Camino a Los Ángeles [Fragmentos]

John Fante

 

 

 

1

Hice muchos trabajos en el puerto de Los Ángeles, porque nuestra familia era pobre y mi padre había muerto. El primero, poco después de terminar el bachillerato, consistió en cavar zanjas. El dolor de espalda me impedía dormir por la noche. Cavábamos en un solar vacío, no había ni una sombra, el sol caía a plomo desde un cielo sin nubes y yo estaba allí con dos grandullones que picaban con gusto, siempre riendo y contándose chistes, riendo y fumando tabaco pestilente.

Yo empecé con mucho ímpetu y ellos se rieron y dijeron que ya aprendería al cabo de un tiempo. El pico y la pala no tardaron en pesarme. Me chupaba las ampollas reventadas y detestaba a aquellos hombres. Un mediodía quedé agotado, me senté y me miré las manos. Me dije: ¿por qué no dejas este trabajo antes de que te mate?

Me levanté y clavé la pala en el suelo.

—Muchachos —dije—, me voy de aquí. Me han ofrecido un empleo en la Comisión Administrativa del Puerto.

Luego fui friegaplatos. Todos los días miraba por un agujero de una ventana y todos los días veía montones de basura rodeados de nubes de moscas, y era como un ama de casa ante un fregadero atestado de platos, las manos se me sublevaban cuando los veía flotando como pescado muerto en el agua azulada. El jefe era un cocinero gordo. Me animaba a trabajar golpeando las cacerolas. Me ponía contento cuando una mosca aterrizaba en su amplio carrillo y se negaba a marcharse. Estuve allí cuatro semanas. Arturo, me dije, este empleo tiene poco futuro, ¿por qué no te vas esta noche? ¿Por qué no mandas al cocinero a tomar por culo?

No pude esperar a la noche. En mitad de aquella tarde de agosto, con una montaña de platos sucios ante mí, me quité el delantal. Se me escapó una sonrisa.

—¿Dónde está lo gracioso? —dijo el cocinero.

—He terminado. Se acabó. Eso es lo gracioso.

Salí por la puerta trasera, con el tintineo de la campanilla. Se quedó rascándose la cabeza, en medio de la basura y de los platos sucios. Cuando pensaba en aquellos platos me reía; la situación me ha parecido siempre muy graciosa.

Fui ayudante de camionero. Lo único que hacíamos era llevar cajas de papel higiénico del almacén a las tiendas portuarias de San Pedro y Wilmington. Cajas grandes, de un metro de arista y veinticinco kilos de peso. Por la noche me quedaba dando vueltas en la cama, meditando.

El jefe era el camionero. Tenía los brazos cubiertos de tatuajes. Vestía polos amarillos muy ceñidos. Le sobresalían los músculos. Los trataba como una chica a su cabello. Me habría gustado decirle cosas que le fastidiaran. Las cajas estaban en el almacén, en montones de quince metros de altura. El jefe se cruzaba de brazos y me hacía llevar las cajas hasta el camión. Él las ordenaba. Arturo, me dije, tienes que tomar una decisión; tiene pinta de bruto, pero ¿qué más te da?

Aquel día me caí de espaldas con una caja en el estómago. El jefe gruñó y cabeceó. Me hizo pensar en un jugador de rugby y me pregunté por qué no llevaba un emblema en el pecho. Me levanté sonriendo. Engullí despacio la comida del mediodía, con el estómago dolorido. Hacía fresco debajo del camión y me había recostado allí. La hora de la comida pasó rápidamente. El jefe salió del almacén y vio el bocadillo que tenía entre los dientes y, a mi lado, el intacto melocotón del postre.

—No te pago para que te tumbes a la sombra —dijo.

Salí arrastrándome y me puse en pie. Las palabras estaban allí, listas.

—Me voy —dije—. Tú y tus ridículos músculos os podéis ir a la mierda. Esto se acabó.

—Bien —dijo—. Eso espero.

—Se acabó.

—Gracias a Dios.

—Hay otra cosa.

—¿Sí?

—Desde mi punto de vista, eres un hijo de puta.

No consiguió pillarme.

Después me pregunté qué habría sido del melocotón. ¿Lo habría aplastado con el pie? Al cabo de tres días fui a averiguarlo. El melocotón seguía intacto junto a la calzada, cubierto por un centenar de hormigas.

Luego entré en una tienda de comestibles. El propietario era un italiano con una barriga que parecía un tonel. Cuando Tony Romero no tenía nada que hacer, se acodaba en el cajón de los quesos y los desmigajaba con las manos. Tenía un buen negocio. Los del puerto acudían a su tienda cuando querían comida de importación.

Una mañana entró pisando huevos y me vio con el papel y el lápiz. Estaba haciendo el inventario.

—Inventario —dijo—. ¿Y eso qué es?

Se lo dije, pero no le gustó. Miró a su alrededor.

—Ponte a trabajar —dijo—. Creo haberte dicho que barras todas las mañanas, nada más llegar.

—¿He de entender que no quiere que haga el inventario?

—No. A trabajar. Nada de inventarios.

Todos los días a las tres había aglomeración de clientes. Era demasiado trabajo para un solo hombre. Tony Romero trabajaba duro, pero andaba pisando huevos, el cuello se le cubría de sudor y la clientela se iba porque no podía perder el tiempo esperando. Tony no me encontraba. Corrió a la trastienda y aporreó la puerta del cuarto de baño. Yo estaba leyendo a Nietzsche, memorizando un largo pasaje sobre la voluptuosidad. Oí los golpes, pero no hice caso. Acercó un cajón y se subió a él. Su prominente mandíbula apareció por encima de la puerta y al bajar la vista me vio.

Managgia Jesu Christi! —gritó—. ¡Sal de ahí!

Respondí que saldría inmediatamente. Se fue gruñendo. Pero no me despidió.

Una noche estaba en la caja registradora, repasando las ventas del día. Era tarde, casi las nueve. Yo quería ir a la biblioteca antes de que cerraran. Maldijo entre dientes y me llamó. Me acerqué.

—Faltan diez dólares.

—Qué raro —dije.

—No están aquí.

Comprobé las cantidades atentamente, tres veces. En efecto, habían desaparecido los diez pavos. Buscamos en el suelo, apartando el serrín con los pies. Miramos otra vez en el cajón de la caja registradora y finalmente lo sacamos para inspeccionar el hueco. No los encontramos. Le dije que a lo mejor se los había dado de más a un cliente, sin darse cuenta. Él estaba convencido de que no. Se pasó los dedos por los bolsillos de la camisa, por dentro y por fuera. Eran como perritos calientes. Se palpó los bolsillos.

—Dame un cigarrillo.

Saqué el paquete del bolsillo trasero del pantalón y con él salió el billete de diez dólares. Lo había metido dentro de la cajetilla, pero se las había arreglado para salirse. Cayó al suelo, entre él y yo. Tony apretó el lápiz hasta que lo partió. Se puso morado mientras sus mejillas se hinchaban y deshinchaban. Echó atrás el cuello y me escupió en la cara:

—¡Rata asquerosa! ¡Vete de aquí!

