Sanatorio bajo la Clepsidra

Bruno Schulz

 

 

 

I

El viaje fue largo. En esa línea de ferrocarril secundaria y casi olvidada por la que circulaba sólo un tren a la semana, no habría más de dos o tres pasajeros. Jamás había visto vagones tan arcaicos, amplios como habitaciones sombrías repletas de rincones; sus iguales hacía mucho tiempo que habían sido retirados de otros trayectos. Aquellos pasillos que zigzagueaban con ángulos diversos, aquellos compartimientos vacíos, laberínticos y fríos, daban una impresión casi aterradora de extraño abandono. Me trasladaba de vagón en vagón buscando un sitio más acogedor. El viento soplaba en todas partes, corrientes heladas se abrían camino en el interior y calaban el tren de principio a fin. Por aquí, por allá, había gente sentada en el suelo, al lado de sus hatillos, sin atreverse a ocupar las banquetas. Además, esos asientos de plástico llenos de bustos tenían una vejez helada y pegajosa. No subía nadie en las desérticas estaciones. El tren reemprendía lentamente su ruta sin silbidos, sin jadeos, sonámbulo…

Durante algún tiempo me acompañó un hombre con un desgarrado uniforme ferroviario, callado, sumiso en sus pensamientos. Apretaba un pañuelo contra su rostro hinchado y dolido. Más tarde, también él desapareció, se apeó en alguna parada sin que yo lo advirtiera. Quedó sólo un hueco en la paja que cubría el suelo y una gastada maleta que había olvidado.

Tropezando con la paja y los detritus continué recorriendo los vagones con paso vacilante. Las puertas de los compartimientos, abiertas de par en par, oscilaban en la corriente. Ni un viajero. Al final encontré al revisor, de uniforme negro. Envolvía el cuello en un pañuelo negro, liaba sus bártulos, empaquetaba su linterna y el libro de servicio.

—Ya llegamos, señor —dijo mirándome con los ojos totalmente en blanco.

El tren se detenía con los últimos halos del vapor sin hacer ruido, sin traquetear, como si la vida le abandonase poco a poco. Se paró. Todo silencioso y desierto. Ningún edificio. Al bajar, me indicó la dirección del Sanatorio. Con la maleta en la mano, seguí en blanco el estrecho sendero que desembocaba en la penumbrosa frondosidad del bosque. Observaba el paisaje con curiosidad. El camino ascendente conducía a la cresta de una suave colina que abrazaba un vasto horizonte. El día era gris, apagado, sin acentos. Quizá debido precisamente a este aura pesada y pálida, toda la concavidad del horizonte oscurecía y, a izquierda y derecha, el campo de batalla del amplio paisaje forestal, plegado por las grisáceas y lejanas copas de los árboles, se derramaba en chorros, en leves torrentes. Ese paisaje impávido y colmado de solemnidad, parecía discurrir apenas percibido, se deslizaba como el cielo cargado de nubes y movimientos ocultos. Las cintas fluidas del bosque susurraban y crecían en su propio murmullo igual que la marea alta que imperceptiblemente invade la tierra.

Entre la sombría dinámica del terreno forestal, el alto sendero blanco serpenteaba en la cresta de espaciosos acordes empujado por enormes masas de apretadas notas musicales que terminaban absorbiéndolo. Corté una ramita de un árbol al borde del camino. El follaje era verde oscuro, casi negro. Tenía un color raramente saturado, profundo y bondadoso como el sueño poderoso y reconfortante. Y todas las tonalidades provenían del mismo grisor. Es el color que, a veces, adquiere el paisaje en el nublado oscurecer estival rociado con lluvias duraderas; es la misma profunda y colmada redención, la misma torpeza resignada y definitiva que no busca la consolación del color.

El bosque era oscuro como la noche. Yo iba a ciegas por la silenciosa alfombra de coníferas. Cuando los árboles se distanciaron y resonaron bajo mis pies las vigas del puente, en su otro extremo, en medio del negror arbóreo, se dibujaron las grises paredes satinadas de ventanas del hotel bautizado con el nombre de Sanatorium. La doble puerta vítrea estaba abierta. Hacia ella llevaba el puente enmarcado por móviles balaustradas de ramas de abedul. En el pasillo reinaba la oscuridad y un silencio ceremonioso. Me dispuse a avanzar de puntillas, puerta a puerta, leyendo en la penumbra los números colocados encima. En la esquina topé por fin con una limpiadora que, jadeante, salía corriendo de un cuarto como si acabara de librarse de unas manos ávidas.

Apenas comprendía lo que le decía. Debí repetírselo. Daba vueltas sin saber qué hacer.

—¿Han recibido mi telegrama?

Desplegó los brazos con una mueca de impotencia y su mirada esquivó la mía. Miraba de reojo una puerta semiabierta esperando la ocasión de alcanzarla.

—Vengo desde lejos; reservé por vía telegráfica una habitación en esta casa —dije con aire de impaciencia—. ¿A quién he de dirigirme?

Ella no lo sabía.

—Podría usted entrar en el restaurante —masculló confundida—. Ahora todos están durmiendo. Cuando el señor Doctor se levante, le anunciaré.

—¿Durmiendo? Pero si es de día…

—Aquí siempre se duerme. ¿No lo sabía? Además —añadió con coquetería— nunca llega la noche.

Ya no quería huir. Retorciéndose, pellizcaba el encaje de su delantal.

La dejé. Entré en el restaurante semioscuro. Vi unas mesas y un gran mostrador que ocupaba la anchura de la pared. Me alegré al ver la abundancia de tartas y pasteles que guarnecían los mostradores.

Todo estaba vacío. Di una palmada y no obtuve ninguna respuesta. Me asomé a una sala contigua más grande y más clara; su gran ventanal o loggia daba a un paisaje ya conocido que, encuadrado, mostraba la tristeza y resignación de un fúnebre momento. Sobre los manteles se veían los restos de una reciente comida, botellas descorchadas, copas vaciadas por la mitad. Incluso quedaban todavía algunas propinas. Volví al bar y escruté los pasteles y patés. Tenían un aspecto muy sabroso. Pensé si sería conveniente que me sirviera yo mismo. Sentía un enorme apetito y, sobre todo, una especie de pastel crujiente con mermelada de manzana me hacía la boca agua.

Estaba a punto de destapar con una cuchara de plata uno de los manjares, cuando noté detrás de mí la presencia de alguien. La asistenta entró con sus silenciosas zapatillas y tocó mi espalda.

