Grajeas eróticas: “Negritud delatora”

Harry Rainmaker

Sensual

Estuvo rumiando la decisión varios días. Pero finalmente prefirió perdonarla. Se descubrió admitiendo que la quería, o algo así. En realidad, no se conocían mucho pero estuvieron juntos lo suficiente como para atesorar cada detalle de su cuerpo. La geografía de su cara se transformaba cuando la asaltaba el placer, esa jubilosa locura que la conmovía hasta la extenuación. Es cierto que no se habían prometido fidelidad pero tampoco un desempeño tan promiscuo. Igual, la extrañaba. Por eso decidió arrinconar las imágenes que le taladraban el alma. Imaginarla en brazos de otros era un gancho al hígado. Para otros era el rotundo vaivén de sus pechos; para otros, el cóncavo rocío de su carne. Estaba seguro de que los incitaba a asediar las colinas de su espalda como lo había hecho con él. Podía ver el puño crispado, podía oír el gemido postrero que, luego de ser asaltada así, la sacudía en sucesivas olas de placer. Tuvo que admitir que las imágenes lo calentaron mucho. Pero no estaba hecho de esa madera. Todo esto le daba mucha angustia e inseguridad, por eso eligió olvidar. Eligió creer.

Ella le dijo que se había extraviado, que se asustó por la intensidad del sentimiento. De ambos. Le dijo que pase lo que pase, siempre lo iba a llevar en el corazón. Que nada quería más en el mundo que almorzarse su cimbrel y cual patricia romana, hacerse irrigar en abundancia por el fruto de su hombría. Ella le pidió perdón. Le juró que ya no se veía más con esos otros, que había sido una estupidez sí, pero una estupidez pasajera. Él se dejó convencer. Estaba listo para volver a empezar, sin pasado pero sin reproches. Mientras pensaba todas estas cosas, el hueco de su ausencia se le hizo más hiriente y quiso amortiguar la pena mirando algunas fotos. La buscó en una de las redes sociales donde eran amigos. Justo había una de la noche anterior. Estaba hermosa, radiante, con ese gesto desafiante de zorra dispuesta. El corazón se le achicó otro poco. Alguien la había etiquetado. Alguien que, además, acompañó la foto con un texto que no daba para segundas interpretaciones. No le causó tanto agravio la proclama posesoria como las ojeras de ella. Él conocía muy bien el negro delator que florecía bajo sus ojos después de tener sexo. No hizo falta más.

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