—De acuerdo —dije—. Allá usted.

Cogí el libro de Nietzsche de debajo del mostrador y eché a andar hacia la puerta. ¡Nietzsche! ¿Qué sabía él de Friedrich Nietzsche? Recogió el billete de diez dólares y me lo tiró.

—El sueldo de tres días, ¡so ladrón!

Me encogí de hombros. ¡Nietzsche en un lugar como aquél!

—Ya me voy —dije—. No se altere.

—¡Fuera de aquí!

Estaba ya a unos buenos quince metros de él.

—Escuche —dije—, irme de aquí me llena de alborozo. Estoy harto de su babeante hipocresía de elefante. Hace una semana que deseo alejarme de este aberrante trabajo. ¡Así que váyase de cabeza a la mierda, farsante macarroni!

Dejé de correr al llegar a la biblioteca. Era una dependencia de la Biblioteca Pública de Los Ángeles. Era el turno de la señorita Hopkins. Tenía el cabello rubio y largo, y lo llevaba recogido y tirante. Siempre me entraban ganas de hundir la cara en él, para olerlo. Me habría gustado sentirlo entre los dedos. Pero era tan hermosa que apenas me atrevía a dirigirle la palabra. Sonrió. Yo estaba sin aliento y miré el reloj.

—Creí que no llegaba a tiempo —dije.

Me dijo que aún faltaban unos minutos. Me alegré al ver que llevaba un vestido holgado. Si la hacía cruzar la sala con algún pretexto, con un poco de suerte le vería las piernas a través del tejido. Siempre me preguntaba cómo serían sus piernas con un brillante par de medias. No estaba ocupada. Sólo había dos personas mayores, leyendo periódicos. Anotó la devolución del Nietzsche mientras yo recuperaba el aliento.

—¿Podría decirme dónde está la sección de Historia? —pregunté.

Dijo que sí sonriendo y la seguí. Me llevé una desilusión. El vestido no era el más indicado, de color azul claro; la luz no lo traspasaba. Observé la curva de sus talones. Me entraron ganas de besarlos. Al llegar a la sección de Historia se volvió y se dio cuenta de que estaba pensando en ella intensamente. Sentí la ola de frío que la envolvió. Volvió a la mesa. Saqué unos libros y los volví a colocar. Ella seguía intuyendo mis pensamientos, pero yo no quería pensar en otra cosa. Vi sus piernas cruzadas bajo la mesa. Eran maravillosas. Me entraron ganas de abrazarlas.

Nuestras miradas se cruzaron y sonrió, con una sonrisa que decía: adelante, mira si quieres; no puedo hacer nada al respecto, aunque me gustaría darte una bofetada. Yo quería hablar con ella. Podía citarle algunos pasajes estupendos de Nietzsche; aquel pasaje de Zaratustra sobre la voluptuosidad. ¡Ah! Pero nunca podría recitárselo.

A las nueve sonó el timbre. Fui a toda prisa a Filosofía y me llevé lo primero que pillé. Era otro Nietzsche, Hombre y superhombre. Sabía que la impresionaría. Antes de ponerle el sello pasó unas páginas.

—¡Caramba! —dijo—. ¡Qué libros lees!

—¡Bah! —dije—. No tiene importancia. Yo no leo morralla.

Me sonrió a modo de despedida y dije:

—Es una noche esplendorosa, mágica y esplendorosa.

—¿En serio? —dijo.

Me dirigió una mirada extraña, con la punta del lápiz en el pelo. Salí reculando, crucé la puerta y me contuve. Me sentí peor en la calle, porque la noche no era esplendorosa, sino fría y con una niebla que apagaba la luz de las farolas. Junto a la acera había un coche con el motor en marcha y un hombre al volante. Esperaba a la señorita Hopkins, para llevarla a Los Ángeles. Tenía cara de subnormal. ¿Había leído a Spengler? ¿Sabía que Occidente estaba en decadencia? ¿Qué hacía al respecto? ¡Nada! Era un zopenco, un nuevo rico sin educación. Que se fuera a la porra.

La niebla me envolvía y me calaba mientras seguía mi camino con un cigarrillo en los labios. Entré en Jim’s Place, en Anaheim. Había un hombre comiendo en el mostrador. Lo había visto muchas veces en los muelles. Era un estibador llamado Hayes. Me senté a su lado y pedí de cenar. Mientras lo preparaban fui al expositor de libros, a echar un vistazo. Eran ediciones de bolsillo baratas. Elegí cinco. Luego fui al expositor de revistas y hojeé Artist and Models. Busqué los dos números donde las mujeres llevaran menos ropa y cuando Jim me sirvió la cena le dije que me lo envolviera todo. Vio el Nietzsche que llevaba bajo el brazo: Hombre y superhombre.

—No —dije—. Éste lo llevaré así.

Lo puse en el mostrador con un golpe. Hayes bajó los ojos y leyó el título: Hombre y superhombre. Me miró por el espejo. Yo daba cuenta del filete. Jim me observaba las mandíbulas para averiguar si el filete estaba tierno. Hayes tenía los ojos fijos en el libro.

—Jim —dije—, este pábulo es verdaderamente antediluviano.

Jim preguntó qué quería decir y Hayes dejó de comer para escuchar.

—El filete —dije—. Es arcaico, primigenio, paleaontrópico y de tiempos antiguos. En resumen, senil y provecto.

Jim sonrió para indicar que no entendía y el estibador dejó de masticar para señalar lo interesado que estaba.

—¿Y qué es todo eso? —dijo Jim.

—La comida, amigo mío. La comida. Este pábulo que tengo ante mí. Está más duro que el pie de Cristo.

Miré a Hayes y éste agachó la cabeza rápidamente. Jim estaba afectado por lo del filete y se inclinó sobre el mostrador para susurrarme que con mucho gusto me prepararía otro.

—Dios nos asista —dije—. Olvídalo, hombre. Eso está fuera del alcance de mis más osadas ambiciones.

Hayes me miraba fijamente por el espejo. Cuando no me miraba a mí, miraba el libro. Hombre y superhombre. Comí mirando al frente, sin prestarle la menor atención. No me quitó los ojos de encima mientras comía. Luego estuvo un rato mirando el libro. Hombre y superhombre.

Cuando terminó de comer, se dirigió a la parte delantera para pagar. Jim y él hablaron entre susurros junto a la caja registradora. Hayes asintió con la cabeza. Jim sonrió y siguieron susurrando. Hayes sonrió, se despidió y me echó la última mirada por encima del hombro. Jim volvió.

—Ese tío quería saberlo todo acerca de ti —dijo.

—Naturalmente.

—Dice que hablas como un tío culto.

—Naturalmente. ¿Y quién es él, y a qué se dedica?

Jim dijo que era Joe Hayes, el estibador.

—Gallinácea profesión —dije—. Infestada de asnos y zopencos. Vivimos en un mundo de comadrejas y antropoides.

