Autobiografía de Alice B. Toklas [Fragmento]

Gertrude Stein

Retrato de Gertrude Stein (1905)-Pablo Picasso

 

 

Gertrude Stein en París

1903-1907

Durante los dos últimos años, 1900-1903, que Gertrude Stein pasó en la Escuela de Medicina Johns Hopkins, de Baltimore, su hermano vivía en Florencia. Estando allí oyó hablar de un pintor llamado Cézanne y vio obras suyas, propiedad de Charles Loeser. Cuando al año siguiente él y su hermana se establecieron en París, visitaron a Vollard, el único marchante que vendía Cézannes, para echarles una ojeada.

Vollard era un hombretón moreno que ceceaba un poco. Su tienda se hallaba en la rue Lafitte, no lejos del bulevar. Un poco más allá, en esa misma corta calle, estaba Durand-Ruel, y todavía más allá, casi al lado de la iglesia de los Mártires, Sagot, el ex payaso. En la zona alta de Montmartre, en la rue Victor Massé, se encontraba mademoiselle Weil, que vendía cuadros, libros y trastos viejos, y en otra parte totalmente distinta de París, en el Faubourg Saint-Honoré, estaba Druet, fotógrafo y ex propietario de un café. También en la rue Lafitte estaba el pastelero Fouquet, donde la gente podía consolarse con deliciosos pasteles de miel y bombones de nueces y, alguna que otra vez, comprar, en lugar de un cuadro, mermelada de fresa en un cuenco de cristal.

La primera visita a Vollard dejó una impresión indeleble en Gertrude Stein. Era un lugar increíble. No parecía una galería de arte. Había un par de telas vueltas hacia la pared; en un rincón, una pequeña pila de telas grandes y pequeñas colocadas unas sobre las otras sin orden ni concierto, y en el centro de la sala, un hombretón moreno de aire melancólico. Así era Vollard en sus momentos de alegría. Cuando estaba triste de verdad, arrimaba su corpachón a la puerta de vidrio que daba a la calle, alzaba los brazos, apoyaba las manos en los ángulos superiores y miraba hacia fuera con aire melancólico. Nadie se atrevía a entrar entonces.

Le pidieron que les enseñara cuadros de Cézanne. Se mostró menos melancólico y se comportó con suma cortesía. Como descubrieron más tarde, Cézanne era la gran pasión de la vida de Vollard. El nombre de Cézanne era para él una palabra mágica. Supo de la existencia de Cézanne gracias al pintor Pissarro. De hecho, los primeros admiradores de Cézanne supieron de él por Pissarro. En aquel entonces Cézanne vivía amargado y triste en Aix-en-Provence. Pissarro habló de él a Vollard, a Fabry, un florentino, quien a su vez habló de él a Loeser, a Picabia, en fin, a cuantos en aquellos tiempos llegaron a saber quién era Cézanne.

Vollard tenía unos cuantos Cézannes. Más tarde Gertrude Stein escribió un poema titulado «Cézanne y Vollard», y Henry McBride lo publicó en el New York Sun. Fue la primera obra efímera de Gertrude Stein que se publicaría de ese modo, y tanto ella como Vollard se sintieron muy complacidos. Más tarde, cuando Vollard escribió un libro sobre Cézanne, mandó un ejemplar a McBride siguiendo el consejo de Gertrude Stein. Ella le dijo que uno de los grandes diarios de Nueva York dedicaría una página entera a su libro. Vollard no lo creyó posible, a ningún parisino le había ocurrido jamás nada semejante. Pero ocurrió, y Vollard se sintió muy emocionado e indeciblemente contento. Pero volvamos a aquella primera visita.

Dijeron a monsieur Vollard que deseaban ver paisajes de Cézanne, que venían de parte de monsieur Loeser, de Florencia. Ah, sí, dijo Vollard la mar de contento, y comenzó a moverse por la sala y finalmente desapareció tras un tabique que había al fondo y le oyeron subir pesadamente unos peldaños. Tras una larga espera, bajó llevando en la mano un pequeño cuadro de una manzana con la mayor parte del lienzo sin pintar. Lo contemplaron detenidamente y luego dijeron: sí, pero queríamos ver un paisaje. Ah, sí, musitó Vollard, y pareció incluso más contento, volvió a desaparecer y esta vez regresó con un cuadro que representaba una espalda, era una pintura hermosa, no cabía duda, pero los hermanos Stein todavía no sabían apreciar los desnudos de Cézanne, de manera que volvieron al ataque. Querían ver un paisaje. En esta ocasión, tras una espera aún más larga, Vollard regresó con una gran tela que tenía un minúsculo fragmento de paisaje pintado. Sí, en efecto, dijeron, un paisaje, pero lo que ellos querían era un lienzo más pequeño que estuviera todo pintado. Sí, dijeron que les gustaría ver algo así. Caía la noche de principios del invierno parisino y en aquel momento una mujer de la limpieza muy anciana bajó por las escaleras de atrás, murmuró: bonsoir monsieur et madame, y salió por la puerta; al cabo de unos segundos bajó otra mujer de la limpieza por las mismas escaleras, murmuró: bonsoir messieurs et mesdames, y salió por la puerta. Gertrude Stein se echó a reír y dijo a su hermano: esto es absurdo, no hay ningún Cézanne. Vollard sube y dice a esas mujeres que pinten algo, él no nos entiende y ellas no le entienden a él y pintan algo y él nos lo trae y ahí va el Cézanne. Los dos se rieron a carcajadas. Cuando recobraron la seriedad, insistieron en que querían un paisaje. Dijeron que querían uno de aquellos maravillosos paisajes amarillos y soleados de Aix de los que Loeser tenía varios ejemplares. Una vez más, Vollard desapareció y en esta ocasión regresó con un pequeño y espléndido paisaje verde. Era muy hermoso, cubría por entero la tela, el precio no era elevado y lo compraron. Después Vollard explicó a todo el mundo que le habían visitado dos norteamericanos chiflados y se habían puesto a reír, eso le había molestado mucho, pero poco a poco descubrió que cuando se reían por lo general compraban y por eso esperaba a que se rieran.

A partir de entonces iban a todas horas a la galería de Vollard. Pronto tuvieron el privilegio de rebuscar entre las pilas de telas hasta encontrar lo que les gustaba. Compraron un pequeño Daumier, la cabeza de una anciana. Comenzaron a interesarse por los desnudos de Cézanne y al final adquirieron dos telas pequeñas con grupos desnudos. Encontraron un Manet muy, muy pequeño en blanco y negro con Forain en primer término y lo compraron; encontraron dos pequeños Renoirs. A menudo compraban dos cuadros porque por lo general a uno de ellos le gustaba uno más que el otro, y así transcurrió el año. En primavera Vollard anunció una exposición de Gauguin y vieron por primera vez obras de Gauguin. Eran bastante feas pero al final les gustaron y adquirieron dos. A Gertrude Stein le gustaban los girasoles de Gauguin pero no sus figuras, y el hermano prefería las figuras. Ahora parece mucho, pero en aquel entonces no costaban demasiado. Y así transcurrió el invierno.

No eran muchos los que entraban en la tienda de Vollard, pero en una ocasión Gertrude Stein oyó allí una conversación que la deleitó sobremanera. Duret era una figura muy popular en París. En aquel entonces era un hombre de edad muy avanzada y sumamente apuesto. Había sido amigo de Whistler, quien le había pintado vestido de gala, con una capa blanca sobre el brazo. Pues bien, estaba en la tienda de Vollard hablando con un grupo de jóvenes y uno de éstos, Roussel, del grupo de Bonnard, de Vuillard, de los impresionistas, se lamentó de que no se les reconociera a él y a sus amigos, de que ni siquiera se les permitiera exponer en el salón. Duret le dirigió una mirada afectuosa y le dijo: amigo mío, hay dos clases de arte, no lo olvide, está el arte y está el arte oficial. Cómo puede usted albergar la esperanza, mi joven amigo, de ser un artista oficial. Mírese. Pongamos que un personaje importante viniese a Francia y desease conocer a los pintores más representativos y que uno le pintara un retrato. Mi joven amigo, mírese; con sólo verlo a usted quedaría aterrorizado. Usted es un joven simpático, agradable e inteligente, pero el personaje importante no le vería así, sino como un ser terrible. No, esa gente quiere que el pintor representativo sea un hombre de talla media, más bien obeso, no muy bien vestido pero vestido tal como corresponde a su clase social, que no sea calvo ni vaya bien peinado y que haga respetuosas reverencias. Como puede ver, usted no encaja. Por lo tanto, no vuelva a decir ni media palabra acerca del reconocimiento oficial, y si por casualidad se le escapa alguna corra a mirarse al espejo y piense en los personajes importantes. No, mi joven amigo, una cosa es el arte y otra el arte oficial, siempre ha sido así y siempre lo será.

Antes de que terminara el invierno, Gertrude Stein y su hermano decidieron dar un paso más, decidieron comprar un Cézanne grande y luego parar, comportarse con más mesura. Convencieron a su hermano mayor de que ese último desembolso era necesario, y así fue, como pronto veremos. Dijeron a Vollard que querían un retrato pintado por Cézanne. En aquel tiempo no se había vendido prácticamente ningún retrato grande de Cézanne. Vollard los tenía casi todos. Le complació muchísimo la decisión de los Stein. Los llevó a la habitación superior tras el tabique donde Gertrude Stein había creído que las mujeres de la limpieza pintaban Cézannes, y los hermanos pasaron varios días allí decidiendo qué retrato comprar. Había ocho o nueve y resultaba difícil elegir. Con frecuencia tenían que salir de la tienda para cobrar fuerzas comiendo pastelillos de miel en la confitería de Fouquet. Al final redujeron la elección a dos cuadros: un retrato de un hombre y otro de una mujer; pero esta vez no tenían dinero suficiente para comprar los dos y finalmente eligieron el retrato de la mujer.

Vollard dijo por supuesto un retrato de mujer es siempre más caro que un retrato de hombre pero, añadió mirando la tela con gran detenimiento, supongo que en el caso de Cézanne eso no importa. Lo metieron en un taxi y se lo llevaron a casa. Era el cuadro del que Alfy Maurer solía explicar que se trataba de una obra acabada, como lo demostraba el hecho de que estuviera enmarcada.

Fue una compra importante porque Gertrude Stein escribió Tres vidas contemplando el cuadro.

No hacía mucho había comenzado, a modo de ejercicio literario, la traducción de Trois contes de Flaubert y entonces adquirió el Cézanne y comenzó a mirarlo y bajo su influencia escribió Tres vidas.

El acontecimiento siguiente ocurrió en otoño. Fue el primer año del salón de otoño, el primer salón de otoño que hubo en París, y acudieron ávidos y emocionados. Allí vieron la obra de Matisse que después sería conocida como La femme au chapeau.

