Mendel, el de los libros

Stefan Zweig

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De nuevo en Viena a la vuelta de una visita en las provincias periféricas, me encontré de improviso bajo un chaparrón que con látigo húmedo empujó a los viandantes a portales y refugios, y también yo busqué apresuradamente un cobijo protector. Afortunadamente, en Viena hay en cada esquina un café así que me refugié en el que estaba enfrente, con el sombrero ya goteando y los hombros casi calados. Resultó ser por dentro un café de arrabal en el típico estilo tradicional, sin los aditamentos modernos de los cafés cantantes del centro de la ciudad, que imitan modelos de Alemania, un local al gusto vienés antiguo, burgués y lleno de gentes sencillas que consumían más periódicos que bollería. Ahora, al atardecer, el aire de por sí espeso estaba densamente poblado de anillos de humo azul; a pesar de ello, ese café con sus sofás de terciopelo, a todas luces nuevos, y su caja registradora de aluminio reluciente, daba una impresión de limpieza; en las prisas no me había molestado en leer fuera su nombre, ¿para qué? Y ahora estaba sentado allí al calor y miraba impaciente a través de los cristales azulados de agua, esperando que la molesta lluvia se dignara alejarse unos cuantos kilómetros.

Estaba allí sin nada que hacer, a punto de caer en esa pasividad perezosa que emana de manera narcotizante a todo genuino café vienés. Con ese sentimiento vacío me dediqué a mirar, una a una, a las personas a las que la luz artificial de este espacio lleno de humo pintaba una sombra gris poco saludable alrededor de los ojos, observé a la señorita de la caja que mecánicamente entregaba al camarero el azúcar y la cuchara para cada taza de café, leí medio dormido e inconsciente los absolutamente inanes carteles que adornaban las paredes, y esta especie de modorra me hizo incluso bien. Pero de repente me sentí sacudido en mi letargo, un movimiento empezó impreciso e inquieto en mi interior, como cuando comienza un pequeño dolor de dientes, del que no sabemos todavía si procede del lado derecho o del izquierdo, de la parte inferior o superior; sentía únicamente una tensión sorda, una intranquilidad espiritual. Entonces caí —no podría decir por qué— en que había estado allí hacía años y debía de estar unido por algún recuerdo a esas paredes, esas sillas, esas mesas y ese espacio extraño lleno de humo.

Pero cuanto más apremiaba a la voluntad para recuperar ese recuerdo, tanto más se escapaba éste, malévolo y escurridizo, reluciendo incierto como una medusa en el fondo de la conciencia, imposible de captar y de sujetar. En vano fijé la mirada en cada objeto de la decoración; había cosas, desde luego, que no conocía; por ejemplo, la caja con su mecanismo tintineante, y tampoco el revestimiento marrón de las paredes de falsa madera de palisandro, todo eso había sido añadido más tarde. Pero no cabía duda, yo había estado aquí hacía veinte años o más; aquí perduraba, escondido en lo invisible como el clavo en la madera, algo de mi propio yo ya periclitado. Con un esfuerzo envié y empujé todos mis sentidos hacia el espacio y, al mismo tiempo, hacia mi interior, pero, ¡maldita sea!, no logré alcanzar ese recuerdo perdido y ahogado en mí mismo.

Me puse de mal humor, como siempre que un fallo cualquiera le demuestra a uno la insuficiencia y la imperfección de las fuerzas intelectuales. Pero no renuncié a la posibilidad de dar con ese recuerdo, a pesar de todo. Sabía que sólo necesitaba un pequeño gancho al que agarrarme, pues mi memoria está hecha de una manera muy curiosa, mal y bien al mismo tiempo, por un lado tozuda y obstinada, por el otro increíblemente fidedigna. Hace desaparecer por completo lo más importante, ya sean sucesos o rostros, cosas leídas o vividas, en sus oscuridades, y no devuelve nada de ese abismo sin ser forzada a ello, al simple requerimiento de la voluntad. Pero me basta con el apoyo más fugitivo: una tarjeta postal, unas líneas en el sobre de una carta, un periódico amarillento, e inmediatamente lo olvidado surge de la superficie que fluye oscura, como el pez en el anzuelo, completamente vivo y real. Entonces, recuerdo cada detalle de una persona, su boca y en ésta el hueco de ese diente, a la izquierda, cuando ríe, y el tono ronco de su risa y cómo el bigote se tuerce y cómo surge un rostro diferente, nuevo, de esa risa… veo todo eso inmediatamente como una visión total, y recuerdo, en una retrospectiva de muchos años, cada palabra que esa persona me relatara en su día. Necesito, eso sí, un impulso sensorial, una mínima ayuda de la realidad, para ver y sentir con los sentidos algo pasado. Así pues, cerré los ojos, para poder reflexionar concentradamente, para captar y dar forma a ese misterioso anzuelo. ¡Pero nada! ¡Nada de nada! ¡Perdido y olvidado! Y me enfurecí tanto contra el aparato de la memoria, inadecuado y obstinado, que llevo entre las sienes, que me hubiera dado con los puños en la frente, así como sacudimos una máquina tragaperras estropeada que retiene indebidamente lo que le exigimos. No, no podía seguir sentado tranquilamente, y fastidiado me levanté para despejarme. Pero, qué curioso… nada más dar unos pasos por el local empezó en mi mente ese primer clarear fosforescente, borroso y chispeante. A la derecha de la caja registradora, recordé, se pasaba a una habitación sin ventanas, iluminada con luz artificial. En efecto, así era. Ahí estaba, empapelada de diferente manera a la de entonces, pero de proporciones parecidas, una habitación cuadrangular, de contornos imprecisos, el salón de los juegos. Instintivamente miré a mi alrededor en busca de los objetos familiares con nervios vibrando de alegría (enseguida lo sabría todo, pensé). Dos mesas de billar ocupaban el centro como dos estanques verdes silenciosos, en las esquinas había mesas de juego, en una de las cuales dos funcionarios o catedráticos jugaban al ajedrez. Y en el rincón, junto a la estufa, donde se iba a la cabina de teléfonos, había una pequeña mesa cuadrada. En ese momento tuve una revelación. Inmediatamente, inmediatamente supe con una única, cálida y conmovida sacudida de dicha: ¡Dios mío, ésa era la mesa de Mendel, de Jakob Mendel; Mendel, el de los libros, y yo me encontraba, pasados veinte años, de nuevo en su cuartel general, en el Café Gluck en la parte alta de la Alserstrasse! Jakob Mendel, ¡cómo había podido olvidar, durante tanto tiempo, a este ser extrañísimo y originalísimo, a esta exótica maravilla universal, famoso en la universidad y en un círculo pequeño y devoto! ¡Cómo olvidarle, a él, el mago y corredor de libros, que pasaba aquí todos los días, de la mañana a la noche, un emblema del saber, gloria y honra del Café Gluck!

