Infierno [Fragmento]

Henri Barbusse

 

 

La noche, noche total. La sombra compacta como terciopelo se inclina sobre mí por todos lados.

Todo, alrededor de mí, ha caído en las tinieblas. En medio de esa negrura, estoy acodado a la mesa redonda que ilumina la lámpara. Me he instalado allí para trabajar pero en verdad no tengo nada que hacer más que escuchar.

Hace un momento miré el cuarto. No hay nadie, pero sin duda alguien llegará.

Alguien llegará, tal vez esta misma noche, mañana u otro día; alguien vendrá fatalmente y luego se sucederán unos a otros. Espero, y me parece que he nacido sólo para esto.

Esperé durante mucho tiempo sin animarme a descansar. Luego, muy tarde, cuando hacía tanto que reinaba el silencio que me paralizaba, hice un esfuerzo. De nuevo me aferré a la pared y ofrecí mis ojos suplicantes. La habitación estaba a oscuras, colmada por lo desconocido, por todas las cosas posibles. Me dejé caer de nuevo en mi cuarto.

Al día siguiente vi el cuarto a la simplicidad de la luz del día. Vi cómo el alba se extendía por él. Poco a poco empezó a surgir de sus ruinas y a elevarse.

Está amueblado y dispuesto según el mismo modelo que el mío; en el fondo, frente a mí, la chimenea con un espejo encima; a la derecha la cama; a la izquierda al lado de la ventana, un canapé… Los cuartos son idénticos, pero el mío ha terminado y el otro aún está por empezar…

Después de un nebuloso almuerzo, vuelvo al punto preciso que me atrae, la fisura en el tabique. Nada. Vuelvo a bajar.

La atmósfera está pesada. Aun aquí persiste algo del olor de la cocina. Me detengo en la grandeza sin límites de mi cuarto vacío.

Entreabro y abro mi puerta. En los pasillos, las puertas de los cuartos están pintadas de marrón, con los números grabados en placas de cobre. Todo está cerrado. Doy algunos pasos que sólo yo escucho, que oigo demasiado, en esta casa grande como la inmovilidad.

El rellano es largo y estrecho, la pared está cubierta con una imitación de tapicería con follaje verde oscuro en la que brilla el cobre de un aplique de gas. Me acodo en la baranda. Un criado el que sirve la mesa y que en este momento lleva un delantal azul y no se lo reconoce con el cabello desordenado baja a saltos del piso superior, con unos periódicos bajo el brazo. La hija de la señora Lemercier sube apoyando la mano en la baranda, el cuello estirado como el de un pájaro y comparo sus pequeños pasos con fragmentos de segundos que pasan. Un señor y una señora pasan delante de mí e interrumpen su conversación para que no los oiga, como si me negaran la limosna de sus pensamientos.

Estos leves acontecimientos se desvanecen cual escenas de comedias sobre las que cae el telón.

Camino a través de la tarde desalentadora. Tengo la impresión de estar solo contra todos mientras vago por esta casa y sin embargo fuera de ella.

A mi paso, una puerta vuelve a cerrarse rápido en el corredor y ahoga una risa de mujer sorprendida. La gente escapa, se defiende. Un ruido sin sentido, se desprende de las paredes, confuso, pero es el silencio. Debajo de las puertas repta, aplastada, muerta, una línea de luz, pero es la sombra.

Bajo la escalera. Entro en el salón desde donde me reclama el murmullo de las conversaciones.

En grupos, algunos hombres dicen frases que no recuerdo. Salen; al quedarme solo los oigo discutir en el corredor hasta que finalmente sus voces se ensordecen.

Luego entra una dama elegante envuelta en un ruido de seda, en un perfume de flores y de incienso. Ocupa mucho lugar a causa de su perfume y su elegancia.

Esta dama tiende ligeramente hacia adelante un hermoso rostro alargado, adornado por una mirada de gran dulzura. Pero no puedo verla bien porque no me mira.

Se sienta, toma un libro, lo hojea y las páginas confieren a su rostro un reflejo de blancura y de pensamiento.

