La casa de las bellas durmientes (I)

Yasunari Kawabata

 

 

1

No debía hacer nada de mal gusto, advirtió al anciano Eguchi la mujer de la posada. No debía poner el dedo en la boca de la muchacha dormida ni intentar nada parecido.

Había esta habitación, de unos cuatro metros cuadrados, y la habitación contigua, pero al parecer no había más habitaciones en el piso superior; y como la planta baja resultaba demasiado reducida para alojar huéspedes, el lugar apenas podía llamarse una posada. Probablemente porque su secreto no lo permitía, el portal no ostentaba ningún letrero. Todo era silencio. Tras serle franqueado el portal cerrado con llave, el viejo Eguchi sólo había visto a la mujer con quien ahora estaba hablando. Era su primera visita. Ignoraba si se trataba de la propietaria o de una criada. Era mejor no hacer preguntas.

La mujer, baja y de unos cuarenta y cinco años, tenía una voz juvenil, y daba la impresión de haber cultivado especialmente una actitud seria y formal. Los labios delgados apenas se abrían cuando hablaba. No miraba a Eguchi con frecuencia. Algo en sus ojos oscuros minaba las defensas de éste, y parecía muy segura de sí misma. Preparó el té con una tetera de hierro sobre el brasero de bronce. Las hojas de té y la calidad de la infusión eran asombrosamente buenas para el lugar y la ocasión —con objeto de tranquilizar al viejo Eguchi—. En la alcoba pendía un cuadro de Hawai Gyokudô, probablemente una reproducción, de una aldea de montaña al calor de las hojas otoñales. Nada sugería que la habitación albergara secretos insólitos.

—Y le ruego que no intente despertarla, aunque no podría, hiciera lo que hiciese. Está profundamente dormida y no se da cuenta de nada. —La mujer lo repitió—: Continuará dormida y no se dará cuenta de nada, desde el principio hasta el fin. Ni siquiera de quién ha estado con ella. No debe usted preocuparse.

Eguchi no mencionó las dudas que empezaban a acometerle.

—Es una joven muy bonita. Sólo admito huéspedes en quienes pueda confiar.

Cuando Eguchi desvió la vista, la fijó en su reloj de pulsera.

—¿Qué hora es?

—Las once menos cuarto.

—No me sorprende. Los caballeros ancianos gustan de acostarse pronto y levantarse temprano. Así pues, cuando quiera.

La mujer se puso de pie y abrió la cerradura de la habitación contigua. Utilizó la mano izquierda. No había nada notable en este acto, pero Eguchi retuvo el aliento mientras la miraba. Ella echó una mirada a la otra habitación. Sin duda estaba acostumbrada a mirar por las puertas, y no había nada extraño en la espalda que daba a Eguchi. No obstante, parecía extraña. Había un pájaro grande y raro en el nudo de su obi. Ignoraba de qué especie podía tratarse. ¿Por qué habrían puesto ojos y pies tan realistas en un pájaro estilizado? No era que el ave fuese inquietante por sí misma, sólo que el diseño era malo; pero si había que atribuir algo inquietante a la espalda de la mujer, se encontraba allí, en el pájaro. El fondo era amarillo pálido, casi blanco.

La habitación contigua parecía débilmente iluminada. La mujer cerró la puerta sin dar vuelta a la llave, y colocó ésta sobre la mesa, frente a Eguchi. Nada en su actitud, ni en el tono de su voz, sugería que había inspeccionado una habitación secreta.

—Aquí está la llave. Espero que duerma bien. Si le cuesta conciliar el sueño, encontrará un sedante junto a la almohada.

—¿Tiene algo de beber?

—No dispongo de alcohol.

—¿Ni siquiera puedo tomar un trago para dormirme?

—No.

—¿Ella está en la habitación contigua?

—Sí, dormida y esperándole.

—¡Oh!

Eguchi estaba un poco sorprendido. ¿Cuándo había entrado la muchacha en la habitación contigua? ¿Desde cuándo estaría dormida? ¿Acaso la mujer había abierto la puerta para asegurarse de que estaba dormida? Eguchi sabía por un viejo conocido que frecuentaba el lugar que habría una muchacha esperando, dormida, y que no se despertaría; pero ahora que se encontraba aquí parecía incapaz de creerlo.

—¿Dónde quiere desnudarse? —La mujer parecía dispuesta a ayudarle. Él guardó silencio—. Escuche las olas. Y el viento.

—¿Olas?

—Buenas noches —la mujer le dejó.

Una vez solo, Eguchi contempló la habitación, desnuda y sin artilugios. Su mirada se posó en la puerta de la habitación contigua. Era de cedro, de un metro de anchura. Parecía haber sido añadida después de la construcción de la casa. También la pared, si se examinaba bien, parecía un antiguo tabique corredizo, ahora tapado para formar la cámara secreta de las «bellas durmientes». El color era igual que el de las otras paredes, pero parecía más reciente.

Eguchi cogió la llave. Después de hacerlo, debería haberse dirigido a la otra habitación; pero permaneció sentado. Lo que había dicho la mujer era cierto: las olas sonaban con violencia. Era como si rompieran contra un alto acantilado, y como si la pequeña casa estuviera en el mismo borde. El viento traía el sonido del invierno inminente, tal vez debido a la casa misma, tal vez debido a algo que había en el viejo Eguchi. No obstante, el calor del único brasero resultaba suficiente. El distrito era cálido. El viento no parecía barrer las hojas. Al haber llegado tarde, Eguchi no había visto en qué clase de paisaje se asentaba la casa; pero se notaba el olor del mar. El jardín era grande en relación con el tamaño de la casa, y contenía un número considerable de grandes pinos y arces. Las agujas de los pinos se perfilaban con fuerza contra el cielo. Probablemente la casa había sido una villa campestre.

Con la llave todavía en la mano, Eguchi encendió un cigarrillo. Dio una o dos chupadas y lo apagó; pero fumó otro hasta el final. No era tanto porque se estuviera ridiculizando a sí mismo por su ligera aprensión como por el hecho de sentir un vacío desagradable. Solía tomar un poco de whisky antes de acostarse. Tenía un sueño precario, con tendencia a las pesadillas. Una poetisa muerta de cáncer en su juventud había dicho en uno de sus poemas que para ella, en las noches de insomnio, «la noche ofrece sapos, perros negros y cadáveres de ahogados». Era un verso que Eguchi no podía olvidar. Al recordarlo ahora se preguntó si la muchacha dormida —no, narcotizada— de la habitación contigua podría ser como el cadáver de un ahogado; y vaciló un poco en acudir a su lado. No le habían dicho cómo la sumían en el sueño. En cualquier caso, estaría en un letargo anormal, sin conciencia de cuanto ocurriera a su alrededor, y por ello podría tener la piel, opaca y plomiza de una persona atiborrada de drogas. Podría tener ojeras oscuras y marcarse sus costillas bajo una piel reseca y marchita. O podría estar fría, hinchada, tumefacta. Podría roncar ligeramente, con los labios abiertos, dejando entrever unas encías violáceas. Durante sus sesenta y siete años el viejo Eguchi había pasado noches ingratas con mujeres. De hecho, las noches ingratas eran las más difíciles de olvidar. Lo desagradable no tenía nada que ver con el aspecto de las mujeres, sino con sus tragedias, sus vidas frustradas. A su edad, no quería añadir al historial otro episodio semejante. De este modo discurrían sus pensamientos, al borde de la aventura. Pero ¿podía haber algo más desagradable que un viejo acostado durante toda la noche junto a una muchacha narcotizada, inconsciente? ¿No habría venido a esta casa buscando lo sumo en la fealdad de la vejez?

La mujer había hablado de huéspedes en quienes podía confiar. Al parecer todos cuantos venían a esta casa eran dignos de confianza. El hombre que le habló a Eguchi de la casa era tan viejo que ya había dejado de ser hombre. Parecía pensar que Eguchi había alcanzado el mismo grado de senilidad. La mujer de la casa, probablemente porque estaba acostumbrada a hacer tratos sólo con hombres tan ancianos, no había mirado a Eguchi con piedad ni indiscreción. Puesto que era capaz todavía de sentir goce, aún no era un huésped digno de confianza; pero podía llegar a serlo, debido a sus sentimientos en aquel momento, al lugar y a su compañera. La fealdad de la vejez le estaba acosando. También para él, pensó, estaban próximas las tristes circunstancias de los otros huéspedes. El hecho de que estuviera aquí ya lo indicaba.

Y por ello no tenía intención de violar las desagradables y tristes restricciones impuestas a los viejos. No tenía intención de violarlas, y no lo haría. Aunque podía llamarse un club secreto, el número de sus ancianos miembros parecía reducido. Eguchi no había venido a descubrir sus pecados ni a husmear en sus prácticas secretas. Su curiosidad distaba de ser fuerte, porque ya la tristeza de la vejez se cernía también sobre él.

—Algunos caballeros dicen que tienen sueños felices cuando vienen aquí —había dicho la mujer—. Otros dicen que recuerdan lo que sentían cuando eran jóvenes.

Ni siquiera entonces apareció en el rostro de Eguchi una leve sonrisa. Puso las manos sobre la mesa y se levantó. Se encaminó hacia la puerta de cedro.

—¡Ah!

Eran las cortinas de terciopelo carmesí. El carmesí era aún más profundo bajo la luz tenue. Parecía como si una delgada capa de luz flotara ante las cortinas, y él se estuviera introduciendo en un fantasma. Había cortinas en las cuatro paredes y también en la puerta, pero aquí estaban recogidas hacia un lado. Cerró la puerta con llave, dejó caer la cortina y miró a la muchacha. Ésta no fingía. Su respiración era la de un sueño profundo. Eguchi contuvo el aliento; era más hermosa de lo que había esperado. Y su belleza no constituía la única sorpresa. También era joven. Estaba acostada sobre el lado izquierdo, con el rostro vuelto hacia él. No podía ver su cuerpo, pero no debía tener ni veinte años. Era como si otro corazón batiese sus alas en el pecho del anciano Eguchi.

