El expediente Glasser: “Ángeles sin alas” (VI) y “Revelaciones” (VII)

Violeta Balián

Atardecer

6. Ángeles sin alas

No consigo dormir. Escucho el tintineo frenético de los caireles de la araña del comedor.  Me cubro la cabeza con la sábana y doy con la oscuridad. No me siento bien.  Entonces me levanto para tomar agua pero el vaso se me cae de la mano.  Y se estrella contra el piso.  En cámara lenta.  Mientras, Rogelio ronca como si estuviese anestesiado. Trato de despertarlo. Por más que lo sacudo, no me responde.

¡Me estoy ahogando! Necesito salir, tomar aire o ir al hospital. Un silencio, pesado inunda la casa.  El  vaso se hizo añicos en el baño y no se oyó ningún ruido.  Sin embargo, oigo el tráfico de la avenida.

¡Los chicos! Corro a sus cuartos pero a mi paso, paredes, muebles, todo se cristaliza. Un flash y estoy de regreso en mi habitación.  Tengo sueño. Quiero dormir por muchas horas.  Tan pronto me decido a hacerlo, siento dolores terribles por todo el cuerpo. Me doy por vencida. Debo salir.

El tren se detiene y desciendo en “Ciénaga Azul”. Así lo indica el cartel solitario y polvoriento al final del andén.   Miro a uno y otro lado.  Es un lugar desolado donde el mundo parece otro y no tarda en envolverme el silencio agudo y desgarrador de la nada, comulgando a regañadientes con un viento quejoso y por momentos, enajenado.

No llevo equipaje salvo mi maletín de enfermera. Me siento a esperar dentro de la estación.  No sé a qué o a quién.  Pasan las horas.  No sé cuántas.  He perdido la noción del tiempo.

Oigo llegar un auto y un desconocido entra a la sala de espera. Lleva sombrero negro y anteojos de carey. Me hace señas para que lo siga afuera hacia el auto estacionado frente a la estación. Abre la puerta de atrás  y me indica que suba. Adónde vamos, pregunto confundida.  El hombre no contesta.

El auto devora kilómetros por una llanura inhóspita, ocre, matizada por  maizales  secos  y  remolinos  de  polvo.  Reconozco el campo desierto que se ve en la película de Hitchcock donde lo abandonan a Cary Grant a su suerte, a esperar algo o a alguien.  Me aferro a esa imagen y vigilo por la ventanilla trasera el camino que vamos dejando atrás.  En caso de que nos siga la avioneta y trate de eliminarnos.

El chófer abandona la ruta para tomar un camino interior. Unos kilómetros más y nos detenemos junto a un mojón. En ese punto y de la tierra,  emerge un portón de hierro  que se eleva para que nuestro vehículo pueda pasar.  Descendemos por el túnel que ahí comienza y llegamos ante una enorme puerta blindada.  La gran puerta se abre.  En el umbral, aguardan Alcides y Asima.  Los hermanos avanzan sonrientes y me toman cada uno de una mano.  Y yo camino entre sus figuras altas y resplandecientes sabiéndome protegida por estos ángeles sin alas.

A bordo de una formación de vagones abiertos, viajamos por corredores circulares, luminosos, flanqueados por ventanales inmensos que revelan recintos parecidos a salas de cirugía o laboratorios. Veo  personas agrupadas bajo lámparas redondas  ocupándose de alguna tarea.  Entre ellas distingo a Mercedes, más joven y sana. Me gustaría volver a abrazarla.  Junto a ella, un hombre se da vuelta, sonríe y dice algo que no puedo entender. Es mi padre, también joven, sano pero sin su uniforme militar.

Con mis acompañantes, continuamos hacia nuevas y más oscuras profundidades.

..

7.Revelaciones

Desperté. Me dolía la cabeza.  ¿Había tenido un sueño? ¿Una pesadilla? ¿Duró una hora? ¿Toda la noche? No tenía idea.  Al levantarme, movía piernas y brazos con dificultad.  Si bien pasé aturdida las horas de la  mañana fui recuperando, poco a poco, las imágenes de la estación de  Ciénaga Azul y otros detalles de mi aventura nocturna.

Los hermanos me esperaban en la confitería. Una cita acordada días antes.  Y después de los sucesos de la noche anterior, una excelente oportunidad para interpelar a mis rutilantes amigos, transmitirles la profunda furia que sentía y demostrarles que no estaba dispuesta a tomarlos en serio.  Bastó oír el sonido de sus voces para transportarme a los momentos que pasamos en ese misterioso y extraño lugar. Y frente a ellos, la intrepidez que creí almacenar desde la mañana se me  fue derritiendo como hielo al sol.  Los observé en silencio, y me sentí inmensamente triste.  Lagrimeé un poco y me puse a llorar. Un llanto amargo y abierto.  Los hermanos reaccionaron, sí, visiblemente preocupados por la otra gente en el recinto.  No deseaban llamar la atención.  Avergonzada, me levanté y fui al baño.  Regresé.  Seguían en el mismo sitio, inamovibles.

