La cámara de torturas

Shintaro Ishihara

 

 

 

Katsumi entró al Moon. Ninguno de los tipos de la banda de Takeshima estaba allí. Al verle, los estudiantes que no habían ido a la fiesta, terminada ya hacía un buen rato, se levantaron de un salto y rodearon al joven junto a la puerta que quedaba al lado de la escalera.

Katsumi reconoció a algunos de aquellos bocazas, sobre todo a Tezuka, al que había deformado la cara por un asunto ocurrido dos meses antes. Les miró y se echó a reír.

—Tranquilizaos. Hoy no vengo por eso, en caso contrario no vendría solo. Si ya no están aquí estarán en el Caribe…

Se dio media vuelta. Sin sacar la mano del bolsillo izquierdo de su chaqueta, el codo rozando casi la barandilla, bajó rápidamente la escalera.

Los demás le miraron un poco decepcionados.

—¡Menudo imbécil! —exclamó uno de ellos.

Katsumi ya había llegado al rellano, pero escuchó el insulto. Sacó un cigarrillo del paquete que tenía guardado en el bolsillo, se lo metió lentamente en la boca, se giró con una sonrisa sarcástica dibujada en la cara y salió a la calle. Del cielo nocturno encapotado caía al fin una llovizna que apenas se sentía.

Katsumi se metió por un callejón y se detuvo frente al Caribe. Una camarera que acompañaba a un cliente hasta un taxi le dijo:

—Si buscas a tu amigo Takeshima, lo encontrarás en la sala del fondo con sus colegas. Entra mejor por la puerta de servicio. Está abarrotado.

En el callejón se amontonaban cajas y botellas vacías. Era tan estrecho que se vio obligado a pegarse de espaldas a la pared para poder pasar. La luminosidad casi violenta de la calle dio paso a una oscuridad pesada. Tiró la colilla que sostenía entre los labios, la aplastó con la suela del zapato con un sonido rechinante y se acercó a la sala del fondo de donde se escapaban risotadas de hombre. Abrió la puerta de un golpe y entró. En la sala se hizo el silencio. Había seis tipos en total. A dos de ellos no los había visto en la fiesta de Shinagawa. Con todas las miradas fijas en él, Katsumi sintió enseguida la tensión del ambiente. Todos esperaban una señal de Takeshima, que, finalmente, hizo un gesto con la cabeza para apaciguarles. Le pidió que se acercara.

—Amigo mío, ¿has venido?

—Evidentemente. Me he enterado de que el trabajito ha salido bien. Treinta mil billetes limpios, ¿no? Al treinta por ciento, hacen nueve mil para mí… ¿Estás de acuerdo?

—Bebe un trago —sugirió Takeshima—. ¿Qué te apetece, whisky?

Katsumi alcanzó un vaso.

—¿Qué marca?

—Nada famoso. VO, pero si prefieres ginebra…

—El VO está bien.

Uno de los tipos que estaba detrás le sirvió medio vaso. Él tenía uno de ginebra lleno hasta el borde.

Katsumi intuyó dónde estaba la escalera por la que subían y bajaban las camareras, por el tintineo de las botellas. Mientras bebía, radiografió la sala. Estaba casi vacía: algunas sillas, un par de mesas rústicas, nada de decoración. Debía de ser una sala de descanso para las camareras, también usada como trastero. En un rincón había dos cajas de whisky sin abrir. Uno de los tipos las usaba a modo de silla. Apoyado contra la pared, no dejaba de dar pataditas. Una única bombilla de cien vatios iluminaba con su luz cruda. Cerca de la puerta había otra, y colgada de su casquillo otra más, pero estaba apagada. El cabaré debía de estar en el primer piso.

Uno de ellos señaló con el dedo unas marcas rojas y azules pintadas en un calendario colgado de la pared.

—¿Qué será esto, los días de permiso de las camareras?

—¡Imbécil! Son las fechas de sus menstruaciones —dijo otro—. Fijaos bien para saber a quién tenéis que tirar los tejos.

La broma sólo hizo gracia a la mitad del grupo. De una sala difícil de localizar, llegaba el sonido de los acordes de una guitarra acompañados de las risotadas de unos clientes totalmente borrachos.

—Esto no es un bar para beber —dijo Katsumi—, no es frecuente un cliente con tan buen gusto como para que se traiga a un músico ambulante.

—La música viene de fuera.

Un tipo entreabrió la puerta.

—No, viene del bar.

Katsumi sonrió:

—¿Os aburrís? Sois muy raros. Nada como un grupo de amigos para pasar la tarde, ¿eh? Además en un tugurio como este… ¿Y las mujeres? ¿Os parece esto divertido?

—Hace poco ha ocurrido algo interesante —dijo Takeshima.

—Eso ha sido hace un rato. Imaginaba que iba a haber bronca, pero Ryoji se ha convertido en un inútil, en un rajado, un golfo, un blando… Es un don nadie. Me saca de quicio. Os obedeció como un corderito sin rechistar.

—Nada de eso. Al principio se resistió, pero le mostré mis argumentos y eso le calmó. Si no se habría liado una auténtica chanbara.

Takeshima miró a Katsumi sin dejar de reír. Se sacó del bolsillo interior de su chaqueta una caja demasiado grande como para contener sólo cigarrillos. La abrió. Dentro había una pistola pequeña con la empuñadura de marfil.

—No te preocupes —dijo—, la uso pocas veces. Bonita, ¿verdad? Pero te aseguro que hace daño. ¿Entiendes ahora por qué Ryoji ha obedecido?

La sacó del estuche, guiñó un ojo e hizo gesto de disparar a Katsumi. En sus ojos brillaba un resplandor insólito. Katsumi se esforzó por sonreír. Takeshima hacía saltar la pistola de una mano a otra. Al final, frotó la culata con la chaqueta.

—Un juguete de lo más eficaz, ¿no crees?

—¡Caray! Tiene un buen tamaño.

Katsumi alargó la mano para cogerla.

—¡Ni lo sueñes, está cargada! No eres de fiar.

—Eso dicen, pero, tranquilo, no sé bien cómo se usa.

—Mejor así para tus intereses.

Takeshima volvió a guardarla en el estuche y sonrió. «Ahora lo entiendo», pensó Katsumi furioso. «Sin el arma, Ryoji habría sabido cómo tratar a esa banda de aficionados».

Pensó en lo ocurrido aquella noche un rato antes. Vio claramente la cara de Ryoji arrinconado en el coche, obligado a contar los billetes con los dientes apretados para entregárselos a aquella banda de desgraciados. Ahora entendía por qué intentó salir disparado nada más ver la cara de Takeshima. Él, por su parte, observó la escena sin salir de su escondite.

«Acabo de tratarle de cobarde», se dijo Katsumi, «pero los verdaderos villanos son este Takeshima y sus compinches…».

—¿La empleas para chantajear a la gente? —le gritó a Takeshima—. Es un recurso de cabrones.

—Para conseguir pasta no hay método bueno o malo, no cuenta más que el dinero. Además, no tienes por qué venir aquí a gritarme. Eres tú quien ha vendido a tu amigo Ryoji. Incuso con las bromas hay límites. No lo olvides.

—Está bien, no lo olvidaré —respondió Katsumi sumiso. «Entonces es cierto, creen que soy yo quien le ha vendido, pero no vale la pena explicárselo. No lo entenderían. Seré yo quien le libere. En primer lugar de sí mismo, le obligaré a pelear… ¡No le he vendido en absoluto…!».

Comprendió que había caído en una trampa y sintió cómo le invadía la cólera. Cuando terminó el vaso de whisky miró con rabia a Takeshima.

Aquella noche, Ryoji y su hermano, íntimos de Katsumi, habían organizado una fiesta en un hotel de Shinagawa. Dos grupos musicales de moda habían asegurado el éxito y las entradas pronto se agotaron. La gente desbordaba la pista de baile, se desparramaba por el jardín iluminado con antorchas. Hacía fresco y algunos se acercaban para calentarse las manos. De entre todos ellos, llamaba la atención un luchador profesional extranjero que se alojaba en el hotel y bailaba con quien le parecía bien.

Katsumi pronto se dio cuenta de que había polis. No de servicio, pero polis en cualquier caso. Seguramente habían ido a echar un vistazo, a echar un trago.

—¿Cuántas entradas has vendido? —le preguntó Katsumi a Ryoji.

—Mil.

—¿Estás loco? ¡El aforo es de doscientas personas! El edificio entero tiembla. No hay un solo rincón libre, ni siquiera en los vestidores… Al menos habrás sacado un buen pellizco, ¿no?

—Después de pagar a los músicos me quedarán ochenta mil… Un negocio decente.

De todos los negocios que Ryoji emprendía, aquellas fiestas eran los más apacibles y lucrativos. De hecho, incluso había colocado publicidad en las entradas: «Bajo el patrocinio del club TR del Instituto K». Nadie llegó a sospechar siquiera que bajo aquellas misteriosas siglas se escondían las iniciales de su hermano y él.

No obstante, el éxito no compensaba siempre sus esfuerzos. A veces fracasaban por muy bien que eligieran el lugar, la fecha o las orquestas. Para los dos hermanos, aquellas fiestas eran el mejor caso práctico que podían encontrar relacionado con los cursos de comercio que les impartían en clase. Prestaban mucha atención a los detalles, a la calidad del servicio. Las fiestas siempre se organizaban de noche, sin embargo aún debían aprender a cómo regular las luces para crear una atmósfera acorde con la brumosidad y tranquilidad del exterior.

