Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura (I)

Kenzaburo Oé

 

Durante el invierno de 196…, un hombre anormalmente gordo estuvo a punto de caerse al estanque de agua sucia donde se bañaban los osos blancos. Aquello fue para él una experiencia tan dura, que casi se volvió loco. Gracias a este suceso, no obstante, logró librarse de una idea fija que hasta entonces lo había obsesionado; pero, una vez liberado, una lastimosa sensación de soledad hizo encoger todavía más el alma pusilánime de aquel hombre gordo. Entonces, aunque no venía a cuento, debido sobre todo a que por su carácter obraba siempre movido por impulsos repentinos, decidió quitarse de los hombros otro peso que lo oprimía. Se juró a sí mismo que iba a liberarse de una vez por todas de él, sucediera después lo que sucediera, y, lleno de una energía y un valor que rebosaban por todos los poros de su cuerpo —un cuerpo de aspecto desagradable y que, además, aún llevaba adheridos el hedor y las escamas de las sardinas podridas que había en el agua que hizo saltar como un surtidor la gran piedra que cayó en su lugar al estanque de los osos blancos—, llamó por teléfono, aunque era medianoche, a su madre, que estaba en su lejano pueblo natal, y le dijo:

—¡Haz el favor de devolverme las notas y el manuscrito que me robaste y tienes escondidos! ¡Estoy hasta las narices! ¡Sé todo lo que has hecho! El hombre creía firmemente que su madre estaba, con el anticuado auricular descolgado, al otro lado del hilo, a más de mil kilómetros de distancia. Incluso estaba convencido, de una manera muy poco científica, de que por ser medianoche, una hora en que tenía pocos usuarios la línea telefónica, podía oír la respiración de la persona que guardaba silencio al otro extremo del hilo; y como se trataba de la respiración de su madre, sintió una especie de opresión en el pecho. A decir verdad, lo que oía no era más que su propia respiración a través del auricular que tenía apretado contra su oreja, desproporcionadamente pequeña en comparación con su enorme cabeza.

—¡Si no quieres devolvérmelos, allá tú! —dijo chillando, fuera de sí, pues acababa de darse cuenta de su equivocación—. Voy a escribir de nuevo la biografía de mi padre, pero esta vez será mucho más franca; revelará que, después de volverse loco y vivir durante años y años recluido voluntariamente, de pronto, un buen día, soltó un alarido y, acto seguido, murió. ¡Por mucho que lo intentes, no conseguirás impedírmelo!

El hombre se quedó callado de nuevo, y cubriendo ahora el auricular cuidadosamente con la palma de su gruesa mano, intentó captar la más mínima reacción por parte de su interlocutora. Y al oír colgar el teléfono al otro extremo de la línea, con una suavidad que no por ello resultaba menos significativa, se puso pálido, igual que una chiquilla asustada, volvió a la cama tembloroso y, a pesar de las náuseas que le provocaba el olor del agua sucia del estanque de los osos blancos, deslizó su corpachón entre las sábanas y rompió en sollozos de indignación. Si temblaba como una hoja agitada por el viento, era también a causa de la tremenda y lamentable soledad interior que sentía desde que aquella mañana, en el zoo, había experimentado lo que para él fue una liberación. Eso era lo que le hacía sollozar envuelto en la oscuridad maloliente de las sábanas, donde era obvio que nadie le veía. El hombre gordo gimoteaba a causa de la indignación, el temor y la patética sensación de soledad que se había apoderado de él, igual que lo habría hecho si las frías mandíbulas de color pardo amarillento del oso blanco, inmerso hasta los hombros en el agua sucia casi congelada, hubieran mordido con fuerza su enorme cabeza que parecía un pez exageradamente voluminoso, ya que no sólo abultaba por el diámetro de su cráneo sino también por la manera que tenía de peinarse el pelo, en dirección opuesta al remolino de su coronilla, lo cual hacía que se le alborotara. Transcurrido cierto tiempo, las sábanas del lado de la cama en que estaba tumbado quedaron empapadas y se cambió al otro lado, donde se acurrucó y permaneció así, sollozando, durante un buen rato. El hombre gordo dormía solo desde hacía unos años en la cama de matrimonio que antaño había compartido con su mujer, y le resultaba placentera esta libertad un tanto particular, que no por ser insignificante era de desdeñar.

La noche en que el hombre gordo se quedó dormido acurrucado en su cama de matrimonio, lloriqueando, su madre, en su pueblo natal, se decidió a emprender la batalla decisiva contra su gordo hijo. Así pues, bien mirado, el hombre gordo no tenía ninguna razón para acongojarse, pues la causa de su pena era que pensaba que su madre no le había hecho ni caso. Cuando era niño, cada vez que interrogaba a su madre sobre la vida de confinamiento y la repentina muerte de su padre, ella, para no responderle, se hacía la loca. Y un día, por fin, el hombre gordo fingió volverse loco antes de que lo hiciera su madre, y, tras destrozar todo cuanto encontró a su alrededor, se tiró de cabeza desde el muro que había al fondo del jardín a un talud donde crecían unas frondosas matas de helechos. Pero ni siquiera así consiguió que su madre le respondiera, aunque saboreó una inútil sensación de gloria. Ello contribuyó simplemente a crear una relación de permanente tensión entre el hombre gordo y su madre durante veinte años, en el curso de los cuales ambos reconocían en secreto que resultaba victorioso en sus enfrentamientos el primero de los dos que decidía hacerse el loco. Era una tensión comparable a la de los pistoleros de las películas del Oeste cuando avanzan el uno hacia el otro con la mano a la altura de la funda del revólver. Pero aquella noche, finalmente, las cosas empezaron a cambiar. Decidida a reanudar la lucha dándose un nuevo planteamiento, la madre del hombre gordo, tras redactar inmediatamente después de colgar el teléfono el texto de una circular, lo llevó a la imprenta del pueblo vecino a la mañana siguiente, y cuando estuvo impresa envió un ejemplar por correo urgente y certificado a los hermanos y hermanas del hombre gordo, a sus cuñados y cuñadas y a todos sus parientes. En la circular dirigida a la esposa del hombre gordo se indicaba que era “confidencial”, aunque, a causa de su contenido, tuvo que mostrársela a su marido. Decía así:

Nuestro REYEZUELO se ha vuelto loco, pero su locura no ha sido heredada, lo cual le comunico para su conocimiento. Es consecuencia de una sífilis que contrajo en el extranjero, por lo que, para evitar un posible contagio, le ruego que rompa toda relación con él.

Firmado:

 X

Invierno de 196…

“El orfanato

con sus retretes

en el patio…

Pero ¿a los treinta y tres años…?”