Saqué el billete de diez dólares. Volvió con el cambio. Le ofrecí veinticinco centavos de propina, pero no quiso aceptarla.

—Es un detalle improvisado —dije—. Un sencillo símbolo de camaradería. Me gusta tu forma de hacer las cosas, Jim. Despierta un impulso de reconocimiento.

—Procuro contentar a todos.

—Bueno, como habría dicho Chéjov, yo no tengo nada que objetar.

—¿Qué tabaco fumas?

Se lo dije y me dio dos paquetes.

—De mi parte —dijo.

Me los guardé en el bolsillo.

Pero no aceptó la propina.

—¡Tómala! —dije—. Es sólo un detalle.

Se negó. Nos despedimos. Él se fue a la cocina con los platos sucios y yo hacia la salida. En la puerta cogí dos barras de caramelo del expositor y me las metí debajo de la camisa. La niebla me tragó. Me comí los caramelos mientras volvía andando a casa. Estaba contento por la niebla porque así el señor Hutching no me vería. Estaba en la puerta de su pequeña tienda de aparatos de radio. Me andaba al acecho. Le debía cuatro plazos de la radio que le habíamos comprado. Si hubiera estirado el brazo habría podido tocarme, pero no me vio.

2

Vivíamos en una casa de vecindad, al lado de un lugar lleno de filipinos. La circulación de filipinos variaba con las estaciones. Venían al sur durante la temporada de pesca y volvían al norte para la recolección de frutas y lechugas en los alrededores de Salinas. En nuestro edificio había una familia de filipinos, exactamente debajo de nosotros. El edificio tenía dos plantas de paredes estucadas de color rosa de las que los terremotos habían desprendido grandes láminas de enlucido. Todas las noches el yeso absorbía la niebla como un papel secante. Por la mañana, las paredes ya no eran de color rosa, sino de un rojo húmedo. A mí me gustaba más el rojo.

Las escaleras chillaban como un nido de ratones. Nuestro piso era el último de la planta superior. En cuanto toqué el pomo de la puerta me deprimí. El hogar me producía siempre el mismo efecto. Ni siquiera me gustaba cuando mi padre estaba vivo y teníamos una casa de verdad. Siempre quería alejarme de ella o cambiarla. Solía preguntarme cómo me gustaría que fuese mi casa si fuera diferente, pero nunca sabía qué hacer para que fuera diferente.

Abrí la puerta. Estaba oscuro y la oscuridad olía a hogar, al lugar en el que vivía. Encendí la luz. Mi madre estaba echada en el sofá y la luz la despertó. Se frotó los ojos y se apoyó en el codo. Siempre que la veía medio despierta recordaba la época en que yo era niño y me acercaba a su cama por las mañanas para olerla mientras dormía, hasta que me hice mayor y dejé de acercarme a ella por las mañanas porque recordaba demasiado bien que era mi madre. Era un olor salobre y grasiento. No podía imaginármela envejeciendo. Me encendía la sangre. Se sentó y me sonrió, con el pelo revuelto de dormir. Todo lo que hacía me recordaba la época en que vivíamos en una casa de verdad.

—Pensaba que no llegarías nunca —dijo.

—¿Dónde está Mona? —dije.

Dijo que estaba en la iglesia y yo exclamé:

—¡Mi propia hermana hundida en la superstición de la plegaria! Carne de mi carne y sangre de mi sangre. ¡Una monja, la novia de un dios! ¡Cuánta barbarie!

—No empieces —dijo—. Sólo eres un muchacho que ha leído demasiados libros.

—Eso es lo que tú te crees —dije—. Es notorio y evidente que tienes un complejo de fijación.

Se puso pálida.

—¿Un qué?

—Olvídalo —dije—. No tiene sentido hablar con catetos, patanes y retrasados. El hombre inteligente tiene derecho a ciertas reservas a la hora de elegir a sus interlocutores.

Se apartó el pelo con unos dedos largos como los de la señorita Hopkins, aunque los de ésta no tenían sabañones ni grietas en los nudillos, y mi madre llevaba anillo de casada.

—¿Eres consciente del hecho —dije— de que un anillo de casada no es sólo un objeto vulgarmente fálico sino también un vestigio residual de un primitivismo salvaje, anómalo en esta época de presunto saber y progreso?

—¿Qué? —dijo.

—No importa. La mente femenina no lo asimilaría aunque se lo explicara.

Le dije que se riera si tenía ganas, pero que algún día cambiarían las tornas, y me fui con los libros y las revistas a mi estudio privado, que era el cuarto ropero. No había allí luz eléctrica y utilizaba velas. Flotaba en el aire la impresión de que alguien o algo había estado en el estudio en mi ausencia. Miré a mi alrededor y vi que estaba en lo cierto, porque el jersey rosa de mi hermana colgaba de una percha.

Lo descolgué de la percha y le dije:

—¿Con qué objeto estás aquí? ¿Con qué autoridad? ¿No te das cuenta de que has profanado la santidad de la casa del amor? —Abrí la puerta y tiré el jersey sobre el sofá—. ¡No se admite ropa en este ropero!

Mi madre llegó corriendo. Cerré la puerta y eché el pestillo. Oí sus pisadas. El pomo de la puerta vibró. Me puse a abrir el paquete. Las fotos de Artists and Models eran pura miel. Elegí una favorita. Estaba recostada en una alfombra blanca, con una rosa roja en la mejilla. Puse la foto entre las velas del suelo y me arrodillé.

—Cloe —dije—, os venero. Vuestros dientes son como un rebaño de ovejas del monte Galaad, y vuestras mejillas son exquisitas. Soy vuestro humilde servidor y os amaré eternamente.

—¡Arturo! —dijo mi madre—. Abre.

—¿Qué quieres?

—¿Qué estás haciendo?

—Leer. ¡Instruirme! ¿Incluso eso se me niega en mi propia casa?

Frotó la puerta con los botones del jersey.

—No sé dónde poner esto —dijo—. Tienes que dejarme utilizar el ropero.

—Imposible.

—¿Qué haces?

—Leer.

—¿Qué lees?

—¡Literatura!

No se fue. Le veía los tobillos por la ranura inferior de la puerta. No podía hablarle a la chica si ella estaba al otro lado. Aparté la revista y esperé a que se fuera. Pero no se iba. Ni siquiera se movió. Pasaron cinco minutos. La vela chisporroteó. El ropero se estaba llenando de humo otra vez. Mi madre no se había movido ni un centímetro. Finalmente puse la revista en el suelo y la tapé con una caja. Tenía ganas de gritarle a mi madre. Que se moviera al menos, que hiciera ruido, levantara un pie, silbara. Cogí una novela e introduje el dedo entre las páginas, como para señalar por dónde iba. Cuando abrí la puerta me fulminó con la mirada. Tenía la sensación de que lo sabía todo sobre mí. Puso los brazos en jarras y olfateó el aire. Sus ojos lo inspeccionaron todo, los rincones, el techo, el suelo.

