El barrio maldito [Fragmento]

Félix Urabayen

 

 

V

Claros e ilustres varones de la epopeya de San Fermín

Entre los tipos originales que invadían el redondel durante los encierros, Pedro Mari guardó siempre el recuerdo de unas cuantas siluetas, todas gloriosas y esforzadas. Estos varones de corazón recio y vida milagrera, salvados por el capricho de la diosa Casualidad, supieron elevarse gallardamente sobre el beocio rebaño de espontáneos aficionados que como brotes anuales florecían en la arena unos segundos, saturando con su aroma selvático el corazón de catorce mil espectadores.

De esta extensa galería de ilustres navarros, merecedores del hacha de sílex para vivir en armonía con sus facultades, los que más impresión causaron al pacífico Echenique fueron…

 

Arrasate el valeroso

Arrasate era un vasco aventurero que en Pamplona no encontraba estadio suficiente para desarrollar su temperamento sediento de hazañas.

Emparentado con las más sólidas ramas del capitalismo indígena; rico, de buena figura, con sus rubios bigotes a lo Káiser y la mano casi tan enjoyada como la de una bayadera, Arrasate no podía moverse libremente. Los prejuicios derivados de la etiqueta social estrangulaban sus iniciativas. Y él quería distinguirse, brillar, destacarse de la masa; no ser una de tantas figuras borrosas de niño bonito repleto de onzas que se amodorra hasta la estupidez, confinado en cualquier capital de provincia.

En la imposibilidad de ser un Séneca, ya que aborrecía los libros, ni un Castelar, pues tartamudeaba un tanto, Arrasate comprendió con rara clarividencia que nada extraordinario podía esperarse de su cerebro. Y como había heredado los granos de locura suficientes para calzar con la serenidad de los héroes el alto coturno de la tragedia —puesto que lo más florido de su arbolillo genealógico endurecía sus huesos en un manicomio— el valeroso Arrasate cayó un día en la cuenta de que el brillo de su personalidad residía en sus piernas insuperables, y se dedicó a buscar escenario propicio en que desenvolver sus formidables dotes andariegas.

Y lo encontró. ¡Ya lo creo! No en balde existen en Pamplona las fiestas de San Fermín. Él había corrido muchas veces como los buenos profesionales hasta el Ayuntamiento, o a lo sumo hasta la mitad de la calle Estafeta. Pero despreciaba este peligro primitivo, falto de la salsa admirativa del público. Quería triunfar en la Plaza ante las catorce mil almas que formaban el corazón de la ciudad. Ellos habían de ser sus jueces; de allí tenía que brotar el laurel victorioso…

Y en efecto, todos los años, matemáticamente, Arrasate paralizaba en un momento dado el corazón de sus paisanos. Apoyado en los últimos maderos de la valla, de pie junto a la obscura boca de la plaza, dejaba pasar indiferente las olas humanas, miedosas, jadeantes o temerarias. Uno le daba un empujón, otro trepaba a la barrera agarrado a sus piernas, suspirando al verse libre. El valeroso Arrasate, impávido y sereno como un mármol pentélico, resistía todo los furiosos choques de la ola empavorecida…

Con la aparición de las primeras astas, este peligroso desfiladero que empieza en la esquina de Estafeta y acaba en el redondel, quedaba instantáneamente despejado. Arrasate sabía que el miedo es una poderosa máquina neumática y esperaba tranquilamente que se hiciese el vacío a su alrededor.

De una sola ojeada que hubiese envidiado Napoleón el Grande o Gallito el no menos grande, calculaba el empuje que tenían los toros, y en el momento mismo de pasar junto a él dejábase caer de la valla, entrando en la plaza materialmente cosido a las astas. Un segundo de vacilación en su loca cabeza, un instante de duda en sus ágiles piernas habrían sido suficiente para salir volteado como un pelele trágico.