HYAKKEN

Por desgracia, de todas las personas a las que iba dirigida la circular, sólo el hombre gordo podía comprender su significado. La alusión a sus treinta y tres años de edad y el apelativo despectivo de “reyezuelo” sólo pretendían zaherirlo, y otro tanto podía decirse del poema final (aunque él no estaba seguro de que fuera de Uchida Hyakken), con aquella miserable indirecta acerca de los retretes de un orfanato, como si su madre quisiera dar a entender que no era hijo suyo; tan mezquinas alusiones manifestaban a las claras el odio que la redactora de la circular sentía por él. Con todo, entre el hombre gordo y ella existía un indudable vínculo de sangre, pues, al igual que su hijo y su nieto, estaba hecha una botija. Cuando el hombre gordo leyó la circular, a pesar de que estaba seguro de que su mujer no creería que había contraído ninguna enfermedad en el extranjero, le deprimió muchísimo la idea de que el impresor del pueblo vecino por fuerza tenía que haberla leído, y también que hubiera llegado a manos de sus parientes en los cuatro puntos cardinales del Japón. Paradójicamente, este incidente le hizo darse cuenta de lo importantes que habían sido para su bienestar personal las pesadas cadenas que hasta entonces lo unían (o, al menos, eso pensaba él) a su hijo, con independencia de lo que pudieran suponer para éste. Sin embargo, después de la terrible experiencia en el zoo, veía con claridad que la existencia de tales cadenas era sumamente dudosa y que más bien era él quien se había empecinado en mantenerla. Además, la libertad que había obtenido al liberarse de ellas no podía desprenderse de sus manos ni de su corazón, como si se tratara de un trozo de celo extraordinariamente adhesivo que le impidiera volver a la situación anterior.

Hasta el día en que estuvo a punto de darse un chapuzón en el estanque de los osos blancos y al borde de perder la razón, el hombre gordo no se separaba de su hijo: iban juntos a todas partes, jugaban revolcándose por el suelo, comían juntos… Por esta razón, y de una manera muy concreta, para el hombre gordo su hijo representaba una cadena más pesada y más molesta que cualquier otra cosa en el mundo, pues regulaba su vida cotidiana a la vez que pendía sobre ella como una amenaza. Y a pesar de que, en realidad, era él quien se lo había buscado, le gustaba verse como una víctima pasiva y soportaba pacientemente todas las trabas que la presencia de su hijo le imponía. El hombre gordo era de esas personas a las que por naturaleza les gustan los niños; tanto es así, que se había licenciado en tres especialidades distintas en el campo de las ciencias de la educación, y al acercarse el momento de que naciera su hijo corrían por todo su cuerpo una especie de convulsiones, mezcla de esperanza e inquietud, que no le dejaban permanecer quieto ni un instante. Al reflexionar más tarde sobre este fenómeno, dedujo que depositaba en la llegada de su hijo al mundo la esperanza de iniciar una nueva vida desembarazándose de la sombra de su difunto padre. Sin embargo, cuando el médico salió del quirófano, tras el nacimiento de la criatura, a la pregunta impaciente que le formuló su padre, que en aquella época todavía estaba delgado, contestó con tono sereno diciendo: “Su hijo tiene un grave defecto congénito; me temo que, aunque le operemos, muera o quede retrasado mental”. En ese instante, algo en su interior se resquebrajó irreparablemente. Y el bebé llenó muy pronto esa brecha que se había abierto; era como si un cáncer ocupara ese lugar destruyendo las células normales y avanzara multiplicándose. Para realizar las gestiones previas a la intervención quirúrgica, el hombre gordo, que entonces todavía estaba delgado, corría de un lado para otro, de tal manera que estuvo a punto de enfermar. Entre tanto, sus nervios presentaban un estado caótico, con unas zonas hipersensibles y otras embotadas; era algo así como si desde el fondo de una úlcera comenzara la cicatrización con brotes de tejido nuevo en algunos puntos, y al tocarlos con miedo no sintiera nada y, sin embargo, un momento después, cuando ya estaba tranquilo, el dolor le hiciera temblar. Llegó la fecha límite para inscribir al recién nacido. y fue a la oficina del registro civil; pero no se le había ocurrido pensar qué nombre le pondría a su hijo hasta que la empleada se lo preguntó. Por esas fechas todavía estaba pendiente de la operación, es decir, aún no se había decidido si el destino de su hijo sería la muerte o el retraso mental. A una existencia así, ¿podría ponérsele algún nombre…?

El hombre gordo (que, vuelvo a repetirlo, en esa época estaba más delgado que nunca por el exceso de trabajo), al recibir el formulario de inscripción, sin embargo, recordó una palabra latina de las que había aprendido en el primer curso de la universidad: morí, que podía relacionarse tanto con la muerte como con la vida carente de inteligencia de un vegetal, pues significa “bosque” en japonés, y bautizó a su hijo con este nombre. Después, se fue al retrete con el formulario en la mano, y allá se mondo de risa durante largo rato sin poderse contener. Este acto repentino tan despreciable era consecuencia, en parte, de los nervios que tenía; pero aquel hombre gordo, desde pequeño, tendía a burlarse sin el menor reparo de su propia vida y de la de los demás, en los momentos más cruciales.

Esto era algo que se le hizo cada vez más evidente cuando comenzó a vivir con Mori una vez que su hijo hubo dejado la clínica. Cada vez que llamaba al niño por su nombre, creía oír, en las tinieblas del fondo de su espíritu, su propia risa, espantosa, desconsiderada, por no decir indecente, que convertía en burla toda su existencia. De modo que se propuso darle un sobrenombre a su hijo para usarlo en la vida cotidiana, hecho que no sabía cómo justificar ante su esposa. Así pues, le puso el sobrenombre de Eeyore, el asno misántropo que aparece en Winnie—the—Pooh. Por lo demás, había vuelto a pensar que las relaciones con su padre, al cual, cuando era niño, había visto vivir en reclusión voluntaria durante mucho tiempo antes de su repentina desaparición, constituían la causa principal de la ambigüedad, la falta de equilibrio y la falsedad en su ser actual, y se había propuesto intentar reconstruir en su totalidad la imagen de aquel padre del que sólo guardaba un recuerdo difuminado. Ello dio origen a nuevos y reiterados conflictos con su madre, quien, mediante el subterfugio de sus ataques de locura simulados, se oponía sistemáticamente a contestar a las preguntas con que él la apremiaba acerca de las causas del encierro voluntario y la muerte de su padre. No sólo no consiguió arrancarle ni una palabra sobre esta cuestión sino que, además, en vez de cooperar, aprovechó una estancia en su casa mientras él se encontraba de viaje por el extranjero para robarle las notas y el manuscrito todavía no concluido de la biografía paterna que estaba escribiendo. ¡Y todavía estaba en su poder…! No era imposible que los hubiera destruido; pero como esta posibilidad le daba ganas de asesinarla, no tenía más remedio que evitar pensar en ello. Dicho esto, le era forzoso reconocer que era anormal que un hombre de su edad dependiera todavía hasta tal punto de su madre.

