LA INSTITUTRIZ

Stefan Zweig

 

Ahora las dos niñas están solas en su habitación. La luz está apagada. La oscuridad se extiende entre ellas y lo único que se ve de las camas es un leve resplandor blanco. Ambas respiran con toda suavidad, se creería que duermen.

—¡Eh! —dice una voz. Es la de doce años la que llama en la oscuridad, en voz baja, casi con miedo.

—¿Qué pasa? —le responde su hermana desde la otra cama. Sólo tiene un año más que ella.

—Todavía estás despierta. Eso está bien. Me gustaría…, me gustaría mucho contarte algo.

Desde el otro lado no llega respuesta alguna. Sólo un suave roce en la cama. La hermana se ha incorporado, mira expectante desde el lado opuesto, se pueden ver sus ojos destellantes.

—¿Sabes…? Quería contarte… Pero, dime tú primero, ¿no te ha llamado nada la atención en los últimos días de nuestra señorita?

La otra vacila y se pone a pensar.

—Sí —dice entonces—, pero no sé muy bien lo que es. Ya no es tan estricta. Últimamente ha habido dos días que no he hecho los deberes y no me ha dicho absolutamente nada. Y además está así, no sé cómo. Yo creo que ya no se preocupa en absoluto de nosotras, siempre se sienta por su lado y ya no comparte nuestros juegos como hacía antes.

—Yo creo que está muy triste y sencillamente no lo quiere mostrar. Ya nunca toca el piano.

Vuelve a hacerse el silencio. Luego la mayor advierte:

—Querías contarme algo.

—Sí, pero no debes decírselo a nadie, a nadie en absoluto, ni a mamá ni a tu amiga.

—¡No, no! —Ya está impaciente—. Bueno, ¿qué es?

—Pues…, ahora, cuando nos íbamos a dormir me he acordado de repente de que no le había dado las buenas noches a la señorita. Ya me había quitado los zapatos, pero he subido a su habitación, ¿sabes?, muy en silencio, para sorprenderla. Así que abro la puerta con mucho cuidado. Al principio he creído que no estaba en su cuarto. La luz ardía, pero yo no la he visto. Entonces, de repente (me he llevado un susto terrible) oigo llorar a alguien, alzo la vista y me encuentro con que está echada en la cama totalmente vestida, con la cabeza hundida en los almohadones. Sollozaba de un modo que me ha estremecido. Pero no ha notado mi presencia. Y entonces he vuelto a cerrar la puerta muy silenciosamente. He tenido que detenerme un momento de lo que temblaba. Luego ha vuelto a oírse aquel sollozo con toda claridad a través de la puerta y he bajado corriendo.

Ambas callan. Luego una dice en voz baja:

—¡La pobre señorita!

Las palabras atraviesan vibrantes la habitación como obscuras notas perdidas y luego vuelve a hacerse el silencio.

—Me gustaría saber por qué lloraba —empieza a decir la menor—. No se ha peleado con nadie en los últimos días, mamá por fin la ha dejado en paz y ya no la martiriza como de costumbre, y nosotras seguro que no le hemos hecho nada. Entonces, ¿por qué llora de ese modo?

—Yo me lo imagino —dice la mayor.

—¿Por qué?, dime, ¿por qué?

Su hermana titubea. Por fin dice:

—Yo creo que se ha enamorado.

—¿Enamorado? —La menor da un respingo—. ¿Enamorado? ¿De quién?

—¿No has notado nada?

—¿No será de Otto?

—¿Crees que no? ¿Y él de ella tampoco? Entonces, ¿por qué en los tres años que lleva viviendo y estudiando en nuestra casa nunca nos ha acompañado y desde hace un par de meses, de repente, lo hace a diario? ¿Es que ha estado alguna vez simpático contigo o conmigo antes de que llegara la señorita? Ahora se pasa el día entero rondándonos. Siempre nos lo encontramos por casualidad, ¡por casualidad!, en el Volksgarten, o en el Stadtpark, o en el Prater, en cualquier parte donde estemos con la señorita. ¿Es que nunca te ha llamado la atención?

La pequeña balbucea sobresaltada:

—Sí…, sí, claro que lo he notado. Pero creía que era simplemente…

Se le quiebra la voz. No sigue hablando.

