Consejos a los jóvenes escritores

Charles Baudelaire

 

 

LOS PRECEPTOS QUE va a leer son fruto de la experiencia; la experiencia implica una cierta suma de errores y pifias que cada cual va cometiendo —algunas o todas son necesarias—, espero que mi experiencia sea verificada con la de cada cual.

Los señalados preceptos no tienen pues otra pretensión que aquella de vademécum, ni otra utilidad que aquella del civismo pueril y honesto. ¡Utilidad enorme! ¡Supongan el código del civismo escrito por una Warens de corazón inteligente y bueno, el arte de arreglarse enseñado por una madre! Así pongo en estos preceptos dedicados a los jóvenes escritores una ternura fraternal.

 

I. De la suerte y la mala suerte en los comienzos

LOS JÓVENES ESCRITORES que hablan de un joven colega con tono envidioso dicen: «Es un buen principio, ¡ha tenido una suerte bárbara!», no reflexionan en que todo comienzo tiene siempre sus precedentes y que es el efecto de otros veinte comienzos que nos son desconocidos.

No sé si podemos considerar que alguna vez, vistos los hechos, les haya sonado la flauta; creo más bien que un éxito es, en proporción aritmética o geométrica, producto de la fuerza del escritor, el resultado de éxitos anteriores, a menudo invisibles a simple vista. Hay una lenta agregación de éxitos moleculares; pero generaciones milagrosas y espontáneas, jamás.

Aquellos que dicen: tengo mala pata, son los que no han tenido aún éxito y que lo desconocen.

Hablo pues de las miles de circunstancias que rodean la voluntad humana y que tienen, en sí, sus causas legítimas de existencia; constituyen una circunferencia en la cual está encerrada la voluntad; pero esta circunferencia es mudable, está viva, gira y cambia todos los días, cada minuto, cada segundo su círculo y su centro. Así, ejercitadas por ella, todas las voluntades humanas que están enclaustradas varían a cada momento su juego recíproco, y esto es lo que constituye la libertad.

Libertad y fatalidad son contrarios; pero vistas de cerca y de lejos, resultan ser una única voluntad.

Por ello no existe la mala pata. Si uno tiene mala suerte, es que le falta algo: hay que conocer ese algo, estudiar el juego de las vecinas voluntades para desplazar con mayor facilidad la circunferencia.

Un ejemplo entre mil. Algunas de las personas a las que amo y estimo arremeten contra las popularidades actuales. Eugène Sue, Paul Féval, son unos logogrifos en acción; pero el talento de esta gente, por frívolo que sea, existe, y la cólera de mis amigos o no existe o más bien, existe negativamente, pues es una pérdida de tiempo, una de las cosas del mundo menos apreciada. La pregunta no es saber si la literatura sentimental o de la forma es superior a la que está de moda. Esto es totalmente verdadero, al menos para mí. Pero no será más que la mitad de verdadero, mientras no tengáis en el género que os queréis instalar tanto talento como Eugène Sue en el suyo. Alumbrad tanto interés con nuevos medios; poseed una fuerza igual y superior en sentido contrario; doblad, triplicad, cuadriplicad la dosis hasta una igual concentración, y ya no tendréis derecho a maldecir al burgués porque el burgués estará con vosotros. Hasta que, vae victis!, pues nada es más verdad que la fuerza, que es la justicia suprema.

 

II. De los salarios

POR BELLA QUE sea una casa, es sobre todo —antes de que su belleza sea demostrada—, tantos metros de alta por tantos de larga. Así la literatura, que es la materia más inapreciable, es ante todo un relleno de columnas que el arquitecto literario, cuyo solo nombre no tiene posibilidad de proporcionar beneficio alguno, debe vender a cualquier precio.

Hay gente joven que dice: puesto que esto no vale casi nada, ¿para qué esforzarse tanto? Podrían ofrecer una obra mucho mejor; y en tal caso, no les escamotearían más que por la necesidad actual, por la ley de la naturaleza; pero se desvalijan ellos mismos: aún mal pagados, habrían encontrado algo de honor; pero mal pagados, se sienten deshonrados.

Resumo todo lo que podría escribir sobre esta materia, en esta máxima suprema que dejo a la meditación de todos los filósofos, de todos los historiadores y de todos los hombres de negocios: ¡Sólo por los buenos sentimientos se alcanza la fortuna!

Aquellos que dicen: para qué romperse la cabeza por tan poco, son los que más tarde, una vez alcanzado al éxito, quieren vender sus libros por doscientos francos el folletín y que rechazados, vuelven al día siguiente a ofrecerlos a la mitad.

