Entremientras: “Los lugares de Amelia” (IX)

Miguel Rodríguez

Anciana

¿Suavito o cargado, querida?

Cuando llegó Littah, Amelia la saludó como si nunca se hubiera ido.

Hace tiempo que a Amelia se le va la cabeza, los médicos hablan de un principio de demencia. Hay sitios en ella a los que hemos comprobado que ya no podemos llegar, a los que ya no tenemos acceso – o restringido, si acaso – y de los que no sabemos si es consciente. Pero también pienso que esto mismo nos pasa a todos, quizás sin tener un diagnóstico como el suyo: que no siempre – o siquiera a menudo – llegamos al fondo de muchos de nuestros lugares, alguno de los cuales nunca hemos visitado ni siquiera como huéspedes. O tal vez este otro tipo de demencia no sea una enfermedad propiciada por la vejez, sino un estado degenerativo del alma a cualquier edad.

Antes pensábamos que estas partes de ella se habían perdido para siempre, que se habían ido o muerto. Ahora no, ahora pensamos que, si no están aquí, es porque están en otro sitio, en alguno de entre los muchos lugares a los que va con propósito indeterminado. Simplemente esas partes de la mente o de la conciencia han cambiado de residencia, como nosotros lo hacíamos en los veranos, y quizás sean otras regiones del espíritu menos ligadas al presente lineal y cronológico, aunque igual de reales.

Así, más que pensar que la estamos perdiendo, ahora preferimos pensar que habla y se conduce por lugares en los que ella – y tal vez nosotros, de alguna manera – también hace o ha hecho vida, lugares por los que aún tan solo pasamos de puntillas, o a los que echamos un rápido vistazo, fragmentario, como aquella visión infantil del patio de Emiliano.

A veces nos mira como si acabara de llegar de alguno de estos lugares, como si tardara en reconocernos o nos hubiera echado de menos desde siempre, y por fin nos encontráramos aquí, en la galería o en la habitación del siete. Nos mira con detenimiento, y acompañando su mirada está el suspiro de alivio de los animales de las láminas, arremolinados tras la esquina, espiando nuestras reacciones, como si todas sus personalidades hubieran pasado a formar parte de los múltiples espacios vitales de Amelia.

Nunca somos una sola cosa.

Antes de irse a dormir, Amelia se pasa un buen rato delante del espejo peinándose, desenredándose el pelo y las complicaciones o las marañas del día, como preparándose feliz para ir a algún sitio elegante ahora justo que los demás nos rendimos al sueño. Hasta hace no tanto, alguna vez pensábamos, de veras si acaso, iría a algún sitio escondido de la ciudad, o si tuviera algún amante. Pero no, siempre se iba a la cama. Quizás sería más preciso decir que se iba a algún lugar de su mente, que se acicalaba y se preparaba para ir adentrándose en esos sitios a los que le guiaba la demencia, donde quiera que fuera.

‘¿Cómo no voy a ponerme guapa? Anda, siéntate y cuéntame cómo ha ido el día.’ Aunque la verdad es que casi siempre hablaba ella.

A veces me pregunto si acaso hemos vivido mayormente nuestra vida en común, o qué es lo que nos queda por contarnos. Amelia está débil, muy débil, y pasa los días como una niña que reclama atención y cariño constantemente; como si nos hubiéramos cambiado los papeles de infancia y madurez. María soñó hace poco que era Amelia ahora quien se encaramaba al muro y echaba un vistazo al otro lado, más allá de su senilidad. Me gustaría saber si en ese otro lado vio el patio de Emiliano, o si acaso nos buscaba a nosotros, sus hijos, con una conciencia distinta que no acertamos a percibir. O quizás solo quería disfrutar del sol de aquel pequeño patio.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s