Catorce mil almas presenciaban absortas aquella entrada fantástica. Todos los ojos, pendientes del montón informe de carne humana que la puerta vomitaba sin cesar, clavábanse a la vez en el hombre que parecía venir enganchado entre los cuernos y un largo gemido histérico saludaba su presencia. Sin embargo, no era demasiado peligroso el papel de actor. Visto de cerca, o mejor aún, corriendo unos metros ante él, se veía que la falta de prudencia estaba compensada por la agilidad.

Sólo se requería valor y al corazón de Arrasate le sobraba fortaleza para dominar el peligro. Lo tremendo era presenciar la hazaña como espectador desde una grada o desde un tendido.

Tan recia impresión de cornada producía, que al saltar la valla, los amigos le tentaban la ropa creyéndolo herido. Y Arrasate sonreía con su indiferencia de sumo sacerdote de la emoción.

Todos los años se repetía el maravilloso truco. Llegó a ser tan diestro en esclavizar al público; calculaba tan certeramente la sensación de la cogida, que si algún toro venía desmandado, él se rezagaba lo preciso para caer en el instante mismo en que el bicho cruzaba la puerta. Perseguía el detalle como un artista soberano que todo lo sacrifica al espectador. Acabó por poner dos municipales que despejasen la gente aglomerada entre barreras…

Y eso que no le faltaron motivos de fracaso. Una vez se tiró de la valla a dos metros de distancia; él, como siempre, había calculado bien; pero en el momento de entrar en la plaza, en el instante en que toda la ciudad iba a paladear el triunfo de Arrasate viéndole surgir campaneado por los toros, se encontró con un obstáculo insospechado y nuevo. Parte de la última ola se había caído, formando una mole de carne. Centenares de cuerpos, pegados a tierra unos sobre otros, obstruían la puerta aguardando con la sinceridad del avestruz la llegada de los toros de lidia.

Arrasate miró hacia atrás. No había salvación; adelantábase el primer berrendo en colorao, con la misma intención pacifista de un Wilson. Claro es que le quedaba el recurso de echarse al suelo también; pero ¿qué dirían los catorce mil espectadores al no ver entrar en la plaza la gallarda figura de su héroe favorito?

Y poniendo en acción sus músculos formidables, aplicando toda su vanidad dinámica a los invulnerables talones, dio un salto prodigioso por encima de la muralla humana, y aunque perdió una alpargata, obra de algún curda aterrorizado que alargó el brazo, Arrasate entró en la plaza junto a las astas como siempre…

Entró con los toros encima, pues éstos, más inteligentes que el montón de animales de blusa que obstruían la puerta, dieron idéntico salto que Arrasate el valeroso. El caso era entrar. Entrar por encima de los obstáculos, por encima de los hombres, por encima del Destino mismo, que sólo una vez en la vida permitió a un curda arañar las blancas alpargatas de su altísima biografía…

 

Ezpanta el albañil

El primer día de San Fermín quedó aquel año en el ruedo un toro enorme de Miura, con su hermoso cuello de acordeón dispuesto a cazar pamplonicas. Los pastores, una vez encerrados los cinco restantes, trataban de limpiar de curdas el anillo a fin de acorralar al rebelde.

Javier Ezpanta saltó la valla; se desprendió de los brazos amigos; hizo un regate a dos guardias miedosos y con la enorme bota de vino en alto se adelantó hacia el toro trazando unas eses que hubieran regocijado a Noé. En tanto decía a grandes voces:

—¡Nadie se atreve a convidar a un pobre toro, cuando tú lo que quieres es beber! Esta gente no tiene… no tiene… urbanidad. Gracias a que está aquí Ezpanta. Toma ¡te convido!

Y el valiente curda alargaba el brazo con la majestuosa soltura de una estatua griega.

El público, al ver la salvaje inconsciencia del borracho, rugía indignado:

—¡Detenedle!… ¡detenedle pronto! ¡A la cárcel con él!

