Beloved [Fragmento]

Toni Morrison

 

 

En el 124 había un maleficio: todo el veneno de un bebé. Las mujeres de la casa lo sabían, y también los niños. Durante años, todos aguantaron la malquerencia, cada uno a su manera, pero en 1873 Sethe y su hija Denver eran las únicas víctimas. Baby Suggs —la abuela— había muerto; los hijos, Howard y Buglar, se largaron al cumplir los trece años… en cuanto bastó con mirar un espejo para que se hiciera trizas (ésta fue la señal para Buglar), en cuanto aparecieron en el pastel dos huellas de manos diminutas (ésta lo fue para Howard). Ninguno de los dos esperó a ver más: ni otra olla llena de garbanzos humeando en el suelo, ni las migajas de galleta esparcidas en línea recta junto al umbral. Tampoco aguardaron la llegada de otro período de alivio: las semanas, incluso meses, en que no había perturbaciones. No. Cada uno de ellos huyó al instante… en cuanto la casa profirió el único insulto que para ellos no debía soportarse ni presenciarse por segunda vez. En el plazo de dos meses y en pleno invierno dejaron solas a su abuela, Baby Suggs, a Sethe, su madre, y a su hermanita Denver en la casa agrisada de Bluestone Road. Entonces la casa no tenía número, porque Cincinnati no se prolongaba tan lejos. De hecho, sólo hacía setenta años que Ohio se atribuía el nombre de «estado» cuando primero un hermano, y luego el otro, rellenó con trozos de acolchado su sombrero, agarró sus zapatos y escapó a la rastra de la ojeriza activa que le prodigaba la casa.

Baby Suggs ni siquiera levantó la cabeza. Desde su lecho de enferma los oyó irse, pero no era esa la razón de su inmovilidad. Lo que le extrañó fue que sus nietos hubieran tardado tanto en darse cuenta de que las demás casas no eran como la de Bluestone Road. Suspendida entre lo grosero de la vida y lo mezquino de la muerte, ella no podía interesarse en abandonar la vida o vivirla, y menos aún por el terror de dos chicos que se marchaban sigilosamente. Su pasado había sido como su presente —intolerable—, y dado que sabía que la muerte no significaba olvido, empleaba la poca energía que le quedaba para estudiar los colores.

—Trae algo de lavanda, si tienes. Si no, que sea rosa.

Y Sethe la complacía, mostrándole cualquier cosa, desde un trozo de tela hasta su propia lengua.

El invierno en Ohio era especialmente penoso si uno tenía hambre de colores. El cielo proporcionaba el único espectáculo y contar con el horizonte de Cincinnati como principal atractivo de la vida era, cuando menos, temerario. De modo que Sethe y la pequeña Denver hacían lo que podían, y lo que la casa permitía, por ella. Juntas libraron una somera batalla contra el ultrajante comportamiento de esa vivienda, contra las tinajas de lavazas volcadas, las palmadas en la espalda, las rachas de aire viciado. Porque ellas comprendían el origen de la afrenta, como comprendían la fuente de luz.

Baby Suggs murió poco después de que se largaran los hermanos, sin el menor interés por la partida de ellos o la propia; inmediatamente, Sethe y Denver decidieron poner fin a la persecución invocando al fantasma que las fustigaba. Tal vez una conversación, pensaron, un intercambio de puntos de vista, algo, ayudaría. Se cogieron de la mano y dijeron:

—Ven. Ven. Harías bien en presentarte.

El aparador dio un paso al frente, pero fue lo único que se movió.

—Grandma Baby debe de estar impidiéndolo —dijo Denver, que tenía diez años y estaba enfadada con Baby Suggs porque se había muerto.

Sethe abrió los ojos.

—Lo dudo —dijo.

—¿Entonces por qué no viene?

—Olvidas que es muy pequeña —dijo su madre—. Ni siquiera tenía dos años cuando murió. Demasiado pequeña para entender. Demasiado pequeña hasta para hablar.

—A lo mejor no quiere entender —dijo Denver.

—A lo mejor. Pero si viniera, yo se lo haría comprender claramente. —Sethe soltó la mano de su hija y entre las dos volvieron a apoyar el aparador contra la pared. Afuera, un cochero azotó a su caballo para que se pusiera al galope que los lugareños consideraban necesario cuando pasaban frente al 124.

—Para ser un bebé tiene un hechizo muy potente —dijo Denver.

—No más potente que el amor que yo sentía por ella —respondió Sethe, y una vez más todo se hizo presente.

El fresco acogedor de las lápidas sin escoplear; la que eligió y en la que se apoyó de puntillas, con las rodillas abiertas como una tumba. Rosa como una uña era. Jaspeada con lascas relucientes. Diez minutos, dijo él. Tiene diez minutos de mi tiempo gratis.

