Crónicas de un viaje a La India: Cuaderno III

Violeta Balián

 

 CUADERNO III

 Cuando nos despedíamos de los Gupta, Margaret me abrazó y en voz baja, me dijo que podía contar con ellos en todo momento.  Sentí un gran alivio.  La revelación de que Henry sufría de la misma afección que Mary, me preocupó.  No sabía qué hacer.  En el camino al bungaló busqué, en vano, alguna solución para la situación en la que me encontraba. Recapacité.  Armar mis valijas, dejar el bungaló y presentarme en casa de los Gupta, no solucionaba nada.  Henry no había dado señales de nada ni había variado en su conducta. Lo mejor sería continuar como de costumbre.  Pero eso sí, estar siempre alerta.

Comenzaba diciembre.  En la primera semana de enero debía presentar mi trabajo a la Junta Académica en Lucknow. Los días pasaban y estaba consciente de que tenía algunos tópicos pendientes con Shankar.  Entonces decidí atacar a los primeros: El sitio de Kanpur y las masacres de Suttee Chaura Ghat y Bibigar.  Tenía material suficiente para ocuparme en las próximas semanas y dejar de lado el tema Henry.

 

Foto: Ataque al fuerte de Kanpur, 1857

 

Kanpur, en el siglo XIX, fue una importante plaza militar británica. Los barracones acogían a unos 7.000 soldados.  Durante la Primera Guerra de Independencia, conocida también como la Rebelión India de 1857 o el Alzamiento de los Sepoys (cipayos), los rebeldes, liderados por Nana Sahib, asediaron, en sus fortificaciones, a unos 900 soldados.  En un momento, los bandos hicieron un acuerdo.  Los europeos querían un pase para llegar a Suttee Chaura Ghat (una escalinata de acceso al río), alojarse en barcazas y zarpar hacia Allahabad.

 

Foto:  Suttee Chaura Ghat

 

Sin embargo, la controversia rodea a lo que ocurrió realmente en el Suttee Chaura Ghat, o quién disparó el primer tiro. Lo que sí se sabía, es que los soldados que partían recibieron disparos antes de ser capturados y asesinados. Más tarde, algunos de los británicos reclamaron que las tropas enemigas habían colocado las barcas en lugares altos y llenos de barro –el río estaba inusualmente seco para esa época del año—con la intención de retrasar la salida de las barcazas. Y también que Nana Sahib organizó el campamento con antelación porque planeaba la matanza de los británicos. La Compañía, por su parte, acusó a Nana Sahib de traición y de asesinar a gente inocente. No se encontraron evidencias de que el líder haya planeado y ordenado la masacre por lo cual, algunos historiadores piensan que la masacre de Suttee Chaura Ghat fue el resultado de la confusión.

 

Foto: Bibighar House, la casa de las mujeres

 

Sobrevivieron unas doscientas personas, mujeres y niños que fueron trasladados a una villa conocida como el Bibighar (la casa de las mujeres).  Cuando las fuerzas británicas, bajo el mando del General Henry Havelock avanzaban hacia Kanpur, los comandantes rebeldes consideraron ejecutar a sus prisioneros. Los soldados se rehusaron a cumplir esas órdenes, entonces los comandantes recurrieron a los carniceros de las poblaciones para que mataran a los prisioneros a cuchillo.  Esto ocurría tres días antes de que los británicos llegaran a la ciudad, el 18 de julio. Los asesinos arrojaron a los cuerpos desmembrados en un pozo profundo, incluyendo tres niños a los que enterraron vivos bajo la pila de cadáveres.