Examino con disimulo su pecho que sube y baja y su rostro inmóvil y el libro vivido unido a ella. Su tez es tan luminosa que la boca parece casi negra. Su belleza me entristece. Contemplo a esta desconocida de pies a cabeza con una sublime nostalgia. Me acaricia con su presencia.  Una mujer siempre acaricia a un hombre cuando se le aproxima y está sola; a pesar de tantas clases de separaciones, siempre hay entre ellos un espantoso inicio de felicidad.

Pero ella se va. Todo lo de ella ha terminado. Nada hubo y sin embargo ha terminado. Todo esto es demasiado simple, demasiado fuerte, demasiado verdadero.

Esta tierna desesperación que antes no hubiera sentido me inquieta. Desde ayer estoy cambiado: la vida humana, la verdad viviente, la conocía como la conocemos todos y la practicaba desde mi nacimiento. Pero ahora que se me ha aparecido de manera divina creo en ella con una especie de temor.

He vuelto a subir a mi cuarto, la tarde se eterniza pero la noche llega.

Desde mi ventana miro la noche que sube hacia el cielo, ascensión tan suave que se la ve y no se la ve; y la multitud que se desperdiga por el pavimento de las ciudades.

Los transeúntes vuelven a las casas en  las que van pensando. Oigo a lo lejos a través de las paredes cómo va llenándose de huéspedes ligeros, la casa en la que estoy, de débiles rumores.

Del otro lado del tabique se deja oír un ruido… Me estiro contra la pared y miro hacia el cuarto vecino que ya está gris. Oscuramente percibo a una mujer.

Se ha acercado a la ventana como hace un momento me acerqué yo a la mía. Sin duda, es el eterno gesto de los que están solos en un cuarto.

A medida que mis ojos se acostumbran se va precisando, la veo cada vez mejor; me parece que se acerca caritativa.

En este comienzo de otoño lleva uno de esos trajes claros con los cuales las mujeres se iluminan mientras aún hay sol. Los rayos mortecinos de la ventana la cubren en un reflejo casi apagado. Su vestido tiene el color del inmenso crepúsculo, el color del tiempo como en los cuentos de hadas.

Llega hasta mí un hálito del perfume que lleva, un olor de incienso y de flores, y en ese perfume que la nombra con su verdadero nombre la reconozco: es la joven que hace un momento estuvo cerca de mí y que luego se evaporó. Ahora está allí detrás de la puerta cerrada, a merced de mis miradas.

Mueve los labios, no sé si habla muy bajo o si canturrea… Está allí, cerca de la blancura triste de la ventana, al lado de la imagen de la ventana en el espejo, en ese cuarto impreciso que va decolorándose; está allí con sus ojos oscuros y su carne oscura, con la claridad en el rostro, acariciado por tantas miradas desde que existe.

El cuello blanco, aterradoramente hermoso, se inclina hacia adelante, el perfil al lado de la ventana en la que apoya la frente, se ahoga con la penumbra azulada como si el pensamiento fuera azul y flotando sobre la masa tenebrosa de los cabellos, una débil aureola indica que son rubios.

Su boca es oscura como si la tuviera entreabierta. Tiene la mano apoyada en el vidrio azul celeste de la ventana, como un pájaro.

Su blusa es de tono pálido, y sin embargo, intenso, verde o azul.

Lo ignoro todo de ella y está tan lejos de mí como si nos separasen mundos o siglos, como si estuviera muerta. Sin embargo, nada hay entre nosotros. Estoy cerca de ella, estoy con ella, me extiendo sobre ella temblando.

… Mis manos tienden a abrazarla. Soy un hombre como los demás, siempre tristemente dispuesto a deslumbrarse por la primera mujer que aparezca. Es la imagen más pura de la mujer amada: la que aún no conocemos totalmente, la que se revelará, la que tiene en sí el único milagro viviente que existe en la tierra.