Y me bastó ese segundo con la mirada dirigida hacia dentro, detrás de los párpados, para que surgiera de la sangre aclarada por las imágenes su inconfundible silueta plástica. Le vi inmediatamente en carne y hueso, cómo estaba sentado allí, siempre en la mesita cuadrada de mármol grisáceo perennemente cubierta de libros y textos. Cómo estaba sentado impertérrito e infatigable, la mirada tras las lentes clavada hipnóticamente en un libro, cómo estaba sentado y en su lectura balanceaba el cuerpo y la calva mal pulida, moteada, canturreando y rezongando, una costumbre aprendida en el «cheder», el parvulario judío del Este. Allí en esa mesa, y sólo en ella, leía sus catálogos y libros, como le habían enseñado a leer en la escuela talmúdica, canturreando y balanceándose, en una cuna negra y oscilante. Porque así como un niño se duerme y olvida el mundo gracias a ese balanceo hipnótico, así, según la opinión de aquellos creyentes, el espíritu entra con más facilidad en la gracia del ensimismamiento con este vaivén y este mecerse del cuerpo ocioso. Y, en efecto, este Jakob Mendel no veía ni oía nada de lo que ocurría a su alrededor. A su lado gritaban y alborotaban los jugadores de billar, se afanaban los marcadores, sonaba el teléfono; fregaban el suelo, encendían la estufa, él no notaba nada. Una vez un carbón al rojo vivo cayó de la estufa, el parqué empezó a chamuscarse y a humear a dos pasos de él, un cliente se percató del peligro gracias al olor infernal y se lanzó a apagar apresuradamente el fuego: él mismo, Jakob Mendel, sentado a dos palmos y ya tiznado por el humo, no notó nada. Porque estaba leyendo, como otros rezan, como los jugadores juegan y los borrachos miran al vacío aturdidos, leía con un ensimismamiento tan conmovedor, que desde entonces la lectura de otras personas siempre me ha parecido profana. En Jakob Mendel, ese pequeño librero de viejo de Galitzia, vi por primera vez en mi juventud el gran misterio de la concentración absoluta, que hace al artista y al erudito, al verdadero sabio y al loco rematado, esas dicha y desdicha trágicas de la obsesión absoluta.

Un compañero de la universidad, algo mayor que yo, me condujo a Mendel. Entonces yo investigaba al, incluso hoy, poco conocido médico y magnetizador paracélsico Mesmer, con poca suerte, por cierto; pues las obras básicas eran insuficientes, y el bibliotecario, al que como incauto novato pedí información, me respondió con un gruñido antipático que los datos bibliográficos eran cosa mía y no suya. Entonces aquel compañero me citó por primera vez su nombre.

—Iré contigo a ver a Mendel —me prometió—, él sabe todo y lo consigue todo, es capaz de traerte el libro más esotérico del librero de viejo alemán más olvidado. Es el hombre más eficaz de Viena y, además, un original, un dinosaurio libresco prehistórico en vías de extinción.

Fuimos juntos al Café Gluck, y allí estaba, Mendel, el de los libros, con sus lentes, su barba descuidada, vestido de negro, meciéndose mientras leía como un arbusto oscuro en el viento. Nos acercamos, pero él no se inmutó. Sentado leía y mecía el torso sobre la mesa, como una pagoda, y a su espalda colgaba del gancho su abrigo cuarteado y negro, bien relleno de revistas y papelotes. Mi amigo tosió enérgicamente para anunciamos. Pero Mendel, las gruesas lentes pegadas al libro, seguía sin darse cuenta. Entonces mi amigo golpeó con los nudillos sobre la mesa, tan fuerte y audible como se llama a una puerta; por fin Mendel alzó la vista, empujó las gafas enmarcadas en acero hacia la frente con rapidez mecánica, y bajo las cejas revueltas de un color gris ceniza nos salieron al encuentro dos ojos extraordinarios, pequeños, negros, despiertos, ojos rápidos, agudos e inquietos como una lengua de serpiente. Mi amigo me presentó y yo expuse mi asunto, quejándome —como me había aconsejado astutamente mi amigo— con énfasis exagerado del bibliotecario que no había querido darme información. Mendel se echó hacia atrás y escupió cuidadosamente. Entonces soltó una risa breve y dijo con fuerte acento oriental:

—Con que no ha querido ¿eh? ¡No ha podido, amigo mío! Es un Parch, un asno bataneado con pelo gris. Le conozco, para desgracia mía, desde hace veinte años, pero no ha aprendido nada desde entonces. ¡Cobrar su sueldo, es lo único que saben hacer! Deberían picar piedras, estos señores doctores, en vez de cuidar los libros.

Con esta vigorosa descarga afectiva el hielo quedó roto y un gesto de mano bonachón me invitó a sentarme a la mesa cuadrada de mármol, cubierta de notas borrosas, a ese altar aún desconocido para mí de las revelaciones bibliográficas. Expuse rápidamente mis deseos: las obras contemporáneas sobre magnetismo, así como todos los libros y polémicas posteriores en contra y a favor de Mesmer; en cuanto hube terminado, Mendel guiñó un segundo el ojo izquierdo, como un tirador antes de disparar. Pero este gesto de concentración extrema duró sólo un segundo; entonces enumeró sin titubear, como si leyera en un catálogo invisible, dos o tres docenas de libros, cada uno con su lugar y fecha de publicación, y su precio aproximado. Me quedé de una pieza. Aunque iba preparado, no me había esperado esto.

Pero mi asombro pareció agradarle porque a renglón seguido ejecutó sobre el teclado de su memoria las más extraordinarias paráfrasis bibliotecarias de mi tema. ¿Me interesaban también los sonambulistas y los primeros experimentos con la hipnosis, Gassner, los conjuradores del diablo, la Christian Science y la Blavatsky? Los nombres se sucedieron sin parar, los títulos, las descripciones; ahora comprendía yo qué fenómeno extraordinario de la memoria había descubierto en Jakob Mendel, un verdadero diccionario, un catálogo universitario sobre dos piernas. Completamente aturdido contemplé este fenómeno bibliográfico, camuflado bajo la envoltura insignificante, incluso un poco cochambrosa, de un pequeño librero de viejo de Galitzia, que después de desgranar alrededor de ochenta nombres, sin prestar demasiada atención, pero en su fuero interno satisfecho de su baza jugada, limpiaba sus gafas con un pañuelo que quizá una vez fue blanco. Para disimular un poco mi sorpresa pregunté tímidamente qué libros de ésos podría proporcionarme.

—Bueno, veremos lo que se puede hacer —gruñó—. Vuelva usted mañana; Mendel le buscará entretanto alguna cosilla, y lo que no se encuentre se encontrará en otra parte. Cuando uno tiene Sechel también tiene suerte.

Le di las gracias cortésmente y, de tanta cortesía, cometí una grandísima tontería cuando le ofrecí apuntar en un papel la lista de los libros que quería.