Este primer salón de otoño representó un paso hacia el reconocimiento oficial de los rebeldes del salón de los independientes. Sus cuadros se expondrían en el Petit Palais, frente al Grand Palais, donde se celebraba el importante salón de primavera. Es decir, en el salón de otoño iban a exponerse las obras de los rebeldes que habían adquirido cierta notoriedad a fin de que empezaran a venderse en tiendas de arte importantes. Esos pintores, en colaboración con las ovejas negras que ya habían expuesto en los salones tradicionales, crearon el salón de otoño.

La exposición resultó original pero en modo alguno alarmante. Había cuadros bellos, pero había uno que no lo era. Esa obra enfureció al público, que intentó arañar la pintura.

A Gertrude Stein le gustó el cuadro, el retrato de una mujer de cara larga con un abanico. Tanto la anatomía como los colores eran raros. Gertrude Stein dijo que quería comprarlo. Entretanto su hermano había descubierto un cuadro de una mujer vestida de blanco sobre un prado verde y deseaba comprarlo. Como de costumbre, decidieron adquirir los dos y se dirigieron al despacho del secretario para preguntar cuánto costaban. Jamás habían estado en el despacho de un secretario de salón de pintura y estaban muy nerviosos. El secretario consultó los precios en el catálogo. Gertrude Stein ha olvidado cuánto costaba el cuadro del vestido blanco, el perro y el prado verde, incluso el nombre del autor, pero el Matisse valía quinientos francos. El secretario explicó que naturalmente nunca se pagaba el precio que pedía el artista, que el comprador siempre proponía una cantidad. Le preguntaron qué cantidad debían proponer. El secretario les preguntó cuánto estaban dispuestos a pagar. Dijeron que no lo sabían. El hombre les dijo que ofrecieran cuatrocientos francos y que ya les diría algo. Se mostraron conformes y se fueron.

Al día siguiente el secretario les mandó recado de que monsieur Matisse no aceptaba la oferta y qué querían hacer. Decidieron volver al salón para echar otra ojeada a la obra. Así lo hicieron. El público se reía a carcajadas del cuadro y lo arañaba. Gertrude Stein no comprendía por qué; la pintura le parecía perfectamente natural. El retrato de Cézanne no le había parecido natural, había tardado cierto tiempo en acostumbrarse a él, pero el de Matisse le parecía natural y no comprendía por qué enfurecía a todo el mundo. A su hermano no le atraía tanto, pero al final accedió y lo compraron. Ella volvió a la sala para contemplarlo una vez más y se indignó al ver las burlas de que era objeto. La actitud del público la molestó e irritó porque no la comprendía, puesto que a ella la pintura le parecía correcta, del mismo modo que más tarde no entendería por qué sus obras, escritas de manera clara y natural, eran objeto de ira y burlas.

Ésta es la historia de la compra de La femme au chapeau por lo que respecta a los compradores, y ahora abordemos la historia desde el punto de vista de los vendedores, tal como la contaron monsieur y madame Matisse unos meses más tarde. Poco después de la venta del cuadro los cuatro quisieron conocerse. Gertrude Stein no recuerda si Matisse escribió pidiéndolo o fueron ella y su hermano quienes escribieron a Matisse. En cualquier caso, al cabo de poco se conocieron y comenzaron a conocerse muy bien.

Los Matisse vivían junto al boulevard Saint-Michel. Ocupaban el último piso, que era pequeño, con tres habitaciones y una hermosa vista de Notre-Dame y el Sena. Matisse la pintaba en invierno. Había que subir escaleras y más escaleras. En aquel tiempo nos pasábamos la vida subiendo y bajando escaleras. Mildred Aldrich tenía la fastidiosa costumbre de dejar caer la llave por el hueco de la escalera, donde ahora están los ascensores, cuando desde el rellano del sexto piso se despedía de sus visitantes, de modo que éstos tenían que volver a subir o ella tenía que bajar. De hecho, muchas veces Mildred Aldrich gritaba: no importa, reventaré la puerta y en paz. Esto sólo lo hacían los norteamericanos. Las llaves eran grandes, se nos caían, o bien nos olvidábamos de cogerlas. Sayen, después de un verano en París, cuando le felicitaron por su buen aspecto y su bronceado, dijo: sí, es de tanto subir y bajar escaleras.

Madame Matisse era un ama de casa admirable. Su piso era pequeño pero estaba limpio como una patena. Lo tenía todo en orden, era una excelente cocinera y sostén de la familia, posaba para todos los cuadros de su marido. Ella era La femme au chapeau. Había tenido una pequeña sombrerería para salir adelante en la época en que pasaron estrecheces. Era una mujer morena, de porte erguido, cara larga y boca grande, firme y caída como la de un caballo. Tenía una tupida mata de pelo negro. A Gertrude Stein le gustaba la forma en que clavaba el alfiler del sombrero y en una ocasión Matisse realizó un dibujo de su mujer haciendo ese gesto característico y se lo regaló a la señorita Stein. Vestía siempre de negro. Siempre colocaba una gran aguja negra en el centro del sombrero, se ponía éste en el centro de la coronilla y a continuación, con un ademán amplio y firme, se lo encasquetaba. Con la pareja vivía una hija de Matisse, una hija que él había tenido antes de contraer matrimonio y que había padecido difteria; habían tenido que operarla y durante muchos años llevó alrededor del cuello una cinta negra con un botón de plata. Matisse incorporó esa cinta a muchos de sus cuadros. La muchacha era el vivo retrato de su padre, y madame Matisse, según explicó a su manera sencilla y melodramática, hacía por ella más de lo que era su deber porque, como en su juventud leyó una novela en la que la heroína hacía exactamente eso y por consiguiente era muy amada durante toda su vida, había decidido actuar del mismo modo. Madame Matisse tuvo con el pintor dos hijos varones, que en aquel entonces no vivían con ellos. El menor, Pierre, estaba en el sur de Francia, junto a la frontera de España, con los padres de madame Matisse, y el mayor, Jean, estaba con los padres de monsieur Matisse, en el norte de Francia, junto a la frontera con Bélgica.

Matisse era un hombre asombrosamente viril, lo cual siempre producía un placer extraordinario cuando se le volvía a ver al cabo de cierto tiempo. No tanto la primera vez como con posterioridad. Y el placer que causaba esa virilidad perduraba mientras se estaba en su presencia. Pero no se trataba de una virilidad demasiado vital. Madame Matisse era muy distinta, daba una profunda sensación de vitalidad a cuantos la conocían bien.

En aquel tiempo Matisse tenía un pequeño Cézanne y un pequeño Gauguin y aseguraba que los necesitaba. Había comprado el Cézanne con la dote de su mujer y el Gauguin con el anillo que era la única joya que ella había tenido en toda su vida. Y los dos se alegraban de eso porque monsieur Matisse necesitaba los dos cuadros. El Cézanne representaba a unos bañistas y una tienda de campaña, y el Gauguin, la cabeza de un niño. Mucho después, cuando Matisse llegó a ser un hombre muy rico, siguió comprando cuadros. Decía que sabía de pintura y confiaba en ella y no entendía de otras cosas. Así pues, por placer, y como la mejor herencia que podía dejar a sus hijos, compraba Cézannes. También Picasso, mucho después, cuando fue rico, compró cuadros pero se trataba de los que él mismo había pintado. Como Matisse, creía en los cuadros y quiere dejar la mejor herencia posible a sus hijos y por eso guarda y compra sus propias obras.

Los Matisse pasaron tiempos difíciles. Matisse llegó a París muy joven para estudiar farmacia. Su familia se dedicaba al comercio de cereales en el norte de Francia. Se aficionó a la pintura, comenzó a copiar los Poussins del Museo del Louvre y llegó a ser pintor casi sin el consentimiento de sus padres, quienes aun así siguieron pasándole la reducida pensión mensual que le habían asignado para que estudiara. En esa época nació su hija, lo que complicó aún más su vida. Al principio tuvo cierto éxito. Se casó. Influido por las obras de Poussin y Chardin, pintó naturalezas muertas que obtuvieron un éxito notable en el salón Champ de Mars, uno de los dos grandes salones de primavera. Y entonces se sintió atraído por Cézanne y luego por la escultura negra. Estas influencias dieron lugar al Matisse del período de La femme au chapeau. El año siguiente al éxito en el salón de Champ de Mars, pasó el invierno pintando un cuadro muy grande de una mujer que ponía la mesa, y sobre la mesa había un magnífico plato con fruta. Comprar la fruta había supuesto un gasto extraordinario para los Matisse, ya que en aquel tiempo la fruta, incluso la más corriente, era carísima en París, a saber cuánto costarían aquellas espléndidas frutas, y había que conservarlas en buen estado hasta que el cuadro estuviera terminado, y terminar el cuadro llevaría mucho tiempo. A fin de que se conservaran en buen estado el máximo tiempo posible, procuraron mantener la estancia lo más fría posible, lo cual, durante el invierno parisino y teniendo encima tan sólo el techo, no fue difícil, y Matisse pintó el cuadro con abrigo y guantes durante todo el invierno. Al fin lo terminó y lo mandó al salón en el que tanto éxito había tenido el año anterior, pero fue rechazado. Entonces comenzaron los problemas graves para Matisse; su hija estaba muy enferma, a él lo atormentaban las dudas acerca de su obra y había perdido toda posibilidad de exponer sus obras. Ya no pintaba en casa, sino en un taller. Salía más barato. Por las mañanas pintaba, por las tardes trabajaba en sus esculturas, a última hora asistía a clases de dibujo al natural y por la noche tocaba el violín. Fueron días muy sombríos y Matisse se sentía desesperanzado. Su esposa abrió una pequeña sombrerería y lograron ir tirando. Enviaron a los dos hijos al campo, a casa de sus respectivos padres. Lo único que le animaba era que en el taller un nutrido grupo de jóvenes pintores comenzó a rodearle y a recibir su influencia. Entre éstos, el más conocido en aquella época era Manguin, y el más conocido ahora es Derain. Derain era muy joven entonces y admiraba muchísimo a Matisse, se fue con ellos al campo, a Colliure, cerca de Perpiñán, y fue un consuelo para ellos. Comenzó a pintar paisajes con árboles perfilados de rojo, tenía un sentido del espacio muy personal, que se manifestó en un paisaje con un carro que avanzaba por un camino bordeado de árboles de contornos rojos. Sus cuadros empezaron a destacar en el salón de los independientes.