Su mano derecha y la muñeca estaban al borde de la colcha. El brazo izquierdo parecía extendido diagonalmente sobre la colcha. El pulgar derecho se ocultaba a medias bajo la mejilla. Los dedos, sobre la almohada y junto a su rostro, estaban ligeramente curvados en la suavidad del sueño, aunque no lo suficiente para esconder los delicados huecos donde se unían a la mano. La cálida rojez se intensificaba de modo gradual desde la palma a las yemas de los dedos. Era una mano suave, de una blancura resplandeciente.

—¿Estás dormida? ¿Vas a despertarte?

Era como si lo preguntara con objeto de poder tocarle la mano. La tomó en la suya y la sacudió. Sabía que ella no abriría los ojos. Con su mano todavía en la suya, contempló su rostro. ¿Qué clase de muchacha sería? Las cejas estaban libres de cosméticos, las pestañas bajadas eran regulares. Olió la fragancia del cabello femenino. Al cabo de unos momentos el sonido de las olas se incrementó, porque el corazón de Eguchi había sido cautivado. Se desnudó con decisión. Al observar que la luz venía de arriba, levantó la vista. La luz eléctrica procedía de dos claraboyas cubiertas con papel japonés. Como si tuviera más compostura de la que era capaz, se preguntó si era una luz que acentuaba el carmesí del terciopelo y si la luz del terciopelo daba a la piel de la muchacha el aspecto de un bello fantasma; pero el color no era lo bastante fuerte para reflejarse en su piel. Ya se había acostumbrado a la luz. Era demasiado intensa para él, habituado a dormir en la oscuridad, pero al parecer no podía apagarse. Vio que la colcha era de buena calidad.

Se deslizó quedamente bajo ella, temeroso de que la muchacha, aunque sabía que seguiría durmiendo, se despertara. Parecía estar totalmente desnuda. No hubo reacción, ningún encogimiento de hombros ni torsión de las caderas como sugerencia de que ella notaba su presencia. Era una muchacha joven, y por muy profundo que fuera su sueño, debería haber una especie de reacción rápida. Pero él sabía que éste no era un sueño normal. Este pensamiento le impidió tocarla cuando estiró las piernas. Ella tenía la rodilla algo adelantada, obligando a las piernas de Eguchi a una posición difícil. No necesitó inspeccionar para saber que ella no estaba a la defensiva, que no tenía la rodilla derecha apoyada sobre la izquierda. La rodilla derecha se encontraba hacia atrás y la pierna estirada. En esta posición sobre el lado izquierdo, el ángulo de los hombros y el de las caderas parecían en desacuerdo, debido a la inclinación del torso. No daba la impresión de ser muy alta.

Los dedos de la mano que el viejo Eguchi sacudió suavemente también estaban sumidos en profundo sueño. La mano descansaba tal como él la dejara. Cuando tiró la almohada hacia atrás, la mano cayó. Contempló el codo que estaba sobre la almohada. «Como si estuviera vivo», murmuró para sus adentros. Por supuesto que estaba vivo, y su única intención era observar su belleza; pero una vez pronunciadas, las palabras adquirieron un tono siniestro. Aunque esta muchacha sumida en el sueño no había puesto fin a las horas de su vida, ¿acaso no las había perdido, abandonándolas a profundidades insondables? No era una muñeca viviente, pues no podía haber muñecas vivientes; pero, para que no se avergonzara de un viejo que ya no era hombre, había sido convertida en juguete viviente. No, un juguete, no: para los viejos podía ser la vida misma. Semejante vida era, tal vez, una vida que podía tocarse con confianza. Para los ojos cansados y présbitas de Eguchi, la mano vista de cerca era aún más suave y hermosa. Era suave el tacto, pero no podía ver la textura.

Los ojos cansados advirtieron que en los lóbulos de las orejas había el mismo matiz rojo, cálido y sanguíneo, que se intensificaba hacia las yemas de los dedos. Podía ver las orejas a través del cabello. El rubor de los lóbulos de las orejas indicaba la frescura de la muchacha con una súplica que le llegó al alma. Eguchi se había encaminado hacia esta casa secreta inducido por la curiosidad, pero sospechaba que hombres más seniles que él podían acudir aquí con una felicidad y una tristeza todavía mayores. El cabello de la muchacha era largo, probablemente para que los ancianos jugaran con él. Apoyándose de nuevo sobre la almohada, Eguchi lo apartó para descubrir la oreja. El cabello de detrás de la oreja tenía un resplandor blanco. El cuello y el hombro eran también jóvenes y frescos; aún no mostraban la plenitud de la mujer. Echó una mirada a la habitación. En la caja sólo había sus propias ropas; no se veía rastro alguno de las de la muchacha. Tal vez la mujer se las había llevado, pero Eguchi tuvo un sobresalto al pensar que la muchacha podía haber entrado desnuda en la habitación. Estaba aquí para ser contemplada. Él sabía que la habían adormecido para este fin, y que esta nueva sorpresa era inmotivada; pero cubrió su hombro y cerró los ojos. Percibió el olor de un niño de pecho en el olor de la muchacha. Era el olor a leche de un lactante, y más fuerte que el de la muchacha. Era imposible que la chica hubiera tenido un hijo, que sus pechos estuvieran hinchados, que los pezones rezumaran leche. Contempló de nuevo su frente y sus mejillas, y la línea infantil de la mandíbula y el cuello. Aunque ya estaba seguro, levantó ligeramente la colcha que cubría el hombro. El pecho no era un pecho que hubiese amamantado. Lo tocó suavemente con el dedo; no estaba húmedo. La muchacha tenía apenas veinte años. Aunque la expresión infantil no fuese por completo inadecuada, la muchacha no podía tener el olor a leche de un lactante. De hecho, se trataba de un olor de mujer, y sin embargo, era muy cierto que el viejo Eguchi había olido a lactante hacía un momento. ¿Habría pasado un espectro? Por mucho que se preguntara el porqué de su sensación, no conocería la respuesta; pero era probable que procediera de una hendidura dejada por un vacío repentino en su corazón. Sintió una oleada de soledad teñida de tristeza. Más que tristeza o soledad, lo que le atenazaba era la desolación de la vejez. Y ahora se transformó en piedad y ternura hacia la muchacha que despedía la fragancia del calor juvenil. Quizás únicamente con objeto de rechazar una fría sensación de culpa, el anciano creyó sentir música en el cuerpo de la muchacha. Era la música del amor. Como si quisiera escapar, miró las cuatro paredes, tan cubiertas de terciopelo carmesí que podría no haber existido una salida. El terciopelo carmesí, que absorbía la luz del techo, era suave y estaba totalmente inmóvil. Encerraba a una muchacha que había sido adormecida, y a un anciano.

—Despierta, despierta —Eguchi sacudió el hombro de la muchacha. Luego le levantó la cabeza.

Un sentimiento hacia la muchacha, que surgía en su interior, le impulsó a obrar así. Había llegado un momento en que el anciano no podía soportar el hecho de que la muchacha durmiera, no hablara, no conociera su rostro y su voz, de que no supiera nada de lo que estaba ocurriendo ni conociera a Eguchi, el hombre que estaba con ella. Ni una mínima parte de su existencia podía alcanzarla. La muchacha no se despertaría, era el peso de una cabeza dormida en su mano; y sin embargo, podía admitir el hecho de que ella parecía fruncir ligeramente el ceño como una respuesta viva y rotunda. Eguchi mantuvo su mano inmóvil. Si ella se despertaba debido a tan pequeño movimiento, el misterio del lugar, descrito por el viejo Kiga, el hombre que se lo había indicado, como «dormir con un Buda secreto», se desvanecería. Para los ancianos clientes en quienes la mujer podía «confiar», dormir con una belleza que no se despertaría era una tentación, una aventura, un goce en el que, a su vez, podían confiar. El viejo Kiga había dicho a Eguchi que sólo podía sentirse vivo cuando se hallaba junto a una muchacha narcotizada.

Cuando Kiga visitó a Eguchi, su mirada se posó en el jardín. Había algo rojo sobre el musgo marrón del otoño.

—¿Qué puede ser?

Salió para verlo. Las bolas eran frutas rojas del aoki. Había un gran número de ellas en el suelo. Kiga recogió una y, jugando con ella, habló a Eguchi de la casa secreta. Dijo que acudía allí cuando la desesperación de la vejez le resultaba insoportable.

—Parece haber pasado mucho tiempo desde que perdí la esperanza en cualquier mujer. Hay una casa donde duermen a las mujeres para que no se despierten.

¿Sería que una muchacha profundamente dormida, que no dijera nada ni oyera nada, lo oía todo y lo decía todo a un anciano que, para una mujer, había dejado de ser hombre? Pero ésta era la primera experiencia de Eguchi con una mujer así. Sin duda, la muchacha había tenido muchas veces esta experiencia con hombres viejos. Entregada totalmente a él, sin conciencia de nada, en una especie de profunda muerte aparente, respiraba con suavidad, mostrando un lado de su inocente rostro. Ciertos ancianos tal vez acariciarían todas las partes de su cuerpo, otros sollozarían. La muchacha no se enteraría en ninguno de ambos casos. Pero ni siquiera este pensamiento indujo a Eguchi a la acción. Al retirar la mano de su cuello tuvo tanto cuidado como si manejara un objeto frágil; pero el impulso de despertarla con violencia aún no le había abandonado.

Cuando retiró la mano, la cabeza de ella dio una suave media vuelta; y también el hombro, por lo que la muchacha quedó boca arriba. Eguchi se apartó, preguntándose si abriría los ojos. La nariz y los labios brillaban de juventud bajo la luz del techo. La mano izquierda se movió hacia la boca; parecía a punto de meter el índice entre los dientes, y él se preguntó si sería un hábito de la muchacha cuando dormía, pero sólo la acercó dulcemente a los labios y nada más. Los labios se abrieron un poco, mostrando los dientes. Hasta ahora había respirado por la nariz, y ahora lo hacía por la boca. Su respiración parecía un poco más rápida. Él se preguntó si sentiría algún dolor, y decidió que no. Debido a la separación de los labios, una tenue sonrisa parecía flotar entre las mejillas. El sonido de las olas rompiendo contra el alto acantilado se aproximó. El sonido de las olas al retroceder sugería grandes rocas al pie del acantilado; el agua retenida entre ellas parecía seguir algo más tarde. La fragancia del aliento de la muchacha era más intensa en la boca que en la nariz. Sin embargo, no olía a leche. Se preguntó de nuevo por qué había pensado en el olor a leche. Tal vez era un olor que le hacía ver a la mujer en la muchacha.