Inmediatamente sentí el codazo de aviso de mi amigo. ¡Demasiado tarde! Mendel ya me había lanzado una mirada —¡qué mirada!—, una mirada triunfal y, al mismo tiempo, ofendida, sarcástica y superior, una mirada sencillamente majestuosa, la mirada shakespeariana de Macbeth cuando Macduff propone al héroe invencible que se rinda sin combatir. Entonces soltó de nuevo una carcajada breve, la nuez considerable le bailó en la garganta de una manera extraña, probablemente había reprimido con dificultad una palabrota. Y hubiera tenido derecho a cualquier grosería imaginable, el bueno y probo de Mendel, el de los libros; pues sólo un extraño, un ignorante (un Amhorez, como él decía) podía proponerle a él, Jakob Mendel, algo tan ofensivo como apuntarle el título de un libro como a un aprendiz de librero o a un bedel de biblioteca, como si ese cerebro incomparable y diamantino hubiera jamás necesitado ayudas tan toscas. Más tarde comprendí lo mucho que debí de ofender su genio singular con este ofrecimiento cortés; porque Jakob Mendel, ese pequeño y encogido judío de Galitzia, completamente envuelto en su barba y, por si fuera poco, jorobado, era un titán de la memoria. Detrás de esa frente blancuzca, sucia, cubierta de musgo gris, se hallaban, en la compañía invisible de los espíritus, grabados como en planchas de acero todos los nombres y títulos jamás impresos en la portada de un libro. Mendel sabía, a la primera, exactamente el lugar de publicación, el autor, el precio, nuevo y de viejo, de todas las obras, las publicadas ayer como las que tenían doscientos años, y recordaba en cada libro con visión infalible tanto la encuadernación como las ilustraciones y los facsímiles que lo acompañaban; veía cada obra, ya la hubiera tenido en sus manos, ya la hubiera visto una vez desde lejos en un escaparate o una biblioteca, con la misma claridad óptica con la que el artista creador ve la imagen interior de su obra, invisible todavía al mundo. Cuando, por ejemplo, en el catálogo de un anticuario de Regensburgo se ofrecía por seis marcos un libro, Mendel recordaba inmediatamente que otro ejemplar de ese mismo libro había estado a la venta hacía dos años por cuatro coronas en una subasta de Viena, y también recordaba el nombre del comprador. Jakob Mendel nunca olvidaba un título o un número, conocía cada planta, cada hierba de infusión, cada estrella en el universo de los libros, eternamente oscilante y constantemente sacudido. Sabía de cada especialidad, más que los especialistas, dominaba las bibliotecas mejor que los bibliotecarios, conocía de memoria los fondos de la mayoría de las editoriales mejor que los propietarios mismos, a pesar de sus fichas y ficheros, mientras que él no disponía más que de la magia del recuerdo, de esa memoria incomparable, sólo posible de explicar por cientos de ejemplos individuales. Naturalmente, esa memoria sólo se había podido formar y crear de manera tan demoníaca gracias al secreto eterno de toda perfección: la concentración. Aparte de los libros, este personaje original no sabía nada del mundo; pues todos los misterios de la existencia adquirían realidad para él únicamente cuando quedaban plasmados en letras, cuando se reunían en un libro y quedaban, por así decir, esterilizadas. Pero tampoco esos libros los leía por su contenido: sólo su título, su precio, su aspecto externo, su portada atraían su pasión. Improductiva y no creativa hasta la médula, solamente un índice de cien mil títulos y nombres grabado en la corteza cerebral blanda de un mamífero, en vez de en un catálogo de libros, como es normal, la memoria específicamente anticuaría de Jakob Mendel no era, sin embargo, menos fabulosa en su perfección única que la de Napoleón para las fisonomías, la de Mezzofanti para las lenguas, la de Lasker para las aperturas de ajedrez o la de Busoni para la música. En un seminario o en una institución pública este cerebro hubiera enseñado y sorprendido a miles y miles de estudiantes y científicos, hubiera sido útil a la ciencia, una adquisición sin precio para esos tesoros públicos que llamamos bibliotecas. Pero ese mundo superior le estaba vedado para siempre al pequeño librero de viejo sin instrucción de Galitzia, que no había visitado más que la escuela talmúdica; así sus fantásticas cualidades sólo se ejercían como ciencia oculta en la mesa de mármol del Café Gluck. Cuando se presente un día el gran psicólogo (esta obra aún le falta a nuestro mundo intelectual) que describa y exponga en sus variaciones las mutaciones, los géneros y las formas originales de la potencia mágica que llamamos memoria con la paciencia y el tesón con los que Bouffon ordenó y clasificó los géneros animales, tendrá que acordarse de Jakob Mendel, este genio de los precios y títulos, este maestro anónimo de la ciencia anticuaria.

Por su oficio y para los ignorantes, Jakob Mendel no era más que un pequeño comerciante de libros. Todos los domingos aparecían en el Neue Freie Presse y en el Neue Wiener Tageblatt los mismos anuncios estereotipados: «Compro libros viejos, pago los mejores precios, acudo inmediatamente, Mendel, Obere Alserstrasse» y luego un número de teléfono que, en realidad, era el del Café Gluck. Mendel inspeccionaba almacenes, acarreaba cada semana con la ayuda de un viejo ordenanza, de barba imperial, nuevo botín a su cuartel general y lo volvía a sacar de allí, pues para ejercer regularmente el comercio de libros carecía de permiso. Tenía, pues, que limitarse al pequeño comercio, a una actividad poco lucrativa. Los estudiantes le vendían sus libros, pasaban por sus manos desde el curso superior hasta el primero, además conseguía obras buscadas con un recargo módico. Sus buenos consejos salían baratos. El dinero no tenía cabida en su mundo; nunca se le vio con otra indumentaria que su chaqueta desgastada, tomando por la mañana, por la tarde y por la noche su leche acompañada de dos panecillos, comiendo a mediodía una pequeñez que le traían del mesón de enfrente. No fumaba, no jugaba, incluso puede decirse que no vivía, sólo vivían sus dos ojos detrás de las gafas, alimentando con palabras, títulos y nombres el cerebro de este enigmático ser. Y la masa blanda y fructífera absorbía ávidamente esta riqueza como una pradera absorbe los miles y miles de gotas de la lluvia. Los seres humanos no le interesaban, y de todas las pasiones humanas conocía quizá la vanidad, sin duda una de las más humanas. Cuando alguien venía a pedirle una información, después de haberse cansado buscando en cien lugares, y él podía dársela al momento, le servía como satisfacción y placer, y también la conciencia de que en Viena y fuera de Viena vivían unas docenas de personas que respetaban sus conocimientos y los necesitaban. En cada uno de esos amorfos conglomerados de millones de seres humanos que llamamos metrópolis, siempre hay en unos pocos puntos espejuelos incrustados que reflejan sobre una superficie diminuta un mismo universo, invisible para la mayoría, valioso sólo para el entendido, el hermano en esa pasión. Y los entendidos en libros conocían todos a Jakob Mendel. Así como cuando se necesitaba un parecer sobre una partitura se acudía a la Sociedad de Amigos de la Música para ver a Eusebius Mandyczewski, que campaba amablemente allí con su bonete gris en medio de sus papeles y notas y con la primera mirada atenta solucionaba los problemas más difíciles con una sonrisa, y así como aún hoy todo el que necesita información sobre el teatro y la cultura populares de Viena se dirige infaliblemente a Glossy, el patriarca omnisciente, así, con la misma naturalidad confiada, peregrinaban los bibliófilos vieneses ortodoxos al Café Gluck a ver a Jakob Mendel cuando tenían que resolver un problema especialmente difícil. Observar a Mendel durante una de estas consultas me deparaba, joven y curioso como era, un placer singular. Mientras que normalmente, cuando se le presentaba un libro de escaso interés, cerraba la tapa con gesto despreciativo y murmuraba: «Dos coronas», ante un ejemplar raro o único se retiraba un poco, con respeto, ponía debajo un papel, y, de pronto, saltaba a la vista que se avergonzaba de sus dedos sucios, con manchas de tinta y uñas negras. Entonces empezaba a hojear delicada y cuidadosamente, con un respeto inmenso, el valioso libro, página a página. En un momento así nadie podía molestarle, como tampoco a un verdadero creyente se le debe molestar en la oración, y en efecto esta contemplación, este manoseo, este olisqueo y este sopesar un objeto, todas estas acciones individuales tenían algo de ceremonial, de la secuencia regida por el culto de un acto religioso. La espalda encorvada se movía de aquí para allá; al mismo tiempo, Mendel refunfuñaba y murmuraba, se rascaba entre el pelo, profería extraños sonidos guturales, un «¡Ah!» alargado y casi asustado y un «¡Oh!» de admiración extasiada, y luego un rápido y alarmado «¡Ay!» o un «¡Lástima!» cuando resultaba que faltaba una página, o un grabado estaba estropeado por la carcoma. Por fin, sopesaba en la mano con mucha reverencia el tocho, olisqueaba el ladrillo informe con los ojos en blanco, no menos emocionado que una muchacha oliendo un nardo. Durante este ritual un poco prolijo el propietario, naturalmente, tenía que dominar su impaciencia. Una vez terminado el examen, Mendel daba gustoso, incluso entusiasmado, cualquier información, a la que seguían indefectiblemente ampulosas anécdotas y notables relatos sobre los precios de ejemplares parecidos. En esos momentos Mendel parecía volverse más agudo, más joven y más vivo, y una sola cosa podía entonces enfadarle sobremanera: cuando un novato pretendía ofrecerle dinero por esta valoración. En esos casos retrocedía ofendido, como un historiador de arte al que un turista americano quiere dar una propina por su explicación; porque poder sostener en las manos un libro valioso significaba para Mendel lo que para otro el encuentro con una mujer. Estos instantes eran sus noches de amor platónicas. Sobre él sólo tenía poder el libro, nunca el dinero. Por eso, grandes coleccionistas, entre ellos el fundador de la Universidad de Princeton, intentaban en vano ganarle para su biblioteca como consejero y comprador; Jakob Mendel rechazaba esas ofertas; no se le podía imaginar más que en el Café Gluck. Treinta y tres años atrás, cuando era un muchachito encorvado con barba aún blanda, negra y fina, y con rizos en la frente, llegó a Viena desde el este del país con intención de estudiar para rabino; pero pronto abandonó al duro dios único Jehová para entregarse al politeísmo rutilante y multiforme de los libros. Por aquel entonces dio con el Café Gluck, que poco a poco se convirtió en su taller, su cuartel general, su oficina de correos, su mundo. Así como el astrónomo solitario en su observatorio contempla cada noche a través de la diminuta rendija del telescopio las miríadas de estrellas, así Jakob Mendel miraba desde su mesa cuadrada a través de sus gafas al otro universo de los libros, que también gira constantemente y se transforma, a ese mundo más allá del nuestro.

