La colección invisible

Stefan Zweig

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Antíope y Júpiter (1659)-Rembrandt van Rijn

 

Un episodio de la inflación alemana

Dos estaciones después de Dresde subió a nuestro compartimiento un señor ya mayor, saludó cortésmente y, levantando los ojos, inclinó expresamente la cabeza en mi dirección, como si fuera un buen amigo. En el primer momento no fui capaz de recordarle; pero cuando me dijo su nombre, con una ligera sonrisa, me acordé inmediatamente: era uno de los anticuarios más prestigiosos de Berlín, en cuya tienda yo había admirado y comprado, más de una vez, antes de la guerra, libros antiguos y autógrafos. Primero hablamos de cosas sin importancia. De pronto dijo inesperadamente:

Tengo que contarle de dónde vengo. Porque este episodio es lo más curioso que me ha sucedido, a mí, viejo marchante en arte, en los treinta y siete años de mi carrera. Seguramente sabe usted lo que pasa ahora en el comercio del arte, desde que el valor del dinero se volatiliza como el gas: los nuevos ricos han descubierto su afición por las Vírgenes góticas, los incunables y los viejos grabados y cuadros; nada es bastante para ellos, incluso hay que defenderse de que no le vacíen a uno la casa y la habitación. Si por ellos fuera, me comprarían los gemelos de la manga y la lámpara del escritorio. Cada vez es más difícil encontrar nueva mercancía (perdone que utilice esta expresión para estos objetos que normalmente son algo sagrado para nosotros) pero esta casta despreciable ha acabado acostumbrándonos, incluso a nosotros, a considerar un maravilloso incunable veneciano como un simple envoltorio para cierta suma de dólares y un dibujo autógrafo de Guercino, como encarnación de un par de billetes de cien francos. Ante la impertinencia grosera de estos nuevos compradores furibundos no hay resistencia que valga. Y así me encontré, una vez más, totalmente desvalijado y de buena gana hubiera bajado las persianas, tan avergonzado me sentía de ver languidecer en nuestra venerable tienda, que mi padre había heredado de su abuelo, únicamente unas lamentables baratijas, que en otros tiempos ningún chamarilero callejero del norte hubiera cargado sobre su carro.

En este apuro se me ocurrió revisar nuestros viejos libros de cuentas para dar con alguno de nuestros antiguos clientes al que poder sacar sutilmente alguna lámina repetida. Una vieja lista de clientes es siempre una especie de campo de cadáveres, sobre todo en estos tiempos, y la verdad es que no me dio muchas ideas: la mayoría de nuestros antiguos compradores se habían visto obligados, hacía tiempo, a vender sus posesiones en subastas, o habían fallecido, y de los pocos que todavía vivían nada se podía esperar. Pero entonces encontré todo un manojo de cartas de nuestro, sin duda, más antiguo cliente, al que había olvidado únicamente porque desde el comienzo de la guerra, en 1914, no se había dirigido a nosotros con algún encargo o pregunta. La correspondencia se remontaba —¡y, verdaderamente, no es una exageración!— a casi sesenta años; este cliente había comprado ya a mi padre y a mi abuelo; a pesar de ello, no podía yo recordar que, en los treinta y siete años de mi actividad personal, hubiera pisado jamás nuestra tienda. Todo parecía indicar que debía de ser un personaje excéntrico, anticuado y original, uno de esos olvidados alemanes salidos de un cuadro de Menzel o de Spitzweg, como se encuentran aún hoy, aquí y allá, en pequeñas ciudades de provincia, como raros ejemplares únicos. Sus cartas eran obras de caligrafía, muy bien escritas, las cantidades subrayadas con regla y tinta roja, también repetía siempre dos veces la cifra, para que no se produjera ninguna equivocación: esto y la utilización exclusiva de guardas sueltas y sobres económicos revelaban la parquedad y el fanático afán de ahorro de un provinciano inveterado. Estos curiosos documentos estaban firmados invariablemente, además de con su nombre, con el complicado título de Consejero de Bosques y Economía jubilado, Teniente retirado, condecorado con la Cruz de Hierro de primera clase. Como veterano de los años setenta debía de llevar a cuestas, si aún vivía, sus buenos ochenta años. Pero este original y absurdo personaje ahorrativo demostraba como coleccionista de láminas antiguas una extraordinaria sabiduría, un excelente criterio y un gusto refinadísimo: estudiando con calma sus encargos de casi sesenta años, los primeros de los cuales estaban contabilizados en monedas de plata, me di cuenta de que este pequeño provinciano había acumulado a la chita callando, en los tiempos en los que aún podían adquirirse por un tálero varias docenas de las más bellas xilografías alemanas, una colección de grabados en cobre que podía presentarse con mucha honra junto a las ruidosamente famosas de los nuevos ricos. Porque ya sólo lo que nos había comprado a nosotros a base de pequeñas cantidades en marcos y pfenniges a lo largo de medio siglo tendría hoy un enorme valor, y además era de suponer que había comprado con no menos talento en subastas y a otros anticuarios. Desde luego, no habíamos recibido ningún encargo suyo desde 1914, pero yo estaba demasiado enterado de lo que sucedía en el comercio del arte para que me hubiera pasado inadvertida la venta en conjunto de una colección de tal calibre; por lo tanto, este extraño personaje debía de vivir todavía o la colección se hallaba en manos de sus herederos.