El viejo Eguchi tenía ahora un nieto que olía a leche. Podía verlo aquí, frente a él. Sus tres hijas estaban casadas y tenían hijos; y no había olvidado cuando ellas olían a leche y las sostenía en sus brazos a la edad de la lactancia. ¿Acaso el olor a leche de sus retoños había vuelto a él para amonestarle? No, debía ser el olor del propio corazón de Eguchi, atraído por la muchacha. También él se colocó boca arriba, y, tumbado de manera que no hubiese ningún contacto con la muchacha, cerró los ojos. Haría bien en tomar el sedante que había junto a la almohada. No sería tan fuerte como la droga que habían dado a la muchacha; se despertaría antes que ella. De otro modo, el secreto y la fascinación del lugar se desvanecerían. Abrió el paquete. Dentro había dos píldoras blancas. Si tomaba una, caería en un sueño ligero; con dos, se sumiría en un sueño profundo como la muerte. Esto aún sería mejor, pensó, mirando las píldoras; y la leche le trajo un recuerdo desagradable e insensato.

—Leche. Huele a leche. Huele como un niño de pecho. —Cuando empezaba a doblar la chaqueta que él se había quitado, la mujer le dirigió una mirada feroz, con las facciones tensas—. Ha sido tu niña. La cogiste en brazos al salir de casa, ¿verdad? ¿Verdad que sí? ¡La odio! ¡La odio!

Con un temblor violento en la voz, la mujer se levantó y tiró la chaqueta al suelo.

—La odio. ¿A quién se le ocurre venir aquí después de tener a una criatura en los brazos?

Su voz era dura, pero la mirada de sus ojos era aún peor. Se trataba de una geisha con la que intimaba desde hacía algún tiempo. Sabía desde el principio que él tenía esposa e hijos, pero el olor de la niña lactante provocó una repulsión y unos celos violentos. Eguchi y la geisha no volvieron a estar en buenas relaciones.

El olor que tanto desagradó a la geisha era el de su hija pequeña. Eguchi había tenido una amante antes de casarse. Los padres de ella concibieron sospechas, y los encuentros ocasionales fueron turbulentos. Una vez, cuando él apartó la cara, advirtió que el pecho de la mujer estaba ligeramente manchado de sangre. Se asustó, pero, como si nada hubiera sucedido, volvió a acercar la cara y lamió la sangre con suavidad. La muchacha, en trance, no se dio cuenta de lo ocurrido. El delirio había pasado. Ella no pareció sentir ningún dolor, ni siquiera cuando se lo dijo.

¿Por qué habían vuelto a él estos dos recuerdos, tan alejados en el tiempo? No parecía probable que hubiese olido a leche en esta muchacha sólo porque había evocado aquellos dos recuerdos. Procedían de muchos años atrás, aunque en cierto modo no creía que pudieran distinguirse los recuerdos recientes de los distantes, los nuevos de los viejos. Era posible que guardase un recuerdo más fresco e inmediato de su infancia que del día anterior. ¿Acaso esta tendencia no se iba haciendo más clara a medida que uno envejecía? ¿Acaso los días juveniles de una persona no la hacían tal como era, conduciéndola a través de toda la vida? Era una trivialidad, pero la muchacha cuyo pecho se había manchado de sangre, le había enseñado que los labios de un hombre podían hacer sangrar casi cualquier parte del cuerpo de una mujer; y, aunque posteriormente Eguchi evitó llegar hasta este extremo, el recuerdo, el don de una mujer para comunicar fuerza a toda la vida de un hombre, seguía vivo en él, a pesar de sus sesenta y siete años.

Una cosa todavía más trivial.

—Antes de dormirme cierro los ojos y cuento los hombres por quienes no me importaría ser besada. Los cuento con los dedos. Es muy agradable. Pero me entristece no poder pensar en más de diez.

Estas observaciones fueron hechas al joven Eguchi por la esposa de un ejecutivo comercial, una mujer de mediana edad, una mujer de sociedad y, según se rumoreaba, una mujer inteligente. En aquel momento estaban bailando un vals. Tomando esta súbita confesión como una sugerencia de que no le importaría ser besada por él, Eguchi aflojó la presión de su mano.

—No hago más que contarlos —dijo ella en tono superficial—. Usted es joven, y supongo que no le agobia tratar de dormirse. Y, aunque así fuera, tiene a su esposa. Pero inténtelo de vez en cuando. Yo lo considero una medicina excelente.

La voz era definitivamente seca, y Eguchi no contestó. Ella había dicho que se limitaba a contarlos; pero resultaba fácil imaginar que evocaba en su mente tanto sus rostros como sus cuerpos. Conjurar a diez debía exigir un tiempo y una imaginación considerables. Al pensar en esto, el perfume de algo parecido a una poción amorosa por parte de esta mujer ya madura asaltó a Eguchi con más fuerza. Ella era libre de evocar a su antojo la figura de Eguchi entre los hombres por quienes no le importaba ser besada. El asunto no era de su incumbencia, y no podía resistirse ni lamentarse; y, no obstante, el hecho de ser utilizado a sus espaldas por la mente de una mujer de edad mediana resultaba bochornoso. Pero no había olvidado las palabras de ella. Después empezó a sospechar que la mujer podía haberse burlado de él o inventado la historia para divertirse a su costa; pero, al final, las palabras permanecieron. La mujer había muerto hacía tiempo y Eguchi ya había desechado todas estas dudas. Y, mujer inteligente, antes de morir, ¿cuántos centenares de hombres imaginó que había besado?

A medida que la vejez se aproximaba, y en las noches en que le costaba conciliar el sueño, Eguchi recordaba de vez en cuando las palabras de aquella mujer y contaba muchas mujeres con los dedos; pero no se limitaba a algo tan sencillo como imaginarse solamente a las que le hubiera gustado besar. Solía evocar recuerdos de las mujeres con quienes había mantenido relaciones amorosas. Esta noche había resucitado un viejo amor porque la «bella durmiente» le había comunicado la ilusión de que olía a leche. Tal vez la sangre del pecho de aquella muchacha lejana le había hecho percibir en la muchacha de esta noche un olor que no existía. Quizá fuera un consuelo melancólico para un anciano sumirse en recuerdos de mujeres de un pasado remoto que ya no volverían, ni siquiera mientras acariciaba a una belleza a la que no lograría despertar. Eguchi se sintió invadido de un cálido reposo que tenía algo de soledad. Sólo la había tocado ligeramente para saber si su pecho estaba húmedo, y no se le había ocurrido la complicada idea de que ella se asustara, al despertarse después de él, ante la sangre que manara de su pecho. Sus senos parecían bellamente redondeados. Un extraño pensamiento le asaltó: ¿por qué, entre todos los animales, en el largo curso del mundo, sólo los pechos de la hembra humana habían llegado a ser hermosos? ¿No era para gloria de la raza humana que los pechos femeninos hubiesen adquirido semejante belleza?

Lo mismo podía ser cierto de los labios. El viejo Eguchi pensó en las mujeres que se preparaban para acostarse, en las mujeres que se desmaquillaban antes de irse a la cama. Había mujeres cuyos labios eran pálidos cuando se quitaban la pintura, y otras cuyos labios revelaban el deterioro de la edad. Bajo la suave luz del techo y el reflejo del terciopelo de las cuatro paredes, no se veía con claridad si la muchacha estaba o no ligeramente maquillada, pero no había llegado al extremo de afeitarse las cejas. Los labios y los dientes tenían un brillo natural. Como era improbable que hubiese perfumado su boca, lo que se percibía era la fragancia de una boca juvenil. A Eguchi no le gustaban los pezones grandes y oscuros. A juzgar por lo que viera cuando levantó la colcha, los de la muchacha eran todavía pequeños y rosados. Dormía boca arriba, así pues, podía besarle los pechos. No era ciertamente una muchacha cuyos pechos le desagradara besar. Si esto ocurría con un hombre de su edad, pensó Eguchi, entonces los hombres realmente ancianos que venían a esta casa debían perderse por completo en el placer, estar dispuestos a cualquier eventualidad, a pagar cualquier precio. Seguramente había habido lascivos entre ellos, y sus imágenes no estaban totalmente ausentes de la mente de Eguchi. La muchacha dormía y no se daba cuenta de nada. ¿Se mantendrían intactos el rostro y la forma, tal como estaban ahora? Como dormida aparecía tan hermosa, Eguchi se abstuvo del acto indecoroso al que le conducían estos pensamientos. ¿Acaso la diferencia entre él y los demás ancianos residía en que aún había en él algo que le hacía funcionar como hombre? Para los demás, la muchacha pasaría la noche en un sueño insondable. Él, aunque suavemente, había intentado despertarla dos veces. Ignoraba qué habría hecho si por casualidad la muchacha hubiera abierto los ojos, pero lo más probable era que la tentativa hubiera sido dictada por el afecto. Aunque no, seguramente se debió a su propio vacío e inquietud.

«¿No sería mejor que me durmiera? —se oyó murmurar fútilmente a sí mismo, y añadió—: No es para siempre. No es para siempre ni en su caso ni en el mío».

Cerró los ojos. De esta noche extraña, como de todas las otras noches, se despertaría con vida por la mañana. El codo de la muchacha, que yacía con el índice apoyado en los labios, le estorbaba. Le cogió la muñeca y la colocó junto a él. Buscó el pulso, asiendo la muñeca con el índice y el dedo mediano. Era tranquilo y regular. Su serena respiración era algo más lenta que la de Eguchi. De vez en cuando el viento pasaba sobre la casa, pero ya no tenía el sonido de un invierno inminente. El bramido de las olas contra el acantilado se suavizaba al aproximarse. Su eco parecía llegar del océano como música que sonara en el cuerpo de la muchacha, y los latidos de su pecho y el pulso de la muchacha le servían de acompañamiento. Al ritmo de la música, una mariposa pura y blanca danzó frente a sus párpados cerrados. Retiró la mano de la muñeca de ella. No la tocaba en ninguna parte. Ni la fragancia de su aliento, ni de su cuerpo, ni de sus cabellos era fuerte.