Diez minutos para siete letras. ¿Con otros diez habría podido agregar «Querida»? No se le ocurrió preguntárselo y aún la fastidiaba pensar que quizás habría sido posible… que por veinte minutos, por media hora, digamos podría haberlo puesto todo, todas las palabras que oyó decir al predicador en el funeral (y todas las que se podían decir, por cierto), en la lápida de su bebé: Querida Beloved . Pero lo que logró poner, lo que acordó, fue la única palabra que importaba. Le pareció que sería suficiente, recorriendo las lápidas con el grabador, bajo la mirada colérica del joven hijo de éste, una mirada colérica en un rostro de viejo, una nueva avidez. Seguro que eso sería suficiente. Suficiente para responder a otro predicador, a otro abolicionista y a una ciudad plena de asco.

Contando con la quietud de su propia alma, había olvidado la otra: el alma de su niñita. ¿Quién hubiera pensado que un bebé tan pequeño pudiera albergar tanta furia? Andar entre las lápidas bajo la mirada del hijo del grabador no fue suficiente. No sólo tuvo que pasar el resto de esos años en una casa paralizada por la ira de la criatura que vio su cuello cortado, sino que los diez minutos que pasó apretada contra una piedra del color de la aurora salpicada de estrellas, con las rodillas abiertas como la tumba, fueron más largos que la vida misma, más vivos, más palpitantes que la sangre del bebé que había corrido por sus dedos como si fuera aceite.

—Podríamos mudarnos —sugirió una vez a su suegra.

—¿De qué nos serviría? —preguntó Baby Suggs—. No hay una sola casa que no esté llena hasta el techo con el pesar de un negro muerto. Tenemos la suerte de que este fantasma sea un bebé. ¿El espíritu de mi marido volvería aquí? ¿O el del tuyo? No me hables de eso. Tienes suerte. Te quedan tres. Tres que se cuelgan de tu falda y una sola que alborota desde el más allá. Deberías estar agradecida. Yo tuve ocho. Todos alejados de mí. Cuatro cogidos, cuatro perseguidos y todos, espero, merodeando por alguna casa. —Baby Suggs se frotó las cejas—. La primera. Todo lo que recuerdo de ella es cuánto le gustaba la costra quemada del pan. ¿No te parece el colmo? Ocho hijos y eso es lo único que recuerdo.

—Eso es lo único que te permites recordar —le había dicho Sethe, pero también a ella le había quedado una sola.

Una sola viva… Los chicos habían huido perseguidos por la muerta y su recuerdo de Buglar se esfumaba rápidamente. Al menos, la cabeza de Howard tenía una forma que nadie podía olvidar. En cuanto al resto, se esforzaba por recordar lo menos posible. Lamentablemente, su cerebro era tortuoso. Podía estar cruzando deprisa un campo, prácticamente corriendo, para llegar en seguida a la bomba, y enjuagarse la savia de manzanilla de las piernas. Nada más ocupaba su mente. La imagen de los hombres que fueron a atenderla era tan inconsistente como los nervios de su espalda, donde la piel se torcía como una tabla de lavar. Tampoco había el menor aroma a tinta o a la resina de cerezo y corteza de roble con que estaba hecha. Nada. Sólo la brisa enfriando su cara mientras corría hacia el agua. Y mientras quitaba la manzanilla con agua de la bomba y con trapos, su mente se concentraba en quitar hasta el último residuo de savia… en la imprudencia de haber seguido un atajo a campo traviesa sólo para ahorrar unos metros, sin notar cuánto habían crecido las malezas hasta que el picor le llegó a las rodillas. Luego, algo. La salpicadura del agua, la mirada de soslayo a los zapatos y las medias en el sendero, donde los había tirado; o Here Boy lamiendo el charco a sus pies, y de pronto Sweet Home [3] rodando, rodando, extendiéndose ante sus ojos, y aunque en esa granja no había una sola hoja que no la hiciera chillar, rodaba frente a ella con descarada belleza. Nunca le pareció tan terrible como en realidad era y eso la llevó a preguntarse si el infierno no sería también un lugar bonito. Fuego y azufre, sí, pero oculto entre bosquecillos de encaje. Los chicos colgados de los sicomoros más hermosos del mundo. Se avergonzó: recordaba mejor los bellos árboles susurrantes que a los chicos. Por mucho que intentara lo contrario, los sicomoros resaltaban más que los chicos y ella no podía perdonarle eso a su memoria.

Cuando desapareció hasta el último vestigio de manzanilla, dio la vuelta hasta el frente de la casa, recogiendo los zapatos y las medias por el camino. Para mayor castigo por su fatal memoria, sentado en el porche, a unos doce metros de distancia, estaba Paul D, el último de los hombres de Sweet Home. Y aunque ella jamás confundiría su rostro con el de otro, preguntó:

—¿Eres tú?

—Lo que queda. —Él se levantó y sonrió—. ¿Cómo estás, chica, además de descalza?

La risa de Sethe sonó relajada y juvenil.

—Me hice un desastre en las piernas. Manzanilla.

Él hizo una mueca, como si paladeara una cucharada de algo amargo.

—No quiero ni oír hablar de eso. Siempre odié esas hierbas.

Sethe arrolló sus medias y se las guardó en el bolsillo.

—Entra.

—En el porche se está bien, Sethe. Corre el aire fresco. —Volvió a sentarse y fijó la vista en el prado, al otro lado del camino, sabedor de que el ansia que sentía se le notaría en los ojos.