El asunto me interesaba, y al día siguiente, es decir, ayer por la noche, cogí el tren directamente a una de las ciudades de provincia más insufribles que hay en Sajonia; y paseando desde la pequeña estación por la calle principal, pensé que era prácticamente imposible que allí, en medio de estas casas banales con su morralla pequeño burguesa, viviera en cualquiera de estos hogares un hombre que poseyera las más extraordinarias estampas de Rembrandt junto a grabados de Durero y Mantegna en impecable redondez. Para mi asombro me contestaron en la oficina de correos a mi pregunta de si vivía aquí un Consejero de Bosques y Economía de ese nombre, que efectivamente el viejo caballero aún vivía, y con cierta aprensión, lo admito, me puse en camino antes de mediodía para visitarle.

No tuve dificultad en encontrar su vivienda. Se hallaba en el segundo piso de una de esas austeras casas de provincia, levantadas apresuradamente en los años sesenta por algún avispado constructor. La primera planta estaba habitada por un honrado sastre; a la izquierda relucía en el segundo piso la placa de un funcionario de correos, a la derecha, por fin, el letrero de porcelana con el nombre del Consejero de Bosques y Economía. A mi tímida llamada respondió inmediatamente una anciana de pelo blanco con una pulcra cofia negra. Le entregué mi tarjeta y pregunté si podía ver al Consejero forestal. Sorprendida y con cierta desconfianza me miró primero a mí luego la taijeta: en esta pequeña ciudad perdida, en esta casa añeja, una visita era un acontecimiento. Sin embargo, me rogó amablemente que esperara, cogió la tarjeta y entró en la habitación, oí cómo hablaba bajito y luego una voz masculina sonora y expansiva:

—¡Ah! El señor R. de Berlín, de la conocida casa de anticuarios, que pase… que pase… ¡con mucho gusto!

Y la viejecita volvió con pasos cortos y me invitó a pasar al cuarto de estar.

Me quité el abrigo y entré. En el centro de la modesta habitación estaba muy derecho un hombre viejo pero aún recio con abundante bigote, vestido con una chaqueta de casa con cordones, de aire militar, que me ofreció cordialmente ambas manos. Pero a este gesto abierto de bienvenida, inconfundiblemente afable y espontáneo, contradecía una extraña rigidez en su actitud. No dio siquiera un paso hacia mí, y yo tuve que acercarme —un poco extrañado— hasta él para estrechar su mano. Cuando fui a cogerla noté en la posición horizontal inmóvil de esas manos que no buscaban las mías sino que las esperaban. Y al momento comprendí: este hombre era ciego.

