Con las pantuflas de mi abuelo

Marcos Tabossi

 

Cuando me llamaron lo dudé. Es cierto que se trataba de una posibilidad única, que podía crecer profesionalmente y que ayudarlo en lo que pueda es devolverle un poquito de todo lo que me había dado, aunque él no lo supiera. Pero también es cierto que me llamaron porque siempre fui dedicado y responsable con mi trabajo y si aceptaba iría en contra de ello.

Ahora ya es tarde. El tipo está ahí, detrás de la puerta de vidrio, a cuatro metros de la oficina donde el director me cuenta lo que espera de mí y me dice la cifra que piensa pagarme. Lo veo por el rabillo del ojo. No quiero desviar la mirada para no pasar por maleducado. Está en el medio del pasillo, como esperando algo. El director lo mira y no se inmuta, como si estuviera acostumbrado. Entonces yo también miro y se me cae la pera. Y aunque estoy acá precisamente para tratar con él, cuando lo veo ahí, con su parada de gallito sacando pecho, con los pescadores que suele usar, y con su melena abundante y desprolija como la tenía de pibe, no puedo evitar que me tiemblen las piernas.

El director mueve la boca y los brazos, supongo que habla de días y horarios, pero yo estoy en la casa de mi abuela comiendo buñuelos, viendo cómo mi viejo enloquece, se arrodilla ante el televisor y empieza a gritar que el tipo es un hijo de puta pero que también es Dios, que lo ama más que a mi vieja, y que no se muera nunca. El hombre correcto de corbata y portafolios que me lavaba la boca cuando decía una mala palabra estaba desquiciado. Vuelvo al rostro avejentado del director y escucho que me advierte sobre la importancia de hacer bien el trabajo porque el país tiene los ojos puestos en la clínica. Si, claro, ya lo sé. En la puerta hay una multitud de fanáticos y periodistas que hacen guardia esperando novedades.

Mientras el director responde un llamado aprovecho para mirar con más detenimiento al tipo. Sigue ahí. Ahora se le acercan dos enfermeras que intentan convencerlo de algo pero él las aparta con un gesto y señala insistentemente la oficina del director -me señala a mí-, como si deseara hablar con él. La remera que tiene puesta se levanta un poco y el ombligo queda al descubierto. Le miro los pies, sus pantuflas se parecen a las de mi abuelo. Me detengo en el pie izquierdo y veo a mi viejo lagrimear ocho años después del día que enloqueció. Los dos estamos al borde del llanto, sabemos que se acabó todo, que sin ese tipo de pantuflas estamos perdidos. Fue la primera vez que lloramos por lo mismo, la segunda cuando murió mi abuela, y la tercera fue de alegría, en la entrega del título, cuando juré por la ética profesional. La misma ética que impide el trato a familiares y amigos por atentar contra la objetividad pero que nada dice de los tipos como éstos, tan cercanos y tan lejanos a la vez.

No lo podemos controlar, hace lo que quiere, se la pasa comiendo pizzas, me dice el director después de cortar. Los dos sabemos que el tipo no tendría que estar internado ahí, que lo suyo no es una psicosis, apenas algunos excesos. También sabemos que su estadía sirve para promocionar la clínica.

Pasan dos días. Estoy en su habitación, frente a frente. Al principio no sé cómo actuar, el tipo me ignora y yo me comporto torpemente, parezco uno de sus fanáticos que hacen vela en la puerta. Las palpitaciones empiezan a ceder cuando me detengo en sus ojos. Su mirada es triste, cansada. De a poco baja la guardia, deja los monosílabos como respuesta y me cuenta algunas anécdotas de la clínica que le causan gracia, en especial las referidas a Néstor o a Parquita, dos de los pacientes crónicos de más antigüedad. Después de una sonrisa tibia hace una pausa y me dice en tono reflexivo que daría cualquier cosa por ser como yo, ¿Cómo yo? si, como vos. Poder andar por la calle con la libertad que da el anonimato. Lo miro perplejo y me veo a los siete, o tal vez a los ocho, (cuando no sabía lo que era la psicología), tratando de meter la pelota con el pie en la maseta grande, relatando un partido imaginario y nombrándome con su nombre cada vez que lo logro.

Pasan cinco días del primer encuentro. Ahora es la tercera vez que nos vemos. Había resultado bastante bien fingir que para mí era un paciente más. Pero esa mañana me olvidé de ese detalle y salí de mi casa sin medias porque hacía calor. Después del saludo inicial me siento frente a él y cruzo las piernas, como siempre. El ambo se levanta un poco y el tipo me mira a la altura del tobillo y reconoce su firma. Taparla con la mano es ridículo, ya la vio, pienso. Prefiero naturalizar la situación y seguir como si nada. Pero el tipo no necesita comportarse como si la situación fuese natural: le es natural. Ni siquiera se sorprende. Nada.

Vuelvo a mi casa y me planteo si es posible atender a un tipo así. Un hombre al que no puedo entender porque vive en otro mundo, fuera de todos los libros que estudié en mi vida, inasible para el resto de nosotros que somos tipos normales, como me dijo el primer día.

No hubo cuarto encuentro. La vez siguiente, después de atravesar con más facilidad la guardia de fanáticos y periodistas montada en la puerta de la clínica, me recibe el director y me informa que el tipo está en Casa Rosada, que había conseguido una entrevista exclusiva con Kirchner y que perdón por no habérmelo comunicado por teléfono. Al otro día lo subieron a un avión y lo llevaron a Cuba. En la isla lo recibió Fidel Castro y le ofreció un tratamiento exclusivo y especializado.

Creo que fue una buena decisión, ese tipo no era un paciente para esa clínica.

 

 

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