Cita frustrada en Buenos Aires

Alberto Ernesto Feldman

 

Dedicado a Estefanía Farias Martínez

Acordaron  encontrarse en el bar “La Giralda”, en la avenida Corrientes al 1400 casi esquina Paraná. Él le dijo que no se confundiría, era fácil si se alojaba en el Centro; cuatro cuadras desde el Obelisco, que seguramente conocía por postales.

A ella le agradó el nombre del lugar y saber que era famoso por su chocolate con churros por algo era sevillana, aunque vivía en Madrid.

Habían trabado amistad en el avión, donde ocuparon asientos contiguos y a él le impactó desde un principio, pero no se animó a entablar conversación hasta que transcurridas seis horas de vuelo, disculpándose le pidió permiso para pasar al pasillo.

A ella la tomó de sorpresa el pedido, estaba sumida en sus pensamientos, que giraban continuamente alrededor del fin de su matrimonio y en cómo remontaría su historia. Ese viaje solitario era una excusa para repensar su vida, pasear, cansarse y tratar de terminar con el insomnio, que a pesar de la medicación, la torturaba de noche y la agotaba de día.

-¿Me permite pasar?… preguntó él por segunda  vez. Sobresaltada y todavía sin coordinar, ella respondió sin pensarlo : – ¿Necesita ir al baño?… se sintió tonta y muy turbada musitó:

–¡pase…y perdóneme!. Riendo, él contestó que iba a salir sólo a tomar un poco de aire y a estirar las piernas y quizás si tomaba mucha cerveza , entonces sí necesitaría un baño.

La gracia los hizo amigos y el resto del viaje se contaron todo. Seis horas es mucho tiempo para dos huérfanos de cariño. Hablaron hasta que sintieron que se conocían desde siempre y coincidieron en que valía la pena continuar.

Al llegar a Ezeiza, se despidieron con un tímido y rápido beso en la boca, convertido inmediatamente en otro sin timidez ni apuro y un prometedor – ¡Hasta mañana a las 17 en “La Giralda”!, Eran dos seres pletóricos de ilusión y fantasía.

Pero el encuentro no se produjo; él esperó hasta casi las 21.00, y excitado por su amor propio herido y cinco pocillos de café, se maldijo en voz alta por haber olvidado, con el entusiasmo , intercambiar direcciones y teléfonos, sólo tenía esta inconsolable ausencia en “La Giralda”.

En cambio, ella, cantando bajito, emocionada y contenta, llegó sólo diez minutos más tarde.

Recorrió con mirada ansiosa las mesas y no encontró a su compañero de viaje, en cambio, al ver la hora en el gran reloj de la pared del fondo, cayó en la cuenta de que todavía tenía la hora de Madrid en el suyo.

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