—Dieciocho años —dijo ella en voz baja.

—Dieciocho —repitió Paul D—. Y juro que los he caminado día a día. ¿Te molesta si hago lo mismo? —Señalo con la cabeza los pies de ella y comenzó a desatarse los cordones de los zapatos.

—¿Quieres remojarlos? Te prepararé una palangana con agua. —Se acercó a él para entrar en la casa.

—No, no, no. No puedo mimarlos. Aún tienen mucho que andar.

—No puedes irte ahora mismo, Paul D. Tienes que quedarte un rato.

—Bien, sólo lo suficiente para ver a Baby Suggs. ¿Dónde está?

—Muerta.

—Oh, no. ¿Cuándo?

—Hace ocho años. Casi nueve.

—¿Fue duro? Espero que no le costara morir.

Sethe meneó la cabeza.

—Blando como la crema. Lo duro era estar viva. Lamento que no puedas verla. ¿Por eso has venido?

—En parte. El resto eres tú. Pero si he de decir la pura verdad, en estos tiempos voy a cualquier lado. A cualquier lado donde me permitan sentarme.

—Tienes buen aspecto.

—Así confunde las cosas el diablo. Me deja tener buen aspecto mientras me sienta mal. —La miró y la palabra «mal» adquirió otro significado.

Sethe sonrió. Así eran… así habían sido ellos. Todos los hombres de Sweet Home, antes y después de Halle, la trataban con un leve coqueteo fraternal, tan sutil que había que calar hondo para percibirlo. Con excepción de un montón más de pelo y un resquicio de espera en los ojos, estaba casi igual que en Kentucky. Cutis de hueso de melocotón, la espalda erguida. Siendo un hombre de expresión inmutable, resultaba sorprendente su buena disposición a sonreír, a encenderse o a compadecerse. Como si bastara con que llamaras su atención para que él plasmara el mismo sentimiento que tú sentías. Con algo menos que un parpadeo, su rostro parecía cambiar… allí subyacía un mundo de actividad.

—No tendría que preguntarte por él, ¿verdad? Si hubiera algo que decir me lo dirías, ¿verdad? —Sethe se miró los pies y volvió a ver los sicomoros.

—Te lo diría. Claro que te lo diría. No sé más ahora de lo que sabías entonces. —Salvo la mantequera, pensó, y eso no tienes por qué saberlo—. Debes pensar que sigue vivo.

—No. Pienso que está muerto. Lo que lo mantiene vivo es que no estoy segura.

—¿Qué pensaba Baby Suggs?

—Lo mismo, pero si la escuchabas, todos sus hijos estaban muertos. Según afirmaba, había sentido cómo se iba cada uno, qué día y a qué hora.

—¿Cuándo dijo que desapareció Halle?

—En mil ochocientos cincuenta y cinco. El día que nació mi bebé.

—¿Tuviste ese bebé? Creí que no lo lograrías. —Rió entre dientes—. Huiste preñada.

—Tuve que hacerlo. No podía esperar. —Bajó la cabeza y pensó, como él, que era increíble. Y de no haber sido por esa chica que buscaba terciopelo, no lo habría conseguido.

—Y sola. —Paul D estaba orgulloso de ella y fastidiado con ella porque no había necesitado a Halle ni a él en el quehacer.

—Casi sola. Pero no del todo. Me ayudó una blanca.

—En ese caso también se ayudó a sí misma. Dios la bendiga.

—Podrías quedarte a pasar la noche, Paul D.

—Tu invitación no suena del todo firme.

Sethe miró por encima del hombro de él, en dirección a la puerta cerrada.

—Lo digo de veras. Sólo espero que sepas disculpar mi casa. Pasa. Conversa con Denver mientras cocino algo.

Paul D ató un zapato con el otro, se los echó sobre el hombro y la siguió al otro lado de la puerta, entrando directamente en una fuente de luz roja y ondulante que le inmovilizó.

—¿Tienes compañía? —susurró, con el ceño fruncido.

—De vez en cuando.

—Dios mío. —Retrocedió de espaldas hacia el porche—. ¿Qué clase de maleficio tienes aquí?

—No es maleficio sino tristeza. Entra. Bastará con que des un paso.

Entonces la miró atentamente. Más que cuando la vio dar vuelta a la casa con las piernas húmedas y brillantes, los zapatos y las medias en una mano, las faldas en la otra. La chica de Halle… la de los ojos de acero e igual carácter. Nunca había visto su pelo en Kentucky. Y aunque ahora su cara tenía dieciocho años más que la última vez que la viera, era más suave. A causa de los cabellos. Un rostro demasiado impasible para expresar consuelo; el iris del mismo color que la piel, algo que en esa cara inmóvil solía hacerle pensar en una máscara con los ojos misericordiosamente perforados. La mujer de Halle. Todos los años embarazada, incluido aquel en que se sentó junto al fuego para contarle que iba a huir. Ya había despachado a sus tres hijos en una caravana de carretas con otros negros que iban a cruzar el río. Debían quedarse con la madre de Halle, en las cercanías de Cincinnati. Ni siquiera en esa pequeña choza, inclinada tan cerca del fuego que se olía el calor en su vestido, sus ojos reflejaban un toque de luz. Eran como dos pozos en los que no podía asomarse. Incluso perforados necesitaban ser cubiertos, tapados, marcados con alguna señal de advertencia sobre la vaciedad que contenían. Entonces fijó la vista en el fuego, mientras se lo contaba, porque no estaba su marido para decírselo a él. Mr. Garner había muerto y su esposa tenía en el cuello un bulto del tamaño de un boniato y no podía hablar con nadie. Se inclinó tan cerca de las llamas como se lo permitía su tripa embarazada y se lo contó a él, a Paul D, el último de los hombres de Sweet Home.