Siempre, ya de niño, me resultó incómodo tratar con un ciego; no podía evitar cierta turbación y timidez al sentir a una persona como totalmente viva y, al mismo tiempo, saber que ella no me sentía a mí como yo la sentía a ella. También en esta ocasión tuve que superar un primer escalofrío cuando vi esos ojos muertos, dirigidos fijamente al vacío, bajo las espesas cejas desordenadas y blancas. Pero el ciego no me dio mucho tiempo para la extrañeza, pues en cuanto mi mano tocó la suya la sacudió con fuerza, repitiendo su saludo con su manera efusiva, cordialmente expansiva.

—¡Una visita insólita! —exclamó dirigiéndome una amplia sonrisa—. De veras, es un milagro que uno de estos importantes caballeros de Berlín se pierda y llegue hasta nuestro villorrio… Pero es cosa de andar con cuidado cuando uno de los señores marchantes coge el tren… Aquí decimos que hay que cerrar los bolsos y las puertas cuando vienen los gitanos… Sí, ya me imagino por qué viene usted a verme… Los negocios van mal en nuestra pobre y arruinada Alemania, no hay ya compradores, y entonces los caballeros importantes se acuerdan de sus viejos clientes y visitan a sus feligreses… Me temo que en mi caso no va a tener suerte; nosotros, los pobres pensionistas, ya nos damos por satisfechos cuando tenemos nuestro pedazo de pan en la mesa. Ya no podemos participar, con esos precios tan disparatados que imponéis hoy… estamos fuera de juego para siempre.

Me apresuré a aclarar que me había entendido mal, que no había venido a venderle nada, dije que me había encontrado casualmente en la vecindad y no había querido desaprovechar la ocasión para visitarle, siendo como era cliente de muchos años de nuestra casa y uno de los coleccionistas más destacados de Alemania.

Apenas pronuncié las palabras «uno de los coleccionistas más destacados de Alemania» se produjo un cambio extraño en el rostro del anciano. Seguía muy derecho e inmóvil en medio de la habitación, pero una expresión de repentina claridad y de orgullo interior animó su figura, se volvió hacia donde suponía a su esposa, como si quisiera decir: «Ya lo oyes», y con una voz llena de alegría, sin huella de ese tono recio y militar que acababa de utilizar, sino más bien con dulzura y afecto me dijo:

—No sabe cómo agradezco su amabilidad… No permitiré que haya hecho su viaje en vano. Va a ver usted algo que no se ve todos los días, tampoco en su arrogante Berlín…, unas piezas como no pueden verse más bellas en la Albertina o en el maldito París… Sí, cuando se colecciona durante sesenta años se consiguen bastantes cosas, que no suelen estar precisamente tiradas en la calle. Luisa, ¡dame la llave del armario!

Ahora, sin embargo, sucedió algo inesperado. La viejecita, que estaba a su lado y que había asistido con una amabilidad sonriente y levemente atenta a nuestra conversación, levantó, de pronto, ambas manos con un gesto implorante e hizo con la cabeza un gesto abrupto de negativa, señal que de momento no comprendí.

Entonces se acercó a su marido y le colocó suavemente las manos sobre los hombros.

—Pero Herwarth —le regañó—, no has preguntado al caballero si tiene ahora tiempo de ver la colección, ya es casi mediodía. Después de comer tienes que descansar una hora, el médico así lo exige expresamente. ¿No sería mejor que mostrases al caballero todas las cosas después de comer, y después tomamos juntos el café? Entonces también estará ya en casa Annemarie, que lo entiende todo mejor y puede ayudarte.