Una noche en que el whisky que usaba como somnífero le emborrachó en exceso, mientras jugueteaba con una figurita de adorno que representaba a un perro, recuerdo de México, un artículo evidentemente falseado en serie, pues la arcilla sólo estaba decorada por la parte que debía quedar a la vista, descubrió por casualidad un orificio debajo de la cola del animal, sobre el cual sopló con todas sus fuerzas, como si se tratara de una flauta; y de ahí, para su gran sorpresa, salió una espesa nube de fino polvo negro que se posó como un velo sobre sus pupilas. Creyendo que se había quedado ciego, conmocionado por el pánico, gritó implorando a su madre: “¡Mamá! ¡Mamá! ¡Ven a ayudarme, por favor! Si me quedo ciego y pierdo la cordura como mi padre, ¿qué va a ser de mi hijo? ¡Oh, te lo suplico, dime cómo sobreviviremos todos a nuestra locura!” Aunque aún no tenía motivos para ello, no paraba de pensar con inquietud en la cada vez más próxima vejez de su madre: si se moría dejando las cosas tal como estaban, se llevaría con ella a la tumba el secreto que le había ocultado durante tantos años, las explicaciones relativas no sólo a la reclusión voluntaria y a la muerte de su padre, sino también a las extrañas causas de todo aquello… y de la inestabilidad de su hijo, así como de la existencia del pequeño retrasado mental, que no podía ser más auténtica, un retrasado mental del que presumía que no podría separarse jamás. En efecto, tanto la familia como la gente de su barrio estaban perfectamente al corriente de que el hombre gordo y su hijo Morí, al que daba el sobrenombre de Eeyore, iban siempre juntos. Como he dicho antes, la noche que siguió a aquella terrible experiencia, en la que poco faltó para que se remojara en el estanque de los osos, durmió más solo que nunca en una cama demasiado grande incluso para alguien de su talla. Pero aquella soledad tenía su explicación. Hasta ese día decisivo, en efecto, él no había logrado jamás conciliar el sueño sin tener un brazo extendido hacia la cama de su hijo, instalada junto a la cabecera de la suya; y si su mujer se había trasladado a otra habitación, no era por desavenencias entre ellos, sino porque no quería inmiscuirse en la intimidad entre el padre y el hijo, a fin de que éste, si se despertaba por la noche, pudiera alcanzar inmediatamente en la oscuridad, por encima de su cabeza, la mano obesa y cálida de su padre.

Esta actitud ponía de manifiesto la voluntad deliberada de éste de ser su protector y su salvador. Pero ahora le era forzoso reconocer que, incluso en esos detalles de su existencia, alguna cosa no marchaba, pues sintió la misma desazón que si unos granos de arena de afiladas aristas se le hubieran metido en los zapatos; y esto era consecuencia de la ruptura que se produjo dentro de él inmediatamente después de aquellos minutos durante los cuales aquella pandilla de gamberros que lo tenían agarrado por la cabeza y los tobillos hacían acción de ir a tirarlo al fondo del estanque, desde donde los osos blancos le dirigían miradas llenas de un inquietante interés. ¿No cabía la posibilidad, mirándolo bien, de que fuera él, el hombre gordo que supuestamente dormía con un brazo extendido para prestar ayuda a su hijo, quien buscara la cálida manita de la criatura para reponerse tras haber sido arrancado del sueño por alguna terrorífica pesadilla en plena noche…? Una vez aceptada esta posibilidad, surgida del fondo de sí mismo, todos y cada uno de los detalles de aquella existencia compartida con su hijo, acerca de los cuales hasta entonces había estado persuadido de que eran la expresión de su esclavitud respecto a él, se le presentaban ahora bajo un aspecto nuevo, cargado de incertidumbre. No obstante, los detalles más simples de la convivencia de aquel padre obeso con su hijo no menos obeso no estaban afectados por los granos de arena de aquellos pensamientos perturbadores, lo cual fue un consuelo para el hombre gordo ahora que estaba de nuevo inmerso en la lucha contra su madre, ya que se sentía tremendamente solo. De hecho, aun después de su terrible aventura, su comportamiento respecto a los aspectos cotidianos de aquella existencia seguía siendo, en cierto modo, el mismo.

Los dos, hiciera literalmente el tiempo que hiciera, montaban en bicicleta para ir a un restaurante chino donde encargaba una Pepsi—Cola y tallarines en caldo de carne. Los días de lluvia, el hombre gordo se enfundaba en un impermeable, como los que usan los bomberos; y, en cuanto al niño, lo embutía en un viejo anorak que había sido suyo. Mientras el niño tuvo un tamaño normal y no engordó, lo instalaba en una silla de metal ligero fijada al manillar y lo llevaba pedaleando. ¡Cuántas discusiones había tenido con policías que le advertían:”¡Le recuerdo que la ley prohíbe formalmente que monten dos personas en una bicicleta, y sobre todo utilizando artilugios como éste!” Pero él seguía en sus trece; precisamente porque estaba convencido de lo justo de su causa, todo su ser se alborotaba cuando tenía que enfrentarse a un policía. Ahora bien, al reflexionar de nuevo acerca de ello, no le pasó inadvertido que había algo que fallaba en toda aquella historia. ¿Estaba, de verdad, tan convencido…? Ante cada agente que le detenía por ir montados dos en la misma bicicleta, rehusaba rendirse, proclamando que su hijo era “retrasado mental” (el hombre gordo había acabado sintiendo el odio más profundo por este término, por lo que lo utilizaba incansablemente como arma contra la policía), que el niño, como era lógico, no tenía casi ninguna diversión y que su único entretenimiento era sentarse en ese pequeño asiento de metal ligero por muy ilegal que fuera, para ir en busca de una Pepsi—Cola y unos tallarines en caldo de carne. El niño, fatigado y aburrido de estar sentado en la bicicleta parada en una posición inestable en medio de la calzada, no tardaba en empezar a gruñir malhumorado. El hombre gordo, a su vez, levantaba indignado la voz, ronca de por sí, de modo que también parecía gruñir. Así pues, por lo general, la discusión terminaba con la capitulación del agente de policía. Entonces, como si continuara siendo víctima de la persecución policíaca a propósito de un asunto grave en extremo, decía:”¿Has visto, Eeyore, cómo mantengo a raya a los polis? ¡Hemos vencido otra vez! ¡Con este ya van dieciocho!” El niño, al que dejaban por completo indiferente estas palabras que su padre murmuraba cálidamente a su oído, agarrado al centro del manillar, se contentaba con mirar—hacia delante en tanto que el hombre gordo, lleno de ímpetu y ánimo, pedaleaba en dirección al restaurante chino. Mientras aguardaban que estuvieran a punto sus tallarines en caldo de carne, se dedicaba a contemplar, con toda la atención del mundo, a su hijo que bebía su Pepsi—Cola.