Pero todo aquello no era nada comparado con el esfuerzo y coraje que exigía la venta de entradas. No faltaban quienes se apostaban para vigilar la taquilla con el fin de apoderarse de la recaudación al terminar la noche. No les quedaba por tanto más remedio que salir pitando con la pasta para despistar a aquellos sinvergüenzas.

—Además de la banda de Takeshima, están los tipos del Instituto M —previno Katsumi a su amigo—. De momento están tranquilos, gracias a la policía.

—Lo sé. Ocho en total. He sido yo quien les ha llamado para asegurar el orden. Esos desgraciados no lo van a tener fácil conmigo…

—Pero saben que eres el organizador, ¿verdad?

—Imagino que sí.

—Si a pesar de todo han venido, eso quiere decir que esperan sacar tajada. La cosa se pone interesante.

—No hagas nada de momento. En media hora me largo en el coche de Katayama.

Mi hermano se encargará de todo. Mañana cuando la cosa se haya enfriado, ya me las arreglaré con ellos. Ahora no quiero riesgos.

—Entiendo. Parece buena idea.

A Katsumi se le ocurrió algo. Buscó entre la multitud a los tipos del Instituto M. Encontró a uno que parecía impresionado por la presencia de la policía.

—Esto marcha, ¿eh?

—¡Qué cantidad de gente!

Enseguida se acercaron sus compinches, que escrutaron suspicaces a Katsumi de arriba abajo.

—No te hagas el listo… No somos tan desgraciados como tú, ¿entiendes? Estamos aquí para bailar, al menos esta noche. Por cierto, ¿conoces a esos tipos del club TR? Habrán ganado un montón de pasta…

—¿No sabéis quiénes son los organizadores? ¿De verdad?

—Lo único que sabemos es que no son de los nuestros.

—Eres un pobre hombre… —dijo otro de ellos—. Date el piro, anda… Creíamos que estabas en el ajo.

—A mí me da igual quién organice el baile, pero hay una cosa que a vosotros quizá sí os interese.

Se llevó a Takeshima aparte.

—El baile lo organizan unos tipos de mi instituto, por eso no puedo entrar en el asunto. Si te doy el soplo y sale bien, ¿cuánto me das?

—¿De qué se trata?

—De la taquilla…

—Ni hablar. Al menos hay diez polis en la sala.

—Te digo que tengo un soplo.

Takeshima miró fijamente a Katsumi.

—El treinta por ciento.

—De acuerdo. He escuchado una conversación por casualidad. En media hora los organizadores se largan con la pasta. No arreglarán cuentas hasta mañana. El coche es un Ponty 54 de color crema. El tercero de la fila de la derecha. Lo único que tenéis que hacer es bloquear la calle al final de la pendiente.

—¿Estás de coña?

—Inténtalo… Piénsalo bien, ¿qué gano yo con engañaros? A las diez en punto iré a tu garito. No olvides que se trata de un mordisco de al menos treinta mil billetes.

—¿Conque un Ponty 54?

Takeshima se alejó y Katsumi pensó: «En cualquier caso, yo no pierdo nada. En el coche van Ryoji, su hermano y Katayama. Es posible que el hermano de Ryoji no haga nada, es un flojo. Pero con Ryoji y Katayama la cosa cambia… Hace tiempo que no veo a Ryoji en acción. Va a ser interesante… Si sale de esta, seguirá siendo el gran Ryoji».

Las expectativas por lo que pudiera ocurrir le excitaban tanto que no pudo evitar temblores de pura impaciencia.

«Si Ryoji se deja robar será una verdadera decepción. Dejaré de ser su amigo. Hace mucho tiempo que nos conocemos, mismo instituto, misma clase, mismo club… Pero le noto cambiado. Me molesta y no puedo hacer nada aparte de observarle. Antes hacíamos juntos los exámenes, íbamos detrás de las chicas, nos burlábamos de esos idiotas del instituto, de todo el mundo. Ryoji ha cambiado.  Siempre rechaza mis invitaciones y si se lo reprocho me dice que está harto de esos juegos. Hace tiempo íbamos a los billares del primer piso de aquel café donde nos encontrábamos con los del Instituto M. Conocían bien nuestros puños, por eso eran tan dóciles. Yo les miraba por encima del hombro, pero Ryoji les saludaba, quizá en un exceso de cortesía. Varios de aquellos tipos le perdieron el respeto, hasta que un buen día agarró un palo de billar y les dio una tunda que los dejó por los suelos. ¡Ese era el Ryoji de antes! ¿A dónde se habrá ido? Y pensar que antes le llamabas por teléfono para avisarle de que había pelea no sé dónde y le faltaba tiempo para vestirse y salir a voz en grito: “¡Ya voy, esperadme!”. Corríamos hasta la batalla, él sin dejar de lanzar su grito de guerra: “A Takata no baba”. A veces cuando llegábamos todo había terminado, pero a Ryoji le daba igual y empezaba a repartir de nuevo. ¿Y aquella noche poco antes de fin de año, cuando fuimos a un cabaré? Una de las chicas que trabajaba allí de gancho se acercó a saludarnos y nos dejó poco después para irse con unos clientes americanos que la insultaron y golpearon. Ryoji se levantó, tiró a uno de los tipos al suelo y empezó a patearle. Otro se levantó asustado y yo le di una patada que le dejó K. O. El tercero huyó despavorido. Los músicos dejaron de tocar, pero Ryoji les pidió educadamente que interpretasen Jingle Bell. Se dedicó entonces a patear a los yanquis al ritmo de la canción, animado por los aplausos de los clientes borrachos. El tipo que escapó fue a buscar a la policía militar y un empleado del local, que conocía a Ryoji de vista, nos previno:

—No vayáis por ahí. Os atraparán. Salid por la puerta que da a la escalera de atrás.

—Gracias, amigo —le dijo Ryoji con una inclinación de la cabeza.

Ninguno de los tres pudimos evitar las carcajadas».

Historias como aquella mezcladas con sake, mujeres y puñetazos, habían vivido a montones, pero de entre todas, la de los americanos era la preferida de Katsumi. Sólo recordarla le hacía sentir embriagado. Sin embargo, Ryoji sacudía la cabeza y decía con una falsa sonrisa: «Déjalo ya… No eran más que locuras de juventud».

—¡Locuras de juventud! ¿Acaso te sientes viejo?

Katsumi se impacientaba al darse cuenta de que Ryoji le abandonaba. En su gesto ahora se veía una cierta paz, se tumbaba en la hierba del patio de la escuela y sonreía al contemplar el cielo azul. «¿Qué es lo que ha cambiado tanto? ¿Nos hacemos mayores? ¿Qué pasa conmigo entonces?».

—¿Ha ocurrido algo últimamente de lo que no me haya enterado? —le preguntó en una ocasión.

—Nada. No hay cosas tan interesantes en este mundo.

—¿Cómo que no? ¡Maldita sea! No hables como si estuvieras de vuelta de todo.

—Últimamente me siento vacío.

—¿Qué quieres decir?

—Nada, pero no nos hemos comportado bien hasta ahora.

—No hemos hecho nada malo.

—Hemos sido unos críos, nos hemos dejado arrastrar por nuestros deseos, por nuestros caprichos, por la pura holgazanería. Hemos hecho lo que nos ha dado la gana sirviéndonos de nuestra fuerza, disponiendo de nuestro tiempo. ¿Cuánto podía durar eso? Miro atrás y me parece bien, pero me pregunto si debo estar orgulloso de ello.

—Por supuesto que sí.

—¿De verdad lo crees? ¿No sientes el más mínimo remordimiento? ¿Lo que haces es lo que de verdad quieres hacer? ¿Estás seguro de que eso es bueno para ti?

—Precisamente. Hago lo que me gustaría hacer. No sé comportarme ni actuar de otro modo.

—La rutina me desespera. No me gusta hacer las cosas por inercia.

—¿Cómo que inercia? Si haces lo que quieres no hay lugar para la inercia. ¿Qué te gustaría hacer ahora mismo? Piénsalo bien. Te lo pregunto otra vez: aparte de lo que hacíamos, de arriesgar nuestras vidas, ¿qué otra cosa existía? Quizá no era la parte más placentera de la vida, pero ¿qué otra cosa hay? ¿Pensar como ese Yoshimura? Odio sus palabras taimadas.

Katsumi hablaba y no dejaba de mirar a Ryoji.

—Por nada del mundo voy a ponerme a pensar en las razones de lo que hago —continuó—. Lo hago porque me da la gana. Con eso basta. Engañarse uno mismo con razonamientos incomprensibles me parece absurdo. Por mucho que me pare a reflexionar, no puedo descubrir el significado de lo que hago. Eso se descubre a medida que uno hace lo que quiere hacer. No soporto a esos tipos que sólo piensan y no hacen nada. Así no se puede descubrir lo que uno debería hacer.

Ryoji se limitó a sonreír.

Katsumi dejó a Takeshima y se dirigió al jardín. Se deslizó hasta el aparcamiento por detrás de los árboles. No dejaba de rumiar insistentemente la misma idea. «Si el asunto sale bien o no, no tiene importancia. Lo esencial es saber si Ryoji se achantará o no. En caso de que sí, ya no me interesa».