Y de nuevo, nada más pronunciar estas palabras, repitió aquel gesto implorante, por encima de su distraído esposo, por así decir. Ahora la comprendí. Ella quería que yo rechazara la inspección inmediata de la colección, así que inventé rápidamente una cita para comer. Dije que sería un placer y un honor para mí poder admirar su colección, pero que no me era posible antes de las tres, hora a la que me presentaría gustoso.

Enfadado como un niño al que le quitan su juguete preferido, el anciano se volvió hacia mí.

—Naturalmente —gruñó—, los señores de Berlín nunca tienen tiempo para nada. Pero esta vez tendrá usted que tomarse tiempo, porque no son tres o cuatro piezas, sino veintisiete carpetas, cada una para un artista diferente, y ninguna de ellas está medio llena. Bien, a las tres; pero sea puntual, si no, no acabaremos.

De nuevo me ofreció la mano en el vacío.

—Ya verá, será un placer para usted… o un disgusto. Y cuanto más disgusto se lleve usted, más me alegraré yo. Así somos los coleccionistas: ¡todo para nosotros y nada para los demás! —Y de nuevo me apretó con fuerza la mano.

La viejecita me acompañó a la puerta. Ya le había notado, desde hacía un rato, cierta incomodidad, una expresión de temor azarado. Ahora, ya casi en la puerta, balbuceó con voz muy queda:

—¿Le importaría… le importaría a usted que le recogiera mi hija Annemarie, antes de venir a nuestra casa? Es mejor… por diversas razones… Sin duda, va a comer en el hotel, ¿verdad?

—Sí, estoy de acuerdo, será un placer.

Y, en efecto, una hora más tarde, cuando acababa de terminar el almuerzo en el pequeño comedor del hotel de la Plaza del Mercado, entró una señorita ya entrada en años, vestida con sencillez, con mirada inquisitiva. Fui hacia ella, me presenté y me declaré dispuesto a acompañarla al momento para ver la colección. Pero, con un repentino rubor y con la misma turbación que había mostrado su madre, me preguntó si no podía hablar conmigo antes unas palabras. Enseguida vi que le costaba trabajo. Cada vez que intentaba hablar se le subía ese rubor violento hasta la frente, y la mano se enredaba en el vestido. Por fin empezó, con titubeos y confusión constantemente renovada:

—Mi madre me ha enviado a verle… me ha contado lo sucedido… y quisiéramos pedirle un gran favor… antes de que vaya a ver a mi padre… queremos explicarle… Mi padre deseará, naturalmente, mostrarle su colección, y la colección… la colección… ya no está completa… faltan varias piezas… en realidad, muchas…

Nuevamente tuvo que tomar aire, entonces me miró y dijo apresuradamente:

—Tengo que ser franca con usted… Usted conoce los tiempos que corren, y comprenderá todo… Mi padre perdió por completo la vista al estallar la guerra. Ya antes, su vista fallaba a menudo, la desilusión se la arrebató definitivamente; porque él pretendía, a pesar de sus setenta y seis años, ir al frente a Francia, y como al principio el ejército no avanzaba como en 1870, se llevó un gran disgusto, y a partir de ahí su vista declinó rápidamente. En realidad, aparte de ese achaque, él está muy fuerte, hasta hace poco podía caminar durante horas, incluso iba a su adorada caza. Ahora ya no puede dar sus caminatas y su única alegría es la colección, que mira cada día… es decir, no la ve, no ve ya nada, pero cada tarde saca todas las carpetas para, al menos, tocar las láminas, una detrás de otra, siempre en el mismo orden que sabe de memoria desde hace lustros… Ya no le interesa más que eso, y yo tengo que leerle lo que dicen los periódicos sobre las subastas, y cuanto más altos los precios que oye, más feliz es… porque… esto es lo terrible, mi padre no sabe ya nada de los precios y de nuestra época… no sabe que hemos perdido todo y que de su pensión no se puede vivir más que dos días al mes… A esto se añade que el marido de mi hermana cayó en el frente y la dejó sola con cuatro niños pequeños… Pero mi padre no tiene idea de todas nuestras dificultades materiales. Primero, ahorramos, aún más que antes, pero era inútil. Entonces empezamos a vender, sin tocar, naturalmente, su amada colección… Vendimos las pocas joyas que teníamos, pero, ¡Dios mío!, qué era aquello, si desde hacía sesenta años mi padre había gastado cada pfennig que podía ahorrar en sus láminas exclusivamente. Y un buen día no quedaba nada para vender… no sabíamos qué hacer… y entonces… entonces mi madre y yo vendimos una pieza. Mi padre nunca lo hubiera permitido, no sabe lo mal que están las cosas, no se hace una idea de lo difícil que es encontrar en el mercado negro algo de comer, tampoco sabe que hemos perdido la guerra, que se han tenido que entregar Alsacia y Lorena; no le leemos en el periódico todas estas cosas para que no se agite.

