El automóvil que no funcionaba

Erskine Caldwell

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Mal Anderson se acomodó junto a su perro en el asiento trasero del automóvil y se puso a afinar su banjo. Signe estaba sentada en la mecedora, en el porche delantero del Hotel Penobscot, escuchando la música de Mal. Era pleno verano y hacía mucho calor. Parecía que antes de que terminara la tarde vendría una tormenta del oeste. En ocasiones, un golpe de viento procedente de esa dirección traía bolas de polvo que rodaban por la calle como pequeños globos amarillos.

Durante el verano Mal trabajaba en la fábrica de bobinas, pero no le gustaba trabajar allí todo el año. Durante el invierno se adentraba en los bosques y no volvía a salir hasta la primavera. Durante el verano quería vivir con su perro en su cabaña y tocar el banjo para Signe cuando se sentaba en el porche del hotel.

Mal siguió tocando. Signe se mecía cada vez más rápido.

Ding ding ding…

Mal, llamado «ese maldito sueco» por todos aquellos a quienes no les gustaba el mozo, era un maderero estupendo. No obstante no era tan buen trabajador en la fábrica de bobinas. No le gustaba trabajar allí en verano. Hacía bobinas para cables eléctricos y se suponía que ahora mismo tenía que estar allí comprobando las escuadras antes de hacer pasar las bobinas por el torno. Pero a Mal no le gustaba trabajar allí todo el año.

Signe llevaba el Hotel Penobscot. Era un hotel para madereros. Los hombres se alojaban en él cuando iban a la ciudad a gastarse el dinero que habían ganado en los bosques. Signe llevaba el hotel sola. No necesitaba ninguna ayuda.

Ding ding ding…

Mal tocaba el banjo para Signe. Nunca ninguno de ellos dirigía la palabra al otro. Mal podría haber sido mudo, por el poco uso que hacía del habla. Una persona le podía hablar durante una hora y él no decir una palabra.

Signe fue a la cocina y volvió con un hueso para el perro de Mal. Este abrió la puerta y el perro saltó afuera para coger el hueso y volvió a entrar en el coche. El perro se enroscó en el asiento junto a Mal y empezó a lamer el hueso. Mal tocó una canción para Signe.

A las cinco Signe entró en el hotel para empezar la cena. Mal dejó su banjo en el asiento y salió del coche con su perro. Empujó el automóvil calle arriba hasta el cobertizo que había junto a su cabaña. El coche no funcionaba. Un invierno, mientras Mal estaba en las montañas, alguien entró en el cobertizo y sacó el motor. Cuando Mal volvió la primavera siguiente adquirió la costumbre de empujar el coche hasta el hotel, donde tocaba el banjo para Signe.

Mal empujó el automóvil hasta el cobertizo. Su jefe estaba allí esperándolo. A Mal no le gustaba.

—Hola Mal —dijo Scott, el jefe—. Tengo buenas noticias para ti.

—No quiero oír tus noticias.

Mal sabía que cuando Scott se acercaba hasta su cabaña eso significaba que quería que trabajara más. A nadie en los bosques le gustaba Scott.

—Recoge tus cosas, Mal. Nos vamos a los bosques mañana a las cuatro de la mañana.

—A la mierda tú y los bosques y todas tus malditas bobinas —gritó Mal mientras cerraba de un golpe la puerta del cobertizo. La única manera de hacer hablar a Mal era haciéndole enfadar. Había logrado que se largaran del lugar media docena de jefes de madereros. Se largaban a Canadá antes de que pudiera hacerles daño.

Scott se fue por la carretera sin mirar atrás. Scott era un jefe de madereros muy valiente.

Mal se metió en su cabaña y cerró la puerta de un golpe. El perro se metió debajo de la mesa a esperar su cena.

Todos en los bosques habían oído hablar de Mal Anderson. Para empezar, tocaba el banjo mejor que nadie entre Rangeley y Caribou. Y era uno de los mejores madereros que jamás hubiera talado un árbol en los bosques. Clavaba una estaca en el suelo allí donde quería que cayera el árbol y era capaz de hacer que el tronco hundiera la estaca en la tierra. Cogía sus dos hachas y se ponía a trabajar. Cuando un hacha se calentaba demasiado la dejaba a un lado y cogía la otra. Si dos hombres empezaban al mismo tiempo a talar un árbol con una sierra, o un hacha, o lo que quisieran, Mal lograba que su árbol cayera al suelo antes que ellos. Por esta razón Mal cobraba por ocho días de trabajo mientras que a los demás les pagaban por seis.

Ahora era verano y Mal no quería ir a los bosques hasta el invierno. Durante el verano le gustaba quedarse en la ciudad y tocar el banjo frente al hotel Penobscot. No obstante, la fábrica de bobinas se estaba quedando sin escuadras y Mal tendría que ir a ayudar a sacar los troncos de los bosques. Vaya una época del año para hacer trabajar a un hombre…

A la mañana siguiente, Mal subió el río con el resto de los hombres y trabajó todo el día talando árboles para hacer escuadras. Dejó a su perro y su banjo en casa.

Los hombres trabajaron en los bosques durante tres semanas y luego empezaron a quejarse. Cuando dejaron la ciudad, Scott les había dicho que estarían de vuelta al cabo de dos semanas. Al final de la tercera semana Mal se enfadó de veras. Scott iba a hacerles quedar otro mes más. Antes de que finalizase la cuarta semana Scout tuvo que empezar a guardarse las espaldas. Tuvo que vigilar que no le ocurriera un accidente; por ejemplo, que no le cayera un árbol encima.

—Hundamos al hijo de puta en el río —sugirió uno de los madereros.

—Atémoslo a un tocón y dejemos que los linces se lo coman —dijo otro—. No hay quien ahogue a ese bastardo. Es como un pez.

