La columna de hierro

Manuel Chaves Nogales

 

 

Se dobló sobre la barandilla del palco y echando el cuerpo fuera dijo algo que no entendió nadie.

—¡Viva el míster! —gritó una muchacha bonita que estaba a su lado, al parecer tan ebria como él. Todos los ojos se volvieron hacia ellos.

—¡Viva! —respondieron unos espectadores condescendientes.

El inglés, muy reposado, muy sonriente, volvió a dirigirse al divertido auditorio y con un ademán suave se puso a hablar de nuevo en su lengua. Una tempestad de gritos, aplausos, pataleos y silbidos estalló en la sala y ahogó su voz tenue. Sin dejar de sonreír y rojo como una amapola, aguantó el inglés en silencio la tormenta que había desencadenado ingenuamente. Cuando se convenció de que no podría dominar nunca aquel tumulto levantó el puño y gritó:

—¡Three cheers for mister Azaña! ¡Hip, hip, hip!…

Se redobló el escándalo. La muchedumbre del music-hall aullaba como una manada de fieras. Antes de que terminase su toast, un zapato de mujer cruzó la sala como un proyectil buscando la cabeza del inglés. Éste lo atrapó en el aire y se quedó considerándolo estupefacto. Hizo un gran ademán inexplicable y llevándose aquel zapato femenino a los labios lo besó. Una carcajada unánime sacudió a la multitud. La orquestilla cortó el tumulto atacando briosamente los compases de La Internacional, y la muchacha bonita que estaba detrás del inglés le pasó el brazo desnudo por la garganta y, tirando de él con fuerza, lo arrancó de la barandilla del palco y le atrajo hacia sí. El inglés, borracho perdido, se derrumbó en sus brazos. Ella lo besó y le puso en los labios una copa de champaña. Contento y satisfecho de sí mismo, el inglés se quedó quieto y callado con una inefable expresión de felicidad en los ojos claros.

Se reanudó el espectáculo. Cupletistas con feas voces y bonitos cuerpos cantaban mal, pero cantaban desnudas. El público no les consentía ni una cinta sobre los hombros. Cuando alguna se obstinaba en conservar sobre el cuerpo el más insignificante trozo de gasa se provocaba en la sala un escándalo terrible.

Sólo se toleraba que apareciesen vestidas las bailarinas andaluzas, que por sus fieros ademanes y sus desplantes trágicos se hacían acreedoras a la dignidad del vestido. El bolero, el fandango y la seguidilla eran lo único que estaba exento de la humillación de la desnudez. Eran también de una gran honestidad las intervenciones de un afeminado con disfraz de mujer que cantaba las más  lancinantes tragedias amorosas de Andalucía con patéticos trémolos y desgarrador acento. Su cara estucada, sus ademanes de andrógino y la pompa oriental de sus trajes bordados y recamados recordaban fielmente el disparate exótico de los actores del teatro japonés. Aparte estas concesiones al gusto por la pasión y la tragedia, que indudablemente sentía aquel público de levantinos apasionados, el espectáculo del music-hall se sostenía merced a la más humilde e ingenua salacidad.

Una mujercita rubia estaba en medio del escenario cantando un cuplé indecoroso encogida como una gatita y tan en cueros que daba frío verla, cuando allá en el fondo de la sala se advirtió cierto revuelo. ¿Unos milicianos borrachos que escandalizaban? ¿Alguien quería irse sin pagar? ¿Alguna disputa entre una artista y su novio? La gente no hizo demasiado caso y la gatita despellejada siguió cantando su cuplé. Un confuso rumor denunciaba, sin embargo, cierta intranquilidad en la sala. Algunos espectadores prudentes se ausentaron.

Luego, allí mismo, a la puerta del music-hall sonó un tiro de pistola como si hubiese sido una palmada y a continuación se oyó una descarga cerrada. Corrió la gente arremolinándose de un lado para otro. Los músicos de la orquestilla se callaron destiempo, y la muchachita desnuda que estaba en el escenario se quedó más desnuda y encogida cuando le faltó incluso el son de la música con que únicamente se arropaba. Se echaron fuera de los palcos los bravucones arrancándose del cinto las pistolas, corrieron y chillaron las mujeres, se metieron debajo de las mesas los cobardes, y salieron desesperados los camareros a sujetar a los que huían sin haber pagado. El inglés no se enteró de nada y siguió mirándose en los ojos de la muchacha bonita a la que había sentado sobre sus rodillas.

Afuera arreciaba el tiroteo. Las balas, atravesando la mampara de acceso al music-hall, cruzaban silbando por la sala. Los camareros y los milicianos que se habían agolpado a la entrada se tiraron prudentemente al suelo. Entró tambaleándose un hombre que se oprimía el vientre con las manos y, después de dar ocho o diez pasos, dobló las rodillas y dio con la cara en el suelo.

Hubo algunos segundos de aterradora quietud. Nadie osaba moverse. Luego hicieron irrupción en la  sala quince o veinte hombres con los fusiles y las pistolas en alto. Uno de ellos, que llevaba en la mano una gran pistola ametralladora, se adelantó solo hasta el centro de la sala, giró sobre sus talones echando alrededor una mirada de desafío, levantó el puño y gritó:

—¡Viva la Columna de Hierro!

—¡Viva! —respondieron las roncas voces de los demás intrusos.

Cortó el dramático silencio que estos vivas produjeron una voz destemplada que decía calmosamente:

—¡Three cheers for mister Azaña!