—¿Qué haces ahí?

—¡Leer! Perfeccionar mi intelecto. ¿También eso me lo vas a prohibir?

—Hay algo muy extraño en todo esto —dijo—. ¿Estás mirando otra vez esas asquerosas revistas de fotos?

—Nunca habrá metodistas, mojigatos ni concupiscencia en mi casa. Estoy harto de esta pudibundez de comadrejas. La espantosa verdad es que mi propia madre es una rastreadora de inmundicia de la peor clase.

—Me dan asco —dijo.

—No eches la culpa a las fotos —dije—. Eres cristiana, de las Juventudes Metodistas, de la región del Fundamentalismo Bíblico. Tu propio cristianismo de salón te ha frustrado. En el fondo eres desvergonzada y burra, descarada e imbécil.

Me apartó de un empujón y entró en el ropero. Dentro había olor a cera quemada y breves pasiones derramadas en el suelo. Mi madre sabía lo que ocultaba la oscuridad. Salió corriendo.

—¡Por Dios bendito! —dijo—. Quiero salir de aquí.

Me hizo a un lado y cerró la puerta de golpe. La oí trastear en la cocina con cazos y cacerolas. La puerta de la cocina se cerró con violencia. Eché otra vez el pestillo y volví con las fotos y a encender las velas. Al cabo de un rato llamó mi madre y me dijo que la cena estaba lista. Le dije que ya había cenado. Se quedó a la espera. Otra vez empezaba a enfadarse. Lo notaba. Había una silla cerca de la puerta. La oí moverla y sentarse. Sabía que estaba con los brazos cruzados, mirándose los zapatos, con los pies paralelos, tal como solía hacer cuando se sentaba a esperar. Cerré la revista y aguardé. Si ella podía soportarlo, yo también. Se puso a golpear la alfombra con la punta del pie. La silla crujió. Se aceleró el golpeteo. Entonces se levantó de un salto y se puso a aporrear la puerta. La abrí a toda prisa.

—¡Sal de ahí! —gritó.

Salí lo más rápidamente que pude. Sonrió, cansada pero ya más tranquila. Tenía los dientes pequeños. Uno de abajo estaba fuera de sitio y parecía un soldado que desfilara con el paso cambiado. No llegaba al metro con sesenta, pero parecía alta cuando se ponía zapatos de tacón. La edad se le notaba más en la piel. Tenía cuarenta y cinco años. La piel le colgaba ligeramente debajo de las orejas. Me alegraba que no tuviera el pelo gris. Siempre le buscaba canas, pero nunca las encontraba. La empujé, le hice cosquillas, rió y se desplomó en la silla. Fui al sofá, me estiré y dormí un rato.

3

Me despertó mi hermana cuando llegó. Me dolía la cabeza y sentía una molestia en la espalda, como si tuviera algún músculo lesionado, y yo sabía por qué; por pensar demasiado en mujeres desnudas. El reloj de la radio marcaba las once. Mi hermana se quitó el abrigo y se dirigió al cuarto ropero. Le dije que no se acercara allí o la mataría. Sonrió con desdén y se fue con el abrigo al dormitorio. Giré en redondo y apoyé los pies en el suelo. Le pregunté dónde había estado, pero no respondió. Me sacaba de quicio porque apenas me prestaba atención. No la odiaba, aunque a veces lo deseaba. Era guapa, dieciséis años. Algo más alta que yo, con el pelo y los ojos negros. Una vez ganó un concurso en el instituto por tener la mejor dentadura. Tenía el trasero como un pan italiano, redondo y perfecto. Los tíos solían mirárselo y yo sabía que les ponía calientes. Pero era una estirada, y engañaba con su forma de andar. No le gustaba que los hombres la mirasen. Pensaba que era pecado; al menos eso decía. Decía que era sucio y vergonzoso.

Yo la espiaba cuando se dejaba abierta la puerta del dormitorio y a veces miraba por el ojo de la cerradura o me escondía debajo de la cama. Ella se quedaba de pie, de espaldas al espejo, y se inspeccionaba el culo, se pasaba las manos por encima y se tiraba del vestido para resaltarlo. No se ponía un vestido si no le ceñía la cintura y las caderas, y siempre limpiaba la silla antes de sentarse. Luego tomaba asiento con actitud remilgada, pero con frialdad. Yo trataba de aficionarla al tabaco, pero no quería. También procuraba darle consejos sobre la vida y la sexualidad, pero ella pensaba que estaba loco. Era como mi padre, muy limpia y muy trabajadora en casa y en la escuela. Mandaba en mi madre. Era más lista que mi madre, pero en mi opinión jamás alcanzaría el deslumbrante nivel de mi cerebro. Era una sargenta con todo el mundo menos conmigo. Después de la muerte de mi padre trató de darme órdenes a mí también. A mí no me cabía en la cabeza, mi propia hermana, así que llegó a la conclusión de que no valía la pena darme órdenes. De vez en cuando le permitía que me diera alguna, pero sólo para hacer gala de mi flexible personalidad. Era pura como el hielo. Nos llevábamos como el perro y el gato.

Había algo en mí que no le gustaba. Que la repelía. Creo que sospechaba lo de las mujeres del ropero. De vez en cuando le tocaba el culo para cabrearla. Se ponía como un basilisco. Una vez empuñó un cuchillo de carnicero y me persiguió por toda la casa. No me habló durante dos semanas y le dijo a mi madre que no volvería a hablarme nunca, ni a comer conmigo en la misma mesa. Al final depuso su actitud, pero hasta hoy no he olvidado lo furiosa que se puso. Si me hubiera dado alcance me habría descuartizado.

Tenía una cualidad que era de mi padre, pero que no teníamos ni mi madre ni yo. Me refiero a la limpieza. De niño vi una serpiente de cascabel peleando con tres perros. La apartaron de unas piedras donde estaba tomando el sol y la hicieron trizas. La serpiente se defendió con valentía, sin rendirse, sabía que estaba acabada y en la boca de cada perro había un trozo goteante de reptil. Sólo dejaron la cola y tres cascabeles, y esa parte aún se movía. Incluso después de troceada pensé que era un prodigio. Me acerqué a las piedras, que estaban manchadas de sangre. Pasé el dedo por la sangre y me lo chupé. Lloré como un niño. Nunca la olvidaría. Y eso que si hubiera estado viva, ni me habría acercado a ella. Con mi hermana y mi padre me pasaba algo parecido.

Durante mucho tiempo pensé que como mi hermana era tan guapa y marimandona, estaba destinada a ser una esposa estupenda. Pero era demasiado fría y religiosa. Siempre que venía un hombre a nuestra casa para salir con ella, ella decía que no. Se quedaba en la puerta y ni siquiera lo invitaba a pasar. Quería ser monja, he ahí el problema. Pero se lo impedía mi madre. Esperaba a que transcurrieran unos años. Decía que el único hombre al que amaba era el Hijo del Hombre y que su único novio era Jesucristo. Sonaba a sermón de monja. Mona era incapaz de pensar cosas así sin ayuda exterior.