Las mujeres, sobre todo, chillaban como ratas, increpando a los guardias, mientras abajo, pastores, policías y munícipes encogíanse de hombros, y mirando a los tendidos parecían contestar:

—Bajad vosotros. ¿O es que creéis que el toro es de mazapán?

A todo esto, Ezpanta, bota en ristre, seguía avanzando, sin hacer caso de alaridos. El diplomático albañil, como los cómicos geniales, ni veía ni oía al público. Borracho con su papel de héroe o héroe en su papel de borracho, llegó a tres metros del toro, y a tan razonable distancia empezó a dar patadas en el suelo, recordando sin duda el gesto de Pompeyo cuando quería que brotasen las legiones. Claro que ni las legiones antes ni el toro ahora se dignaron acudir…

En vista del fracaso, nuestro curda, acercándose otro poco, insistió melancólicamente persuasivo.

—¿Me vas a dejar mal? Te convida Ezpanta, el albañil más fino de Pamplona. Vaya, ¿bebes o no?

Y le alargaba la bota con feroz persistencia.

El toro se arrancó a toda marcha, con la velocidad de una mala noticia. Los espectadores, alucinados por el peligro, cerraron los ojos o desviaron la vista presintiendo la catástrofe. Ezpanta no. Ezpanta continuó mirando al toro con esa heroica serenidad que sólo es patrimonio de los dioses, de los locos y de algunos curdas…

Esta clásica frialdad le salvó. Cuando el toro estaba a dos pasos Ezpanta separó la bota de su pecho, iniciando sin darse cuenta un pase natural que mandó al toro por la derecha. Al propio tiempo insistía en convidarle.—Toma, hombre, bebe; ¡aquí está mi bota para los amigos! Y la agitaba en el aire como un trofeo glorioso.

El padre Baco, que velaba por su hijo predilecto, intervino a tiempo. El toro, obediente al engaño, se desvió en la dirección marcada; el asta atrapó la bota; la rajó por el centro, y cerca de una arroba de vino inundó los ojos del bicho hasta cegarlo. El pobre animal daba cornadas al aire y la bota seguía cada vez más incrustada en el cuerno, como un grotesco airón…

En aquel momento se le ocurrió al toro sacar la lengua, no sabemos si de cansancio o de sed, y el público atronó la plaza con la más estruendoso carcajada que vieron los siglos. Ezpanta, ofendido, volvió la espalda al cornúpeto y emprendió el camino hacia la valla. Los pastores aprovecharon la ocasión, y a palo limpio acorralaron al miura antes de que se le pasara el estupor.

Los dioses, que habían librado a Ezpanta del furor de las bestias, no pudieron librarle de la piedad de los hombres. Al llegar a la valla le aguardaban los brazos amorosos de la policía, que le acogieron discretamente. A la sombra pasó los cuatro días de San Fermín, y cuando al salir de su encierro le preguntaban la causa, respondía con resignación estoica:

—Nada, no pasó nada. Es que quise invitar a un forastero a beber, y en Pamplona, por lo visto, me lo tomaron a mal…

 

Ilzarbe el soñador

Ilzarbe tenía treinta y tres años —la edad simbólica de Cristo, de Garcilaso y de Gavinet—, y sin embargo, no había corrido aún delante de los toros. No haber corrido siquiera a cien metros era absurdo; esto, en Pamplona, desprestigiaría al propio San Fermín, si descendiera de los altares.

Estaba Ilzarbe de camarero en Iruña, y cuando en su turno referían las épicas hazañas de los corredores, el mozo, que era un poco dormilón, se desperezaba en el acto, y las brujas del amor propio venían a escarbar en su conciencia aletargada, soplándole al oído lo mismo que a Macbeth:

¡Ilzarbe…, Ilzarbe…,
has sido siempre un cobarde!…

Y un año decidió espantar a sus brujas pasando el Rubicón de la calle Estafeta. Hora, las seis en punto de la mañana; fecha, el 7 de julio, primer día de Sanfermines.