—Al principio, yo también lo creí, nosotras las jovencitas siempre somos tan tontas. Pero ya hace tiempo que me he dado cuenta de que nos utiliza como pretexto.

Ahora las dos guardan silencio. Parece que la conversación se ha acabado. Ambas se han sumido en sus pensamientos o incluso en sus sueños.

Entonces, la pequeña, completamente desolada, vuelve a decir desde la oscuridad:

—Pero si es así, ¿por qué llora? Él la quiere. Y yo siempre he pensado que ha de ser muy hermoso enamorarse.

—No lo sé —dice la mayor, sumida ya por completo en sus sueños—, yo también he creído siempre que ha de ser muy hermoso.

Y una vez más, con voz suave y compasiva, sale como un soplo de los labios agotados por el sueño:

—¡La pobre señorita!

Y luego se hace el silencio en la habitación.

A la mañana siguiente no vuelven a hablar del asunto y, sin embargo, una y otra sienten que sus pensamientos giran en torno a lo mismo. Pasan una junto a otra, se evitan, pero al final sus miradas se encuentran sin querer, cuando ambas observan de reojo a la institutriz. En la mesa, durante la comida, contemplan a Otto, su primo, que lleva años viviendo en la casa, como a un extraño. No hablan con él, pero bajo los párpados caídos miran de soslayo para comprobar si se entiende con su señorita. En ambas hay inquietud. Hoy no juegan, sino que, en su nerviosismo por llegar a descubrir el secreto, pasan el tiempo haciendo cosas inútiles, indiferentes. Por la noche, una de ellas se limita a preguntar con frialdad, como sí le diera lo mismo:

—¿Has vuelto a notar algo?

—No —dice su hermana, y se da la vuelta.

En cierto modo, las dos tienen miedo a hablar. Y esta tácita observación por parte de las dos niñas, que inquietas e inconscientes se sienten cerca de un deslumbrante secreto, este andar dando vueltas tras la pista continúa así durante un par de días.

Por fin, el segundo día, una de ellas se da cuenta de que la institutriz le hace una leve señal a Otto con los ojos en la mesa. Él le responde asintiendo con la cabeza. La niña tiembla de excitación. Toca ligeramente la mano de su hermana mayor por debajo de la mesa. Cuando ésta se vuelve hacia ella ve que le corresponde con ojos chispeantes. Ha comprendido inmediatamente el gesto y también se inquieta.

Apenas se han levantado de la mesa, la institutriz dice a las niñas:

—Id a vuestro cuarto y entreteneos un rato. Me duele la cabeza y quiero descansar media hora.

Las niñas bajan la vista. Con mucho cuidado se tocan con las manos para llamarse la atención mutuamente. Y en cuanto se marcha la institutriz, la más pequeña le salta a su hermana:

—Fíjate, ya verás como ahora Otto va a su cuarto.

—¡Naturalmente! Por eso nos ha mandado al nuestro.

—¡Tenemos que escuchar detrás de la puerta!

—Pero ¿y si viene alguien?

—¿Y quién va a venir?

—Mamá.

La pequeña se asusta.

—Bueno, sí…

—¿Sabes qué? Yo escucho detrás de la puerta y tú te quedas fuera, en el pasillo, y me haces una señal si viene alguien. Así nos aseguramos.

La pequeña pone una cara contrariada.

—¡Pero luego no me cuentas nada!

—¡Te lo contaré todo!

—¿De verdad que todo…? ¡Pero todo!

—Sí, te doy mi palabra. Y tú tose, si oyes venir a alguien.

Esperan en el pasillo, temblando, excitadas. Su sangre late furiosamente. ¿Qué pasará? Se pegan todo lo que pueden la una a la otra.

Un paso. Se separan rápidamente buscando la oscuridad. Efectivamente, es Otto. Pone la mano sobre el picaporte; la puerta se cierra. La mayor sale disparada como una flecha tras él y se pega a la puerta para escuchar conteniendo la respiración. La más joven la mira anhelante. La curiosidad la abrasa, la arranca del sitio convenido. Se aproxima disimuladamente, pero su hermana la rechaza airada. Así que vuelve a esperar fuera, dos, tres minutos, que le parecen una eternidad. Delira de impaciencia, va de un lado a otro como si pisara sobre un suelo ardiendo. Prácticamente está a punto de llorar de excitación y rabia, porque su hermana lo está escuchando todo y ella, nada. Entonces, arriba, en la tercera habitación, se cierra una puerta. Tose. Y las dos huyen precipitadamente y se meten en su cuarto. Permanecen allí un instante sin aliento, con el corazón latiéndoles.