Hizo la primera enseñanza con las monjas de San Pedro. Cuando terminó, como mi padre no podía pagarle un instituto católico, la matriculó en el de Wilmington. Concluido el bachillerato, volvió por San Pedro para visitar a las monjas. Se quedaba todo el día, ayudándolas a corregir exámenes, dando clases de parvulario y cosas así. Al atardecer iba a la iglesia que había en Wilmington, en el tramo del puerto, y decoraba los altares con toda clase de flores. Aquella noche había estado allí.

Salió del dormitorio en bata.

—¿Qué tal está Jehová esta noche? —dije—. ¿Qué piensa de la teoría cuántica?

Entró en la cocina y se puso a hablar con mi madre a propósito de la iglesia. Discutieron por las flores, por cuáles eran mejores para el altar, las rosas rojas o las rosas blancas.

—Yavé —dije—. La próxima vez que veas a Yavé, dile que quiero hacerle unas cuantas preguntas.

Siguieron hablando.

—Oh, Santo Señor Jehová, contempla a tus pies a Mona, tu cursi adoratriz, babeando mongólicas sandeces. Oh, Jesús, es una mujer santa. Dulce y saltarín Jesucristo, es una mujer sagrada.

—Arturo, para ya —dijo mi madre—. Tu hermana está cansada.

—Oh, Espíritu Santo, oh triple personalidad santamente inflada, líbranos de la Depresión. Elige a Roosevelt. Manténnos en el patrón oro. ¡Echa a Francia, pero por los clavos de Cristo, manténnos a nosotros!

—Arturo, para ya.

—Oh, Jehová, con tu mutabilidad infinita a ver si puedes arañar alguna moneda para la familia Bandini.

—Es vergonzoso, Arturo —dijo mi madre—. Vergonzoso.

Me subí al sofá y grité:

—¡Rechazo la hipótesis de Dios! ¡Abajo la decadencia del cristianismo fraudulento! ¡La religión es el opio del pueblo! ¡Todo lo que somos o esperamos ser se lo debemos al diablo y a su contrabando de manzanas!

Mi madre se lanzó sobre mí escoba en mano. Casi tropezó con ella al amenazarme con el extremo de la paja en la cara. Di un manotazo a la escoba y salté al suelo. Me quité la camisa delante de ella y me quedé desnudo de cintura para arriba. Bajé la cabeza.

—Da rienda suelta a tu intolerancia —dije—. ¡Acúsame! ¡Ponme en el potro de tortura! ¡Expresa tu cristianismo! ¡Que la iglesia militante enseñe su espíritu sanguinario! ¡Ahórcame! Hunde en mis ojos atizadores al rojo vivo. ¡Conducidme a la hoguera, perros cristianos!

Mona salió con un vaso de agua. Le quitó la escoba a mi madre y le dio el vaso.

Mi madre bebió y se calmó un poco. Luego tosió y escupió dentro del vaso, lista para llorar.

—¡Mamá! —dijo Mona—. No llores. Está loco.

Me miró con cara de haba, sin expresión. Di media vuelta y fui a la ventana.

Cuando me volví, seguía mirándome.

—Perros cristianos —dije—. ¡Canalones bucólicos! ¡Burrus Americanus! Chacales, comadrejas, sabandijas, asnos…, eso sois toda la peña. Yo soy el único de toda la familia que ha nacido libre del estigma del cretinismo.

—No seas bobo —dijo.

Se metieron en el dormitorio.

—No me llames bobo —dije—. ¡So neurosis! ¡Frustrada, inhibida, deficiente, babosa, medio monja!

—¿Oyes lo que dice? —dijo mi madre—. ¡Es espantoso!

Se fueron a dormir. Yo tenía el sofá y ellas el dormitorio. Cuando cerraron la puerta, saqué las revistas y las puse encima del sofá. Estaba contento porque podía mirar a las chicas con la luz de la habitación grande. Era mucho mejor que aquel ropero maloliente. Les hablé cerca de una hora, fui a la montaña con Elaine y a los Mares del Sur con Rosa y, finalmente, reunidos en asamblea colectiva y rodeado por todas, les dije que no prefería a ninguna y que todas tendrían su oportunidad cuando les llegara el turno. Pero al poco rato ya me aburría soberanamente, tenía la creciente sensación de estar haciendo el imbécil, hasta que empecé a detestar el hecho de que fueran sólo fotos, planas y unidimensionales, lo mismo que el color y la sonrisa. Y todas sonreían como unas guarras. Todo se me volvió detestable, y pensé: ¡Mírate! Sentado ahí y hablando con un puñado de rameras. ¡Valiente superhombre estás hecho! ¡Si Nietzsche levantara la cabeza! Y Schopenhauer… ¿Qué pensaría Schopenhauer? ¡Y Spengler! ¡Oh, Spengler se reiría de ti a carcajadas! ¡Imbécil, idiota, cerdo, animal irracional, rata, cerdo sucio, despreciable y asqueroso! Cogí todas las fotos, las rompí en pedazos y las tiré a la taza del váter. Volví despacio al sofá y aparté las frazadas con el pie. Me odiaba tanto que me senté pensando las peores cosas de mí. Finalmente me sentí tan despreciable que lo único que podía hacer era echarme a dormir. Tardé horas en coger el sueño. La niebla se estaba levantando por el este, y el oeste era negro y gris. Debían de ser las tres. Oía los suaves ronquidos de mi madre en el dormitorio. Por entonces ya estaba dispuesto a suicidarme, y mientras lo pensaba me quedé dormido.

4

Mi madre me despertó a las seis. No tenía ganas de levantarme y me di la vuelta. Cogió las frazadas y las apartó. Quedé desnudo encima de la sábana, ya que no me ponía nada para dormir. No pasaba nada, pero era por la mañana y no estaba preparado, ella podía entenderlo, y no me importaba que me viera desnudo, pero no tal como está un hombre a veces por la mañana. Me tapé el punto con la mano para que no lo viera, pero lo vio de todos modos. Parecía que buscaba algo adrede para ponerme en evidencia…, mi propia madre, por añadidura.

—Qué vergüenza, tan temprano —dijo.

—¿Vergüenza? —dije—. ¿Por qué?

—Vergüenza para ti.

—¡Ay, Señor! ¿Qué será lo próximo que penséis los cristianos? ¡Ahora es vergonzoso incluso estar dormido!

—Sabes a qué me refiero —dijo—. Qué vergüenza para un chico de tu edad. Una vergüenza para ti. Vergüenza. Vergüenza.

—Bueno, una vergüenza para ti también. Y para el cristianismo.

Volvió a la cama.

—Qué vergüenza —dijo a Mona.

—¿Qué ha hecho ahora?

—Qué vergüenza.

—¿Qué ha hecho?

—Nada, pero de todos modos es una vergüenza. Una vergüenza.

Me quedé dormido. Al poco rato volvió a llamarme a gritos.