—El señor Doctor le espera —dijo mirándose las uñas.

Iba delante y, segura del magnetismo del juego de sus caderas, no se volvía. Se divertía fortaleciendo esa hipnosis, regulando la distancia entre nuestros cuerpos, mientras pasábamos junto a decenas de puertas.

El pasillo oscurecía más y más. En la sombra predominante, se frotó levemente contra mí.

—Aquí está la puerta del Doctor —musitó—, entre por favor.

El doctor Gotard me recibió en el centro de la habitación. Era un hombre pequeño de estatura, anchos hombros y vello negro.

—Recibimos ayer su telegrama —dijo—. Enviamos el coche del Sanatorio, pero usted llegó en otro tren. Desgraciadamente, las conexiones con el ferrocarril no son buenas. ¿Qué tal se encuentra?

—¿Mi padre está vivo? —pregunté fundiendo mis ojos intranquilos en su rostro sonriente.

—Vive, por supuesto —replicó aguantando pacientemente mi abrasadora mirada—. Quiero decir: vive dentro de los límites condicionados por la situación —añadió entrecerrando los ojos—. Usted sabe igual que yo que, desde el punto de vista de su familia, desde la perspectiva de su patria, su padre está muerto. Y esto, no es completamente reparable. Esta muerte arroja una cierta sombra sobre su existencia en este lugar.

—¿Pero mi padre no lo sabe, no sospecha nada? —inquirí.

—Quédese tranquilo —contestó—, nuestros pacientes no adivinan nada, no pueden adivinar…

—Todo el truco consiste —añadió dispuesto a presentar el funcionamiento del mecanismo con las manos— en que hicimos retroceder el tiempo. Nos retrasamos hasta un intervalo cuya duración es imposible determinar. La cuestión conduce a un simple relativismo. La muerte que alcanzó a su padre en su país, aquí no ha llegado todavía.

—En este caso —dije— mi padre está muy cercano a su muerte.

—No me comprende —prosiguió con un tono de paciente indulgencia—, nosotros reactivamos el tiempo pasado con todas sus posibilidades, incluyendo un posible restablecimiento…

Me miraba sonriente y acariciaba su barba.

—Pero quizá quiera verlo ahora. Tal como lo deseaba le reservamos la segunda cama de la habitación. Le acompañaré.

Al sumirnos en el oscuro pasillo, el doctor Gotard comenzó a hablar en voz baja. Observé que calzaba unas zapatillas de fieltro iguales a las de la limpiadora.

—Dejamos dormir mucho a nuestros pacientes, ahorramos su energía vital.

Además, no tienen nada mejor que hacer.

Se detuvo ante una de las puertas y se llevó un dedo a los labios en señal de silencio.

—Entre con suavidad; su padre duerme. Es lo mejor que puede hacer ahora. Hasta la vista…

—Hasta luego —musité.

Sentía cómo los latidos del corazón ascendían hasta la garganta.

Apreté el picaporte; la puerta cedió sola y se abrió como los labios que se separan indefensos durante el sueño. Entré. La habitación estaba casi vacía. En una simple cama de madera situada debajo de una pequeña ventana, dormía mi padre envuelto en abundantes sábanas. Su profunda respiración descargaba capas de ronquidos ocultas en los cráteres del sueño. El cuarto entero, desde el suelo hasta el techo, parecía mullido por el roncar. Conmovido, observaba la delgada y fatigada cara del padre en ese momento, abandonada totalmente a la tarea de roncar; la cara que, tras haber desocupado su cuerpo terrestre, confesaba en un límite lejano su existencia enumerando solemnemente sus minutos.

No había ninguna cama más. Soplaba un viento glacial en la ventana. La estufa no estaba encendida.

«No parecen preocuparse mucho por sus pacientes —pensé—. ¡Un hombre en tal estado dejado al pasto de las corrientes! Y parece que aquí no limpia nadie.» Una espesa capa de polvo cubría el suelo y la mesilla de noche con medicinas y un vaso de café frío. Había montones de pasteles en el bar mientras a los pacientes les daban café negro en lugar de algo más reconfortante. Sin embargo, esto era una pequeñez en comparación a los beneficios del tiempo retrasado.

Me desvestí despacio y me deslicé en la cama de mi padre. No despertó. Únicamente su ronquido —por lo visto demasiado alto— descendió una octava, renunciando a su altivez declamatoria. Se transformó en un roncar privado, para uso propio. Envolví cuidadosamente a mi padre en el edredón protegiéndolo lo mejor posible de la corriente. Pronto me dormí a su lado.

 

II

Cuando me desperté, la habitación estaba sumergida en la penumbra. Mi padre, ya vestido y sentado en la mesa, bebía té mojando bizcochos azucarados. Llevaba un traje negro de paño inglés que se había comprado el pasado verano. El nudo de la corbata se soltaba.

Viendo que yo no dormía, con una amable sonrisa dibujada en su rostro empalidecido por la enfermedad.

—Me alegro mucho que hayas venido, Josef. ¡Qué sorpresa! ¡Me siento tan solo! Por supuesto, en mi situación, no debería quejarme. Pasé cosas peores y no quisiera hacer un «facit» de todo… Pero, qué importa. Imagínate: el primer día me sirvieron un magnífico «filet de boeuf» con setas. Siento aún su fuego en el vientre. Y diarrea tras diarrea… no he podido con él. Tengo que darte una sorpresa —continuaba—. No te rías: alquilé un local para la tienda. Así es. Y me felicito por esa idea. Me aburría ¿sabes?, me aburría como una ostra. No te puedes hacer una idea del hastío que reina en el hotel. Y así he conseguido por lo menos una ocupación agradable. No creas que es una maravilla. En absoluto. El recinto es mucho más modesto que nuestro antiguo almacén. En comparación con aquél es una barraca. En nuestra ciudad me avergonzaría de tal tenderete pero aquí, donde tenemos que rebajar tanto nuestras pretensiones… ¿no es así, Josef? En fin, vivimos…

Sus palabras me apenaron. Mi padre me aturdió al utilizar inadecuadamente ese concepto.