 

Foto:  Nana Sahib, líder de los rebeldes

 

El general Nelly y sus soldados se apoderaron de la ciudad y “llenos de venganza” cometieron una serie de atrocidades contra los rebeldes y, desafortunadamente, contra civiles como mujeres, niños y personas mayores. En la opinión de los británicos, la masacre de Kanpur así como sucesos similares en otros lugares, justificaban su venganza desenfrenada.  Acto seguido, desmantelaron Bibighar levantando un cerco y poniendo una cruz en el lugar donde se encontraba el pozo. Años después, en 1862, construyeron una iglesia llamada “La Catedral de todas las almas” en memoria de aquellos que murieron.

 

Foto: Represalia británica

 

Hasta el día de hoy, los historiadores, tanto colonialistas como indios, hablan de Azizun bai.  Su memoria perdura entre la gente de Kanpur. Al parecer, la famosa cortesana no tenía nada que ganar ni resentimientos personales que saldar como muchas otras mujeres que se unieron a la rebelión. A ella, simplemente, la inspiraba el carismático Nana Sahib.   Se vestía como hombre, al igual que la Reina Lakshmibbai y, armada hasta los dientes, cabalgaba con los soldados.  Se la vio formar parte de la procesión el día que se izó la bandera en Kanpur para celebrar la primera victoria de Nana Sahib.  Fue la favorita de los cipayos del Segundo Cuerpo de Caballería, asignado a Kanpur, y mantenía una relación cercana con Shamsuddin, uno de los soldados, Su casa era el punto de encuentro para los rebeldes y desde donde organizó un grupo de mujeres que ambulaban, libremente vitoreando a los soldados mientras distribuían armas y municiones entre los nuevos reclutas. Nadie sabe qué fue de Azizunbai después de que los británicos recuperaron Kanpur.

 

Foto: Azizunbai, cortesana de Kanpur

 

Por lo general, y durante los días que pasaba en Kanpur, Henry y yo salíamos a comer afuera.  Ninguno de los dos soportaba la cocina de Bidi.  Otras veces, nos reuníamos con sus amigos o gente conectada con los viejos negocios de los de Noronha. En una ocasión le pregunté acerca de los orígenes de la familia. Sorprendido, agradeció mi interés.  Le gustaba hablar de ellos, agregó.  Le daban una sensación de pertenencia a algo que consideraba más valioso o más heroico y de hecho, más interesante que la trayectoria de los miembros más jóvenes de la familia, incluyendo su padre.

La historia comienza en 1854, en Aldona —un pueblecito próspero en Goa, la colonia portuguesa, famoso por sus pimientos y la perspicacia de su gente—cuando un joven de veintiséis años, intrépido y emprendedor, se lanzó a hacer un viaje de aventuras y destino desconocido. Para ello, se unió a una caravana de 300 carros tirados por bueyes que viajaba a Rajputana, hoy Rajastán. Como había aprendido fotografía de los portugueses, tenía por objetivo tomarle fotos a los encumbrados y poderosos, es decir, a los rajás y nabobs, el único sector de la sociedad que podía pagar 200 rupias por fotografía. Cabe destacar que en aquellos años no había cámara ni película. El celuloide aún no se había inventado.  Y, a la cámara, había que fabricársela uno mismo.  Además, era necesario preparar soluciones de oro o nitrato para producir fotografías sobre vidrio. Y hubo más de una ocasión en la que este joven viajero recibió palizas o le destruyeron el equipo.  Algo no le caía muy bien a sus clientes. Los negativos que resultaban del proceso de colodión húmedo (nitrato de celulosa disuelto en alcohol y éter), una sustancia pegajosa que se adhiere bien al vidrio tomaba el aspecto de fantasmas, razón por la que le acusaban de extraer las “almas” de sus sujetos.  Pero, con el transcurso del tiempo y sus muchas divagaciones, un día, a principios de 1856, el joven fotógrafo llegó a Cawnpore (hoy en día Kanpur).  La ciudad experimentaba un crecimiento económico y poblacional.  Y, además, contaba con un vasto interior agrícola, moledoras eficientes y, el río Ganges, aun navegable para los pequeños barcos de navegación marítima.