—Esta mañana no voy a trabajar —dije.

—¿Por qué?

—Porque he perdido el empleo.

Silencio. Mona y ella se incorporaron en la cama. Mi trabajo lo era todo. Teníamos al tío Frank, pero preferían apurar antes mi sueldo. Tenía que inventar algo bueno, porque ambas sabían que era un mentiroso. Podía engañar a mi madre, pero Mona no me creería, ni siquiera si le contaba la verdad.

—El sobrino del señor Romero acaba de llegar de la madre patria —dije—. Se ha quedado con mi puesto.

—¡No esperarás que nos creamos eso! —dijo Mona.

—Mis esperanzas no suelen afectar a los imbéciles —dije.

Mi madre se acercó al sofá. La historia no era muy convincente, pero estaba dispuesta a darle crédito. Si Mona no hubiera estado presente habría sido pan comido. Mamá le dijo que esperase a oír el resto. Mona lo enredaba todo con su cháchara. Le dije a gritos que se callara.

—¿Estás diciendo la verdad? —dijo mi madre.

Me puse la mano sobre el corazón, cerré los ojos y dije:

—Ante Dios Todopoderoso y su corte celestial, juro solemnemente que no estoy mintiendo ni inventando nada. Si no es así, caiga yo muerto antes de un minuto. Mira el reloj.

Cogió el reloj de la radio. Mi madre creía en milagros, de la clase que fueran. Cerré los ojos y me sentí los latidos del corazón. Contuve el aliento. Los segundos pasaban. Al cabo de un minuto dejé escapar el aire de los pulmones. Mi madre sonrió y me besó en la frente. Pero se puso a echar la culpa a Romero.

—No puede hacerte esto —dijo—. No se lo permitiré. Iré a verlo y le diré cuatro verdades.

Salté de la cama. Estaba desnudo, pero no me importaba.

—¡Dios Todopoderoso! —dije—. ¿Acaso no tienes orgullo, ni sentido de la dignidad humana? ¿Por qué tienes que verlo cuando me ha tratado con tan mediterránea bellaquería? ¿Es que también quieres deshonrar el nombre de la familia?

Estaba vistiéndose en el dormitorio. Mona se echó a reír y se toqueteó el cabello. Entré, agarré las medias de mi madre y las llené de nudos antes de que pudiera impedírmelo. Mona cabeceó y rió por lo bajo. Le puse el puño bajo la nariz y le advertí por última vez que no se entrometiera. Mi madre ya no sabía qué hacer. Le puse las manos en los hombros y la miré a los ojos.

—Soy un hombre muy orgulloso —dije—. ¿No despiertan mis palabras un impulso de reconocimiento en tu sentido del juicio? ¡Orgullo! Mi primera y última palabra se eleva desde el alma de ese estrato que llamo Orgullo. Sin él, mi vida es una lozana desilusión. En resumen, te estoy dando un ultimátum. Si vas a ver a Romero, me mataré.

Aquello la asustó de veras, pero Mona se tronchó de risa. No dije nada más, volví al sofá y enseguida me quedé dormido.

Cuando desperté era cerca de mediodía y las dos habían salido. Saqué la foto de una antigua amiga a la que llamaba Marcella y fuimos a Egipto, y nos amamos en el Nilo, en una barca tripulada por esclavos. Bebí vino de sus sandalias y leche de sus pechos, y luego ordenamos a los esclavos que remaran hasta la orilla, y la invité a comer corazones de colibrí macerados en leche de paloma edulcorada. Cuando terminé me sentía una mierda. Tenía ganas de golpearme la nariz, de dejarme inconsciente a golpes. Quería cortármela, espachurrarme los huesos. Rompí la foto de Marcella y tiré los pedazos, fui al botiquín, saqué una hoja de afeitar y cuando me di cuenta ya me había hecho un corte en el antebrazo, por encima de la muñeca, y no muy profundo, para que sangrara pero no doliera. Me chupé el corte, pero seguía sin sentir dolor, así que cogí un poco de sal, froté con ella la herida y sentí que me escocía, que me dolía, me sacaba de aquello y me resucitaba, y froté hasta que no pude soportarlo. Luego me vendé el brazo.

Me habían dejado una nota en la mesa. Decía que habían ido a ver al tío Frank y que en la despensa encontraría algo para desayunar. Decidí comer en Jim’s Place, porque todavía tenía algún dinero. Crucé el patio de la escuela del otro lado de la calle y entré en el establecimiento de Jim. Pedí jamón con huevos. Mientras yo comía, Jim hablaba.

—Lees mucho —dijo—. ¿Has probado a escribir alguna vez?

Ya estaba. En lo sucesivo sería escritor.

—Ya estoy escribiendo un libro —dije.

Quiso saber qué clase de libro.

—Mi prosa no está en venta —dije—. Escribo para la posteridad.

—No lo sabía —dijo—. ¿Qué escribes? ¿Cuentos o novelas?

—Las dos cosas. Soy ambidextro.

—Ah. No lo sabía.

Fui al otro extremo del local y compré un lápiz y un cuaderno. Quiso saber qué estaba escribiendo.

—Nada —dije—. Sólo tomo notas al azar para un trabajo futuro sobre el comercio exterior. Siento curiosidad por el tema, es una especie de afición dinámica que he adquirido.

Cuando salí me miraba con la boca abierta. Anduve tranquilamente hacia el puerto. Era el mes de junio, la mejor época. La caballa llegaba de la costa sur y las fábricas de conservas trabajaban sin parar, y siempre, en aquella época del año, el aire olía a putrefacción y a grasa de pescado. Unos decían que era apestoso y otros vomitaban sólo con olerlo, pero a mí no me resultaba apestoso, exceptuando el olor del pescado cuando era malo, y que a mí me parecía fantástico. Me gustaba ir allí. No había un solo olor, sino muchos yendo y viniendo, así que cada paso que daba percibía un olor diferente. Me ponía soñador y pensaba mucho en lugares lejanos, en el misterio de lo que contenía el fondo del mar, y todos los libros que había leído cobraban vida de repente, y veía a los mejores personajes de los libros, Philip Carey, Eugene Witla y los inventados por Dreiser.

Me gustaba el olor a sentina de los viejos petroleros, el olor a petróleo de los barriles destinados a lugares remotos, el olor del crudo que tornaba el agua viscosa, amarilla y dorada, el olor de la madera podrida y los residuos del mar ennegrecidos por la grasa y el alquitrán, el de la fruta descompuesta, el de los pequeños barcos pesqueros japoneses, el de las barcazas de plátanos y las maromas viejas, el de los remolcadores, el de la chatarra, y el misterioso olor del mar durante la marea baja.