Ahora, que Ilzarbe se conocía muy bien. Si confiaba en seco en su entereza, no era fácil que llegase a pisar la calle. Ilzarbe tenía más de evolutivo que de revolucionario; más de dormilón bucólico que de madrugador dinámico. Su corazón pastoril y sencillo, ansioso de la paz y el remanso de las propinas, veía con indiferencia derramarse el café o la leche, pero nunca la sangre. ¿Por qué, pues, tan gran empeño en paladear la sensación dramática de los encierros? Las brujas, las terribles brujas del amor propio, perdieron a este Macbeth de servilleta al hombro y bandeja en alto.

Digámoslo de una vez: Ilzarbe corrió aquel año. Corrió gracias a la alianza ofensiva y defensiva del coñac. Justo es advertir que rara vez bebía, y nunca licores.

A las seis menos cinco Ilzarbe escaló la valla de la calle Estafeta. Llevaba puesta una larga blusa blanca, que es el distintivo de todo buen corredor, y para aplacar el hormigueo de las piernas y los golpetazos furiosos de su corazón esforzado, blandía en la derecha una hermosa botella donde campeaban las simbólicas tres cepas.

Se hallaba mirando al cielo, con el motor de coñac en alto, cuando dispararon el primer cohete. Ilzarbe siguió bebiendo. Las olas más prudentes, simulando frialdad, iniciaron hipócritamente un trote cochinero hacia la plaza. Ilzarbe tornó a saludar a la botella ofrendando calurosamente. Las voces angustiosas de «¡ya vienen, ya vienen!, ¡arrea, que están aquí!», tampoco le hicieron ninguna mella. Se sentía más valiente que el Cid. Empujones, encontronazos, gritos agudos de pánico, nada le conmovía; otro toque a la botella y a seguir su camino despacio, levantando los pies a compás, con igual parsimonia que si marchase en la procesión del Viernes Santo. Y así llegó al redondel, no por convicción ideológica ni por sed de aplausos, sino gracias al filtro envenenado del ardiente coñac…

Al llegar a la mitad de la plaza, notó que nadie le seguía. «Así da gusto andar», pensaba. Le pareció oír a su alrededor ruido de cencerros, el silbido de un cohete y un rumor taladrante, sordo y largo, procedente de los tendidos, que le produjo un sueño invencible. Cerró los ojos, se abandonó al dulce letargo, y desde este momento ya no recordaba más.

¿Qué ocurría en la plaza mientras Ilzarbe se dormía plácidamente en las astas? Casi nada. Que nuestro hombre había batido aquel año el circuito del terror, derrotando a todos los campeones, incluso al valeroso Arrasate.

Acababan de entrar las últimas olas de pánico, cuando se vio venir un muñeco de larga blusa blanca avanzando con la acreditada calma de los crustáceos, y que en vez de desviarse hacia la valla seguía recto en dirección al chiquero. Quedó el público mudo de terror al ver que un toro enorme arremetía contra el obstáculo. Una ráfaga de aire hinchó la blusa del pelele, y el toro, empitonando aquella enorme vejiga, entró disparado al toril con Ilzarbe entre los cuernos. Cuentan que el grito de horror lo oyeron en Tafalla, que está a siete leguas…

De todos modos, la impresión fue enorme; y aunque la gente de la barrera aseguraba que no iba herido y que la blusa le había salvado, todo el mundo pensaba en la suerte de aquel hombre encerrado con un toro en el reducido espacio de un chiquero.