Eguchi pensó en los escasos días en que se escapó de Kyoto, tomando la ruta interior, con la muchacha cuyo pecho había estado húmedo de sangre. Quizás el recuerdo era vivo porque el calor del cuerpo joven y fresco tendido a su lado se lo comunicaba débilmente. Había numerosos túneles cortos en la vía férrea que unía a las provincias occidentales con Kyoto. Cada vez que entraban en un túnel, la muchacha, como si estuviera asustada, juntaba su rodilla con la de Eguchi y le cogía la mano. Y cada vez que salían de uno de ellos había una colina o un pequeño barranco coronado por un arco iris.

«¡Qué bonito!», decía ella cada vez, o «¡Qué gracioso!».

Tenía una palabra de alabanza para cada pequeño arco iris, y no sería exagerado decir que, buscando a derecha e izquierda, encontraba uno cada vez que salían de un túnel. A veces era tan tenue que apenas se vislumbraba. Ella acabó sintiendo algo ominoso en estos arco iris extrañamente abundantes.

—¿No supones que nos persiguen? Tengo la sensación de que nos atraparán cuando lleguemos a Kyoto. Cuando me hayan devuelto ya no me dejarán volver a salir de casa.

Eguchi, que acababa de graduarse en la universidad y había empezado a trabajar, no tenía posibilidad de ganarse la vida en Kyoto y sabía que, a menos que él y la chica se suicidaran juntos, algún día tendrían que volver a Tokio; pero, desde los pequeños arco iris, la pulcritud de las partes secretas de la muchacha le fue revelada y ya no le abandonó. La vio en una posada junto al río en Kanazawa. Había sido una noche de nevisca. La pulcritud le impresionó tanto que contuvo el aliento y sintió el escozor de las lágrimas. No había visto tal pulcritud en las mujeres de todas las décadas pasadas; y había llegado a creer que comprendía todas las clases de pulcritud y que la pulcritud en los lugares secretos era propiedad exclusiva de la muchacha. Trató de reírse de esta idea, pero el caudal de la nostalgia la convirtió en un hecho y ahora continuaba siendo un recuerdo poderoso que el viejo Eguchi no podía desechar. Una persona enviada por la familia de la muchacha se la llevó consigo a Tokio, y poco después se casó.

Cuando se encontraron por casualidad junto al estanque de Shinobazu, la muchacha llevaba un niño sujeto a la espalda. El niño iba tocado con una gorra de lana blanca. Era otoño y los lotos del estanque empezaban a marchitarse. Tal vez la mariposa blanca que esta noche danzaba frente a sus párpados cerrados hubiera sido evocada por aquella gorra blanca.

Al encontrarse junto al estanque, lo único que se le ocurrió a Eguchi fue preguntarle si era feliz.

—Sí —repuso ella inmediatamente—, soy feliz.

Probablemente no existía otra respuesta.

—¿Y por qué estás paseando por aquí sola con un niño en la espalda?

Era una pregunta extraña. La muchacha se quedó mirándole a la cara.

—¿Es un niño o una niña?

—Es una niña. ¡Vaya! ¿No lo has visto al mirarla?

—¿Es mía?

—No —la muchacha meneó la cabeza, encolerizada—. No es tuya.

—¿Ah, no? Bueno, si lo es, no necesitas decirlo ahora. Puedes decirlo cuando quieras. Dentro de muchos, muchos años.

—No es tuya. De verdad que no. No he olvidado que te amé, pero tú no debes imaginar cosas. Sólo conseguirías causarle problemas.

—¿Ah, sí?

Eguchi no hizo ningún intento especial de mirar la cara de la niña, pero siguió mucho rato a la joven con la mirada. Ella se volvió a mirarle cuando estuvo a cierta distancia. Al ver que él continuaba contemplándola, aceleró el paso. No la vio nunca más. Hacía más de diez años que se había enterado de su muerte. Eguchi, a sus sesenta y siete años, había perdido a muchos amigos y parientes, pero el recuerdo de la muchacha seguía siendo joven. Reducido ahora a tres detalles, la gorra blanca de la niña, la pulcritud del lugar secreto y la sangre en el pecho, era todavía claro y fresco. Probablemente no había nadie en el mundo aparte de Eguchi que conociera aquella pulcritud incomparable, y con su muerte, ahora no muy distante, desaparecería del mundo por completo. Aunque con timidez, ella le había permitido mirar cuanto quisiera. Tal vez fuese una actitud propia de las jóvenes; pero no podía caber la menor duda de que ella misma no conocía su pulcritud. No podía verla.

Temprano por la mañana, después de llegar a Kyoto, Eguchi y la muchacha pasearon por un bosquecillo de bambúes, que lanzaban reflejos plateados a la luz de la mañana. En el recuerdo de Eguchi las hojas eran finas y suaves, de plata pura, y los tallos también eran de plata. En el sendero que bordeaba el bosquecillo, cardos y zarzas estaban en flor. Así era el sendero que flotaba en su memoria. Parecía algo confundido respecto a la estación. Una vez pasado el sendero remontaron una corriente azulada, donde una cascada caía con estrépito, y el rocío reflejaba la luz del sol. La muchacha se puso desnuda bajo el rocío. Los hechos eran diferentes, pero en el transcurso del tiempo la mente de Eguchi los había transformado así. A medida que envejecía, las colinas de Kyoto y los troncos de los pinos rojos en grupos apacibles recordaban con frecuencia a Eguchi la figura de la muchacha; pero recuerdos vivos como los de esta noche eran muy raros. ¿Los provocaría acaso la juventud de la muchacha dormida?

El viejo Eguchi estaba completamente desvelado y no parecía probable que se durmiera. No quería recordar a ninguna mujer que no fuera la joven que había contemplado los pequeños arcos iris. Tampoco quería tocar a la muchacha dormida, ni mirar su desnudez. Poniéndose boca abajo, volvió a abrir el paquete que había junto a la almohada. La mujer de la posada había dicho que era una medicina sedante, pero Eguchi vacilaba. Ignoraba qué sería y si se trataba de la misma medicina que le habían dado a la muchacha. Se metió una píldora en la boca y la tragó con una buena cantidad de agua. Quizá porque estaba acostumbrado a beber un trago al acostarse, pero no a tomar un sedante, se durmió rápidamente. Tuvo un sueño. Estaba en los brazos de una mujer, pero ésta tenía cuatro piernas. Las cuatro piernas enlazaban su cuerpo. También tenía brazos. Pese a estar medio en vela, consideró las cuatro piernas extrañas, pero no repulsivas. Estas cuatro piernas, mucho más provocativas que dos, permanecían en su mente. Era una medicina para provocar sueños semejantes, pensó vagamente. La muchacha se había vuelto del otro lado, con las caderas hacia él. Se le antojó algo conmovedor el hecho de que su cabeza estuviera más distante que las caderas. Dormido y despierto a medias, tomó en sus manos la larga cabellera extendida y jugó con ella como para peinarla; y así se quedó dormido.

Su siguiente sueño fue muy desagradable. Una de sus hijas había dado a luz un hijo deforme en un hospital. Al despertarse, el anciano no pudo recordar de qué clase de deformidad se trataba. Probablemente no quería recordarlo. En cualquier caso, era espantoso. El niño fue apartado inmediatamente de la madre. Se hallaba tras una cortina blanca en la sala de maternidad, y ella se dirigió allí y empezó a cortarlo en pedazos, disponiéndose a tirarlos en algún lugar. El médico, un amigo de Eguchi, estaba junto a ella, vestido de blanco. Eguchi también se encontraba a su lado. Ahora se despertó completamente, gimiendo ante aquel horror. El terciopelo carmesí de las cuatro paredes le sobresaltó tanto que se cubrió el rostro con las manos y se frotó la frente. Había sido una pesadilla horrible. No podía haber un monstruo oculto en la medicina para dormir. ¿Sería que, habiendo venido en busca de un placer deforme, había tenido un sueño deforme? No sabía con cuál de sus tres hijas había soñado, y no trató de averiguarlo. Las tres habían dado a luz niños completamente normales.

Eguchi hubiera querido irse, de haber sido posible. Pero tomó la otra píldora para caer en un sueño más profundo. El agua fría pasó por su garganta. La muchacha seguía dándole la espalda. Pensando que podría —no era imposible— dar a luz niños feos y retrasados, colocó la mano en la parte redondeada de su hombro.

—Mira hacia aquí.

Como respondiéndole, la muchacha dio media vuelta. Una de sus manos cayó sobre el pecho de Eguchi. Una pierna se acercó a él, como temblando de frío. Una muchacha tan cálida no podía tener frío. De su boca o de su nariz, no estaba seguro, brotó una voz débil.

—¿Tú también tienes una pesadilla? —preguntó.

Pero el viejo Eguchi no tardó en sumirse en las profundidades del sueño.

 

2

El viejo Eguchi no había pensado volver a la «casa de las bellas durmientes». Durante aquella primera noche pensó que no le gustaría visitarla de nuevo, y seguía opinando lo mismo cuando se marchó por la mañana.

Unos quince días después recibió una llamada telefónica preguntándole si le gustaría hacer una visita aquella noche. La voz parecía ser de la mujer de cuarenta y cinco años. Por el teléfono sonaba todavía más como un murmullo glacial desde un lugar silencioso.

—Si sale de casa ahora, ¿cuándo puedo esperarle?

—Algo después de las nueve, me imagino.

—Sería demasiado temprano. La joven aún no está aquí, y aunque así fuera, no estaría dormida.

Sorprendido, Eguchi no contestó.

—Creo que la tendré dormida alrededor de las once. Le esperaré a partir de esa hora.

La voz de la mujer era lenta y sosegada, pero el corazón de Eguchi estaba desbocado.

—Hacia las once, entonces —dijo con la garganta seca.