Me detuve en el puente blanco que cruzaba el canal hasta el flanco izquierdo de Industrias Pesqueras Pacific Coast, en la parte de Wilmington. Un petrolero descargaba en los muelles de la gasolina. Más allá, los pescadores nipones reparaban sus redes en la orilla y había tantos que abarcaban varias manzanas de casas. En el muelle hawaiano los estibadores cargaban un barco rumbo a Honolulú. Trabajaban con el torso desnudo. Eran ideales para escribir sobre ellos. Apoyé en el pretil el cuaderno recién comprado, humedecí el lápiz con la lengua y me puse a escribir un tratado sobre el estibador: «Interpretación psicológica del estibador de hoy y de ayer, por Arturo Gabriel Bandini».

Resultó ser un tema difícil. Lo intenté cuatro o cinco veces y desistí. De todas formas, el tema exigía años de investigación; no había ninguna necesidad de escribir nada todavía. Lo primero que había que hacer era reunir todos los datos. Tardaría dos años, tres, incluso cuatro; de hecho, era el trabajo de toda una vida, un opus mágnum. Era demasiado difícil. Lo dejé. Supuse que la filosofía sería más fácil.

«Disertación moral y filosófica sobre el hombre y la mujer, por Arturo Gabriel Bandini». El mal es para los débiles, entonces ¿por qué ser débil? Es mejor ser fuerte que ser débil, pues ser débil es carecer de fuerza. Sed fuertes, hermanos míos, pues en verdad os digo que si no sois fuertes, las fuerzas del mal prevalecerán sobre vosotros. Toda fuerza es una forma de poder. Toda falta de fuerza es una forma de mal. Todo mal es una forma de debilidad. Sed fuertes para no ser débiles. Evitad la debilidad y seréis fuertes. La debilidad devora el corazón de la mujer. La fuerza alimenta el corazón del hombre. ¿Deseáis convertiros en hembras? Sí. Pues sed débiles. ¿Deseáis convertiros en hombres? Sí, sí. Pues sed fuertes. ¡Abajo el Mal! ¡Viva la Fuerza! ¡Oh, Zaratustra, dota a tus mujeres de debilidad en abundancia! ¡Oh, Zaratustra, dota a tus hombres de fuerza en abundancia! ¡Abajo la mujer! ¡Heil, Hombre!

Pero me cansé de toda aquella historia. Pensé que quizás no era escritor, sino pintor. Quizás mi genio estaba en el arte. Pasé una página del cuaderno y me imaginé haciendo un bosquejo, para practicar, pero no veía nada que valiera la pena dibujar, sólo barcos, estibadores y muelles, y no me interesaban. Dibujé soldaditos, caras, triángulos y cuadrados. Entonces se me ocurrió que yo no era pintor ni escritor, sino arquitecto, porque mi padre había sido carpintero y es posible que el ramo de la construcción estuviera más en consonancia con mi herencia. Dibujé unas cuantas casas. Eran muy parecidas, casas cuadradas con una chimenea de la que salía humo. Dejé a un lado el cuaderno.

Hacía calor en el puente y me picaba el cuello. Pasé entre los barrotes del pretil hasta unas rocas irregulares que despuntaban en la orilla. Eran rocas grandes, negras como el carbón a causa de las mareas, algunas tan grandes como una casa. Estaban esparcidas bajo el puente en confuso desorden, como un campo de icebergs, y aun así parecían contentas y tranquilas.

Me arrastré bajo el puente y tuve la sensación de que jamás había hecho nadie lo que yo hacía en aquel momento. Las pequeñas olas del puerto lamían las piedras y dejaban pequeños charcos de agua verde aquí y allá. Unas piedras estaban cubiertas de musgo y otras de goterones de caca de pájaro. Percibí el denso olor del agua. Bajo las vigas hacía frío y estaba tan oscuro que no podía ver mucho. Oía el tráfico de arriba, las bocinas, los hombres gritando y los grandes camiones sacudiendo los travesaños de madera. Era un ruido tan horroroso que me atronaba los oídos, y cuando gritaba, mi voz se adelantaba unos metros y volvía corriendo como si estuviera atada a una goma. Me arrastré por las piedras hasta que salí de la zona bañada por el sol. Era un lugar extraño. Tuve miedo durante un momento. Algo más lejos había una piedra grande, un pedrusco mayor que los demás, con la cresta cubierta de excremento blanco de gaviota. Era la reina de las piedras, con corona blanca. Fui hacia ella.

De repente todo empezó a moverse bajo mis pies. Un movimiento rápido y viscoso de seres que reptaban. Contuve el aliento, me sujeté y agucé la vista. ¡Eran cangrejos! Las piedras, totalmente cubiertas, parecían vivas. Estaba tan asustado que no podía moverme y el ruido de arriba no era nada comparado con el estruendo de mi corazón.

Me apoyé en una piedra y me cubrí la cara con las manos hasta que se me pasó el miedo. Cuando aparté las manos, podía ver en la oscuridad, y todo era gris y frío, como un mundo subterráneo, un lugar gris y solitario. Por fin podía ver con claridad los seres vivos que tenía debajo. Los cangrejos grandes eran del tamaño de un ladrillo, y avanzaban con silenciosa crueldad por la cima de los pedruscos, moviendo sensualmente las amenazadoras antenas como los brazos de una bailarina hawaiana, los ojillos vulgares y feos. Les superaban en número los cangrejos pequeños, del tamaño de mi mano, apelotonados alrededor de los pequeños charcos negros que había al pie de las piedras, subiéndose unos sobre otros, empujándose hacia la batiente oscuridad mientras buscaban un lugar en las piedras. Se lo estaban pasando bien.

A mis pies había un nido de cangrejos aún más pequeños, del tamaño de un dólar, una olla de patas retorciéndose. Uno se me enganchó en el dobladillo del pantalón. Lo cogí y lo sostuve mientras pataleaba con desesperación, tratando de picarme. Pero lo tenía bien sujeto y él estaba indefenso. Eché atrás el brazo y arrojé el cangrejo contra una piedra. Reventó produciendo un chasquido, quedó un momento inmóvil en la piedra y luego cayó rezumando sangre y agua. Recogí el machacado caparazón y probé el fluido amarillo que soltaba; estaba salado, como el agua del mar, y no me gustó. Lo lancé hacia aguas más profundas. Flotó hasta que un pejerrey se puso a trazar círculos a su alrededor, lo inspeccionó, empezó a morderlo ferozmente y al final se lo llevó fuera de mi vista. Yo tenía las manos llenas de sangre, pegajosas e impregnadas de olor a mar. De súbito creció en mi interior la necesidad de matar a aquellos cangrejos, a todos.

Los pequeños no me interesaban, era a los grandes a los que quería destruir. Los grandes eran fuertes y feroces, con pinzas poderosas. Eran adversarios dignos del gran Bandini, de Arturo el conquistador. Miré a mi alrededor, pero no vi ningún palo. En la orilla, pegado al hormigón, había un montón de piedras. Me subí las mangas y empecé a tirárselas al cangrejo más grande, uno que dormía en una roca, a unos seis metros de mí. Las piedras aterrizaban junto a él, a unos centímetros del blanco, saltaban chispas y esquirlas, pero el cangrejo ni siquiera abrió los ojos para ver qué pasaba. Casi le había tirado ya veinte piedras cuando le di. Fue un triunfo. La piedra le aplastó la espalda, que crujió como una galleta. Lo atravesó limpiamente, clavándolo a la roca. Luego cayó al agua, y la verde y burbujeante espuma de la orilla se lo tragó. Lo vi hundirse y le enseñé el puño, que agité con furia para despedirlo mientras caía hacia el fondo. ¡Adiós, adiós! Seguramente nos encontraremos en otro mundo; no me olvidarás, Cangrejo. ¡Recordarás por los siglos de los siglos que te he vencido yo!