El inglés se había dado cuenta al fin de que algo importante ocurría y se volcaba sobre la barandilla del palco para lanzar su vítor predilecto. ¿Lo tomaron los recién llegados como una provocación? ¿Fue que no le entendieron? Lo cierto es que le descerrajaron un tiro. El inglés sintió pasar la bala junto a su cabeza, hizo el ademán grotesco de atrapar una mosca en el aire y se sonrió como si le tirasen confeti. La muchacha lo arrancó otra vez de la barandilla del palco y de un tirón desesperado le hizo rodar por el suelo. Allí estuvo forcejeando con él hasta que lo tuvo resignado a no incorporarse.

Mientras, los milicianos de la Columna de Hierro que habían tomado por asalto el music-hall hicieron retirar al infeliz que había recibido el tiro en el vientre y avanzaron bizarros por el patio con sus chaquetones de cuero, sus gorros de piel con orejeras y sus pistolones hasta instalarse con aire de conquistadores en los palcos más visibles. El que parecía ser jefe de aquella  tropa se acomodó rodeado de sus lugartenientes en un palco proscenio y, encarándose con el director de la orquestina, le gritó:

—¡Música, maestro, música!

* * *

La Columna de Hierro en pocas semanas había conseguido ser el terror de Levante. Formada por ciento cincuenta o doscientos hombres que habían desertado de los frentes de Teruel y Huesca, recorría los pueblos del antiguo reino de Valencia dedicada impunemente al pillaje y a la destrucción. Con el pretexto de limpiar el país de fascistas emboscados iban aquellos hombres por pueblos y aldeas matando y saqueando a su antojo, sin que las escasas fuerzas de orden público de que disponían las autoridades pudiesen hacerles frente.

La mayor parte de los componentes de aquella columna eran ex presidiarios acogidos al hospitalario pabellón rojinegro de los anarquistas. Gente toda salida de las cárceles o de los tugurios del Barrio Chino de Barcelona, que en los primeros momentos de la revolución se unieron a los honrados luchadores del pueblo y, mezclados con ellos, tomaron parte en aquellas insensatas expediciones que   desde Barcelona y Valencia salían para librar del yugo fascista a las provincias que no habían tenido bastante coraje para sacudírselo por sí mismas. Mientras la guerra se redujo al asalto y saqueo de villas indefensas, aquellas bandas prestaron su apoyo a los defensores de la República, pero cuando se estabilizaron los frentes y la lucha tuvo ya los caracteres de una verdadera guerra, empezaron a flaquear y a traicionarse. Los líderes anarquistas de buena fe, que también los había, cuando tropezaron con la resistencia organizada del ejército sublevado no tuvieron más remedio que sacrificar sus utopías libertarias a la necesidad imperiosa de una disciplina y una jerarquía. Buenaventura Durruti, el cabecilla anarquista que había salido de Barcelona llevando tras sí a toda la canalla de los bajos fondos, se trocó rápidamente en el caudillo más inflexible y autoritario. En pocas semanas sometió a su gente a una disciplina de hierro verdaderamente inhumana. Pocas veces un jefe ha ejercido un poder personal tan absoluto. El que flaqueaba, el que desobedecía, el que intentaba huir, pagaba con la vida. Su pistola amenazaba constantemente el pecho de los camaradas que intentaban rebelarse. Cuando alguno, invocando los  sagrados derechos de la mutua convicción anárquica, le exponía su deseo de abandonar el frente, Durruti, que no podía renegar de sus doctrinas, le arrancaba de las manos el fusil, le desposeía de cuanto llevaba encima y dejándole casi desnudo le ponía al borde de la carretera diciéndole:

—Eres libre y puedes irte si quieres. Te quito todo lo que el pueblo te había dado para que lo defendieses. Ahí tienes el camino. Pero ten cuidado; para el traidor a la causa siempre hay una bala perdida.

Casi ninguno de aquellos desertores llegaba a su destino.

Un día el terrible caudillo advirtió el estrago que en sus filas ocasionaba la tropilla de mujeres de vida airada que iban detrás de los milicianos. Como lo pensó lo hizo. En la madrugada fusiló a media docena de aquellas desgraciadas. Toda la canalla del Barrio Chino de Barcelona, prostitutas, invertidos, rateros y espías, desapareció como por ensalmo.

Éste bárbaro caudillaje fue eliminando del frente a los criminales y a los cobardes que habían acudido sólo al olor del botín. Destacamentos enteros se desgajaron en franca rebeldía del núcleo de las fuerzas gubernamentales, y una de estas fracciones indisciplinadas de la Columna de Hierro era la que recorría la comarca sembrando el terror por dondequiera que pasaba. Al principio eran sólo unas docenas de hombres sin más armamento que sus fusiles, pero luego creció la hueste con la incorporación de otros muchos desertores y criminales que merodeaban por el país. Cuando se consideraron fuertes entraron a viva fuerza en Castellón arrollando a los gubernamentales y apoderándose de sus armas. Luego, cuando constituían ya una verdadera columna con camiones, ametralladoras e incluso algún carro blindado, se lanzaron sobre Valencia. Su entrada por sorpresa en la capital de Levante sembró la confusión y el pánico entre las fuerzas leales de la República. Durante varias horas los hombres de la Columna de Hierro fueron dueños absolutos de la gran ciudad y se entregaron impunemente al saqueo. Finalmente se fueron a los music-hall y cabarés para beber y para incautarse de las mujeres y del dinero de las taquillas.