—Veo que tienes sueño —dijo al cabo de un rato—. Duerme un poco más y después me visitarás en la tienda ¿verdad? Precisamente me dirijo ahora allí para ver cómo marchan los asuntos. No te figuras lo difícil que fue conseguir el crédito ni con que desconfianza tratan a los viejos comerciantes, a los que poseemos un pasado importante. ¿Recuerdas la óptica de la Plaza del Mercado? Nuestra tienda está justo al lado. Todavía no tiene el anuncio, pero la encontrarás de todas formas. Es difícil equivocarse.

—¿Sale sin abrigo, padre? —pregunté inquieto.

—Date cuenta, se olvidaron de empaquetarlo y no lo encontré en el baúl. No echo de menos su falta. ¡Este clima suave, esa dulce aura!…

—Llévese el mío, padre —insistí—, tiene que abrigarse.

Pero el padre ya se colocaba el sombrero. Agitó la mano despidiéndose y salió del cuarto.

No, no tenía sueño. Me sentía descansado… y famélico. Recordé con placer el bar repleto de pasteles y me vestí pensando en las diversas clases de manjares.

Decidí, sin olvidarme del magnífico bizcocho relleno de cáscaras de naranja, otorgar la prioridad a la tarta de manzana. Me detuve ante el espejo para anudarme la corbata pero su superficie, como un espejo cóncavo, ocultaba al fondo una imagen que centelleaba con su oscura profundidad.

Acercándome y retrocediendo, intenté sin conseguirlo regular la distancia; ningún reflejo escapaba de la plateada niebla que discurría. «He de pedir otra nueva» —pensé, y salí de la habitación.

El pasillo estaba a oscuras.

La impresión de silencioso ceremonial se acrecentaba con la llama azulada de un pequeño quinqué de gas que alumbraba en la esquina. En el dédalo de puertas, cornisas y escondites, me resultaba difícil encontrar la entrada del restaurante. «Saldré a la ciudad —decidí de repente—. Comeré algo afuera. Seguro que habrá una buena pastelería».

Al salir, me envolvió el aire pesado, húmedo y dulce de ese clima tan particular. El crónico grisor del ambiente penetraba con más tonalidades. Era como si el día fuese visto a través de un cendal de duelo.

No podía saciar mis ojos con la aterciopelada y jugosa negrura de las zonas más oscuras, con la gama de grisores apagados de cenizas afelpadas que recorrían los parajes de tonos aturdidos y rotos por el silenciador del teclado. Era el nocturno del paisaje. El aire, abundante y arrugado, rodeó mi cara con su suave capa. Tenía el sabor dulzón del agua de lluvia estancada.

¡De nuevo vuelven en sí los susurros de los bosques negros, los acordes sórdidos, los espacios turbulentos y alejados de la escala de la credibilidad!

Permanecí en el patio trasero del Sanatorio. Observé los altos muros, rotos en forma de herradura, de la oficina principal. Las ventanas se cerraban con rejas negras. Atravesé el portal de verjas de hierro. A su lado se hallaba una caseta para el perro de extraordinario tamaño. Me volvió a tragar, me abrazó el bosque negro y anduve a ciegas, con ojos cerrados, pisando el crujiente tapiz de agujas de pino. Cuando se hizo la luz, se bosquejaron entre los árboles los contornos de las casas. Di unos pasos hacia atrás y me hallé en una amplia plaza.

¡Extraño y confuso parecido con la plaza Mayor de nuestra ciudad natal! ¡Cómo se asemejan, en realidad, todas las plazas del mundo! ¡Casi los mismos edificios y las mismas tiendas!

Las aceras estaban vacías. El fúnebre y tardío semialbor de una época indefinida neviscaba del cielo grisáceo. Leía con facilidad los rótulos de letreros y carteles y, no obstante, no me habría sorprendido si alguien me hubiese dicho que había llegado la noche… sólo algunas tiendas abrían.

Otras, con las persianas semibajadas, cerraban sus puertas apresuradamente. El aire abundante y poderoso, el aire embriagador y opulento, absorbía en ocasiones una parte de la visión y borraba como si fuese una esponja húmeda las casas, una farola, el trozo de un letrero. A ratos, resultaba difícil levantar los párpados adormecidos por la modorra. Me dispuse a buscar la tienda del óptico mencionada por mi padre. Hablaba de ella como algo muy conocido, como si yo estuviera al corriente de las relaciones locales.

¿Acaso no sabía que era la primera vez que estaba aquí? Sin duda, debía confundirse. ¡Mas, qué podía esperarse de un padre semireal que vivía una existencia tan condicionada, relativa y limitada por tantas restricciones!

Es imposible disimular la fuerza de voluntad que necesitaba para concederse una forma de vida. Era un deplorable sucedáneo del vivir dependiente de la indulgencia general, de ese consensus omnium de donde succionaba su savia. Se evidenciaba que sólo gracias a la benevolencia solidaria, a ese cerrar de ojos ante las obvias y chocantes deficiencias de la situación, podía mantenerse en realidad la triste ilusión de su vida. La más inocente oposición hacía que tambalease, el más leve soplo le derrumbaba. ¿Le aseguraba el Sanatorio del doctor Gotard esa cálida atmósfera de indulgencia tolerante que le protegía de los fríos vientos de la sobriedad y la crítica? Resultaba extraño que en ese estado de amenazado y cuestionado, el padre supiese afirmar su firme personalidad.

Me alegré al ver el escaparate de la pastelería lleno de pasteles y tartas. Mi apetito se reanimó. Abrí la ventana de cristal que tenía el letrero «Helados» y penetré en el oscuro local. Olía a café y vainilla. Surgió desde el fondo una señorita con la cara borrada por el ocaso que tomó nota. Por fin, después de tanto tiempo, podía hartarme de deliciosos buñuelos bañados en café. En la oscuridad, rodeado por los arabescos giratorios del amanecer, ingería pastel tras pastel sintiendo cómo sombríos torbellinos se introducían bajo mis párpados y cómo, tácitamente, se apoderaba de mi interior, con pálidas pulsaciones, un cosquilleo de delicados tactos. Al final, sólo el rectángulo de la ventana brillaba como una sombra gris en la oscuridad total. Golpeé en vano la mesa con mi cucharita: nadie apareció para cobrar el importe de la consumición. Dejé una moneda de plata sobre la mesa y salí a la calle. En la librería de al lado había una luz encendida. Los dependientes ordenaban los libros. Pregunté por la tienda de mi padre y un muchacho servicial se acercó hasta la puerta para indicármelo:

—Es justo el segundo negocio después del nuestro —indicó.