De tendido en tendido preguntábanse unos a otros: «¿Quién es? ¿Quién le ha visto?» Nadie conocía al héroe. Hasta que una voz ignorada, la voz que engendra los romanceros, poco ducha indudablemente en achaques filológicos, definió al individuo con una frase exacta, aunque antiacadémica:

—Es un soñador; Ilzarbe el soñador… —Y ante el gesto interrogante de los más próximos, aclaró en seguida—: ¡Sí, hombre, ese camarero del Iruña que está siempre durmiendo!…

Y en el acto los catorce mil espectadores repitieron regocijados: «¡Es un soñador! ¡Ilzarbe el soñador! ¡Viva Ilzarbe, el soñador del Iruña!…»

A la media hora se decía en todo Pamplona que a Ilzarbe el camarero le había matado un toro. Los más piadosos añadían que allá en los chiqueros quedaban los restos en menudos trozos de cuarto kilo. No era cierto. Una vez desalojada la plaza, salieron los toros de nuevo y pudo penetrarse en la mazmorra, donde Ilzarbe yacía como un leño.

Al reconocerle el médico se echó a reír, exclamando:

—¡Pero si no tiene nada más que una curda formidable! Se ha debido dormir en el momento mismo en que le cogía el toro. ¡A ver, el frasco del amoníaco!…

De la borrachera salió felizmente. Ahora, que durante los cuatro días de fiesta, Ilzarbe el pacífico hubo de resignarse a infundir el terror por calles y plazas. Se le miraba como a un resucitado; y las cuadrillas jaraneras que sin cesar recorren la ciudad cantando y bailando soltaban la carcajada al verle, y le seguían durante un rato repitiendo la frase inmortalizada desde el tendido: «¡Ahí va el soñador!… ¡Viva Ilzarbe el soñador!…» Y el mozo, ya un poco amoscado, pensaba para sus adentros, sin comprender bien la ironía: «¡Qué raro! ¡Indudablemente debo ser el único soñador de Pamplona!…»

 

Izurdiaga el bailarín

El ebanista Izurdiaga era un chico alto, espigado, de pálidas mejillas y nariz recta, un poco inclinada hacia abajo. Este matiz judaico abunda entre el pueblo vasco; el perfil del montañés puro recuerda demasiado las figuras algo pastoriles del Antiguo Testamento.

La especialidad de Izurdiaga consistía en presentarse en la Plaza del Castillo al anochecer del 6 de julio, y durante los cuatro días con sus cuatro noches bailar indefinidamente, sin que sus piernas conocieran el menor instante de reposo. La impresión era que le habían dado cuerda para todas las fiestas…

Bailaba siempre en primera fila, y destacándose en tal forma que allí donde sus piernas tejían graciosas grecas o trenzaban complicadas contorsiones, brotaba inmediatamente el corro de fieles dispuestos a admirar su artística danza con embobados ojos.

Delante de los kilikis, zaldiko-maldikos y gigantones o a respetable distancia de los novillos embolados; en los grupos de las calles o a la entrada de las tabernas; allí donde sonase un txistu o llegase el rumor de una gaita, se tenía la certeza de encontrarse a Izurdiaga impecable, pulcro, sin una mancha de vino en las albas alpargatas, ni la más pequeña laguna de grasa en el pantalón blanquísimo…

Llevaba una faja roja ciñendo la esbelta cintura, tirantes de seda y un pañuelo azul anudado al cuello. Todo en él era castizo, limpio y severo, hasta su baile. Las ágiles piernas bordaban vueltas y piruetas con una unción sacerdotal, no estudiada, sino naturalmente fisiológica. Jamás perdía el compás, jamás desentonaba mezclando extravagancias bufonescas. Bailaba con la lógica y el convencimiento de su antepasado David, y sin la incomodidad de llevar un arpa delante.

Tampoco exigía un compás determinado; le daba igual jota que polca, zortziko o aurresku. Para él no hubo nunca dificultades. Poseía ese oscuro secreto del ritmo que da elegancia a la línea, austeridad al movimiento y serenidad clásica a los miembros. Habría podido bailar en una pagoda a la hora del culto. Era el hombre primitivo danzando en la selva después de la batalla campal; era el bailarín por esencia, presencia y potencia.

