Postales de España (III). El castillo de Almodóvar del Río

Alberto Ernesto Feldman

castillo almodovar del rio

 

 

Como esos sueños que se repiten a través del tiempo, el Castillo de Almodóvar del Río vino hacia mí varias veces desde mi juventud y yo fui hacia él en una sola e inolvidable ocasión, llevado por la casualidad.

La última vez que me topé con esta hermosa y formidable fortaleza fue ayer, cuando buscando material en Internet para este trabajo, supe que ahora, a pesar de ser propiedad privada, está habilitado como museo con un amplio horario de visitas guiadas. Cuando yo lo conocí, en mayo del 2001, no estaba abierto al público.

La primera vez que supe de este lugar fue hace cincuenta años, cuando visitaba las casas de Música, con la secreta esperanza de que la proximidad de los instrumentos y el olor de las partituras me confirieran el Don que la Naturaleza me había negado; el de ser un inspirado y talentoso músico, ya que no podía resignarme en ese entonces a ser un simple oyente, y un ejecutante limitadísimo, como lo hago ahora. La escritora Alejandra Pizarnik definió con sólo dos palabras este estado: lo denomina ”Infierno Musical”.

Me encontraba en Casa América, una tradicional casa de Música de la Avenida de Mayo, ya desaparecida, cercana a la avenida 9 de Julio buscando obras de Joaquín Turina, un músico andaluz que lo mismo que su coterráneo Manuel de Falla, hace vibrar alguna parte de mi ser, con obras que empiezan a quererse desde el mismo título.

Así, la “Sinfonía sevillana”, “La procesión del rocío”, “La oración del torero” y las tres “Danzas fantásticas”, son obras que me atraparon profundamente.

Lo que encontré revolviendo estantes fue una joyita que Turina dedicó al Castillo de Almodóvar, en su versión original para piano. La compré por curiosidad y no le di su verdadero valor hasta que llevé la partitura a un amigo pianista que tuvo la amabilidad de tocarla, y luego la escuché en varias ocasiones. Es una pintura en tres partes sobre el castillo: “Silueta nocturna”, “Evocación medieval” y “A plena luz”. Podemos decir que es una obra paralela a “Noches en los jardines de España” de de Falla y que provoca sensaciones similares, es música que no sólo trae sonidos, sino también  imágenes y fragancias.

Ambos músicos fueron amigos aunque poseían distintos caracteres. Turina era un hombre desenvuelto y alegre, ajeno a la Política, mientras que De Falla, un espíritu igual de genial pero algo introvertido, no pudo soportar la muerte de su amigo García Lorca y el triunfo de Franco y se exilió en la Argentina. Todo esto y muchas cosas más me daban vueltas mientras conducía por la carretera que nos llevaba a mi esposa y a mí desde Granada a Córdoba, en medio de unos campos ondulados poblados de olivos y con la Sierra Nevada como fondo. Yo no dejaba de tararear la música de los jardines que dejaba atrás, e ignoraba que tenía por delante otro encuentro sorprendente.

Llegamos a Córdoba el sábado a mediodía y decidimos que sólo debíamos descansar. Estábamos agotados.

El domingo por la mañana preparamos un almuerzo campestre y salimos a la ventura a buscar un lugar tranquilo y agradable. Habríamos hecho unos quince o veinte kilómetros desde la ciudad cuando sobre un monte, dominando desde su altura a la carretera, a un pueblo blanquísimo y a un serpenteante Guadalquivir, se imponía un castillo cuya silueta yo conocía desde hacía tantos años. Esa figura estaba impresa en la partitura que le dedicó Turina.

Ascendimos por un camino estrecho y peligroso por el precipicio que lo bordeaba por un lado y estacionamos cerca del portón, en una especie de mirador y disfrutamos de una vista espectacular del pueblo de Almodóvar, del Guadalquivir y de un trencito de juguete que se movía allí abajo. Desplegamos una manta e íbamos a comenzar a comer con la boca y con los ojos cuando llega un lujoso coche, se baja el conductor y nos dice que estamos en una propiedad privada – ¿no vieron el cartel?-, pregunta algo molesto, pero cuando se entera de que somos argentinos, nos permite entrar y sacar fotos del interior, con la salvedad de no molestar a la familia propietaria que en esos momentos almuerza en un ángulo del patio de Armas.

Desde el alto corredor perimetral que corre junto a las almenas, observamos un paisaje de ensueño, diáfano hasta el lejano horizonte y más cerca nuestro, en el interior, caminando ida y vuelta por el patio a grandes trancos, un viejo cura y un adolescente al que presuntamente está aconsejando, rodeados por varios niños lujosamente vestidos que juegan ruidosamente con tres perros de caza color caoba, en un cuadro al que sólo le falta un toque de clarín anunciando la llegada de una tropa de jinetes con sus brillantes armaduras y sus gallardetes al viento, subiendo por el empinado camino, como tantas veces, hace algunos siglos.

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