¿Qué importa que esté dormida o no?, podría haber dicho, no en serio, sino medio en broma. Le gustaría verla antes de que se durmiera, podría haber dicho. Pero por alguna razón las palabras se le ahogaron en la garganta. Habría desafiado la regla secreta de la casa. Precisamente por ser una regla tan extraña, tenía que ser observada del modo más estricto. Una vez transgredida, la casa no sería más que un burdel ordinario. Las tristes peticiones de los ancianos, la seducción, todo desaparecería. El propio Eguchi estaba asombrado ante el hecho de haber contenido tan súbitamente el aliento cuando le dijeron que a las nueve era demasiado temprano, que la muchacha no estaría dormida, que la mujer la tendría dormida a las once. ¿Podría llamarse aquello la sorpresa de ser alejado de repente del mundo cotidiano? Porque la muchacha estaría dormida y era seguro que no se despertaría.

¿Obraba con excesiva rapidez o con excesiva lentitud volviendo al cabo de quince días a una casa que no pensaba volver a visitar? En cualquier caso, no había resistido la tentación por fuerza de voluntad. No tenía intención de entregarse una vez más a esa especie de frivolidad senil, y de hecho no era tan senil como los otros hombres que visitaban el lugar. Y sin embargo, aquella primera visita no le había dejado malos recuerdos. La sensación de culpa existía; pero sentía que no había pasado en sus sesenta y siete años una noche tan limpia. Sintió lo mismo cuando se despertó aquella mañana. Al parecer el sedante había funcionado, y durmió hasta las ocho, más tarde de lo habitual. Ninguna parte de su cuerpo tocaba a la muchacha. Fue un despertar dulce e infantil junto al calor joven y la suave fragancia de ella.

La muchacha yacía con el rostro vuelto hacia él, la cabeza ligeramente adelantada y los pechos hacia atrás, y en la sombra de su mandíbula había una línea apenas perceptible a través del cuello fresco y esbelto. Sus largos cabellos estaban extendidos sobre la almohada, detrás de la cabeza. Contemplando sus labios cerrados y después sus pestañas y cejas, él no dudó que era virgen. Estaba demasiado cerca para que sus ojos cansados distinguieran los pelos individuales de las pestañas y las cejas. La piel, cuyo vello no podía ver, despedía un tenue resplandor. No había una sola peca en el rostro y el cuello. Ya había olvidado la pesadilla, y le recorrió una oleada de afecto por la muchacha y también la sensación infantil de que era amado por ella. Buscó uno de sus pechos y lo sostuvo en la mano, suavemente. En el tacto había el extraño aleteo de algo, como si éste fuera el pecho de la propia madre de Eguchi antes de concebirle. Retiró la mano, pero la sensación se trasladó de su pecho a los hombros.

Oyó abrirse la puerta de la habitación contigua.

—¿Está despierto? —preguntó la mujer de la casa—. El desayuno le espera.

—Sí —repuso apresuradamente Eguchi.

El sol matutino se filtraba por los postigos y brillaba con fuerza en las cortinas de terciopelo. Pero la luz de la mañana no se mezclaba con la luz suave del techo.

—¿Se lo traigo, entonces?

—Sí.

Al levantarse, Eguchi tocó con suavidad el cabello de la muchacha.

Sabía que la mujer quería alejar al cliente antes de que la muchacha se despertara, pero se mostró tranquila mientras le servía el desayuno. ¿Hasta cuándo dormiría la muchacha? Pero no era conveniente hacer preguntas innecesarias.

—Una muchacha muy bonita —dijo con indiferencia.

—Sí. ¿Y tuvo usted sueños agradables?

—Me ha traído sueños muy agradables.

—El viento y las olas se han calmado —la mujer cambió de tema—. Será lo que llaman un veranillo de San Martín.

Y ahora, al venir por segunda vez en quince días, Eguchi no sentía tanto la curiosidad de la primera visita como cierta reticencia e inquietud; pero la excitación era más fuerte. La impaciencia de la espera desde las nueve a las once había provocado una especie de embriaguez.

La misma mujer le abrió el portal. La misma reproducción pendía en la alcoba. El té volvió a ser bueno. Estaba más nervioso que en la visita anterior, pero consiguió portarse como un cliente antiguo y experimentado.

—Este lugar es tan cálido —observó, mirando el cuadro del pueblo de montaña con las hojas otoñales—, que me imagino que las hojas de los arces se marchitan sin llegar a ser rojas. Pero como la otra vez era oscuro, no pude ver bien su jardín.

Era una forma improbable de entablar conversación.

—Lo ignoro —dijo la mujer con indiferencia—. Ha refrescado mucho. He puesto una manta eléctrica, doble, con dos interruptores. Puede ajustar su lado como guste.

—Nunca he dormido con una manta eléctrica.

—Si quiere puede desconectar su lado, pero debo rogarle que deje encendido el de la muchacha.

Porque estaba desnuda, como sabía el anciano.

—Es una idea interesante, una manta que dos personas pueden graduar a su comodidad.

—Es americana. Pero le ruego que no sea difícil y desconecte el lado de la muchacha. Usted comprende, estoy segura, que no se despertará aunque tenga mucho frío.

Él no contestó.

—Tiene más experiencia que la anterior.

—¿Qué?

—Además, es muy bonita. Sé que usted no hará nada malo, por lo que no sería justo que no fuese bonita.

—¿No es la misma?

—No. ¿Acaso no le parece mejor tener esta noche una diferente?

—No soy promiscuo hasta este punto.

—¿Promiscuo? Pero ¿qué tiene que ver esto con la promiscuidad?

El familiar modo de hablar de la mujer parecía ocultar una débil sonrisa burlona.

—Ninguno de mis huéspedes hace cosas promiscuas. Todos tienen la amabilidad de ser caballeros dignos de confianza.

La mujer no le miró mientras hablaba sin abrir casi los labios. La nota de burla irritó a Eguchi, pero no se le ocurrió nada que decir. ¿Qué era ella, al fin y al cabo, sino una alcahueta fría y avezada?

—Usted podrá considerarlo promiscuo, pero la muchacha está dormida y ni siquiera sabe con quién ha dormido. Tanto la del otro día como la de esta noche no sabrán nada de usted, y hablar de promiscuidad es un poco…

—Comprendo. No es una relación humana.

—¿Qué quiere decir?

Sería extraño explicar, ahora que había venido a la casa, que para un anciano que ya no era un hombre, estar en compañía de una muchacha que dormía en un sueño provocado «no era una relación humana».

—¿Y qué hay de malo en ser promiscuo? —con la voz extrañamente joven, la mujer rió como para consolar a un anciano—. Si le gusta tanto la otra chica, puedo reservársela para la próxima vez que venga; pero después admitirá que ésta es mejor.

—¿Ah, sí? ¿A qué se refiere al decir que tiene más experiencia? A fin de cuentas, está profundamente dormida.

—Sí.

La mujer se levantó, abrió la puerta de la habitación contigua, miró hacia dentro y puso la llave frente a Eguchi.

—Espero que duerma bien.

Eguchi vertió agua caliente en la tetera y tomó una pausada taza de té. Por lo menos su intención fue ser pausado, pero su mano temblaba. No se debía a su edad, murmuró. Aún no era un huésped digno de confianza. ¿Qué ocurriría si, para vengar a todos los ancianos burlados e insultados que venían aquí, violaba la regla de la casa? ¿Acaso no sería un modo más humano de hacer compañía a la muchacha? Ignoraba hasta qué punto había sido drogada, pero probablemente sería capaz de despertarla con su violencia. Esto fue lo que pensó, pero su corazón no aceptó el reto.

La repelente senilidad de los tristes hombres que venían a esta casa no estaba a muchos años de distancia del propio Eguchi. La inconmensurable extensión del sexo, su insondable profundidad —¿qué parte de ella había conocido Eguchi en sus sesenta y siete años?—. Y en torno a aquellos ancianos nacía constantemente carne nueva, carne hermosa, carne joven. ¿Acaso la nostalgia de los tristes ancianos por el sueño inacabado, su pesar por los días perdidos sin haberlos tenido jamás, no estarían ocultos en el secreto de esta casa? Eguchi pensaba antes que las muchachas que no se despertaban eran una perpetua libertad para los ancianos. Dormidas y mudas, decían lo que los ancianos deseaban.

Se levantó y abrió la puerta de la habitación contigua, y enseguida le envolvió el olor cálido. Sonrió. ¿Por qué había vacilado? La muchacha yacía con ambas manos sobre la colcha. Sus uñas eran rosadas. Su lápiz labial era de un rojo vivo. Yacía boca arriba.

«Conque tiene experiencia, ¿eh?», murmuró al acercarse. Las mejillas estaban ruborizadas por el calor de la manta, en realidad todo su rostro estaba ruborizado. El perfume era intenso. Las mejillas y los párpados, redondeados. La garganta era tan blanca que reflejaba el carmesí de las cortinas de terciopelo. Los ojos cerrados parecían decirle que tenía ante sí a una joven hechicera dormida. Mientras se desnudaba, de espaldas a ella, el cálido perfume le envolvió. La habitación estaba impregnada de él.

No parecía probable que el viejo Eguchi pudiera ser tan reticente como lo fuera con la otra muchacha. Ésta era una joven que, tanto dormida como despierta, incitaba al hombre, con tanta fuerza que si ahora Eguchi violaba la regla de la casa, sólo ella tendría la culpa del delito. Se tendió con los ojos cerrados, como para saborear el placer que vendría después, y sintió que un calor joven invadía su interior. La mujer había hablado bien cuando dijo que ésta era mejor; pero la casa se antojaba tanto más extraña por haber encontrado una muchacha semejante. Yacía envuelto en su perfume, considerándola demasiado valiosa para ser tocada. Aunque no entendía mucho de perfumes, éste parecía ser la fragancia de la propia joven. No podía haber una felicidad mayor que sumirse así en la dulzura del sueño. Quería hacer exactamente esto. Se deslizó suavemente hacia ella. Y a modo de respuesta, ella se le acercó con delicadeza, extendiendo los brazos bajo la manta como si fuera a abrazarle.

—¿Estás despierta? —preguntó él, apartándose y sacudiéndole la mandíbula—. ¿Estás despierta?

Aumentó la presión de la mano. Ella se puso boca abajo como si quisiera rehuirla, y al hacerlo abrió un poco la comisura de los labios y la uña del índice de Eguchi rozó uno o dos de sus dientes. Lo dejó allí. Las piernas de ella seguían separadas. Dormía profundamente, por supuesto, y no estaba fingiendo.