»Fue una pieza muy valiosa, la que vendimos, un grabado de Rembrandt. El anticuario nos ofreció por él muchos, muchos miles de marcos, y pensamos que nos sostendrían durante años. Pero usted sabe cómo se derrite el dinero… Pusimos el resto en el banco, y a los dos meses se había gastado todo. Tuvimos que vender otra pieza, y otra, y el anticuario siempre nos mandaba el dinero con tanto retraso que ya había perdido su valor cuando llegaba. Intentamos ir a las subastas, pero también allí nos estafaron, a pesar de los precios millonarios… Cuando los millones llegaban a nuestras manos eran ya papel sin valor. Así, poco a poco, fue desapareciendo lo mejor de la colección, exceptuando algunas piezas extraordinarias, sólo para asegurar la vida más elemental y desnuda, y mi padre sin saberlo.

»Por eso mi madre se asustó tanto cuando usted apareció hoy… pues si él le enseña sus carpetas hubiera quedado todo al descubierto… porque le hemos colocado en los viejos passe-partouts, que conoce uno a uno al simple tacto, reproducciones o láminas parecidas en lugar de los originales vendidos. Tocarlas y contarlas (guarda en la memoria el orden exacto) le produce la misma alegría que, en su día, mirarlas con los ojos abiertos. En esta pequeña ciudad no hay nadie al que mi padre juzgara nunca lo suficientemente digno como para mostrarle sus tesoros… y ama cada lámina con un amor tan fanático que creo que se le rompería el corazón si supiera que todo se ha evaporado entre sus manos. Es usted el primero en los últimos años, desde que murió el antiguo director de la colección de grabados de Dresde, al que él cree enseñar su colección. Por eso le ruego que…

Y de pronto la ajada señorita alzó las manos y sus ojos relucieron húmedos.

—…por eso le rogamos… que no nos haga desgraciados, a él y a nosotras… No le destruya esta última ilusión, ayúdenos a hacerle creer que todas las láminas que le va a describir aún están ahí… Si sospechara algo, no podría soportarlo. Quizá hemos actuado mal con él, pero no podíamos hacer otra cosa: había que vivir… y las vidas humanas, cuatro niños huérfanos como los de mi hermana, son más importantes que unos grabados… Hasta hoy no le hemos arrebatado con ello su placer; él es feliz de poder hojear todas las tardes sus carpetas durante tres horas, de hablar con cada pieza como con una persona. Y hoy… hoy sería quizá el día más feliz de su vida, ya que espera desde hace muchos años la ocasión de poder enseñar sus favoritos a un experto; por favor… ¡le pido de rodillas que no le destruya esa alegría!

Lo había dicho todo de una manera tan conmovedora que mis palabras no son capaces de expresarlo. ¡Dios mío! Como comerciante he visto muchas de esas personas miserablemente despojadas, deleznablemente estafadas por la inflación, a las que les han birlado por un bocadillo posesiones familiares antiquísimas y del máximo valor; pero aquí el destino había creado un caso singular que me conmovía especialmente. Como es lógico, prometí a mi interlocutora guardar silencio y hacer lo que estuviera en mis fuerzas.