Se da la vuelta y se desliza por la nocturna habitación, como una nube, con sus formas redondeadas que se mecen. Oigo el susurro profundo de su vestido. Busco su cara como una estrella. Pero su rostro se me oculta como su pensamiento.

Busco el sentido de sus gestos pero éste se me escapa. ¡Tan cerca que estoy de ella y no sé qué hace! Los seres que vemos sin que ellos lo sospechen parecen no saber qué hacen.

Cierra la puerta con llave y esto la diviniza aún más. Quiere estar sola. No hay duda de que entró en el cuarto para desvestirse.

Al igual que no pienso pedirme cuentas del crimen que cometo al poseer a esta mujer con los ojos, no busco explicarme a qué circunstancias responde su presencia. Sé que nos hemos encontrado y con todo mi corazón, toda mi alma, le suplico que se muestre a mí.

Parece recogerse, titubear. Me figuro no sé qué gracia cándida de su persona entera, que espera estar sola hace mucho tiempo para mostrarse. Sí; se siente aún azotada por el aire de fuera, rodeada por los transeúntes, tocada por los rostros tensos de los hombres; y refugiada entre esas paredes, aguarda a que ese contacto esté más alejado para quitarse la ropa.

Me complazco en leer en ella el virginal y carnal pensamiento; tengo la sensación de que, a pesar de la pared, mi cuerpo se inclina hacia el suyo.

Va hacia la ventana, levanta los brazos, y luminosamente cierra las cortinas. La oscuridad completa cae entre nosotros.

¡La perdía!… Sentí un dolor agudísimo en mi ser, como si la luz me hubiera abandonado… Y permanecí allí, boquiabierto, conteniendo un quejido, acechando la sombra que se confundía con su aliento…

A tientas tomó unos objetos. Adiviné, vislumbré una cerilla que se encendía en la punta de sus dedos. Con lentitud surgió su imagen. Vi aparecer las débiles blancuras de sus manos, su frente y su cuello. Su cara surgió ante mí como un hada.

Durante los breves segundos en que el mínimo resplandor me ofreció su aparición, no distinguí los rasgos de ese rostro de mujer. Se arrodilló ante la chimenea con la llama entre los dedos. Oí y vi un crepitar un claro de leña seca en la humedad negra y fría. Tiró la cerilla sin encender la lámpara, y no hubo más luz en el cuarto que ese resplandor que venía de abajo.

Enrojeciese el hogar, mientras ella pasaba y repasaba por delante de él, con un rumor de brisa, como por delante de un sol poniente. Se veían moverse los contornos de su gran cuerpo esbelto, sus brazos oscuros y sus manos de oro y rosa. Su sombra se arrastraba a sus pies, trepaba por las paredes y volaba por encima de ella por el techo incendiado.

La asaltaba el brillo de la llama, que, como si fuese la llama misma, se lanzaba hacia ella. Pero se protegía en su sombra; estaba oculta todavía, recubierta aún y gris; su vestido caía tristemente alrededor de ella.

Se sentó en el diván, de cara a mí. Su mirada revoloteó dulcemente por todo el aposento.

Por un instante, se posó en la mía; sin saberlo, nos miramos.

Después, como otra mirada más aguda, de ofrenda más cálida, su boca, que pensaba en algo o en alguien, se entreabrió; sonreía.

La boca es sobre la cara desnuda algo desnudo. La boca, está roja de sangre, que sangra eternamente, es comparable al corazón: es una herida, es casi una herida ver la boca de una mujer.

Y yo comenzaba a temblar ante esta mujer que se entreabría y sangraba con una sonrisa. El diván se hundía tibiamente bajo el peso de sus amplias caderas; sus finas rodillas se habían aproximado, y todo el centro de su cuerpo tenía la forma de un corazón.

… Medio tendida sobre el diván, presentó sus pies al fuego, levantando un poco su falda con las dos manos, y en ese movimiento descubrió las piernas, que colmaban sus medias negras.

Y mi carne gritó, marcada como con un hierro candente por la línea voluptuosa que desaparecía, ensanchándose, en la sombra, y se perdía en las profundidades extraordinarias.