En el fondo esperaba que su amigo se resistiese, que de nuevo diese muestras de su valentía. En el caso de que la pelea se pusiera fea, él mismo se metería para ajustarle las cuentas a ese Takeshima.

El Ponty 54 conducido por Katayama aceleró. Ryoji y su hermano llevaban la caja con el dinero en el asiento trasero. El coche derrapó frente a la terraza para enfilar la pendiente flanqueada por un muro de piedra que conducía hasta la puerta principal. Katsumi atravesó a toda prisa la pradera de césped para ver lo que ocurría.

Los compinches de Takeshima habían seguido su consejo al pie de la letra. Habían cortado la calle con un coche al que simulaban revisar el motor. El Ponty 54 se detuvo e hizo sonar el claxon. Enseguida, cuatro individuos lo rodearon, pero Katsumi no alcanzó a escuchar lo que decían. Poco después el coche se retiró para dejar paso al Ponty, que arrancó despacio.

Katsumi vio claramente cómo el jefe de la banda se guardaba algo en el bolsillo, mientras sus compinches se dispersaban amparados por la oscuridad de la noche.

No hubo pelea. Fue un golpe fácil, sin riesgos. Decepcionado por la actitud cobarde de Ryoji, Katsumi arrancó la rama de un pino y la hizo trizas.

«¡Gallina, Ryoji, eres un gallina, un mimado…! ¡Estás acabado!». La hierba humedecida por el rocío de la noche le hizo resbalar y caer de rodillas. Le dominaba una terrible cólera. Arrancó la hierba con las manos. Tenía la impresión de haber perdido algo precioso.

Fue a buscar sus cosas al guardarropa. Se encontró con dos compinches de Takeshima y les abordó:

—¿Qué ha pasado?

—Estábamos en el otro coche. No sabemos bien, pero parece que el tipo ha entregado los treinta mil billetes para no buscarse complicaciones.

Katsumi se mordió el labio inferior sin darse cuenta. Los dos tipos se miraron.

—¡Enhorabuena! ¿Dónde está vuestro garito? ¿Es el Moon?

—O el Moon o el Caribe.

Katsumi bajó corriendo la pendiente de grava.

En la sala de atrás del Caribe, bajo la atenta y fría mirada de Takeshima, Katsumi pensó: «Entonces es verdad, he vendido a Ryoji a estos tipejos. Tienen todo el derecho a insultarme… Sin esa pistola, seguro que Ryoji se habría resistido». Cuanto más pensaba en lo ocurrido, más le invadía la cólera. Ofreció su vaso vacío. El tipo que sostenía la botella le sirvió con una sonrisa irónica.

—Dime, bebes porque es gratis, ¿verdad?

Katsumi, molesto, volcó el vaso.

—¿Qué haces?

—¿Te he ensuciado el pantalón? Vuelve a decirme que soy un agarrado, anda… Si bebo vuestro whisky es en contra de mi voluntad. Todo el mundo sabe que tus colegas y tú jamás bebéis con vuestro dinero. Vivís de los demás, vuestro alcohol es siempre robado, estafado.

El tipo se puso en guardia con la botella agarrada por el cuello.

—Tienes valor para presentarte aquí solo y ponerte a gritar. Te felicito, pero me pregunto si eres un tipo duro o simplemente un imbécil.

Takeshima intervino.

—¡Sugiyama, cierra el pico! Katsumi, bebe cuanto quieras. El whisky corre a cargo de la casa.

—¡Así que sólo sois los perros guardianes del local! —les provocó Katsumi.

—Es posible. Ya sabes, de vez en cuando aparecen listos como tú para darse una vuelta.

—¿Y tú les ahuyentas con tu juguete?

—No digas idioteces. No es una cosa que pueda exhibir por ahí.

—En serio, chavales, a Takeshima le gusta enseñar juguetes que los demás no tienen. De todos modos, nunca pensé que seis tipos como vosotros tuvieran el valor de usarla para sablear dinero a alguien.

—Dime, ¿estás borracho?

—¡En absoluto! ¿Por qué lo preguntas?

Takeshima recorrió la sala con la mirada, se rascó la oreja y dijo con una sonrisa que amenazaba peligro:

—Buscas camorra, ¿verdad? Te aconsejo que te largues con tu parte. Ya estamos todos un poco borrachos.

Katsumi pensó: «Más vale largarse ahora, si no se va a liar…».

—De acuerdo, aquí no se me ha perdido nada. Dadme mi pasta y me largo.

Uno de los tipos que estaba detrás de él dijo:

—Toma, aquí la tienes.

Cuando Katsumi se dio media vuelta, el tipo le arrojó la ginebra en plena cara. El alcohol le entró en los ojos, le cegó. Alguien le empujó, otro más le dio una patada en la pierna. Se tambaleó, se apoyó a tientas en una silla. La agarró para blandirla contra sus enemigos, pero sólo logró romper la bombilla.

—¡Encended la luz de la entrada! ¡Bloquead la salida, no dejéis que escape!

Todos se movían con cautela. Volvió la luz. Dos tipos golpearon a Katsumi en plena cara, le derribaron. No veía nada.

—Te atreves a venir aquí a insultarnos cuando lo único que queríamos era hablar tranquilamente —le dijo Takeshima mientras le propinaba una patada en las costillas. Katsumi farfullaba algo incomprensible. Reprimida durante horas, su cólera terminó por estallar, pero ciego como estaba, ¿qué podía hacer contra aquella jauría?

—¡Sujetadle! ¡No le dejéis escapar!

Le ataron las manos al respaldo de la silla con su cinturón de cuero.

—¡Cabrones, me habéis destrozado los ojos!

—¡Cierra la boca! No vas a morir por quedarte ciego.

Takeshima se echó a reír y le abofeteó con todas sus fuerzas.

—¿Ahora qué? ¿Has visto?

Calmado tan sólo unos instantes antes, ahora parecía muy excitado. No dejaba de caminar arriba y abajo por la habitación. Reía como un loco, como un niño quizá. Parecía el jefe de una banda de pueblo que regresara victorioso de una pelea con los del pueblo de al lado y su enemigo como botín. Cada vez que pasaba junto a Katsumi le soltaba una bofetada o un puñetazo. Se plantó delante de él, le empujó la frente con la yema de los dedos. Katsumi le escupió en plena cara. Mezclada con la sangre, la saliva empezó a chorrear por la camisa nueva de Takeshima.

—¡Eres una basura! —le gritó.

—Anda a lavarla, si no te quedará la mancha de mi sangre.

Loco de rabia, se puso a darle patadas a diestro y siniestro. La silla cedió y terminó por caer al suelo. Katsumi no dejó de gritar en ningún momento.

—¿Eso es todo lo que sabes hacer? ¿Estoy maniatado y sólo eres capaz de pegarme cinco minutos?

—¿Qué vamos a hacer con este cabrón? Este tipo no da su brazo a torcer —dijo alguien.

—Id a buscar a Tezuka y Yamayoshi —ordenó Takeshima—. Aún estarán en el Moon. Tienen cuentas pendientes con este Katsumi. Seguro que no querrán perder la ocasión de ajustárselas.

Alguien salió a llamar por teléfono y volvió al poco tiempo.

—Ya no están allí. Iré a buscarles.

Los demás volvieron a beber.

—¡Dadle de beber a nuestro hermano! —ordenó Takeshima.

Uno de sus esbirros se acercó con un vaso.

—¿Quieres beber?

Katsumi se negó.

—¿Cómo? ¿No quieres más?

Takeshima le pinzó la nariz y le hizo tragar el whisky. Le echó el resto por la cara.

Katsumi se ahogaba. El alcohol le quemaba las heridas.

—¡Cobardes! ¡No sois más que unos cobardes!

—¿Todavía tienes fuerzas para gritar?

—He venido porque confiaba en vosotros, pero no sois más que unos desgraciados. Me he equivocado al hacer tratos con vosotros, maldita sea.

—¿Te vas a callar de una vez o qué? —le advirtió Takeshima. Le dio una buena patada en las piernas—. Nosotros no somos unos señoritos como vosotros. Ándate con ojo…

Katsumi apretó los dientes y tiró de las ataduras con todas sus fuerzas. El dolor le oprimía el pecho, como si se lo hubieran triturado. El cinturón le apretaba las muñecas. No sabía por qué, pero era un dolor que en parte le agradaba.

—Cuando llegue Tezuka con los suyos te van a poner bueno. No se han olvidado de que te deben una semana de convalecencia en cama. Ten un poco de paciencia.

Takeshima terminó la frase con una bofetada. La sangre que ya se coagulaba en la frente de Katsumi volvió a brotar y lavó el alcohol de sus ojos. Su sufrimiento se apaciguó un poco, el dolor se calmó, pero seguía desesperado por recuperar la vista. Se sintió atrapado en un sueño del que no se podía despertar. Trató de convencerse de que era una pesadilla, pero en sus ojos bien abiertos se reflejaban sombras que atravesaban su campo de visión teñido entero de rojo. Quiso romper el cinturón, zafarse, liberar sus muñecas, lo retorció cuanto pudo sin ningún resultado.

«¿Estoy despierto?», se preguntó. «¿Estoy vivo? Sin duda, porque me duelen mucho las muñecas. Es un dolor insoportable…».

De nuevo trató de liberarse.

—¡Mierda!

—¡Vaya, aún te queda energía! Espera un poco y verás cómo desaparece —le dijo Takeshima.