Como es lógico, gozaba de gran prestigio en el Café Gluck, cuya fama está unida para nosotros más a su invisible cátedra que al patronazgo del insigne músico, autor de Akestey de Ifigenia: Christoph Willibald Gluck. Mendel formaba parte del mobiliario del café como la vieja caja registradora de madera de cerezo, los dos billares muy remendados o la cafetera de cobre; su mesa era cuidada como un santuario. Pues sus numerosos clientes y necesitados de información eran generalmente instados amablemente por los camareros a hacer alguna consumición, de modo que la parte más importante de los ingresos de su ciencia caían en la amplia bolsa de cuero que el camarero Deubler llevaba a la cintura. A cambio de esto, Mendel gozaba de ciertos privilegios. Podía usar gratis el teléfono, le guardaban las cartas y le hacían todos los recados; la vieja y honrada mujer de los aseos le cepillaba el abrigo, le cosía los botones y le llevaba a lavar la ropa una vez por semana. Únicamente a él le traían la comida a mediodía del vecino mesón, y cada mañana el señor Standhartner, el dueño, se acercaba en persona a su mesa y le saludaba (sin que Jacob Mendel, absorto en sus libros, acusara, la mayoría de las veces, ese saludo). A las siete y media de la mañana entraba en el café y no lo abandonaba hasta que se apagaban las luces. Nunca hablaba con los demás parroquianos, no leía periódicos, no registraba los cambios, y cuando, una vez, el señor Standhartner le preguntó respetuosamente si no leía mejor ahora con la luz eléctrica que antes con la luz pálida y danzante de las lámparas de gas, Mendel dirigió una mirada asombrada a las bombillas: la mejora le había pasado inadvertida, a pesar del ruido y el martilleo de una instalación que había durado varios días. Sólo a través de los dos agujeros redondos de las gafas, por esas dos lentes relucientes y aspirantes, se filtraban los millones de negros infusorios de las letras en su cerebro; todos los demás sucesos pasaban ante él como un ruido vacío. En el fondo, había pasado más de treinta años, es decir, la parte despierta de su vida, en esa mesa cuadrada, leyendo, comparando y calculando, en un constantemente renovado ensueño perpetuo, sólo interrumpido por el sueño.

Por eso sentí una especie de escalofrío cuando vi dormitar en esa habitación la oracular mesa de mármol de Jakob Mendel, vacía como una lápida. Ahora, con más años, comprendía cuánto desaparece con cada persona de este calibre, por un lado porque todo lo original es cada día más valioso en este mundo nuestro irremediablemente más uniforme. Y luego: el joven inexperto en mí había amado profundamente, con una intuición insondable, a este Jakob Mendel. Gracias a él me acerqué por primera vez al gran secreto de que todo lo extraordinario e indomable de nuestra existencia se plasma únicamente por la concentración interior, por una sublime monomanía emparentada sagradamente con la locura. Que una vida pura en el espíritu, la total abstracción en una sola idea, podía producirse también hoy, un ensimismamiento no inferior al del yogui hindú o al del monje medieval en su celda, y producirse en un café con iluminación eléctrica y junto a una cabina telefónica; este ejemplo lo había recibido en mi juventud no de nuestros escritores coetáneos sino de ese pequeño y anónimo comerciante de libros viejos. Y, sin embargo, le había olvidado; claro que habían sido los años de la guerra y de una entrega a mi propia obra parecida a la suya. Pero ahora, ante esa mesa vacía, sentí una especie de vergüenza ante él y, al mismo tiempo, una renovada curiosidad.

Pues ¿dónde había ido a parar, qué le había sucedido? Llamé al camarero y pregunté. No, no conocía a un señor Mendel, en el café no circulaba un caballero de ese nombre. Quizá el jefe de camareros supiera algo. Éste se acercó con su pesada tripa, dudó, reflexionó; no, tampoco él conocía a ese tal Mendel. ¿No me estaría refiriendo al señor Mandl, el de la mercería de la calle Floriani? Sentí un sabor amargo en los labios, el sabor de la fugacidad: ¿para qué vivimos si el viento que sigue a nuestro zapato ya borra nuestra última huella? Durante treinta, quizá cuarenta años un hombre había respirado, leído, pensado y hablado en esa habitación, y bastaba con que pasaran tres o cuatro años y viniera un nuevo faraón para que nada se recordara ya de José, ¡en el Café Gluck no sabían nada de Jakob Mendel, de Mendel, el de los libros! Indignado pregunté al jefe de camareros si podía hablar con el señor Standhartner o si había alguien del antiguo personal de servicio en el local. ¡Oh, el señor Standhartner!, Dios mío, había vendido hacía tiempo el café y había muerto, y el viejo jefe de camareros vivía ahora en su pequeña propiedad en Krems. No, no había nadie…, o sí, ¡sí que había! Naturalmente, la señora Sporschil, la mujer de los aseos (o vulgarmente la señora del chocolate). Aunque probablemente ella no recordaría a cada cliente. Yo pensé enseguida: a un Jakob Mendel no se le olvida, y pedí que la hicieran venir.