El joven se llamaba Manuel Xavier de Noronha (1828-1888) y lo conocían como MX.

Por el otro lado, fueron dos los eventos que hicieron que MX se quedara en Kanpur.  Uno, la primera Guerra de Independencia en 1857, y el otro, al año siguiente, la instalación de la línea de ferrocarril que unía a Kanpur con Calcuta más la conversión de la India en una colonia británica.  Es decir que todas las posesiones de la famosa Compañía pasaron a manos de la corona.

Durante el conflicto de 1857, casi no había cristianos de origen indio o anglo-indios. Sin duda, atrapados en el fuego cruzado. Aun así, MX obtuvo albergue en el Fuerte de Kanpur.  Pero en la batalla que siguió, un oficial británico cayó herido y pedía ayuda a los gritos.  MX, un no-combatiente y desarmado, salió al campo para rescatar al oficial.  Lo cargó sobre sus anchos hombros y enfiló a lugar seguro.  Estaban casi a salvo cuando una bala de cañón le sacó la cabeza al herido. MX dejó el cuerpo y corrió al Fuerte.  Más tarde, identificaron al fallecido como un tal Coronel Wilson del Regimiento de Infantería 64.  Al parecer, el cañonazo enemigo originó del contingente rebelde de Gwalior.  En un folleto que publicó la Asociación Aldona de Bombay, en 1943, se menciona a MX en conexión con su heroísmo al salvar un total de 80 vidas durante el conflicto de 1857.  Su nombre figura también en la Lista de Honor de su pueblo natal, Aldona.  Sin embargo, no se sabe nada de las vidas de aquellos a quienes salvó ni cuán creíble resultó ser esta afirmación.

En 1858, MX se afincó en Kanpur estableciendo su empresa bajo el nombre y estilo de M.X: de Noronha e Hijo.  El negocio de la fotografía se diversificó al de las subastas como también la imprenta, conocida como Aldona Press.  Y una oficina de correos.  Henry agregó que MX es mencionado en uno de los libros de Rudyard Kipling, como el hombre de negocios de Goa en cuya casa un elefante corrió enloquecido. Pero no pudo indicar cuál de ellos.

Algunos paseos por la vieja Kanpur resultaron muy interesantes.  Por ejemplo, cuando acompañé a Henry a ver a su abogado por callejuelas sucias y pasando por varios templos hindúes, los que poco antes del atardecer se preparaban para las veneraciones y otros ritos. Los templos me intimidaban; en particular los dedicados a la diosa Kali.  La encontraba horrible. Entramos a la oficina del abogado, que resultó ser un hombre muy viejo, pequeño y con espejuelos, salido de un entorno “dickensiano”, y que imaginé, existía y subsistía entre pilas y pilas de amarillentos legajos remontándose no sólo en siglos sino hasta lo que parecía ser el techo de un entrepiso. De pronto, surgió la incongruente presencia de una joven, la hija o la nieta del abogado quien diligentemente atendió los asuntos de Henry

En otra ocasión, y sufriendo yo de un dolor de oído, Henry me llevó a ver al médico.  En realidad, el médico atendía en un dispensario público, ubicado también en una callejuela de la vieja Kanpur. La asistente nos hizo pasar. Había, por lo menos, una media docena de mujeres esperando su turno; pero no, en mi calidad de extranjera y a cargo del señor de Noronha, yo sería atendida inmediatamente.  No había consultorio.  El paciente se sentaba en un banquillo en el medio de una única habitación, que no tenía puerta y daba directamente a la calle. ¡Quién sabe! Tal vez nunca la hubo ni siquiera una media puerta.  Apareció el médico y me pidió que me sentara.  Cuando se acercó con el otoscopio y me pidió que inclinara la cabeza a un costado, bien baja, las mujeres que esperaban sentadas inclinaron las suyas.  Nuestros ojos se encontraron en esa incómoda posición, Conmovida, observé en los de ellas, curiosidad y solidaridad.  El proceso se repitió con el otro oído y me acompañaron por segunda vez. Entonces el médico recetó unas gotas de no sé qué.  Lo cierto es que, al día siguiente, el dolor había desaparecido.