Entonces, la más joven apremia ansiosa a su hermana:

—Bueno…, cuéntame.

La mayor pone cara pensativa. Al final dice, completamente perdida en sus pensamientos, como para sí misma:

—¡No lo entiendo!

—¿Qué?

—Es tan extraño.

—¿Qué…? ¿Qué…?

La más joven dice las palabras jadeando. Ahora la hermana intenta recapacitar. La pequeña se ha apretado contra ella, muy cerca, para que no se le escape ni una palabra.

—Ha sido muy extraño…, tan distinto de como me lo había imaginado. Creo que cuando él ha entrado en la habitación ha querido abrazarla o besarla, porque ella le ha dicho: «¡Deja!, tengo que hablar seriamente contigo.» No he podido ver nada, la llave estaba puesta por dentro, pero lo he oído todo muy bien. «¿Qué es lo que pasa?», le ha respondido Otto, pero nunca le he oído hablar así. Sabes bien que por lo general le gusta hablar con voz alta y arrogante, pero esto lo ha dicho con tanta timidez que he notado inmediatamente que tiene cierto miedo. Y también ella ha debido de notar que mentía, porque se ha limitado a decirle en voz muy baja: «Seguro que ya lo sabes.» «No, no sé nada en absoluto.» «¡Vaya!», ha dicho ella…, y de una forma tan triste, tan terriblemente triste, «¿y por qué de repente te apartas de mí? Hace ocho días que no me has dicho ni palabra, me evitas siempre que puedes, ya no vas con las niñas, ya no vienes al parque. ¿Tan extraña te resulto de repente? ¡Oh!, bien sabes tú por qué de repente te mantienes alejado de mí.» Él se ha quedado callado y luego le ha dicho: «Es que ahora me queda poco para el examen, tengo que trabajar mucho y no dispongo de tiempo para nada más. Ahora no puedo hacer otra cosa.» Entonces ella ha empezado a llorar y luego le ha dicho entre lágrimas, pero igual de dulce y bondadosa: «Entonces, Otto, ¿por qué me mientes? Di la verdad, realmente no me merezco esto de ti. No te he pedido nada, pero es preciso que hablemos los dos sobre ello. Bien sabes lo que tengo que decirte, lo veo en tus ojos.» «Pues, ¿qué es?», ha balbuceado, pero débil, muy débilmente. Y entonces ella le ha dicho…

De repente, la muchacha empieza a temblar y no puede seguir hablando de la emoción. La más joven se estrecha más contra su hermana.

—Bueno…, y entonces, ¿qué?

—Entonces ella le ha dicho: «¡Tengo un hijo tuyo!»

La pequeña se levanta como un rayo.

—¡Un hijo! ¡Un hijo! ¡Pero es imposible!

—Sin embargo es lo que ella ha dicho.

—Has debido de oír mal.

—¡No, no! Y él lo ha repetido; se ha levantado de un salto exactamente igual que tú y ha gritado: «¡Un hijo!» Ella ha permanecido en silencio largo rato y luego ha preguntado: «¿Qué va a pasar ahora?» Y entonces…

—¿Y entonces?

—Entonces has tosido y he tenido que salir corriendo.

La más joven mira absorta al vacío completamente descompuesta.

—¡Un hijo! Pero eso es imposible. ¿Dónde va a tener ella un hijo?

—No lo sé. Eso es precisamente lo que no comprendo.

—Tal vez en casa…, donde estaba antes de venir con nosotros. Está claro que mamá no le ha permitido traérselo por ti y por mí. Y por eso está también tan triste.

—¡Venga ya, pero entonces ella no conocía de nada a Otto!

Vuelven a callarse, confusas, cavilando sin saber a qué atenerse. La idea las atormenta. Y la más pequeña vuelve a empezar:

—¡Un hijo! ¡Eso es totalmente imposible! ¿Cómo es que puede tener un hijo? Ella no está casada, y sólo la gente casada tiene hijos, eso lo sé.

—Tal vez estuvo casada.

—Deja de decir tonterías. Pero con Otto no.

—Pero entonces, ¿cómo es que…?