Habían sido seis los que pertenecían a la granja, y Sethe era la única mujer. Mrs. Garner, llorando como un bebé, había vendido todo a su hermano para saldar las deudas que salieron a la superficie en cuanto enviudó. Entonces llegó el maestro para poner las cosas en orden. Pero lo que hizo destrozó a otros tres hombres de Sweet Home y perforó el acero destellante de los ojos de Sethe, dejando dos pozos abiertos que no reflejaban la luz del fuego.

Ahora el acero había retornado, pero el rostro suavizado por el pelo le hizo confiar en ella lo suficiente para cruzar la puerta justo en medio de una fuente de ondulante luz roja.

Sethe tenía razón. Era triste. Al atravesarla, le penetró una oleada de pesar tan intensa que sintió ganas de llorar. Tuvo la impresión de recorrer un largo camino para llegar a la luz normal que rodeaba la mesa, pero lo logró… con los ojos secos y mucha suerte.

—Has dicho que murió suavemente. Como la crema —le recordó.

—Ésa no es Baby Suggs —replicó Sethe.

—¿Quién es, entonces?

—Mi hija. La que mandé por delante con los niños.

—¿No vivió?

—No. Sólo me queda la que llevaba en las entrañas cuando huí. Los chicos también se fueron. Los dos se largaron antes de que falleciera Baby Suggs.

Paul D miró el punto donde lo había penetrado la tristeza. El rojo había desaparecido pero una especie de lamento se aferraba al aire.

Probablemente sea mejor, pensó. Si un negro tiene piernas, debe usarlas. Si se queda sentado mucho tiempo, alguien se las ingeniará para atarlo. Sin embargo… si sus chicos se habían ido…

—¿No hay hombre? ¿Vives sola aquí?

—Con Denver.

—¿Y eso te va?

—Eso me va.

Sethe notó el escepticismo de Paul D y siguió adelante.

—Cocino en un restaurante de la ciudad. Y coso un poco a hurtadillas.

Entonces Paul D sonrió, recordando el vestido que se había hecho para la cama. A su llegada a Sweet Home, Sethe tenía trece años y los ojos ya eran acerados. Fue un presente oportuno para Mrs. Garner, que había perdido a Baby Suggs en aras de los elevados principios de su marido. Los cinco hombres de Sweet Home miraron a la chica nueva y decidieron dejarla en paz. Eran jóvenes y estaban tan hartos de la ausencia de mujeres que se habían aficionado a las terneras. No obstante, dejaron en paz a la chica de ojos acerados para que ella eligiera, pese a que cualquiera habría hecho picadillo a los demás para tenerla. A ella le llevó un año escoger… un año largo y duro en que ellos se revolvieron en sus jergones, carcomidos por ella en sus sueños. Un año de deseo, un año en que la violación parecía el único don de la vida. La represión que habían ejercido solo fue posible porque eran hombres de Sweet Home… aquellos de los que se jactaba Mr. Garner mientras los otros granjeros movían sus cabezas de un lado a otro a modo de advertencia.

—Todos vosotros tenéis sirvientes —les decía—. Sirvientes jóvenes, sirvientes viejos, sirvientes difíciles, sirvientes fáciles. En Sweet Home, todos mis negros son hombres. Así los compré, así los eduqué. Hombres.

—Lamento disentir, Garner. Un negro no es un hombre.

—Si le tienes miedo, no. —Garner sonrió de oreja a oreja—. Pero si tú mismo eres un hombre, querrás que todos tus negros lo sean.

—Yo no permitiría que un negro anduviera cerca de mi esposa.

Esa era la reacción que Garner esperaba, la reacción que le encantaba.

—Yo tampoco —decía—. Yo tampoco. —Y siempre se producía una pausa hasta que el vecino, o el forastero, o el vendedor ambulante, o el cuñado, o quien fuese, comprendía lo que había querido decir. Entonces se desataba una discusión encarnizada, a veces una pelea, y Garner volvía a casa con cardenales y contento, habiendo demostrado una vez más cómo era un auténtico hombre de Kentucky: alguien lo bastante fuerte e inteligente como para hacer hombres de sus propios negros y llamarlos hombres.

Y eso eran. Paul D Garner, Paul F Garner, Paul A Garner, Halle Suggs y Sixo, el impetuoso. Todos en la veintena y sin mujeres, follando vacas, soñando con la violación, revolcándose en sus jergones, frotándose los muslos y esperando a la chica nueva… la que ocupó el lugar de Baby Suggs después de que Halle comprara su libertad con su trabajo de todos los domingos durante cinco largos años. Tal vez por eso lo eligió a él. Un hombre de veinte años tan encariñado con su madre como para renunciar a los domingos de cinco años enteros sólo por verla sentada, era una excelente recomendación.