El portal era de vidrio y el escaparate, aún sin terminar, estaba tapado con un pliego de papel gris. En la entrada avisté con sorpresa que los clientes llenaban la tienda. Mi padre, detrás del mostrador, sumaba, ensalivando el lápiz con frecuencia, una larga cuenta. El cliente, inclinado sobre el mostrador, seguía con el dedo índice cada nueva cifra contando a media voz.

El resto de los visitantes seguía en silencio. Mi padre me envió una mirada por encima de las gafas y me dijo, sujetando su dedo en la posición en que lo había detenido:

—Hay una carta para ti; está en el escritorio, entre los papeles —y de nuevo se hundió en las operaciones.

Mientras tanto, los dependientes separaban las mercancías compradas y las envolvían atándolas con cuerdas. La mayoría de las estanterías estaban desocupadas, otras, sólo en parte, tenían telas.

—¿Padre, por qué no se sienta? —pregunté con cautela al situarme detrás del mostrador—. Estando tan enfermo no se cuida nada.

Levantó la mano con ademán defensivo como si quisiera alejar mis argumentos y no interrumpir sus cuentas. Parecía estar en mal estado. Estaba claro que sólo una excitación artificial, una actividad febril sostenía sus fuerzas que retrocedían en el instante de su hundimiento definitivo. Fui a ver en el escritorio. Se diría más bien un paquete que una carta. Algunos días antes, había escrito a una librería sobre alguna obra pornográfica y ahora me era enviada aquí: habían encontrado mi dirección o, más bien, la de mi padre quien, no obstante, acababa recientemente de abrir una tienda sin letrero ni anuncio. ¡Qué notable servicio de datos, qué organización digna de los mayores elogios! ¡Y esta sorprendente rapidez!

—Puedes leer con comodidad en la trastienda —dijo entonces mi padre dirigiéndome una mirada descontenta—. Puedes observar que aquí no hay sitio.

La trastienda estaba todavía vacía. Un poco de luz se filtraba por la puerta de vidrio. Colgaban en las paredes las capas de los empleados. Abrí la carta y me puse a leerla bajo la débil luz que venía de la tienda. Se me comunicaba que el libro pedido no se hallaba desafortunadamente en el almacén. Habían emprendido su búsqueda, pero sin prejuzgar el resultado; la firma se permitía enviarme entretanto, sin compromiso por mi parte, un cierto artículo que, pensaban, podía interesarme. Seguía la complicada descripción de un «anteojo astronómico plegable» dotado de un gran poder de aumento y otras cualidades. Intrigado, saqué del embalaje ese instrumento hecho con una especie de tela negra embetunada, rígida y plegada en acordeón. Siempre tuve debilidad por los telescopios. Comencé a desplegar el aparato, replegándolo muchas veces sobre sí mismo. Vi desenvolverse bajo mi mano un enorme fuelle tensado por finas varillas que estiraba su capota vacía sobre toda la longitud de la habitación, el laberinto de oscuras celdillas, la larga serie de habitaciones oscuras que se encajaban entre sí. El conjunto evocaba un largo carruaje de tela lacada, una especie de accesorio teatral que intentaba imitar la masificación de lo real con su material de papel y arpillera. Pegaba mi ojo a la extremidad negra del anteojo y advertía al fondo, apenas distinguida, la fachada trasera del Sanatorio. Lleno de curiosidad, me clavaba más tiempo en la cámara del aparato. Podía seguir ahora con el objetivo a la limpiadora que andaba, con una bandeja en la mano, en la penumbra del color. Ella dio la vuelta y salió. «¿Me veía?», me preguntaba yo. Una invencible somnolencia recubría mis ojos con bruma. Estaba sentado en la habitación detrás del anteojo exactamente igual que en un auto. Un ligero movimiento de la palanca y el aparato se estremecía como una mariposa de papel al batir sus alas: sentía que se ponía en movimiento y que me arrastraba hacia la puerta. Como una gruesa oruga negra partía el anteojo hacia la sala esclarecida —tronco articulado, gran cucaracha de papel que tenía dos imitaciones de faros—. Los compradores retrocedieron en desorden ante este dragón ciego, los dependientes abrieron el portón que daba a la calle y yo me fui así, lentamente en este carruaje de papel, entre dos filas de gente que seguían con una mirada indignada esa salida verdaderamente escandalosa.

 

III

Así se vive en esta ciudad y así pasa el tiempo. La mayor parte del día se duerme y no solamente en la cama. No, en este punto no hay problemas. En cualquier día y a cualquier hora uno está dispuesto a echarse una sabrosa cabezadita. Soñamos con la cabeza apoyada sobre una mesa del restaurante, en el simón, o incluso, de pie en el vestíbulo de una casa donde se entra de paso y se cede, durante un instante, a la irresistible necesidad del sueño.

Al despertarnos, todavía torpes y mareados, reemprendemos la conversación interrumpida, proseguimos el poroso camino, continuamos el complicado asunto que no tiene principio ni fin. Así se extravían por el camino, no se sabe cómo, espacios enteros de tiempo; perdemos el control sobre la sucesión del día, terminamos por dejar de presionarlo y, sin pena, abandonamos el esqueleto de la cronología incesante que, antaño, debido al vicio y a la disciplina de cada día, acostumbrábamos a controlar estrictamente. Hace mucho que sacrificamos esa constante disposición a rendir cuentas del tiempo pasado, esa escrupulosa manía de contabilizar hasta el último minuto las horas consumidas que eran el orgullo y la ambición de nuestra economía. Hace mucho tiempo que capitulamos de esas virtudes cardinales que no conocieron jamás vacilación ni error.

Algunos ejemplos servirán para ilustrar ese estado de cosas. A cualquier hora del día o de la noche —la coloración apenas visible del cielo marca la diferencia— me despierto cerca de la balaustrada del puente que conduce al Sanatorio. Es el crepúsculo. Debí, vencido por el sueño, vagabundear durante largo tiempo antes de alcanzar, mortalmente cansado, ese puentecillo. No puedo decir si en el recorrido me acompañó el doctor Gotard quien, ahora, se encuentra delante de mí terminando una larga deliberación con algunas conclusiones definitivas. Arrastrado por su propia elocuencia me agarra del brazo y me lleva consigo. Le obedezco y, antes de cruzar los chirriantes tablones de la pasarela, me vuelvo a dormir.