Matisse trabajaba todos los días, todos los días, todos los días, y trabajaba con verdadero ahínco. Vollard le visitó una vez. A Matisse le encantaba contar esa anécdota. Se la he oído contar en numerosas ocasiones. Vollard entró y dijo que quería ver el cuadro grande que el salón había rechazado. Matisse se lo mostró. Vollard ni siquiera lo miró. Habló con madame Matisse, sobre todo de cocina, como a todo buen francés le gustaba comer y guisar, y lo mismo le ocurría a ella. Matisse y madame Matisse comenzaron a ponerse nerviosos, aunque ella no lo demostraba. Y esa puerta, preguntó Vollard a Matisse con gran interés, adónde lleva, a una terraza o a una escalera. A una terraza, respondió Matisse. Ah, sí, dijo Vollard. Y se fue.

Los Matisse se pasaron días hablando de si la pregunta de Vollard encerraba algo simbólico o si la había formulado por pura curiosidad. A Vollard jamás le movía la curiosidad, siempre quería saber qué pensaban de todo los demás porque de ese modo descubría qué pensaba él mismo. Todo el mundo lo sabía y por eso los Matisse se preguntaban el uno al otro y preguntaban a sus amigos por qué había mostrado interés por la puerta. El caso es que antes de que terminara el año compró el cuadro a un precio muy bajo, pero lo compró, lo guardó y nadie lo vio, y así acabó la historia.

La situación de Matisse no mejoró ni empeoró, y el pintor estaba desalentado y se mostraba hosco. Se celebró el primer salón de otoño y le pidieron que expusiera, mandó La femme au chapeau y lo colgaron en una sala. El cuadro fue objeto de mofas y ataques y se vendió.

Matisse tenía entonces unos treinta y cinco años, estaba deprimido. Decidió no volver al salón después de acudir a la inauguración y oír lo que la gente decía de su cuadro y ver lo que intentaban hacer con él. Su esposa fue sola. Él se quedó en casa, triste. Así contaba la historia madame Matisse.

Luego llegó una nota del secretario del salón informando de que alguien ofrecía cuatrocientos francos por el cuadro. Matisse estaba pintando a madame Matisse como una gitana con una guitarra. Esa guitarra tenía su propia historia. A madame Matisse le encantaba contarla. Ella tenía mucho trabajo y además debía posar, era una mujer saludable y enseguida se quedaba dormida. Un día, mientras ella posaba y Matisse pintaba, comenzó a dar cabezadas y la guitarra emitió unos sonidos. Deja de hacer ruido, gritó Matisse, despierta. Ella se despertó, él siguió pintando, ella volvió a dar cabezadas y la guitarra volvió a emitir sonidos. Deja de hacer ruido, gritó Matisse, despierta. Ella se despertó y al cabo de un ratito volvió a adormilarse y la guitarra emitió sonidos de nuevo. Matisse, furioso, cogió la guitarra y la rompió. Y, añadía madame Matisse con tristeza, entonces estábamos sin blanca y tuvimos que llevarla a reparar para que él pudiera seguir pintando el cuadro. Madame Matisse posaba con esa guitarra reparada en las manos cuando llegó la nota del secretario del salón de otoño. Matisse se puso muy contento y dijo: aceptaré la oferta, claro está. Ni hablar, dijo madame Matisse, si esa gente (ces gens) ha hecho una oferta es que tienen interés por el cuadro, y si tienen interés por el cuadro pagarán el precio que has fijado. La diferencia servirá para comprar ropa de invierno a Margot. Matisse dudó pero al final ella lo convenció y mandaron una nota diciendo que mantenía el precio fijado. No ocurrió nada y Matisse se sintió muy desazonado y pesaroso, y al día siguiente o al otro, mientras madame Matisse posaba una vez más con la guitarra y él pintaba, Margot les entregó un telegrama azul. Matisse lo abrió y contrajo el rostro. Madame Matisse estaba aterrorizada, temía lo peor. Se le cayó la guitarra. Qué pasa, preguntó. Lo han comprado, dijo él. Entonces por qué has puesto esa cara tan larga, me has asustado y puede que haya roto la guitarra, dijo ella. Es que te estaba guiñando un ojo para decírtelo, porque la emoción no me dejaba hablar, explicó él.

Y madame Matisse solía rematar exultante la historia: ya ven cuánta razón tenía al insistir en que se mantuviera el precio original. Mademoiselle Gertrude, que insistió en comprar el cuadro, y yo fuimos quienes decidimos el asunto.

La amistad con los Matisse se afianzó rápidamente. En aquella época Matisse trabajaba en su primera gran obra de carácter decorativo, Le bonheur de vivre. Realizaba estudios, algunos pequeños, otros medianos y algunos muy grandes. Al pintar esa composición comprendió por primera vez con claridad su intención de deformar la representación del cuerpo humano a fin de armonizar e intensificar los valores cromáticos de los colores puros mezclados únicamente con el blanco. Utilizaba esa representación distorsionada del mismo modo que se emplean las disonancias en la música, el vinagre y los limones en el arte culinario, o las cáscaras de huevo para clarificar el café. No puedo evitar hacer comparaciones de índole culinaria porque resulta que me gusta comer y guisar, y es una materia que conozco bien. De todos modos, ésa era la idea clave de Matisse. Cézanne había llegado a la deformación y la obra inacabada por necesidad; Matisse lo hizo intencionadamente.

Poco a poco comenzó a venir gente a la rue de Fleurus para ver los Matisses y los Cézannes, Matisse traía gente, todo el mundo traía a alguien, venían a todas horas y empezó a ser una lata, y así se iniciaron las veladas de los sábados. Fue también por esa época cuando Gertrude Stein adquirió la costumbre de escribir por la noche. Únicamente pasadas las once podía estar segura de que nadie llamaría a la puerta del estudio. En aquel entonces proyectaba su obra larga, Ser norteamericanos, y bregaba con las frases, aquellas frases largas que debían construirse con exactitud. Las frases, no sólo las palabras, sino las frases y siempre las frases han sido la gran pasión de Gertrude Stein durante toda su vida. Tenía entonces la costumbre, y la tendría hasta el inicio de la guerra, que modificó tantos hábitos, de ponerse a escribir a las once de la noche y trabajar hasta el amanecer. Decía que siempre procuraba acabar antes de que la luz del alba fuera demasiado clara y los pájaros se mostraran demasiado bulliciosos porque acostarse en ese momento produce una sensación desagradable. En aquellos tiempos los pájaros anidaban en muchos árboles que se alzaban detrás de altos muros; ahora hay menos. No obstante, los pájaros y el amanecer la sorprendían a menudo, y se quedaba en el patio hasta acostumbrarse. Luego dormía hasta mediodía y el ruido que hacía la gente al sacudir las alfombras, porque todo el mundo las sacudía en aquel entonces, incluso sus propias criadas, la irritaba sobremanera.

Como he dicho, comenzaron las veladas de los sábados.

Gertrude Stein y su hermano visitaban a menudo a los Matisse y éstos estaban a todas horas con ellos. De vez en cuando madame Matisse los invitaba a almorzar, esto ocurría con mayor frecuencia cuando algún pariente les mandaba una liebre. La liebre estofada que madame Matisse preparaba al estilo de Perpiñán era excepcional. Además tenían un vino excelente, un poco fuerte pero buenísimo. También tenían una especie de madeira llamado Roncio que tampoco estaba mal. El escultor Maillol era de la misma región de Francia que madame Matisse y una vez que coincidimos en casa de Jo Davidson, muchos años después, me habló de esos vinos. Me contó que en sus tiempos de estudiante vivía bien en París con cincuenta francos al mes. Desde luego, añadió, la familia me mandaba pan casero todas las semanas y cuando llegué a París traje vino suficiente para un año y enviaba la ropa sucia a casa para que me la lavaran.

En aquellos primeros tiempos Derain asistió a uno de los almuerzos. Derain y Gertrude Stein se enzarzaron en una acalorada discusión. Hablaron de filosofía, él basaba todas sus ideas en la lectura, durante el servicio militar, de una traducción al francés de la segunda parte de Fausto. Jamás fueron amigos. La obra de Derain nunca interesó a Gertrude Stein. Derain tenía un gran sentido del espacio pero, a juicio de Gertrude Stein, sus cuadros carecían de vida, profundidad y solidez. Después de aquel almuerzo apenas se vieron. En aquel entonces Derain estaba constantemente con los Matisse y era, de todos los amigos del matrimonio, el preferido de madame Matisse.

Por esa época el hermano de Gertrude Stein descubrió la galería de arte de Sagot, antiguo payaso de circo que tenía una tienda de cuadros en la parte alta de la rue Lafitte. El hermano de Gertrude Stein vio allí los cuadros de dos jóvenes españoles, el nombre de uno de los cuales ha caído en el olvido; el otro se llamaba Picasso. Le interesó la obra de ambos y compró una acuarela del olvidado, una escena de café. Sagot le recomendó una tiendecilla de muebles donde tenían expuestos algunos cuadros de Picasso. El hermano de Gertrude Stein fue, le gustó uno y quiso comprarlo pero el precio era casi tan alto como el de un Cézanne. Regresó a la tienda de Sagot y se lo dijo. Sagot se echó a reír. Dijo: está bien, vuelva dentro de unos días y entonces tendré un cuadro grande. En efecto, al cabo de unos días tenía un cuadro grande y muy barato. Cuando Gertrude Stein y Picasso hablan de aquellos tiempos no siempre están de acuerdo en lo que ocurrió pero creo que en este caso coinciden en que el precio era de ciento cincuenta francos. La obra era el cuadro, ahora tan conocido, de una muchacha desnuda con un cesto de flores rojas.

A Gertrude Stein no le gustó, veía algo espantoso en el trazo de las piernas y los pies, algo que le producía repulsión y desagrado. Casi se peleó con su hermano a causa del cuadro. Él lo quería y ella no quería tenerlo en casa. Sagot, que se enteró más o menos de la discusión, dijo: está bien, si a usted no le gustan las piernas y los pies, nada más fácil que guillotinar a la muchacha y quedarse sólo con la cabeza. Eso es imposible, coincidieron los Stein, y no se tomó ninguna decisión.

Gertrude Stein y su hermano siguieron discrepando en este asunto y estaban enfadados. Al fin acordaron comprar la pintura, ya que él deseaba tanto tenerla, y así llegó el primer Picasso a la casa de la rue de Fleurus.

En esa época Raymond Duncan, el hermano de Isadora, alquiló un taller en la rue de Fleurus. Raymond acababa de llegar de su primer viaje a Grecia y se había traído una muchacha griega y ropa griega. Había conocido al hermano mayor de Gertrude Stein y a su esposa en San Francisco. En aquel entonces representaba a Emma Nevada, a quien acompañaba el violonchelista Pau Casals, entonces desconocido.