Fuimos juntos hasta la casa; en el camino me enteré con indignación de la ruindad de las cantidades con las que habían engañado a estas pobres e ignorantes mujeres, y eso me confirmó en mi decisión de ayudarlas hasta el final. Subimos la escalera y nada más abrir la puerta oímos desde la habitación la voz regocijada y afable del anciano:

—¡Adelante, adelante! —con el fino oído de los ciegos debía de haber percibido nuestro paso en la escalera.

—Herwarth no ha podido dormir hoy de impaciencia por enseñarle sus tesoros —dijo sonriendo la viejecita. Una sola mirada de su hija la había tranquilizado sobre mis intenciones. Sobre la mesa estaban expuestas y a la espera las carpetas apiladas, y apenas el ciego sintió mi mano me cogió del brazo sin más palabras de bienvenida y me hizo sentar en el sillón.

—Bien, ahora vamos a empezar; hay mucho que ver, y los caballeros de Berlín no tienen nunca tiempo. Esta primera carpeta es del maestro Durero y, como podrá usted comprobar, está bastante completa… y una pieza es más bella que la otra. Ya lo verá usted mismo, por ejemplo, ¡aquí tenemos el caballo grande! —dijo mostrándome la primera lámina de la carpeta.

Y así extrajo de la carpeta con esa solicitud delicada con la que se manipula normalmente algo frágil, con puntas de los dedos que tocan con extremo cuidado, un passe-partout en el que estaba enmarcada una lámina de papel amarillento y vacío, y sostuvo el papelote desprovisto de valor con gran entusiasmo. Lo contempló durante unos minutos sin verlo, desde luego; mantuvo extasiado con dedos separados la lámina vacía a la altura de los ojos, su rostro expresaba mágicamente el gesto atento de alguien que ve. Y en sus ojos fijos, de pupilas muertas, relució de repente —¿era un reflejo del papel o un fulgor procedente del interior?— una claridad espejeante, una luz omnisciente.

—¿Qué me dice? —exclamó orgulloso—. ¿Ha visto alguna vez una estampa más bella? Con qué precisión, con qué claridad surge cada detalle. He comparado esta lámina con el ejemplar de Dresde, pero resulta, en comparación, difuso y pobre. ¡Y, hay que ver el linaje que tiene! Mire. —Volvió la lámina y con la uña mostró en el reverso exactamente las posiciones en el papel vacío, de modo que automáticamente me fijé en si los signos estaban de verdad allí—. Aquí está el sello de la colección Nagler, aquí el de Remy y Esdaile; nunca imaginaron, estos ilustres antecesores propietarios, que su lámina llegaría un día a esta pequeña habitación.

Un escalofrío me recorrió la espalda al oír al iluso anciano describir con tanto fervor una página completamente en blanco, y era espeluznante ver cómo mostraba con la uña y con precisión milimétrica los signos invisibles de los coleccionistas que ya sólo existían en su fantasía. Sentí la garganta atenazada de espanto, no supe qué decir; pero cuando confundido alcé la mirada hacia las dos mujeres me encontré de nuevo con las manos alzadas y el gesto implorante de la temblorosa y agitada anciana. Entonces me decidí y comencé mi actuación.

—¡Increíble! —balbuceé por fin—. Un ejemplar magnífico.

Inmediatamente su rostro se iluminó de orgullo.

—No es nada todavía —dijo con voz triunfante—, ya verá la «Melancolía» o la «Pasión», un ejemplar iluminado, que raramente se presenta con la misma calidad. Mire, mire —y, de nuevo, sus dedos pasaron delicadamente sobre una escena imaginaria— esta frescura, este tono cálido y granuloso. Berlín se volvería loco con todos sus señores marchantes y doctores museales.