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El siguiente tema de mi investigación eran las cortesanas o las mujeres de las que menos se hablaba en la India colonialista, particularmente a partir de 1857 porque a los británicos les era difícil aceptar que representantes de una cultura única, exquisitamente refinada y por cierto, arraigada en la fabulosa y legendaria ciudad de los Nabob.

Al mismo tiempo, y durante el conflicto de 1857, corresponsales de guerra y expertos viajeros como William Howard Russell, describían entusiásticamente a Lucknow:

«Ni Roma, ni Atenas, ni Constantinopla, son tan impactantes y hermosas como esta ciudad, y cuanto más la admiro, mucho más de su belleza parece crecer a mi alrededor.”

Russell no se refería a los minaretes dorados, ni a los jardines cercados, el zoológico, o a la arquitectura de sesgo fantástico que hermoseaban la ciudad, sino a las artistas más hermosas del mundo asiático: las cortesanas de Lucknow, las deradard tuwaif, de la más alta jerarquía, diferenciadas de las prostitutas comunes de la Ciudad Vieja como la esmeralda del barro.  Y cada día había más.  Las más bellas e importantes vivían en los palacios de Wajid Ali Sha, el Nabob y, a menudo, recibían una pensión vitalicia.  Por el otro lado, los nobles les encargaban sus queridos hijos a quienes ellas les enseñaban no sólo las artes amatorias sino también la etiqueta, la poesía y la música. Las mujeres se entrenaban a lo largo de años, hablaban varios idiomas, aprendían composición musical y poética, y el arte de la danza.

 

Foto: Bailarinas, Lucknow

 

En 1856, cuando la Compañía se anexó el Reino de Awadh y Wajid Ali Sha fue forzado al exilio, las cortesanas de Lucknow perdieron el patrocinio real. Una buena parte de ellas continuó en calidad de “independiente”.  La evidencia se encuentra en los registros impositivos de 1858 a 1877 y en otra correspondencia municipal de Lucknow. Los nuevos gobernantes clasificaron a estas mujeres como simples “bailarinas y cantantes”.  Si bien no nos sorprende encontrar mujeres en los registros impositivos; sí sorprende encontrarlas en el grupo más alto de contribuyentes, con ganancias individuales que superan a otros individuos de la ciudad.

Los nombres de las cortesanas aparecen también en las listas de propiedades como viviendas, huertos, fábricas de todo tipo, comercios al por menor en comestibles y artículos de lujo, confiscados por las fuerzas británicas debido a su “probada” participación en el sitio de Lucknow. Es decir que estas mujeres, obviamente no combatientes fueron penalizadas por instigar y proveer asistencia monetaria a los rebeldes. Por las mismas ofensas, en Kanpur las quemaron vivas.

Otra lista, de más de veinte páginas, registra, como botín de guerra nada menos que el palacio de Qaisar Bagh, un complejo de apartamentos y jardines, y también la residencia de 300 y más consortes del depuesto ex-rey Wajid Ali Sha contando con valiosos y lujosos enseres domésticos, porcelanas, ropas, adornos, joyas, y demás.

 

Foto: Cortesana, Lucknow

 

Al mismo tiempo, las cortesanas aparecieron en otros registros de la colonia británicas, principalmente en las comunicaciones escritas sobre una la grave crisis médica que involucraba al establecimiento militar en Lucknow y otros cantones de la India Británica. Durante el motín de 1857 hubo muchas bajas causadas no por los efectos del combate sino por enfermedades venéreas. El descubrimiento se combinó con el bochorno; 1 de cada 4 soldados británicos estaba afectado. Por lo tanto, la reducción de la mortalidad debía combinarse con el frente higiénico. Como primera medida, las cortesanas de Lucknow, Kanpur y otros cantones incluyendo algunas localidades en Gran Bretaña, fueron reglamentadas, inspeccionadas y controladas a través de un sistema de registro y periódicas inspecciones médicas.

