El expediente Glasser: “Un mercado al aire libre” (X)

Violeta Balián

Ilustración

Ilustración de Miriam Ascúa

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10. Un mercado al aire libre

Llevaba una cuadra o más de camino cuando me percaté de que me seguían. Era mucha la gente que transitaba la vereda pero los pasos se acentuaban y ya  me tocaban los talones.  Me di vuelta y alcancé a ver un par de sombras escurridizas.  En instantes, éstas se adelantaron y transformaron en dos niños de cabezas grandes, brazos muy delgados y manos con dedos largos y puntiagudos.

‒‒Es hora de partir. Viaja con nosotros, niña ‒‒dijeron al unísono.

Antes de que pudiera emitir palabra, se pusieron a cantar:

“Ven con nosotros, oh…niña

Viajemos iluminados por el resplandor del sol… Oh, ven con nosotros, niña.”

No tuve memoria de haber escuchado una música igual; monocorde, misteriosa, capaz de captar en una simple melodía las expresiones del universo que nos rodea: los árboles, la brisa, las alegrías y las angustias. Me esforcé en recordarla, en canturrear esa cadena de notas que iba olvidando minuto a minuto.

Seguí andando y ellos a la par mía. Hasta que de pronto, se esfumaron.

«Un producto de mi imaginación, nada más. Una pérdida de tiempo. Tengo que apurarme, llegar a casa.»

Pasé frente a la panadería La Estrella del Sur. Decidí entrar. Cuando empujé la puerta  me encontré en un  mercado al aire libre, en algún lugar del África.

«Todo vibra intensamente: gente, ruido, colores. Mis sentidos se agudizan.  Los aromas se expanden y multiplican. Con mis cuatro, veloces patas recorro la vía principal y otros rincones buscando qué comer. Me patean.  Me ahuyentan con palos.  Hay otros. Se acercan. Me husmean. Me acosan.  Me gruñen.  Presiento peligros. Comienza a llover. Corro un poco más y me refugio debajo de un puesto de frutas.  Lenta, progresivamente voy tomando forma humana. Y tan pronto consigo ponerme de pie vocifero a mi alrededor, a los transeúntes. Les ofrezco ristras de ajo y especias que guardo en un gran canasto.  Todos ellos pasan de largo. No me ven. No me oyen. No me hablan. Soy invisible».

En un abrir y cerrar de ojos me vi caminando por la avenida Maipú con un paquete de masas en una mano y en la otra, una bolsa con pan.

Llegué a casa agotada. También furiosa conmigo misma y con los hermanos, titiriteros maestros de este teatro fantástico.  Habían sido ellos, no lo dudaba.  En menos que canta un gallo me convirtieron en una muñeca de trapo que actuaba y bailaba según les convenía.  ¡Qué atrevimiento! Un viajecito al África. ¿Una muestra de sus poderes? ¿Una lección?  ¿Una broma?  ¿Una conexión diabólica?

‒‒¿Dónde estuviste? ‒‒preguntó Rogelio, molesto.

‒‒Fui… hasta África, nada más.

‒‒Hablá en serio Clarita, podrías haber avisado o dejado una nota.

No le respondí. Parada en medio de la sala observé a mi marido, a ese hombre sentado en el sillón.  Ni mi presencia ni mi silencio le impedían continuar la lectura de su diario de la tarde.  Me pregunté: ¿Cómo fue que llegamos a convivir en una misma casa, tener hijos y estar como lo estábamos en ese momento, a kilómetros de distancia, el uno del otro?  Rogelio ya no era el mismo hombre.  Y yo no era la misma mujer.

Me aplastaba la soledad.  Pasaban los días y no encontraba a quién confiarle lo que me estaba sucediendo.  Esa persona no existía, mucho menos entre mis íntimos, como mi marido a quien sí veía dispuesto a compartir con sus colegas los sacrosantos datos científicos y la comodísima rigidez de pensamiento. Ni hablar de nuestros amigos en común.  Ya podía oírlos‒‒: Está loca de remate.  ¿Cómo explicar lo inexplicable?  ¿Comprenderían ellos lo difícil que me resultaba encontrar un equilibrio entre el mundo fantástico que encarnaban Alcides  y Asima, y el de mi existencia personal, prosaica, reducida al trabajo, la familia y el hogar?  Y yo, ¿me permitiría romper el silencio y gritarle a toda esa gente descreída o a cualquiera que me quisiera oír: ‒‒Tomen nota, que no todo es lo que parece ser?

Aquella noche, regresé a mis hábitos de niña. Con el alma colmada me arrodillé al pie de mi cama, a rezar, a recuperar mi antigua fe y a rogarle al Todopoderoso que me guiara, que me ayudara a despertar de la pesadilla, que me perdonara por la muerte de Mercedes, por mis transgresiones y por haber dudado tantas veces de Él.

El expediente Glasser II

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