—No nos ves, ¿verdad? —preguntó otro dándole un golpe.

—Cuando uno está ciego no teme a nada.

Todos los miembros de la banda de Takeshima estaban borrachos. Cada cual tenía su propia idea sobre qué hacer con él.

—¡Vamos a hacer un Yosaburo!

—Sí, pero está ciego. ¿Podrá verse la jeta?

Katsumi presintió que lo peor estaba por llegar. Sin embargo, aún tuvo fuerzas para pensar: «Nunca me han gustado estos tipos del Instituto M. ¿Por qué tendrán tanto apego a los navajazos y a los linchamientos? Si muere alguien se acabó todo. ¿De qué les sirve jugar con el cuerpo de otra persona? No saben lo que se hacen, son incapaces de pensar más allá. En realidad no saben lo que se traen entre manos. Son sólo unos críos, unos insensatos».

Katsumi repetía las mismas palabras que había escuchado en boca de Ryoji. «A pesar de todo, no tengo miedo. Sólo quieren jugar conmigo. No, no tengo miedo», se dijo para tratar de consolarse. Esperaba algo, pero a pesar de su impaciencia, no sabía qué. «No tengo miedo, no me siento solo».

La sangre que brotaba por las numerosas heridas de su frente no terminaba de desagradarle.

—¡Mierda! ¿Cómo puede tardar tanto Tezuka? —preguntó Takeshima—. ¿Dónde demonios ha ido a buscarle ese Kawada?

—No te impacientes, seguro que está por ahí borracho como una cuba, pero cuando llegue bien cocido va a ser interesante ver qué hace con Katsumi.

—La noche es larga…

Cada vez más borrachos, los chicos esperaban al torturador como los cazadores esperan al cocinero que prepara sus capturas. Katsumi ya no pensaba en huir. Se limitaba a esperar los acontecimientos, preparándose como si se tratara del juego de doble o nada.

Alguien llamó a la puerta.

—¿Quién es?

—Dejadme entrar —respondieron desde el otro lado—, vengo a buscar unas botellas.

—Debe de ser una camarera —dijo Takeshima.

Uno de los tipos se sentó en las rodillas de Katsumi para ocultar su rostro entumecido. La chica entró y miró inquieta a su alrededor.

—Hoy os quedáis hasta muy tarde. ¿Qué hacéis?

—Nos divertimos. Si quieres puedes unirte a nosotros.

—¡No, gracias! —respondió la chica mientras se agachaba para alcanzar unas botellas. Takeshima aprovechó para subirle la falda hasta la espalda.

—No sé cuántas tienes que llevarte —le dijo entre risas—, pero podemos ponerte una entre los muslos.

El tipo que se había sentado encima de Katsumi hacía como si le hablase, movía la cabeza, se reía, le daba golpecitos en la cara.

Tras la puerta, las risas y los ruidos de pasos se mezclaban con la voz de una mujer bebida. Un tipo al que llamaban Ishii entró acompañado de una chica que se resistía a hacerlo.

—¡Te digo que no, sería la primera vez que…! —decía.

Katsumi abrió los ojos bañados en sangre y miró como pudo hacia la puerta. Aquella voz le había hecho comprender vagamente.

—Llegas en buen momento —dijo Takeshima—. Tenemos algo que enseñarte…

—¿El qué?

—¡Mira a este miserable!

Apartó al tipo que ocultaba a Katsumi.

—¡Katsumi, válgame el cielo! —gritó la chica—. ¿Qué haces aquí? ¿Qué te ha pasado?

Enseguida supo que había llegado lo peor, pero extrañamente se sintió aliviado. Era Akiko.

«Aquí está lo que esperaba: ¡Akiko!».

Takeshima parecía intrigado.

—Ishii, ¿quién es esta chica?

—Mi prima —dijo volviéndose hacia ella—. ¿Dónde has conocido a este? —le preguntó.

—¡Eso no te importa!

—Nosotros ya pasamos de este mierda —cortó Takeshima—. Esperamos a Tezuka para que se ocupe de él, pero si la señorita o tú tenéis alguna cuenta que ajustar, es ahora o nunca… De todos modos te prevengo, es un cabezón que lo resiste todo.

—¿Ajustar cuentas? —preguntó Ishii extrañado—. No tenemos nada contra él. Está atado y parece que os habéis divertido bastante. Sólo he venido a buscar a mi amigo Yajima, pero este espectáculo puede herir los ojos de una chica. Mejor nos largamos. ¿No te parece, Akiko?

—No —contestó ella tajante—. Yo me quedo.

—Estás más borracha de lo que pensaba.

—Borracha o no, yo sí tengo cuentas pendientes con este tipo.

—En ese caso, aprovecha para hacerle unas caricias —sugirió Takeshima.

Akiko se soltó de la mano de Ishii. Se acercó a Katsumi y se plantó frente a él.

—Katsumi Shimada —dijo despacio—, nos volvemos a encontrar. ¡Te han puesto guapo!

—Una verdadera joya —dijo alguien.

Katsumi levantó la cara, pero tenía las pestañas pegadas por culpa de la sangre coagulada. Apenas distinguía una figura imprecisa y blanquecina.

La chica le dio una bofetada.

—¿Qué ha pasado con tu preciosa jeta?

—Señorita —intervino alguien—, siento decirle que nuestro honorable amigo no ve nada. Hace un momento se ha bebido un vaso de ginebra con los ojos.

Akiko miró fijamente a Katsumi.

—¿De verdad? ¿No ves nada?

—Afortunadamente no puedo verte.

Contempló pensativa la cara tumefacta del joven.

—¡Vamos! —le incitó Takeshima—, no te cortes.

—Eras tú —murmuró Katsumi—. Eras tú…

«En el fondo esperaba que viniese. Es curioso, la seduje a la fuerza y después la abandoné. Es una ironía que me encuentre ahora así. ¡Claro que tenemos cuentas pendientes! Una muy importante».

Katsumi se rio.

—¿Qué te hace tanta gracia?

—Si has venido para vengarte, es el momento. Adelante, estoy a tu disposición.

—¿De qué hablas? No sé qué dices.

Akiko apretó sus manos temblorosas. Alguien le ofreció un whisky.

—Tranquila, no tengas prisa.

Akiko arrojó el contenido del vaso a la cara de Katsumi.

—¿Eso es todo? —preguntó Takeshima con el gesto torcido—. ¿Es todo lo que vas a hacer? Acaba de decir que hay algo grave entre vosotros, ¿no?

—¿De qué demonios se trata? —interrumpió Ishii.

Akiko se apoyó en su brazo y rompió a llorar.

—Fue el quien… sabes. Fue él…

Ishii lanzó una mirada incendiada a Katsumi.

—¿Él?

—¿De qué habláis? —preguntó Takeshima, que no entendía nada.

—Un asunto que sólo concierne a Akiko y a ese desgraciado que finge no saber nada. —¿Cómo? —intervino Katsumi—. No finjo en absoluto. Yo era el amante de Akiko, eso es todo.

La situación le resultaba cada vez más absurda. «Encontrarme con ella en este estado. De verdad que tengo mala suerte», pensó.

Katsumi había conocido a Akiko en primavera, el último día del campeonato interescolar de béisbol. En la avenida principal, las tiendas habían cerrado por temor a los daños causados otros años. La mayoría de los estudiantes llevaban sus uniformes y portaban banderines y pañuelos con los colores de sus respectivos institutos. Por un acuerdo tácito, cada grupo evitaba aventurarse en el territorio de los demás, por lo que buscaban camorra con los trabajadores, con cualquiera que encontrasen por la calle. A veces, incluso terminaban por pelearse entre ellos.

Ryoji no apareció a la hora convenida. Katsumi se dedicó a pasear con Takeda y Aikawa. Después de recorrer varias tabernas, se encontraron con Mishima, el jugador de rugby, y otros compañeros.

—¡Eh, Katsumi! Sólo sois tres, ¿qué ocurre?

—¡Cierra el pico! La noche es joven. No nos conformamos con cualquier chica que pase por ahí.

—Yo sí —aclaró Aikawa.

Les dejaron allí y continuaron por una calle donde se encontraron con Akiko y una amiga que salían de una tienda.

—¡Buenas tardes, señoritas! —dijeron dando por hecho que las chicas iban a huir despavoridas.

—Buenas tardes y felicidades por vuestro buen humor.

Se miraron desconcertados.

—¡Fíjate en este trío de soñadores! —bromeó la amiga.

—Os pedimos disculpas…

En cuanto recuperaron la compostura, Katsumi les propuso ir a beber algo y ellas aceptaron de inmediato.

Entraron en un local repleto de estudiantes, todos amontonados, cantando agarrados del brazo. Salieron de allí enseguida para buscar un lugar más conveniente, hasta que dieron con un salón privado. Katsumi observó a las dos chicas. Una de ellas, la que llevaba el pelo corto, llamó su atención. Ya había visto antes ese cuerpo delgado, pero no sabía dónde.

—No sé dónde nos hemos visto antes —dijo ella—. No lo recuerdo.

—¡No le hagas caso! —le cortó Aikawa.

—No es broma, realmente estoy intrigado…

—No te creo —dijo ella.

Katsumi no dejaba de mirarla. Tenía una cara muy peculiar, con aquella mirada tan severa. Su amiga, Kyoko, aunque mayor, tenía aspecto de muñeca. Con su voz de niña, le pidió a Takeda una cerilla. Katsumi no pudo ocultar un gesto de ironía en su sonrisa.