A través de los párpados entrecerrados veo confusamente la persuasiva gesticulación del doctor, su sonrisa en el interior de la barba negra, y trato de comprender sin conseguirlo ese capítulo, ese paso lógico, ese triunfo final que corona la cumbre de su argumentación. No sé cuánto tiempo continuamos, codo a codo, sumidos en una conversación plagada de malentendidos, cuando, repentinamente, me despierto; el doctor Gotard ya no está y es noche profunda. Mas ello se debe a que tengo los ojos cerrados. Los abro y me encuentro en una habitación desconocida.

He aquí otro ejemplo aún más drástico: a la hora de comer entro en un restaurante de la ciudad, en el barullo confuso y desordenado de los comensales. Y, ¿a quién veo en medio de la sala, delante de una mesa que se hunde bajo el peso de los alimentos? A mi padre. Todos los ojos se fijan en él y éste, resplandeciendo con un alfiler de brillantes, inusualmente animado y eufórico hasta el éxtasis, se dobla afectuosamente a todos lados manteniendo una prolija conversación con los presentes. Con un ardor artificial que no pude observar sin inquietud, pide platos diferentes que se amontonan sobre la mesa. Sin haber acabado el primero, los va acumulando con deleite a su alrededor. Chascando la lengua, mascando y hablando a la vez demuestra con gestos y rictus estar muy satisfecho por el banquete y, con la mirada encantada, sigue a don Adas, el camarero, dándole sin cesar nuevas órdenes con una sonrisa amorosa. Y cuando el mozo, agitando la servilleta, corre a cumplirlas, el padre, implorando, hace un llamamiento general y toma a todos por testigos del irrefutable hechizo de ese Ganimedes.

—¡Un muchacho inestimable! —exclama con una sonrisa feliz entrecerrando los ojos—. ¡Un ángel! ¡Reconozcan señores que es encantador!

Me retiro de la sala disgustado sin que él me haya advertido. Si hubiera sido puesto por la dirección del hotel para animar a los huéspedes no se habría comportado de forma más provocativa y ostentosa. Con la cabeza humeante me dirijo a casa tambaleándome por las calles. Apoyo la cabeza sobre un buzón y echo una corta siesta. Al final, tanteo en la oscuridad el portal del Sanatorio y entro. La habitación está oscura. Aprieto el interruptor, pero la electricidad no funciona. Sopla el frío desde la ventana. La cama chirría en la tenebrosidad.

El padre levanta la cabeza de las sábanas y dice:

—¡Oh, Josef, Josef! Hace dos días que estoy aquí sin ningún cuidado, los timbres están cortados, nadie viene a verme y hasta mi propio hijo me abandona, a mí que estoy gravemente enfermo, para perseguir a las muchachas de la ciudad. Fíjate cómo me palpita el corazón.

¿Cómo conciliar las dos cosas? ¿Está mi padre sentado en el restaurante, poseído por la insana afición de la glotonería, o bien descansa en su cuarto gravemente enfermo?

Todos sabemos que ese elemento indisciplinado mantiene las riendas gracias a cuidados incesantes, una minuciosa preocupación y la detallada regulación y corrección de sus excesos. Desprovisto de esa tutela, tiende inmediatamente a cometer infracciones, salvajes aberraciones, bromas imprevisibles o deformaciones bufonescas. Con creciente claridad se dibuja la incongruencia de nuestros tiempos individuales. El tiempo de mi padre y el mío no coinciden.

Dicho sea de paso, el reproche de la liviandad de costumbres que me hizo es una insinuación carente de fundamento. No me acerqué a ninguna muchacha. Apenas percibía la presencia del bello sexo local, comenzaba a oscilar borracho de sueño en sueño.

La crónica ausencia del ocaso en las calles ni siquiera permitía diferenciar los rostros. Lo único que logré observar —como hombre joven mantengo un cierto interés en este campo— fue la particular manera de andar de estas señoritas. El andar obstinadamente recto que no cuenta con obstáculos, obediente a un ritmo anterior, a una ley que se desenvuelve al hilo de un trote rectilíneo lleno de precisión y gracia mesurada.

Cada una lleva en sí una regla diferente e individual como un muelle tendido.

Cuando caminan así, derechas, concentradas y serias, parece que sólo les preocupa un desvelo: no perder nada de esta regla, no equivocarse, no alejarse de ella ni un milímetro. Entonces se hace evidente que aquello que, con tanta atención y cuidado llevan, no es otra cosa que una idée fixe de su propia perfección que, al someterse a la fuerza de su convicción, se realiza. Es una especie de anticipación emprendida con riesgo propio, sin garantía, un dogma intocable elevado por encima de toda duda.

¡Qué faltas y defectos, qué narices respingonas o chatas, qué pecas y granos contrabandean con bravura tras el escudo de la ficción! No hay fealdad ni vulgaridad que la elevación de esa fe no empuje hacia el imaginario firmamento de la perfección.

Gracias a la fe sus cuerpos embellecen y las piernas —realmente bien formadas y elásticas, calzadas impecablemente— hablan en su andar, explican el fluido y centelleante monólogo de sus pasos, la riqueza de la idea que el rostro hermético silencia por orgullo.

Esconden las manos en los bolsillos de sus cortas chaquetas apretadas. En el café, en el teatro, cruzan las piernas descubiertas hasta la rodilla con elocuente silencio. Esta es, de pasada, una de las peculiaridades de la ciudad. Ya mencioné la tenebrosa vegetación. Vale la pena observar un cierto tipo de helecho negro cuyos enormes haces adornan los jarrones de cada casa y cada local público. Es un símbolo de duelo, el escudo fúnebre de la ciudad.

 

IV

La atmósfera del Sanatorio se hace día a día más insufrible. No podemos negar que, simplemente caímos en una trampa. Desde mi llegada, cuando dibujaron ante mí algunas ilusiones de preocupación hospitalaria, a la dirección del hospital ni siquiera le ha importado ofrecernos muestras aparentes de cuidados. Estamos abandonados a nosotros mismos. Nadie se ocupa de nuestras necesidades. Sé desde hace tiempo que los cables eléctricos terminan justo encima de las puertas y que no conducen a ninguna parte. El servicio no aparece. Durante el día y la noche, los pasillos permanecen sumidos en la oscuridad y el silencio. Estoy profundamente convencido de que somos los únicos huéspedes del Sanatorio y que las misteriosas y discretas muecas de la limpiadora al cerrar las puertas de las habitaciones, son simples mistificaciones.