La señora Sporschil, con el pelo blanco y despeinada, vino de sus recónditos aposentos con pasos hidrópicos, secándose afanosamente las manos enrojecidas en un trapo: seguramente estaba limpiando su turbia garita o alguna ventana. De su actitud insegura deduje inmediatamente que se sentía incómoda de verse llamada a la parte noble del café bajo las bombillas. La gente del pueblo en Viena siempre teme un detective o la policía cuando alguien quiere hacerle preguntas. Por eso me miró con desconfianza, con una mirada de soslayo, una mirada muy cautelosa y sumisa. ¿Qué podía yo querer de ella que fuera bueno? Pero apenas pregunté por Jacob Mendel me miró con ojos directos, casi efusivos y sus hombros se encogieron impulsivamente.

—¡Dios mío, el pobre señor Mendel, que alguien piense aún en él! Sí, pobre señor Mendel. —Casi lloraba, estaba tan emocionada como suelen estarlo las personas mayores cuando se les recuerda su juventud o alguna buena historia compartida ya olvidada. Pregunté si aún vivía.—Oh, Dios mío, el pobre señor Mendel, debe de hacer ya cinco o seis años, no, siete, que murió. Un caballero tan bondadoso, y si pienso cuánto tiempo le conocí, más de veinticinco años, él ya estaba aquí cuando yo entré. Fue una vergüenza cómo le dejaron morir.

Cada vez más agitada, quiso saber si yo era un familiar. Nadie se había preocupado nunca por él, nadie había preguntado por él… ¿acaso no sabía lo que le sucedió?

No, no sabía nada, le aseguré; que me contara lo que pasó, que me contara todo. La buena mujer me echó una mirada tímida y azarada, sin dejar de secarse las manos mojadas. Comprendí: le resultaba desagradable estar allí como la mujer de los aseos, con su delantal sucio y su pelo blanco despeinado, en pleno café, además miraba temerosa a un lado y a otro por si escuchaba algún camarero. Por eso propuse que fuéramos al salón de los juegos, al viejo lugar de Mendel, y que allí me contara todo. Emocionada asintió con un gesto, agradecida de que la comprendiera, y la anciana me precedió un poco vacilante. Los dos camareros nos siguieron con la mirada, un tanto asombrados intuían que había una relación, y también algunos clientes se sorprendieron ante nuestra desigual pareja. En el otro lado, en la mesa de Mendel, ella me contó el final de Jakob Mendel, de Mendel, el de los libros (algunos detalles me fueron completados más tarde por otro relato).

Pues sí, comenzó, Mendel siguió viniendo, día a día a las siete y media, después de que empezara la guerra, y, como siempre, había ocupado su sitio y había estudiado todo el día, sí, todos habían tenido la impresión, y lo habían comentado a menudo, de que no se daba cuenta de que había guerra. Ya sabía yo, dijo, que nunca se asomaba a un periódico y nunca hablaba con nadie; y cuando los vendedores de periódicos armaban un follón con las tiradas especiales y todo el mundo se arremolinaba, él nunca se levantaba o escuchaba. Tampoco notó que faltaba Franz, el camarero (que cayó en Gorlice), ni se enteró de que el hijo del señor Standhartner había caído prisionero en Przemysl, y nunca dijo una palabra cuando empeoró la calidad del pan y le daban en vez de leche ese horrible sucedáneo de café de higos. Sólo una vez se asombró de que venían pocos estudiantes, eso fue todo.

—Señor, pobre hombre, no le alegraba ni preocupaba otra cosa que sus libros.

Pero un buen día sucedió la desgracia. A las once de la mañana, en pleno día, vino un policía con un agente secreto, que mostró su insignia en la solapa, y preguntó si un tal Jakob Mendel frecuentaba el café. Fueron enseguida a la mesa de Mendel y éste había creído en su candor que querían venderle libros o pedirle una información. Ellos le invitaron a que les siguiera, y se lo llevaron. Fue una verdadera vergüenza para la casa, todos rodearon al pobre señor Mendel, que estaba entre los dos agentes, las gafas entre el pelo, mirando del uno al otro, sin comprender bien lo que querían de él. Ella le había dicho sin miramientos al policía que debía de tratarse de un error, que un caballero como el señor Mendel no le hacía daño ni a una mosca; pero el agente secreto la mandó callar y no meterse en asuntos oficiales.

Y entonces se lo llevaron, y no volvió al café durante mucho tiempo, casi dos años. Aún hoy ignoraba de lo que le acusaban.

—Pero estoy dispuesta a jurar —exclamó alterada— que el señor Mendel no podía haber hecho nada malo. Aquellos tipos se equivocaron, pongo la mano en el fuego. Fue un crimen contra ese pobre e inocente hombre, ¡un crimen!

Y tenía razón, la buena y enternecedora señora Sporschil. Nuestro amigo Jakob Mendel, en efecto, no había cometido ningún delito, sino (más tarde me enteré de todos los detalles) sólo una increíble, conmovedora e, incluso para aquellos tiempos delirantes, improbable tontería, que se explicaba sólo por el total ensimismamiento, la lejanía lunar de su insólita personalidad. Sucedió lo siguiente: en la oficina de censura militar, encargada de vigilar toda correspondencia con el extranjero, habían retenido un día una tarjeta postal escrita y firmada por un tal Jakob Mendel, franqueada debidamente para el extranjero pero —increíble caso— enviada a un país enemigo, una postal dirigida a Jean Labourdaire, librero, París, Quai de Grenelle, en la que este Jakob Mendel se lamentaba de no haber recibido los ocho últimos números del Bulletin bibliographique de la France mensual, a pesar de haber pagado por adelantado la suscripción anual. El empleado subalterno en funciones de la censura, un profesor de instituto, romanista por formación, al que le habían puesto el uniforme azul del Landsturm o milicia civil, se quedó estupefacto cuando este mensaje cayó en su mano. Una broma estúpida, pensó. Entre las dos mil cartas que inspeccionaba y analizaba todas las semanas en busca de datos dudosos y de giros sospechosos de espionaje, no había visto algo tan absurdo, que alguien enviara desde Austria una carta a Francia con tanta despreocupación, que echara tan campante al buzón una tarjeta al extranjero enemigo, como si las fronteras no estuvieran cosidas con alambre de espino desde 1914, y como si Francía, Alemania, Austria y Rusia no redujeran mutuamente, cada día que Dios ha creado, sus poblaciones masculinas en unos cuantos miles de hombres. De momento guardó la tarjeta en su cajón como si se tratara de una curiosidad, sin informar más sobre este absurdo. Pero al cabo de unas semanas apareció otra tarjeta del mismo Jakob Mendel dirigida a un tal John Aldridge, bookseller; Londres, Holbom Square, preguntando si no le podían enviar los últimos números del Antiquarian, y firmada, una vez más, por el mismo extraño personaje Jakob Mendel, que con ingenuidad conmovedora añadía su dirección completa. Esta vez el profesor de instituto, embutido en su uniforme, se sintió algo alarmado. ¿Y si resultaba que esta torpe broma escondía algún enigmático sentido cifrado? Por si acaso, se levantó, juntó marcialmente los talones y presentó al comandante las dos tarjetas sobre su mesa. Éste encogió los hombros: ¡extraño caso! Primero avisó a la policía para que investigara si este Jakob Mendel existía realmente, y una hora más tarde Jakob Mendel era detenido y, todavía mareado por la sorpresa, conducido ante el comandante. Éste le enseñó las misteriosas tarjetas y le preguntó si reconocía ser su remitente. Irritado por el tono severo y, sobre todo, porque le habían molestado durante la lectura de un importante catálogo, Mendel respondió casi con grosería que naturalmente había escrito esas tarjetas. ¿O es que no tenía uno derecho a reclamar una suscripción que había pagado? El comandante se volvió en su sillón inclinándose hacia el teniente de la mesa vecina. Ambos se miraron en silencio: ¡un loco rematado! Luego el comandante pensó si era mejor amonestar duramente al simple y echarle a la calle, o tomarse el caso en serio. En esas situaciones ambiguas, en todas las oficinas deciden casi siempre hacer un informe. Un informe siempre está bien. Si no sirve para nada, no hace daño, y sólo se ha rellenado un pliego de papel más entre millones.