Matarlos a pedradas no era fácil. Las piedras estaban tan afiladas que al arrojarlas me cortaban los dedos. Me limpié la sangre y el barro de las manos y volví a la orilla. Subí al puente y recorrí tres manzanas hasta llegar al establecimiento de un proveedor de buques donde vendían armas y munición.

Le dije al dependiente de rostro pálido que quería comprar una escopeta de aire comprimido. Me enseñó una muy potente, puse el dinero en el mostrador y la compré sin hacer preguntas. Lo que sobró de los diez dólares lo invertí en munición, balines de 3 mm. Estaba deseando volver al campo de batalla, así que le dije al rostro pálido que no envolviera los balines, sino que me los diera como estaban. Le pareció extraño y me miró fijamente mientras yo recogía los plomos del mostrador y salía de la tienda rápidamente, pero sin correr. Ya en la calle, eché a correr, pero me dio la sensación de que me espiaban y miré a mi alrededor, y cómo no, el rostro pálido estaba en la puerta y me observaba bajo el aire tórrido de la tarde. Reduje la velocidad y anduve a paso rápido hasta que llegué a la esquina, y entonces eché a correr otra vez.

Estuve matando cangrejos toda la tarde, hasta que me dolieron el hombro de tanto apoyar la culata y los ojos de tanto afinar la puntería. Yo era Bandini el Dictador, el Hombre de Hierro de Cangrejilandia. Y aquello era otra Purga de Sangre por el bien de la Patria. Habían querido derrocarme, aquellos malditos cangrejos habían tenido el valor de promover una revolución y me estaba desquitando. Sólo pensarlo me sacaba de quicio. ¡Aquellos condenados cangrejos habían cuestionado el poder del Superhombre Bandini! ¿Qué les había pasado para ser tan presuntuosos? Bueno, les estaba dando una lección que no olvidarían nunca. Por Cristo que sería la última revolución que intentarían. Me rechinaban los dientes al pensarlo…, un pueblo de cangrejos levantiscos. ¡Qué huevos! Dios mío, era intolerable.

Estuve disparando hasta que se me quejó el hombro y me salió una ampolla en el dedo con que le daba al gatillo. Maté más de quinientos y dejé heridos el doble. Eran conscientes del ataque y rabiaban enloquecidos de miedo mientras los caídos desaparecían de sus filas. El asedio surtió efecto. Corrieron en masa hacia mí. Salieron otros del mar, y otros de detrás de las piedras, y avanzaban en vastas formaciones por las superficies lisas de los pedruscos hacia la muerte que les aguardaba en una roca alta, fuera de su alcance.

Puse a unos cuantos heridos en un charco, celebramos una conferencia militar y decidí formarles consejo de guerra. Los saqué del charco de uno en uno, los puse en la boca del cañón y apreté el gatillo. Un cangrejo, de brillantes colores y lleno de vida, me recordó a una mujer: sin duda una princesa entre aquellos renegados, una valiente cangreja gravemente herida, pues había perdido una pata y un brazo le colgaba lastimosamente. Me partió el corazón. Celebramos otra conferencia y decidí que, debido a la extrema urgencia de la situación, no podía haber distinción de sexos. Incluso la princesa tenía que morir. Era desagradable, pero necesario.

Con el corazón triste, me arrodillé entre los muertos y agonizantes y recé a Dios para rogarle que me perdonara por cometer el crimen más bárbaro que podía cometer un superhombre: ejecutar a una mujer. Pero el deber era el deber, el viejo orden debía mantenerse, la revolución aplastarse, el régimen continuar y los renegados perecer. Durante un rato hablé con la princesa en privado, para presentarle formalmente las disculpas del gobierno Bandini y concederle su última voluntad (oír «La paloma»). Se la silbé con tal sentimiento que acabé llorando. Apunté con la escopeta su bello rostro y apreté el gatillo. Murió instantáneamente, gloriosamente, llameante masa de caparazón y sangre amarillenta.

Admirado y lleno de auténtica veneración, mandé poner una lápida donde había caído aquella cautivadora heroína de otra de las inolvidables revoluciones del mundo, que había dado su vida durante los sangrientos días de junio del gobierno Bandini. Aquel día pasaría a la historia. Hice la señal de la cruz sobre la piedra, la besé con reverencia, incluso con un rasgo de pasión, y mantuve la cabeza gacha durante aquella momentánea tregua. Fue un instante irónico. Porque de repente me di cuenta de que había amado a aquella mujer. ¡Pero ánimo, Bandini! El ataque se reanudó. Al poco rato abatí a otra mujer. No estaba gravemente herida, pero le había dado. La hice prisionera, me ofreció su cuerpo sin reservas. Me suplicó que la dejara vivir. Sonreí diabólicamente. Era una criatura exquisita, roja y rosa, y sólo una conclusión previsible en cuanto a mi destino me hizo aceptar su conmovedora oferta. Allí, bajo el puente, en la oscuridad, la gocé salvajemente mientras pedía misericordia. Sin dejar de reír, la aparté de mí y la reventé de un tiro, disculpándome por mi brutalidad.

La matanza cesó por fin cuando empezó a dolerme también la cabeza, a causa de la tensión de los ojos. Antes de irme eché una última mirada a mi alrededor. Los acantilados en miniatura chorreaban sangre. Fue un triunfo, una gran victoria. Anduve entre los muertos y les dirigí palabras de consuelo, pues, aunque eran mis enemigos, yo era a pesar de todo un espíritu noble, y los respetaba y admiraba por la valerosa resistencia que habían opuesto a mis legiones.

—La muerte os ha llegado —dije—. Adiós, queridos enemigos. Fuisteis valientes en el combate y más valientes aún en la muerte, y el Führer Bandini no lo ha olvidado. Él os elogia sin reservas, incluso muertos.

A otros les dije:

—Adiós, cobardes. Os escupo con asco. Vuestra cobardía repugna al Führer. Él detesta a los cobardes tanto como a la peste. No condescenderá. Que las mareas borren vuestros cobardes crímenes de la faz de la tierra, bellacos.

Subí en el momento en que daban las seis de la tarde y me fui a casa. Había unos chicos jugando al fútbol en un solar de la calle, y les cambié la escopeta y la munición por una navaja que según un muchacho valía tres dólares, pero no me engañó, porque yo sabía que no valía más de cincuenta centavos. Pero como quería deshacerme de la escopeta, acepté el trato. Los chicos me tomaron por tonto, pero allá ellos.

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