Se miran fijamente sin saber a qué atenerse.

—La pobre señorita —dice una muy triste.

Siempre vuelve a salir la misma frase y acaba con un suspiro de compasión. Y siempre vuelve a agitarse entre ellas la llama de la curiosidad.

—¿Será un niño o una niña?

—¿Quién puede saberlo?

—¿Qué te parece… si por una vez le preguntara… con mucho, mucho cuidado?

—¡Estás loca!

—¿Por qué…? Es tan buena con nosotras.

—¡Pero qué cosas se te ocurren! A nosotras no nos cuentan cosas así. Se lo callan todo. Cuando entramos en el cuarto, interrumpen siempre la conversación y se ponen a hablar con nosotras de tonterías, como si fuéramos niñas, y yo ya tengo trece años. ¿Para qué quieres preguntarle? No nos dirán más que mentiras.

—Pero me habría gustado saberlo.

—¿Crees que a mí no?

—¿Sabes…? En realidad, lo que más me cuesta entender es que Otto no debía de saber nada. Uno sabe que tiene un hijo como sabe que tiene padres.

—Lo ha disimulado, el miserable. Siempre disimula.

—Pero algo así no. A no ser…, a no ser… que nos quiera engañar con una mentira…

En ese instante entra la señorita. Se callan en el acto y aparentan trabajar. Pero la miran de soslayo. Sus ojos parecen enrojecidos; su voz, algo más profunda y vibrante que de costumbre. Las niñas están muy calladas, con un respetuoso temor levantan de repente la mirada hacia ella. «Tiene un hijo», piensan una y otra vez, sin poderlo evitar, «por eso está tan triste.» Y, poco a poco, ellas mismas también se ponen tristes.

Al día siguiente, en la mesa, les espera una inesperada noticia. Otto abandona la casa. Le ha explicado a su tío que, ahora que le faltaba tan poco para los exámenes, tenía que trabajar intensamente y allí estaba demasiado distraído. Alquilaría una habitación en alguna parte durante uno o dos meses, hasta que todo hubiera acabado.

Las dos niñas se muestran terriblemente alteradas, cuando lo escuchan. Intuyen que, de alguna forma, existe una misteriosa relación entre aquello y la conversación de ayer; con su agudo instinto advierten una cobardía, una huida. Cuando Otto intenta despedirse de ellas, se vuelven groseras y le dan la espalda. Pero ahora que está de pie ante la señorita lo miran de soslayo. A él se le estremecen los labios, pero ella le tiende tranquilamente la mano, sin decir una palabra.

Las niñas se han transformado por completo en aquel par de días. Han olvidado sus juegos y su risa, sus ojos no tienen el brillo vivo y despreocupado de antes. En su interior reina la inquietud y la inseguridad, una tremenda desconfianza hacia todas las personas que tienen a su alrededor. Ya no creen lo que les dicen, huelen la mentira y la segunda intención detrás de cada frase. Se pasan el día entero observando y espiando, acechan cada movimiento, captan cada mueca, cada acento de la voz. Aparecen como sombras detrás de cualquier cosa, escuchan detrás de las puertas para coger algo al vuelo, hay en ellas un apasionado afán de sacudirse la oscura red de misterios que cae sin querer sobre sus hombros o, por lo menos, echar una mirada al mundo real a través de su malla. La fe infantil, aquella ceguera alegre, despreocupada, ha desaparecido. Y, además, por el sofocante ambiente en que se desarrollan los acontecimientos intuyen que puedan caer más rayos y tienen miedo de perdérselos. Desde que saben que están rodeadas de mentiras, se han vuelto recelosas y acechantes, incluso solapadas y embusteras. Cerca de sus padres agachan la cabeza con una candidez infantil que ya no es más que apariencia y, luego, se inflaman con una súbita animación. Todo su ser se ha deshecho en una nerviosa inquietud, sus ojos, que antes tenían un brillo suave y superficial, parecen ahora más profundos y resplandecientes. Andan tan desesperadas espiando y fisgando sin parar que el cariño que sienten mutuamente se hace cada vez más profundo. A veces se abrazan impetuosamente, llevadas por su sentimiento de ignorancia, cediendo con exageración a la necesidad de ternura que brota de repente en su interior, o estallan en lágrimas. Sin motivo aparente, su vida ha entrado en crisis.