Además de los reglamentos y las multas, se aplicaron sanciones por su supuesto rol en la rebelión. La medida marcó la degradación, gradual de una estimada institución cultural, en la prostitución común. De la noche a la mañana, estas bellas mujeres, que en el pasado fueron consortes de reyes y nobles y disfrutaron de una vida de opulencia manipulando hombres y recursos para sus propios objetivos, quedaron reducidas a una posición dudosa y vulnerable. El mejor ejemplo es la ridícula clasificación ocupacional “bailarinas y cantantes” la cual encapsula los profundos malentendidos culturales, es decir, la interpretación errónea por parte de las autoridades británicas, de lo que significaba ser una mujer “exótica” en la India.

Mientras los nuevos desafíos intensificaron su lucha para mantener su independencia al margen de una autoridad civil invasiva que gravaba impuestos e inspeccionaba sus cuerpos, las cortesanas independientes dos registros de sus ganancias, sobornaban a las enfermeras y a los policías para evitar arrestos por vender licores a los soldados o, negarse a pagar impuestos aun amenazadas con la prisión.  Las tácticas eran novedosas pero el espíritu, veterano, simples extensiones imaginativas de antiguas y sutiles modalidades para disputar la autoridad masculina y, añadir una defensa vivaz de sus propios derechos contra las políticas colonialistas.

Ya casi al final del siglo XIX, En la Muralla (On the City Wall) – Cuentos de la India (1890) Rudyard Kipling contribuye con su mirada condescendiente cuando opina sobre las cortesanas independientes en relación a la capacidad y carácter de la población india.  Curiosamente, la moralidad victoriana no le permitió a Kipling apreciar que, en la India, la institución meretriz no era disimilar a la que operaba en Gran Bretaña, particularmente, en el siglo XVIII.

«La joven Lalun pertenece a las más antigua de las profesiones.  Su verdadera abuela fue Lilith, aquella que, como lo sabe todo el mundo vivió antes que Eva.  Los occidentales dicen cosas muy feas acerca de la profesión de Lalun y dan conferencias, y escriben folletos, y distribuyen esos folletos entre los jóvenes para que la santa moral queda incólume.  Pero en los pueblos del Oriente, la profesión es hereditaria: la madre se la transmite a la hija; nadie da conferencias, nadie imprime folletos, nadie se preocupa por ese problema, o más bien dicho, no hay problema.  Todos estos hechos demuestran de una manera palmaria que el Oriente es incapaz de gobernarse a sí mismo».

 

 

Se acercaba la época de las Fiestas de fin de año.   Naturalmente, no significaban mucho para los que no eran cristianos. Como era de esperar, la familia de Mary y Henry se desvivía en preparar tés, comidas y hasta misas.  Como invitada especial, no podía faltar a ninguno de estos eventos.  Mucho menos negarme a probar todas las delicias.

Finalmente, entregué mis escritos al Profesor Shankar. Él y la Junta Académica los revisarían y me comunicarían su opinión. A partir de ese momento me encontraba libre para otras actividades. Dejé el cómodo y hospitalario Clark’s Hotel y volví a residir, tiempo completo en Kanpur, en el bungaló.

En los últimos días, recordaba, secretamente, las palabras de Mark Twain y ansiaba visitar Benarés;

«[Benarés] es más antigua que la Historia,

más antigua que las tradiciones,

más vieja incluso que las leyendas,

 y parece el doble de antigua que todas juntas».

 

Consideré tomar un servicio de turismo.  Henry opinó que no, que no había ninguna necesidad.  Él me acompañaría.  Es más, tenía muy buenos contactos con una familia hindú en Benarés.  El padre de familia acababa de fallecer y Ganguly había sido un buen amigo de su padre.

