La agridulce belleza de lo grotesco

Pedro A. Curto

 

¿Por qué esconderlos? Es una de las preguntas que hace Francisco de Goya en uno de Los Caprichos que se muestran en la exposición “El factor grotesco” del Museo Picasso de Málaga. Porque ante lo anormal, ante lo situado a los márgenes, el arte ha tenido una función catártica, actúa como un desvelador de lo que se encuentra tras las cortinas. O aún más, es aquello que proporciona esa risa compulsiva, que no deja de ser miedo y perturbación frente a lo que no encaja en nuestra mentalidad, la cual suele estar limitada a unos pocos esquemas. Así lo comprobamos en los rostros grotescos enfrentados de Leonardo da Vinci, los monstruos de Goya, hasta los cuerpos de Francis Bacon, desnudos en su desnudez. Sin embargo la variedad de cuadros y obras expuestas (270 de 74 artistas), nos indica que lo grotesco no tiene una sola lectura, sino que su visión es cambiante en el tiempo, haciendo que lo rechazable en un momento pueda estar dotado de belleza en otra época. Es el Andy Warhol que salta de lo marginal a la marca publicitaria. La estética es siempre ambivalente y la belleza subjetiva, la frontera entre repulsión y atracción, suele ser muy fácil de traspasar. A fin de cuentas los demonios y los dioses suelen ser tiránicos y prepotentes. El arte se ha acercado, ante todo, a los demonios íntimos de la sociedad, a los ángeles negros que pueblan nuestra cotidianidad.

La peste, la guerra, la locura, la marginalidad, son factores que han poblado históricamente nuestros pueblos y ciudades, por lo tanto lo grotesco es algo imperecedero, ligado a nuestra cultura, a esa civilización humana que se ha ido alejando de la animalidad. Así el arte no inventa lo grotesco, sino que se imbuye en un juego de espejos. Lo grotesco forma parte de nuestro ADN, y esa interiorización es precisamente la que nos hace reírnos de lo más esperpéntico, de lo más monstruoso (La barbuda de Peñaranda, La monstrua desnuda… entre otros, que se muestran en la exposición) para exorcizar los monstruos interiores. Son los espejos convexos en los cuales Valle Inclán miraba el auténtico rostro de la sociedad, el Gregor Samsa de Kafka, que desde su absurdidad e imposibilidad, nos habla de la debilidad humana, o los miserables de Buñuel en Viridiana, aunque no estemos seguros si los grotescos son ellos, o los propietarios que los convocan a una cena tumultuosa. En estos casos no acude a nosotros la hilaridad, porque el espanto es la otra parte de la risa, pero forma parte de una misma geografía: es aquello que nos sorprende, lo que rechazamos o no somos capaces de encajar. En todo caso, es siempre algo que nos altera, y esa es una de las funciones del arte, alterar nuestra normalidad. Por eso lo grotesco siempre ha formado parte del arte.

En nuestra actual sociedad, alabadora de una cierta belleza, de una “juventud” impuesta, enemiga de las arrugas, ¿dónde está lo grotesco? Quizás más bien en ese intento posmoderno de esconder la decrepitud del ser humano, precisamente en una época donde la decrepitud ocupa una parte importante de nuestra existencia. Es posible que Goya o Bacon estuviesen dando sin saberlo, pinceladas a lo que el ojo contemporáneo está contemplando.

Lo más interesante de la exposición “El factor grotesco”, es poder contemplar una serie de obras diferentes, que permiten al ojo viajar desde la Edad Media y el Renacimiento, hasta los dadaístas, el contexto alemán que retrató George Grosz, la crítica al poder, incluso a la banda de Picasso o particularidades como la de René Magritte. Y no es difícil encontrar que a pesar de la variedad, siempre existen aspectos comunes a los que el arte recurre, por encima de épocas o las diferentes escuelas. Uno de ellos son las sucesivas máscaras que nos vamos encontrando, desde su visión más carnavalesca a la más sutil, que no tienen la función de ocultar, sino al contrario, la de descubrir. Porque la máscara, liberándonos de lo correcto, de las formas corteses, nos acerca a esa realidad íntima que lo grotesco pone al descubierto: lo absurdo de la existencia más allá de su animalidad, un descubrimiento que hace el arte, creando belleza de ese vacío, precisamente cuando huye de esa animalidad.

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