A veces, me gustaría abrir de par en par esas puertas y dejarlas así, para desenmascarar la deshonesta intriga que nos envuelve.

No obstante, no estoy completamente seguro de mis sospechas. Con frecuencia, muy entrada la noche, veo al doctor Gotard en el pasillo, apresurado, con bata blanca y una jeringa en la mano, precedido por la doncella. En estas circunstancias me resulta difícil detenerlo y ponerlo entre la espada y la pared con una pregunta definitiva.

Si no fuese por el restaurante y la pastelería de la ciudad, uno se podría morir de hambre. Hasta el momento no he podido conseguir la otra cama. Y ni hablar de sábanas limpias.

Hay que reconocer que la relajación general de las costumbres no nos perdonó. Meterse en la cama con la ropa y los zapatos puestos fue siempre para mí, como para cualquier hombre civilizado, algo impensable. Sin embargo, regreso ahora tarde a casa borracho de somnolencia; en la habitación reina la penumbra y un soplo de frío infla los visillos de la ventana. Alocado, me tiro en la cama y anido entre los edredones. Duermo así durante irregulares espacios de tiempo, días o semanas, viajando a través de los desérticos paisajes del sueño, siempre de camino, surcando las empinadas rutas de la respiración, deslizándome unas veces suave y elásticamente desde leves crestas, y otras, trepando penosamente la pared perpendicular del roncar. Al alcanzar la cumbre abarco los vastos horizontes de ese rocoso y sordo páramo onírico. A alguna hora, en un punto desconocido, en una curva cerrada del ronquido, me despierto seminconsciente y siento a mis pies el cuerpo de mi padre. Allí duerme, ovillado y pequeño como un gatito. Me vuelvo a dormir con la boca abierta y todo el panorama del paisaje montañoso resbala a mi lado en olas majestuosas.

En la tienda mi padre desarrolla una animada actividad: lleva transacciones y moviliza su oratoria para convencer a los clientes. Sus mejillas se sonrojan y los ojos brillan. En el Sanatorio yace en la cama, gravemente enfermo, igual que las últimas semanas en casa. Es difícil disimular que el proceso se acerca con paso largo hacia el final fatal. Con una voz débil me dice:

—Deberías pasar más a menudo por la tienda, Josef. Los dependientes nos roban. Tú ves que ya no puedo con la tarea. Aquí estoy, desde hace semanas, clavado a la cama, mientras la tienda decae abandonada a su destino. ¿No hubo alguna carta de casa?

Comienzo a deplorar toda la aventura. No se puede decir que hayamos tenido una idea feliz al enviar a mi padre aquí, seducidos por una ruidosa publicidad. El tiempo retrasado… suena bien, pero ¿qué es en realidad? ¿Se recibe aquí el tiempo honesto y válido, el tiempo reciente oloroso a novedad y pintura? Al contrario. Está desgastado, ha sido usado por la gente y este tiempo agujereado transparenta como un tamiz.

No es de extrañar que sea, de algún modo, un tiempo vomitado —entendámonos bien—, un tiempo de segunda mano. ¡Por Dios!…

Y además, toda esa manipulación inconveniente del tiempo. Esos complots perversos, esa manera de sorprender su mecanismo por la espalda, el arriesgado manoseo de sus delicados misterios.

En ocasiones apetece golpear la mesa y gritar a plena garganta: ¡Basta! ¡Las manos fuera del tiempo! ¡El tiempo es intocable, prohibido tocarlo! ¿No tenéis suficiente con el espació? El espacio es para el hombre, en el espacio podéis oscilar hasta hartaros, dar volteretas, saltar de estrella en estrella. ¡Pero, por el amor de Dios, no toquéis el tiempo!

De otro lado, ¿acaso se puede exigir de mí que rompa el acuerdo con el doctor

Gotard? Por muy mísera que sea la existencia del padre, al fin y al cabo puedo verlo, estoy con él, le hablo… En realidad debo estarle infinitamente agradecido.

Alguna vez quise hablarle abiertamente. Pero el doctor Gotard es inaccesible.

—Acaba de irse a la sala del restaurante —me informa la limpiadora.

Me encamino hacia allí y la muchacha me alcanza para decirme que estaba equivocada, que el doctor se encuentra en el quirófano. Me dirijo al primer piso pensando qué tipo de operaciones se efectuarían; entro en el vestíbulo y, obviamente, me hacen esperar. El doctor Gotard saldrá en un instante, precisamente acaba de finalizar la intervención y está lavándose las manos. Casi lo veo: pequeño, da largos pasos recorriendo las salas del hospital. ¿Y qué sucede? El doctor Gotard ni siquiera había estado allí, desde hacía años no realizaba ninguna operación. El doctor Gotard dormía en su habitación, su barba negra apuntaba al aire.

El cuarto se llena de ronquidos parecidos a ovillos de nubes que crecen, se amontonan y transportaban sobre su cúpula al doctor Gotard junto a su cama, más y más alto, en una gran resurrección patética que asciende sobre el oleaje de sábanas hinchadas.

Ocurren cosas todavía más extrañas, cosas que oculto ante mí mismo, cosas fantásticas por su absurdidad. Cuantas veces salgo de la habitación me parece que alguien se aleja apresuradamente de la puerta y tuerce por un pasillo lateral. O bien, alguien va delante de mí sin darse la vuelta: no es la enfermera. ¡Sé quién es! ¡Mamá!—exclamo con la voz temblando de excitación— y la madre se mueve un momento y me mira con una sonrisa implorante. ¿Dónde estoy? ¿Qué sucede? ¿En qué madriguera me enredé?

 

V

No sé si es la influencia de la estación tardía, pero los días toman un color más solemne, se ensombrecen, oscurecen. Es como si mirásemos el mundo a través de unas gafas negras.

El paisaje es el fondo de un acuario de pálida tinta. Los árboles, las gentes y las casas se funden en contornos negros que tremolan como plantas submarinas en la hondura de la profundidad de tinta.