Al no esperar que la muchacha de esta noche fuese diferente de la muchacha anterior, él había protestado a la mujer de la casa; pero sabía, naturalmente, que tomar somníferos de forma reiterada tenía que ser perjudicial para una joven. Podía decirse que en interés de la salud de las muchachas se obligaba a Eguchi y los otros ancianos a ser «promiscuos». Pero ¿no eran estas habitaciones del piso superior para un único huésped? Eguchi sabía poco acerca del piso superior, pero, en caso de estar destinado a huéspedes, no podía contener más de una habitación. Por consiguiente, no creía que se necesitaran muchas chicas para los ancianos que venían aquí. ¿Serían todas hermosas a su manera, como la muchacha de hoy y la de la otra noche?

El diente contra el que se apoyaba el dedo de Eguchi parecía húmedo de algo que se adhería al dedo. Lo movió de un lado a otro de la boca, palpando los dientes dos o tres veces. En la parte anterior estaban casi secos, pero por dentro eran lisos y húmedos. A la derecha estaban torcidos, un diente montaba sobre otro. Asió los dos dientes torcidos con el pulgar y el índice. Se le ocurrió meter el dedo entre ellos, pero, a pesar de estar dormida, ella apretó los dientes y se negó en redondo a separarlos. Cuando retiró el dedo, estaba manchado de rojo. ¿Y con qué se quitaría el lápiz labial? Si lo frotaba contra la almohada, parecería que la había manchado ella misma al ponerse boca abajo. Pero seguramente no se borraría si no humedecía el dedo con la lengua, y sentía una extraña repugnancia ante la idea de tocar el dedo rojo con la boca. Lo frotó contra el cabello que cubría la frente de la muchacha. Después de frotar con el pulgar y el índice, no tardó en introducir los cinco dedos entre los cabellos, retorciéndolos; y gradualmente sus movimientos adquirieron más violencia. Las puntas de los cabellos emitían chispas de electricidad entre sus dedos. La fragancia del cabello era más intensa. La fragancia que procedía de su interior era asimismo más intensa, en parte debido al calor de la manta eléctrica. Mientras jugaba con los cabellos, se fijó en las líneas de las raíces, marcadas como si hubieran sido esculpidas, y especialmente la línea de la nuca, al final del esbelto cuello, donde el cabello era corto y estaba cepillado hacia arriba. Sobre la frente caían mechones largos y cortos, como despeinados. Al apretarlos, contempló las cejas y las pestañas. Tenía la otra mano tan hundida entre los cabellos que podía sentir la piel situada debajo.

«No, no está despierta», se dijo a sí mismo, y agarrando un mechón, tiró de él desde la coronilla.

Ella pareció sentir dolor y dio media vuelta. El movimiento la acercó más al anciano. Ambos brazos estaban al descubierto, el derecho sobre la almohada. La mejilla derecha reposaba sobre él, por lo que Eguchi sólo podía ver los dedos. Estaban ligeramente separados, el meñique bajo las pestañas y el índice junto a los labios. El pulgar se hallaba oculto bajo el mentón. El rojo de los labios, inclinado algo hacia abajo, y el rojo de las cuatro largas uñas formaban un racimo sobre la almohada blanca. El brazo izquierdo también estaba doblado por el codo. La mano se encontraba casi directamente bajo los ojos de Eguchi. Los dedos, largos y esbeltos en comparación con la redondez de las mejillas, le hicieron pensar en las piernas extendidas. Buscó una pierna con la planta del pie. La mano izquierda también tenía los dedos ligeramente separados. Apoyó la cabeza sobre ella. Un espasmo causado por su peso la recorrió hasta el hombro, pero no fue suficiente para apartar la mano. Eguchi yació inmóvil durante un rato. Los hombros de ella estaban algo levantados y tenían la morbidez de la juventud. Cuando los cubrió con la manta, posó suavemente la mano sobre esta joven morbidez. Trasladó la cabeza de la mano al brazo de la muchacha. Le atraía la fragancia del hombro y la nuca. Hubo un temblor en el hombro y la espalda, pero pasó inmediatamente. El anciano se quedó apoyado sobre ellos.

Ahora vengaría en esta muchacha esclava, drogada para que durmiese, todo el desprecio y la burla soportados por los ancianos asiduos de la casa. Violaría la regla de la casa. Sabía que no le permitirían volver. Esperaba despertarla mediante la violencia. Pero se apartó de improviso, porque acababa de descubrir la clara evidencia de su virginidad.

Gimió al retirarse, con el pulso rápido y la respiración convulsa, menos por la repentina interrupción que por la sorpresa. Cerró los ojos y trató de calmarse. Lo que no hubiera sido fácil para un hombre joven, lo fue para él. Acariciando sus cabellos, volvió a abrir los ojos. Ella continuaba boca abajo. ¡Una prostituta virgen, a su edad! ¿Qué era, sino una prostituta? Así razonó consigo mismo; pero con el paso de la tormenta sus sentimientos hacia la chica y hacia sí mismo habían cambiado, y no volverían a ser los de antes. No lo lamentaba. Cualquier cosa que hubiese podido hacer a una muchacha dormida e inconsciente habría sido la mayor de las locuras. Pero ¿cuál era el significado de la sorpresa?

Provocado por el rostro hechicero, Eguchi había iniciado el camino prohibido; y ahora sabía que los ancianos que venían aquí llegaban con una felicidad más melancólica, un anhelo más fuerte y una tristeza mucho más profunda de lo que había imaginado. Aunque la suya era una especie de aventura fácil para ancianos, un modo simple de rejuvenecimiento, en su esencia ocultaba algo que no volvería pese a todas las nostalgias, que no se curaría por muy laboriosos que fuesen los esfuerzos. El hecho de que la hechicera «experimentada» de esta noche fuera todavía virgen no era tanto la señal del respeto de los ancianos hacia sus promesas como la triste señal de su decadencia. La pureza de la muchacha era como la fealdad de los ancianos.

Tal vez la mano que tenía bajo la mejilla se había dormido. La muchacha la levantó sobre su cabeza y flexionó lentamente los dedos dos o tres veces. Rozó la mano de Eguchi, que seguía moviéndose entre sus cabellos. Eguchi la tomó en la suya. Los dedos eran flexibles y estaban un poco fríos. Los apretó unos contra otros, como si quisiera aplastarlos. Ella levantó el hombro izquierdo y dio otra media vuelta. Entonces elevó el brazo izquierdo en el aire y lo dejó caer sobre el hombro de Eguchi en una especie de abrazo. Pero no tenía fuerza, y el abrazo no enlazó su cuello. La cara de la muchacha, ahora vuelta hacia él, estaba demasiado cerca y era como un borrón blanco para sus ojos cansados; pero las cejas demasiado gruesas, la sombra excesivamente oscura de las pestañas, los párpados y las mejillas redondeadas, el cuello largo, confirmaban su primera impresión, la de una hechicera. Los pechos pendían ligeramente, pero eran muy abultados, y para una japonesa los pezones eran grandes e hinchados. Le pasó la mano por la espalda y por las piernas, que estaban rígidamente estiradas desde las caderas. Lo que se antojaba una falta de armonía entre las partes superior e inferior de su cuerpo podía tener algo que ver con su virginidad.

Tranquilamente, ahora, contempló su rostro y su cuello. Era una piel destinada a absorber un débil reflejo del carmesí de las cortinas de terciopelo. Su cuerpo había sido tan usado por los clientes ancianos que la mujer de la casa la había descrito como «experimentada», y no obstante, era virgen. Ello se debía a que los hombres eran seniles y a que la joven estaba tan profundamente dormida. Tuvo pensamientos casi paternales mientras se preguntaba qué vicisitudes esperaban en los años venideros a esta muchacha hechicera. Sus pensamientos probaban que también Eguchi era viejo. No cabía duda de que la chica estaba aquí por dinero. Tampoco cabía la menor duda de que para los ancianos que pagaban este dinero, dormir junto a semejante muchacha era una felicidad fuera de este mundo. Como la joven no se despertaría, los viejos huéspedes no tenían que sentir la vergüenza de sus años. Eran completamente libres de entregarse sin limitación a sueños y recuerdos de mujeres. ¿No era eso por lo que no dudaban en pagar más que por mujeres despiertas? Además, a los ancianos les inspiraba confianza saber que las muchachas dormidas para su placer no sabían nada de ellos. Tampoco los ancianos sabían nada de las chicas, ni siquiera cómo iban vestidas, para que nada diera indicios de su posición y carácter. Los motivos iban más allá de cuestiones tan simples como la inquietud sobre complicaciones ulteriores. Eran una luz extraña en el fondo de una profunda oscuridad.

Pero el viejo Eguchi aún no estaba acostumbrado a tener por compañía a una muchacha que no decía nada, una muchacha que no abría los ojos ni daba muestras de advertir su presencia. La nostalgia inútil aún no le había abandonado. Quería ver los ojos de esta joven hechicera.

Quería oír su voz, hablar con ella. La necesidad de explorar con sus manos a la muchacha dormida era menos fuerte. De hecho, había en ella cierta indiferencia. Puesto que la sorpresa le había obligado a desechar toda idea de violar la regla secreta, imitaría la conducta de los otros ancianos. La muchacha de esta noche, pese a estar dormida, tenía más vida que la de la otra noche. Había vida, y del modo más enfático, en su fragancia, en su tacto, en la índole de sus movimientos.

Como la otra vez, junto a su almohada había dos píldoras sedantes. Pero esta noche tenía la intención de no dormirse inmediatamente. Contemplaría un rato más a la muchacha. Sus movimientos eran enérgicos, incluso durante el sueño. Daba la impresión de que se volvería veinte o treinta veces en el curso de una noche. Le dio la espalda, y casi enseguida se volvió de nuevo hacia él, buscándole con un brazo. Eguchi le cogió la rodilla y la atrajo hacia sí.

—No hagas eso —pareció decir la joven, con una voz que no era voz.

—¿Estás despierta?

Tiró de la rodilla con más fuerza, para ver si se despertaba. La rodilla se dobló débilmente hacia él. Entonces puso el brazo bajo su cuello y le sacudió la cabeza con suavidad.

