos hijos mayores, muertos en el acto en un coche nuevo. Dios ha hecho justicia. Nada tengo que hacer aquí. También yo voy a morir. Para mí, se acabó. Ayudadme a partir, perdonándome.

Fantass murió pocos meses más tarde, tras una huelga de hambre.

Otro guardia, Hmidouche, era muy malvado también. Se había caído y cojeaba. Cuando vio lo que le había sucedido a su amigo Fantass, tuvo miedo y comenzó también a pedirnos perdón. Los demás guardias no hacían comentarios. Mantenían con nosotros una relación mínima. Tenían miedo de M’Fadel, su jefe.

 

Decir «Estoy enfermo, esta mañana no me siento bien, estoy muy débil…» carecía de sentido. ¿Por qué, entonces, pensarlo, decirlo o decírselo a uno mismo? Estar enfermo era nuestro estado normal, permanente. Debíamos perder, cada día que pasaba, un poco de salud, hasta extinguirnos, hasta el final. Nuestro capital se componía de dos elementos: nuestro cuerpo y nuestro cerebro. Elegí muy pronto la preservación, por todos los medios, de mi cabeza, de mi conciencia. Comencé a protegerlas. El cuerpo estaba expuesto, en cierto modo les pertenecía, disponían de él, lo torturaban sin tocarlo, le amputaban un miembro o dos por el mero hecho de que no teníamos derecho a cuidado alguno. Pero mi pensamiento debía permanecer fuera de alcance, era mi verdadera supervivencia, mi libertad, mi refugio, mi evasión. Era preciso, para mantenerlo vivo, cierto entrenamiento, cierta gimnasia. Tal como había hecho para alejar e, incluso, borrar los recuerdos que podían arrastrarme hacia el abismo, decidí ejercer mi pensamiento siendo lúcido, absoluta y terriblemente lúcido. Tenía una posibilidad entre cien de salir de aquello. No contaba con esa posibilidad.Me decía: «Si sucede un milagro, renaceré, seré un recién nacido de cuarenta o cincuenta años». Pero no contaba con ello. Saldría del agujero e iría a tocar la piedra negra de la Kaaba, en La Meca. Fue aquella piedra negra, la piedra del inicio, la que guarda las huellas de Abraham, aquella cuya memoria coincide con la del mundo, la que me salvó. Todavía lo creo. Ignoro por qué mi pensamiento se había fijado en ese símbolo. Hacía de él mi punto de orientación, mi ventana al otro lado de la noche. La abría y veía algo radiante.

El hecho de concentrarme, de dominar el ritmo de mi respiración, el hecho de concentrarme en una idea, una imagen, una piedra sagrada situada a miles de kilómetros, a siglos de mi celda, me permitía olvidar mi cuerpo. Lo sentía, lo tocaba pero, poco a poco, llegaba a desprenderme de él. A fuerza de concentración, podía verme sentado, calmo, con la espada encorvada, las costillas visibles, las rodillas dobladas, como dos venablos, me observaba, era un espíritu que planeaba por encima del agujero. No lo conseguía siempre. El esfuerzo de concentración no desembocaba sistemáticamente en ese desprendimiento. Dependía del frío y del calor. Sabía que las condiciones físicas hacían la competencia a la voluntad de extraerme de aquel infierno por el pensamiento. El infierno no era una imagen, una palabra pronunciada para exorcizar la desgracia. El infierno estaba en nosotros y a nuestro alrededor. Nos era útil incluso: nos permitía medir nuestra fuerza, nuestra capacidad para resistir e imaginar otro mundo, inmaterial éste, donde refugiarse el tiempo de una herida hecha sobre la sangre apenas seca de otras grietas.

Poseíamos en aquel infierno las noches y los días. Éramos días de hambre y noches de insomnio. A menudo sólo éramos eso. Mientras quienes nos abandonaban atentaban contra sus días y sus noches. No alimentaban ninguna ilusión abyecta. O, tal vez, lo que les llevara al suicidio fuera precisamente el veneno de las ilusiones. Comprendí que la dignidad era, también, el hecho de abandonar cualquier trato con la esperanza. Para salir de aquello, era necesario no esperar ya nada. Aquella convicción tenía la ventaja de no pertenecer a quienes nos habían arrojado allí. No dependía de su estrategia sino sólo de nuestra voluntad: negarse a depender de aquella jodida manía de esperar.

La esperanza era una negación total. ¿Cómo hacer creer a esos hombres abandonados por todos que aquel agujero era sólo un paréntesis en su vida, que iban a sufrir una prueba, para salir de ella, luego, engrandecidos y mejores? La esperanza era una mentira con las virtudes de un calmante. Para superarla, era preciso prepararse cotidianamente para lo peor. Quienes no lo habían comprendido se hundían en una violenta desesperación y morían por ello.

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