La familia Duncan se hallaba en su etapa Omar Jayyam, todavía no les había dado por el helenismo. Luego les dio por el Renacimiento italiano, pero en esa época Raymond se había pasado totalmente a lo griego, lo que llevaba aparejada una joven griega. Isadora Duncan perdió interés por su hermano, decía que la joven era una griega excesivamente moderna. En cualquier caso, en aquel tiempo Raymond no tenía ni un céntimo y su esposa estaba embarazada. Gertrude Stein le dio carbón y una silla para que Penelope pudiera sentarse; los demás se sentaban en cajas de embalaje. Raymond y Penelope tenían otra amiga que les ayudaba, Kathleen Bruce, una muchacha inglesa muy hermosa y muy atlética, que se dedicaba más o menos a la escultura, después se casaría con Scott, el descubridor del Polo Sur, del que quedaría viuda. En aquel entonces tampoco ella tenía dinero y todas las noches llevaba la mitad de su cena a Penelope. Finalmente Penelope dio a luz un niño, le pusieron el nombre de Raymond porque cuando el hermano de Gertrude Stein y Raymond Duncan fueron al registro civil todavía no habían pensado qué nombre darle. Ahora, en contra de su voluntad, se llama Menalkas pero seguramente se alegraría mucho si supiera que su nombre legal es Raymond. Sin embargo ése es otro asunto.

Kathleen Bruce era escultora, estaba aprendiendo a modelar figuras de niños y pidió permiso para hacer una escultura del sobrino de Gertrude Stein. Gertrude Stein y su sobrino acudieron al estudio de Kathleen Bruce. Y una tarde conocieron allí a H. P. Roché. Roché era uno de esos personajes que siempre se encuentran en París. Era un hombre muy formal, muy noble, solícito, muy fiel y entusiasta, que se dedicaba a presentar a gente. Conocía a todo el mundo, y los conocía bien, y podía presentar cualquier persona a cualquier otra. Con el tiempo sería escritor. Era alto y pelirrojo, siempre decía estupendo, estupendo, excelente y vivía con su madre y su abuela. Había hecho infinidad de cosas, había ido a las montañas austríacas con austríacos, a Alemania con alemanes, a Hungría con húngaros, a Inglaterra con ingleses. No había ido a Rusia pero había estado con rusos en París. Como siempre decía Picasso, Roché es muy agradable pero no pasa de ser una traducción.

Más tarde frecuentó la casa de la rue de Fleurus acompañado de personas de diversas nacionalidades y Gertrude Stein le tomó cierto aprecio. De él solía decir: es muy leal, quizá una no tenga necesidad de verle pero sabe que esté donde esté Roché es leal. Le causó una sensación agradable en los primeros momentos de su amistad. La señorita Stein escribía entonces Tres vidas, su primera obra, y Roché, que sabía inglés, quedó muy impresionado por lo que leyó. Un día Gertrude Stein comentó algo sobre sí misma y Roché dijo estupendo, estupendo, excelente, es un dato importantísimo para su biografía. Ella se emocionó tremendamente, por primera vez cayó en la cuenta de que algún día alguien escribiría su biografía. Es muy cierto que, aun cuando lleva años sin verlo, a buen seguro Roché es leal allí donde esté.

Pero volvamos al día en que conoció a Roché en el estudio de Kathleen Bruce. Hablaron de diversos temas y Gertrude Stein mencionó por casualidad que acababan de comprar a Sagot un cuadro de un joven español llamado Picasso. Estupendo, estupendo, excelente, dijo Roché, es un joven muy interesante. Le conozco. De veras, dijo Gertrude, le conoce lo bastante para llevar a alguien a su casa. Naturalmente, exclamó Roché. Magnífico, dijo Gertrude Stein, porque sé que mi hermano tiene muchas ganas de conocerlo. Y allí mismo concertaron una cita y al cabo de poco tiempo Roché y el hermano de Gertrude Stein visitaron a Picasso.

Muy poco después de esto Picasso comenzó el retrato de Gertrude Stein, tan conocido en la actualidad, pero lo cierto es que nadie tiene muy claro cómo ocurrió. He oído a Picasso y a Gertrude Stein hablar de este asunto en numerosas ocasiones y ninguno de los dos lo recuerda. Se acuerdan de la primera vez que Picasso cenó en la casa de la rue de Fleurus y de la primera vez que Gertrude Stein posó para el retrato en la rue Ravignan, pero entremedias hay una laguna. No saben cómo ocurrió. Picasso no utilizaba modelos desde que tenía dieciséis años, y entonces contaba veinticuatro, Gertrude Stein jamás había pensado en que le pintaran un retrato y ninguno de los dos sabe cómo ocurrió. El caso es que ocurrió y ella posó noventa veces para él y entretanto sucedieron muchas cosas. Pero volvamos al principio.

Picasso y Fernande vinieron a cenar, en aquel tiempo él era lo que Nellie Jacott, una compañera de colegio y gran amiga mía, llamaba un limpiabotas bien parecido. Era delgado, moreno, enérgico, con grandes ojos líquidos y modales bruscos pero no groseros. Estaba sentado al lado de Gertrude Stein durante la cena y ella cogió un pedazo de pan. Este pan, dijo Picasso arrancándoselo bruscamente de la mano, es mío. Ella se echó a reír y él se quedó avergonzado. Así comenzó su estrecha amistad.

Aquella noche el hermano de Gertrude Stein sacó una carpeta tras otra de grabados japoneses para enseñárselos a Picasso. Al hermano de Gertrude Stein le gustaban mucho los grabados japoneses. Con aire solemne y obediente Picasso miró uno tras otro y escuchó las descripciones. En voz baja dijo a Gertrude Stein: su hermano es muy simpático pero al igual que todos los norteamericanos, al igual que Haviland, tiene la manía de enseñar grabados japoneses. Moi j’aime pas ça. Como he dicho, Picasso y Gertrude Stein se entendieron enseguida.

Luego vino la primera vez que Gertrude Stein posó para él. Ya he descrito el taller de Picasso. En aquella época había aún mayor desorden, más gente que entraba y salía, más fuego en la estufa, más comida cocinándose y más interrupciones. Había un gran sillón roto en el que posaba Gertrude Stein. Había un sofá en el que todos se sentaban y dormían. Había una pequeña silla de cocina en la que Picasso se sentaba a pintar, un gran caballete y numerosas telas grandes. Era el apogeo del período del Arlequín, cuando las telas de Picasso eran enormes, igual que las figuras y los grupos.

Había un menudo fox terrier que no andaba bien de salud y al que debían volver a llevar al veterinario. No hay francés o francesa que sea tan pobre, tan descuidado o tan tacaño como para no llevar a su mascota al veterinario, y los llevan constantemente.

Fernande estaba allí, como siempre, corpulenta, muy bella y muy amable. Propuso leer en voz alta fábulas de La Fontaine para entretener a Gertrude Stein mientras posaba. Ésta adoptó la postura adecuada, Picasso se sentó muy erguido en la silla y muy cerca de la tela, cogió una paleta muy pequeña cubierta de pintura de un color gris pardusco uniforme, añadió más gris pardusco y comenzó a pintar. Fue la primera de las ochenta o noventa sesiones.

Por la tarde los dos hermanos de Gertrude Stein, su cuñada y Andrew Green fueron a echar un vistazo. Quedaron entusiasmados por la belleza del apunte y Andrew Green suplicó y suplicó que se dejara tal cual. Pero Picasso meneó la cabeza y dijo: no.

Es una lástima que a nadie se le ocurriera tomar una fotografía del apunte y, como es natural, ninguno de los de aquel grupo recuerda cómo era, y Gertrude Stein y Picasso tampoco.

Andrew Green, ninguno de ellos sabía cómo habían conocido a Andrew Green, era sobrino nieto de Andrew Green, a quien se conoce como el padre de la Gran Nueva York. Había nacido y crecido en Chicago, pero era un típico ejemplar de Nueva Inglaterra, alto, flaco, rubio y amable. Tenía una memoria prodigiosa y podía recitar de cabo a rabo El paraíso perdido, de Milton, así como todas las traducciones de aquellos poemas chinos que tanto gustaban a Gertrude Stein. Había estado en China y más tarde viviría permanentemente en las islas de los Mares del Sur, después de heredar por fin una cuantiosa fortuna de su tío abuelo, que era un entusiasta de El paraíso perdido. Sentía pasión por los objetos orientales. Como él decía, adoraba un centro sencillo y un dibujo continuo. Amaba los cuadros de los museos y odiaba todo lo moderno. Cierta vez que se quedó un mes en la casa de la rue de Fleurus durante la ausencia de la familia, provocó la indignación de Hélène al pedir que le cambiaran las sábanas todos los días y cubrir los cuadros con chales de cachemira. Dijo que no podía negar que los cuadros eran relajantes pero que él no soportaba verlos. Dijo que al finalizar el mes seguía sin gustarle la nueva pintura pero que lo peor era que había perdido el gusto por la antigua y que nunca más volvería a pisar un museo ni a mirar un cuadro. Estaba muy impresionado por la belleza de Fernande. De hecho estaba apabullado. Si supiera francés, comentó a Gertrude Stein, le haría el amor y se la quitaría a ese insignificante Picasso. Hace usted el amor con palabras, dijo Gertrude Stein riendo. Andrew Green se fue de París antes de que yo llegara, regresó dieciocho años después y era muy aburrido.

Aquél fue un año relativamente tranquilo. Los Matisse pasaron el invierno en el sur de Francia, en Colliure, en la costa mediterránea, no lejos de Perpiñán, donde vivía la familia de madame Matisse. Raymond Duncan y los suyos desaparecieron después de que se les uniera una hermana de Penelope que era una actriz mediocre y no vestía a la griega ni mucho menos, y que intentaba ser todo lo parisina que podía. La acompañaba un primo suyo, un griego muy alto y moreno. Este vino a ver a Gertrude Stein, miró a su alrededor y proclamó: soy griego, lo cual significa que tengo un buen gusto infalible, y no me gusta ni una sola de estas pinturas. Al cabo de muy poco tiempo Raymond, su mujer y su hijo, la cuñada y el primo griego dejaron de frecuentar la casa del número 27 de la rue de Fleurus y fueron sustituidos por una señora alemana.