De los muchos agravios a los que sus sentidos acaban de despertar hay uno que sienten con especial intensidad. Tácitamente, se han obligado a proporcionarle a la señorita, que está tan triste, tanta alegría como sea posible. Hacen sus deberes con diligencia y mimo, ambas se ayudan entre sí, están quietas, no manifiestan ninguna queja, se anticipan a todos sus deseos. Pero la señorita no se da cuenta en absoluto y eso les hace mucho daño. En los últimos tiempos se ha convertido en una persona totalmente distinta. A veces, cuando una de las muchachas se dirige a ella, se estremece como si despertara sobresaltada de un sueño. Y entonces su mirada vuelve de muy lejos intentando situarse. A menudo se pasa horas enteras sentada, mirando al vacío, sumida en sus ensoñaciones. Entonces las muchachas pasan de puntillas para no molestarla, se dan cuenta vaga y misteriosamente de que ahora está pensando en su hijo, que está lejos, en alguna parte. Y, desde lo profundo de su condición de mujer, que ya empieza a despertar en ellas, sienten cada vez más cariño por la señorita, que ahora se ha vuelto tan dulce y tan tierna. Su paso, por lo general decidido y arrogante, es ahora más prudente, sus movimientos más cautelosos, y las niñas perciben en todo ello una secreta tristeza. Jamás la han visto llorar, pero sus párpados aparecen enrojecidos cada vez con más frecuencia. Se dan cuenta de que la señorita quiere mantener en secreto su dolor ante ellas, y se desesperan por no poder ayudarla.

Y una vez que la señorita se vuelve hacia la ventana y se pasa un pañuelo por los ojos, la más pequeña, haciendo acopio de valor, la coge suavemente de la mano y le dice:

—Señorita, ¡qué triste está usted últimamente! ¿Verdad que no tenemos la culpa nosotras?

La señorita la mira conmovida y le acaricia con la mano el suave cabello.

—No, hija, no —dice—. Vosotras seguro que no.

Y la besa suavemente en la frente.

Acechando y observando, sin descuidar nada de lo que cae en su campo de visión, una de ellas acaba captando esos días unas palabras al entrar de repente en la habitación. En realidad no fue más que una frase, porque sus padres interrumpieron su conversación inmediatamente, pero cada una de aquellas palabras enciende ahora en ellas mil suposiciones.

—A mí también me ha llamado la atención lo mismo —dijo la madre—. Luego la llamaré a capítulo.

Al principio la niña cree que se refiere a ella y, casi con miedo, acude corriendo a su hermana para pedirle consejo, ayuda. Pero a mediodía notan cómo las miradas de sus padres están clavadas en el semblante soñador y distraído de la señorita, examinándolo, y luego se cruzan entre sí.

Después de levantarse de la mesa, sin darle mucha importancia, la madre le dice a la señorita:

—Por favor, venga luego a mi cuarto. Tengo que hablar con usted.

La señorita asiente ligeramente con la cabeza. Las muchachas tiemblan con fuerza, notan que algo está a punto de ocurrir.

Y en cuanto la señorita entra en el cuarto, se precipitan en pos de ella. El pegar el oído a las puertas, el atisbar desde los rincones, el espiar y acechar se ha convertido para ellas en algo totalmente natural. Ya no sienten en absoluto lo feo ni lo osado que hay en ello, no tienen más que un único pensamiento: apoderarse de todos los secretos que se quieren sustraer a su mirada. Escuchan. Pero sólo consiguen oír un suave bisbiseo de palabras que son susurradas. Sus cuerpos tiemblan nerviosamente. Tienen miedo de que pueda escapárseles todo.

Entonces, una voz se eleva dentro. Es la de su madre. Suena enojada y bronca.

—¿Se ha creído usted que todo el mundo es ciego, que no se nota algo así? Me puedo imaginar cómo ha debido de cumplir con su obligación, con semejantes ideas y semejante moral. ¡Y pensar que he confiado a alguien así la educación de mis niñas, mis hijas, que sabe Dios cuánto habrá descuidado…!

La señorita parece replicar algo. Pero habla demasiado bajo como para que las niñas puedan entenderla.

—¡Excusas, excusas! Todas las frívolas tienen su excusa. Se entregan al primero que llega sin pensar en nada más. Luego, Dios dirá. ¡Y alguien como usted pretende ser educadora, formar muchachas! ¡Qué descaro! ¡No pensará que en estas condiciones voy a mantenerla por más tiempo en mi casa!