En este caso, sin embargo, hizo daño a un pobre y distraído personaje, pues ya a la tercera pregunta salió a relucir un hecho aciago. Le preguntaron primero su nombre: Jakob, en realidad, Jainkeff Mendel. Profesión: vendedor ambulante (carecía de licencia para vender libros, sólo tenía un permiso para la venta ambulante). La tercera pregunta produjo la catástrofe: el lugar de nacimiento. Jakob Mendel citó un pequeño lugar cerca de Petrikau. El comandante arqueó las cejas. Petrikau ¿no quedaba en la Polonia rusa, cerca de la frontera? ¡Sospechoso! ¡Muy sospechoso! Con más severidad preguntó cuándo había adquirido la nacionalidad austríaca. Las gafas de Mendel le miraron fijamente, oscuras y asombradas: no entendía bien. ¡Por todos los diablos! ¿Tenía o no sus papeles, sus documentos, y dónde estaban?

Mendel respondió que no tenía otros papeles que su permiso de venta ambulante. El comandante arqueó aún más las cejas. Que le explicara de una vez qué pasaba con su nacionalidad. ¿Qué había sido su padre, austríaco o ruso? Con toda la tranquilidad del mundo Mendel contestó que, naturalmente, ruso. ¿Y él mismo? Ah, por no hacer el servicio militar había cruzado clandestinamente la frontera rusa hacía treinta y tres años, y vivía desde entonces en Viena. El comandante estaba cada vez más nervioso. ¿Cuándo había adquirido aquí la nacionalidad austríaca? ¿Para qué?, preguntó Mendel. Nunca se había preocupado de cosas de ese tipo. ¿Así que seguía siendo ciudadano ruso? Y Mendel, al que este estúpido interrogatorio aburría interiormente hacía un buen rato, contestó indiferente:

—En realidad, sí.

El comandante se echó hacia atrás con tal brusquedad que el sillón crujió. ¡Era posible! En Viena, en la capital de Austria, en plena guerra y a finales de 1915, después de Tarnow y la gran ofensiva, un ruso se paseaba tan tranquilo, escribía cartas a Francia e Inglaterra, y la policía no tomaba cartas en el asunto. Y los necios en las redacciones de los periódicos se sorprenden que Conrad von Hótzendorf no haya avanzado directamente hasta Varsovia, y en el Estado Mayor se maravillan cuando cada movimiento de tropas es comunicado a Rusia por espías. También el teniente se había levantado y acercado a la mesa: la conversación se transformó drásticamente en interrogatorio. ¿Por qué siendo extranjero no se había presentado inmediatamente? Mendel, ajeno a lo que se le avecinaba, contestó con su melódico tonillo judío:

—¿Para qué había de presentarme, de pronto?

En esta interrogación invertida el comandante vio una provocación y preguntó amenazante, si Mendel no había leído nunca las proclamas. ¡No! ¿Y tampoco leía los periódicos? ¡No!

Los dos oficiales miraron asombrados al ya sudoroso Jakob Mendel, como si la luna hubiera caído en medio de su oficina. Entonces se puso en marcha el teléfono, teclearon las máquinas de escribir, corrieron los asistentes y Jakob Mendel fue llevado a la prisión de la guarnición, para ser trasladado con la siguiente expedición a un campo de concentración. Cuando le ordenaron que siguiera a los dos soldados les miró indeciso. No comprendía lo que querían de él, pero en el fondo no temía nada.

Al fin y al cabo, ¿qué daño podía querer hacerle el caballero del cuello dorado y la voz agresiva? En su mundo superior de los libros no había guerra, ni malentendidos, sino el eterno saber y desear saber más de números y palabras, de títulos y nombres. Dócilmente, pues, descendió la escalera entre los dos soldados. Cuando en la comisaría de policía le exigieron que entregara todos los libros que llevaba en los bolsos del abrigo y la cartera, en la que guardaba cientos de papeles importantes y señas de clientes, empezó a defenderse encorajinado. Hubo de ser reducido. Por desgracia, sus gafas cayeron al suelo en el tumulto, y éste, su mágico telescopio hacia el mundo del espíritu, se partió en mil pedazos. Dos días más tarde le enviaron con el traje de verano ligero a un campo de concentración de prisioneros civiles rusos cerca de Komorn.

Los padecimientos psicológicos que sufrió Jakob Mendel en esos dos años de campo de concentración, sin libros, sus queridos libros, sin dinero, entre los compañeros indiferentes, toscos, generalmente analfabetos, de este gigantesco tugurio humano, lo que pasó allí sufriendo, separado de su mundo superior y único de los libros, como un águila con las alas rotas de su elemento etéreo… sobre esto no hay testimonio alguno. Pero poco a poco el mundo, despertado de su locura, sabe que entre todas las crueldades y criminales despropósitos de esa guerra ninguna fue más estúpida, más innecesaria y, por eso, moralmente más condenable que la detención y confinamiento tras las alambradas de personas civiles inocentes, muy alejadas ya de la edad de servir en el ejército, que habían vivido durante muchos años en un país extraño como en su patria, y que por creer en la ley de la hospitalidad, respetada incluso por los tungusos y los araucanos, habían olvidado huir a tiempo… un crimen contra la civilización, cometido con igual sinsentido en Francia, Alemania e Inglaterra, en cada país de nuestra enloquecida Europa. Y quizá Jakob Mendel, como cientos de otros inocentes encerrados en ese redil, hubiera perdido el juicio o hubiera sucumbido entre horribles padecimientos a la disentería, a la pérdida de fuerzas o al desequilibrio psicológico, si no le hubiera devuelto a tiempo al mundo un golpe del azar, muy austríaco, por cierto. Después de su desaparición habían llegado a su buzón cartas de ilustres clientes; el conde Schönberg, antiguo gobernador de Estiria, fanático coleccionista de obras heráldicas, el antiguo decano de la Facultad de Teología, Siegenfeld, que trabajaba a la sazón en un comentario de las obras de san Agustín, el ya retirado y octogenario almirante de la flota Edler von Pisek, que seguía retocando sus memorias… todos ellos, sus fieles clientes, habían escrito repetidamente a Jakob Mendel al Café Gluck y de estas cartas le fueron enviadas algunas al desaparecido al campo de concentración. Allí cayeron en manos del casualmente benigno comandante del campo, que se asombró de los amigos tan egregios que tenía ese judío pequeño, medio ciego y sucio, que desde que le habían roto sus gafas (no tenía dinero para montarse unas nuevas) pasaba el día en un rincón como un topo, gris, sin vista y en silencio. Quien poseía tales amigos debía de ser algo especial. Así que dio permiso a Mendel para que contestara a esas cartas y pidiera ayuda a sus protectores. Ésta no tardó en venir. Con la solidaridad característica de los coleccionistas, su excelencia y el decano movilizaron vigorosamente sus conexiones y su aval conjunto consiguió que en 1917 Mendel, el de los libros, después de más de dos años de confinamiento, obtuviera el permiso de volver a Viena, con la obligación, eso sí, de presentarse todos los días a la policía. Pudo volver al mundo libre, a su vieja, pequeña y estrecha buhardilla, pudo pasear nuevamente ante los escaparates de las librerías y, sobre todo, pudo regresar a su Café Gluck.