Donde les hicieron resistencia se abrieron paso a tiro limpio. Aquélla horda iba dispuesta a satisfacer a toda costa sus feroces apetitos. Instalados triunfalmente en los palcos del music-hall, obligaron a que continuase el espectáculo y se hicieron servir vinos y licores sin tasa. Las pobres mujeres aterradas intentaban escabullirse, pero los milicianos de la Columna de Hierro que tenían hambre de ellas las cazaban al vuelo y las retenían en los palcos, donde se divertían manoseándolas, haciéndoles beber y asustándolas. El público pacífico fue filtrándose discretamente y poco después no quedaban en el music-hall más que los milicianos de la Columna de Hierro y aquel inglés borracho que se debatía en el palco con la muchachita.

—¿Quién es aquel tío? —preguntó el que parecía ser jefe de la tropilla, a quien sus hombres llamaban, no se sabe por qué, el Chino.

—Un aviador inglés voluntario que ha venido hoy de Albacete disfrutando de un permiso y se gasta alegremente sus libras con una tanguista. Es un chalao que tiene la manía de dar vivas a Azaña en inglés —informó puntualmente el camarero.

—Hay que invitar a ese mozo a ver qué tiene en la barriga —replicó el Chino.

Se fue lentamente hacia el palco donde estaba el inglés, se le aproximó, le saludó con el puño en alto y le invitó a ir al palco donde estaban sus hombres para beber una copa con ellos. El inglés aceptó encantado.

—¿Tú no vienes con nosotros, niña? —preguntó el Chino encarándose con la tanguista.

—Miss Pepita —presentó ceremoniosamente el inglés.

—Salud.

—Salud.

Se miraron mutuamente de arriba abajo sin ninguna cordialidad. Ella intentó disuadir a su amigo de la idea de irse a beber con los milicianos.

—Si no puedes beber más, Jorge —le decía—; si no te puedes lamer, si estás borracho perdido.

—Yo puedo, yo puedo —aseguró el aviador saliendo muy derecho del brazo del Chino.

Tras ellos se fue Pepita, resignada.

Cuando entraron en el palco de los milicianos, una mujer gorda y desnuda danzaba en el escenario. Los hombres de la Columna de Hierro seguían atentos los movimientos de la gorda danzarina. Uno de ellos, apodado el Negus por la barba negrísima que se había dejado crecer, aprovechó el palco proscenio y, dando un salto de mono, se subió al tablado, cogió por la desnuda cintura a la artista y se la llevó en brazos hasta el palco, en el que la dejó caer sobre la mesa con gran estrépito de vasos y botellas. La mujer, aterrorizada, intentaba sonreír con los ojos preñados de lágrimas. El Negus se echó sobre ella y le refregó por la cara su barba hirsuta. Ella le rechazaba horrorizada y, mientras, el público reía del grotesco rapto a carcajada limpia.

El aviador, que contemplaba la escena tan estupefacto como si hubiese caído de la Luna, tuvo una reacción inesperada y, echando mano al Negus, le dio la vuelta y cuando lo tuvo enfrente le atizó un puñetazo en la selva de la barba que le hizo caer de espaldas, con la cabeza colgada hacia atrás. Hubo un momento difícil.

Pepita se pegó al costado del inglés. El Negus se levantaba aturdido buscándose en el cinto la pistola. El Chino cortó el incidente sujetando al miliciano y echando a broma la cosa.

—Creí que el puñetazo del inglés te había afeitado en seco, Negus.

—A ese tío me lo cargo yo… —decía forcejeando el agredido.

—¡Vamos, anda! Déjate de bravatas. El inglés es un amigo. ¿Verdad, míster?

—¡Oh, sí!

Y le tendió la mano con tan humilde franqueza que el Negus no tuvo más remedio que estrecharla.

—Eres un tío pegando, míster —le dijo el Chino—; deberías venirte con nosotros.

—¿Adónde?

—A pelear contra los fascistas; a no dejar uno vivo. ¿No has venido de tu tierra a luchar contra ellos? Pues anda, vente con nosotros.

—Bueno —replicó lacónicamente el inglés—. Yo quiero ir a luchar contra los fascistas y a matarlos.

—¡Viva el míster! —gritaron los milicianos.

—¡Three cheers for mister Azaña! ¡Hip, hip, hip…! —gritó una vez más el aviador inglés.

Y cayó, borracho perdido, en los brazos de Pepita, que estuvo intentando inútilmente convencerle de que no debía ir con aquella tropa.

Cuando al amanecer vio que los milicianos cargaban con Jorge y lo metían en uno de los camiones que tenían a la puerta, Pepita tuvo un momento de angustia y desesperación. Luego, arrebujándose en su abriguito de seda, saltó también al camión y se fue con ellos.

* * *

Toda la mañana la pasaron bajo el toldo del camión que se arrastraba chirriando por las carreteras. Jorge se había tumbado cuan largo era en la batea del camión y dormía profundamente. Pepita, acurrucada en un rincón, había colocado la cabeza del inglés sobre su regazo y cabeceaba somnolienta sin conseguir dormirse del todo.

Entre sueños advertía las largas paradas de la caravana en las plazas de los pueblos y las frecuentes disputas que los hombres de la Columna de Hierro sostenían con los milicianos y los comités locales.

Aquéllas expediciones de las bandas armadas que volvían del frente eran el azote del país. Con el pretexto de limpiar la retaguardia iban por pueblos y aldeas cometiendo toda clase de abusos y crímenes. Su disculpa era la de que las milicias y los comités locales no actuaban con un verdadero sentido revolucionario. Los fascistas se amparaban en los compromisos de la vecindad y en las relaciones familiares para escapar al castigo que merecían. En los pueblos, sobre todo en aquellos de la rica región valenciana, había demasiado espíritu burgués, demasiada condescendencia para con los contrarrevolucionarios. Ésta era, al menos, la justificación de cuantos atropellos cometían aquellas bandas.