En el restaurante, adonde iban cada día, los tallarines en caldo de carne se componían de tallarines, caldo, pedazos de costilla de cerdo finamente rebozados con harina, espinacas y setas. Cuando, por fin, se los servían, ponía en un pequeño cuenco las dos terceras partes de los tallarines y algunas setas y espinacas, y se lo daba al niño; mientras se enfriaba el resto que reservaba para sí, no apartaba los ojos de su hijo, vigilando atentamente cómo comía su ración. Cuando le parecía que ya se había enfriado lo suficiente, empezaba a comerse los pedazos de costilla que se había reservado; y cuando, a fuerza de buscar, conseguía encontrar con la lengua entre la fina capa de harina y la carne pequeños fragmentos de cartílago, examinaba minuciosamente aquella especie de semiesferas blanquecinas y las ponía en un cenicero fuera del alcance de su hijo; por fin, cuando calculaba que había llegado el momento, se comía sus tallarines para terminar al mismo tiempo que el niño. Después, con la cara congestionada a causa del caldo hirviente, pedaleaba al viento de vuelta a casa sin parar de preguntarle a su hijo: “¿Eeyore, estaban buenos los tallarines en caldo de carne y la Pepsi—Cola?” y al oír la “respuesta” de su hijo: “Eeyore, ¿estaban buenos los tallarines en caldo de carne y la Pepsi—Cola?”, se sentía lleno de felicidad al pensar que la comunicación entre los dos era perfecta. Muchos días estaba completamente convencido de que los tallarines en caldo de carne que acababa de ingerir eran, entre todos los manjares que había comido en este mundo, el más delicioso. Una de las razones principales de su obesidad, al igual que la de su hijo, debía de ser precisamente la ingestión de aquellos tallarines en caldo de carne. De vez en cuando su mujer le advertía al respecto; pero, por lo general, él la mandaba a paseo haciendo valer los mismos argumentos que empleaba con los agentes de policía. Cuando el niño, demasiado gordo ya, no pudo introducir sus nalgas en la pequeña silla de metal ligero, su padre compró una bicicleta de un modelo especial con un sillón de extraordinaria longitud (era difícil discernir la intención  con la que había sido fabricada); ambos se sentaban en ese sillón, el uno delante y el otro detrás, y marchaban mientras el padre pedaleaba en busca de los tallarines en caldo de carne y la Pepsi—Cola. ¿Por qué se iban los dos cada día en busca de los tallarines en caldo de carne y la Pepsi—Cola?

El hombre gordo había llegado a la conclusión de que era para que su hijo captara el placer de comer en toda su autenticidad a través del gozo experimentado por un padre en lo más íntimo de su ser, un placer y un gozo que el niño le hacía sentir a su vez gracias a la misteriosa simbiosis que parecía existir entre los dos. Pero después de su experiencia justo al borde del estanque de los osos no puso el mismo fervor que antes en detectar con su lengua los pedazos de cartílago y en analizarlos con minuciosidad; y mientras su hijo ingería, como de costumbre, sus tallarines en silencio a su lado, ya no le resultó tan evidente que el apetito con que comía el niño le provocara gozosas repercusiones en lo más íntimo de su propio ser a él. A veces se preguntaba, hecho un mar de dudas, si la lamentable obesidad de su hijo no se debía simplemente a la ingestión maquinal de lo que le ponían delante, y si lo que él había tomado por marcada predilección hacia los tallarines en caldo de carne y la Pepsi—Cola no habría sido sólo una suposición infundada. Uno de esos días, dado que no tenían nada de apetito, salió del restaurante dejando intacta la mitad de sus pedazos de costilla rebozada de cerdo; el cocinero chino, que jamás se había dejado ver, se lanzó en su persecución sobre una bicicleta terriblemente mugrienta de grasa y, cuando lo alcanzó, le preguntó en su mal japonés: “¿Si había algo no le ha gustado, hoy, del caldo de tallarines con carne?” El hombre, de tan desanimado que estaba, ni siquiera tuvo el coraje de responderle y se limitó a preguntarle a su hijo:”¿Eeyore, estaban buenos los tallarines en caldo de carne y la Pepsi—Cola?” Y al contestarle el niño, con el tono monocorde que le era habitual: “Eeyore, estaban buenos los tallarines en caldo de carne y la Pepsi—Cola?”, el cocinero chino y él se quedaron tranquilos.

Al reflexionar el hombre gordo acerca de aquella relación tan particular entre su hijo y él, había llegado a la conclusión de que se había establecido a causa de una infinita repetición de los mismos gestos y las mismas actitudes. Además, durante mucho tiempo estuvo persuadido de que él estaba atado sin remedio a esa forma de vida porque así se lo había impuesto la existencia de aquel hijo retrasado mental. Sin embargo, ahora que volvía a reconsiderarlo todo tras su terrible aventura en el parque zoológico, descubría con una claridad cada vez más cegadora que era él quien más había contribuido a establecer aquella relación tan especial entre los dos.