Las niñas escuchan desde fuera. Un escalofrío les recorre el cuerpo. No entienden todo aquello, pero les resulta terrible escuchar la voz de su madre tan airada y, ahora, como única respuesta, el suave, incontenible sollozo de la señorita. Las lágrimas brotan de sus ojos. Pero parece que sólo sirve para irritar aún más a su madre.

—¿Eso es lo único que sabe hacer, echarse a llorar? No me conmueve. Con personas así no tengo ninguna compasión. Lo que vaya a ser de usted a partir de ahora no me importa nada en absoluto. Usted sabrá a quién se tiene que dirigir, yo no se lo voy a preguntar. Sólo sé que no voy a soportar ni un solo día más en mi casa a alguien que ha descuidado sus obligaciones de forma tan infame.

El sollozo es la única contestación, aquel sollozar desesperado, brutal, tremendo, que sacude febrilmente a las niñas, que están fuera. Nunca han escuchado un llanto como ése. Y en su interior sienten que quien llora así no puede carecer de razón. Ahora su madre calla y espera. Luego dice brusca y severamente:

—Bueno, es cuanto quería decirle. Recoja hoy mismo sus cosas y vuelva usted mañana temprano por su sueldo. ¡Adiós!

Las niñas se apartan de la puerta de un salto y corren a refugiarse en su cuarto. ¿Qué ha pasado? Es como si hubiera caído un rayo delante de ellas. Están pálidas y tiemblan de miedo. Por primera vez, en cierto modo, atisban la realidad. Y por primera vez se atreven a sentir algo parecido a la rebeldía frente sus padres.

—Ha sido una vileza por parte de mamá dirigirse a ella de este modo —dice la mayor, mordiéndose los labios.

La pequeña incluso retrocede asustada ante una palabra tan atrevida.

—Pero es que no tenemos ni idea de lo que ha hecho —balbucea en tono de queja.

—Seguro que nada malo. La señorita no puede haber hecho nada malo. Mamá no la conoce.

—¡Y además cómo lloraba! Me ha dado miedo.

—Sí, era terrible. ¡Pero cómo le gritaba mamá también! Ha sido una vileza, te lo digo yo, una vileza.

Da una patada en el suelo. Las lágrimas empañan sus ojos. En ese momento entra la señorita. Parece muy cansada.

—Niñas, esta tarde tengo cosas que hacer. ¿Verdad que si os quedáis solas puedo confiar en vosotras? Luego, por la noche, os veré.

Se marcha sin notar la agitación de las niñas.

—¿Has visto? Sus ojos estaban completamente llenos de lágrimas. No comprendo cómo mamá se ha podido comportar con ella de este modo.

—¡La pobre señorita!

Vuelve a sonar compasivo y profundamente lacrimoso. Se quedan allí, descompuestas y azoradas. En ese momento entra su madre y pregunta si quieren irse a dar un paseo en coche con ella. Las niñas eluden la pregunta. Tienen miedo de mamá. Y además les indigna que no se les haya dicho nada sobre la despedida de la señorita. Prefieren quedarse solas. Como dos golondrinas en una jaula estrecha van de un lado a otro, oprimidas por este ambiente de mentira y de silencio. Piensan si no deberían entrar en el cuarto de la señorita para preguntarle, para hablar con ella sobre todo, para decirle que debe quedarse y que mamá no tiene razón. Pero tienen miedo de importunarla. Y además se avergüenzan: todo lo que saben lo han escuchado y captado a hurtadillas. Deben hacerse las tontas, tan tontas como eran hace dos, tres semanas. Así que se quedan solas toda la tarde, infinitamente larga, cavilando y llorando y siempre con esa terrible voz en el oído, la pérfida cólera sin corazón de su madre y el desesperado sollozar de la señorita.

Por la noche, la señorita entra en su cuarto fugazmente para verlas y darles las buenas noches. Las niñas tiemblan cuando la ven salir, les gustaría mucho decirle algo más. Pero ahora que la señorita ya está junto a la puerta se vuelve hacia ellas de repente —como arrastrada por aquel deseo mudo—, una vez más. Algo brilla en sus ojos, húmedos y velados. Abraza a las dos niñas, que empiezan a sollozar de una forma incontenible, las vuelve a besar y luego sale precipitadamente.