Los pueblos castigados soportaban difícilmente aquellas expediciones de los desertores del frente, y, celosos de su lealtad al régimen republicano, reclamaban del gobierno que impidiese aquel azote. Pero el gobierno poco auxilio podía prestarles.

Todas las fuerzas con que contaba estaban en los frentes, y cuando los hombres de la Columna de Hierro se presentaban en un pueblo, las autoridades locales tenían que pactar suministrándoles cuanto les pedían —armas, dineros, sangre— o luchar contra ellos a la desesperada. A veces los comités locales conseguían imponerse y salvaban al pueblo del despojo. Otras veces sucumbían.

La expedición en que se habían enrolado insensatamente Pepita y el aviador inglés llegó después de mediodía a las puertas de Benacil, próspera villa levantina que se alzaba entre naranjos y palmeras en medio de una huerta feracísima. Las milicias locales destacadas en la carretera obligaron a la caravana de camiones a detenerse. Habían cortado el paso levantando unos parapetos de sacos terreros, y los hombres de la Columna de Hierro no tuvieron más remedio que pactar con los indígenas, so pena de haberse enzarzado con ellos en una lucha sangrienta a la que, por las trazas, estaban decididos.

El Chino, procediendo con cautela, prefirió negociar. Acudieron los miembros del comité revolucionario de Benacil, en su mayor parte republicanos y socialistas. El presidente, Pepet, un viejo huertano republicano de los tiempos de Blasco Ibáñez, se mostraba intransigente; a su lado, Tomás, el secretario del comité, miembro de la juventud socialista, sostenía la argumentación del viejo con su firme dialéctica típicamente marxista. La lealtad revolucionaria de Benacil estaba asegurada; los fascistas de la villa se hallaban ya a buen recaudo y el comité que los tenía bajo su custodia respondía de ellos; las milicias locales aseguraban, además, el orden en la villa y el estricto cumplimiento de las disposiciones gubernamentales. El Chino, que se decía enfáticamente portavoz del frente, reclamó con duras y elocuentes palabras que se pusieran a su disposición cuantas armas hubiera en Benacil, exigió que los presos fascistas fuesen sometidos a la vigilancia de sus hombres e insistió en que el comité local y sus milicias debían prestarle auxilio en la tarea de depuración que, a pesar de todo cuanto aseguraban, había que llevar a cabo en el pueblo.

No se ponían de acuerdo, pero mientras ellos discutían, los hombres de la Columna de Hierro habían ido evolucionando hábilmente, y cuando los milicianos de Benacil pudieron advertir la maniobra, sus parapetos estaban desbordados y podían ser batidos por los fusiles y las ametralladoras de los intrusos. Éstos apartaban ya los obstáculos acumulados en la carretera y ponían de nuevo en marcha los motores de sus camiones, dispuestos a avanzar a todo trance. El Chino dijo entonces a los miembros del comité local:

—Mis hombres tienen que cumplir su misión revolucionaria y es una estupidez que ustedes intenten oponerse. Los declararíamos contrarrevolucionarios y correrían la misma suerte que los fascistas.

Tuvieron que resignarse. Los camiones de la Columna de Hierro hicieron su entrada triunfal en la villa, que parecía desierta, y fueron a detenerse delante del antiguo palacio de los marqueses de Benacil, cuyos salones fueron invadidos por el Chino y sus hombres.

A todo esto, el aviador inglés seguía durmiendo como un leño en la batea del camión que le había transportado, y Pepita, sentada junto a él, velaba su sueño.

—¿Qué hacemos con tu hombre? —preguntó a Pepita uno de los milicianos dedicados a descargar la impedimenta.

—Vamos a subirlo y lo acostaremos donde se pueda —respondió ella.

El miliciano se echó al hombro el inglés como si fuera un costal y lo depositó en el blando lecho de uno de los dormitorios del palacio. Pepita, que había ido tras él, se encontró frente a aquel hombre, que después de dejar su carga la abordó sonriendo:

—¡Bueno, guapa, a ver cuándo me toca a mí!

Le guiñó un ojo maliciosamente, salió y cerró la puerta tras él. Pepita, cuando se encontró a solas con Jorge, que ni siquiera se había movido, le quitó los zapatos, le desabrochó el cuello, le arropó con unas mantas, cerró las ventanas, corrió las cortinas y luego se acurrucó a los pies de la cama como una gatita y se quedó dormida.

* * *

El comité revolucionario de Benacil, reunido en el ayuntamiento, deliberó sobre la situación creada por la llegada de la Columna de Hierro. Aquéllos hombres que durante toda su vida habían luchado por el triunfo de sus ideales revolucionarios no se resignaban a que la revolución los desbordase, y estaban dispuestos a hacer frente a aquella fuerza sin control que trataba de apoderarse de ella.

—Si dejamos a esos bandidos de la Columna de Hierro lanzarse al saqueo y la matanza, el pueblo se revolverá luego contra nosotros, que seremos a sus ojos los responsables de los crímenes que hayan cometido —decía Pepet, el viejo republicano que presidía el comité.

—No podemos luchar; hemos sido desbordados hace tiempo —aseguraban sus correligionarios, descorazonados.

—Hay que resistir a todo trance y conservar en nuestras manos el control de la revolución —replicaba con impresionante fuerza Tomás, el joven socialista—; procuraremos combatir el terrorismo de esas bandas armadas que vuelven del frente y al final las extirparemos como hemos extirpado al fascismo.

—Sí, pero mientras esos bandidos puedan actuar impunemente, el pueblo nos hará a nosotros responsables. Si dejamos las manos libres a los criminales de la Columna de Hierro, la opinión se pondrá en contra nuestra. Ya lo estamos viendo.