—Ah —murmuró la joven—. ¿Adónde voy?

—¿Estás despierta? Despiértate.

—No. No.

Su rostro se arrimó al hombro de Eguchi, como para evitar las sacudidas. La frente le rozaba el cuello y el pelo cosquilleaba su nariz. Era duro, incluso doloroso. Eguchi se apartó de aquel dolor demasiado intenso.

—¿Qué haces? —dijo la muchacha—. Basta.

—No hago nada.

Pero estaba hablando en sueños. ¿Acaso en su sueño había interpretado mal los movimientos de Eguchi, o estaba soñando con otro anciano que la había maltratado cualquier otra noche? El corazón de Eguchi latió más deprisa al pensar que, aunque ella hablara de modo fragmentario e incoherente, tal vez pudiera sostener con ella algo parecido a una conversación. Quizá lograría despertarla por la mañana. Pero ¿le habría oído realmente? ¿No sería más su contacto que sus palabras lo que le hacía hablar en sueños? Pensó en propinarle un buen golpe, o pellizcarla; pero en lugar de eso la atrajo lentamente hacia sus brazos. Ella no se resistió ni tampoco habló. Parecía respirar con dificultad. Su aliento soplaba con dulzura sobre el rostro del anciano. La respiración de éste era irregular; volvía a sentirse atraído por esta muchacha, que era suya para hacer con ella cuanto se le antojara. ¿Qué clase de tristeza la asaltaría por la mañana si él la convertía en mujer? ¿De qué modo cambiaría la dirección de su vida? En cualquier caso, no sabría nada hasta la mañana.

—Madre —fue como un lento gemido—. Espera, espera. ¿Es preciso que te vayas? Lo siento, lo siento.

—¿En qué sueñas? Es sólo un sueño, un sueño.

El viejo Eguchi la apretó entre sus brazos, con objeto de poner fin al sueño. La tristeza de su voz le conmovió. Tenía los pechos comprimidos contra él. Movió los brazos. ¿Acaso intentaba abrazarle, tomándole por su madre? No, pese a haber sido drogada, pese a ser todavía virgen, la muchacha era indiscutiblemente una hechicera. Eguchi tenía la impresión de que a lo largo de sus sesenta y siete años no había sentido nunca tan plenamente la piel de una hechicera joven. Si existía en alguna parte una leyenda siniestra carente de heroína, ésta era la muchacha apropiada.

Al final acabó pareciéndole que no era la hechicera, sino la hechizada. Y estaba viva mientras dormía. Su mente había sido narcotizada y su cuerpo se había despertado como mujer. Era el cuerpo de una mujer, sin mente. Y estaba tan bien entrenado que la mujer de la casa decía que «tenía experiencia».

Aflojó su abrazo y puso los brazos desnudos de ella a su alrededor, como para obligarla a abrazarle; y la muchacha lo hizo, suavemente. Eguchi permaneció quieto, con los ojos cerrados. Le envolvía una cálida somnolencia, una especie de éxtasis inconsciente. Parecía haber despertado a los sentimientos de bienestar, de buena suerte, que invadían a los ancianos asiduos de la casa. ¿Abandonaría a los ancianos la tristeza, la fealdad, la indiferencia de la vejez, se sentirían llenos de las bendiciones de una vida joven? Para un viejo en los umbrales de la muerte no podía haber un momento de mayor olvido que cuando estaba envuelto en la piel de una muchacha joven. Pero ¿pagarían dinero sin un sentimiento de culpabilidad por la muchacha que les era sacrificada, o acaso la misma culpa secreta contribuía a aumentar el placer? Como si, olvidándose de sí mismo, hubiera olvidado que la muchacha era un sacrificio, buscó con el pie los dedos de la muchacha. Era lo único de ella que aún no había tocado. Los notó largos y flexibles. Al igual que los dedos de la mano, todas las articulaciones se doblaban y desdoblaban con facilidad, y este pequeño detalle reveló a Eguchi el atractivo del misterio que había en la muchacha. Ésta, mientras dormía, pronunciaba palabras de amor con los dedos de sus pies. Pero el anciano creyó oír en ellas una música infantil y confusa, aunque voluptuosa al mismo tiempo; y durante un rato se quedó escuchando.

Antes la muchacha había tenido un sueño. ¿Habría pasado ya? Quizá no hubiera sido un sueño. Quizás el rudo tacto de los ancianos la había entrenado para hablar en sueños, para resistirse. ¿Sería eso? Rebosaba una sensualidad que hacía posible que su cuerpo conversara en silencio; pero probablemente porque él no estaba acostumbrado del todo al secreto de la casa, el deseo de oír su voz aunque fuera en pequeños fragmentos mientras dormía seguía persistiendo en Eguchi. Se preguntó qué podía decir, dónde podía tocar, para obtener una respuesta.

—¿Ya no estás soñando? ¿Soñando que tu madre se ha marchado?

Palpó los huecos de su columna vertebral. Ella sacudió los hombros y de nuevo se colocó boca abajo —parecía ser su posición favorita—. Después se volvió otra vez hacia Eguchi. Con la mano derecha asió suavemente el borde de la almohada y posó la izquierda sobre el rostro de Eguchi. Pero no dijo nada. Su aliento era suave y cálido. Movió el brazo que descansaba sobre el rostro de él, buscando evidentemente una posición más cómoda. Eguchi lo cogió con ambas manos y lo colocó sobre sus propios ojos. Las uñas largas pinchaban un poco el lóbulo de su oreja. La muñeca estaba doblada sobre su ojo derecho y la parte más estrecha presionaba el párpado. Deseoso de mantenerla allí, Eguchi la sujetó con ambas manos. La fragancia que penetraba sus ojos volvía a ser nueva para él, y le inspiró nuevas y ricas fantasías. Precisamente en esta época del año, dos o tres peonías de invierno floreciendo bajo el calor del sol, al pie de la alta valla de piedra de un viejo templo en Yamato. Camelias blancas en el jardín, cerca de la veranda del Shisendô. Durante la primavera, wistaria y rododendros blancos en Nara; la camelia «de pétalos caídos», que llenaba el jardín del templo de las camelias de Kyoto.

Era eso. Las flores le traían recuerdos de sus tres hijas casadas. Eran flores que viera en sus viajes con las tres, o con una de ellas. Ahora esposas y madres, probablemente ya no guardaban recuerdos tan vivos. Eguchi lo recordaba muy bien, y a veces hablaba de las flores a su esposa. Al parecer, ella no pensaba tanto en las hijas, ahora que estaban casadas, como el propio Eguchi. Seguía relacionándose mucho con ellas y no se entretenía con recuerdos de las flores que contemplara en su compañía. Además, había flores de viajes en los que ella no había tomado parte.

Permitió que en el fondo de los ojos, sobre los que descansaba la mano de la muchacha, surgieran y se desvanecieran imágenes de flores, se desvanecieran y surgieran; y así retornaron sentimientos de los días en que, estando sus hijas ya casadas, cedió a la atracción de otras muchachas. Se le antojó que la muchacha de esta noche era una de ellas. Soltó su brazo, que, no obstante, continuó inmóvil sobre sus ojos. Solamente le acompañaba su hija menor cuando vio la gran camelia. Se trataba de un viaje de despedida que realizó con ella quince días antes de que se casara. La imagen de la camelia era especialmente nítida. La boda de su hija menor había sido la más dolorosa. La cortejaban dos jóvenes, y en el curso de esta competencia ella perdió su virginidad. El viaje fue un cambio de ambiente, para reanimarla.

Dicen que las camelias traen mala suerte porque las flores se caen enteras del tallo, como cabezas cortadas; pero los capullos dobles de este gran árbol, que tenía cuatrocientos años y florecía en cinco colores diferentes, caían de pétalo en pétalo. Por ello se llamaba la camelia «de pétalos caídos».

—En plena floración —dijo a Eguchi la joven esposa del sacerdote—, recogemos cinco o seis cestas por día.

Añadió que la masa de flores de la gran camelia era menos hermosa al sol de mediodía que cuando el sol la iluminaba por detrás. Eguchi y su hija menor se sentaron en la veranda occidental, y el sol se estaba poniendo detrás del árbol. Ambos miraban hacia el sol, pero las hojas espesas y los racimos de flores no dejaban pasar la luz solar. Ésta se hundía, en la camelia, como si el propio sol poniente colgara en los bordes de la sombra. El templo de las camelias se encontraba en una parte cuidadosa y vulgar de la ciudad, y en el jardín no había nada digno de verse, excepto la camelia. Los ojos de Eguchi estaban llenos de ella, y no oía el ruido de la ciudad.

—Es una hermosa floración —observó a su hija.

—A veces, cuando nos levantamos por la mañana, hay tantos pétalos que no puede verse el suelo —dijo la joven esposa, dejando solos a Eguchi y a su hija.

¿Eran cinco los colores de aquel único árbol? Podía ver camelias rojas y blancas y otras de pétalos ondulados. Pero Eguchi no estaba particularmente interesado en verificar el número de colores. Se sentía cautivado por el árbol en sí. Era notable que un árbol de cuatrocientos años pudiera producir tal abundancia de flores. Toda la luz del atardecer era absorbida por la camelia, en cuyo interior debía estar concentrado el calor de sus rayos. Aunque no se advertía ni rastro de viento, alguna rama de los bordes susurraba de vez en cuando.

Su hija menor no parecía estar tan absorta en el famoso árbol como el propio Eguchi. No había fuerza en sus ojos. Tal vez mirara más hacia su propio interior que hacia el árbol. Era su favorita entre las tres hijas, y tenía la terquedad de los hijos menores, incrementada ahora que sus hermanas estaban casadas. Las mayores habían preguntado a su madre, algo celosas, si Eguchi tenía la intención de retener a la pequeña en casa y llevarle un novio que viviera con la familia. Su esposa le transmitió esta observación. Su hija menor era una muchacha vivaz e inteligente. Eguchi pensaba que hacía mal en tener tantos amigos del sexo masculino, pero cuando estaba rodeada de hombres se mostraba más vivaz que nunca. Sin embargo, sus padres se daban perfecta cuenta, sobre todo su madre, que la observaba muy a menudo, de que había dos entre ellos que le gustaban más. Uno de ellos le arrebató su virginidad. Durante un tiempo, la muchacha estuvo silenciosa y arisca incluso en la seguridad de su hogar, y parecía impaciente e irritable cuando, por ejemplo, se cambiaba de ropa. Su madre intuyó que había ocurrido algo. La interrogó al respecto de una manera casual, y la muchacha apenas vaciló en confesárselo. El chico trabajaba en unos almacenes y tenía una habitación alquilada. Al parecer, ella le visitó dócilmente.