Al final, libre de lágrimas y espejismos, me senté junto a ellos y pude verlos tal cual eran, es decir, el verdadero tono de su piel, blanquecino azulado, traslúcido, absolutamente perfecto,  y tan  bien  disimulado  bajo  la ropa que llevaban.  Reparé en sus portes, estáticos.  En sus semblantes.  En los ojos enormes y hermosos como botones ovalados de color azul oscuro.  En las miradas indiferentes tan parecidas a las de Rudi, el fox-terrier de mi madre. ¡Y qué decir de sus figuras!  Se desdibujaban y de pronto, volvían a aparecer, enfocadas.

Asima se  levantó  y  fue  al  mostrador  a  pedir  algo.  La seguí con la mirada y descubrí que no caminaba sino que se desplazaba sobre un piso invisible, elevado a unos cinco centímetros del suelo.  Este espectáculo privado, increíble, emocionante, transcurría en una confitería de barrio, en horas de la tarde y ante los ojos de gente común y corriente, totalmente ajena a lo que sucedía en la mesa 3 junto a la ventana.   Guardaba dentro de mí suficientes angustias para llorar un poco más pero opté por reírme fuerte, a carcajadas porque me había reconocido por lo que realmente era: una novata cualquiera a cargo de una situación que no podía manejar. Clara Glasser, desviada accidentalmente del camino, sorprendida por seres poderosos que acababan de depositarla en un mundo nuevo y extraño.

‒‒¿Comprende por qué no hemos sido más francos con usted? ‒‒dijo Alcides, rompiendo la incomodidad del momento.

‒‒Sí, sí…perfectamente ‒‒respondí desafiante y dispuesta a poner las cartas sobre la mesa, a desenmascararlos, quienquiera que fuesen.

Agregué‒‒: Ustedes… ¿quiénes son realmente?

‒‒¿Quiénes somos? Digamos que somos “solarios” o si lo prefiere, “exoterrenales”. Ah, y sepa que venimos en una misión de paz ‒‒explicó Asima.

« Asima, eso  no  vale. Ya  suena  a  una  película  de Tarzán. Cuando las papas queman y los salvajes están a punto de convertirlos en la sopa del día, los intrusos recurren al trillado “venimos en misión de paz”».

‒‒¿Exoterrenales? ¿Qué quieren decir con eso?

‒‒Que vivimos fuera del planeta y también en él.

No dije nada. Horas antes, en esos momentos de locura cuando le soltaba el barrilete a mi imaginación, fantaseé con la posibilidad de que mis amigos provinieran de otro planeta, otro mundo, otra dimensión. Mis conjeturas se habían hecho realidad.  Me vencía la revelación.  Los miré directamente a los ojos y sentí escalofríos. Una extraña efervescencia me llegaba hasta la garganta obligándome a aceptar que en mi existencia se estaba produciendo una modificación, un abrupto despertar. En otras palabras, estaba a punto de embarcarme y hacer un viaje del que no regresaría jamás. Pensaba en mis hijos, en buscar ayuda.  El problema era que no sabía cómo, dónde ni a quién pedírsela.

‒‒Aquí nos llaman “alienígenas” ‒‒continuó Asima mirándose en el espejito de su polvera. Se volvió hacia mí y dijo‒‒: Créame, Clara, ese término es más que lamentable, es descuidado.  Y resiento que se lo use indiscriminadamente, por ejemplo cuando necesitan referirse a “supuestos” habitantes de otros planetas. Nada más alejado de la verdad.  Alienígenas es otra cosa.  Me consta que cuando hablan sin conocimiento de causa, se están refiriendo a esas entidades que llegan  en platitos voladores,  con antenas de colores en la cabeza, tal como salen en las historietas o en las películas. No se preocupe, eso no tiene nada que ver con nosotros.  No somos “supuestos” sino una especie diferente, progenitora, una forma ancestral de la raza humana.  Hace por lo menos doscientos mil años que visitamos este lugar y por cierto, lo hemos colonizado muchas veces: África, Sumer, América del Norte y este mismo continente. Nunca nos marchamos del todo, se lo aseguro. ¿No sería entonces más apropiado que nos llamaran  “indígenas”?  ¿Usted…qué opina? ‒‒preguntó  con tono sobrador, guardando la petaquita en su bolso.

‒‒No tengo opinión. Sólo espero que no se estén burlando de mí ‒–respondí, mirándola con desconfianza.

‒‒Le decimos la verdad.

‒‒Bien. Me confirman que vienen de otro lugar, de otro planeta. No tengo idea de dónde y en este momento ni creo que me interese. Alcides, Asima, aquí ya no hay confusión posible, salvo por lo más importante: No entiendo qué quieren de mí.

—-

El expediente Glasser II

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