Hasta el día en que estuvo a punto de ser devorado por un oso blanco y tomó conciencia de que su hijo, como la costra seca de una úlcera, se desprendía de él, no había dudado jamás de que todo dolor físico experimentado por el pequeño obeso lo sería al mismo tiempo por él. En, una publicación sobre peces leyó un artículo dedicado al celatius; el macho de ese pez, que vive en aguas profundas cerca de las costas de Dinamarca, es diminuto y permanece constantemente pegado como una verruga al vientre de la hembra, la cual, por comparación, es enorme. Y el obeso se puso a soñar que él era un celatius hembra que crecía en las profundidades marinas con su hijo pegado a su cuerpo como un pequeño celatius macho. Este sueño era tan dulce, que le dolía despertarse de él. Al principio, como era natural, nadie podía creer, aunque lo viera, que él experimentara los mismos sufrimientos que su hijo. Pero pasado algún tiempo incluso su esposa, que era particularmente escéptica, terminó por convencerse. Esta sensación de compartir el mismo dolor no apareció en él inmediatamente después del nacimiento de su hijo, sino al cabo de unos años; un buen día, de repente, se le reveló al hombre gordo. Aunque el día en que el bebé fue sometido a la operación en el cerebro instó de tal modo al equipo médico a fin de que le extrajeran sangre para las transfusiones, incluso en cantidad superior a lo indispensable y lejos de todo sentido común, que los médicos se cuestionaron sobre el estado de su salud mental, mientras su hijo estaba bajo los efectos de la anestesia en ningún momento se sintió desfallecer ni experimentó en su carne un sufrimiento parecido al del niño. En el plano del dolor físico, la conexión entre aquellas dos corpulencias, con toda evidencia, se había instaurado (para ser más exactos, hay que decir que él lo veía así, pues no dejaba de darse cuenta de que no era posible determinar si el dolor que sentía era auténtico o no y de que no hay cosa más difícil que reproducir con exactitud un dolor que se encuentra almacenado en la memoria) cuando su hijo tenía tres años, durante el verano, el día en que se quemó el pie al caerle encima agua hirviendo. Cuando el niño se puso a emitir algo más que simples gemidos y gritó a pleno pulmón, desesperadamente, él se encontraba en la sala de estar, echado en el sofá, leyendo una revista, y vio bajo sus párpados, de donde salían a chorro las lágrimas, con una nitidez meridiana, igual que en una película a cámara lenta, cómo se ladeaba y basculaba la cacerola de donde se vertió el agua hirviendo; sin embargo, no corrió a la cocina en auxilio del pequeño que lloraba a voz en grito. Permaneció donde estaba, inmóvil en el sofá, abatido, sin fuerzas, con la sensación de haber tocado el fondo de la debilidad física, como cuando una fuerte subida de fiebre da la impresión de que todos los músculos, todas las articulaciones del cuerpo, se van desencajando, una tras otra; y sus propios gemidos hacían coro a las quejas agudas de su hijo. ¡Pero decir que había llegado a sentir realmente el dolor físico es mucho. decir! Después de atar sólidamente la pesada masa adiposa del niño, que gritaba como un loco, en el cochecito mohoso que había sacado del trastero, logró colocar de modo que no se lastimara, aunque con mucha dificultad, el pie quemado. Camino de la clínica, que estaba muy alejada, iba empujando suavemente el cochecito con el niño, que no paraba de emitir sordos y breves gemidos, bajo la mirada de los viandantes que observaban curiosos el avance de aquel estrafalario dúo; pero él no podía asegurar que, en ese momento, hubiera sentido el dolor en su propia carne.

Mientras el médico curaba el pie de su hijo, horriblemente quemado, al hombre gordo, que estaba ocupado sujetando el pequeño cuerpo, similar a un cohete ahusado sacudido por furiosas convulsiones, se le ocurrió la idea siguiente: ¿podía darse una situación de sufrimiento más espeluznante que aquélla, en la que se sufría porque el cerebro, oscuramente revuelto, de un pequeño retrasado mental era incapaz de captar nada de lo que en conjunto estaba ocurriendo?: no sabía por qué, pero de repente sintió dolor, y, al parecer, nadie estaba en condiciones de calmarlo; además, pareció un extraño ser arrogante con el poder de hacerle sufrir todavía más y, para colmo, su propio padre prestaba ayuda a tal verdugo. En ese momento, el hombre obeso, que estaba a punto de asustar al médico y a las enfermeras mezclando sus gritos con los de su hijo, había comenzado a soltar entre sus dientes firmemente cerrados quejas semejantes a los gemidos de su hijo, porque ahora sí que sintió realmente el dolor lancinante que le producía la quemadura en el pie (o, por lo menos, el creía sentirlo).

Una vez que, lista la cura, el dolor se hubo apaciguado ligeramente, al lado de su hijo agotado y pálido por el solo hecho de que continuaba sintiéndose mal, el hombre gordo también estaba cansado, tanto, que no era capaz de proferir una sola palabra. Su esposa, que había permanecido en la sala de curas sujetando al niño, tomó un taxi y se marchó llevándose consigo a su hijo, dejando que su marido volviera solo a casa por la estrecha calle que se extendía a lo largo de la vía férrea, con las cuerdas con las que habían sujetado al niño dentro del cochecito vacío. Durante el camino, lleno de perplejidad, se preguntaba por qué su mujer se había ido así, arrancándole a su hijo; ¿habría sentido miedo? ¿Miedo de que, si volvían todos juntos a casa por el mismo camino, con el pequeño en el cochecito, su marido atravesara con cochecito y niño las viejas traviesas desechas, que acababa de plantar a lo largo de la vía para mantener apartada a la gente, y se dejara atropellar por un tren, a fin de erradicar el sufrimiento físico del que los dos eran presa? Pues si el médico y las enfermeras no se habían dado cuenta de sus gritos a dúo con los del niño, su esposa, que estaba frente a él, al otro lado de la mesa de curas sujetando la otra mitad del cuerpo del niño y echándose tanto hacia a delante que su cabeza rozaba la de su marido, había tenido que oír con toda claridad cada uno de los gemidos de dolor que éste profería. Aunque empujaba el cochecito vacío con energía, el regreso a lo largo de la vía férrea fue exageradamente lento; iba a paso de tortuga, como si de verdad tomara mil precauciones para proteger un pie dolorido que se hubiera quemado y acabara de ser curado. Si tenía que saltar por arriba de un minúsculo charco de agua, no olvidaba jamás soltar un grito de dolor: “¡Ay! ¡Ay!” A partir de ese día, por lo menos en la medida en que él tenía conciencia, el dolor físico de su hijo se transmitía directamente al hombre gordo en forma de resonancia a través de sus manos unidas, y sentía en su cuerpo el mismo sufrimiento que el niño. Si el hombre gordo daba una significación positiva a este fenómeno del sufrimiento físico simultáneo, aunque los temblores que le sacudían fueran puramente imaginarios, era porque creía que el conocimiento que tenía de tal sufrimiento, por ejemplo, del dolor experimentado al despegar con una pinza la piel muerta, después de la formación de ampollas, de la quemadura, podía llegar hasta su hijo por el canal de sus manos estrechamente unidas, y estaba convencido de que así reinaría un poco de orden en el caos de terror y de dolor que invadía el cerebro nebuloso y entenebrecido del niño. Es decir, el hombre gordo desempeñaba para la mente de su hijo sacudido por el dolor, de algún modo, el papel de ventana, una ventana abierta por un lado sobre el temible mundo exterior y por el otro sobre el lastimoso y oscuro universo interior tan sólo capaz de sufrimiento y prácticamente cerrado a las realidades externas. Y así, si el niño no manifestaba nada en contra de que su padre desempeñara ese papel, éste no tenía ninguna razón para dudar de su convicción. Además, portándose de aquel modo, podía conseguir, incluso, el consuelo de sentirse una víctima inocente que pensaba que sufría por una esclavitud impuesta por la presencia de su hijo, a la que, sin embargo, aceptaba someterse voluntariamente.