El hombre razonable es el que opina: «Creo que esto vale tanto, porque tengo talento: pero si es necesario hacer concesiones, las haré, para tener el honor de estar entre los vuestros».

 

III. De las simpatías y las antipatías

EN AMOR, COMO en literatura, las simpatías son involuntarias: no obstante tienen la necesidad de ser verificadas y aquí, la razón tiene su posterior importancia. Las verdaderas simpatías son excelentes, porque son dos en una; las falsedades son detestables, porque no son más que una, excepto la indiferencia primitiva, que vale más que el odio, consecuencia necesaria del engaño y la desilusión.

Por ello admito y admiro la camaradería en tanto que está fundada sobre las referencias esenciales de la razón y el temperamento. Es una de las santas manifestaciones de la naturaleza, una de las numerosas aplicaciones de este proverbio sagrado: la unión hace la fuerza.

La misma ley de franqueza y de ingenuidad debe regir las antipatías. Mientras tanto, hay gente que se fabrica tanto odios como admiraciones, atolondradamente. Es bastante imprudente: supone crearse un enemigo sin beneficio ni provecho. Un golpe que no lleva a nada, no hiere el corazón del rival como era su destino, sin contar además que se puede, a tontas y a locas, herir a uno de los testigos del combate.

Un día, durante una lección de esgrima, un acreedor vino a importunarme: lo perseguí por la escalera a golpes de florete. Cuando volví, el maestro de armas, un gigante pacífico que me habría tumbado de un soplido, me dijo ¡Cómo ha derrochado usted su antipatía! ¡Un poeta! ¡Un filósofo! ¡Bah! Había perdido el tiempo de realizar dos asaltos, estaba sofocado, avergonzado y despreciado por un hombre más, el acreedor a quien no había conseguido hacer un gran daño.

En efecto, el odio es un licor precioso, un veneno más caro que el de los Borgia, porque está hecho con nuestra sangre, nuestra salud, nuestro sueño y dos tercios de nuestro amor. ¡Es imprescindible ser avaro!

 

IV. Del vapuleo

EL VAPULEO NO debe ser practicado más que contra los partidarios del error. Si sois fuertes, atacar a un hombre fuerte es perderse; aunque disintáis en algunos puntos, será siempre de los vuestros en determinadas ocasiones.

Hay dos métodos de vapuleo, dando rodeos o por la línea recta, que es el camino más corto.

Se encuentran suficientes ejemplos de cómo dar rodeos en los folletines de J. Janin. Estas perífrasis divierten a la galería, pero no la instruyen.

La línea recta es ahora practicada con éxito por algunos periodistas ingleses; en París, está en desuso; Granier de Cassagnac me parece que la tiene demasiado olvidada. Consiste en decir:

«El señor X… es un hombre deshonesto, y además un imbécil; y es lo que voy a probar» —y probarlo, por esto, por aquello, etc. Recomiendo este método a todos aquellos que tienen fe en la razón y la mano dura.

Un vapuleo fallido es un deplorable accidente, es una flecha que se nos vuelve, o al menos nos destroza la mano, una bala de rebote que nos puede matar.

 

V. De los métodos de composición

HOY EN DÍA es forzoso producir mucho; es fundamental ir rápido; es preciso pues acelerar el paso lentamente; es imprescindible que todos los golpes acierten y que ninguna acometida sea inútil.

Para escribir rápido es necesario haber reflexionado mucho, acarrear con un tema en el paseo, en el baño, en el restaurante, incluso en casa de la querida.

E. Delacroix me dijo un día: «El arte es algo tan ideal y fugitivo, que las herramientas nunca son las apropiadas, ni los medios lo bastante expeditivos». Como en la literatura; no soy partidario de la tachadura; emborrona el espejo del pensamiento.

Algunos, y de los más distinguidos y conscientes —Édouard Ourliac, por ejemplo— comienzan cargando mucho el papel; lo llaman cubrir el lienzo. Tras esta operación confusa que pretende no deshacerse de nada, cada vez que reescriben, amplían y desbrozan. El resultado puede ser excelente, aunque abuse del tiempo y del talento. Cubrir el lienzo no es llenarlo de colores, es bosquejar en frottis, es disponer unas masas en tonos ligeros y transparentes. El lienzo debe estar cubierto, en espíritu, en el momento en que el escritor toma la pluma para escribir el título.