Aikawa pidió cerveza.

—¡Otra vez cerveza! —se quejó Akiko—. Preferimos sake.

Sorprendido, el joven llamó de nuevo a la camarera no sin antes lanzar una mirada cómplice a Katsumi. Ambos se echaron a reír.

Las chicas empinaban el codo de lo lindo.

—¿Dónde habéis aprendido a beber de esa manera? —preguntaron divertidos.

Cuando los efluvios del alcohol empezaron a adormilar a Aikawa, Takeda se levantó para ir al baño. Le hizo un gesto a Katsumi.

—Tengo una idea —le dijo en cuanto estuvieron solos—. Estas dos están a punto de caer. Sería una estupidez dejarlas escapar. Voy a buscar una farmacia para comprar algo de droga.

—¿Droga, qué droga?

—Un somnífero.

—¿No se darán cuenta?

—No se enterarán de nada, y si algún día sospechan algo, será demasiado tarde. Sólo tenemos que disolverlo en la cerveza. A la velocidad que beben, no se darán cuenta de nada. Puede incluso que ya estén tan borrachas que no nos haga falta la droga.

—¿Y si vomitan? Será asqueroso. ¿Y Aikawa?

—No le he dicho nada.

—Está bien, pero ¿y la droga?

—Ahí está el quid. No podemos salir los dos juntos, pero uno sólo también es peligroso. Tagawa y sus compañeros de rugby nos han visto entrar y puede que nos estén esperando.

A Takeda el año anterior los jugadores de rugby le habían dado una buena paliza por haberse atrevido a intimidar a uno de ellos. Con la excusa de que había respondido a su saludo sin entusiasmo, le deformaron la cara.

—Iré yo —dijo Katsumi—. Si me encuentro a Ryoji en el Sirene, le traeré.

—Yo le explicaré tu ausencia a las chicas.

Todas las tiendas de los alrededores estaban cerradas. Katsumi le preguntó a un hombre anuncio, que le indicó una farmacia un poco alejada. Se apresuró a ir hasta allí, pero el alcohol le pesaba y lastraba sus pasos.

El farmacéutico miró sorprendido a aquel estudiante que pedía un potente somnífero.

—¿Tiene mal sabor? —preguntó Katsumi olfateando las pastillas.

—No, apenas se nota.

—En ese caso lo tomaré con cerveza.

—Sí, así no se notará nada —respondió el hombre con una sonrisa.

Katsumi se guardó las pastillas en el bolsillo y fue al Sirene. Ryoji estaba en la barra con Yoshimura, el tipo ese que no le gustaba nada. «Es él quien ha hecho de Ryoji un cobarde», pensó mientras se acercaba a ellos. «Con su enorme cabeza, no sabe más que hablar, dar vueltas y más vueltas a las cosas… Los tipos así son unos inútiles».

Le hizo una señal a Ryoji y fue a sentarse a su lado. Sacó la caja de somníferos y se la mostró. En voz baja le explicó sus planes.

—¡Eso es un crimen! —se escandalizó Yoshimura—, ¡un crimen premeditado!

—¡Tú cierra el pico! Si vuelves a abrirlo te las verás conmigo.

—Ese amigo tuyo, Takeda, se ha ganado de verdad su reputación. Tiene el genio del mal y tú serás su cómplice.

Takeda había terminado sus estudios secundarios en su provincia natal y pretendía haber pagado cinco millones a uno de los administradores del instituto para que le admitieran. En aquella época de continuos escándalos, Takeda no se molestaba en ocultar su historia ni en dar nombres. Nadie sabía lo ocurrido a ciencia cierta, pero a todos les sorprendía que pudiera estar en el instituto sin siquiera saber el alfabeto latino. Había suspendido todos los exámenes, pero su padre, director de una importante explotación minera, mimaba en exceso a su único hijo. Era en realidad un niño atrapado en un cuerpo de adulto, sin experiencia de la vida y, sobre todo, sin ningún sentido social. Al menos en lo concerniente a las chicas, sí tenía un cierto don. Y cosa curiosa, era un avaro incorregible. En cualquier circunstancia se comportaba con la misma proporción de ingenio que de estupidez. Quienes estaban con él se sentían tentados de reírse o de montar en cólera, no había término medio. Todos sus amigos estaban de acuerdo en que era capaz de acabar con la fortuna paterna o, por el contrario, duplicarla en poco tiempo.

—¡Rika! —llamó Katsumi a la camarera—, tráeme una cuchara.

Machacó las pastillas con cuidado y las guardó de nuevo en la caja.

—Hay que tomar precauciones, si no se darán cuenta. No podemos engañarlas diciendo que son anticonceptivos.

—Lo único que vas a conseguir con toda esta historia es que te pongan las esposas —dijo Yoshimura con el gesto de juntar las muñecas.

—Eso sólo depende de ti. Espero que cierres el pico. Las chicas ya están medio inconscientes.

—¿Entonces para qué las pastillas?

—Para no tener historias si se despiertan y cambian de opinión… Francamente, ¿conoces una sola japonesa que después de pintarse los labios de rojo no esté dispuesta a hacer el amor? Si estuvieran frías como el hielo, no habrían venido a beber con nosotros.

Katsumi no podía imaginar otra posibilidad después de beber con ellas que retozar antes de despedirse.

—Sólo nos ahorramos molestias, convencionalismos. Si un hombre quiere algo, no tiene más que ir a por ello. Eso es todo.

—De acuerdo… No dices más que estupideces, pero seguro que no son de tu cosecha sino de la de ese Takeda.

—Para mí sólo existen tres placeres: pelearse, beber y hacer el amor. ¿No es así, mi pequeña Rika?

La camarera se rio y giró la cabeza.

—En cualquier caso, llegaré hasta el final de este asunto porque yo no soy un tipo que se acobarde. No me gustan los escrúpulos ni los razonamientos inútiles. Mi forma de vida es mucho más sana que la de esos tipos que se las dan todo el día de valientes sólo de boquilla.

Pidió un whisky doble.

—¿No te va a sentar mal mezclar el alcohol?

—¡Me da igual! Cuando me ocupo de algo serio, lo hago con toda seriedad. Ya que he venido, no voy a marcharme antes de decir lo que tengo que decir. En cualquier caso, Takeda no va a hacer nada hasta que regrese.

Contempló un instante el hielo de su vaso y giró el taburete para encontrarse cara a cara con Yoshimura.

—¿De verdad crees que hace falta pensar para vivir? He pensado mucho en ti y en mi opinión lo que te pasa es que te faltan agallas. No sabes actuar, tomar decisiones. De lo contrario no tendrías esa jeta.

Acompañó sus palabras con un golpe en la mejilla de su interlocutor.

—Has bebido demasiado —dijo Yoshimura—. Dices que soy un soñador, pero te equivocas. Con mis piernas y brazos hago lo que quiero, pero sólo después de haber reflexionado. Es lo más importante de la vida.

—En ese caso, intenta aplicar tu lógica a algo concreto y da rienda suelta a tus deseos. Lo que voy a hacer te parece imperdonable, ¿verdad? Si a pesar de tus convicciones morales tienes ganas, puedes venir conmigo. En caso contrario, ve a denunciarme a la policía. Haz tu elección, no te quedes ahí entre dos aguas como un bobo.

Yoshimura se quedó pensativo. A Katsumi se le encendió una luz: «¡Esa Akiko…! Ya sé dónde la he visto. Sólo se ha cambiado el peinado».

Se echó a reír.

—¿Qué te pasa? —preguntó Yoshimura.

—Nada, me tengo que ir. No es que me escape, es sólo que tengo prisa. Si queréis venir os aseguro que va a ser divertido.

Ya en la calle fue incapaz de sofocar la risa. Dio unos golpecitos en la caja que se había guardado en el bolsillo. Se dio media vuelta para mirar el bar del que acababa de salir y se rio de nuevo. Akiko era la chica que Yoshimura amaba incondicionalmente, sin pedirle nada a cambio.

Recordó un día de otoño cuando le encargaron organizar una fiesta de la clase y fue a la biblioteca a buscar a Yoshimura. También a él le habían nombrado organizador. Estaba enzarzado en una discusión filosófica con otros alumnos. La chica que le replicaba llevaba el pelo largo y un vestido negro bordado en plata de aspecto muy excéntrico. Era Akiko. Defendía sus puntos de vista con un ímpetu que enmudecía al resto de estudiantes. Katsumi se acercó por detrás. Yoshimura no dejaba de rascarse la cabeza.

—No lo creo… —repetía sin cesar—, no pienso que…

Resultaba ridículo.

—¡No lo sabes porque digo la verdad! —le replicaba Akiko. Los demás se reían.

A Yoshimura le gustaba brillar en las discusiones, por eso a Katsumi le admiró aquella chica que le había hecho callar. Salió de allí derrotado y, a pesar de todo, no escatimaba elogios hacia ella. Una forma de justificar su derrota, sin duda.

—Admite que te has enamorado —le picó Katsumi.

—¡No digas idioteces!

Sin embargo, no pudo evitar preguntarse si realmente tenía el aspecto de un enamorado. A partir de entonces, Katsumi se burló de él. A menudo le veía en compañía de Akiko y más que un enamorado parecía un alumno aplicado.

Al regresar a la taberna con las chicas, Takeda parecía cansado de esperar.