Poco después de su cuarto cumpleaños, Eeyore fue sometido a una revisión ocular en el servicio de oftalmología de cierta universidad. Fuera quien fuera el especialista, no era cosa fácil el examinar la vista de un niño retrasado que exceptuando cuatro palabras, en extremo sumarias desde el punto de vista de la organización de frases y de vocabulario, palabras, además, sin relación con la situación del momento, no manifestaban más que simples reacciones de dolor o de placer; no podía ser una tarea más difícil y molesta. Y, además, el joven paciente era, aparte de gordo y pesado, y por consiguiente difícil de llevar en brazos, anormalmente fuerte en las cuatro extremidades, de modo que si empezaba a resistirse porque cogía miedo a algo, era como una bestia salvaje asustada, imposible de dominar. Su madre, que pronto notó algo anormal en la vista de su hijo y que se había dejado llevar por poco científicas especulaciones sobre una posible relación entre este hecho y el retraso mental del niño, deseaba, desde hacía mucho tiempo, someterlo a una revisión exhaustiva por un especialista en oftalmología. Pero todos los oftalmólogos a los que acudieron se negaron a visitarlo. Desesperados, fueron a consultar al especialista del cerebro, que, puesto que operó a su hijo a muerte o a retraso mental, como mínimo había conseguido que viviera. Y consiguió una carta de presentación para el servicio de oftalmología de dicha universidad. Los tres fueron al hospital; para empezar hicieron aguardar al hombre gordo en la sala de espera y su esposa subió con Eeyore a la sala de exploraciones y curas. Cuando, una buena media hora después, su mujer reapareció arrastrando por el suelo la masa pesada de su hijo, que no hacía más que chillar y chillar, le bastó con una mirada para comprender que se les habían agotado todas las fuerzas. En efecto, apenas comenzada la exploración, el especialista, las enfermeras y la madre se habían quedado exhaustos,— y los enfermos que esperaban su turno en la sala de espera, al ver al niño ofreciendo el aspecto de un animalito cruelmente martirizado, conmocionados, no apartaban sus ojos de él. Al ver a su hijo en aquel estado, el hombre gordo comprendió indignado, a la vez que lleno de terror, la razón por la cual su esposa, a pesar de que él les había acompañado hasta el hospital, le indicó que aguardara en la sala de espera y prefirió subir sola con Eeyore a la consulta. Una exploración a fondo de la vista de un niño debía conllevar una serie de torturas generadoras de terrores tan inéditos como atroces. Eeyore continuaba emitiendo desde el fondo de su garganta algo así como el eco de un alarido apenas audible. El hombre gordo se puso de rodillas en el suelo sucio para abrazar la pequeña masa redonda de su hijo. El niño le echó los brazos al cuello: sus manitas estaban totalmente mojadas, como la parte inferior de las patas de un gato que acabara de afrontar un peligro. Al contacto de esas manos, una vez más, penetró en él toda la quintaesencia de aquello que en el transcurso de media hora acababa de vivir su hijo (así era, por lo menos, lo que él creía entonces).

Todos, absolutamente todos los salientes y oquedades del cuerpo del hombre gordo eran presa de una dolorosa torpeza por haber estado sometido, durante treinta minutos seguidos, a las erizadas puntas de unos instrumentos de investigación oftalmológica que, en realidad, no había visto. Y si Eeyore, poco a poco, no se hubiera puesto a lloriquear por sí solo, se habría revolcado por el suelo profiriendo gritos de terror. Como previsión, la esposa del hombre gordo —la única persona delgada de la familia— había tomado sus medidas para impedir que su marido y su hijo dieran un espectáculo en la consulta ofreciendo una imagen de alienación mental: ésa era la razón por la que le había dejado solo en la sala de espera. Él estaba tan indignado como su hijo: se identificó instantáneamente con la desconsoladora fatiga que se leía ahora en el rostro de aquel niño tan rudamente tratado, que tenía la actitud de un pequeño mártir impotente o (por decir las cosas de una manera más ajustada a la psicología del hombre gordo) de una víctima impotente de la temible estructura burocrática del hospital universitario, y se lamentó, suspirando agitadamente:

—¡Ah! ¡Pobre Eeyore! ¡Por qué atrocidades te habrán hecho pasar! ¿Quiénes se han creído que son, Eeyore, esos canallas?

—¡Pero si ha sido Eeyore el que se ha comportado como un animal! ¡Daba patadas a todo el mundo, al médico, a las enfermeras! ¡Ha roto un montón de instrumentos! —dijo su esposa, que no es que procurara ser imparcial, pero jamás daba alas a la manía persecutoria de su marido. Al oírla hablar así, llena de triste indignación por la brutalidad de su hijo, el hombre gordo lo tomó como un ataque personal.

—¡No! ¡Se ha debido de cometer un grave error! Si no es así, ¿cómo Eeyore ha podido comportarse de ese modo tan bruscamente, siendo, por norma general, un ser inofensivo? Dices que aún no le habían hecho ninguna prueba seria. Si es así, ¿cómo podía captar Eeyore que le esperaba algo a lo que debía oponerse como lo ha hecho? ¡Digo que se ha cometido un grave error, aquí, en el servicio de oftalmología de esta universidad! ¡Y, sin embargo, a ti te ha pasado por alto!

Con esta perorata, que soltaba a toda velocidad, interrumpía la réplica de su mujer, muy probablemente fundada en la razón, en tanto que él, al tiempo que formulaba estas críticas, se convencía cada vez más de que ciertamente alguna cosa iba mal en el servicio de oftalmología de aquel hospital. Y su veredicto se fundaba sobre una base inatacable: era su hijo, que había cesado de acariciarle la nuca con las palmas de sus manos empapadas de sudor y que no emitía más que débiles gruñidos, el que le había transmitido, por vía telepática, esa información.

—Voy a subir con Eeyore para pedir que lo examinen de nuevo. ¡Si no consigo obtener un diagnóstico, al menos me cercioraré de lo que va mal! —dijo el hombre gordo mientras su cara redonda enrojecía y le faltaba el aliento—, si no, aunque vuelvas otro día, ocurrirá lo mismo, y Eeyore concebirá la experiencia que acaba de vivir en este hospital como una abominable pesadilla de la que no entenderá nada, pero de la que siempre guardará un mal recuerdo.

—Eeyore no tardará en olvidarlo, diría que casi ya lo ha hecho.

—¡Al contrario! ¡Eeyore no lo olvidará! Últimamente llora con frecuencia a medianoche. Nunca lo había hecho durante tanto tiempo. Pero ¿no te duele imaginártelo preso de sueños aterradores sin que pueda comprenderlos? —dijo el hombre gordo insinuando claramente y de modo categórico algo que hizo callar a su esposa: que ella no pasaba la noche con su hijo.