Crispé los dedos, desgarrada la mirada, hasta tal punto estaba allí, ofrecida, abierta, imprecisa, la frente hundida en la sombra, mientras el sangriento fulgor que se arrastraba por tierra subía desesperadamente encima de ella, en ella, como un esfuerzo humano.

Volvió a estirarse la falda. La mujer tornó a ser lo que era. No, es otra. Porque he vislumbrado un poco de su carne prohibida.  Estoy al acecho de esa carne, en las sombras confundidas de nuestras dos habitaciones. Se levantó el vestido, realizó el gran gesto sencillo que los hombres adoran como una religión, e imploran, aun contra toda esperanza, con toda razón, el gesto deslumbrador y a veces deslumbrado.

De nuevo anda por la habitación y ahora el rumor de sus faldas es un aletazo en mis entrañas.

Mi mirada, rechazando su rostro pueril, en el que se demora, distraída, su sonrisa, rechazando y olvidando a la fuerza su alma y su pensamiento, apresa su forma y quiere su sangre, como el fuego que la asedia y no la abandona: pero mis miradas no pueden sino caer a sus pies y rozar débilmente su falda, como las llamas del hogar, las llamas magníficas y suplicantes, las llamas desolladas, las llamas en jirones que serpentean hacia el cielo.

Por fin se muestra profundamente.

Para descalzarse, cruzó las piernas muy arriba, tendiéndome el abismo de su cuerpo.

Dejábame versu pie delicado, aprisionado por el zapato reluciente, y en la media de seda, de un negro más mate, su menuda rodilla y la pantorrilla ampliamente ensanchada, como una fina ánfora, sobre la gracilidad de los tobillos. Por encima de la corva, en el sitio en que terminaba la media en un cáliz blanco y nebuloso, vi quizás un poco de carne pura. No distinguía la ropa de la piel en aquellas alocadas tinieblas y el reflejo palpitante de la hoguera que la asediaba. ¿Es el delicado tejido de la ropa interior o es la carne? ¿Es nada o es todo? Mis miradas disputaban esa desnudez a la sombra y a la llama. La frente y el pecho apoyados en la pared, las palmas apoyadas en la pared, impetuosamente, como si quisiera derribarla y traspasarla, me torturaba los ojos con esa incertidumbre, tratando por maña o por fuerza de ver mejor, de ver más.

Y me abismaba en la gran noche de su ser, bajo el ala dulce, caliente y terrible de su ropa levantada. Los pantalones de broderie se entreabrían en una ancha hendidura oscura, henchida de sombra, y mis ojos se lanzaban allí y se enloquecían. Y tenían casi lo que querían en aquella sombra abierta, en aquella sombra desnuda, en el centro de ella, en el centro del leve vestido que, vaporosamente ligero y oloroso de ella, no es más que una nube de incienso alrededor de la mitad de su cuerpo, en esa sombra que, en el fondo, es un fruto.

Durante un instante, fue así. Yo estaba pegado a la pared, frente a esa mujer que, hacía un momento recordaba el gesto, tuvo miedo de su propio reflejo, y ahora había tomado, en la castidad perfecta de su soledad, la actitud de la niñita que se restriega ante las miradas del hombre atraído por ella… Pura, se ofrecía y se abría…

La llama de la chimenea se apagaba y casi no la veía ya, cuando comenzó a desnudarse: esta inmensa fiesta de ella y de mí iba a celebrarse en la noche.

Vi la forma alta, difusa, implacable, en su belleza casi distinguida, agitarse con dulzura, envuelta en finos rumores, acariciantes y tibios. Vislumbré sus brazos que se movían gravemente y por el resplandor exquisito de un gesto que los redondeó, supe que estaban desnudos.

Lo que acababa de caer sobre el lecho, en un tenue jirón sedoso, leve y lento, era la blusa, que le apretaba dulcemente el cuello y con fuerza la cintura… Entreabrióse la nebulosa falda, y escurriéndose hasta sus pies, la iluminó por completo, muy pálida, en medio de las profundidades. Me pareció verla desprenderse de esa falda marchita, que sin ella no era nada, y distinguí la forma de sus dos piernas.