El público veía en el gran Izurdiaga al oficiante perfecto. Aunque bailase en corro, a los ojos de sus fanáticos admiradores aparecía siempre solo, siempre aparte, como si en sus piernas, de una vibrante masculinidad, estuviese concentrada la quinta esencia del ritmo.

Los discípulos más fervorosos empeñábanse en conducir al maestro por la senda del heroísmo. Todos los años le proponían que bailase delante de un toro; pero Izurdiaga sólo llegó a atreverse con los embolados, y aun así, tomando sus precauciones. Mientras el becerro alanceaba borrachos en un extremo de la plaza, nuestro hombre atraía la admiración pública danzando en el opuesto. Si el toro se arrancaba, Izurdiaga, ganando disimuladamente la valla, proseguía el baile entre barreras. Esta extremada prudencia desesperaba a sus adeptos.

—¡Es que yo soy bailarín y no torero! —solía responder para sincerarse.

—¿Y qué? —le replicaban—. Hoy todos los toreros son bailarines. Mientras no te decidas, no hay modo de defenderte en todos los terrenos.

—¡Caray! ¿Y si se me arranca el bicho?

—¡Qué se va a arrancar, hombre! En último caso, cuatro chichones. Menudo triunfo para nosotros…

Tanto insistieron, que al fin acabó aceptando con ciertas reservas. En el fondo, sus incondicionales tenían razón. Lo único que le faltaba al estupendo Izurdiaga para ser eminentemente popular era la nota de valentía; el espaldarazo indispensable en una fiesta toda brío y salvajismo.

—Bueno —aceptó al cabo—, pero me habéis de dejar elegir el toro…

—Quita allá, eso está bien para toreros de cartel —le replicó Ezpanta—. Hay que atreverse con el que salga…

—Bastante entenderás tú de eso. Yo tengo mi experiencia. Si sale un toro algo amigo de la música os prometo bailar…

Pronto corrió la noticia de que aquel año Izurdiaga bailaría ante un morlaco; y el regocijo y la curiosidad aumentaron. Pero pasaban los días, iban a finar las fiestas, y el maestro seguía bailando en su rincón, lo más lejos posible del toro. El público murmuraba, creyéndose defraudado.

—¡Ya podía Izurdiaga arrimarse la mitad que usted! —exclamó una modistilla encarándose con Pedro Mari, que se rebullía en su asiento.

—¿Es que molesto o así, presiosa? —replicó Echenique galante.

—No, señor; abriga usted nada más. Y menos mal que hace frío…

—Entonces si usted quiere, nos vamos luego al ferial a comer churros —propuso el mozo, demostrando una lógica muy en armonía con su elocuencia…

Llegó el último día de corridas, y el toro ideal no se presentaba. Al cabo apareció en el ruedo un berrendo de enorme cabeza y arrogante estampa. Al verle, Izurdiaga saltó a la valla, y avanzó sonriente buscando los medios, mientras trenzaban sus blancas alpargatas la curva casi aérea del valiente mutildantza.

Se hizo el silencio en la plaza. El bailarín, puestas en alto las manos, cual si sostuviera unos invisibles crótalos, se fue acercando despacio. Los espectadores alargaron las jetas en espera piadosa de verle salir despedido hacia las nubes.

Con la sonora algarabía de los clarines triunfales, los dulzaineros de Estella iniciaron a dúo el vals de las vísperas de San Fermín. El célebre vals en que interviene el público modulando sus terribles «¡riau, riaus!» con la misma dulzura que si volviesen a su caverna después de una correría de caza y exterminio.