Y así prosiguió este triunfo deslumbrante y locuaz, durante más de dos horas. No, no puedo describirle lo terrible que fue contemplar con él esos cien o doscientos papelotes en blanco y reproducciones baratas, que, sin embargo, en la memoria de este trágico iluso eran tan increíblemente reales que celebraba y describía, sin fallo y en orden impecable, cada uno de ellos con los detalles más precisos: la colección invisible, que ya debía de estar dispersada en todas las direcciones, era para este ciego, para este hombre, conmovedoramente engañado, todavía una realidad tangible y la vehemencia de su visión era tan poderosa que hasta yo empecé a creer en ella. Sólo una vez el aterrador peligro de un despertar interrumpió la seguridad sonámbula de su entusiasmo vidente: ante la «Antíope» de Rembrandt (una prueba que, en efecto, debía de haber tenido un valor inconmensurable) acababa de ensalzar la precisión del grabado y, en ese trance, su dedo nervioso y clarividente, había seguido con cariño la huella de la plancha sin que los nervios táctiles aguzados encontraran esa impresión sobre la lámina desconocida. Una especie de sombra pasó sobre su frente, su voz tropezó.

—Es… es la «Antíope», ¿verdad? —murmuró, un poco azarado, a lo que yo respondí inmediatamente quitándole de las manos la lámina enmarcada y describiendo con entusiasmo la obra, que conocía a la perfección, en todos sus detalles. El rostro aturdido del ciego se despejó. Y cuantos más elogios hacía yo, tanto más florecía en este hombre enjuto y resecado una cordialidad jovial, una efusividad íntegra y risueña.

—Por fin, por fin uno que os dice lo que valen mis láminas. Siempre me habéis reñido con falta de fe por meter todo el dinero en la colección; es cierto, en sesenta años ni cerveza, ni vino, ni tabaco, ningún viaje, ninguna visita al teatro, ningún libro, siempre ahorrando y ahorrando para estas obras. Pero ya veréis cuando yo ya no esté: seréis ricas, las más ricas de la ciudad, y tan ricas como los más ricos de Dresde, entonces me agradeceréis mi locura. Pero mientras yo viva no saldrá ni una lámina de esta casa; primero tienen que sacarme a mí, luego mi colección.

Y al decirlo su mano acarició cariñosamente, como si fuera algo vivo, las carpetas hacía tiempo vacías. Era horrible y, al mismo tiempo, enternecedor para mí, porque en todos los años de la guerra no había visto una expresión tan absoluta, tan pura, de beatitud en un rostro alemán. Junto a él estaban las mujeres, misteriosamente parecidas a las figuras femeninas de esa estampa del maestro alemán que, venidas a visitar el sepulcro del Salvador, se quedan pasmadas ante la tumba abierta y vacía, con una expresión de temor sumiso y, al mismo tiempo, de éxtasis piadoso y de fe en el milagro. Así como en ese grabado las discípulas estaban iluminadas por la intuición celestial del Salvador, así estas dos envejecidas, agotadas y pobres mujeres estaban iluminadas por la infantil dicha del anciano, deshechas medio en risas, medio en lágrimas; un espectáculo como nunca he visto otro más sobrecogedor. El anciano no se cansaba de mis palabras de elogio, amontonaba y volvía, una y otra vez, las carpetas bebiendo sediento cada palabra: para mí fue un descanso cuando por fin las engañosas carpetas fueron retiradas a un lado y él tuvo que dejar libre la mesa para el café. Pero ¡qué era mi suspiro contrito de alivio comparado con la alegría tumultuosa, con la euforia de este hombre rejuvenecido treinta años! Relató mil anécdotas de sus compras y expediciones, se levantó a tientas, rechazando la ayuda, para enseñarme otra y otra lámina: estaba animado y embriagado como si hubiera bebido vino. Cuando, por fin, dije que tenía que marcharme, casi se estremeció asustado, hizo pucheros como un niño voluntarioso y, enfadado, dio un golpe en el suelo con el pie, exclamando que yo aún no había visto ni la mitad de la colección. Las mujeres tuvieron que emplearse a fondo para convencerle en su disgusto tozudo de que no debía retenerme más, ya que perdería el tren.

