Entremientras: “La habitación del siete” (III)

Miguel Rodríguez

Maleta

Casi nadie decide ser huésped, eso es algo que a uno le sobreviene. En su caso, Darío aceptó ir sucediéndose a sí mismo como huésped, yéndose poco a poco de las conversaciones y de los pasillos, hasta que un día ya no volvió. Una vez más, se había ido para siempre. Siempre se iba para siempre. O quizás es que nosotros nos dimos cuenta entonces de que no estaba, sin saber precisar desde cuándo. A Amelia, acostumbrada a estar de paso en tantos sitios, no le extrañaba demasiado, al principio, que su marido desapareciera de repente y casi sin avisar, como tampoco que igual de repentina e inadvertidamente depositara su maleta y sus quehaceres a la entrada y se uniera a la cena, como un invitado más. De igual manera, este marido accidental se instalaba en su cuerpo y en su espíritu ocasionalmente, sin sentimiento de pertenencia y sin raíz o profundidad alguna. Los animales de las láminas ni siquiera le saludaban.

Nada que ver con el común de los huéspedes de la Mara, muchos de los cuales volvían de vez en cuando a alojarse allí, según la obligación del trabajo o las circunstancias de la vida les llevasen de nuevo a la ciudad, durante unas semanas o unos meses. Todos ellos eran como una extensión de la familia, trayendo y llevando sus vidas por casa, y participando y modificando el presente del núcleo familiar. Otros pasaban por la ciudad un par de días y traían galletas y noticias para el café. De continuo recibíamos cartas contándonos cómo o dónde habían hecho casa huéspedes anteriores, o si habían tenido hijos, y qué nombre les iban a dar.

De entre todos ellos, Ventura, el fotógrafo, era una presencia constante que convertía en familiar cualquier acontecimiento de la casa. Se ocupaba de curar resfriados, traía el periódico del día y nos despabilaba el entendimiento a la realidad del país. Siempre avisaba a Amelia de cuándo se iba a ausentar y cuántos días calculaba que iba a tardar en volver, y nos traía algún recuerdo del pueblo en el que hubiera estado, un dulce o algún retrato. Amelia le acogió como hijo y nosotros le tratábamos como nuestro hermano mayor, a falta de padre.

Al respecto, ya que la tierra se lo había ido tragando poco a poco, a Amelia le pareció adecuado pensar que – por lo prolongado de su última ausencia – el terremoto de 1906 se habría tragado definitivamente a Darío, de quien nadie tenía noticia desde hacía mucho. Así, sin sobresalto y sin luto, le dijo adiós por si acaso. Sin embargo, la tierra le escupió (al menos temporalmente) y Darío volvió al cabo de muchos años, de nuevo como huésped y por casualidad temporal y geográfica, más que por reencuentro, sin rencor por su parte, ni por la de Amelia, y sin pasión alguna, si es que alguna vez la hubo. Se quedó un par de semanas y luego volvió a irse para siempre. Recordaba casi todos nuestros nombres.

De niño, los hermanos nos repartíamos durante el verano y así, paradójicamente, nos convertíamos también nosotros en huéspedes de conocidos que se habían alojado anteriormente en la Mara y a los que Amelia consideraba de la familia. Antes o después, todos pasábamos por Villasfrías o nos íbamos a Valcueva, de forma que al final del verano siempre llegaba alguno de nosotros asalvajado y con olor a vaca o a hierba. Pasaban varias semanas hasta que nos íbamos asentando de vuelta, reabsorbiendo el olor a puerto de mar y a sal, que era lo común en casa, y reconociéndonos en este territorio familiar en el que nos recibían – como siempre – los animales de las láminas y la lluvia en la habitación del siete, donde nos juntábamos a jugar y a recordar quiénes éramos.

Amelia nos escribía semanalmente para mantener fresco el contacto y contarnos cómo seguía la vida en la Mara. Un verano María se retrasó en casa de Amable por causa de temporales a destiempo, que hacían imposible cualquier tipo de viaje, incluido el correo, que de por sí era lento y poco fiable. Resolvió entonces quedarse con ellos un tiempo más, y ya que no podía comunicarse por carta con la Mara, se inventó una manera: por las noches hablaría en sueños con nosotros, facultad que después siguió ejercitando. A pesar del peligro del viaje, Ventura hizo su bolsa y una semana más tarde llegó, recogió a María e hizo la foto correspondiente. María trajo todos los sueños. Extrañamente, llegó con olor a sal. Ella ya sabía quién era.

Con el tiempo, cada uno fuimos creciendo en distintas direcciones en la vida, pero siempre mantuvimos la certeza de que pasara lo que pasara, aquel cuarto guardaría la esencia común de nuestra familia, de lo que compartíamos y éramos al margen de un creciente instinto animal, nuestra provisionalidad afectiva ocasional, el fracaso o la condena al olvido; un lugar al que de vez en cuando volvíamos por separado cada vez que necesitábamos reencontrarnos o descubrirnos en privado. A diario todos coincidíamos allí antes o después: Ventura revelaba fotos, Tuyet y Littah estudiaban y dibujaban diagramas, María leía y armaba sueños y yo, Michael, miraba a todos sin muro de por medio que me impidiera incluirme totalmente en sus vidas.

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Una respuesta a “Entremientras: “La habitación del siete” (III)

  1. En Hebreos, la palabra «siete» es «Shevah». Viene de la raíz «Sabah», lleno o satisfecho, tener suficiente.
    La habitación completaba aquello de lo que carecíamos; más aún: mostraba en nosotros aquello que éramos en realidad, al completo.

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