Esta señora alemana era sobrina y ahijada de mariscales de campo alemanes y su hermano era capitán de la armada alemana. Su madre era inglesa y la señora en cuestión había tocado el arpa en la corte de Baviera. Era muy divertida y tenía amistades muy raras, tanto francesas como inglesas. Era escultora e hizo una escultura al típico estilo alemán del pequeño Roger, el hijo del portero. Modeló tres cabezas del muchacho, una riendo, otra llorando y la tercera sacando la lengua, y colocó las tres en un solo pedestal. Vendió esta obra al museo real de Potsdam. Durante la guerra la portera lloró más de una vez al pensar que su Roger estaba allí, en efigie, en el museo de Potsdam. La señora alemana creaba vestidos que podían ponerse del revés, desmontarse en piezas, alargarse o acortarse a conveniencia, y los mostraba a todas sus amistades con gran orgullo. Tenía un profesor de pintura francés de aspecto muy raro que era el vivo retrato de las representaciones gráficas del padre de Huckleberry Finn. Decía que lo había contratado por compasión, el hombre había obtenido de joven una medalla de oro en un salón y luego no había logrado triunfar. También decía que jamás contrataba sirvientas que pertenecieran a la clase servil. Aseguraba que las señoras venidas a menos tenían mejor aspecto y eran más eficientes, y casi siempre tenía alguna viuda de militar o funcionario que cosía o posaba para ella. Durante una temporada tuvo una criada austríaca que preparaba unos pasteles austríacos verdaderamente deliciosos, pero no estuvo a su servicio mucho tiempo. En resumen, la señora alemana resultaba muy divertida y mantenía largas conversaciones con Gertrude Stein. Quería conocer siempre la opinión de Gertrude Stein acerca de la gente que entraba y salía. Deseaba saber si basaba sus conclusiones en la deducción, la observación, la imaginación o el análisis. Era muy divertida y al cabo de un tiempo desapareció y nadie volvió a pensar en ella hasta que estalló la guerra y entonces todos nos preguntamos si no habría algo siniestro en la vida de esa mujer alemana en París.

Casi todas las tardes Gertrude Stein iba a Montmartre, posaba para Picasso y luego bajaba por la cuesta y caminaba por las calles de París hasta la rue de Fleurus. Adquirió entonces la costumbre, que nunca ha abandonado, de pasear por París, ahora acompañada de un perro, antes sola. Y los sábados por la noche los Picasso caminaban con ella hasta la rue de Fleurus, cenaban y después se celebraba la clásica velada del sábado.

Durante las largas sesiones en que posaba y las largas caminatas por París, Gertrude Stein meditaba y construía frases. En aquel entonces estaba escribiendo el relato de negros «Melanctha Herbert», que era el segundo relato de Tres vidas, y los patéticos episodios que entretejía en la vida de Melanctha eran muchas veces los que observaba al bajar desde la rue Ravignan.

En esa época comenzaron las peregrinaciones de los húngaros a la rue de Fleurus.

Había entonces grupos extraños de norteamericanos y Picasso, nada acostumbrado al aire virginal de esos hombres y mujeres jóvenes, decía: ils sont pas des hommes, ils sont pas des femmes, ils sont des américains. En cierta ocasión acudió una tal Bryn Mawr, esposa de un conocido retratista, que era muy alta y hermosa y que, como una vez se había caído y dado un golpe en la cabeza, tenía una extraña expresión ausente. Picasso sí miraba a esa mujer con buenos ojos y la llamaba la Emperatriz. Había una clase de estudiante de arte norteamericano, varón, que le molestaba mucho, y decía: no, ése no será la futura gloria de Norteamérica. Al ver por primera vez una fotografía de un rascacielos tuvo una reacción muy propia de él. Dios mío, dijo, imaginad los celos que tendrá un amante mientras su amada sube todas esas escaleras hasta su estudio en el último piso.

En esa época se incorporaron a la colección un Maurice Denis, un Toulouse-Lautrec y muchos Picassos de gran tamaño. Fue también entonces cuando comenzó la amistad con los Valloton.

Vollard dijo en una ocasión en que le preguntaron su opinión sobre un cuadro de cierto pintor: oh, ça c’est un Cézanne pour les pauvres, es un Cézanne para un coleccionista pobre. Pues bien, Valloton era un Manet para menesterosos. Sus grandes desnudos tenían la dureza y la inmovilidad de la Olimpia de Manet pero ninguna de sus cualidades, y sus retratos poseían la aridez de David pero no su elegancia. Para colmo, tenía la desgracia de haber contraído matrimonio con la hermana de un importante marchante. Era muy feliz con su esposa y ella era encantadora pero, por otra parte, estaban las reuniones semanales con la familia, la fortuna de su mujer y el carácter violento de sus hijastros. Valloton era un hombre dulce con una gran perspicacia y mucha ambición pero también un fuerte sentimiento de impotencia por ser cuñado de un marchante. Sin embargo, durante un tiempo sus pinturas fueron muy interesantes. Pidió a Gertrude Stein que posara para él. Ella lo hizo al año siguiente. Se había aficionado a posar, las largas horas de inmovilidad seguidas del largo paseo nocturno favorecían la concentración que necesitaba para concebir sus frases. Esas frases sobre las que el crítico francés Marcel Brion ha escrito: con su exactitud, sobriedad, ausencia de variedad en el claroscuro, rechazo del uso del subconsciente, Gertrude Stein consigue una simetría análoga a la de las fugas musicales de Bach.

Gertrude Stein describió muchas veces la extraña sensación que le produjo la forma de pintar de Valloton. En aquel entonces no se le podía considerar un joven pintor, ya había obtenido un notable reconocimiento en la exposición de París de 1900. Cuando pintaba un retrato hacía primero un esbozo a lápiz y luego comenzaba a pintar la parte superior de la tela. Gertrude Stein decía que era como bajar un telón tan lentamente como se mueven los glaciares de la Suiza natal de Valloton. Poco a poco bajó el telón y cuando llegó a la base del lienzo apareció ella. La operación le ocupó unos quince días y entregó el cuadro a la retratada. Sin embargo, antes lo expuso en el salón de otoño, donde llamó mucho la atención y satisfizo a todos.

Todo el mundo iba por lo menos una vez a la semana al Cirque Medrano y por lo general todos iban la misma noche. Allí fue donde los payasos comenzaron a vestir ropas grotescas en vez del atuendo clásico, y esas ropas que más tarde popularizaría Charlie Chaplin gustaban extraordinariamente a Picasso y sus amigos de Montmartre. Después los jockeys ingleses pusieron de moda sus trajes entre los habitantes de Montmartre. No hace mucho alguien señaló qué bien vestían los pintores de hoy día y que era lamentable que se gastaran el dinero de esa manera. Picasso rió. Estoy seguro, dijo, de que los complets, los trajes a la moda que llevan les cuestan menos de lo que pagábamos nosotros por las ropas desastradas y vulgares que nos poníamos. No se imagina lo difícil y caro que era encontrar prendas de tweed inglés o imitaciones francesas que presentaran el aspecto desastrado y vulgar que nos gustaba. Y era bien cierto, en aquellos tiempos los pintores gastaban un dineral, gastaban cuanto ganaban, porque en aquellos días felices podían dejar a deber durante años las pinturas y las telas, el alquiler y la comida del restaurante, prácticamente todo menos el carbón y los objetos de lujo.

Así pasó el invierno. Gertrude Stein terminó Tres vidas. Pidió a su cuñada que lo leyera. La lectura conmovió profundamente a la cuñada. Esto causó un gran placer a Gertrude Stein, creía que nadie podía leer lo que escribía y sentirse interesado. En aquella época jamás preguntaba qué opinaban de su obra, sino si tenían interés en leerla. Ahora dice: si se animan a leerla, se sentirán interesados.

La esposa de su hermano mayor siempre ha tenido una gran importancia en su vida, pero nunca tanta como aquella tarde. Después hubo que mecanografiar la obra. Gertrude Stein tenía una mísera máquina de escribir portátil que jamás utilizaba. Entonces, y durante muchos años después, escribía a lápiz en pedazos de papel, lo copiaba a pluma en cuadernos escolares y luego a menudo volvía a copiarlo a pluma. Respecto a esos trozos de papel de diversos tamaños su hermano mayor señaló una vez: ignoro si Gertrude tiene más talento que ustedes, no entiendo de eso, pero he advertido que todos ustedes pintan o escriben, no quedan satisfechos y lo tiran o lo rasgan; ella nunca dice si está o no satisfecha, lo copia muy a menudo pero jamás tira un papel en el que haya escrito algo.

Gertrude Stein intentó pasar a máquina Tres vidas pero fue imposible, se ponía nerviosa, de modo que Etta Cone acudió en su ayuda. La señorita Etta Cones, como Pablo Picasso solía llamarlas a ella y a su hermana. Etta Cone era una amiga de Baltimore de Gertrude Stein y estaba pasando aquel invierno en París. Era bastante solitaria y mostraba bastante interés por todo.

A Etta Cone los Picassos le parecían horrendos pero románticos. Cuando Picasso pasaba apuros económicos y no podía pedir dinero a nadie, Gertrude Stein la llevaba a su estudio y la inducía a comprar dibujos por valor de cien francos. Al fin y al cabo, entonces cien francos equivalían a veinte dólares. Ella se mostraba dispuesta a realizar ese romántico acto de caridad. Ni que decir tiene que esos dibujos constituyeron, muchos años después, el núcleo de su colección de arte.

Etta Cone se ofreció a mecanografiar Tres vidas y puso manos a la obra. Baltimore es famosa por la exquisita sensibilidad y rectitud de sus habitantes. De repente Gertrude Stein se dio cuenta de que no había indicado a Etta Cone que leyera el manuscrito antes de comenzar a mecanografiarlo. Fue a verla y, en efecto, Etta Cone lo estaba copiando fielmente letra por letra a fin de no cometer la indiscreción de entender su significado. Una vez concedido el permiso para leerlo, la señorita Cone siguió adelante con la tarea.

Se acercaba la primavera y las sesiones estaban a punto de llegar a su fin. De pronto un día Picasso pintó toda la cabeza. Ya no te veo cuando te miro, exclamó irritado. Y el retrato se quedó tal como estaba.

Nadie recuerda que se enfadara o sintiera defraudado por ese final de la larga serie de sesiones. Se celebraba el salón de primavera de los independientes y Gertrude Stein y su hermano partirían hacia Italia como tenían por costumbre en aquella época. Pablo y Fernande irían a España, ella por vez primera, y tenía que comprar un vestido, un sombrero, perfumes y una cocina. En aquel tiempo todas las francesas, cuando iban a otro país, llevaban consigo una cocina de petróleo francesa para guisar. A lo mejor todavía lo hacen. Se la llevaban fueran a donde fueran. Las francesas que viajaban siempre debían pagar por exceso de equipaje. Los Matisse habían regresado y tuvieron que conocer a los Picasso y ambas parejas tuvieron que mostrarse felices de conocerse, pero en el fondo no simpatizaron. De esta forma Derain conoció a Picasso, y con Derain vino Braque.