Con un poco de inquietud, iba reconociendo que, como mujer no podía viajar sola por la India. O lo hacía en un tour privado o me acompañaba alguien como Henry.  Organizamos el viaje y decidimos hacerlo por tren; más directo, más colorido y más barato. Reservamos también nuestras respectivas habitaciones en un hotel recomendado por los amigos de Henry, la familia Ganguly.  Por mi parte, ofrecí hacerme cargo de los gastos.  Henry aceptó.

Comenzamos el viaje tomando un tren directo de Kanpur a Varanasi.  El viaje me recordaba al que hice de Delhi a Kanpur y, por cierto, a los antipáticos Chaudhary.  Se me olvidaba comentárselo a Henry y conocer su opinión.  Por ahora este viaje iba bien.  En mi bolso llevaba el libro de Eric Newby que me habían prestado los hermanos.  Quería repasar el capítulo sobre Benarés, que me pareció increíble. Y también real y crudo en sus descripciones y experiencias.  Naturalmente, no dejé de tener en cuenta que el matrimonio Newby anduvo por Benarés en 1962 y ya habían pasado más de veinte años.

Benarés me intrigaba.  Contemporánea de Tebas y Babilonia, fue habitada, ininterrumpidamente durante más de 4000 años y, como mencionaba un escritor, “el viajero sensible y sagaz sentirá un escalofrío de vértigo histórico cuando se sorprenda perpetuando ritos milenarios”.  En Kim, recordé, el objetivo del lama es llegar a Benares, y de ahí, continuar a Lumbini, su lugar natal, en busca del río místico.  El lama y Kim pasaron unas horas en Benarés.  Debía releer ese capítulo.

El viaje sin novedades, el tren marchaba a horario, pero aún faltaban tres horas para llegar a la ciudad sagrada. Ni Henry ni yo fuimos precavidos.  No trajimos nada para merendar. En una parada, compramos un poco de pollo frito –lo único que había– de un vendedor ambulante.  Poco después, sentí un fuerte dolor de cabeza, que sospeché ya se encaminaba a una migraña.  Al llegar, tomamos un rickshaw al hotel.  Un buen hotel, por suerte.  Ya en la habitación, me di cuenta de que no había analgésico que calmara el dolor.  El malestar era general y mi cabeza estaba a punto de explotar.  Pedí un médico.  Llegó a la hora y por los síntomas que le describí, diagnosticó una infección de páncreas.  Le conté lo del pollo.  Es posible, dijo, pero únicamente como la última gota de una acumulación de otras ingestas.  Es decir, los numerosos tés, los postres, las bebidas, el yogur con leche de búfalo todos eran culpables.  No, no podía darme analgésicos, no servirían de nada. Pero me siento morir, supliqué. Por los próximos días, jugo de mango, cerveza y arroz, indicó. Nada más. Y guardar cama, justo en Benarés, donde morir y ser incinerado garantiza un billete directo al paraíso, poniendo fin al fatigoso ciclo de reencarnaciones. ¿Realmente? Henry se hizo cargo de todos los arreglos, las comidas o mejor dicho, los líquidos.

 

Foto:  Saddhu, en Benarés

 

Sólo recuerdo que caí en una suerte de estupor, animado por alucinaciones conectadas, estoy segura por lo que había leído en el libro de Eric Newby.  Se me aparecía el santurrón o saddhu, con el cuerpo cubierto de cenizas, desnudo, una bolsa con un cráneo dentro al que limpiaba a diario con whisky o cualquier alcohol disponible.  El saddhu, en este caso una persona engañosa y ambigua respecto de su identidad.  Que en realidad era un Aghori, un individuo que come excrementos humanos, aunque, por lo general prefiere enormes cantidades de curry, parathas y ensalada de frutas. A veces, es un Avadhut, con muchos intereses, entre ellos, hacer el sadhana, o sea convocar con el sonido de un cuerno a los malos espíritus o cualquier entidad en la que creen el resto de la gente; porque él, no cree en nada.  Y a esas entidades, hacerlas dioses visibles o demonios, lo que él decida, pero antes, si le dan whisky llegar a conocer la sílaba mística que contiene la semilla del dios, y el mantra que da poder.  Es más, llevaría a los Newby a una colonia de leprosos donde, contra su voluntad, les haría tomar té.  Necesitaba enfermos.