La chica nueva esperó un año. Y los hombres de Sweet Home se aprovechaban de las vacas mientras la esperaban. Escogió a Halle y para la primera encamada se cosió un vestido a hurtadillas.

—¿Por qué no te quedas un tiempo? Nadie puede recuperar dieciocho años en un día.

Desde la palidez del espacio que ocupaban, una escalera blanca ascendía hacia el empapelado azul y blanco del piso de arriba. Paul D sólo veía el principio del papel: discretas motas amarillas salpicadas entre una ventisca de copos de nieve, todo con fondo azul. El blanco luminoso de la barandilla y los peldaños atraía su mirada.

Todos sus sentidos le decían que el aire de encima de la caja de la escalera estaba encantado y enrarecido. Pero la chica que bajó en medio de ese aire era real y morena, tenía el rostro de una muñeca precavida.

Paul D miró a la chica y después a Sethe, que dijo sonriente:

—Ésta es mi Denver. Éste es Paul D, cariño, de Sweet Home.

—Buenos días, señor D.

—Garner, niña. Paul D Garner.

—Sí, señor.

—Me alegro de verte. La última vez que vi a tu mamá, tú empujabas la parte delantera de su vestido.

—Y todavía lo hace cuando logra ponérselo —dijo Sethe, otra vez sonriente.

Denver se paró en el último escalón y de pronto se sintió acalorada y tímida. Hacía mucho tiempo que nadie (ni una blanca de buena voluntad, ni un predicador, ni un portavoz, ni un periodista) se sentaba a su mesa, desmintiendo las palabras que decía con la repulsión evidente en la mirada. Durante doce años, muchos antes de que muriese Grandma Baby, no habían recibido visitas de ningún tipo ni tampoco amigos. Ninguna persona de color, sin duda ningún moreno rojizo de pelo demasiado largo y sin libreta, ni carbón, ni naranjas, ni preguntas. Nadie con quien su madre quisiera hablar y encima lo hiciera descalza. Con el aspecto, con la actitud de una cría y no de la mujer serena y majestuosa que Denver conocía de toda la vida. La que nunca apartaba la mirada, la que cuando una yegua mató a un hombre a patadas frente al restaurante de Sawyer, no apartó la mirada; la que cuando una cerda comenzó a comerse su propia mierda, tampoco aparto la mirada. Y cuando el espíritu del bebé cogió a Here Boy y lo estampó contra la pared con tanta tuerza que le quebró dos patas y le desencajó un ojo, con tanta fuerza que el perro tuvo un ataque de convulsiones y se mordió la lengua, ni siquiera entonces su madre había apartado la mirada. Empuñó un martillo, golpeó a Here Boy hasta dejarlo inconsciente, le limpió la sangre y la saliva, volvió a encajarle el ojo en la cabeza y le enderezó los huesos de las patas. El animal se recuperó, mudo y desequilibrado, más a causa de su ojo indigno de confianza que de las patas torcidas, pero en invierno y verano, con lluvia o con sol, no hubo modo de convencerlo de que volviera a entrar en la casa.

Y ahora, esa mujer, que tuvo presencia de ánimo para curar a un perro enloquecido de dolor, se mecía con los tobillos cruzados y apartaba la mirada del cuerpo de su propia hija. Como si el tamaño de ese cuerpo fuese más de lo que su visión podía soportar. Y ninguno de los dos llevaba los zapatos puestos. Acalorada y tímida, ahora Denver estaba sola. Tantos abandonos: primero sus hermanos, después la abuela… pérdidas graves, dado que ningún chico quería formar corro con ella en un juego ni colgarse de las rodillas en la barandilla del porche de su casa. Nada de eso le habría importado mientras su madre no apartara la mirada como la apartaba en ese mismo momento, haciendo que Denver ansiara, lisa y llanamente ansiara, una señal de maldad del bebé fantasma.

—Es una joven de muy buen ver —dijo Paul D—. Muy guapa. Tiene en la cara la expresión tierna de su padre.

—¿Conoce a mi padre?

—Lo conocía. Lo conocía bien.

—¿Lo conocía, ma? —Denver luchó contra el impulso de realinear sus afectos.

—Claro que conocía a tu papá. Ya te dije que es de Sweet Home.

Denver se sentó en el peldaño de abajo. No había otro sitio al que pudiera ir airosamente. Esos dos eran una pareja, diciendo «tu papá» y «Sweet Home» de una manera que dejaba claro que ambos pertenecían a eso y no a ella. Que la ausencia de su propio padre no era suya. Una vez esa ausencia había pertenecido a Grandma Baby: un hijo, profundamente llorado porque fue el que había comprado su libertad para sacarla de allá. Luego fue el marido ausente de su madre. Ahora era el amigo ausenté de ese moreno rojizo. Sólo los que lo conocían («lo conocía bien») podían reivindicar su ausencia para sí. Así como los que habían vivido en Sweet Home podían recordarla, nombrarla y mirarse de reojo mientras susurraban. Volvió a ansiar la presencia del bebé fantasma: ahora le emocionaba esa cólera que solía agobiarla. Agobiarla.