Esa vuelta de Mendel desde un submundo infernal al Café Gluck me la describió la buena de la señora Sporschil de primera mano.

—Un día (Jesús, María y José, no podía creer lo que veía!) se entreabre la puerta, ya sabe usted, de esa manera tímida, apenas una rendija, con la que él solía entrar, y ya estaba en el café, el pobre señor Mendel. Llevaba un capote militar deslucido, lleno de remiendos, y algo raro en la cabeza que alguna vez fue un sombrero, uno desechado. No llevaba cuello, y tenía un aspecto como la muerte, gris el rostro, y gris el pelo y tan delgado que daba pena verle. Pero él entra como si no hubiera pasado nada, no pregunta nada, no dice nada, va a su mesa, se quita el abrigo, aunque no como antes, tan veloz y ligero, sino respirando con dificultad. Y no traía ningún libro, como era su costumbre; se sienta, simplemente, y no dice nada, sólo mira fijamente la mesa con ojos vacíos y vagos. Poco a poco, sin embargo, cuando le trajimos todo el paquete de libros que habían llegado desde Alemania para él, empezó a leer. Pero ya no era el mismo.

No, no era el mismo, ya no era el miraculum mundi, el registro mágico de todos los libros; los que le vieron entonces, me contaron entristecidos lo mismo. Algo se había roto irremediablemente en su mirada habitualmente tranquila, que leía como si estuviera durmiendo; algo se había roto: el terrible cometa ensangrentado en su vertiginosa carrera debía de haber golpeado también destructivamente en la estrella aislada y pacífica, en la estrella alciónica de su mundo de los libros. Sus ojos, acostumbrados durante decenios a los signos delicados, silenciosos, de pies de insecto, de la escritura, habían visto cosas espantosas en aquel redil humano rodeado de alambradas, porque los párpados pesaban sobre las antaño rápidas pupilas de reflejos irónicos, y sus miradas, tan vivaces en el pasado, dormitaban con bordes enrojecidos bajo las gafas reparadas y sujetas dificultosamente con un fino bramante. Y más terrible todavía: en el fantástico edificio artístico de su memoria debía de haberse desmoronado algún pilar y producirse el desorden de todo el conjunto; pues nuestro cerebro, ese engranaje hecho de la más sutil materia, ese instrumento de precisión de exquisita mecánica de nuestro saber, está tan delicadamente afinado, que una venita obstruida, un nervio sacudido, una célula fatigada, una molécula así afectada ya bastan para hacer enmudecer la armonía esférica más maravillosa y más absoluta de un espíritu. Y en la memoria de Mendel, este teclado único del saber, las teclas se habían atascado a su vuelta. Cuando de vez en cuando alguien venía a pedirle información le miraba fijamente con cansancio y no comprendía ya bien, se equivocaba y olvidaba lo que le decían. Mendel ya no era Mendel, igual que el mundo ya no era el mundo. Ya no se mecía ensimismado cuando leía, sino que estaba sentado rígido, las gafas dirigidas mecánicamente sobre el libro, sin que se supiera si leía o si estaba ausente. Más de una vez, me contó la señora Sporschil, la cabeza se le cayó pesadamente sobre el libro, se dormía en pleno día, otras veces miraba durante horas fijamente la luz extraña y maloliente de la lámpara de acetileno, que en aquellos tiempos de escasez del carbón le habían puesto en la mesa. No, Mendel no era ya Mendel, no era ya un milagro del mundo, sino un inútil paquete de barba y vestimenta que respiraba trabajosamente, tirado sin sentido en su antaño sillón de augur, ya no era la gloria del Café Gluck, sino su vergüenza, una mancha, maloliente, desagradable a la vista, un parásito incómodo e innecesario.

Eso pensó también el nuevo propietario, llamado Florian Gurtner, natural de Retz, que se había hecho rico vendiendo en el mercado negro harina y mantequilla en el año de penuria de 1919, y que había arrebatado al honrado Standhartner el Café Gluck por ochenta mil coronas en billetes, puestas sobre la mesa. Con sus fuertes manos de campesino se hizo cargo del negocio, reformó apresuradamente el café tradicional dándole un aire elegante, compró a tiempo por dinero malo nuevos sillones, añadió una entrada de mármol, y ya estaba en tratos para adquirir el local contiguo e instalar un salón de baile. En ese raudo proceso de embellecimiento le molestaba, naturalmente, ese parásito de Galitzia, que desde la mañana a la noche ocupaba todo el día una mesa él solo, limitándose a consumir en total dos tazas de

café y cinco panecillos. Standhartner le había recomendado especialmente a su viejo cliente y había intentado explicarle el personaje tan importante e insigne que era este Jakob Mendel, en el traspaso se le había entregado, por así decir, con el inventario, como una servidumbre que pesaba sobre el negocio. Pero Florian Gurtner había adquirido con los nuevos muebles y la caja registradora de reluciente aluminio también la conciencia basta de la época acaparadora y sólo esperaba una ocasión propicia para barrer de su local, ahora elegante, este último vestigio molesto de sencillez arrabalera. Un pretexto pareció presentarse pronto; las cosas le iban mal a Jakob Mendel. Sus últimos billetes de banco ahorrados habían sido pulverizados en la trituradora de papel de la inflación, sus clientes se habían dispersado. Y para subir de nuevo escaleras como comprador y vendedor de libros viejos, y recoger mercancía por las casas, para eso le faltaban las fuerzas al fatigado personaje. Le iban mal las cosas, se notaba en cien pequeños detalles. Raras veces se hacía traer algo de comer del mesón de enfrente, y dejaba a deber, a veces hasta tres semanas, aun la más pequeña cuenta de café y pan. Ya entonces el jefe de camareros quiso ponerle en la calle. Pero la señora Sporschil se apiadó de él y le avaló.