—¿Es el muchacho con el que piensas casarte?

—No, no, de ningún modo —replicó la muchacha, dejando a su madre algo confusa.

La madre estaba segura de que el joven había logrado su propósito por la fuerza. Habló del asunto con Eguchi. Para éste fue como si la joya que tenía en la mano se hubiera destrozado. Su disgusto aumentó cuando supo que la muchacha se había prometido precipitadamente con otro admirador.

—¿Qué te parece? —preguntó su esposa, inclinándose nerviosamente hacia él—. ¿Ha hecho bien?

—¿Se lo ha contado a su novio? —la voz de Eguchi era brusca—. ¿Se lo ha dicho?

—No lo sé. No lo he preguntado. Estaba demasiado sorprendida. ¿Quieres que se lo pregunte?

—No te molestes.

—La mayoría de la gente cree que es mejor no decírselo al hombre con quien te vas a casar. Lo más seguro es callarse. Pero no todas somos iguales. Tal vez ella sufra toda su vida, si no se lo dice.

—Pero nosotros aún no hemos decidido darle nuestra autorización.

A Eguchi, por supuesto, no le parecía natural que una muchacha violada por un hombre se prometiera súbitamente con otro. Sabía que ambos jóvenes amaban a su hija. Él les conocía bien y siempre había pensado que cualquiera de ellos podía convenirle. Pero ¿no sería este repentino compromiso una reacción del tropiezo? ¿No habría recurrido a este segundo muchacho por amargura, pena o resentimiento? ¿No estaría, en el torbellino de su desilusión con uno, arrojándose en brazos del otro? Una muchacha como su hija menor era capaz de entregarse a un joven con tanto mayor ardor por haber sido violada por otro. Tal vez no deberían reprocharle un acto indigno de venganza o humillación.

Pero a Eguchi no se le había ocurrido que a su hija pudiera sucederle semejante cosa. Probablemente les pasara lo mismo a todos los padres. Eguchi tenía tal vez excesiva confianza en su alegre hija, tan abierta y vivaz cuando estaba rodeada de hombres. Pero ahora que se había consumado el hecho, no parecía haber nada extraño en él. Su cuerpo no era diferente al de las demás mujeres. Un hombre podía violarla. Al pensar en la fealdad del acto, Eguchi fue asaltado por fuertes sentimientos de vergüenza y degradación. No había tenido tales sentimientos cuando envió a sus hijas mayores a sus lunas de miel. Lo ocurrido pudo ser un arranque de amor por parte del muchacho; pero había sucedido, y Eguchi sólo podía pensar en cómo estaba hecho el cuerpo de su hija y en su incapacidad de evitar el acto. ¿Eran tales reflexiones anormales en un padre? Eguchi no sancionó inmediatamente el compromiso, pero tampoco lo rechazó. Él y su esposa se enteraron mucho después de que la competencia entre los dos jóvenes había sido bastante violenta. El matrimonio de su hija era inminente cuando la llevó consigo a Kyoto y vieron la camelia en plena floración. Dentro del árbol había un zumbido tenue, como un enjambre de abejas.

La muchacha tuvo un hijo dos años después de casarse. Su marido parecía totalmente entregado al niño. Cuando, tal vez un domingo, la joven pareja iba a casa de Eguchi, la esposa solía ir a la cocina a ayudar a su madre, y el marido, con mucha habilidad, alimentaba al niño. Así, pues, las cosas se habían solucionado satisfactoriamente. Aunque vivía en Tokio, la hija iba a visitarles con muy poca frecuencia desde su matrimonio.

—¿Cómo te va? —preguntó Eguchi una vez en que se presentó sola.

—¿Cómo? Pues soy feliz, supongo.

Quizá las personas no tenían mucho que decir a sus padres sobre sus relaciones conyugales, pero Eguchi estaba algo insatisfecho y un poco preocupado. Dada la naturaleza de su hija menor, le parecía que hubiese debido hablar más. Pero estaba más hermosa, había florecido. Aunque el cambio de muchacha a joven esposa podía ser fisiológico, daba la impresión de que no tendría esta lozanía de flor si en su corazón se proyectase una sombra. Después de tener el niño su cutis era más claro, como lavado en profundidad, y parecía más en posesión de sí misma.

¿Sería eso? ¿Sería ésta la razón de que en la «casa de las bellas durmientes», mientras yacía con el brazo de la muchacha sobre los ojos, se le aparecieran las imágenes de la camelia en plena floración y de las otras flores? Por supuesto que no había en la muchacha que dormía a su lado, ni en la hija menor de Eguchi, la exuberancia de la camelia. Pero la exuberancia del cuerpo de una muchacha no era algo que pudiera percibirse contemplándola ni yaciendo en silencio junto a ella. No podía compararse con la exuberancia de las camelias. Lo que fluía del brazo de la muchacha hacia el profundo interior de sus párpados era la corriente de la vida, la melodía de la vida, el hechizo de la vida, y, para un anciano, la recuperación de la vida. Los ojos sobre los que reposaba el brazo de la muchacha sentían el peso, y Eguchi lo apartó.

No había lugar para un brazo izquierdo. Probablemente porque era incómodo para ella extenderlo a lo largo del pecho de Eguchi, la muchacha se volvió de nuevo hacia él. Juntó las dos manos sobre el pecho, con los dedos entrelazados, tocando el pecho de Eguchi. No estaban las palmas juntas, como en veneración, pero aun así sugerían una plegaria, una suave plegaria. Eguchi cogió las dos manos entre las suyas. Era como si él también estuviera rezando. Cerró los ojos, quizá solamente por la tristeza de un anciano al tocar las manos de una muchacha dormida.

Oyó las primeras gotas de lluvia cayendo sobre el mar tranquilo de la noche. El sonido distante no parecía venir de un automóvil, sino del trueno del invierno. No era fácil de percibir. Separó las manos de la muchacha y contempló los dedos mientras los enderezaba uno por uno. Ansiaba meterse en la boca aquellos dedos largos y esbeltos. ¿Qué pensaría ella al despertar a la mañana siguiente si viera marcas de dientes en su dedo meñique y manaran gotas de sangre? Eguchi colocó el brazo de la muchacha a lo largo de su cuerpo. Miró sus abultados pechos, los pezones grandes, hinchados y oscuros. Levantó los dos pechos suavemente caídos. No estaban tan calientes como el cuerpo, tapado por la manta eléctrica. Sintió el deseo de poner la frente en el hueco que los separaba, pero sólo se acercó y enseguida se detuvo a causa del perfume. Dio media vuelta y se puso boca abajo, y esta vez tomó las dos píldoras una tras otra. En su primera visita había tomado una y después la otra al despertarse de una pesadilla; pero ahora ya sabía que se trataba de un simple somnífero. Tardó muy poco en dormirse.

La voz llorosa de la muchacha le despertó. Entonces, lo que parecían sollozos se convirtió en risa. La risa continuó durante un buen rato. Eguchi puso la mano sobre sus pechos y la sacudió.

—Estás soñando, soñando. ¿Qué clase de sueño es?

Había algo siniestro en el silencio que siguió a la risa. Pero Eguchi estaba demasiado soñoliento y lo único que pudo hacer fue alcanzar el reloj que había junto a la almohada. Eran las tres y media. Después de arrimar su pecho a ella y empujar sus caderas hacia él, se sumió en un cálido sueño.

A la mañana siguiente le despertó de nuevo la mujer de la casa.

—¿Está despierto?

No contestó. ¿Acaso la mujer no tenía la oreja pegada a la puerta de la habitación secreta? Un espasmo le recorrió al advertir indicios de que éste era, efectivamente, el caso. Quizá debido al calor de la manta, los hombros de la muchacha estaban al descubierto, y tenía un brazo sobre la cabeza. Eguchi subió la colcha.

—¿Está despierto?

Todavía sin contestar, metió la cabeza bajo la colcha. Un pecho le rozaba el mentón. Fue como si un fuego repentino le consumiera. Rodeó a la muchacha con un brazo y la atrajo hacia sí.

—¡Señor! ¡Señor! —la mujer dio dos o tres golpes a la puerta.

—Estoy despierto. Ya me ha visto —le pareció que la mujer entraría en la habitación si no contestaba.

Le había preparado agua, pasta dentífrica y demás utensilios en la otra habitación.

—¿Cómo le ha ido? —preguntó la mujer mientras le servía el desayuno—. ¿No cree que es una muchacha estupenda?

—Sí que lo es —asintió Eguchi—. ¿Cuándo se despertará?

—Lo ignoro.

—¿No puedo quedarme hasta que se despierte?

—Esto es precisamente lo que no podemos permitir —replicó ella con rapidez—. Ni siquiera a nuestros huéspedes más antiguos.

—Pero es que se trata de una muchacha demasiado buena.

—Lo mejor es limitarse a estar con ellas y no dejar que se interpongan emociones tontas. Ella ni siquiera sabe que ha dormido con usted. No le causará ningún problema.

—Pero yo la recuerdo. ¿Y si me cruzara con ella por la calle?

—¿Quiere decir que hablaría con ella? No lo haga. Sería un crimen.

—¿Un crimen?

—Desde luego, lo sería.

—Un crimen.

—Debo rogarle que no sea difícil. Limítese a considerar a las muchachas dormidas como muchachas dormidas.

Él quería replicar que aún no había alcanzado ese triste grado de senilidad, pero se contuvo.

—Creo que anoche llovió —dijo.

—¿De verdad? No lo advertí.

—Estoy seguro de haber oído la lluvia.

En el mar, al otro lado de la ventana, las olas pequeñas reflejaban el sol de la mañana cerca del acantilado.

 

(Continuará…)

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