—Aquí tenemos un fantasma —dijo, y la cosa funcionó. Dejaron de ser una pareja. Su madre dejó de balancear los pies y de comportarse como una niña. El recuerdo de Sweet Home desapareció de los ojos del hombre para el que se mostraba infantil. Éste levantó la vista rápidamente, siguiendo con la mirada los escalones blanco-relámpago que ascendían por detrás de Denver.

—Eso he oído —dijo el forastero—. Pero triste, ha dicho tu mamá. No maligno.

—No, señor —respondió Denver—, no es maligno. Pero tampoco triste.

—¿Qué es?

—Reprochón. Solitario y reprochón.

—¿Es así? —preguntó Paul D a Sethe.

—No sé si solitario —dijo la madre de Denver—. Loco tal vez, pero no veo cómo puede sentirse solo si convive minuto a minuto con nosotras dos.

—Debe de querer algo que vosotras tenéis.

Sethe se encogió de hombros.

—Sólo es un bebé.

—Mi hermana —dijo Denver—. Murió en esta casa.

Paul D se rascó el pelo que le crecía bajo la barbilla.

—Me recuerda a la novia descabezada de atrás de Sweet Home. ¿Te acuerdas, Sethe? Solía rondar por el bosque.

—¿Cómo podría haberla olvidado? Tan inquietante…

—¿Cómo es que todos los que huyeron de Sweet Home no pueden dejar de hablar de esa granja? Me parece que si era tan dulce os tendríais que haber quedado allí.

—¿Con quién te crees que estás hablando, chica? —la regañó su madre.

Paul D se echó a reír.

—Es cierto, es cierto. La chica tiene razón, Sethe. No era dulce y sin duda no era un hogar. —Meneo la cabeza.

—Pero allí estábamos —dijo Sethe—. Todos juntos. Vuelve tanto si nos gusta como si no. —Se estremeció: una ligera ondulación de la piel en el brazo, que acarició para volver a dormirlo—. Denver, aviva ese fogón. No podemos recibir a un amigo y no darle de comer.

—Por mí no te molestes —dijo Paul D.

—El pan no es ninguna molestia. El resto lo traje del trabajo. Lo menos que puedo hacer, si cocino desde el amanecer hasta el mediodía, es traer la cena a casa. ¿Tienes algo que decir del pescado?

—Si él no dice nada de mí, yo no diré nada de él.

Otra vez, pensó Denver. De espaldas a ellos, empujó la leña y el fuego estuvo a punto de perderse.

—¿Por qué no se queda a dormir, señor Garner? Así usted y ma podrán hablar de Sweet Home toda la noche.

Sethe dio dos pasos rápidos hacia el fogón, pero sin darle tiempo a tironearle del cuello, Denver se inclinó hacia delante y se puso a llorar.

—¿Qué te pasa? Nunca te he visto comportarte de esta manera.

—Déjala en paz —dijo Paul D—. Para ella soy un extraño.

—Por eso. No tiene ningún motivo para portarse así con un desconocido. Nenita, ¿qué pasa? ¿Ocurrió algo?

Pero ahora Denver se sacudía y sollozaba tanto que no podía hablar. Las lágrimas que no había derramado en nueve años humedecían sus pechos de mujer.

—No puedo más. No puedo más.

—¿No puedes qué? ¿Qué es lo que no puedes?

—No puedo vivir aquí. No sé adónde ir ni qué hacer, pero no puedo vivir aquí.

Nadie nos habla. Nadie viene. No les gusto a los chicos. Y tampoco a las chicas.

—Cariño, cariño…

—¿Qué es eso de que nadie os dirige la palabra? —preguntó Paul D.

—Por la casa. La gente no…

—¡Mentira! No es la casa. ¡Somos nosotras! ¡Eres tú!

—¡Denver!

—Basta, Sethe. Para una chica joven es difícil vivir en una casa hechizada. No puede ser fácil.

—Es más fácil que otras cosas.

—Piensa un poco, Sethe. Yo soy un adulto al que no le queda nada por ver o hacer, y te digo que no es fácil. Quizá deberíais mudaros. ¿De quién es esta casa?

Por encima del hombro de Denver, Sethe dedicó a Paul D una mirada gélida.

—¿A ti qué te importa?

—¿No permitirán que te marches?

—No.

—Sethe…

—Nada de mudanzas. Nada de largarnos. Todo está bien.

—¿Pretendes decirme que todo está bien con esta chica a punto de perder el juicio?

Algo cobró ánimo en la casa, y en el atento silencio que siguió, Sethe dijo:

—Tengo un árbol en la espalda y un espíritu en mi casa, y nada entre una cosa y otra salvo la hija que estoy abrazando. Basta de huir… de nada. Jamás en la vida volveré a huir de nada. Ya hice un viaje y pagué el billete, pero permíteme decirte algo, Paul D Garner: ¡costó demasiado! ¿Me oyes? Costó demasiado. Ahora siéntate y come con nosotras o déjanos en paz.