Se dice que Balzac recarga sus originales y pruebas de manera fantástica y desordenada. Una novela pasa desde entonces por una serie de génesis, donde se dispersa no solamente la unidad de las frases, sino también de la obra. Es sin duda este mal método el que da a menudo al estilo no sé qué de difuso, de atropellado, de borrador, el único defecto de este gran historiador.

 

VI. Del trabajo diario y la inspiración

LA ORGÍA NO es la hermana de la inspiración: hemos roto este parentesco adúltero. El súbito nerviosismo y debilidad de algunas jóvenes promesas son suficiente testimonio contra este odioso prejuicio.

Una alimentación sustancial, pero regular, es la única cosa necesaria para escritores fecundos. La inspiración es decididamente la hermana del trabajo diario. Estos dos contrarios no se excluyen más que todos los contrarios que constituyen la naturaleza. La inspiración sucede, como el hambre, como la digestión, como el sueño. Hay sin duda en el espíritu una especie de mecánica celeste, de la que no hay que avergonzarse, hay que sacarle el partido más glorioso, como hacen los médicos con la mecánica del cuerpo. Si se quiere vivir en una contemplación obstinada de las obras futuras, el trabajo diario estará al servicio de la inspiración —así como una escritura legible sirve para aclarar el pensamiento, el pensamiento calmado y potente sirve para escribir de manera legible; porque el tiempo de las malas escrituras ha pasado.

 

VII. De la poesía.

EN CUANTO A aquellos que se entregan o se han entregado con éxito a la poesía, les recomiendo que no la abandonen nunca. La poesía es una de las artes que más rinden; aunque sea una especie de inversión donde se alcanzan tarde los intereses que, en cambio, son enormes.

Desafío a los envidiosos a que me citen buenos versos que hayan arruinado a un editor.

Desde el punto de vista moral, la poesía establece unos límites entre los espíritus de primer orden y los de segundo, de tal manera, que el público más burgués no puede escapar a esta influencia despótica. Conozco a gente que leen los folletines —a menudo mediocres— de Theóphile Gautier sólo porque ha escrito La Comédie de la Mort; sin duda no aprecian todos los encantos de esta obra, pero saben que es poeta.

Lo cual asombra por otra parte, pues todo hombre hecho y derecho puede estar sin comer dos días, pero ¿sin poesía?

El arte que satisface la necesidad más imperiosa será siempre el más honrado.

 

VIII. De los acreedores

RECORDARÉIS SIN DUDA una comedia titulada: Desorden y genio. Que el desorden a veces haya acompañado al genio, prueba solamente que el genio es terriblemente fuerte; desgraciadamente, este título hace suponer a muchos jóvenes que más que una coincidencia se trata de una necesidad.

Dudo mucho que Goethe tuviese acreedores; el propio Hoffmann, el desordenado Hoffmann, preso de necesidades más frecuentes, aspiraba sin tregua a arreglárselas, y murió en el momento en que una vida más larga permitía a su genio un desarrollo más radiante.

Nunca tengáis acreedores; haced, si queréis, como que los tenéis, es todo lo que puedo permitiros.

 

IX. De las amantes

SI QUIERO OBSERVAR la ley de los contrastes, que gobierna el orden moral y el orden físico, estoy obligado a ordenar en sus clases a las mujeres peligrosas para la gente de letras: la mujer honesta, la sabihonda y la actriz; la mujer honesta, porque pertenece necesariamente a dos hombres y es mediocre pasto para el alma despótica de un poeta; la sabihonda porque es un hombre marrado; la actriz porque se lustra de literatura y habla en argot. Simplemente, porque no es una mujer en toda la acepción del término, ya que el público es para ella algo más precioso que el amor.

¿Os imagináis un poeta enamorado de su mujer y obligado a verla interpretar a un travesti? Me parece que debería pegarle fuego al teatro.

¿Os lo imagináis obligado a escribir un papel para su mujer que no tiene ni pizca de talento?

¿Y a aquel otro sudoroso por tener que devolver en unos epigramas al público del proscenio los dolores que el público le ha hecho pasar a su ser más querido —ese ser que los Orientales guardaban bajo siete llaves antes de venir a estudiar derecho a París? Porque a todos los verdaderos escritores les molesta la literatura en determinados momentos, no admito para ellos —almas libres y orgullosas, espíritus fatigados, que tienen siempre necesidad de reposar el séptimo día— más que dos clases de mujeres posibles: las putas o las mujeres tontas —el amor o el puchero—. Hermanos, ¿es necesario explicar las razones?

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