Y lleno de enérgica decisión, con su abrigo manchado de barro a la altura de las rodillas, se dispuso a subir las escaleras, con el gordo niño sobre los hombros, hasta la sala de consultas. El poder mostrar, no sin ostentación, que para su hijo, aquella pequeña masa redonda, no era su madre sino él, su padre, el único ser irremplazable, le llenaba de una exaltación indescriptible. Pero, al mismo tiempo, la bárbara perspectiva de la horrible tortura que iba posiblemente a tener que soportar el dúo padre—hijo parecía provocarle anemia, y a cada paso que daba por las escaleras su rostro pasaba, alternativamente, de las sofocaciones a los escalofríos.

—Eeyore, debemos tener los ojos bien abiertos, tú y yo, para ver qué pretenden hacer —dijo el hombre gordo en voz alta dirigiéndose a la cálida, obesa y pesada presencia que llevaba sobre sus hombros, respecto de la cual había veces que no sabía si representaba el papel de protegido o de protector—. Si Eeyore y yo conseguimos salir de una manera u otra de ésta, iremos a tomar una Pepsi—Cola y unos tallarines en caldo de carne, ¿eh, Eeyore?

—¿Eeyore, están buenos la Pepsi—Cola y los tallarines en caldo de carne? —respondió, muy distendido, el niño, evidentemente satisfecho de que su padre lo llevara en hombros, liberado, por lo visto, de la experiencia anterior.

Lo que corroboraba plenamente el pronóstico materno; y si esa voz no hubiera sido para el padre un poderoso estimulante, sin ninguna duda, delante de la puerta de la sala de visitas, el hombre gordo habría perdido el coraje y habría dado media vuelta. El reloj anunciaba la llegada del mediodía, y una enfermera, con la evidente intención de no dejar entrar a nadie más en la consulta externa, estaba a punto de cerrar la puerta y echar el cerrojo. Cuando la joven enfermera vio al hombre gordo con su hijo sobre los hombros, mostró una expresión de repulsión e incluso de horror, como si hubiera visto de nuevo a un fantasma que acabara de exorcizar, y se apresuró a ocultarse al otro lado de la puerta. El hombre gordo, depositando sus esperanzas en una manifestación de respeto que le inspiraba el prestigio de aquel hospital, dijo con tono solemne y actitud insistente, mostrando la carta del catedrático, especialista en neurología, que había escrito una carta de presentación para su hijo: “Vengo de parte del profesor X, que me ha recomendado a ustedes”.

Seguramente, la enfermera pensó que ella, con sus solas fuerzas, no estaba en condiciones de desembarazarse de aquel gigante, erguido cuan alto era, y que no desmontaba al niño de sus hombros. Sin responder nada en concreto, corrió, dejando la puerta entreabierta, hacia el fondo de la sala, donde se encontraba, separado por una cortina, una especie de cuarto que estaba a oscuras. Mientras ella alertaba a alguien, él franqueó decididamente el umbral y se dirigió hacia el cuarto del fondo. De detrás de la cortina salió la voz excitada de alguien Que gritaba en un tono de irreprimible exasperación:

—¡No, no y no! ¡Digo que no! ¡Todo el personal del hospital no bastaría para sujetarle, maldito crío! ¿Cómo, han vuelto? ¿Qué? ¿Están ahí? ¡No me diga, no puede ser!

Desde luego, el hombre gordo llevaba las de ganar. Recobrando su presencia de ánimo, depositó con cuidado a su hijo en el suelo, metió poco a poco su gruesa cabeza tras la cortina, y lo que vieron sus ojos en la semioscuridad fue un médico tan diminuto que se le hubiera podido tomar por un niño vestido con una bata blanca de adulto. Echando hacia atrás su minúscula cabeza, que parecía la de una mantis religiosa con la cara de color pardo, lanzaba miradas fulminantes a la perpleja enfermera. Después de una larga mirada inquisitiva, algo descortés, el intruso le preguntó con educación, aunque todo aquello no dejaba de ser una evidente falta de respeto:

—Vengo recomendado por el profesor X, y me he tomado la libertad de presentarme a usted, doctor. ¿No podría visitar a mi niño, por favor? Yo también podría ayudar a sujetarlo.

Así comenzó la exploración. El médico que recordaba a una mantis religiosa parecía absorto en sus pensamientos, hirviendo de furor: “Justo cuando le estoy chillando a la enfermera, ¿cómo puedo mandar a paseo al gigantesco padre de un paciente, si se me dirige con toda educación aunque en el fondo sea un maleducado?” Ignorando sistemáticamente la presencia del hombre gordo, la mantis religiosa comenzó la exploración proyectando el chorro de luz de su lámpara de bolsillo sobre la pupila del niño, ahora instalado sobre un taburete redondo y giratorio de poca estabilidad. Ocurría que, para aumentar la eficacia de la minúscula lámpara, habían apagado las luces y la consulta estaba transformada en un cuarto oscuro. El padre se instaló como pudo, agachándose incómodamente, en el pequeño espacio que quedaba libre detrás del taburete y abrazó firmemente a su hijo cogiéndole las manos por delante. Se sentía orgulloso al ver que el niño, que ligeramente echado hacia atrás lograba a duras penas mantener el equilibrio sobre el taburete, se mostraba tranquilo, a pesar del miedo que le hacía temblar, porque era él quien lo sujetaba, quien se encontraba siempre a su lado en las tinieblas de la noche. “Hace media hora, por no haberse dado cuenta de que Eeyore no soporta el miedo a la oscuridad si no se orienta por el canal del contacto directo con su padre, mi mujer, el médico y las enfermeras le han dejado por imposible, sin más, en la misma fase de la exploración, reduciéndole a la categoría de un animalito asustado con el que no se sabe qué hacer. Pero ahora mi cabeza piensa que las tinieblas que nos rodean no son amenazadoras, y ese pensamiento mío se transmite fielmente al cuerpo de mi hijo, a través del apretón de nuestras manos, y anula todas las señales de alarma inquietantes que aparecen en su mente trastornada”, se dijo el hombre gordo para su gran satisfacción.