Tal vez sólo lo imaginé, porque los ojos ya casi no me servían, no sólo por la falta de luz, sino también porque me cegaban el sombrío esfuerzo de mi corazón, los latidos de mi vida y todas las tinieblas de mi sangre… No eran mis ojos los que perseguían la forma sublime, era más bien mi sombra la que se acoplaba con la suya.

Un grito me colmaba por entero. ¡Su vientre!

¡Su vientre! ¿Qué me importaban sus senos, sus piernas? Me preocupaba tan poco de ellos como de su pensamiento y de su rostro, ya abandonados. Era su vientre lo que quería y trataba de alcanzar como mi salvación.

Mis miradas, a las que mis manos convulsas cargaban con toda su fuerza, mis miradas pesadas como la carne, necesitaban su vientre. Siempre, a despecho de leyes y de ropas, la mirada masculina se lanza y trepa hacia el sexo de las mujeres como un reptil hacia su agujero.

Ella ya no era para mí más que su sexo. Ella no era más que la herida misteriosa que se abre como una boca, sangra como un corazón y vibra como una lira. Y se exhalaba de ella un perfume que me invadía, no ya el perfume artificial que impregnaba su ropa, el perfume con el que ella se viste, sino el olor profundo de ella, salvaje, vasto, comparable al del mar; el olor de su soledad, de su calor, de su amor, y el secreto de sus entrañas.

Con los ojos inyectados y rojos como dos bocas pálidas, me adhería yo a esta aparición de terrible atractivo. Me volvía feroz en mi triunfo. Y su boca era un largo beso que pasa, y yo crispaba mi boca en un largo beso estéril.

Entonces ella se quedó inmóvil, inexplicable, borrada…

En un sobresalto violento, quise, en realidad, tocarla…

Derribar esa pared o salir de mi cuarto, destrozar la puerta, arrojarme sobre ella…

¡No, no, no! Una intuición me devolvió clara y nítidamente a mi juicio… Apenas tendría tiempo para rozarla. Me detendrían, mi reputación mancillada, la cárcel, la infamia, la negra miseria, todo estaba cerca: un escalofrío me dejó clavado en mi sitio.

Pero enseguida me asaltó otra idea, un ensueño penetró en mi cama. Pasado el primer espanto, ella tal vez no resistiría, se contagiaría, se inflamaría como una cosa a mi contacto, en un extravío de gratitud…

¡No, otra vez no! Porque entonces sería una prostituta, y de ésas se encuentran las que se quiere. Es fácil tomar en nuestros brazos a una mujer y hacer de ella lo que queramos: es un sacrilegio marcado por una tarifa. Hasta hay casas donde pagando, se puede ver a través de las puertas cómo se hace el amor. Si era una de ellas, no sería ya la que está angelicalmente sola.

Debo meterme bien esto en la cabeza y en el cuerpo: que si tan perfectamente la hago mía, es porque está separada de mí y sólo hay entre nosotros un resquicio. La soledad la hace brillar, pero la defiende triunfalmente. Su revelación se compone de su verdad virgen, del universal aislamiento en que es reina y de la certidumbre con que vive de ese aislamiento. Se muestra desde lejos, a través de su virtud, y nos entrega: se asemeja a una obra maestra; permanece tan distante, tan inmutable, en la separación del abismo y del silencio, como pueden estarlo la estatua y la música.

Y todo lo que me atrae me impide aproximarme. Es necesario que me sienta desgraciado, que sea a la vez ladrón y víctima… No tengo otro remedio que desear, superarme a mí mismo a fuerza de deseo, de ensueño y de esperanza, de desear y poseer mi deseo.

Durante un instante he tenido vuelta la cabeza, tan poderosa y cruel es la alternativa en que me debato, y en el agujero que se abre sin límites bajo mis ojos he dejado perder los dulces ruidos que ella hacía… ¿Me volveré loco? No, la verdad es la que está loca.

