Cambio de piel

Violeta Balián

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Ilustración-Miriam Ascúa (Córdoba, Argentina)

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Te amo más que a mi propia piel
Frida Kahlo

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Era yo en esos días un hombre solitario que viajaba sin conocer el final del camino que me había trazado. Hasta que me fui acercando a un lugar, a orillas del sembrado y frente a esa inmensidad que me hacía doler el alma. A la distancia, ya se divisaba la vieja casa de campo a la que no había regresado desde que mi familia desapareciera en un viaje a La Rioja. Decidido o en pos de un espejismo, caminé en esa dirección.

Estará vacía, pensé al abrir la puerta, segundos antes de enfrentarme con tres extrañas figuras que, salvo por los ojos y la boca, cubrían sus cuerpos con pentágonos de cuero cosidos el uno al otro y llevaban, en el pecho un parche con una foto impresa. Fue así que reconocí a mi mujer y a mis dos hijos.

—Papi, ¡viniste! —exclamaron los muchachos, envolviéndome en un abrazo.

—Te esperábamos —susurró mi mujer, Bea, mirándome desde el fondo de sus ojos azules.

Henchido de emoción, no me atreví a tocarla pero pregunté :—¿Y esta indumentaria? ¿Qué significa?

—Reemplaza a nuestra piel —aclaró, avergonzada.

El Concilio los mantenía contenidos detrás de una barrera impenetrable, informaron los muchachos. Nadie podía entrar. Nadie podía salir. Comían de su propia huerta.

—Pero no te preocupes, papá, nos sobra la carne —dijo Ale. —Se matan más vacas de las necesarias para suplir con cueros a todo individuo que necesite ocultar las llagas que supuran bajo esta cobertura —agregó, señalando su ropaje.

—Pero ¿qué ocurrió? ¿Cómo llegaron a este lugar?

—Viajábamos por una carretera de cornisa cuando de pronto aparecimos aquí, en nuestra vieja casa, con la piel cayéndosenos a pedazos. Según la milicia, nos contaminamos durante la transición. Nos aseguran que es una condición temporaria. Por ahora, estamos bajo su protección y tan pronto transmutemos en otro tipo de ser humano, nos enfundarán en una nueva piel.

—Extraño lugar.

—No te preocupes, papi, esta gente se ocupa de todo —dijo Pedro, satisfecho.

—Sí, sí claro. Me parece que entiendo —respondí, resignado.

Conmovido y sin querer perder un minuto más, les referí las angustias vividas y les hablé de mi impotencia cuando recibí las noticias del siniestro, de la imposibilidad de un rescate, de la indiferencia de las autoridades y cómo, sin creer palabra de lo que me decían, peregriné tras ellos la extensión del país. Porque quería, debía encontrarlos y ahora que estábamos juntos, me consideraba el hombre más feliz de la Tierra. Nunca los abandonaré, prometí.

—Mirá, papá, te están saliendo unas manchas en la cara. Se ve que también hiciste una transición. Y te contaminaste —avisó Ale.

En ese momento oí a mi mujer, Bea, hablando con el encargado:

—Sí, ya mismo, necesitamos otro cobertor de cueros y un parche de identificación.

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