Con todo, en tales circunstancias, Eeyore tenía miedo incluso de la lámpara de bolsillo y no dirigía su mirada hacia el lado que quería el médico, es decir, precisamente hacia el delgado chorro de luz. Sacudiendo la cabeza de derecha a izquierda, mirando de soslayo, intentaba esquivar al minúsculo médico, que se movía precipitadamente, con la lámpara de bolsillo en la mano. Al cabo de un rato, la misma enfermera de antes, sin duda para reconquistar el terreno perdido y volver a estar en gracia con su jefe, se les acercó con ademán de colaborar de alguna forma, diciendo:”¡Croa! ¡Croa!” Ese grito inesperado provocó que el cuerpo del niño se contrajera de una manera espectacular a causa del miedo. Al levantar la cabeza el hombre gordo con aire de reprobación, vio que la enfermera intentaba atraer la atención del niño haciendo “¡Croa! ¡Croa!” y mostrándole con la mano una asquerosa rana de goma fluorescente que se destacaba claramente en la penumbra. Justo cuando el hombre gordo iba a protestar diciéndole que dejara de hacer aquella tontería que había asustado a su hijo e incluso a él, Eeyore cayó en un estado de pánico total; se puso a retorcerse sobre sí mismo asiendo por la articulación el brazo de su padre, empezó a patalear e hizo caer un montón de cosas: la lámpara del médico, la rana de goma que le mostraba la enfermera e incluso los diversos objetos que había sobre una pequeña mesa auxiliar que estaba a su lado. Gruñendo de rabia, secretamente a dúo con su hijo, el padre vio que las patadas de Eeyore habían hecho caer al suelo, además de unos libros, un gran cuenco de arroz con anguila frita que debía de ser la comida del médico. Vista la velocidad extraordinaria con la que se desarrolló la exploración a partir de ese momento, no se podía excluir la impresión de que el diminuto médico trataba con espíritu guerrero a u desobediente paciente avivando la llama del odio por un rencor imputable, sin duda, a las patadas del niño, pero en parte atizado también por el hambre que no había podido saciar. A este respecto, el cuerpo compuesto que formaba la pareja padre—hijo saboreaba el gozo del desquite. ¡Pero era también el punto de partida de un auténtico terror que no tenía ninguna gracia! Pues el médico enano, que había pasado la consulta externa toda la mañana, estaba muerto de cansancio y tenía el estómago en los pies; acababa de presenciar el destrozo de su comida y, a pesar de ello, no tenía coraje para insultar al adiposo padre de aquel hijo retrasado, que enarbolaba una carta de recomendación del profesor X. ¿Cómo no temer alguna fechoría desagradable dirigida contra la vista de su hijo? El hombre gordo, ante esta nueva preocupación, se sintió arrepentido y lleno de abatimiento.

El médico reclamó exaltado a todo su personal, y tras hacer que el pequeño paciente se tumbara boca arriba sobre un diván de cuero negro, les indicó a todos, con aire de victoria, que mantuvieran bien agarrado aquel cuerpo pequeño. (El hombre gordo, no sin esfuerzo, consiguió reservar para sí la tarea de sujetar ambas mejillas de Eeyore entre sus dos brazos y el pecho echándole todo su peso encima.) A pesar de que era obvio que la primera prueba no había terminado satisfactoriamente, pronto se pasó a la segunda, que debía de ser todavía más compleja.

Así que Eeyore estaba inmovilizado de pies a cabeza, con lo que se le impedía hacer el menor movimiento. Sólo podía gritar, mostrando el fondo de su cavidad bucal de color rosa y sus dientes amarillentos. (Era imposible cepillarle los dientes; le horrorizaba la idea de que alguien, fuera quien fuera, le hiciera abrir los labios, y si se intentaba introducirle a la fuerza el cepillo de dientes entre los labios cerrados, se quejaba, bien porque le hacía daño, bien porque le hacía cosquillas, y terminaba por agarrar el cepillo de dientes entre sus mandíbulas.)

Una enfermera colocó en la cabecera del diván una especie de fórceps hecho de un fino tubo de aluminio. El hombre gordo, con sólo pensar que le iban a introducir aquel instrumento por debajo del párpado para abrirlo bien, dejando al desnudo el globo ocular, ya sentía un fuerte dolor que atravesaba sus propios ojos hasta el eje central del encéfalo. Pero, total mente indiferente a su pánico, el médico vertió dos clases de gotas en el ojo que Eeyore se esforzaba en mantener cerrado, aunque derramaba abundantes lágrimas como señal de su protesta. Eeyore reanudó sus gritos, y su padre se puso a temblar. Fue entonces cuando el médico le dijo a título de información:

—Es para anestesiarlo; con esto no sentirá ningún dolor.

Tras estas palabras, el doloroso hilo de plata que unía los ojos del hombre gordo a su encéfalo se volatilizó dejando unas huellas sospechosas tras de si. Pero Eeyore seguía gritando más y más, como si lo estuvieran estrangulando. En medio del griterío, que iba en aumento, el hombre gordo, enjugándose sus lágrimas con el dorso de la mano, vio muy cerca cómo el médico insertaba el instrumento por debajo del párpado de Eeyore, y dejaba completamente al descubierto el globo ocular. Éste era, en verdad, una esfera voluminosa de color de clara de huevo, y te dio la inmediata impresión de estar delante del globo terráqueo que supone el mundo entero del hombre. El centro estaba marcado por un círculo de color castaño levemente difuminado, donde está abierta, perdida y sin fuerza, la pupila con su luz opaca y melancólica. Con una expresión de estupidez, de terror y sufrimiento, intentaba distinguir algo con todas sus fuerzas; aunque lo veía todo borroso, intentaba distinguir aquella salvajada que imponía sufrimiento. El hombre gordo se identificaba totalmente con ese ojo. Era cierto que la acción del anestésico le impedía sentir dolor; pero luchaba interiormente contra un sentimiento mal definido de discordancia y de temor mientras levantaba su rostro impotente hacia la masa de rostros desconocidos que le rodeaban. Estuvo a punto de gritar al unísono con su hijo:”¡Ay! ¡Ay! ¡Aaay!” Pero no tenía más remedio que reconocer que el ojo castaño difuminado, lleno de estupidez, de terror, de sufrimiento, percibía también su cara, sí, su cara, como una más del grupo de torturadores desconocidos. Una brecha de vivas aristas se abrió entre él y su hijo. Metió a la fuerza su índice derecho entre los dientes amarillos de Eeyore, que gemía y cuyas mandíbulas rechinaban sin cesar con un ruido seco. (No fue hasta después del incidente al borde del estanque de  los osos blancos cuando admitió que el hecho de que hubiera metido el dedo entre los dientes de su hijo se explicaba por el temor a la ruptura que sentía y por el miedo de encontrarse, cara a cara, con la decepción de que fuera falsa la fórmula que había construido en todos sus componentes: Eeyore = yo.) Entonces vio brotar, inútilmente, una gran cantidad de sangre a borbotones, la cantidad equivalente a las lágrimas que vertía su hijo, y percibió el rechinar de huesos de sus propios dientes; entonces, indiferente a la presencia de los demás, cerró los párpados y se puso a lanzar los mismos gemidos que Eeyore: “¡Ay! ¡Ay! ¡Aaay!”

 

(continuará…)

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