—¿A dónde demonios has ido? ¿Ya está listo el asunto?

—Listo.

Se rio y se dio unos golpecitos en el bolsillo.

Takeda asintió con una sonrisa extraña que evidenciaba alegría e impaciencia a partes iguales. Las chicas estaban más borrachas que antes. Kyoko tenía la mirada perdida.

—Anda, ¿dónde estabas? Nos has abandonado y nos estábamos aburriendo con este señorito.

—No me llames señorito.

—¿Y Aikawa…?

Se había quedado dormido mientras rebuscaba algo en sus bolsillos.

—No tiene remedio. Yo os acompañaré, chicas, no os preocupéis.

—Ya no queremos beber más.

—Entonces, cerveza. Tomemos una cerveza para que se nos pase la borrachera y cuando estemos más despejados iremos a pasear.

Mientras servía las bebidas, las chicas fueron al baño. Katsumi aprovechó para sacar el somnífero y lo disolvió en los vasos. Lo agitó bien para que no se notara.

—¿Ya está aquí la cerveza? —preguntó Aikawa al recuperar la conciencia.

Takeda miró a Katsumi y sonrió. Disolvió lo que quedaba en el vaso de su amigo. Sin darse cuenta de nada, Aikawa lo apuró de un trago y volvió a sentarse.

—Espero que no se despierte demasiado pronto.

—¡Qué cruel eres! —le reprochó Katsumi.

—Da igual, este tipo siempre duerme a deshora y en el momento de la verdad no hace más que alborotar. Por lo menos así nos evitamos peleas. A nadie le gusta representar el papel de segundón.

Las dos chicas volvieron del baño. Levantó el vaso para un brindis:

—¡Salud! Bebed y pedimos más.

Akiko asintió.

—Esta cerveza está muy amarga —dijo.

Katsumi se quedó de piedra. Farfulló una excusa, pero Takeda le interrumpió:

—Es de otra marca…

—¿En serio?

Bajó la mirada y ofreció su vaso. Mientras le servía, Katsumi se dio cuenta de que le temblaba la mano. «¡Qué poco valgo!», pensó.

Aikawa se había quedado dormido. Sus amigos comprobaron así el efecto del somnífero. Las chicas querían alcanzar sus vasos, pero las fuerzas les habían abandonado. Se resignaron y se tumbaron sobre el tatami. Trataban de disimular como fuera sus constantes bostezos.

—De repente tengo sueño —dijo una.

—Salgamos para despejarnos.

Katsumi se hizo cargo de Aikawa, y Takeda se colgó a cada una de las chicas en los hombros. Mientras pagaban, las dos se quedaron dormidas apoyadas contra la puerta del restaurante.

—¿Estáis bien?

Akiko entreabrió los ojos y dijo con voz temblorosa:

—¡Qué extraño! ¿Qué me ocurre? Me pasa algo raro.

Temían que si se despertaban se alborotarían. Decidieron ir al apartamento de Takeda, en la quinta planta de un edificio propiedad de la empresa de su padre. Era un lujoso refugio que Katsumi y él usaban a menudo para sus aventuras.

—Tenemos una magnífica oportunidad —dijo Takeda—. Esta noche mi hermana tiene una fiesta en casa de una amiga y no volverá.

—Lo tenemos todo a favor.

Le dieron al taxista la dirección en voz baja. Cuando llegaron, dejaron a Aikawa en el taxi y Katsumi pidió al conductor que le llevara al Sirene, con Ryoji.

—¿Qué haces? No sabemos si sigue allí.

—No te preocupes, si no está, Rika se hará cargo de él. Nadie le va a hacer daño.

El conserje del edificio les abrió la puerta con una sonrisa. Atravesaron el hall hasta el ascensor. Nada más entrar en el apartamento, encendieron la luz y dejaron a las chicas en el sofá. Después discutieron el reparto. En un principio, Katsumi se mostró indiferente, pero después se acordó de Yoshimura y eligió a Akiko sin explicar la razón de su elección. Takeda era demasiado diabólico como para no contrariar sus deseos.

—Déjamela a mí, ¿qué te cuesta? —protestó Katsumi.

—¡Qué astuto eres! También tú te has dado cuenta de que tiene pinta de ser mejor en la cama.

—No creo que haya tanta diferencia. Supongamos que me empeño con Akiko. ¿Qué vas a hacer?

—Echémoslo a suertes.

—¿Qué dices? ¡Soy yo el que ha asumido todos los riesgos, quien ha ido a comprar los somníferos, quien lo ha echado en los vasos, el que ha despachado a Aikawa cuando nos molestaba! ¿Cuántas cosas me debes? Si te pones así, te echo a patadas.

Takeda pareció resignarse. Aceptó con un tono de pesar.

—Está bien, quédate con ella.

Le dio la llave de la habitación de su hermana. Katsumi levantó a Akiko en brazos. La chica se despertó a medias y con voz apagada le preguntó:

—¿Dónde estamos?

Katsumi no se detuvo. Se rio, le dio un beso en la boca y la tumbó en la cama. La chica se debatía contra el sueño, pero el torpor era más fuerte que ella.

«¿Es esta la misma chica orgullosa tan digna de admiración?», se preguntó Katsumi. Se acordó del día de la biblioteca. Era guapa, altanera, tenía un gesto orgulloso. En cambio, ahora que la tenía delante, borracha y mirándole sin fuerzas, sólo se fijaba en sus ojos entornados como de pez medio muerto.

—¡Di algo al menos! —le gritó.

Sintió cómo le invadía la cólera, el desprecio. La agarró por el pecho y la despojó de su vestido. Medio desnuda, Akiko sacudió la cabeza. Tras su cara de sueño se dibujó apenas una expresión que pronto desapareció.

—¡Abre bien los ojos y mírame! —le gritó Katsumi mientras la zarandeaba.

Ella levantó la cabeza. Ahora sí, le miró con los ojos bien abiertos. Cayó sobre la cama sin dejar de murmurar algo incomprensible. Él se abalanzó sobre ella.

Una hora y media más tarde, Takeda llamó a la puerta de Katsumi. Akiko sollozaba sobre la almohada humedecida por su llanto.

«Esas lágrimas no significan nada», pensó Katsumi. «Sólo está ofendida porque la hemos drogado».

—Vamos a tener problemas —dijo Takeda preocupado—. La mía era virgen y ya no sé qué hacer para calmarla.

—¿Y?

—Hay que librarse de ellas, llevarlas a alguna parte. No pueden quedarse aquí hasta mañana. Kyoko dice que nos va a denunciar a la policía.

Katsumi no pudo evitar la risa al ver sus mejillas arañadas.

—¿Qué le has dicho?

—Que si va a la policía será ella quien tendrá que cargar con la vergüenza. En cualquier caso, tenemos que hacer algo ahora que aún está medio adormilada.

Takeda bajó para buscar un taxi. Katsumi abrió la puerta de la habitación de su amigo y Kyoko se precipitó a los brazos de Akiko. Tenía marcas del forcejeo en los hombros, en la cara. Akiko se abrazó a ella y miró a Katsumi fijamente. Él apartó la vista.

—Sois unos animales, unos cabrones. Voy a ir a la policía.

—No te van a creer. Habéis venido con nosotros por voluntad propia. Sólo hemos tratado de acortar el tiempo para hacer lo que vosotras y nosotros queríamos.

—¡Cobarde!

—Vamos, reconoce que te morías de ganas.

—¿Quién iba a tener ganas de estar con alguien tan innoble como tú?

—Gracias —respondió él entre risas.

Takeda regresó e hizo un gesto a su amigo. Con su ayuda las llevaron hasta la entrada donde les esperaba el taxi. Las metieron dentro antes de que pudieran identificar dónde estaban. Le pidieron al conductor que les llevara al mismo lugar del que venían después de dar un largo rodeo. Se bajaron cerca de un puente.

—¿Venís con nosotros a tomar un té?

—¡No, llevadnos a casa!

Sostenían a las chicas mientras caminaban. Al llegar a la esquina de la calle, giraron.

—Esperadme aquí —dijo Takeda—, voy a comprar unos cigarrillos.

En ese instante apareció un grupo de estudiantes.

—¡Rápido, rápido! Larguémonos, es el momento.

Se alejaron a toda prisa dejando atrás a Akiko y a su amiga.

Takeda se fue por su cuenta y Katsumi volvió al Sirene. Se moría de ganas por contar su hazaña. La camarera ya estaba a punto de cerrar.

—Ryoji se ha marchado hace tiempo —le advirtió.

—¿Y Aikawa?

—Borracho como una cuba —dijo ella contrariada—. Un verdadero fastidio. Tu amigo se enfadó con él.

—Si se ha ido a dar una vuelta por ahí, seguro que se ha metido en un lío —dijo socarrón.

Una semana después, recibió una carta de Akiko. Se preguntó cómo habría dado con su dirección, por muy conocido que fuera en el barrio. Akiko le citaba sin olvidarse de añadir una posdata: «No quiero causarte molestias».

A la hora convenida, Katsumi, orgulloso de sí mismo, se presentó en el café donde se habían citado. Una camarera le condujo al primer piso. Akiko se presentó unos minutos más tarde. Nada más verle le hizo un gesto con la mano. Confuso, se limitó a sonreír.

Ella se sentó con un gesto coqueto.

—Te pido perdón por lo que pasó —dijo él al cabo de un rato.

