El crimen del testigo

Miguel Rodríguez

 

 

 

Yo siempre he sido precavido, y huido de esquinas y lugares apartados porque sé que es ahí donde suceden estas cosas, las que nunca se cuentan porque es mejor que solo se archiven. He aprendido a buscar espacios abiertos, trabajos rutinarios y mediocres de cara al público, lo evidente resulta siempre lo más discreto; no pararme en los escaparates de los pasillos en los centros comerciales. Así me educó mi familia, así me instruyeron, y todo ello para pasar desapercibido y evitar ser testigo de los crímenes horrendos que me cuentan mis amigos policías cuando la angustia de conocerlos tan de cerca les devora por las noches. Para la angustia no hay esquina discreta ni disfraz posible, con ella nada pasa inadvertido, no surten efecto las estrategias, no funciona nada. Ellos tratan de burlar la náusea y me lo cuentan en sitios concurridos, en cafés, plazas, como si allí, en estos lugares, el crimen en cuestión perdiera virulencia, como si la exposición pública rebajara la carga de horror de los hechos que han entrado a formar parte de sus vidas y que han colonizado ya sus cabezas; hechos que siguen su propia evolución o deriva y que alimentan su propia espiral al margen del organismo huésped: mi amigo. Nunca me lo contarían en un aparte, hablamos de ello igual que lo hacemos del fin de semana o el partido de la tele. Es mejor así, actuar como si no pasara nada proporciona la sensación momentánea de que no pasa nada.

Por eso, cuando esto sucedió yo no debería haberlo visto. Me he pasado la vida procurando evitar este tipo de cosas, sé lo que hay que hacer, cómo no llamar la atención, con qué tipo de gente no relacionarme. Pero en esta ocasión todo sucedió inusualmente rápido, y me resultó imposible detectarlo a tiempo, me pilló desprevenido. El tipo surgió de entre un grupo de turistas, sacó su arma y disparó. Sin más, no hubo tiempo para nada. Disparó repetidamente a la misma persona, no recuerdo bien cuántas veces. Yo estaba allí y lo oí, lo distinguí sin dudas, eran disparos, no era un ruido cualquiera, sino el tipo de ruido del que había tratado de huir desde niño. Aquel tipo disparó y mató al hombre que había ido a buscar, y yo estaba allí delante, siendo testigo de cómo sucedía todo ello. Lo vi bien, era imposible tener dudas de lo había pasado y de la cara del asesino. El hombre al que habían disparado cayó al suelo fulminado, había sangre, y la gente a su alrededor salió corriendo en todas direcciones. Gritaban de miedo y sin palabras, con aullidos. Gritaban como hasta entonces no sabían que podían gritar. Pero yo no. Yo no hui. Yo permanecí allí quieto, sorprendido pero entero, sin venirme abajo, mirando fijamente al tipo de la pistola. Él también me miraba. Me observaba con extrañeza. A los pocos segundos se acercó a mí y me miró más de cerca, como si estudiara mis rasgos. Sabía que yo le había visto, que nunca olvidaría su cara, que la llevaría conmigo donde fuera, lo cual es lo último que quiere un asesino: ser anónimo es una garantía de seguir vivo. Los que se hacen cargo de la muerte prefieren que nadie los vea, que nadie recuerde sus caras, como si al hacerlo también ellos pasaran a ser parte de la muerte, de lo ocurrido, de alguna manera. Yo seguía allí, mirándole a aquel tipo a la cara, sin miedo, sin hablar, sin aullidos. Aquello no debió suceder, pero no me refiero al asesinato – estoy tan hastiado de ellos – sino a mi presencia allí: nunca debí verlo, pero así es como fue, y haberlo visto lo cambia ya todo en mi vida. Fue en ese momento cuando me convertí en testigo, y esto es mucho peor que ser víctima: uno recrea la visión y la secuencia de lo ocurrido una y otra vez, al principio con estupefacción, después con desgarro, y por último con culpa al no haber sido capaz de intervenir y revertir el proceso de los hechos. Y así, la víctima muere una y otra vez en la mente del testigo, lo cual le convierte en asesino desvalido, inevitable, múltiple y consciente. Yo no debí darme cuenta de aquel asesinato, hubiera sido mejor que siguiera actuando como si nada, como si la vida siguiera tal cual unos instantes antes. Como si la vida siguiera. Lo sé bien por mis amigos policías. Pero no era eso lo que sucedía. La vida no seguía. Yo lo oí, lo vi. De hecho, vi cómo aquel tipo me apuntaba y me disparaba sin pestañear. Había venido a por mí y actuó con decisión. Pero yo no estaba dispuesto a ser un mero testigo víctima de mi propia mente, con lo cual me incorporé y sin mediar palabra acabé con él de un disparo. Estas cosas se rematan así, sin vacilación, sin dudas. Esta vez, todo estaba a mi favor: nadie oyó nada, los posibles testigos ya habían huido. El tipo yacía ahí, en el suelo, a punto de morir. Me miraba y comprendía por fin por qué nunca habían podido con nosotros después de tanto tiempo. Ahora conocía mi cara y se convertía en el primer testigo de ello, de la existencia real de mi familia, ahora que ya era demasiado tarde para dar cuenta de ello, ahora ya atónito, aterrorizado, casi muerto. Ya no hay testigos.

 

 

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