Ahora puede parecer sorprendente que Matisse no hubiera oído hablar de Picasso hasta entonces y que Picasso no conociera a Matisse. Pero en aquel tiempo cada grupo vivía su propia vida y no sabía prácticamente nada de los otros. El Matisse del quai Saint-Michel y del salón de los independientes no sabía nada de Picasso, Montmartre y Sagot. Es cierto que mademoiselle Weil, la de la tienda de trastos viejos de Montmartre, había comprado obras primerizas de todos ellos, pero como compraba cuadros de todo el mundo, cuadros que le llevaba cualquiera, no necesariamente el pintor, era poco probable que un artista, salvo por una insólita casualidad, viera allí las pinturas de otro. Sin embargo, años después todos le estaban muy agradecidos porque prácticamente todos los que con el tiempo alcanzaron la fama le habían vendido su primer cuadro.

Como iba diciendo, se acabaron las sesiones, se celebró el vernissage y todo el mundo se fue.

El invierno había sido provechoso. En la larga lucha con el retrato de Gertrude Stein, Picasso pasó del Arlequín, el fascinante primer período italiano, a la intensa pugna que desembocaría en el cubismo. Gertrude Stein había escrito la historia de la negra Melanctha, el segundo relato de Tres vidas, que representó el primer paso firme para alejarse de la literatura del siglo XIX y entrar en la del XX. Matisse había pintado Le bonheur de vivre y creado la nueva escuela del color que dejaría su huella en todo. Y todo el mundo se fue.

Aquel verano los Matisse viajaron a Italia. A Matisse no le interesó demasiado, prefería Francia o Marruecos, pero madame Matisse estaba muy emocionada. Vio cumplido un sueño de juventud. Contaba: no dejo de decirme a mí misma: estoy en Italia, estoy en Italia. Y no dejo de decírselo a Henri, y él se muestra muy dulce, pero dice: bueno, y qué.

Los Picasso estaban en España y Fernande escribía largas cartas en las que describía España y a los españoles y terremotos.

En Florencia, exceptuando la breve visita de los Matisse y una visita breve de Alfy Maurer, la vida estival no tuvo nada que ver con la vida parisina.

Gertrude Stein y su hermano alquilaban una villa en lo alto de una colina, en Fiesole, cerca de Florencia, donde veranearon varios años. El año en que llegué a París, una amiga mía y yo alquilamos esa villa, Gertrude Stein y su hermano se alojaban en una más amplia, al otro extremo de Fiesole, ya que aquel año se les habían unido su hermano mayor, su cuñada y el sobrino. La villa pequeña, llamada Casa Ricci, era una delicia. La había transformado en un lugar habitable una escocesa educada en la religión presbiteriana que se había convertido en católica fervorosa y llevaba a su madre, presbiteriana, de un convento a otro. Finalmente se estableció en Casa Ricci, donde mandó construir una capilla, y allí murió su madre. Entonces se fue a vivir a una casa mayor, que convirtió en residencia de sacerdotes retirados, y alquiló Casa Ricci a Gertrude Stein y su hermano. A Gertrude Stein le divertía la escocesa, quien tenía todo el aspecto de una dama de compañía de María Estuardo y arrastrando por el suelo su túnica negra hacía genuflexiones ante todo símbolo católico y luego se encaramaba a una empinadísima escalera de mano para abrir un ventanuco del techo y mirar las estrellas. Una extraña mezcla de exaltación católica y protestante.

Hélène, la criada francesa, nunca iba a Fiesole. En aquel entonces ya se había casado. Durante el verano cocinaba para su esposo y remendaba las medias y los calcetines de Gertrude Stein y de su hermano cambiándoles la porción correspondiente al pie. También preparaba mermelada. En Italia tenían a Maddalena, que era tan importante allí como Hélène en París, aunque dudo mucho que sintiera el mismo respeto que ésta por las celebridades. Los italianos están demasiado acostumbrados a los famosos y a los vástagos de los famosos. Con respecto a esto Edwin Dodge dijo: la vida de los grandes hombres a menudo nos recuerda que no deberíamos dejar hijos que nos sucedan.

Gertrude Stein adoraba el sol y el calor, pese a que siempre dice que el clima ideal es el del invierno parisino. En aquellos días prefería pasear al mediodía. Y yo, que no tengo y nunca he tenido debilidad por el sol estival, solía acompañarla. Algún tiempo después, en España, a veces me sentaba bajo un árbol y lloraba, pero ella bajo el sol era infatigable. Podía incluso tumbarse y mirar directamente al sol de mediodía en verano, decía que le descansaba la vista y la cabeza.

En Florencia había gente divertida. Estaban los Berenson y, con ellos en aquel entonces, Gladys Deacon, conocida belleza internacional, pero tras un invierno en Montmartre a Gertrude Stein le pareció que se escandalizaba enseguida y por eso no la encontró demasiado interesante. Estaban también los primeros rusos, Von Heiroth y su esposa, quien después se casó cuatro veces y en una ocasión señaló jovialmente que ella y sus maridos siempre habían sido buenos amigos. Era boba pero divertida y contaba las clásicas anécdotas rusas. Estaban los Thorold y muchos otros. Y, más importante aún, había una excelente biblioteca inglesa circulante con todo género de biografías extrañas que constituían una fuente inagotable de placer para Gertrude Stein. Una vez me dijo que en su juventud leía tanto, desde los autores isabelinos hasta los contemporáneos, que le inquietaba pensar en el día en que no tuviera nada que leer. Durante años ha sentido ese temor pero, por más que lee y lee, siempre encuentra algo que leer. Su hermano mayor se quejaba de que, aunque todos los días le traía de Florencia tantos libros como podía, siempre había en casa otros tantos por devolver.

Ese verano Gertrude Stein comenzó su gran obra, Ser norteamericanos.

Comenzaba con un texto que había escrito a modo de ejercicio hacía tiempo, cuando estudiaba en Radcliffe.

«Una vez un hombre enfurecido arrastró a su padre a través de su huerto. “¡Basta! —gritó al final el anciano entre gemidos—. ¡Basta! ¡Yo no arrastré a mi padre más allá de este árbol!”

»Es difícil vencer el temperamento con que hemos nacido. Todos empezamos bien. Porque en la juventud ante nada nos mostramos más intolerantes que ante nuestros propios vicios, que nos resultan evidentes en los otros, y luchamos ferozmente contra ellos en nuestro interior. Pero envejecemos y nos damos cuenta de que nuestros vicios son, entre todos los vicios, inofensivos, más aún, que aportan cierto encanto a un carácter, y por tanto dejamos de luchar». E iba a ser la historia de una familia. Era una historia de una familia pero cuando llegué a París empezaba a ser la historia de todos los seres humanos, de cuantos han sido, son y serán. Nada ha complacido tanto a Gertrude Stein en toda su vida como la traducción que Bernard Faÿ y madame Seillière están efectuando del libro. Acaba de repasarla con Bernard Faÿ y dice: es magnífico en inglés y es incluso igual de magnífico en francés. Elliot Paul, cuando dirigía transition, comentó que Gertrude Stein podía ser una autora de best sellers en Francia. Y al parecer es muy probable que esta predicción se cumpla.

Pero volvamos a aquellos viejos tiempos en Casa Ricci y al origen de aquellas largas frases que habían de cambiar las concepciones literarias de tanta gente.

Gertrude Stein estaba trabajando muchísimo en el principio de Ser norteamericanos y regresó a París fascinada con la tarea que tenía entre manos. Fue en esa época cuando escribía todas las noches y a menudo la sorprendía el alba. Volvió a un París pletórico de emociones. En primer lugar, vio su retrato acabado. Picasso, el día que regresó de España, se sentó y pintó la cabeza de memoria sin haber visto de nuevo a Gertrude Stein. Y cuando ella la vio quedó tan satisfecha como lo estaba él. Es muy extraño, pero ninguno de los dos recuerda cómo era la cabeza antes de que Picasso volviera a pintarla. Hay otra anécdota encantadora sobre el retrato.

Hace unos años, cuando Gertrude Stein se cortó el cabello, hasta entonces siempre lo había llevado como una corona alrededor de la cabeza, y así la pintó Picasso, pues bien, cuando se cortó el pelo, al cabo de un par de días entró en una habitación y Picasso se encontraba un par de salas más allá. Ella llevaba sombrero pero Picasso la vio a través de las puertas abiertas, se acercó rápidamente a ella y exclamó: Gertrude, qué es eso, qué es eso. Qué es qué, Pablo, preguntó ella. A ver, deja que te mire, dijo él. Ella dejó que la mirara. Y mi retrato, dijo Picasso con semblante severo. Luego suavizó el gesto y añadió: mais, quand même, tout y est.

Matisse había regresado y reinaba una gran agitación. Derain y Braque se trasladaron a Montmartre. Braque era un artista joven que había conocido a Marie Laurencin cuando ambos estudiaban arte y cada uno había pintado el retrato del otro. Después Braque pintó unos cuadros más bien geográficos, con colinas redondeadas, muy influido por el colorido de la obra de Matisse. Había conocido a Derain, no estoy segura pero creo que ocurrió cuando prestaban el servicio militar, y ahora conocieron a Picasso. Fue un momento emocionante.

Comenzaron a pasar los días enteros allá arriba y siempre comían juntos en un pequeño restaurante y Picasso era más que nunca lo que Gertrude Stein dijo de él, un torero seguido de su cuadrilla, o, como más tarde escribió en su retrato del pintor, Napoleón seguido de sus cuatro fornidos granaderos. Derain y Braque eran hombres corpulentos, Guillaume también era robusto, y Salmon no era un alfeñique. Picasso era en todo un jefe.

Esto nos lleva a Salmon y a Guillaume Apollinaire, aunque Gertrude Stein conoció a ambos y a Marie Laurencin mucho antes de que ocurriera todo esto.

En aquel tiempo Salmon y Guillaume Apollinaire vivían en Montmartre. Salmon era ágil y vivaz pero Gertrude Stein jamás lo consideró especialmente interesante. Le tenía simpatía. En cambio Guillaume Apollinaire era una maravilla de hombre. En aquella época, es decir, en la época en que Gertrude Stein lo conoció, había mucha agitación por el duelo que Apollinaire iba a librar con otro escritor. Fernande y Pablo se lo contaron a Gertrude Stein con tal nerviosismo, entre tantas risas y con tanto argot de Montmartre, esto pasó al principio de su amistad, que ella nunca tuvo una idea clara de lo que sucedió. Lo importante es que Guillaume desafió al otro y que Max Jacob iba a ser su padrino y testigo. Guillaume y su adversario se quedaron cada uno en su café favorito y esperaron todo el día mientras los padrinos iban de un lugar a otro. Gertrude Stein ignora cómo acabó el asunto, sólo sabe que al final no hubo duelo, pero lo más divertido fueron las facturas que los padrinos entregaron a sus patrocinados. En ellas constaban todas las veces que habían tomado café, y naturalmente tenían que tomar una taza de café cada vez que entraban en los locales donde estaban los apadrinados y cuando se reunían para hablar a solas. Se planteó la cuestión de en qué circunstancias era absolutamente necesario que acompañaran el café con una copa de coñac. Y cuántos cafés habrían tomado aquel día si no hubieran actuado de padrinos. Eso provocó interminables reuniones, interminables discusiones y muchas más consumiciones. El asunto duró varios días, quizá semanas y meses, y nadie sabe si al final se pagó algo a alguien, incluso al dueño del café. Era público y notorio que a Apollinaire le costaba horrores desprenderse de la más ínfima moneda. Fue todo de lo más apasionante.

