El Gran Día

Francisco José Segovia Ramos

 

 

Hoy es el Gran Día. Mis papás han venido más temprano que de costumbre. Papi me sonríe, aunque su alegría no es la misma que la de otras veces: debe ser la emoción. Mami no me dice nada: sólo me mira; mucho, demasiado. Me pone nervioso. ¿Mami parece que está a punto de llorar? No puede ser: hoy es un día para disfrutar y estar muy contentos.

Esta mañana, por fin, me sacan de este extraño hospital donde he estado encerrado los dos últimos años, sin tener contacto con mis amigos del colegio. No me han tratado mal,  pero no me dejaban salir a la calle a jugar, ni tener mis juguetes dentro de este cuarto tan pequeño y feo en el que me han metido todo ese tiempo. Las enfermeras y esos médicos tan raros me han tratado con mucha consideración, pero no han sido nada amables y no me han consentido el más mínimo capricho. No entiendo por qué: no he hecho nada malo, sólo estoy enfermo.

Mi papá me dice algo. No lo he oído. Yo estaba despistado, observando a los extraños que han venido con mis padres. ¿Quienes son? Nunca antes los había visto. Ninguno de ellos sonríe, ni tan siquiera me saludan o me hacen señas amistosas. Me caen antipáticos. No sé porqué papá y mamá han venido con ellos.

Mi mamá me habla y me pide que me vista, que vamos a salir de mi habitación. ¡Por fin abandonaré este lugar tan feo y desagradable! Me pongo rápidamente un traje que me han traído los extraños. Es de color gris oscuro, y no tiene bolsillos. No me gusta nada. ¿Por qué no puedo ponerme la ropa que siempre me ha divertido?

Quiero mis vaqueros rotos y mi camiseta de Donald. Cuando llegue a casa me los pondré y tiraré este horrible traje a la basura, aunque seguramente mi mamá me regañará y llorará un rato, pero seré inflexible: o la ropa de Donald o no me pongo nada.

Ya estoy vestido. ¡Cómo me desagradan estas ropas tan desagradables! Salimos en silencio al pasillo. Yo quiero chillar de alegría, hago un gesto a mi papá para que grite conmigo, pero él hace otro con la mano y me dice que guarde silencio. Debe ser para que no despierte a los demás enfermos. ¡Quiero irme ya!

El pasillo se hace muy largo porque andamos muy despacio. Mi mamá ha quedado detrás de nosotros. La oigo sollozar: debe ser de alegría. Como bien dice mi papá: las mujeres sólo saben llorar. Yo soy un hombre: ya sé atarme los cordones de los zapatos, nunca derramaré una lágrima, ni siquiera de alegría.

Se termina el pasillo. Mis padres se despiden de mí. Mi mamá llora mucho ahora, pero mi papá me dice que estarán fuera, esperándome en el coche; que antes tengo que pasar la última revisión. Ellos se quedan atrás y yo sigo caminando con el grupo de hombres serios que me agarran de los brazos. Una puerta enorme se abre y entramos en una gran sala. Es más grande que mi habitación de estos dos años, pero tampoco me gusta. Es blanca y limpia, con una cama de hospital en el centro y con un enorme espejo, que está colocado de forma horizontal a lo largo de la pared del fondo. Quiero acercarme a esos curiosos cristales que sólo reflejan nuestras figuras, pero uno de los raros médicos me agarra fuertemente. Me hace daño, y me impide avanzar. ¿Por qué no me dejan ya en paz? Estoy curado, eso han dicho mis papás.

Ahora otro de los hombres me ordena que me tumbe en la cama. Una vez que lo hago, me atan. Me explican que tienen inyectarme un último medicamento para curarme del todo y que, después, ya podré irme a mi casa con mis padres, con mi perrito Nenuk, con mis amigos… Asiento con la cabeza. No me quejaré de dolor, y mis padres estarán orgullosos cuando les cuente que no pestañeé siquiera cuando me pincharon.

Se acerca un señor con una jeringuilla en la mano. No sonríe. Simplemente me mira, toma mi pulso y mi temperatura. Debe ser un buen médico porque todo el mundo lo trata con mucho respeto. Me introduce un tubito en una vena del brazo. Me ha hecho daño, pero lo he disimulado.

Ahora acerca la jeringa al tubo. El médico sigue serio, sin decir nada de nada. ¡Que antipático que es! Pero no me importa: pronto estaré en la calle y no tendré que ver más a toda esta gente. Empieza a meter el líquido de la jeringa en el tubo. Ya lo siento entrar en mi brazo. Todos se apartan ahora.

Pronto estaré con mis papás, con mi perro Nenuk y con mis amigos. Jugaré en el parque, con mi camisa de Donald manchada de chocolate y restos de salchichas… Tengo sueño, mucho sueño, se me nubla la vista… quizá será mejor que duerma un poquito, sólo un poquito, antes de salir fuera, con mis papás… quizá un sueño me venga bien para… descansar… sí… un sueño… un pequeño…

—Ha muerto —El médico-ejecutor-verdugo se quita el endoscopio de los oídos y firma un documento que le presenta uno de los presentes.

—La sentencia se ha cumplido —murmura casi con vergüenza uno de los testigos.

Sobre la mesa, aún sonriente, el cadáver de John, enfermo del síndrome de Down y condenado a muerte por el crimen de un adolescente hace dos años, comienza a enfriarse.

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