Los pueblos por donde pasan esos bandoleros se tornan fascistas. Esos canallas son los mejores propagandistas de Franco. Yo he visto a viejos republicanos demócratas auténticos renegar de la revolución y desear el triunfo del fascismo —replicó el tío Pepet. —Es el horror de la guerra lo que provoca esas reacciones. ¿Crees tú que del otro lado no hay gente de bien, conservadoras y católicas, a las que están convirtiendo en revolucionarias los asesinatos de los falangistas? Seis meses más de guerra y verías la inmensa mayoría de los revolucionarios de hoy convertirse en reaccionarios, pero también dentro de medio año, si la guerra continúa, no le quedarán a Franco más que sus asesinos pagados. Las poblaciones que al principio se pusieron a su lado suspirarán por un régimen de libertad y porque cese al fin el régimen de terror a que las tienen sometidas.

—Todo eso son tonterías e imaginaciones. Aquí lo importante es no dejar que el pueblo sea víctima de esa horda de asesinos. Yo, si no sabemos impedirlo, me voy a casa resignado a esperar que las tropas de Franco vengan y me degüellen —afirmó Pepet. —Y yo.

—Y yo.

Los viejos republicanos, los demócratas, los liberales, desertaban aterrados. Tomás, el secretario, procuró devolverles la perdida fe. Renunciar a la lucha, por muy feroz que fuese, era una cobardía y un suicidio. La guerra y la revolución eran así. Había que afrontarlas con todo su horror. Darían la batalla a los bandidos de la Columna de Hierro. En el pueblo y la huerta que la circundaba había hombres con coraje para hacerles frente, y si ellos no se bastaban, pedirían refuerzos al gobierno, que no podía negárselos. Todo menos claudicar.

Antes de que anocheciese, el comité tenía su plan trazado. Cada cual salió por su lado para cumplir la misión que se le confiara. Pepet y los demás jefes republicanos circularon órdenes de concentración a los huertanos. Partieron rápidos los emisarios batiendo los caminillos de la huerta con sus alpargatas; la voz de alarma corrió por el laberinto de barracas y alquerías. Pronto los senderos de la huerta empezaron a poblarse de campesinos que, arrebujados en sus mantas y con su retaco bajo el brazo, acudían solícitos a defender «su» república, aquella república ideal con la que habían soñado de padres a hijos y que ahora querían arrebatarles de entre las manos por uno y otro lado. La vieja fe democrática tenía aún sus defensores.

Mientras, en la casa del pueblo de Benacil, Tomás reunía a las juventudes obreras de la villa, socialistas y comunistas, y las arengaba para lanzarlas a la lucha contra los que hasta aquel día habían sido sus aliados y de la noche a la mañana se convertían en el más peligroso enemigo. Era difícil convencer a aquellos hombres de espíritu revolucionario y estrecha mentalidad proletaria para que se lanzasen a combatir contra quienes eran tan proletarios como ellos y actuaban también en nombre de la revolución. Pero el fanatismo y la disciplina comunistas obran milagros. Aquéllos hombres lucharían contra los anarquizantes de la Columna de Hierro con el mismo fervor con que luchaban contra los fascistas. Se trataba de enemigos de la dictadura del proletariado, y esto bastaba para que estuviesen dispuestos a aniquilarlos.

En tanto el comité revolucionario de Benacil convocaba a su huestes y las distribuía estratégicamente, los hombres de la Columna de Hierro comenzaron a actuar por su cuenta. El Chino, rodeado de sus lugartenientes, se presentó en la prisión de Benacil apenas cayó la noche y reclamó que se le entregasen todos los presos fascistas. Pepet y Tomás, oportunamente avisados, se presentaron en el acto.

—¿Para qué quieres a los presos? —preguntó Tomás.

—Para hacer la justicia revolucionaria que vosotros no habéis sabido hacer —replicó el Chino.

Tenían la prisión cercada por sus hombres, y allí mismo, en el patio, rodeándole, estaban tres o cuatro de sus más bravos auxiliares. Se sentía fuerte.

—Aquí no hay más autoridad que la del comité —insistió Tomás.

—Yo me río de todas vuestras autoridades y de vuestros comités. Aquí no hay más voluntad que la del pueblo, y en nombre del pueblo fusilaremos a los presos fascistas o los pondremos en libertad según se les antoje a mis hombres, que son el pueblo en armas. ¿Te enteras?

—Tú lo que quieres es asesinar a unos infelices y poner en libertad a los contrarrevolucionarios que te convenga. ¿Cómo te han pagado los fascistas, canalla?

El Chino le saltó al cuello, pero Tomás consiguió desasirse y, sacando la pistola con un rápido movimiento, lo contuvo momentáneamente, así como a sus hombres, mientras decía a uno de los milicianos del pueblo que estaba a su lado:

—Avisen a las milicias para que vengan a detener a estos bandidos.

El Chino y sus hombres, encañonado por Pepet y Tomás, no pudieron impedir que el miliciano partiera, pero bastó que uno de ellos diese un estridente silbido para que se presentasen diez o doce individuos de la Columna de Hierro, que, apenas advirtieron lo que sucedía, se precipitaron sobre Pepet y Tomás y los desarmaron.

—¿Conque ibais a detenerme, eh? —dijo el Chino amenazándoles con su pistola —. Yo soy quien va a fusilaros por traidores y contrarrevolucionarios.

Ordenó que los esposasen y se preparó a rechazar el posible ataque de los milicianos de Benacil. Éste no se hizo esperar. Llegó primero una patrulla de quince o veinte hombres que fueron dispersados fácilmente a la primera descarga que les hicieron.

