El expediente Glasser: «Sospechas» (III) Segunda Parte

Violeta Balián

Pablo Picasso

Retrato de Mujer. Pablo Picasso (1945)
.

Cuando entré, mi marido estaba sentado en su sillón, leyendo. Como de costumbre, Rogelio esperó a que yo llegara y preparara la cena. No se le ocurrió ni encargar una pizza.

‒‒Tardaste mucho.

‒‒Estuve haciendo compras y me agarró la lluvia.

‒‒Ah, sí, empezó  a llover hace un rato.  Los chicos ya están en casa ‒‒advirtió antes de volver a su lectura.

Me cambié de ropa, regresé a la sala y observé que Rogelio seguía enfrascado en su lectura.

‒‒Falleció Mercedes. ¿Te lo dije, no?

‒‒No. Lo siento mucho.

‒‒Anteanoche y esta mañana fui a la misa. Me hubiera  gustado  ir al cementerio.

‒‒Clara, no sé para qué, no sos un familiar. La enfermera, nada más.

Comencé a freír milanesas. Unas gotas de aceite caliente me salpicaron el brazo.  Quise gritar como una desaforada y salir corriendo. Escaparme.

Al rato nos sentamos a comer.

‒‒¿Otro paciente en vista, Clarita?

‒‒No. Mañana  voy a la clínica a ver si dejaron pedidos.

‒‒Sería bueno que consiguieras algo.  Las cosas andan de mal en peor.  Dicen que muy pronto empiezan los despidos.  ¡Qué lástima! Te iba bien con Mercedes y ahora se terminó.

Lo miré con odio. A cada vuelta de esquina Rogelio me recordaba que en cualquier  momento se quedaba sin su puesto en la facultad de ingeniería.  La amenaza tenía meses de edad.  Mientras, y a pesar de haber sido yo quien se quedó cesante en la Clínica, la responsabilidad de mantener las cosas funcionando caía sobre mí. El problema es que no se presentaban suplencias, tampoco vacantes en el Hospital Municipal.  Por ahora dependíamos de mis curaciones particulares. Naturalmente, nuestras entradas se redujeron, vendimos el auto y yo llegaba a mis citas en colectivo, a veces a pie, aguantando el frío o los calores sofocantes.  Los mellizos terminaban la secundaria al año siguiente y aún no habíamos hecho planes para mandarlos a la universidad.  Y ni hablar de la situación económica del país que iba de mal en peor aún con el nuevo presidente que prometió tanto cuando asumió el mando. Es que al final de cuentas era otro militar; no necesitaba los votos de nadie.  Como tampoco éramos nosotros los únicos que daban manotazos de ahogado.

Terminamos de comer. Rogelio se encerró en su estudio, a escuchar música. Estaba contento, nos informó durante la cena. Acababa de conseguir dos discos de Billie Holiday. A buen precio.

«Oh, qué bien».

Lavé los platos, ordené la cocina y me puse a planchar unas camisas. Pablito y Mónica miraban la televisión. Buenos hijos. Nuestro orgullo y probablemente la única razón por la que Rogelio y yo seguíamos juntos. Pablito es brillante, insistían los profesores. Mónica, terminaba cada año con las notas más altas de su curso y mostraba excelentes aptitudes para la música y el canto. Nos alegraba muchísimo recibir estos informes de los docentes. Desde que nacieron los mellizos, nos  comprometimos a hacer todos los sacrificios posibles para asegurarles el mejor de los futuros.  Por el otro lado, mi madre, Helga, reconocía que Rogelio vivía deprimido, que era desconsiderado conmigo sin embargo no escatimaba oportunidad para disculparlo ‒‒: No te quejes, Clarita.  Es un buen hombre.  No se puede negar que trabaja mucho, que se desvive por sus hijos‒‒.

‒‒Mamá, yo también trabajo mucho. Eso tampoco lo podés negar.

Poco antes de que la familia se fuera a dormir, me tomé un baño bien caliente. Una oportunidad para pensar en Alcides, en la hora o más que pasamos en la confitería, en tratar de descifrar el misterio de la casona al que ya sospechaba ligado a Latorre, la Fuerza Aérea y, por qué no, al mismo Alcides. Habían pasado casi dos días desde mi última visita a Mercedes y mirando atrás, era evidente que Latorre y sus médicos planearon la  ejecución de un crimen perfecto, y de paso,  me involucraron.  Yo, no supe o no pude reaccionar. «Que Dios me perdone».

Alcides. El encuentro frente al quiosco de Manolo no fue una casualidad. Repasé la conversación que tuvimos en la confitería y me tuve que admitir que quien habló todo el tiempo, fui yo. Entonces, ¿qué diablos pretendía investigar este hombre bien parecido, aproximadamente de mi edad, por quien yo no sentía ningún tipo de atracción física? –y me jugaba la cabeza que a él le ocurría lo mismo conmigo. ¿Qué quería de mí? ¿Qué buscaba yo en él? Cuanto más lo pensaba, más difícil se me hacía definir al hombre y a la situación.

«No debíamos volver a vernos.»

Días después, me encontré con Alcides. En Los Tres Amigos. Mi extraño acompañante lucía igual que en la ocasión anterior. El mismo traje, anteojos, guantes y sombrero haciendo juego con su presencia inalterable y sus modales, correctísimos.