Izurdiaga, un poco pálido, hierático y erguido, danzaba rítmicamente siguiendo el aire popular. Sus doctas piernas, impávidas ante el peligro, avanzaban en zigzag, culebreando igual que sierpes. Y las níveas alpargatas, al iniciarse el «¡riau, riau!», ejecutado por diez mil voces salvajes, tejían un arabesco genial, ondulando en las vueltas lo mismo que oriflamas…

El toro, con el cuello inclinado, movía un poco los cuernos, escarbaba y mugía, pero sin embestir.«¡Ya envestirá!», pensaban los amorosos corazones refugiados en el tendido. A honesta distancia siempre, el gran Izurdiaga, mitad por pánico, mitad por fervor artístico, danzaba impasible sin mirar al público. Fija la vista en el toro, parecía bailar sólo para él. A veces se pensaba que iba a caer rendido frente a la fiera, como una bayadera sagrada que hubiese danzado horas y horas ante el trono milenario de su Dios…

Y aquí entra el milagro, que aún no ha tenido exvotos en un pueblo tan religioso. El monstruo de cabeza apocalíptica, encantado de aquel bailarín que no le hostigaba, ni le hería, ni le azuzaba, dobló tranquilamente una pata, luego otra; después, sus cuartos traseros buscaron la valla, y acabó echándose con ese reposo inteligente, heredado acaso del toro que descansa junto al evangelista Marcos. El fiero animal, mucho más intelectual que el público, se dio cuenta de que estaba ante un genio de la danza, y acataba al Arte, mirando asombrado al oficiante como un melómano perfecto. Su terrible testa de bruto tenía ahora un gesto reflexivo, digno de una cabeza de Rodin. Quizá pensase en el desencanto de aquella masa humana con soplo divino, un tanto desilusionada por tan inesperado final…

 

Escala y Urtasun

Los dos eran pelotaris. Escala, riberano de Corella, alto, parlanchín y picante como una guindilla. Urtasun, montañés de la Burunda, rechoncho, silencioso y duro como un dolmen de Aralar…

Todos los años ejecutaban la misma suerte ante los novillos embolados. Escala, pelotari delantero, hacía de caballo. Urtasun, zaguero fuerte y sólido, montaba encima, y blandiendo un junco largo y flexible a guisa de pica, avanzaban sobre el novillo y salían… por los aires.

Luego de echar un buen trago en la barrera, tornaban a repetir la hazaña, hasta que el toro, aburrido de voltearlos una y otra vez, huía de ellos entre las carcajadas del público regocijado.

Urtasun, empeñado en tomar en serio su papel, callaba; en cambio, el caballo rugía por los dos. «¡Dejarme solo, Cristo! —gritaba, arremetiendo contra los capeadores, al paso que repartía coces como un cuadrúpedo de verdad—. ¡Fuera todo el mundo, que a ese novillo le falta una vara! ¡San Jorobar… se está en Caparroso!…», añadía epilogando todas sus arengas con esta interjección francamente riberana.

La verdad es que los pelotaris formaban un conjunto grotesco. Iban los dos en mangas de camisa, pantalón blanco y fajas azules. Escala aprisionaba las piernas del montañés, y éste, agarrado a la cabeza de su caballo, en los momentos terribles, hurgaba con el junco los hocicos del embolado, hasta que el becerro, molesto, les mandaba al tendido hechos un ovillo…

Lo malo fue que en el último encierro quedó en la plaza un toro de verdad, un murube de astas largas y afiladas; y a un curda se le ocurrió gritar desde el tendido, encarándose con la simbólica pareja:

—¡Eh, Urtasun! A que no le ponéis una vara a ese limpiadientes?

El aludido guardó un prudente silencio a pretexto de empinar la bota; pero su caballo, animal más propenso a la oratoria, volvióse con los puños en alto hacia el sitio de donde había partido el reto, y contestó:

—¡Ese bicho es un buey, como tú! ¡Nosotros le ponemos una vara a ése… y a tu padre!

—¡Vamos a verlo! —remachó la voz anónima con la mejor intención.