Pasaron un par de días.  Me sentí mejor. Dimos una vuelta por la vecindad, pero Henry, prudente, explicó que por ahora no iríamos al ghat, las escalinatas que terminan en el Ganges donde se bañan los hindúes devotos.  Me pareció bien.  No me sentía capaz. La familia Ganguly, sus amigos, en Benarés nos habían invitado a cenar a su casa.  La familia era de la casta brahmin y, la madre, practicaba un hinduismo ortodoxo.  Existía la posibilidad de que no bajara a verme o saludarme, me advirtió.  No me molestó. Después de tantas semanas en la India, descubrí que los extranjeros presentábamos un dilema para los hindúes ortodoxos.  Cualquier contacto, aunque sea verbal, los contamina.  Un chiste contaba cómo una familia que había invitado a extranjeros a comer, una vez que éstos partieron, limpiaron la casa, desaforadamente para librarla de impurezas y malos espíritus.

Al contrario, dijo Henry, los hijos varones y sus esposas, la gente joven de la familia, estaban muy entusiasmados con mi visita.  Querían preguntarme muchas cosas.

Así que, al día siguiente, por la noche, nos presentamos en la casa de los Ganguly.  Mi primera impresión fue la de una casa muy blanca; un templo, en realidad.  En la entrada, o vestíbulo y en el piso, una llama ardiente iluminando la escultura de Kali, la diosa a la que veneraban.  Me estremecí.  La imagen me retrotrajo a las lecturas de Salgari, a la banda de los malvados thugs, sus adoradores.  Los jóvenes anfitriones notaron mi sorpresa.  Para ellos, adherentes al credo shakta, Kali era la Madre universal y la escultura representaba el aspecto destructor de la divinidad, contra la maldad y los demonios. La escultura era hermosa, realizada en porcelana con tonos celestes. No faltaba la lengua roja, que significa la muerte o la señal de shock al haber pisoteado el cuerpo de su consorte, Shiva.

La cena se presentó y sirvió en una mesa redonda y baja.  Nos sentamos alrededor.  Si bien me sentía mucho mejor, temí que la comida no me cayera bien.  Todo lo contrario, los platos, vegetarianos, fueron extraordinarios. La madre había preparado la cena, explicó la familia. Me hubiese gustado conocerla, aventuré.  Es que guarda duelo, por nuestro padre, dijeron.  Sin embargo, una media hora más tarde, la señora Ganguly bajó a verme, saludándome con un ceremonioso namasté.  Se sentó entre sus nueras.  Luego, se levantó y se sentó a mi lado. Muy amable y en perfecto inglés, me hizo algunas preguntas.  En ningún momento sentí hostilidad o reserva por parte de ella.  Nada que ver con los Chaudhary.   De pronto, se levantó y, sin decir palabra, salió del recinto. Pero volvió trayendo algo en sus manos. Una cajita de marfil, en forma de corazón. Me pareció antigua.  Me la entregó y dijo:

—Un regalo para usted.  Guarde en ella sus bendiciones que Kali se encargará del resto.  Le esperan momentos difíciles, no se desanime, saldrá adelante.  Confíe en la destructora de todos los males. Al final de este viaje, le espera una sorpresa.

Juntó las manos contra su pecho, y dijo:  Namaste.

De inmediato, se retiró.

 

 

 

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