Me pidió que le hablara de mi padre. Me sorprendió pero consentí.

‒‒Mi padre y yo teníamos una relación muy especial. No necesitábamos hablar; nos entendíamos perfectamente.  Si no me equivoco, emigró a la Argentina a fines de los años 20.  En Alemania, durante la guerra había perdido a su primera esposa y también a su hijito. No sé qué sucedió. Nunca nos habló de eso.  Como le decía, se radicó en Misiones y pasado un tiempo se casó con mi madre, nací yo y se convirtió en mi maestro, tiempo completo.  Cuando murió, lo extrañé muchísimo. Pensé que no podría soportar tanto dolor aun sabiendo que mi dolor no era el mismo que sentían los demás cuando se les moría un ser querido. Sufría, sí, pero meses antes ya sabía que mi padre se iba a morir.  Encontré a mi madre llorando y ella me lo contó.  Segura del desenlace pero al mismo tiempo sin comprender la muerte ni la terrible finalidad que la acompaña, esperé, tranquila, convencida de que nada lo apartaría de mí. Creía en Dios y todos los días le rogaba que curara a mi papá y le permitiera vivir. Finalmente murió;  entonces, me enojé con Dios. No me había escuchado y ésa era la mejor evidencia de que no existía, le increpé.

Alcides parecía estar muy concentrado en mi relato, sin embargo sus reacciones mínimas y sutiles lo delataban. El hombre conocía, a la perfección, cada uno de los detalles de la vida de mi padre y mi niñez. Como si le hubieran entregado un expediente al que tuvo oportunidad de leer antes de nuestro encuentro.

‒‒Clara, me intriga sobremanera su comentario  sobre  “la terrible finalidad que acompaña a la muerte”.  Deberíamos conversar sobre ese tópico ¿no cree?

Traté de responderle pero tuve la sensación de que se me había atascado el cerebro. En mi mente o pantalla interior se iniciaba la proyección de una película en la que desfilaban imágenes de mi padre: un soldado joven durante la primera guerra, tomando cerveza, fumando cigarros, chacoteando  con  sus  compañeros.   Al instante,  las  reemplazó  una granja dilapidada en algún lugar de la campiña alemana.  El aire era puro, cristalino, pero ¿cómo había llegado hasta ahí?   Me respondió una mano, casi invisible que danzaba delante de mi cara, corriendo un velo tras otro al tiempo que me guiaba hacia el interior de la vaquería.  Me integré a la escena, y reconocí a mi padre en el niño rubio y dulce que ordeñaba la vaca.  Lo llamé ‒‒: ¡Papá!  El niño se dio vuelta y me sonrió. Le faltaban unos dientes.  Me acerqué, casi podía tocarlo, pero él, extendiendo su pequeño brazo me detuvo con palabras compasivas y definitivas: ‒‒meine Tochter, liebling Clara!  Hija mía, querida. Hasta aquí. No sigas. No es el momento.

La imagen se disipó y me encontré con la mirada fría de Alcides. Me inquietó.  Confirmaba que este individuo poseía habilidades extraordinarias, como la lectura de pensamientos. También pensé que me debía una explicación, o algo que mitigara el sacudón de haber visto a mi padre después de tanto tiempo. Alcides no es un espía, es un mago, me rectifiqué.  Un mago que se permitió instalar una proyección  cinematográfica  dentro  de mí. ¿Cómo lo hizo? ¿Por qué motivo? Y si podía hacer eso, ¿qué otras cosas era capaz de ponerme en la cabeza?  ¿Sus propios pensamientos? ¿Directivas siniestras? Las posibilidades comenzaban a aterrarme. A mi aprensión, le uní cólera y resentimiento.  Es más, tuve que esforzarme para no darle un par de bofetadas. En mi opinión, se las merecía.  Porque se había tomado la libertad de leer mis sentimientos más profundos y secretos. ¿O no necesitaba leer nada porque ya lo sabía todo? ¿Qué fue lo que quiso decirme Latorre?  Un poco tarde para considerar sus advertencias. Y también, inútil. En lo que a mí concernía, el nervioso brigadier había perdido toda credibilidad.

Sentada frente a Alcides, añoré hasta  las  lágrimas  el refugio que representaba mi hogar aun con todos sus problemas. Ansiaba estar en casa,  en otro tiempo, disfrutando de mis seres queridos y la  normalidad de nuestra vida familiar.  A salvo de Alcides. Y si fuera posible, incinerando en una fogata imaginaria el cúmulo de sentimientos y sucesos que se fueron adhiriendo como garrapatas sedientas, y me causaban tanto dolor: el último día de Mercedes, la visión de mi padre junto al recuerdo de su sufrimiento y su muerte, mi inesperada incursión en su vida anterior a mi existencia, la terrible enfermedad de Miguelito, los problemas económicos. El conjunto total de mis desdichas. Esquivé su mirada mientras consideraba levantarme, salir de la confitería, huir y no verlo nunca más. Pero no lo hice. Tenía muy claro que Alcides me lo impediría.  Peor todavía; me seguiría hasta los últimos confines de la tierra.

El expediente Glasser II

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