El Chino, decidido a aprovechar el tiempo, ordenó luego que se concentrase en la defensa de la prisión el grueso de la columna; que los camiones, debidamente protegidos, estuviesen dispuestos y en orden de marcha, y que sus lugartenientes entrasen en las galerías de la cárcel y se apoderasen de los presos fascistas para irlos conduciendo a los camiones, pues tenía el propósito de llevárselos consigo en caso de tener que batirse en retirada.

Apenas habían comenzado a desfilar los presos ante el Chino, que los interrogaba personalmente, cuando se oyeron nuevas descargas en los alrededores de la cárcel.

Las milicias de Benacil acudían en masa a libertar a sus jefes sabiendo ya que estaban prisioneros. El Chino no se alarmó.

—Esos idiotas se van a hacer ametrallar por mi gente —comentó.

Pero la lucha era más dura de lo que los milicianos de la Columna de Hierro esperaban. Los milicianos de Benacil acudían en oleadas dispuestos a batirse con coraje y estaban organizando un verdadero asedio a la prisión. Llegó el grueso de la columna, pero aquellos ciento cincuenta hombres no bastaban para contener la presión de la muchedumbre armada. La confusión y el estruendo de la lucha eran aterradores.

Entre los prisioneros fascistas se produjo un movimiento de pavor. Ignorantes de cuanto ocurría, pero convencidos de que eran sus vidas lo que se jugaba en el albur de aquella batalla, buscaban angustiadamente la ocasión de huir a favor del tumulto, golpeaban frenéticamente las puertas de sus celdas y daban gritos desgarradores. Los milicianos de la Columna de Hierro entraban en las galerías donde seguían encerrados, los acorralaban a culatazos y se parapetaban detrás de las ventanas para disparar contra los asaltantes. Hubo un momento en que la presión de éstos arrolló a los hombres del Chino, que, cobardes al fin y al cabo, se replegaron en desorden y se metieron como bestias acosadas en el interior de la cárcel. Con ellos iba una muchacha, también con pantalón de pana y cazadora de cuero, que, esgrimiendo una pistola, gritaba como una furia para dar aliento y coraje a los luchadores.

* * *

Cuando el ruido distante de las descargas le despertó al fin, se encontró Jorge con que estaba solo en un palacio abandonado. Le costó trabajo recordar lo que había sucedido y ni siquiera intentó explicarse su presencia en aquel lugar. El estrépito de la batalla que en los alrededores de la cárcel se estaba librando le hizo salir precipitadamente y encaminarse hacia el lugar de donde partían las detonaciones.

En la calle vio a muchos hombres que corrían en la misma dirección. Paró a uno de ellos y le preguntó:

—¿Qué pasa?

El interpelado, un rudo huertano que acudía armado de una vieja escopeta a defender «su» república sin saber a ciencia cierta qué clase de enemigo la amenazaba, contestó lacónicamente:

—Que quieren asaltar la cárcel para apoderarse de los presos fascistas.

—¿Pero quiénes son los asaltantes?

—Unos bandidos fascistas.

—¿Y cómo han llegado los fascistas hasta aquí?

—¡Ah! ¿Yo qué sé? Y echó a correr.

El aviador inglés, estupefacto, se acercó a los grupos que, parapetados en los alrededores de la cárcel, hacían fuego contra los hombres de la Columna de Hierro.

Era indudable que los fascistas habían intentado un golpe de mano en aquel lugar.

Sacó la pistola y se marchó con la gente del pueblo, pensando que, ya que su ferviente anhelo de combatir el fascismo le había llevado, no sabía cómo, hasta allí, su deber era batirse lealmente. Una vez metido en la aventura, no valía echarse atrás.

Un asalto en regla a la prisión se preparaba. Había que desalojar al enemigo de la cárcel antes de que tuviese tiempo de asesinar a los prisioneros. Se oyó una voz que pedía: —¡A ver! ¡Voluntarios para ir a pecho descubierto hasta el portal de la cárcel y hacerse fuertes en él!

Se destacaron seis o siete hombres, jóvenes en su mayoría. Jorge se unió a ellos.

—¿Dónde vas tú con eso? —le preguntó uno de los que parecían jefes de los milicianos mirando desdeñosamente la diminuta pistola del inglés—. Tira ese juguete y toma éste.

Le puso entre las manos un fusil.

—¿Cómo se dispara? —preguntó ingenuamente Jorge.

—Así —le replicó el miliciano abriendo y cerrando el cerrojo del máuser. ¿Sabrás hacerlo?

—Sí —le replicó el inglés, y se colocó entre los voluntarios que se disponían al asalto.

Acecharon el momento oportuno y, a todo correr, con el cuerpo inclinado a tierra, abandonaron la esquina que los protegía y se lanzaron a atravesar la plaza bajo el fuego terrible que les hacían los hombres del Chino.

Los asaltantes iban corriendo y disparando simultáneamente. Jorge quiso imitarlos, pero, aunque apretó el gatillo del máuser, el tiro no salió. En aquel momento el portal de la prisión se abrió y una ráfaga de plomo segó a los milicianos.

El inglés tiró el inútil fusil y, cerrando los ojos y encogiendo el cuerpo, se precipitó ciegamente hacia aquel boquete negro del portal que vomitaba fuego sobre ellos. Los de la Columna de Hierro habían emplazado una ametralladora en el fondo del zaguán y antes de que los milicianos pudieran acercarse o huir los habían barrido. Sólo Jorge llegó indemne hasta la puerta de la prisión. Ya dentro del zaguán, uno de los bandidos que le encañonaba con un fusil se fijó en él y bajó el arma sorprendido.

