Entremientras: “María y Violeta” (VII)

Miguel Rodríguez

Bebé

María tuvo a Violeta mientras aún dormía. Al igual que ocurriera con Amelia y su inesperada gestación de mí, nadie en la Mara tenía demasiado claro si María se había quedado embarazada en este mundo o en algún otro, y tal vez por eso tampoco nadie preguntó por el padre, entendiendo todos que, si no estaba, no había por qué conjurarlo para que viniera.

Se despertó de madrugada con la lluvia de la galería y con un tiznajo colorado al lado de la almohada. La niña había trepado desde el vientre materno y se acurrucaba en el hueco del costado de su madre como un osezno. Así las recuerdo, tendidas en la cama sin necesidad siquiera de atender la llamada de la consciencia, tan solo alargando ese estado de entresueño y compartiendo la paz de reconocerse mutuamente, después de tanto tiempo existiendo por separado. María había soñado con Violeta años atrás, la soñó nacer y trepar hasta su pecho con la lluvia matinal. A mí vinieron a despertarme los animales de las láminas, que mostraban más alivio que asombro, como si ya la conocieran.

El nacimiento de Violeta materializaba así, en ambas, un vínculo y una consciencia común muy anteriores a la misma concepción o al deseo. El llanto del parto fue el primero de una serie con los que la niña anunciaría su determinación por vivir más allá de las muertes previas de María. En casa nos tapábamos los oídos de puro hastío por la recurrencia y la continuidad. No sabíamos por qué lloraba. Los niños lloran, nos decíamos entre nosotros de vez en cuando, para tratar de explicar la persistencia, y a continuación pensábamos, ‘Ella no, ella sufre. Violeta llora porque sufre.’ No lo sé; quizás no sufría ella, sino que lloraba lo que su madre, María, no era capaz de llorar en aquella época. Ambas intercambiaban o compartían estados de conciencia igual que Amelia se presentaba ante el mundo y ante el espejo de tan diversas maneras, dependiendo del influjo de los animales de las láminas.

Y así, humanos y animales laminados empleábamos parte de la noche paseando a la niña por la casa, haciendo por esclarecer a qué naturaleza pertenecía y por calmar los lloros que a todas las especies presentes nos resultaban familiares. Sentíamos que de alguna manera habíamos nacido para conocer a Violeta.

Antes de nacer, María ya tenía prisa por salir. De pequeña se vivió enteramente hasta un punto en el que simplemente murió de vieja. Nació con la facultad – o la eligió, nunca lo he sabido bien – de vivir las vidas de todos. Vivía llena de preguntas, angustias, inquietudes y estados del alma que de vez en cuando a todos se nos amontonan en la boca del estómago y que, en su caso, se convirtieron en Violeta. Mayormente vivía llena de sueños. Amelia siempre trataba de despabilarla – ¿Pero cómo es que duermes tanto? – aunque más que dormir, María entraba en periodos de letargo, igual que algunos de los animales del pasillo. En estas épocas se levantaba para una comida al día y rápidamente volvía a dormir, como si tuviera otra vida interna que resolver, con la que congraciarse o, simplemente, con la que convivir a solas de vez en cuando.

Por eso creo que María debió tener un nombre compuesto que le facilitara un poco la vida tan dual que le tocó vivir. Quizás así le hubiera resultado algo más sencillo sobrellevar todas sus vidas y que éstas se fueran entendiendo entre sí, en lugar de tener que mediar permanentemente y recurrir al escondite del sueño.

Cuando Violeta dejó de llorar, sus guardianes laminados siguieron durmiendo a los pies de su cama. Creo que ya se conocían de mucho.

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