Paul D rebuscó en su chaleco una bolsita de tabaco, concentrándose en su contenido y en el nudo del cordel mientras Sethe llevaba a Denver al cuarto que daba a la gran sala en la que estaba sentado. No tenía papel de fumar, por lo que se dedicó a toquetear la bolsa y a escuchar a través de la puerta abierta cómo Sethe tranquilizaba a su hija. Al volver, ella evitó su mirada y fue directamente hasta una mesa pequeña, junto al fogón. Estaba de espaldas a él y Paul D vio todo el cabello que quiso sin que la cara lo distrajera.

—¿Qué es eso de un árbol en tu espalda?

—Hummm. —Sethe puso un cuenco sobre la mesa y sacó la harina.

—¿Qué es eso de un árbol en tu espalda? ¿Te está creciendo algo en la espalda? Yo no veo nada.

—Pero está.

—¿Quién te ha dicho eso?

—La chica blanca. Eso dijo. Yo nunca lo vi y nunca lo veré. Pero eso es lo que ella dijo que parecía. Un cerezo silvestre. El tronco, las ramas, incluso hojas. Pequeñitas hojas de cerezo salvaje. Pero eso fue hace dieciocho años. Por lo que sé, ya podría haber dado cerezas.

Sethe se humedeció el índice con la punta de la lengua y, rápida y ligeramente, tocó el hornillo. Luego pasó los dedos por la harina, partiéndola, separando pequeñas ondulaciones y crestas en busca de bichitos. Como no encontró ninguno, volcó bicarbonato y sal en el pliegue de su mano doblada y los echó en la harina. Después metió la mano en una lata y saco un puñado de manteca de cerdo. Diestramente la mezcló con la harina y, salpicando agua con la mano izquierda, formó la masa.

—Yo tenía leche —dijo—. Estaba embarazada de Denver pero tenía leche para mi niñita. No había dejado de darle la teta cuando la mandé por delante con Howard y Buglar.

Ahora estiró la masa con un rodillo de madera.

—Cualquiera me olía antes de verme. Y cuando me viera notaría las gotas en la pechera de mi vestido. Yo no podía hacer nada con eso. Lo único que sabía es que debía llevarle mi leche a mi niña. Nadie la alimentaría como yo. Nadie se la llevaría a tiempo o se la quitaría cuando tuviera suficiente y no se diera cuenta. Nadie sabía que no soltaba el aire si la alzabas sobre el hombro, sino sólo si estaba echada sobre mis rodillas. Nadie lo sabía salvo yo y nadie tenía su leche salvo yo. Se lo dije a las mujeres del carro. Les pedí que pusieran agua azucarada en un trapo y se lo hicieran chupar, para que cuando yo llegara, unos días después, no me hubiese olvidado. Allí estaría la leche, conmigo.

—Los hombres no entienden mucho —dijo Paul D mientras volvía a guardar la bolsita en el bolsillo del chaleco—, pero saben que a un niño de teta no se lo puede separar mucho tiempo de su madre.

—Entonces saben lo que es que alejen a tus hijos cuando tienes los pechos llenos.

—Estábamos hablando de un árbol, Sethe.

—Después de que tú y yo nos despedimos, entraron esos muchachos y cogieron mi leche. Por eso fueron allí. Me sujetaron y me la quitaron. Los denuncié a Mrs. Garner. Ella tenía el bulto y no podía hablar, pero se le llenaron los ojos de lágrimas. Los muchachos supieron que los había delatado. Maestro hizo que uno me abriera la espalda a latigazos y cuando se cerró se formó un árbol. Todavía crece.

—¿Te azotaron con un látigo de cuero?

—Y se llevaron mi leche.

—¿Te golpearon y estabas embarazada?

—¡Y me quitaron mi leche!

Los círculos blancos formaban hileras en la placa. Una vez más, Sethe tocó el fogón con un dedo húmedo. Abrió la puerta del horno y metió la placa con bollos. Al erguirse sintió a Paul D detrás, con las manos bajo sus pechos. Se enderezó y supo — aunque no lo sintió— que él tenía la mejilla apretada contra las ramas de su cerezo silvestre.

Sin siquiera intentarlo, Paul D se había convertido en el tipo de hombre que entraba en una casa y hacía llorar a las mujeres. Porque con él, en su presencia, podían. Era un don natural en su manera de ser. Las mujeres lo veían y sentían ganas de llorar… de contarles que les dolía el pecho y también las rodillas. Mujeres fuertes y sensatas lo veían y le decían cosas que sólo se decían entre sí: que al pasar la edad crítica, en ellas el deseo se había vuelto repentinamente inmenso, ávido, más indómito que a los quince años, y que eso las turbaba y las entristecía; que en secreto ansiaban morir —para verse libres de eso—, que el sueño era más precioso que el despertar. Las chicas jóvenes se acercaban a él para confesarse o describir lo bien vestidas que iban las apariciones que las seguían desde sus sueños. En consecuencia, y aunque no entendía por qué las cosas eran así, no le sorprendió que Denver derramara sus lágrimas junto al fogón, ni que quince minutos más tarde, después de contarle que le habían robado la leche, su madre también llorara. A espaldas de ella, con su cuerpo inclinado en un arco de bondad, abarcó sus senos en las palmas de las manos. Frotó la mejilla contra su espalda y así supo de sus pesares, de las raíces de sus pesares, en el tronco ancho y las ramas intrincadas. Llevó los dedos a los corchetes de su vestido y sin oír siquiera un suspiro comprendió que estaba llorando. Y cuando la blusa de su vestido rodeó sus caderas y él vio la escultura que ahora era su espalda, como la obra decorativa de un herrero demasiado apasionado, pensó aunque no dijo: «Ah, Señor, chica.» Y no halló la paz hasta haber tocado todos los surcos y hojas con su boca, aunque Sethe no sintió nada porque la piel de su espalda llevaba años muerta. Lo que sí supo es que la responsabilidad de sus pechos, por fin, recaía en otras manos.