—¡Pero si es nuestro inglés! —exclamó.

Le trincaron por el brazo y se lo llevaron al Chino.

—¿Qué hacías, idiota? —le preguntó éste.

Jorge, tan sorprendido de hallarse entre sus amigos de la víspera como de haber estado combatiendo contra ellos sin saberlo, respondió:

—Peleaba contra los fascistas.

—¡Pero si los fascistas son ésos de ahí fuera!

No quiso creerlo y lo dejaron por imposible. No podían perder el tiempo en darle explicaciones, ni siquiera en matarlo. Jorge, escarmentado, no quiso seguir jugándose la vida mientras no supiese a ciencia cierta por qué causa se la jugaba, y se metió por la prisión adentro dispuesto a esperar filosóficamente el final de aquella incomprensible tremolina. Al subir a la planta alta del edificio oyó unos pasos cautelosos; se apartó prudentemente y se quedó disimulado en el hueco de la escalera.

Un grupo de presos fascistas se aprovechaba de la confusión de la batalla para fugarse. Iban sigilosamente buscando una salida conducidos por una muchacha con uniforme de miliciano que llevaba en el puño una pistola.

—¡Pepita! —exclamó Jorge al verla.

Cuando los presos llegaron al patio, Pepita les hizo ocultarse tras unas gruesas pilastras que había detrás del zaguán, a espaldas mismas de los que manejaban la ametralladora.

—Acechad aquí —les dijo— el momento en que entren los asaltantes o en que éstos intenten una salida, y mezclados con ellos procurad huir y poneros a salvo. Estáis a dos pasos de la puerta.

—¡Arriba España! —respondió uno de los prisioneros en voz baja.

Pepita se volvió y comenzó a subir las escaleras. Jorge la alcanzó con dos zancadas, la sujetó por la cintura y le dijo emocionado:

—Has hecho bien en salvar la vida de esos desgraciados. Sospecho que son los presos fascistas, pero te has portado como debías evitando que los asesinen. Ya los mataremos luchando noblemente contra ellos.

Pepita, temerosa de una indiscreción de Jorge, le recomendó silencio y disimulo.

—¡Oh, sí! —la tranquilizó él—. Empiezo a comprender la situación. Por eso te digo que has hecho bien en salvarlos.

Se unieron al grupo que formaban el Chino y sus lugartenientes. Pepita, cambiando de aspecto radicalmente tan pronto como se vio de nuevo entre los hombres de la Columna de Hierro, volvió a lanzar bravatas y juramentos para excitar a los que luchaban.

La cosa iba mal para ellos, pero el Chino era hombre astuto. Decidió batirse en retirada. No había ya que pensar en los presos fascistas, sino en escapar de aquella ratonera. Distrajo la atención del núcleo principal de los asaltantes llevándola hacia uno de los ángulos más apartados del edificio, en el que hizo arrancar los hierros de una ventana como si los sitiados fuesen a intentar una salida desesperada por aquel lado, y simultáneamente concentró a todos sus hombres frente a la entrada principal.

A una señal suya se echaron fuera denodadamente. En la vanguardia iban cuatro hombres con cuatro fusiles ametralladores que levantaban delante de ellos una cortina de fuego. Un hércules de ciento y pico de kilos que cargaba con la ametralladora caminaba disparándola apoyada contra su pecho. La rápida y furiosa salida abrió brecha en los sitiadores, y los hombres de la Columna de Hierro pudieron llegar, a costa de algunas bajas, hasta donde les esperaban los camiones con los motores en marcha.

Llevaban con ellos, esposados, a Pepet, el presidente del comité, y a Tomás, el secretario, a los que estuvieron exponiendo visiblemente al fuego de sus propios partidarios para que les cubriesen la retirada. Los presos fascistas que, advertidos por Pepita, habían salido de la cárcel confundidos con ellos, se dispersaron en el trayecto.

Cuando ya se perdían de vista las lucecitas de Benacil y habían dejado de silbar las balas de los milicianos, el Chino hizo recuento de sus hombres. Las bajas no llegaban a veinte entre muertos y heridos. ¡Bah! La Columna de Hierro se había salvado. ¡Adelante!

Antes de que amaneciese hicieron alto de nuevo, ya a unos veinte o treinta kilómetros de Benacil. Jorge, que iba al lado de Pepita en el fondo de uno de los camiones, la invitó a aprovechar la parada de la columna para caminar un rato a pie y hablar sin testigos; ya les darían alcance los camiones cuando reanudasen la marcha.

Pepita, que iba ensimismada con los codos en las rodillas y las mejillas entre las palmas de las manos, miró compasivamente al inglés con sus ojos febriles y sin decir palabra se tiró del camión y echó a andar carretera adelante. Jorge la siguió en silencio también.

Le tenía tan desconcertado la conducta extraña de la muchacha que no sabía qué decirle. Lo indudable era que ella, no obstante haberse batido con el mismo coraje que un hombre al lado de sus cantaradas, había favorecido luego la fuga de los fascistas. ¿Por qué? Jorge pensó que había sido un sentimiento de piedad hacia aquellos infelices lo que había impulsado a la muchacha y, creyéndolo así, quiso retirarle la seguridad de que había procedido noblemente.

—Por grande que sea mi odio a los fascistas, yo hubiese procedido igual que tú —le susurró al oído.

Ella le miró a los ojos y le dijo con voz agria:

—¿Y quién te ha dicho a ti que yo odio a los fascistas?

Jorge, inmutado, no contestó.