—No, no te perdono. Cuanto más lo pienso, más me enfurezco.

—¿Qué quieres de mí?

—Muchas cosas.

—¿Qué ha sido de Kyoko?

—Está tan conmocionada que ni siquiera viene a verme. Ese Takeda es un miserable.

—¿Ha ido a la pasma?

—Ni idea. Puede ser.

—¿Y tú?

—Es muy probable que te denuncie. Depende de ti.

—¿La señorita me chantajea?

—Sí.

La camarera se acercó. Sin preguntar a Katsumi, Akiko pidió una bebida que no estaba en la carta.

—Ahora —dijo ella dándose aires—, explícame por qué me elegiste a mí. Dijiste que me habías visto antes en alguna parte, ¿no?

Katsumi le contó la escena de la biblioteca con Yoshimura.

—¿Que por qué te elegí? Porque me gustas.

—¿Y ahora qué piensas?

—Que me das miedo, pero me gustas igual.

—Mentiroso.

—¿Por qué?

—Deberías saberlo.

Halagado, Katsumi pensó: «¡Me está haciendo la corte!».

—Y tú, ¿qué piensas tú de mí?

Ella levantó la cabeza para mirar por la ventana.

—Me gusta tu descaro. Por el contrario, detesto a tu amigo, a ese niño mimado.

—Entonces, ¿quieres que te diga que te quiero, que también me gusta tu descaro?

—Si te lo pidiera… —dijo ella en tono serio—. ¿Acaso tendría algo de malo?

—¡Hay que ver! ¡Esta sí que es buena!

Los dos se rieron.

—No sé si puedo enamorarme así de rápido —aclaró Katsumi—. Además, ¿qué significa estar enamorado?

—¿Nunca has querido a nadie?

—Cuando me cruzo con una chica que me gusta, me voy antes de sentir nada.

—¿Y haces con ellas lo mismo que hiciste conmigo?

—Más o menos. De todos modos, creo que sólo puedo tener relaciones así. Por mucho que te empeñes, esto es lo que hay.

Akiko se ruborizó. Hizo acopio de valor y continuó:

—Si no puedes cambiar, me resigno.

Sin saber bien por qué, Katsumi recordó la cara de Yoshimura y se rio. A partir de ese día, Akiko se convirtió en su amante.

Dos semanas más tarde, Katsumi se encontró con Ryoji y Yoshimura en el Sirene.

—¡Vaya! —le dijo este último—, hace tiempo que no te vemos. ¿Acaso te ha sonreído la fortuna?

Katsumi pensó en Akiko y le divirtió la situación.

—Bueno, hago lo que quiero, como de costumbre.

—De vez en cuando párate un poco y piensa. Eres joven y aunque ahora actúas muy decidido, un día te arrepentirás. Tus amigos y tú comprenderéis que vuestros juegos son falsos, fútiles.

—Me da igual lo que digan de mí o lo que yo mismo pueda pensar más adelante. Lo único importante en la vida es el momento presente. Vivo solo, pero es como si me ahogara, sobre todo cuando veo tu jeta. Tu mundo, ese en el que vivimos, para mí sólo es una caja estrecha y sofocante que acaba con nosotros pedacito a pedacito. Quiero salir de ahí, ¿lo entiendes? Haré lo que sea hasta conseguirlo. Me río del bien y del mal. No tengo tiempo para pensar en eso. Si piensas, no avanzas. Quiero destruir todo lo que me oprime, aunque no sepa dónde está.

—Por eso…

—¿Por eso qué? ¿Pienso aún más?

—Vas a acabar por destruirte si continuas así. Hagas lo que hagas, no vas a encontrar nada. Te golpeas contra un muro y lo único que consigues es mover el aire a tu alrededor. Algo insignificante.

—¿Insignificante? ¿Y tú qué? Ni siquiera puedes hacer eso. No haces más que hablar y hablar y al final ¿qué? —Katsumi estaba excitado por el efecto del alcohol—. ¡Ni siquiera eres capaz de levantarte una chica! ¿Sabes lo que te digo?, que las dos chicas a las que drogamos Takeda y yo son Kyoko y Akiko. Sí, esa listilla de la que te habías enamorado.

Ryoji quiso intervenir, pero Katsumi se lo impidió.

—Akiko sabe divertirse, no contigo, claro. Después de aquel día, ¿sabes lo que hizo? ¿Crees que me denunció por haber cometido un crimen? ¡Qué va! Se enamoró de mí.

Yoshimura se quedó lívido. Katsumi se dio cuenta de que ya apenas se controlaba. Alcanzó como pudo un vaso de agua y lo apuró de un trago.

—Sí —continuó Katsumi furioso—, es una chica inteligente como tú, pero con la diferencia de que hace lo que quiere. Se sabe un montón de trucos…

—¡Cabrón!

Fuera de sí, Yoshimura quiso arrojar el vaso a Katsumi, pero Ryoji le sujetó el brazo y terminó por caer al suelo y romperse.

—¡Cállate ya! —ordenó Ryoji.

—No te preocupes —le respondió Katsumi—, ya tengo experiencia en estas cosas. Sólo quiero ver hasta dónde es capaz de llegar. Vamos, Yoshimura, muéstranos que no eres un mierda.

El joven tragó saliva y trató de disimular sus manos temblorosas.

—Ya basta —terminó por decir—, no quiero hacer tonterías en este lugar.

—¿Cómo que ya basta? Pégame, en lugar de destrozar el espejo de tu casita cuando te veas el careto. No hay nada que pueda consolarte de ser un cornudo.

—¡Ya es suficiente! —exclamó Ryoji zarandeando a Katsumi.

—Tranquilo, no va a haber bronca. No quiero provocar una pelea con un pobre hombre como este.

Se marchó.

A partir de ese día, Yoshimura no le dirigió más la palabra, pero cada vez que se lo encontraba, Katsumi le guiñaba el ojo y le miraba con desprecio.

Los días pasaron. Pronto Katsumi terminó por cansarse de Akiko y se separó de ella. Ella no se lo tomó bien, se molestó, le hostigó día tras día hasta que terminó por insultarle.

—¿Qué? —dijo él sorprendido—. No soy tu lacayo ni tu juguete. Vete a la policía y denúnciame por ser frío contigo. ¡Hazlo! Si hemos estado juntos todo este tiempo es porque me gustabas, no por miedo a tus chantajes, así que cállate. Los dos estamos hartos, es mejor que lo dejemos…

—¿Qué he sido yo para ti entonces?

—Una mujer.

—¡No seas ordinario!

—Si no eres una mujer, ¿entonces qué eres? Te he deseado, te he tenido. Ahora ya no te deseo más… ¿Qué otra cosa quieres que te diga?

Akiko empalideció de rabia. Después de aquel día, no se volvieron a ver.

Ishii separó a Akiko, que se agarró a él temblando, sin dejar de gritar. Finalmente se apartó.

—¿Así que eras tú ese cabrón? —dijo plantándose delante de la silla donde Katsumi seguía atado—. De haberlo sabido antes te habría partido la cara.

—¡Cierra el pico! —le gritó Katsumi—. Haces demasiado ruido. No sé qué clase de relación tienes con ella, pero ya no tiene nada que ver conmigo.

—Te contaré lo que pasó por culpa de aquella famosa noche. ¿Sabías que Kyoto se ha vuelto loca? No es tan fuerte como Akiko y no deja de repetir que se ha transformado. En cuanto a Akiko, ingenua o imbécil, da igual, pero por encima de todo fue honesta y tú osaste…

Antes de terminar la frase le golpeó con todas sus fuerzas. Lo hacía con tal violencia que Katsumi lo sentía en todos y cada uno de sus huesos. No le quedaba más remedio que aceptar los golpes, apretar los dientes hasta que se cansara. Su carne se hinchó; todo su cuerpo se hinchó como un melón. Ishii le agarró por los pelos y le escupió en la cara cubierta de sangre. Después se volvió hacia Akiko.

—¡Mira a este cretino! ¿Le reconoces? ¿Es el mismo? ¡Vamos, pégale tú también!

Akiko miró la sangre que le caía por la boca, anegaba sus ojos y se escurría hacia las orejas. ¿La veía él? Katsumi suspiró y escupió, salpicando las manos de la chica. ¿Lo había visto? Sonrió con aire provocador…

«¡Ah! Jamás vencerán esa sonrisa», pensó ella. «Es lo que me conquistó desde el primer momento. La misma sonrisa que tenía cuando me tumbó en la cama». Poco a poco sintió como le invadía la rabia contenida hasta entonces. Levantó el brazo y le golpeó con todas sus fuerzas. Katsumi agachó la cabeza para levantarla de nuevo enseguida. Su sonrisa ahora no era más que una horrible mueca.

Akiko le golpeó aún más fuerte para borrar su gesto desafiante. Le golpeó sin descanso. Aturdida por el esfuerzo, terminó por romper a llorar. Sus manos rozaron el cuello y los hombros de Katsumi antes de encontrarse con el vacío. Se tambaleó y cayó de rodillas al suelo entre lágrimas.

Takeshima y sus compinches estallaron en una carcajada.

—¡Eh, Akiko! ¿Qué es lo que te pasa?

Abrazada a las rodillas de Katsumi, ella no podía dejar de llorar.

—¡Lárgate de aquí! —le gritó Katsumi.

Se sacudió las rodillas y le dio una patada que la tiró al suelo.