—¡No, no!… —gritó el público puesto en pie—. ¡No seas bruto, Urtasun, que es un murube!…

—¡Pues por eso! —dijo estoicamente el aludido—. Si fuera un toro navarro, un carriquiri, no nos atreveríamos; pero con un buey andaluz… ahora lo veréis.

Y de un salto montó sobre su compañero con el junquillo en ristre.

El toro escarbaba la arena, sorprendido ante el avance de aquel grupo escultórico. La gente de los palcos rugía indignada: «¡Quitad a esos borrachos!… ¡A la cárcel!… ¡Fuera!…» Todo inútil. La extraña pareja llegó al mismo morrillo del toro, que ni siquiera se dignó concederles una mirada de simpatía.

Nosotros hubiésemos querido explicar el proceso sentimental de esta actitud estática que se apoderó de la temible fiera; pero desconocemos en absoluto la psicología de los toros de Murube. Lo cierto es que no se movió ni por casualidad. Una vez realizado el milagro, cualquier ser medianamente civilizado habría vuelto más que deprisa. Pero Urtasun y Escala llevaban mucho vino en el cuerpo, y siguieron firmes en su puesto con esa placidez de espíritu que sólo da el alcohol, y según algunos, la satisfacción del deber cumplido…

Urtasun, en vista del éxito, empezó a parodiar a los picadores de la tarde, alargando el junco a la manera de Badila o imitando con las riendas los movimientos elegantes de Agujetas, después de una buena vara. Y el toro, poseído sin duda de infinita piedad, los miraba asombrado, tranquilo, casi abriendo la boca, como un aldeano cualquiera que ve arder la colección de fuegos artificiales en la Plaza del Castillo…

—¡Ya basta!… ¡Fuera!… —seguían voceando los espectadores enloquecidos.

—¡No nos vamos sin ponerle las tres varas! ¡Ante todo hay que cumplir el reglamento! ¡San Jorobar… se está en Caparroso!… —replicó Escala volviéndose hacia los tendidos. Y más envalentonados cada vez, siguieron remedando el primer tercio de la lidia con todo el lujo de detalles adquiridos desde su tendido de sol. El toro, impasible, continuaba tejiendo bolillos con sus patas sobre la fina arena. Los dos héroes, ante aquella mansedumbre misteriosa, se decidieron a dar media vuelta, y la plaza respiró tranquila. Mas en el preciso momento de dar cara a la valla, cayó el toro sobre ellos como una tromba. Escala y Urtasun, recobrada mecánicamente su natural individualidad, salieron disparados, batiendo el record de altura por aquel año.

Los llevaron al hospital. Escala tenía medio metro de piel acardenalada y una pierna rota. Urtasun sufría maceración general de los huesos y la fractura de tres costillas. ¡Y todo ello gracias a un exceso de misticismo que les hizo volar demasiado altos!…

Cuando los amigos iban a visitarles, Urtasun el silencioso callaba; y el orador castelarino, sintiéndose conciso por primera vez en su vida, resumía los detalles del batacazo en esta frase:

—Total, poca cosa. Yo, una pata más débil, y Urtasun… tres costillas con tomate…

—¿Conque tres costillas … —insistían los camaradas deseosos de más amplia información.

—Sí, tres costillas con tomate y una metedura de pata. Eso fue todo — sentenciaba de nuevo el formidable Escala…

Aquella tarde en la corrida, allá, hacia el cuarto toro, cuando surgen las cazuelas de ajoarriero y el ruedo se llena de panes, botellas y restos de cordero en chilindrón, disparados sobre los sufridos centauros que la Academia llama simplemente picadores, la gente del Bronce refugiada en el tendido de sol, puestos en pie unos y agarrados otros a la maroma, rompieron a cantar a coro la copla del día, acordando su ritmo al ardiente y agresivo son de los dulzaineros de Viana:

Para toros, Carriquiri.
Para caballos, Escala.
Pa costillas con tomate
Urtasun, el de la vara…

 

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