Apollinaire era muy atractivo y muy interesante. Su cabeza recordaba a la de uno de los últimos emperadores romanos. Tenía un hermano del que oíamos hablar pero al que no conocíamos. Trabajaba en un banco y por lo tanto vestía con cierta corrección. Cuando alguien de Montmartre tenía que ir a algún lugar donde era forzoso vestir de manera formal, ya fuera para ver a un conocido o efectuar una gestión, siempre llevaba alguna prenda del hermano de Guillaume.

Guillaume era extraordinariamente brillante, daba igual el tema que se abordara, o si sabía algo o nada de él, enseguida comprendía el meollo del asunto y lo desarrollaba con ingenio e imaginación hasta ahondar en él mucho más de lo que lo habrían hecho los entendidos, y lo más sorprendente era que por lo general sus conclusiones resultaban acertadas.

En una ocasión, bastantes años después, cenamos con los Picasso y logré derrotar a Guillaume en una conversación. Me sentí de lo más satisfecha, pero, como dijo Eve (Picasso ya no vivía con Fernande), Guillaume estaba muy borracho, de lo contrario no habría ocurrido. Sólo cuando se hallaba en ese estado era posible replicar a Guillaume. Pobre Guillaume. Le vimos por última vez cuando regresó del frente a París. Había recibido una grave herida en la cabeza y habían tenido que quitarle un trozo de cráneo. Presentaba un aspecto magnífico con su bleu horizon y la cabeza vendada. Almorzó con nosotras y charlamos largo rato. Estaba cansado y movía pesadamente la cabeza. Se mostró muy serio, casi solemne. Al cabo de poco tiempo nos marchamos, trabajábamos en el Fondo Americano de Ayuda a los Heridos Franceses, y no volvimos a verle. Más tarde Olga Picasso, la esposa de Picasso, nos dijo que Guillaume Apollinaire había muerto la noche del armisticio, que estuvieron con él toda la tarde, que hacía calor y las ventanas estaban abiertas y la multitud que pasaba por la calle gritaba à bas Guillaume, abajo Guillermo, y como todo el mundo llamaba Guillaume a Guillaume Apollinaire esos gritos amargaron su agonía.

Guillaume se había comportado como un verdadero héroe. En cuanto extranjero, su madre era polaca y su padre probablemente italiano, no tenía por qué alistarse voluntario. Era hombre de complexión robusta, acostumbrado a la vida literaria y a los placeres de la mesa, y pese a todo se alistó voluntario. Primero se incorporó a la artillería. Todo el mundo así lo aconsejaba porque era menos peligrosa y más llevadera que la infantería, pero al poco tiempo esa media protección le pareció insoportable y pasó a la infantería y resultó herido en el curso de un ataque. Estuvo una larga temporada hospitalizado, se recuperó un poco, fue entonces cuando le vimos, y finalmente falleció el día del armisticio.

La muerte de Guillaume Apollinaire en aquel momento tuvo un efecto considerable en todos sus amigos, aparte del dolor por su pérdida. Recién terminada la guerra, las cosas cambiaron y los grupos se desintegraron. Guillaume hubiera sido un vínculo de unión, tenía la virtud de aglutinar a la gente, y con su desaparición cada cual se fue por su lado. Pero eso ocurrió mucho después, y ahora volvamos al principio, cuando Gertrude Stein conoció a Guillaume y a Marie Laurencin.

Todos llamaban Gertrude a Gertrude Stein, o a lo sumo mademoiselle Gertrude, igual que todos llamaban Pablo a Picasso, Fernande a Fernande, Guillaume a Guillaume Apollinaire y Max a Max Jacob, pero todos llamaban Marie Laurencin a Marie Laurencin.

Gertrude Stein vio a Marie Laurencin por primera vez cuando Guillaume Apollinaire la llevó a la rue de Fleurus, no un sábado por la noche, sino otra noche. Era una mujer muy interesante. Eran una pareja extraordinaria. Marie Laurencin era terriblemente corta de vista y desde luego jamás llevaba gafas, ni una sola francesa y muy pocos franceses las utilizaban en aquellos tiempos. Marie Laurencin se servía de una lorgnette.

Miró con detenimiento todos los cuadros, es decir, los que estaban a la altura de sus ojos, acercando mucho el rostro a la tela y recorriendo la superficie pulgada a pulgada con la lorgnette. No se molestó en examinar los que no quedaban a su alcance. Finalmente declaró: personalmente prefiero los retratos, y es natural, claro, porque al fin y al cabo soy un Clouet. Y era cierto: Marie Laurencin era un Clouet. Tenía la complexión delgada y angulosa de las francesas medievales pintadas por los artistas primitivos franceses. Hablaba con voz aguda y muy bien modulada. Se sentó en un sofá al lado de Gertrude Stein y le contó su vida, dijo que su madre, que por naturaleza sentía aversión hacia los hombres, había sido durante años amante de un personaje importante de quien ella, Marie Laurencin, era hija. No me he atrevido a presentarle a Guillaume, añadió, pese a que él es tan encantador que sin duda mi madre le tomaría afecto, pero prefiero no hacerlo. Algún día la conocerá usted.

Y más tarde Gertrude Stein conoció a la madre y en aquel entonces yo me encontraba en París y la acompañé.

Marie Laurencin, que llevaba una vida extraña y creaba un arte extraño, vivía con su madre, una mujer silenciosa, agradable y muy digna, como si las dos morasen en un convento. El pequeño apartamento estaba repleto de bordados realizados por la madre según los diseños de Marie Laurencin. Se trataban exactamente igual que una monja joven y una monja anciana. Todo era muy raro. Más tarde, poco antes de la guerra, la madre cayó enferma y murió. Fue entonces cuando conoció a Guillaume Apollinaire y le cayó bien.

Tras la muerte de la madre, Marie Laurencin perdió su estabilidad. Guillaume y ella dejaron de verse. Su relación, que había durado mientras la madre vivía, sin el conocimiento de ésta, ahora que la madre estaba muerta y había conocido a Guillaume y le había caído bien, no pudo continuar. Marie, contra el consejo de todos sus amigos, contrajo matrimonio con un alemán. Cuando sus amistades se lo reprochaban, decía: es el único capaz de producirme sentimientos parecidos a los que sentía por mi madre.

Seis semanas después de la boda estalló la guerra y Marie tuvo que abandonar el país por estar casada con un alemán. Según me dijo más tarde, una vez que nos vimos en España durante la contienda, los funcionarios no podían crearle problemas, su pasaporte dejaba claro que era hija de padre desconocido y naturalmente temían que quizá fuera el presidente de la República francesa.

Durante los años de la guerra Marie fue muy desgraciada. Se sentía profundamente francesa y a todos los efectos era alemana. Cuando conocía a alguien solía decir: permítame que le presente a mi marido, un boche, que no recuerdo cómo se llama. El mundo de los funcionarios franceses destinados en España, a quienes ella y su marido trataban de vez en cuando, le amargó la vida, pues siempre se referían a Alemania como si fuera su país. Entretanto Guillaume, con quien mantenía correspondencia, le escribía apasionadas cartas patrióticas. Fue una época muy triste para Marie Laurencin.

Finalmente madame Groult, hermana de Poiret, fue a España y la ayudó a salir del apuro. Marie se divorció por fin del alemán y después del armisticio regresó a París, a su ciudad. Volvió a la rue de Fleurus, esta vez acompañada de Erik Satie. Los dos eran normandos y estaban contentos y orgullosos de serlo.

En sus primeros tiempos Marie Laurencin pintó un cuadro muy raro, con los retratos de Guillaume, Picasso, Fernande y el suyo propio. Fernande se lo comentó a Gertrude Stein. Gertrude Stein lo compró y Marie Laurencin se sintió muy complacida. Fue el primer cuadro que vendió.

Antes de que Gertrude Stein conociera la rue Ravignan, Guillaume Apollinaire consiguió su primer trabajo remunerado: corrigió un folleto sobre cultura física. Y por ese motivo Picasso dibujó sus magníficas caricaturas, entre ellas una de Guillaume como ejemplo de los resultados que produce la práctica de la gimnasia.

Y ahora volvamos una vez más al momento en que regresaron de sus viajes y a cómo Picasso se convirtió en cabeza de un movimiento artístico que más tarde sería conocido con el nombre de cubismo. Ignoro quién lo llamó cubismo por primera vez, pero lo más probable es que fuera Apollinaire. En cualquier, él fue quien escribió el primer opúsculo acerca de los cubistas, y lo ilustró con las obras de éstos.

Recuerdo muy bien la primera vez que Gertrude Stein me llevó a casa de Guillaume Apollinaire. Vivía en un minúsculo piso de soltero de la rue des Martyrs. La estancia estaba atestada de un gran número de jóvenes caballeros muy menudos. Quiénes son estos hombrecillos, pregunté a Fernande. Son poetas, contestó ella. Me quedé anonadada. Jamás había visto poetas, sí a un poeta, pero no poetas. Aquella noche Picasso, un poco bebido y ante la indignación de Fernande, se empeñó en sentarse a mi lado y en mostrarme, en un álbum de fotos de España, el lugar exacto donde había nacido. Terminé con una idea vaga de dónde se hallaba.

Derain y Braque se convirtieron en discípulos de Picasso unos seis meses después de que Picasso conociera a Matisse por mediación de Gertrude Stein y su hermano. Entretanto Matisse había dado a conocer a Picasso la escultura negra.

En aquel tiempo la escultura negra era bien conocida entre los buscadores de curiosidades, pero no entre los artistas. Puedo asegurar que no sé quién fue el primero en advertir las posibilidades que ofrecía a los artistas modernos. Quizá fuera Maillol, que procedía de la región de Perpiñán y conoció a Matisse en el sur de Francia y le indujo a fijarse en ella. Según la tradición, fue Derain. También es muy posible que fuera el propio Matisse, porque durante muchos años hubo en la rue de Rennes una tienda de curiosidades en cuyo escaparate había siempre montones de objetos como ésos y Matisse recorría a menudo la calle para ir a sus clases de dibujo.