Las niñas se quedan sumidas en lágrimas. Se dan cuenta de que ha sido una despedida.

—¡No la volveremos a ver! —dice una llorando.

—Ya verás como mañana, cuando volvamos de la escuela, ya no está aquí.

—Tal vez la podamos visitar más adelante. Entonces seguro que hasta nos enseña a su hijo.

—Sí, ¡es tan buena!

— ¡La pobre señorita! —vuelve a suspirar, esta vez por su propio destino.

—¿Puedes imaginarte cómo serán ahora las cosas sin ella?

—Jamás podré soportar a otra señorita.

—Yo tampoco.

—Ninguna será tan buena con nosotras. Y además…

No se atreve a decirlo. Pero un sentimiento inconsciente de la condición femenina la hace respetable a sus ojos desde que saben que tiene un hijo. Ninguna de las dos hace otra cosa que pensar en ello, pero ya sin esa curiosidad infantil, sino compasivas y conmovidas en lo más profundo.

—¡Oye! —dice una—. ¡Escúchame!

—¿Sí?

—¿Sabes? Me gustaría mucho poder darle una alegría a la señorita antes de que se marche. Para que sepa que le tenemos cariño y no somos como mamá. ¿Quieres?

—¿Y todavía me lo preguntas?

—Me he acordado de cuánto le gustaban las rosas blancas y, ¿sabes?, pienso que podríamos comprarle unas mañana temprano antes de irnos a la escuela y luego ponérselas en su cuarto.

—Pero ¿cuándo?

—A mediodía.

—Entonces seguro que ya se ha marchado. Será mejor que madruguemos mucho para bajar a recogerlas rápidamente sin que nadie lo note. Y luego se las llevamos a su cuarto.

—Sí, nos levantaremos muy pronto.

Cogen sus huchas, las sacuden y juntan con toda su buena voluntad el dinero que tienen. Ahora ya vuelven a estar más contentas, desde que saben que todavía podrán demostrar a la señorita su amor mudo, abnegado.

Se levantan muy temprano. Cuando llaman a la puerta de la señorita con las hermosas rosas abultadas en la mano ligeramente temblorosa nadie les responde. Creen que la señorita está durmiendo y se deslizan cuidadosamente dentro del cuarto. Pero la habitación está vacía, la cama intacta. Todo está revuelto y desperdigado por todas partes, sobre el oscuro tapete de la mesa destacan unas cartas.

Las dos niñas se asustan. ¿Qué ha ocurrido?

—Voy a entrar a decírselo a mamá —dice resueltamente la mayor.

Y, altiva, con ojos sombríos, sin ningún miedo, se planta ante su madre y le pregunta:

—¿Dónde está nuestra señorita?

—Estará en su habitación —dice la madre muy sorprendida.

—Su cuarto está vacío, la cama está intacta. Debe de haberse ido ya ayer por la tarde. ¿Por qué no se nos dijo nada al respecto?

La madre no se da cuenta en absoluto del tono malhumorado, exigente. Se ha quedado pálida y entra donde está el padre, que luego desaparece rápidamente en la habitación de la señorita.

Pasa mucho rato dentro. La niña observa a la madre, que parece muy excitada, y cuyos ojos no se atreven a sostener la mirada firme, llena de ira de su hija.

Entonces vuelve el padre. Tiene el rostro muy pálido y lleva una carta en la mano. Entra con la madre en la habitación y habla con ella en voz baja. Las niñas se quedan fuera y de repente ya no se atreven a escuchar. Tienen miedo de la ira del padre, que ahora tiene un aspecto como nunca antes lo han conocido.

Su madre, que en ese momento sale de la habitación, tiene los ojos llenos de lágrimas y la mirada trastornada. Las niñas, inconscientes, van a su encuentro, como impulsadas por el miedo e intentan volver a preguntarle. Pero ella dice duramente:

—Ahora marchaos a la escuela, ya es tarde.

Y las niñas tienen que marcharse. Como en un sueño permanecen sentadas allí cuatro, cinco horas entre todos los demás y no escuchan ni una palabra. A la vuelta se precipitan a casa desenfrenadas.