Con todo mi cuerpo, con todo mi pensamiento, domino mi flaqueza carnal, se acalla mi carne y no sueña ya, y por encima de mis pesadas ruinas, vuelvo a mirar.

Como si tuviera piedad de mí, vuelve a vestirse, se cubre toda.

Ahora ha encendido la lámpara. Se ha puesto otro traje; me oculta todos los bellos secretos que oculta a todos; ha vuelto al luto de su pudor.

Aún sorprendo algunos gestos sueltos de ella. Ahora se está midiendo la cintura; ahora se pone un poco de carmín en el borde de la oreja, después se lo quita; sonríe al espejo, de dos maneras distintas, y hasta por un instante adopta una postura contrariada.

Inventa mil pequeños movimientos inútiles y útiles… Descubre gestos de coquetería que, como los de pudor, revisten una   especie de la austera belleza de haberse cumplido en la soledad.

… Luego, en el instante en que lista y maravillosamente hermética en sus atavíos, acaba de contemplarse con una sublime ojeada suprema, vuelven a cruzarse nuestras miradas.

Tiene apoyada una mano en la mesa, donde brilla una luz sin pantalla… Cara y manos resplandecen y el libre resplandor de la lámpara baña con fulgor más vivo su barbilla, el perfil de la cara y la parte inferior de sus ojos.

Ya no la reconozco al verla surgir de la sombra con esta máscara de sol; pero nunca he visto un misterio desde tan cerca… Sigo allí, envuelto en su luz, palpitando por ella, enteramente trastornado por su presencia desnuda, como si hasta entonces hubiese ignorado qué es una mujer.

Igual que hace un momento, sonríe ahora antes de apartar sus ojos de mí, y siento el valor extraordinario de esa sonrisa y la riqueza de esa cara…

Se va… La admiro, la respeto, la adoro; siento por ella una especie de amor que nada real destruirá y que ninguna razón tiene para esperar ni para terminar. No; verdaderamente, no sabía qué es una mujer.

No bajó a comer. Se fue de la casa al día siguiente.

Volví a verla en el momento de partir. Me encontraba al pie de la escalera, en la penumbra del vestíbulo, mientras se afanaban delante de ella. Bajaba; su mano tan fina, con guante blanco, revoloteaba sobre la brillante baranda negra, corno una mariposa. Su pie apuntaba hacia adelante, menudo y brillante. Me pareció no tan alta como la víspera, pero era idéntica en todo a como la vi la primera vez. Tenía una boca tan pequeña, que parecía que la empequeñecía. Estaba vestida de gris perla y el vestido parecía gorjear… Pasaba, se iba, se evaporaba, perfumada…

Me rozó. Hubiera podido verme en aquel momento; pero, naturalmente, no me vio, ¡y sin embargo, en la sombra de nuestras habitaciones, ambos fundimos nuestras sonrisas! Volvía a ser la luz tapada, sin piedad, como son las personas que encontramos entre las demás. No había pared entre nosotros; había el espacio infinito y el tiempo eterno: existían todas las fuerzas de este mundo.

Así fue como la vi en mi última ojeada, sin comprender del todo, porque nunca se comprende del todo una partida. No volvería a verla. Tantos hechizos se ajarían y se disiparían, tanta belleza, dulce debilidad, tanta dicha, estaban perdidos. Huía lentamente, hacia la vida incierta y luego a la muerte cierta. Cualesquiera que hubiesen de ser sus días, caminaba hacia su día último. Eso era todo cuanto podía decir de ella… Esta mañana, mientras la luz del día se difundía en torno de mí, dando a cada detalle una precisión solitaria, mi corazón se debatía y se quejaba. Por doquiera se extendía el vacío. Cuando algo termina verdaderamente, ¿no parece que todo ha terminado?

No sé su nombre… Seguirá su destino, como yo el mío. Si nuestras dos existencias se hubiesen enlazado, casi no se conocerían; y ahora, ¡qué oscuridad! Pero nunca olvidaré la noche incomparable en que estuvimos juntos.

 

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