Camioncito volcador

Marcos Tabossi

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—¿Conseguiste algo?

—Sí. Pagan poco y es sólo por un día. Pero bueno, algo es algo -respondió Salvador.

—Como siempre.

La mujer, con los ojos clavados en la mesa de plástico, menea la cabeza y sonríe. Raspa con la uña una mancha negra: algo pegado, un chicle viejo, tal vez. Levanta la vista.

—¿Cuando vas a hacerte respetar? Mañana es 24 ¿No pensaste en los chicos?

Un ventilador con dos aletas, encima de la mesada, empuja el aire caliente que entra por la ventana de la cocina, o por la abertura donde algún día habrá una ventana. La cortina hecha de sábanas viejas flamea a veces, cuando el ventilador llega al final del recorrido y las mira de frente. Ella toma mate lavado, revuelve la bombilla, levanta la yerba del fondo, y vuelve a cebar.

—Está lavado -dice él y le devuelve el mate a medio tomar.

A ella no le importa, no va a mejorarlo. La yerba está muy cara y hay que hacerla durar.

—Que si pensaste en los chicos, te dije.

Sí, claro que había pensado, por eso había conseguido esa changa. Pero ¿para qué decirle? Ella le reprobaría la idea como lo hace con todas las cosas. Basta que él propusiera algo para que ella dijera lo contrario.

—Los chicos van a tener su regalo.

—¿Ah, sí? ¿Le vas a escribir una carta a Papá Noel?

La mujer le habla como si disfrutara de esa miseria. Se da el lujo de ser irónica, cínica. Y se ríe. Se regodea con sus chistes.

—La changa es mañana. Voy a volver tarde. Pero voy a traer regalos y en el camino voy a comprar carne. Vamos a comer carne. Todo va a estar bien.

La mujer lo mira desconfiada, pero calla. Prefiere quedarse con esa promesa, aunque sea utópica. Otras veces le escuchó decir quimeras similares que se desmoronaron como un castillo de arena ante la segunda o tercera pregunta.

Ella se asoma al hueco de la cocina a ver si los chicos están bien. Los ve jugando con el agua de la zanja. Se refrescan. Un vaso de plástico es usado como pelota y flota en el agua.    Los chicos lo patean, se salpican y ríen por la dificultad de trasladar el balón hasta el arco rival.

La madre les grita. Les dice que salgan, o que jueguen quietos. Que no corran. Si corren se cansan y si se cansan les da hambre, ¿y qué les daría de comer? tendría que adelantar la cena, en ese caso. Preparar las papas fritas cuando el sol todavía está alto. Ese era el truco. Tenía que ser papas fritas para conformar a los comensales. Cuando había arroz o polenta los chicos se resistían a cenar tan temprano y se escapaban al rancho de Mirta, que siempre tenía alguna galletita para darles.

Es 24 y Salvador se levanta temprano. Se prepara un té. Queda poca yerba y si se acaba su mujer no tendrá cómo pasar el rato. Hay un poco de pan viejo para tostar, pero piensa en los chicos. Prefiere pedirle al empleador algo de comer antes de empezar.

Le deja una nota a la mujer: “vuelvo a la noche, con carne. Antes de las doce”.

Pasado el mediodía la mujer reniega con los hijos para que duerman la siesta, lo de siempre. Los chicos, excitados, se acuestan pero no duermen. Inventan historias y juran haber estado en la estrella donde vive Papá Noel. Cuentan del día que lo ayudaron a armar las bolsas con los regalos. Se mienten entre ellos: se mienten. La madre desiste de dormir. Les lava la cara que bastante sucia quedó de jugar con tierra durante la mañana y se los lleva al centro. Los 24 de diciembre, en general, abundan los Papá Noel en las puertas de los negocios regalando caramelos. Es una buena manera de pasar la merienda, piensa.

Salvador tiene las mangas mojadas de tantas veces que secó la transpiración de la frente. Su disfraz es distinto al de los otros negocios: es de lana. El dueño de la juguetería no quiso comprar uno nuevo y le dio el mismo que venía usando los años anteriores. Clavado en la esquina, repartiendo volantes y caramelos, siente que se derrite. El sol le da de frente desde las once y cuarto. Las madres de los nenes lo esquivan, no quieren que sus hijos se acerquen a un papá Noel mojado, con aureolas en las axilas, que destila olor a chivo y que ahora, además, también emana olor a pata.

De a ratos mira hacia el cielo. Calcula el tiempo que le llevará al sol esconderse tras la azotea del negocio de ropa y alivianar la jornada con sombra.

Ve a sus hijos correr en dirección a él. Cree que lo reconocieron y lamenta tener que alejarlos antes de que el dueño se percate. Su mujer, un poco más atrás, atenta a sus hijos, todavía no lo ve, no levanta la vista. Salvador abre los brazos y se agacha un poco para quedar a su altura, pero los chicos se detienen antes, en la vidriera. Señalan juguetes y apoyan la cara enrojecida del calor en el vidrio fresco. Después sí, ven a Papá Noel que les ofrece caramelos. El más chico prefiere manotear de la canasta mientras el más grande le habla al oído, para que su hermano no escuche.

—Yo no quiero nada, ya soy grande. Pero te pido que a él le regales un camioncito volcador como el que está ahí -y señala, sin mirar, la vidriera.

El padre asiente con la cabeza, sin hablar. No sabe si su hijo le habla a él o a Papá Noel. Por las dudas no quiere delatarse. Su mujer quedó a mitad de cuadra donde otro Papá Noel reparte galletitas en la puerta de un mercado.

—¡Vengan chicos, vengan acá que hay galletitas!

Los chicos salen corriendo.

Ahora, las lágrimas de Salvador se confunden con el sudor de los pómulos y se pierden entre la lana blanca de la barba ficticia.

El dueño de la juguetería deambula por el local supervisando el trabajo de los empleados y atento a los clientes: no vaya a ser cosa que se lleven algo sin pagar. Sale a la puerta, se le acerca a Salvador y le dice, por lo bajo, que no permita que los pibes le metan la mano en la canasta, que los caramelos son uno para cada uno, y que si no se lo descontaría al terminar la jornada.

Salvador le pide agua, pero tiene que esperar que haya menos gente en el negocio. Queda feo ver a Papá Noel refrescarse.

Respira hondo, tiene que aguantar. Un poco de paciencia y se las cobrará todas juntas al terminar el día, cuando todos hayan vuelto a sus casas, cuando los negocios vecinos hayan cerrado, cuando sólo queden ellos dos, cuando el dueño quiera humillarlo con la miseria que le había prometido, cuando él saque la cuchilla de su bolso.

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