Los alrededores del Sanatorio están repletos de perros negros. De varios tamaños y formas, barren al anochecer los caminos y senderos sumidos en sus asuntos caninos, silenciosos, tensos y atentos. Pasan corriendo de dos en dos, de tres en tres, con los cuellos estirados, levantadas las puntiagudas orejas, y un plañidero sonido del sigiloso aullido se escapa de sus gargantas señalando una honda indignación. Preocupados con sus problemas, con prisas, siempre en camino, siempre persiguiendo un final incomprensible, apenas se fijan en los transeúntes. Sólo en alguna ocasión los escrutan fugazmente con su mirada bizca y tenebrosa, dejando percibir una rabia frenada por la falta de tiempo. A veces, dejan escapar su ira y se acercan gruñendo, la cabeza agachada, al maléolo de la pierna renunciando a su objetivo a mitad de camino y continuando en la lejanía sus danzas perrunas. No hay remedio que oponer a esta plaga de perros, pero ¿por qué diantres la dirección del Sanatorio tiene, atado a una cadena, un enorme pastor alemán, una bestia aterradora, un hombrelobo de ferocidad satánica?

Se me pone la carne de gallina cuando paso al lado de la caseta donde él está inmóvil, sujeto con una corta cadena, el peludo cuello salvajemente erizado y la maquinaria de su grandiosa boca llena de colmillos. Jamás ladra y tan sólo, al ver a un hombre, su rostro arisco se vuelve todavía más terrible, sus rasgos se congelan en la expresión de un odio insondable y, alzando pausadamente su horrible hocico, es sacudido por las convulsiones de un ardiente aullido, sacado del fondo del odio, en el que se concentra el dolor y la desesperación de la impotencia.

Mi padre pasa indiferente cerca de esta bestia feroz cuando salimos juntos del Sanatorio. En cuanto a mí, cada vez me estremece más esa viva manifestación de odio impotente. Ahora, supero en dos cabezas a mi padre, quien, pequeño y delgado, camina a mi lado con su diminuto paso de anciano.

Al aproximamos al mercado vemos un movimiento inusual. Las multitudes recorren las calles. Nos llegan noticias increíbles sobre la entrada de un ejército enemigo en la ciudad. En medio de la consternación general la gente transmite informaciones alarmantes y contradictorias. Es difícil de comprender. ¿Una guerra no precedida de negociaciones diplomáticas? ¿Una guerra interrumpiendo una paz bondadosa y no enturbiada por ningún conflicto? ¿Guerra: contra quién, por qué? Nos dicen que la invasión del ejército enemigo alentó a un grupo de descontentos de la ciudad, que atestaron la calle con armas en la mano aterrorizando a los pacíficos habitantes. De hecho, observamos cómo un grupo de hombres, con negros trajes civiles y blancos cinturones cruzados en el pecho, avanzaban en silencio inclinando sus carabinas. La multitud se abría a su paso, se apretujaba en las aceras, mientras ellos seguían su desfile enviando debajo de sus sombreros de copa miradas irónicas, sombrías —en las que aparecía un sentimiento de superioridad, el destello de una maliciosa alegría— y guiños de ojos sobreentendidos, como si retuvieran una carcajada que iba a desenmascarar toda esa mistificación. Algunos son reconocidos por el gentío, mas las alegres exclamaciones expiran ante la amenaza de los cañones reclinados. Pasan a nuestro lado sin meterse con nadie. Las calles se vuelven a llenar de una muchedumbre inquieta, atemorizada y taciturna. Un murmullo confuso cruza la ciudad. Parece que se oyen en la lejanía los zumbidos de la artillería, el retumbar de los arcones.

—Tengo que llegar hasta la tienda —dice mi padre, pálido pero decidido—. No hace falta que me acompañes —añade—, no harías más que estorbarme. Es mejor que regreses al Sanatorio.

La voz de la cobardía me aconseja obedecer. Observo cómo el padre penetra en la compacta pared humana y lo pierdo de vista.

Me escurro por las callejuelas laterales hacia la parte alta de la ciudad. Me doy cuenta de que lograré evitar el centro bloqueado por la masa humana.

Allí, en aquella porción urbana, la multitud es menos numerosa y termina despareciendo. Avanzo tranquilamente por los paseos vacíos del parque municipal. Las farolas brillaban con una luz leve y azulada como fúnebres asfódelos. Alrededor de cada una bailaba un enjambre de abejorros, pesados como balas de fusil, que volaban en diagonal con un aleteo oblicuo.

Algunos, los que caían a tierra, se arrastraban desmañadamente en la arena, encorvados y con los caparazones abultados, intentando esconder las delicadas membranas de sus alas. En los céspedes y las alamedas paseaban transeúntes sumergidos en despreocupadas conversaciones. Los últimos árboles se asoman sobre los patios de las casas que se sitúan abajo, apoyadas contra el muro del parque. Anduve a lo largo de esta muralla que me llegaba al pecho por un lado pero que, desde el otro, descendía hasta el nivel del patio en escarpas que tenían la altura de un piso. En un lugar, una rampa de tierra lo atravesaba y se reunía con la muralla. Franqueo sin dificultad una barrera y, cruzando un estrecho dique que pasa entre paredes aprisionadas, me encuentro en la calle. Mis cálculos, asentados en una maravillosa intuición espacial, resultaron exactos; me hallaba casi enfrente del Sanatorio, cuya oficina blanqueaba indecisa en el negro marco de la floresta.

Entro como de costumbre por la puerta de atrás, supero por el portón la cerca metálica y percibo desde lejos al perro en su puesto. Me estremezco con un escalofrío de aversión al verlo.

Quiero evitarlo lo más rápidamente posible para no escuchar un gemido de odio desgarrado en el fondo de su corazón cuando, atemorizado, sin que mis ojos lo crean, veo cómo se aleja saltando de su nicho y como, suelto, recorre el patio con un ladrido sordo que parece salir del fondo de un túnel.