Al mes siguiente, sin embargo, sucedió el desastre. El nuevo jefe de camareros había notado ya varias veces que no casaban del todo las cuentas del pan. Cada vez faltaban más panes de los servidos y cobrados. Su sospecha recayó enseguida, como era de esperar, sobre Mendel; pues el viejo ordenanza, ya renqueante, había venido ya varias veces a quejarse de que Mendel le debía su paga desde hacía medio año y que era imposible sacarle ni una perra. El jefe de camareros empezó a vigilar, y dos días después consiguió, escondido detrás de la mampara de la estufa, pillar a Jakob Mendel que sigilosamente se levantó de su mesa, fue al salón delantero, cogió rápidamente dos panes de un cestito y los devoró ávidamente. Al pagar aseguró no haber comido ningún panecillo. La desaparición estaba, pues, aclarada. El camarero informó de lo ocurrido al señor Gurtner, y éste, encantado de haber encontrado el pretexto tan anhelado, se encaró con Mendel delante de todo el mundo, le acusó de robo y, encima, alardeó de que no llamaría inmediatamente a la policía. Pero le ordenó irse al diablo para siempre. Temblando, Jakob Mendel no dijo nada, se levantó torpemente de su silla y se marchó.

—Una desgracia —dijo la señora Sporschil describiendo esa despedida—. Nunca lo olvidaré, cómo se puso en pie, con las gafas empujadas hacia la frente, blanco como una toalla. No se tomó el tiempo de ponerse el abrigo, eso que era enero, ya sabe usted, aquel año de frío. Y en su sobresalto dejó su libro sobre la mesa, me di cuenta y corrí a llevárselo. Pero él ya había salido por la puerta dando traspiés. No me atreví a seguirle a la calle porque el señor Gurtner se puso en la puerta y le persiguió con sus gritos, mientras la gente se paraba y arremolinaba. Sí, fue un escándalo, ¡me avergoncé hasta el fondo del alma! Con el viejo señor Standhartner nunca hubiera pasado algo así, que le echen a uno por unos panecillos; con el viejo hubiera podido comer gratis toda su vida. Pero la gente de hoy no tiene corazón. Echar a uno que llevaba más de treinta años entrando en el café día a día… Lo que le digo, una vergüenza, y no quisiera tener que responder de ello ante Dios; no señor.

La buena mujer estaba toda excitada, y con la vehemente locuacidad de la edad repetía una y otra vez lo de la vergüenza y del señor Standhartner, que no hubiera sido capaz de cosa parecida. Por fin tuve que preguntarle qué sucedió con nuestro Mendel y si le volvió a ver. Entonces se concentró y se puso aún más agitada.

—Cada día cuando pasaba delante de su mesa, cada vez, puede usted creerme, se me partía el alma. Siempre me preguntaba dónde estará, el pobre señor Mendel, y si hubiera sabido dónde vivía hubiera ido a llevarle algo caliente; porque, ¿de dónde iba a sacar dinero para la calefacción y la comida? Y que yo sepa no tenía familia en este mundo. Pero por fin, como no oía nada de él, pensé que habría muerto y que no le vería más. Y me pregunté si no debería hacer que le cantaran una misa; porque era una buena persona y nos habíamos conocido durante más de veinticinco años.

Pero una mañana, a las siete y media, era febrero, limpiaba yo los dorados de las ventanas y de repente (creí que me daba algo) se abre la puerta y entra Mendel.

Ya sabe usted que siempre entraba de lado y aturdido, pero esta vez era diferente. Enseguida me di cuenta de que le pasaba algo, tenía los ojos vidriosos y, ¡Dios mío!, qué aspecto, ¡sólo huesos y barba! Enseguida tuve una corazonada al verle así: pensé, éste no sabe ni dónde está, se mueve en pleno día como un sonámbulo, ha olvidado todo, lo de los panecillos y lo del señor Gurtner, y cómo le echaron de mala manera ¡éste no sabe siquiera quién es! A Dios gracias, el señor Gurtner aún no había venido, y el jefe de camareros estaba tomándose su café. Me acerqué rápidamente para pedirle que no se quedara, que no se dejara echar otra vez por aquel bruto (y echó una mirada furtiva a su alrededor y se corrigió inmediatamente), quiero decir, el señor Gurtner.

Así que le dije «Señor Mendel». Él me miró. Y en ese instante, Dios mío, fue horrible, debió de recordarlo todo; porque se estremeció y empezó a temblar, pero no sólo los dedos le temblaban, no, todo él tiritaba, hasta en los mismos hombros se veía, y se volvió, tropezando, hacia la puerta. Allí se desmoronó. Telefoneamos inmediatamente a la casa de socorro y vinieron a recogerle, febril como estaba. Por la noche murió, pulmonía avanzada, dijo el médico, y también que no sabía ya bien lo que hacía cuando vino por última vez al café. Algo le impulsó, como a un sonámbulo. Dios mío, cuando uno ha pasado treinta y seis años todos los días sentado en esa mesa, es como la casa de uno.

Hablamos aún mucho de él, las dos últimas personas que habían conocido a ese extraño ser, yo, al que de joven había transmitido, a pesar de su existencia diminuta como la de un microbio, la primera intuición de una vida totalmente entregada al espíritu; ella, la pobre, humillada mujer de los aseos, que nunca había leído un libro, que se sentía solidaria con este compañero de su pobre submundo, sólo porque durante veinticinco años le había cepillado el abrigo y cosido los botones. Y, sin embargo, nos entendimos maravillosamente bien sentados a su vieja y abandonada mesa en compañía de la sombra conjurada de común acuerdo; pues el recuerdo siempre une, y doblemente cada recuerdo en amor. De pronto, en plena conversación, exclamó:

—Jesús, qué olvidadiza soy… aún tengo el libro, el que dejó sobre la mesa aquel día. ¿Adonde podía habérselo llevado? Luego, cuando nadie vino a buscarlo, pensé que podía quedármelo, como recuerdo. ¿Verdad que no tiene nada de malo?

Lo trajo apresuradamente de su garita en la parte trasera del local. Y me costó un pequeño esfuerzo no sonreír; pues al destino, siempre dispuesto a jugar y a veces irónico, le gusta mezclar con cierta malicia lo trágico con lo cómico. Era el segundo volumen de la Bibliotheca Germanorum erotica el curiosa de Hayn, el compendio de literatura galante conocido por todo coleccionista. Precisamente esta escabrosa lista —habent sua fata libelli— había pasado como último legado del mago desaparecido a estas desgastadas, enrojecidas e ignorantes manos, que seguramente no habían sostenido otro libro que el misal. Me costó mantener los labios controlados frente a la sonrisa que brotaba involuntariamente desde mi interior, y esta vacilación confundió a la buena mujer. ¿Se trataba, a lo mejor, de algo valioso, o pensaba yo que podía quedárselo?

Yo le estreché efusivamente la mano.

—Quédese tranquilamente con él, nuestro viejo amigo Mendel se hubiera alegrado de que, al menos, una de los miles de personas que le deben un libro aún se acuerda de él.

Y luego me marché y me sentí avergonzado ante esta buena y anciana mujer que de manera ingenua y, sin embargo, profundamente humana había sido fiel a ese muerto. Pues ella, la ignorante, había guardado, al menos, un libro para recordar mejor a su dueño; yo, por el contrario, había olvidado a Mendel, el de los libros, durante muchos años, precisamente yo, que debía saber que sólo se escriben libros para, más allá del propio aliento, comunicarse con otros seres humanos, y así defenderse de la otra cara implacable de la vida: la fugacidad y el olvido.

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