Sethe se preguntó si habría un pequeño espacio, un instante, alguna forma de aplazar los acontecimientos, de arrinconarlos en la sala y permanecer allí uno o dos minutos, desnuda desde los omoplatos hasta la cintura, aliviada del peso de sus pechos, oliendo otra vez la leche robada y el placer del pan en el horno. Quizás entonces pudiera permanecer inmóvil durante la cocción de una comida —sin siquiera alejarse del fogón— y experimentar el dolor que debía sentir su espalda. ¿No podría confiar en las cosas y recordarlas porque el último de los hombres de Sweet Home estaba allí para sustentarla si se hundía?

El fogón no se estremeció al adaptarse al calor. Denver no se agitaba en el cuarto contiguo. La palpitación de luz roja no había vuelto y Paul D no temblaba desde 1856, cuando lo había hecho durante ochenta y tres días seguidos. Encerrado y encadenado, sus manos se estremecían tanto que no podía fumar ni rascarse. Ahora temblaba otra vez, pero en las piernas. Le llevó un rato darse cuenta de que no le temblaban las piernas por la preocupación, sino porque las tablas se movían, y el suelo chirriante sólo formaba parte de una totalidad. La casa propiamente dicha arremetía. Sethe se dejó caer al suelo, luchando por volver a acomodarse el vestido. Y en cuatro patas, como si estuviese sujetando la casa contra el terreno, Denver salió del cuarto de servicio, con los ojos aterrados y una vaga sonrisa en sus labios.

—¡Maldición! ¡Calla! —gritaba Paul D mientras caía, buscando un ancla—.¡Deja en paz esta casa! ¡Fuera de aquí! —Una mesa se abalanzó en su dirección y él le cogió una pata. De alguna manera logró mantenerse en equilibrio y, sujetando la mesa por dos patas, golpeó todas las cosas, destrozándolas, devolviéndole a la casa sus gritos—. ¡Si quieres pelea, ven! ¡Maldición! ¡Ella ya tuvo bastante sin ti! ¡Ya ha tenido bastante!

El temblor se aplacó hasta parecer un bandazo ocasional, pero Paul D no dejó de estrellar la mesa hasta que todo estuvo quieto. Sudando y respirando con dificultad, se apoyó contra la pared en el espacio que había dejado libre el aparador. Sethe seguía agachada junto al fogón, apretando los zapatos contra el pecho. Los tres —Sethe, Denver y Paul D— respiraban al mismo ritmo, como una sola persona fatigada. Había otra respiración, igualmente cansada.

Desapareció. Denver se tambaleó hasta el fogón en medio del silencio. Echó cenizas sobre el fuego y sacó del horno la fuente con bollos. El aparador estaba volcado y su contenido formaba una pila en el rincón del último estante. Cogió un tarro de jalea, buscó un plato con la mirada y encontró uno partido junto a la puerta. Se lo llevó todo a los peldaños del porche, donde se sentó.

Los dos habían subido. Con pasos ligeros, descalzos, subieron la escalera blanca, dejándola abajo. Quitó el alambre de la parte de arriba del tarro y luego la tapa. Debajo había un paño y más abajo aún, una delgada capa de cera. Lo extrajo todo y echó la jalea en medio plato. Cogió un bollo y le quitó la parte de arriba, ennegrecida. Subía humo en espiral desde la miga blanca.

Echaba de menos a sus hermanos. Ahora Buglar y Howard tendrían veintidós y veintitrés años. Aunque habían sido amables con ella en los buenos momentos y le habían cedido la cabecera de la cama, recordó cómo habían sido las cosas antes: el placer que les proporcionaba sentarse muy juntos en la escalera blanca —ella entre las rodillas de Howard o de Buglar— mientras inventaban cuentos de brujas en los que intercalaban formas probadas de dejarla muerta. Y recordó a Baby Suggs diciéndole cosas en el cuarto de servicio. Olía a corteza de día y a hojas durante la noche, y Denver lo sabía porque no quiso volver a dormir en su vieja habitación después de que sus hermanos huyeron.

Ahora, su madre estaba arriba con el hombre que la había privado de la única compañía que le quedaba. Denver hundió un trozo de pan en la jalea. Lenta, metódica, desdichadamente, se lo comió.

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