—Yo no tengo odio a los fascistas —siguió diciendo ella atropelladamente—. ¡Yo soy fascista! ¿Te enteras? Eso que tú llamas el pueblo es una banda de asesinos. Estás con los tuyos. Por ellos has venido a luchar románticamente. ¿Qué? ¿Te encuentras a gusto entre ellos? ¡Yo sí! ¡Yo los encuentro admirables! Pero no porque crea estúpidamente que van a redimir a la humanidad ni porque los considere capaces de otra cosa que de asesinar y robar, sino precisamente por eso, por su fuerza destructora, porque sé que ellos mismos son los que van a acabar con todos vosotros, con vuestra república y vuestra democracia. Yo no creo en el pueblo ni en sus virtudes. Creo en los héroes, en los hombres que saben mandar y obedecer y morir por su deber si es preciso; creo en los jefes y en los fascistas y en los militares. Mi padre era militar y murió en África luchando; mis hermanos son oficiales del ejército de Franco, yo…

Se detuvo. Cambiando de tono, habló luego con voz más grave y profunda.

—… Yo debía haber sido tu perdición. Te busqué y te llevé al music-hall para que te emborrachases como un imbécil y obtener de ti cuanto necesitaba. ¡No he sabido hacerlo! ¡No he querido hacerlo porque me has dado lástima! ¡Vete!

Subían lentamente un repecho desde cuya cima se veían a lo lejos los primeros resplandores del nuevo día. Ella, con la cara vuelta, rehuía la mirada de él.

—¡Vete! Hubo un momento en el que creí que eras sencillamente un aventurero y pensé que podría arrastrarte fácilmente a que desertaras. Ahora que empiezo a conocerte he perdido toda esperanza de conseguirlo. Anoche, cuando vi que te sumabas estúpidamente a esta tropa de bandoleros, me vine contigo pensando en que los crímenes de esta gente te darían al fin repugnancia y reaccionarías como yo hubiese querido: pasándote al bando fascista. Ya sé que no serás nunca capaz de hacerlo y que tu triste destino es el mismo de esos dos pobres imbéciles del comité de Benacil que traemos prisioneros. Perecer asesinado por esta canalla a la que amas tanto. ¡Vete! ¡Vete!

—Pues vente tú conmigo —respondió Jorge.

—¿Yo? ¿Para ponerme como tú al servicio de los rojos? ¿Para sentirme por tu culpa enfrente de los míos? ¡Nunca! Ya te he dicho que no te creo capaz de una traición. ¿Por qué supones que yo voy a ser capaz de hacerla? ¡Vete!

—¿Qué harás tú entre esta gente?

—Animarlos, estimular sus instintos, poner en tensión su fuerza destructora.

Ellos, sólo con sus crímenes, son capaces de hacer fascista a todo el país. Así sirvo a mi causa. Vete tú a servir la tuya.

Jorge la sujetó por un brazo, horrorizado.

—¿Y si yo te mato ahora? —le dijo.

Ella lo miró fríamente.

—Serías un asesino más entre los asesinos.

La caravana había reanudado su marcha. Cuando los camiones los alcanzaron, Pepita dio un salto y, encaramándose en la trasera de uno de ellos, partió y dejó a Jorge al borde del camino sin decirle adiós y sin volver la cabeza para mirarlo.

—¿Y el inglés? —le preguntó el miliciano que la ayudó a saltar al camión.

—¡Ahí lo he dejado! ¡Es muy aburrido!

—¡Ya era hora, guapa! —comentó el miliciano relamiéndose.

Jorge, cuando vio perderse en la distancia el último de los camiones, se pasó la mano por la frente calenturienta. Sintió el deseo de echar a correr detrás de la Columna de Hierro. Algo de su ser se iba tras ella.

Se arrancó heroicamente de aquella sugestión y, un paso tras otro, emprendió el camino de retorno a Benacil. Cuando llegó al lugar donde había estado detenida la caravana, encontró al borde del camino los cadáveres de los hombres que habían sido fusilados por la espalda. Estaban cogidos de las manos fraternalmente.

* * *

El gobierno se decidía al fin a acabar con el bandidaje de aquellas columnas de desertores del frente que asolaban el país. Se enviaron fuerzas de la guardia republicana para que los tuviesen en jaque y se estimuló a las milicias locales para que les ofrecieran una firme resistencia. Como no se conseguía aniquilarles, se dispuso que las escuadrillas de aviones vigilasen sus desplazamientos y los bombardeasen implacablemente.

Jorge se ofreció voluntario para prestar ese servicio.

Iba pilotando un aparato de caza al frente de una escuadrilla cuando descubrió en una llanura parda el rosario de camiones de la Columna de Hierro. Descendió rápidamente y en una pasada de reconocimiento se cercioró de que aquéllos eran efectivamente los hombres del Chino. Dio la vuelta y, al pasar de nuevo sobre los camiones, dejó caer en el centro de la columna la carga de bombas que llevaba. Tras el suyo, los demás aparatos de la escuadrilla repitieron la maniobra, y cuando dio la vuelta por tercera vez vio cómo los bandidos que no habían sido alcanzados por las explosiones abandonaban los camiones y huían a campo traviesa en todas direcciones. Entonces descendió aún más y, volando temerariamente casi a ras de tierra, hizo funcionar su ametralladora y barrió los grupos fugitivos. Fue una cacería implacable. Mientras hubo un hombre en pie, los aviones estuvieron pasando y ametrallando.

Erguida en la techumbre de uno de los camiones estuvo desafiándole una figura de miliciano fina y breve que se mantuvo enhiesta mientras las demás se aplastaban contra la tierra. ¿Era ella?

De lo único que estaba seguro era de que la última ráfaga de su ametralladora la tiró a tierra.

(1937)

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