—¡Miserable! ¡Le has dado una patada a una mujer!

—¡Me da igual a estas alturas!

—¡Eres un mierda! —gritó Ishii, que le propinó una patada en la boca del estómago. Katsumi cayó al suelo inconsciente con silla y todo. Un dolor cálido le aprisionaba el pecho, le impedía respirar. Ishii le pateó sin piedad. Katsumi sintió la suela de su zapato en la sien. El dolor le hizo recuperar la conciencia.

—¡Ya basta! —gritó Akiko—. ¡Detente!

—¡Cállate! —ordenó él mientras trataba de localizar las arterias del cuello para golpearle ahí. Katsumi se revolvía. Algo hirviente inundó su cabeza. Todo lo que alcanzaba a ver adquirió tonos rojizos. Agonizaba… Cada vez que perdía la conciencia, Ishii le agitaba para despertarle, sin dejar de repetir todo el rato lo mismo. Katsumi ya sólo era capaz de recordar dónde estaba. «Esta vez me van a destrozar…», pensó. No era capaz de hacer nada, pero extrañamente eso le tranquilizaba. «Jamás me había ocurrido algo tan terrible como esto».

—¡Déjalo ya! —La orden era de Takeshima—. ¡Le vas a matar!

Despejados de su borrachera, todos miraron a Katsumi y a Ishii. Uno de ellos se golpeó en el cuello para persuadirse de que no soñaba.

—¡Desgraciado! Esta vez has aprendido la lección, ¿verdad? Un poco más y te reviento. Pídele perdón a Akiko y te suelto.

—¡Mátame entonces! —dijo Katsumi con un hilo de voz.

—¿Quieres que te reviente? No, no me interesa. Aunque si te matase, me aplaudirían por acabar con un desgraciado como tú.

Hizo ademán de volver a pegarle, pero Akiko le detuvo.

—¿Para qué quieres que me pida perdón?

—Es duro, pero te aseguro que te lo pedirá.

Todos miraban a Katsumi con la esperanza de que sus nervios terminasen por quebrar. Ishikawa empujó violentamente a Akiko, que le retenía.

—¡Katsumi! —le suplicó Akiko—, ¡pide perdón, te lo ruego!

Ishii aflojó un poco.

—¿Perdón? ¿A quién? ¿Por qué?

Apenas escuchaba su propia voz. Era como un niño que trata de descifrar un enigma. «No es momento de ponerse a pensar», se dijo. Sin embargo, no podía dejar de hacerlo. Una nueva patada en la espalda le hizo gemir.

—¡No, jamás…!

Se escucharon unos pasos de hombre. Kawada y Tezuka entraron en la sala.

—Los he encontrado en el Michigan —dijo Kawada—. Yamanoshi viene también. ¡Mírate, Katsumi, cómo has cambiado de cara!

Se sirvió un whisky.

Yamanoshi entró y se quedó paralizado al lado de Tezuka. Parecían intimidados. Uno palideció, el otro se puso a temblar.

—¡La siguiente va por vosotros! —dijo Takeshima—. Haced lo que queráis con él, creo que tenéis algún asunto pendiente.

Tezuka, enfurecido, le golpeó.

—Eso ya no le hace nada —explicó Takeshima—. Está insensibilizado. Yamanoshi, ¿a qué esperas?

—Pero…

—¡Pero qué! —aulló Takeshima—. Tus amigos y tú siempre os traéis cosas entre manos que al final no sabéis cómo manejar.

—No, eso no…

—¡Cállate!

Tezuka sacó algo de su bolsillo. Intentó levantar el cuchillo, pero no lo consiguió de lo mucho que le temblaba el pulso.

—Allá voy…

Takeshima le detuvo.

—Déjame a mí.

Ayudó a Tezuka a agarrar el cuchillo.

—¿Cómo hay que hacerlo?

—¿Como a Yosaburo? —preguntó alguien.

Un tanto torpe, Tezuka se mantuvo firme como pudo con el cuchillo en la mano, pero al mirar a Katsumi atado a la silla recuperó el coraje. Titubeó antes de pincharle en las mejillas. Miraba a los demás y se reía. Katsumi tenía la cabeza agachada, no decía nada. El contacto con el acero frío de la hoja le proporcionaba cierto placer. Esperó lo que estaba por venir.

Tezuka retiró el cuchillo y miró a los demás.

—¡Acojonado! —le gritó Takeshima—. ¡Déjame a mí!

—¡Cierra el pico! Sé encargarme de mis asuntos.

Levantó el brazo.

—¡Espera! —le detuvo Akiko con un grito—. ¡Déjame a mí! Quiero ser yo quien le dé el primer tajo.

—¿Y tú quién eres?

—¡Déjala! Al menos tiene más coraje que tú.

—¡Akiko! —intervino Ishii—. ¡Eso no!

—¡Callaos todos!

Se acercó y tendió la mano hacia un Tezuka estupefacto.

—¡Dáselo, imbécil! —le ordenó Takeshima.

Akiko agarró el cuchillo por el mango y lo levantó sin dejar de mirar a Katsumi.

—¡Sobre todo no le cortes los cojones! —bromeó alguien.

—¡Silencio! —rugió Takeshima.

«Me va a matar», pensó Katsumi. «Jamás habría imaginado que me odiaría tanto. Es fácil, mi vida se acabó».

Una sombra se abalanzó sobre él. Se enderezó ligeramente para recibir el golpe de gracia. No tenía fuerzas para resistirse. Divagaba…

De pronto, sintió cómo la hoja del cuchillo rozaba sus muñecas y cortaba el cinturón que las mantenía atadas. Akiko gritó:

—¡Lárgate, aprisa! ¡Ayuda, que alguien me ayude!

Uno de los tipos que había en la sala la tiró al suelo.

—¡Maldita seas, guarra!

Katsumi trató de saltar pero una de sus piernas no le obedecía. Cayó de rodillas y al final consiguió volver a ponerse en pie. A pesar de sus ojos maltrechos, pudo distinguir a los compinches de Takeshima y la puerta de salida. Se dirigió hacia allí a duras penas, pero alguien le empujó por detrás. Cayó después de tropezar con una mesa. Otro tipo le golpeó con una botella rota. Un dolor espeso, abrasador, le paralizó. Quería librarse del brazo de su adversario, pero al tratar de zafarse la botella le cortó los dedos. A pesar de que la sangre salía a borbotones, se la arrancó a su agresor y se la lanzó. Con su mano izquierda casi inutilizada se abalanzó hacia la puerta.

Akiko se puso a dar gritos estridentes.

—¡Cierra la puerta, zorra! —le gritó Takeshima—. No va a morir. He visto a otros tipos en peor estado que han sobrevivido. Ishii, has sido tú quién nos ha traído aquí a esta estúpida. ¡Llévatela!

Katsumi estaba boca abajo, incapaz de decir nada. De su mano brotaba un líquido caliente que se extendía rápidamente.

—¡Llevémosle al callejón trasero y larguémonos! —dijo uno de ellos—. Ya le recogerá alguien.

Le agarraron por los pies y le arrastraron hasta la calle para abandonarle sobre el asfalto.

—¡Eh, Katsumi! Grita fuerte o te confundirán con un borracho.

Para calmarse se puso a contar: «Uno, dos, tres…». Tenía toda la parte inferior del cuerpo paralizada. «Siete, ocho, nueve…». Tanteó la herida del vientre y notó algo tibio que se colaba entre sus dedos. «Estoy herido por dentro», se dijo. «Yo me lo he buscado. Si me viese Yoshimura, diría que me lo había advertido, pero no, se equivoca. Soy yo quien tenía razón».

Trató de sonreír, pero la sangre empezó a brotar de nuevo de la herida. Su cabeza no dejaba de darle vueltas y más vueltas.

«Voy a morir… No tiene sentido acabar así. Hay que morir más dignamente».

«¿Cómo? ¿Con más dignidad?».

«Creo que lo entiendo… Morir, ¿qué es eso?».

«Pero quiero vivir, vivir para entender por qué morimos».

«Katsumi, no vas a morir así».

«¿Es que voy a morir?».

«¡Qué idiotez!».

«¡Qué insensatez!».

«Sangro mucho… No tengo tiempo de esperar a que me encuentre alguien».

«Tengo que moverme. Hay una calle allí abajo».

Escuchó una risa a lo lejos.

«Tengo que llegar hasta allí».

Katsumi puso la mano en el suelo, pero le dolían tanto los dedos que casi no podía apoyarse.

«Hay luz al final de la calle. Tengo que llegar».

«¿Y todo esto por qué? ¿Por Ryoji, por Tezuka, por Akiko?».

«Yo era el protagonista de esta historia».

«¿Por qué? ¿Qué es lo que me ha traído hasta aquí? ¿Quién? ¿Qué clase de fuerza me ha arrastrado?».

«Ryoji, Tezuka, Akiko y los demás, ¿no son acaso simples elementos de esa fuerza?».

«¿Estoy aquí por su culpa? Me temo que estoy delirando. No digo más que estupideces, pero he resistido. He hecho lo que quería».

«¿Qué significaba eso que no dejaba de repetir Yoshimura? No y no. No tiene razón y, sin embargo, entiendo…».

La calle estaba cerca. Despacio, muy lentamente, se arrastró arañando el suelo.

Primero apoyaba la palma de la mano, después sus dedos heridos. Con la otra mano se sujetaba el vientre…

 

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