En cualquier caso, fue Matisse el primero que recibió la influencia, no tanto en su pintura como en su escultura, de las estatuas africanas, y también fue él quien llamó la atención de Picasso sobre ellas apenas este terminó el retrato de Gertrude Stein. El arte africano tuvo un efecto completamente distinto en Matisse y en Picasso.

En el caso de Matisse repercutió en mayor medida en su imaginación que en su visión plástica. En el caso de Picasso ocurrió exactamente lo contrario. No deja de ser sorprendente que sólo mucho tiempo después esta influencia se haya manifestado en su imaginación y se haya visto quizá reforzada por el orientalismo ruso que conoció gracias a Diáguilev y a los ballets rusos.

En los tiempos en que creó el cubismo, el efecto del arte africano se manifestó tan sólo en su visión plástica, en sus formas, mientras que su imaginación continuó siendo puramente española. Pintar el retrato de Gertrude Stein estimuló de hecho el carácter español de ritual y abstracción. Gertrude Stein sentía entonces y siempre ha sentido una clara inclinación hacia las abstracciones elementales. Jamás le ha interesado la escultura africana. Siempre dice que le gustaba pero que nada tiene que ver con los europeos, que carece de naiveté, que es muy antigua, muy rígida, muy refinada pero le falta la elegancia de la escultura egipcia de la que deriva. Dice que como norteamericana prefiere que los objetos primitivos sean más salvajes.

Cuando Gertrude Stein y su hermano presentaron a Matisse y a Picasso, éstos se hicieron amigos pero eran enemigos. Ahora no son ni amigos ni enemigos. En aquel entonces eran ambas cosas.

Se intercambiaron cuadros, como era costumbre en aquellos tiempos. Los pintores elegían el cuadro que, según cabe suponer, más les gustaba de un colega. Matisse y Picasso escogieron el cuadro que era sin duda el menos interesante de cuantos el otro había pintado. Más tarde ambos utilizaron la obra escogida como ejemplo de los defectos del otro. Era muy evidente que en las dos pinturas escogidas brillaban por su ausencia las mejores cualidades de sus autores.

Las relaciones entre picassistas y matissistas se agriaron. Y esto, ya ven, me lleva al salón de los independientes en el que mi amiga y yo nos sentamos sin saberlo ante los dos cuadros que por primera vez proclamaban públicamente que Derain y Braque se habían convertido en picassistas y habían dejado de ser para siempre matissistas.

Como es natural, entretanto ocurrieron muchas otras cosas.

Matisse exponía en todos los salones de otoño y en todos los independientes. Comenzaba a tener un considerable número de adeptos. Picasso, por el contrario, jamás ha expuesto en ningún salón. En aquel tiempo sus cuadros sólo podían verse en el 27 de la rue de Fleurus. Podría decirse que la primera vez que presentó su obra en una exposición pública fue cuando Derain y Braque, totalmente influidos por la pintura más reciente de Picasso, expusieron la suya. Después de esto también él tuvo muchos adeptos.

A Matisse le irritaba la creciente amistad entre Picasso y Gertrude Stein. A mademoiselle Gertrude, decía, le gustan el tipismo local y la teatralidad. Es imposible que alguien como ella mantenga una amistad seria con alguien como Picasso. Matisse seguía frecuentando la casa de la rue de Fleurus pero el trato entre ellos carecía de la franqueza de antaño. Fue por esa época cuando Gertrude Stein y su hermano ofrecieron un almuerzo a todos los pintores cuyas obras colgaban de las paredes. Naturalmente, quedaron excluidos los viejos y los difuntos. Como ya he dicho, Gertrude Stein consiguió tenerlos a todos contentos y que el almuerzo fuera un éxito al sentar a cada artista enfrente de su cuadro. Ninguno se percató, todos se sintieron complacidos de un modo natural, hasta que, cuando ya se iban, Matisse, de espaldas a la puerta, echó una ojeada a la sala y de pronto descubrió la argucia.

Matisse insinuó que Gertrude Stein había dejado de sentir interés por su obra. Ella le contestó: no hay en usted luchas internas y hasta ahora ha provocado de manera instintiva el antagonismo de los demás, lo que le ha servido de acicate para atacar. Pero ahora los otros le siguen.

Ése fue el final de la conversación y el principio de una parte importante de Ser norteamericanos. Gertrude Stein fundamentó en esa idea algunos de sus más permanentes criterios distintivos entre los diversos tipos de seres humanos.

Por esa época Matisse comenzó a dar clases. Se mudó del quai de Saint-Michel, donde había vivido desde que se casó, al boulevard des Invalides. A raíz de la separación entre Iglesia y Estado que tuvo lugar en Francia, el gobierno francés tomó posesión de un gran número de colegios de monjas y otras propiedades eclesiásticas. Como muchos de esos conventos dejaron de existir, quedaron vacíos numerosos edificios. Entre ellos, uno espléndido en el boulevard des Invalides.

Esos edificios se alquilaban a precios muy bajos porque no se firmaba contrato de arrendamiento y el gobierno, una vez que hubiera decidido qué destino darles, echaría a los inquilinos sin previo aviso. Por lo tanto, eran ideales para los artistas; tenían jardines y habitaciones grandes, y a ellos no les asustaban los inconvenientes de carácter práctico. Así pues, los Matisse se mudaron y el pintor dispuso de una sala amplísima para trabajar, en vez del cuartito de antes, volvieron sus dos hijos y todos estaban muy contentos. Entonces algunos de sus seguidores le preguntaron si querría darles clases si lograban montar un aula en el mismo edificio. Él aceptó y así comenzó el taller de Matisse.

Se presentaron personas de todas las nacionalidades y Matisse quedó aterrado por su número y diversidad. Explicaba con regocijo y sorpresa que cuando preguntó a una mujer menuda sentada en primera fila qué pretendía conseguir en el terreno de la pintura, qué ambicionaba, ella le contestó: monsieur, je cherche le neuf. Le maravillaba que lograran aprender francés, pues él no sabía ni una palabra de sus respectivos idiomas. Alguien se enteró de todo esto y se burló de la escuela en un semanario francés. Esto ofendió terriblemente al pintor. El artículo preguntaba: y de dónde viene toda esa gente, y contestaba: de Massachusetts. Matisse se sintió muy humillado.

Pero pese a todo eso, y pese a las muchas disensiones, la escuela fue bien. Surgieron problemas. Uno de los alumnos húngaros quería ganarse la vida posando y pintar en los descansos, cuando posaba otro modelo. Algunas jóvenes protestaron: una cosa era tener un modelo desnudo en una tarima, y otra muy distinta verlo convertido en un compañero. A otro húngaro lo sorprendieron comiéndose el pan que algunos alumnos utilizaban para borrar los dibujos a lápiz y que dejaban en el caballete, y esta demostración de miseria y falta de higiene produjo un efecto terrible en la sensibilidad de los norteamericanos. Había bastantes norteamericanos. Uno de ellos, con el pretexto de que era pobre, recibía las clases gratis y luego se descubrió que había comprado un pequeño Matisse, un pequeño Picasso y un pequeño Seurat. No sólo era una injusticia, ya que muchos otros alumnos querían tener un cuadro del maestro y no podían permitírselo y sin embargo sí pagaban las clases, sino también una traición, puesto que había comprado un Picasso. Y de vez en cuando algún alumno decía algo a Matisse en un francés tan malo que parecía que dijera algo muy distinto de lo que pretendía y Matisse se enfadaba mucho y había que enseñar al desventurado a disculparse debidamente. Todos los alumnos trabajaban en tal estado de tensión que los exabruptos eran frecuentes. En ocasiones uno acusaba a otro de tener enchufe con el maestro y esto daba lugar a largas escenas embrolladas en las que por lo general alguien tenía que pedir perdón. Todo resultaba muy difícil porque se organizaban ellos mismos.

Esos problemas divertían enormemente a Gertrude Stein. Matisse era muy cotilla, y ella también, y en esa época lo pasaban en grande contándose chismes.

Fue entonces cuando comenzó a llamar a Matisse el C. M., es decir, cher maître. Le contó aquella conocida historia del Oeste norteamericano: recen caballeros; que no haya derramamiento de sangre. Matisse acudía con cierta frecuencia a la rue de Fleurus. Fue durante ese período cuando Hélène le preparaba huevos fritos en vez de tortilla.

Tres vidas ya estaba pasada a máquina y el siguiente paso era presentársela a un editor. Alguien facilitó a Gertrude Stein el nombre de un agente literario de Nueva York y ella probó suerte. No hubo ningún resultado. Entonces probó con los editores directamente. El único que se mostró interesado fue Bobbs-Merrill pero dijo que no estaba en condiciones de publicarla. Estos intentos de encontrar editor duraron cierto tiempo y al final, sin sentirse desanimada, decidió imprimirla por su cuenta. No era una idea nada extraña pues en París se hacía a menudo. Alguien le habló de Grafton Press, de Nueva York, empresa respetable que imprimía textos de carácter histórico que la gente quería tener en forma de libro. Llegaron a un acuerdo, Grafton Press imprimiría Tres vidas y mandaría las galeradas.

Un buen día llamaron a la puerta y un joven muy amable y muy norteamericano preguntó si podía entrevistarse con la señorita Stein. Ella le dijo: sí, pase. El joven dijo: vengo a petición de Grafton Press. Muy bien, dijo ella. Verá, prosiguió él un poco dubitativo, el director de Grafton Press tiene la impresión de que quizá sus conocimientos de inglés… Pero si soy norteamericana, exclamó indignada Gertrude Stein. Sí, sí, ahora me doy cuenta, repuso él, pero quizá no tenga usted mucha experiencia escribiendo. Supongo, dijo ella entre risas, que tienen la impresión de que carezco de una buena formación. El joven se ruborizó, cielos, no, dijo, pero quizá no tenga mucha experiencia escribiendo. Bueno, bueno, dijo ella. No se preocupe. Escribiré al director y usted dígale que cuanto está escrito en el original ha sido escrito con la intención de que estuviera escrito tal como está, y que él ha de limitarse a imprimir el libro y que yo asumo toda la responsabilidad. El joven hizo una reverencia y se fue.

Más tarde, cuando el libro llamó la atención de escritores y periodistas, el director de Grafton Press escribió a Gertrude Stein una carta muy sencilla en la que reconocía que le había sorprendido el interés que había despertado el libro, y añadía que deseaba decirle que, ahora que había visto el resultado, su empresa estaba muy orgullosa de haberlo impreso. Pero esto ocurrió después de que yo llegara a París.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s