La tía Rosita

Alberto Ernesto Feldman

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Promediando los años cuarenta, el barrio de Saavedra lucía como un tranquilo suburbio en el límite norte de la Capital Federal, junto a la avenida General Paz, frontera de asfalto de reciente construcción. Un aire pueblerino campeaba alrededor de la estación. Las casas eran bajas y muchas de sus calles eran de tierra; había que acercarse a la avenida Cabildo para conseguir los artículos que excedían de las necesidades cotidianas.

Los barrios de Núñez y sobre todo el de Belgrano, le hacían la sombra que le impidió crecer, sombra que al mismo tiempo le permitió conservar su aspecto original casi hasta nuestros días. El tren a Retiro llevaba todas las mañana a los estudiantes y a los trabajadores de cuello duro al Centro y traía a los obreros que llenaban, entre otras, a tres fábricas importantes; la Phillips, la R.C.A.Víctor y la fragante Nestlé, que impregnaba el aire del barrio de un delicioso olor a chocolate, aroma que en los atardeceres de verano competía con los jazmines de las casas de los inmigrantes alemanes e italianos, pioneros en el barrio.

En esta perfumada geografía, a mediados del siglo pasado vive Rosita con sus padres y sus dos hermanos, todos ceñidos a rígidas costumbres familiares. Ella tiene doce años en 1945, una madre que la trata de usted y la domina con la mirada y un padre que todas las mañanas, a las siete  menos cuarto, antes de ir a tomar el tren, la besa en la frente sólo si está dormida, no fuera a creer que el jefe de la familia es débil de carácter. Así fue enseñado.

Sus dos hermanos estudian. El mayor ya está en la Facultad y Rosita lava, almidona y plancha día tras día con esmero el guardapolvo del futuro médico, lo mismo que la ropa del segundo, que está terminando el secundario, y que desde la escuela primaria sabe que estudiará Abogacía, la carrera que su padre no pudo concluir.

La madre sostiene que será muy útil para la niña, que se resistió a aprender piano, inglés o dibujo, con una fuerza que le desconocían, comenzar el año próximo la Escuela Profesional de Mujeres, un lugar ideal para aprender a cocinar, coser, bordar y prepararse para ser una eficiente ama de casa. Para ir ganando tiempo, la compele a practicar en el hogar familiar un poco de economía doméstica; y así, la benjamina recibe los elogios de todos por lo bien que pone la mesa, sirve la comida y limpia la casa, conocimientos que le serán muy útiles el día de mañana, cuando, si Dios quiere, encuentre un muchacho bueno, buen mozo y muy trabajador que le proponga casamiento, propuesta que será aceptada si la familia del joven candidato reúne las condiciones requeridas por los padres de la afortunada.

Pero esos príncipes no tocan el timbre de la Cenicienta de Saavedra, que espera un milagro mientras escucha por la radio, junto a su madre, las románticas novelas de la tarde en su hora de descanso de las tareas hogareñas.

Rosita crece. Ahora tiene catorce, dieciséis, dieciocho, veinte años. Su madre teje en ronda con sus amigas mientras ella va y viene sirviendo el té y las masitas.

—¡Qué bien cocina esta chica!… ¡Y no saben como borda!… ¡Realmente, qué acertado fue mandarla al Profesional, con lo prácticas que son esas escuelas!…

Gradualmente, buscando el momento apropiado, la cháchara disminuye de volumen. La madre aparenta hablar al oído de una de sus amigas, pero mira de reojo a su hija, que está cerca, para asegurarse de ser oída. —¡Hay que tener cuidado con los hombres, la nena está muy bien formada!… la tejedora más cercana colabora con entusiasmo: —¡Es cierto, te piden “la prueba de amor” y después te abandonan!…Una tercera voz agrega, insidiosa: —¡Y no te digo nada si la cosa viene con “regalito”!…

Comprueban que la “nena” las ha escuchado, porque Rosita se detiene bruscamente y enrojece. Las masitas recién horneadas tiemblan en el plato que sostiene con mano vacilante y terminan en el suelo. Con una angustia sin consuelo se inclina a recogerlas. Quisiera estar muy lejos de allí, pero no sabe dónde. Las tres tejedoras se miran y sus cabezas se mueven varias veces de arriba abajo, como diciéndole sí, vaya uno a saber a qué cosa.

Rosita cada vez entiende menos. A menudo le late fuerte el corazón, el sexo le hace cosquillas y la cabeza no cesa de darle vueltas, todo al mismo tiempo. La escuela secundaria ya es pasado y lamenta no haber aprendido nada de sus compañeras de ojos brillantes y lenguaje desenvuelto, que paseaban por Cabildo o Santa Fe sin el tiempo estrictamente cronometrado para volver a casa; que organizaban “asaltos” para bailar y divertirse y que florecían en cada Primavera, cuando casi todas tenían un galancito esperándolas a la salida.

Pero esa maravilla de adolescencia era para las otras chicas; ella siempre fue muy tímida y poco sociable, nunca nadie le dijo lo hermosa ni lo dulce que era, sólo fue considerada, especialmente por su familia, como una eficiente auxiliar, una obrera de lujo; y ella misma terminó creyéndolo.

Es cierto: nunca le faltó nada material; pero siempre esperó que alguien le preguntara porqué en ocasiones se le humedecen los ojos y se encierra en su habitación. Sólo dicen: —¡La nena es tan rara!… y miran para otro lado. Así se deslizan los años, mansamente. La vida se desarrolla según y conforme, sin altibajos, con la  recta trayectoria de los hogares bien constituidos, basados en firmes principios. Sólo hay que lamentar la muerte algo prematura del jefe de la familia, la tristeza de la madre, las visitas cada vez más espaciadas de los hermanos, muy ocupados con sus propias familias y sus profesiones, las paredes faltas de pintura, que ya comienzan a descascararse y las canas prematuras de Rosita, que sólo tiene treinta y seis años, y que mientras riega las plantas y las flores del jardín, la única parte de la casa que se embellece un poco más cada día, se dice muy quedo, musitando para sí: —¡Dios mío, todos los días son iguales!…

Hoy vino de visita su hermano mayor, ginecólogo, con su esposa y sus dos  pequeños hijos. Con un impulso que la supera, en un momento en que lo ve solo, toma una decisión heroica: vacía de dos tragos una gran copa de guindado y con las mejillas arreboladas, lo toma de la mano, lo arrastra al jardín y le pregunta, tartamudeando, si puede facilitarle alguna clase de información sobre temas sexuales.

El hermano médico palidece, abre grande los ojos y la mira con  sorpresa y angustia, exactamente con la misma expresión que ella vio en su padre aquella mañana, cuando giró bruscamente la cabeza y lo miró anhelante, como suplicándole, sin obtener respuesta, que también quería que le demostrara cariño cuando estaba despierta.

Su hermano se queda mudo; no puede o no sabe ayudarla. Rosita se muere de vergüenza y humillación, se traga un montón de lágrimas y vuela a jugar con sus sobrinos, que piden por ella llamándola a los gritos.

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