Allí todo es como siempre, a no ser por un terrible pensamiento que parece embargar a la gente. Nadie habla, pero todos, incluso los sirvientes, tienen una mirada muy particular. La madre sale al encuentro de las niñas. Parece haberse preparado para decirles algo. Empieza:

—Niñas, vuestra señorita no volverá más, está…

Pero no se atreve a acabar de decirlo. Los ojos de las dos niñas se clavan en los suyos de una forma tan amenazadora, con tanto brillo, con tal fiereza, que no se atreve a decirles una mentira. Se da la vuelta y va a refugiarse en su cuarto.

Por la tarde aparece de pronto Otto. Lo han llamado, una de las cartas era para él. También él está pálido. Espera de pie turbado. Nadie habla con él. Todos lo evitan. Entonces ve a las dos niñas acurrucadas en el rincón y va a saludarlas.

—¡No me toques! —dice una, estremeciéndose de asco. Y la otra escupe delante de él.

Vaga errante, trastornado un rato más. Luego desaparece.

Nadie habla con las niñas. Ellas mismas no intercambian una sola palabra. Pálidas y trastornadas, sin sosiego, como animales en una jaula, vagan por la habitación de un lado a otro, se cruzan una y otra vez, y se miran a los ojos llenos de lágrimas sin decir nada. Ahora lo saben todo. Saben que les han mentido, que todo el mundo puede ser malo y mezquino. Ya no quieren a sus padres, ya no creen en ellos. Saben que no deben depositar su confianza en nadie y que desde ahora todo el tremendo peso de la vida se acumulará sobre sus delgados hombros. Es como si se hubieran precipitado a un abismo desde la despreocupada comodidad de su niñez. Todavía no pueden comprender lo terrible de lo ocurrido a su alrededor, pero su pensamiento se esfuerza por tragarlo y amenaza con ahogarlas. Sus mejillas arden febrilmente y tienen una mirada malhumorada, excitada. Andan errantes de un lado a otro, como si se congelaran en su soledad. Dirigen a todo el mundo una mirada tan atroz que nadie, ni siquiera sus padres, se atreve a hablar con ellas, su incesante vagar refleja la agitación que bulle en su interior. Y, sin que hablen entre sí, existe entre las dos una terrible complicidad. El silencio, el silencio impenetrable, sin preguntas, el dolor cerrado y perverso, sin gritos y sin lágrimas, las hace extrañas a todos y peligrosas. Nadie se les acerca, el acceso a sus almas está cortado, tal vez por muchos años. Todos los que las rodean los sienten como enemigos, y enemigos declarados a los que nunca jamás podrán perdonar. Porque desde ayer han dejado de ser niñas.

Aquella tarde se hacen muchos años mayores. Y sólo después, cuando por la noche están solas en la oscuridad de su cuarto, despierta en ellas el miedo infantil, el miedo a la soledad, a las imágenes de los muertos y luego un miedo aprensivo a cosas indeterminadas. Con la conmoción general de la casa se han olvidado de calentarles la habitación. Así que se deslizan heladas dentro de la cama acurrucándose juntas, entrelazándose firmemente con sus delgados brazos infantiles y apretando sus delicados cuerpos, todavía por florecer, uno contra otro como buscando amparo frente a su miedo. Todavía no se atreven a hablar entre ellas. Pero entonces la más joven rompe por fin a llorar, la mayor la acompaña con incontenibles sollozos. Lloran abrazándose estrechamente, bañan su rostro con las cálidas lágrimas, que caen rodando tímidamente al principio y luego más rápido, recoge cada una, pecho contra pecho, la sacudida con que la otra acompaña el sollozo y lo devuelve estremeciéndose. Ambas son un único dolor, un único cuerpo que llora en la oscuridad. Ya no es por la señorita por quien lloran, ni por sus padres, con los que han acabado para siempre, es un temor repentino que las sacude, un miedo a todo lo que este mundo desconocido, al que hoy han lanzado una primera mirada horrorizada, pueda depararles. Tienen miedo de la vida a la que ahora despiertan, de la vida que tienen ante sí oscura y amenazadora, como un bosque tenebroso que han de recorrer a pie. Su confuso sentimiento de temor se vuelve cada vez más crepuscular, casi como un sueño; sus sollozos, cada vez más débiles. Ahora, la respiración de ambas fluye dulcemente y el aliento de una se confunde con el de la otra, como antes sus lágrimas. Y así, por fin, se quedan dormidas.

 

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