—Mal lo atrapará bajo un árbol un día de estos —dijo Sanderson, que era el jefe de equipo—. Que se encargue Mal.

Mal se puso de cuclillas y no dijo nada.

Scott tenía el suficiente sentido común como para irse a su barraca por la noche después de cenar y no aparecer hasta el amanecer. Sabía que en la oscuridad podían acabar con él en cinco minutos.

Pero al final de la sexta semana Scott estaba en perfecto estado. En los bosques tenía mucho cuidado y no se dejaba ver en cuanto anochecía.

Mientras tanto a dos de los hombres se les metió en la cabeza largarse de los bosques, dijera lo que dijera Scott. Sin decir nada a nadie se prepararon para largarse solos. Scott estaba lavándose en su barraca para la cena cuando corrieron al río y empujaron su canoa.

Minutos después Scott se dio cuenta de su ausencia cuando se sentaron todos a cenar. Llamó a Mal y a otro hombre y corrieron al río. Los dos hombres ya estaban a media milla de distancia, río abajo, remando como locos. Estaban de pie vigilando los troncos y rocas sumergidos. Sus brazos y los remos daban vueltas como aspas de molino de viento durante un ciclón.

—Mal, coge una canoa, elige a un buen hombre que te ayude e id a buscar a esos malditos canadienses —ordenó Scott mientras maldecía y daba patadas junto al río.

Mal indicó a uno de los hombres que tenía más cerca que lo siguiera y sin decir una palabra se alejaron en otra canoa. Mal era el hombre más grande y fuerte del campamento. El otro iba a ayudarle con la canoa.

Durante un tramo de dos o más millas el curso del río era recto. Este tramo se utilizaba para transportar troncos a la fábrica de bobinas en primavera y verano. Durante el invierno se congelaba hasta una profundidad de tres o cuatro pies y los equipos de madereros iban y venían caminando por encima.

Scott mandó a un hombre a buscar sus prismáticos.

Mal y el otro mozo se dirigían a toda prisa tras los hombres. En ambas canoas los madereros remaban frenéticamente. La canoa de Mal iba a toda velocidad por encima del agua. Estaba claro que iba a pasar a la otra canoa en la siguiente milla. Él y el otro hombre, que estaba en la popa, se habían puesto de cuclillas, lo más cerca del agua posible. Su canoa bajaba el río como una flecha, dejando una estela de espuma blanca que se abría hasta llegar a las orillas.

El hombre llegó con los prismáticos para Scott.

—Voy a partirles la cara a esos canadienses por intentar largarse —gritó Scott arrancando los prismáticos de la mano del hombre.

Ahora las dos canoas estaban a unas quince yardas de distancia. La primera canoa estaba a una milla y cuarto río abajo. Con cada golpe de remo la canoa de Mal se acercaba más rápidamente a la primera. Scott se puso los prismáticos delante de los ojos y no los movió. Los madereros se acercaron todos a la orilla y forzaron la vista para ver como Mal atrapaba a los hombres de la canoa. Era algo digno de ver. Lo que probablemente haría sería hundirles las cabezas en el agua hasta casi ahogarlos y luego los metería en su canoa para devolvérselos a Scott. Scott ya tenía pensado suficiente trabajo para ellos como para que nunca más se les volviese a ocurrir escaparse.

La canoa de Mal ya se estaba acercando a la primera. Los hombres seguían remando con todas sus fuerzas, pero Mal remaba más y más rápido.

Al momento siguiente las proas de las dos canoas estaban a distancia idéntica. Las separaba tan solo un remo de distancia. Entonces, antes de que nadie pudiera darse cuenta de lo que pasaba, Mal pasó la primera canoa y la dejó atrás.

—Maldito hijo de la gran… — maldijo Scott y lanzó los prismáticos contra las rocas. Estaba tan enfadado que se había quedado sin habla. Mal lo había engañado. Gritó a los hombres y pateó salvajemente los prismáticos—. Maldito hijo de la gran… —gritó desde lo más profundo de su garganta.

Ya habían perdido de vista ambas canoas. Una de ellas estaba ya a media milla de la otra.

Scott mandó a los hombres que regresaran a los bosques. Cuando se hubieron ido, Scott caminó lentamente en dirección al campamento. Mal Anderson se la había jugado.

Mal llegó a su cabaña al día siguiente temprano y abrió la puerta. Su perro, que dormía debajo de la cabaña, se despertó al oler a su amo. Mal encendió la chimenea y preparó la comida para él y su perro.

Después de comer, Mal cogió su banjo y sacó su automóvil del cobertizo y lo empujó calle abajo hasta el hotel Penobscot. Signe estaba sentada en el porche delantero, meciéndose. Cuando vio llegar a Mal por la calle se puso cómoda en la mecedora y se balanceó más rápidamente.

Mal empujó el coche calle abajo y paró delante del hotel de Signe. Abrió la puerta y él y su perro se sentaron en el asiento trasero. Mal cerró la puerta y cogió su banjo. Entonces empezó a tocar una canción para Signe.

El perro se enroscó y se puso a dormir. Mal siguió tocando el banjo.

Ding ding ding…

Signe se mecía y mecía, sonriendo hacia la calle, hacia Mal, sentado en su coche, contenta de que estuviera de vuelta.

Mal se puso cómodo, apoyó los pies contra el respaldo del asiento del conductor. Signe sacó un hueso para el perro y Mal abrió la puerta. El perro saltó tras el hueso, volvió a entrar en el coche y empezó a lamerlo. Mal cerró la puerta del automóvil y retomó su banjo.

Ding ding ding…

La melodía flotó hacia el porche del Hotel Penobscot, y calle arriba y calle abajo.

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