Cuando por fin se avino a razones, después de una resistencia denodada, y llegó el momento de la despedida, su voz se volvió suave. Cogió mis dos manos y sus dedos las acariciaron con toda la expresividad de un ciego hasta las muñecas, como si quisieran saber más de mí y decirme con amor más de lo que son capaces las palabras.

—Me ha dado usted una gran alegría con su visita —dijo con una emoción removida desde dentro que nunca olvidaré—. Ha sido para mí una verdadera satisfacción volver a mirar por fin, por fin, por fin, mis amadas láminas con un entendido. Pero ya verá que no ha venido en vano a ver a este pobre ciego. Le prometo aquí delante de mi mujer como testigo que incluiré en mi testamento una cláusula encargando a su venerable casa la subasta de mi colección. Usted ha de tener el honor de administrar este tesoro —y aquí dejó descansar la mano sobre las desvalijadas carpetas— hasta el día en que se disperse por el mundo. Prométame únicamente que hará un bonito catálogo: será mi lápida, no necesito otra mejor.

Miré a la mujer y a la hija, de pie y muy juntas, mientras que de vez en cuando un temblor pasaba de la una a la otra, como si fueran un solo cuerpo que se estremece con emoción compartida. Yo mismo tuve una sensación de gran solemnidad cuando el conmovedor iluso me encargó la administración de su colección, invisible y dispersada hacía tiempo, como si se tratara de un tesoro. Emocionado, le prometí lo que nunca podría cumplir; de nuevo se encendió una luz en las pupilas muertas, sentí cómo su cordialidad intentaba desde dentro captarme físicamente: lo sentí en la ternura, en la presión afectuosa de sus dedos, que se entrelazaban con los míos en un gesto de agradecimiento y promesa.

Las mujeres me acompañaron hasta la puerta. No se atrevían a hablar, porque el fino oído del anciano hubiera percibido cada palabra, pero ¡qué cálidas entre lágrimas, qué desbordantes de gratitud relucían las miradas que me dirigían! Completamente aturdido descendí a tientas la escalera. En el fondo estaba avergonzado: como el ángel del cuento había entrado en la habitación de una pobre gente, había hecho que un ciego viera durante una hora, simplemente prestándome a un piadoso engaño y mintiendo descaradamente, yo que en realidad había venido como un ruin comerciante a arrancarle astutamente un par de piezas valiosas. Lo que me llevaba, sin embargo, era más que eso: había podido sentir de nuevo un entusiasmo puro y vivo en un tiempo sórdido y triste, una especie de éxtasis traspasado por el espíritu y centrado por completo en el arte que nuestros hombres de hoy parecen haber olvidado hace tiempo. Y sentí devoción (no puedo decirlo de otra manera), aunque al mismo tiempo me avergonzaba, sin saber bien por qué.

Ya estaba en la calle cuando arriba se abrió estrepitosamente una ventana y oí llamar mi nombre; en efecto, el viejo no se había dejado quitar el placer de seguirme con sus ojos ciegos en la dirección en la que me suponía. Se asomó tanto que las dos mujeres tuvieron que sujetarle con cuidado, y agitando su pañuelo gritó:

—¡Que tenga buen viaje! —con la voz alegre y fresca de un chico. No olvidaré esa imagen: el rostro feliz del anciano de pelo blanco allá arriba en la ventana, flotando sobre los seres malhumorados, apresurados y atareados de la calle, suavemente alejado de nuestro mundo real y repugnante por la nube blanca de un delirio benigno. Y tuve que pensar una vez más en la vieja y certera frase (creo que es de Goethe): «Los coleccionistas son gente dichosa».

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