Petrificado por el miedo retrocedo hacia el rincón opuesto más alejado, y, buscando instintivamente un refugio, me escondo en un pequeño cenador consciente de la vanidad de mis esfuerzos. La bestia peluda se aproxima brincando, y ya su morro aparece en la entrada del cenador atrapándome en la trampa. Más muerto que vivo, observo que ha desplegado la cadena que arrastraba tras de sí por el patio y que la pérgola está fuera del alcance de sus colmillos. Maltratado y aplastado por el terror, apenas experimento un escaso alivio. Tambaleándome, a punto de desmayarme, levanto la mirada. Nunca lo había visto tan de cerca y es ahora cuando las escamas caen de mis ojos. ¡Qué grande es el poder de sugestión y del miedo! ¡Qué ceguera! ¡Es un hombre! Un hombre encadenado a quien, en una aproximación metafísica simplista, he tomado por un perro. Indudablemente, era un perro bajo forma humana. La naturaleza canina es un factor interno que puede revestir exteriormente un cuerpo animal o humano. Aquel que estaba delante de mí en el vano del cenador con la bocaza abierta, mostrando todos los dientes con un terrible gruñido, era un hombre de mediana edad, moreno. El rostro amarillento, huesudo; los ojos negros, maliciosos y desagradables. Juzgando su traje negro y la barba bien recortada, podría ser tomado por un intelectual, un sabio. Podría ser el hermano mayor del doctor Gotard. Mas, esa primera apariencia engañaba. Sus enormes manos manchadas con pegamento, dos surcos brutales y cínicos alrededor de la nariz perdiéndose en la barba, unas vulgares arrugas horizontales en su baja frente, disiparon rápidamente la primera impresión. Era más bien un encuadernador, un gritón, un orador de mítines, un activista violento atormentado por pasiones explosivas. Precisamente allí, en los abismos de la pasión, en el erizamiento convulso de sus fibras, en la furia enloquecida, ladrando rabiosamente contra la punta del bastón, se convertía en un perro cien por cien.

Si franqueara la pared trasera del cenador —pienso— estaría totalmente a salvo de su rabia y alcanzaría la puerta del Sanatorio. Estoy a punto de pasar las piernas por la barandilla, cuando, repentinamente, me detengo en la mitad del movimiento sintiendo que sería demasiado cruel irse así y dejarlo con su rabia sin límite. Me imagino su enorme desilusión, su dolor inhumano al verme escapar de la trampa alejándome para siempre. Me quedo. Me acerco a él y con voz tranquila, natural, le digo:

—Tranquilícese, lo voy a soltar.

Al oírlo, su cara, convulsionada por temblores, vibrante de rugidos, se relaja, se apacigua, y emerge su rostro casi humano. Me aproximo sin temor y le abro el collar. Ahora, caminamos codo a codo. El encuadernador lleva un buen traje negro, pero está descalzo. Intento establecer una conversación, mas de sus labios sólo sale un balbuceo incomprensible. En sus ojos negros y expresivos leo un ataque entusiasta de afecto y simpatía que me colma de temor. A veces tropieza en una piedra o en un terrón de tierra y, entonces, bajo el efecto de la conmoción, su cara se rompe, se descompone, el miedo acechante se prepara para saltar y, detrás, una explosión de cólera espera el momento para rehacer un nido de víboras. Entonces, le largo una ruda advertencia de camarada. Incluso, le golpeo en la espalda. Observo cómo se dibuja en su cara una semisonrisa sorprendida, sospechosa e incrédula. ¡Oh! ¡Cuánto me pesa esa terrible amistad! Me horroriza su simpatía singular. ¿Cómo deshacerse de ese hombre que camina a mi lado, que pega su mirada a la mía con toda la pasión de su alma canina? No obstante, no sabría revelar mi impaciencia. Saco la cartera y me dirijo a él con voz decidida:

—Supongo que necesita dinero, con mucho gusto se lo puedo prestar.

Pero, después de escucharme, su cara adquiere una expresión de terrible ferocidad y rápidamente guardo mi cartera. Durante largo rato no logra tranquilizarse ni controlar sus rictus deformados por los temblores de sus gemidos. No, no lo aguanto más. Todo menos eso. Los sucesos se complicaron demasiado, se enredaron sin solución.

La luminaria de un incendio se eleva Sobre la ciudad. Mi padre allí, en medio de la revolución, en la tienda que arde en llamas; el doctor Gotard inalcanzable y, además, la inexplicable aparición incógnita de mi madre con una misión secreta…

Son los eslabones de una grandiosa e incomprensible intriga que se cierne alrededor de mi persona. Huir, huir de aquí. Sacudirse esa horrible compañía, librarse de ese encuadernador que apesta a perro y no me quita el ojo de encima. Nos hallamos delante de la puerta del Sanatorio.

—Pase a mi cuarto —le digo con gesto amable.

Los ademanes civilizados le fascinan, adormecen su salvajismo. Dejo que pase primero y consigo que se siente en una silla.

—Voy al restaurante a buscar un poco de ginebra —anuncio.

Al oírlo se levanta atemorizado con intención de acompañarme. Logro calmarle utilizando una suave firmeza.

—Usted se quedará aquí sentado y esperará tranquilamente —mi voz es profunda, vibrante, tiembla en el fondo con un miedo oculto. Se vuelve a sentar y esboza una sonrisa insegura.

Salgo y, despacio, avanzo por el pasillo, bajo la escalera, cruzo el corredor hacia la salida, dejo atrás el patio, franqueo el portal, cierro las rejas de hierro y comienzo a correr, faltándome el aliento y sintiendo el pulso en las sienes, por la sombría alameda que conduce a la estación del ferrocarril. En la cabeza se me acumulan imágenes, más temibles unas que otras. La inquietud del monstruo, su temor, su desolación cuando se dé cuenta que ha sido engañado. La renovación de su furor, la reincidencia de su rabia explotando con una furia irrefrenable. El regreso de mi padre al Sanatorio, quien llama a la puerta y se encuentra cara a cara con la bestia feroz…

Qué suerte que mi padre ya no viva de verdad, que prácticamente no le afecte, pienso con alivio.

Veo delante mío una negra hilera de vagones de tren preparados para la salida. Monto en uno de ellos y el tren, como si hubiera estado esperándome, se pone en marcha suavemente, sin silbar.

Se desliza una vez más por la ventana el enorme plato del horizonte colmado de oscuros bosques bisbiseantes en medio de los cuales blanquean los muros del Sanatorio.

Desde aquel momento ruedo, siempre viajando, y de algún modo me afinco en el ferrocarril donde se me tolera cuando vagabundeo por los vagones. Los coches, amplios como habitaciones, están llenos de basura y paja. Corrientes de aire los atraviesan de principio a fin en días grises e incoloros.

Mi traje ha quedado hecho trizas. Me regalaron un uniforme gastado de ferroviario. Tengo la cara envuelta en un trapo sucio a causa de un pómulo hinchado. Dormito sentado sobre la paja y cuando tengo hambre me coloco en el pasillo ante los compartimientos de primera y canto. Me echan monedas pequeñas en el gorro de revisor, el gorro negro de ferroviario que tiene la visera suelta.

 

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